La vida útil https://lavidautil.net/ Revista de cine Sun, 12 Apr 2026 16:53:49 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.5 https://lavidautil.net/wp-content/uploads/2017/11/Icono-web-150x150.jpg La vida útil https://lavidautil.net/ 32 32 ¿Qué es el otoño? https://lavidautil.net/que-es-el-otono-david-jose-kohon-1977/ https://lavidautil.net/que-es-el-otono-david-jose-kohon-1977/#respond Sun, 12 Apr 2026 13:58:56 +0000 https://lavidautil.net/?p=15089 Publicamos este texto salido del número 7 de la revista con motivo de una proyección de ¿Qué es el otoño? organizada por los amigos del podcast La llamada fatal en el Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken el domingo 12 de abril a las 18 hs. ¿Qué pasa con la tristeza cuando no se va? […]

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Publicamos este texto salido del número 7 de la revista con motivo de una proyección de ¿Qué es el otoño? organizada por los amigos del podcast La llamada fatal en el Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken el domingo 12 de abril a las 18 hs.

¿Qué pasa con la tristeza cuando no se va? Cuando se queda pegada a las paredes de las cosas, pegajosa, cuando tiñe todo, cuando se vuelve más la esencia de las cosas que un momento de ellas. ¿De dónde sale? ¿Cómo funciona? ¿Se puede tocar? ¿Se puede definir, describir, se puede realmente contar? ¿Se comparte, se entiende, se ve incluso cuando quiere ser mostrada? ¿Acerca? ¿Aleja? ¿Aclara el juicio o lo nubla? ¿A quién le pertenece? ¿A quien la lleva, a quien entra en contacto con ella mientras pasa? ¿A los amigos, a los enemigos? ¿Al mundo, al Estado, a las cosas que van mal? En este campo de pasto quemado de la tristeza existe la anteúltima película de David José Kohon, ¿Qué es el otoño?, filmada en 1976, estrenada en 1977 pero ambientada[1] en 1974.

Alejandro y Maria Luisa viven en la parte final de sus treintas. Ya no son jóvenes y bellos, son gente grande, y ese es en parte su drama. En realidad, sí son jóvenes y sí son bellos, pero la belleza y la juventud como concepto los han abandonado. Están instalados en una adultez que aparece como un estado definitivo, un momento en que la vida ya es, finalmente, la vida tal cual es. Más acción que ilusión, ni bien ni mal (aunque cuando alguien dice la vida tal cual es, la vie comme ça, a lo Brisseau, nunca trae un pan bajo el brazo).

A la primera que vemos es a María Luisa, madre de dos, separada. La vemos con sus hijos chiquitos saliendo del colegio, en la casa, bañándolos. La vemos dándoselos a su exmarido, un vínculo cordial, y escuchamos el pedido de él de quedárselos hasta el lunes a la mañana en vez del domingo a la noche. Ahí se abre un pequeño evento: unos días libres sola, un encuentro inesperado en una reunión de las de siempre pero con algo nuevo: Alejandro.

Primero conocemos la vida de Maria Luisa, para quien Alejandro es un otro, una novedad. La película va haciendo un movimiento muy gradual de ella a él. De la madurez y sus cosas a la tristeza macerada por esa madurez y sus cosas. De la que ve al que es mirado. Alejandro –arquitecto al que todos llaman brillante pero al que los trabajos no lo encuentran, las ocupaciones lo esquivan, la carrera lo saltea– es observado y analizado (por María Luisa, sus amigos, los jóvenes estudiantes de arquitectura, por la película), pero él mismo no ve. Tiene mucho tiempo libre en ese desempleo prestigioso que es su condena, y ese tiempo se fue llenando de tristeza. Se llama a sí mismo una especie de deforme al que hay que hacerle todo a medida, primer síntoma de su ceguera: Alejandro no ve a los otros, a las cosas, al mundo y, sobre todo, a la Historia, que le pasa por el lado.

Aun en ese contexto de ceguera, pasa algo: Alejando y Maria Luisa se enamoran. O sea, por un instante milagroso, se ven. Como en todas las películas de Kohon, enamorarse es como encontrarse en la niebla, y el momento en el que se enamoran es bellísimo: después de un día juntos y de volver a la casa de María Luisa a tomar algo, Alejandro y ella se despiden de la manera confusa que caracteriza las primeras veces. Enseguida María Luisa se da cuenta de que Alejandro se olvidó el huesito de dinosaurio que se robó del Museo de Ciencias Naturales de La Plata para él. Baja corriendo las escaleras para alcanzarlo en la puerta del edificio, pero Alejandro la ve, y vuelve a subir justo cuando ella llega al suelo, lo que hace que tenga que volver a subir. Y así, involuntariamente separados, bajan y suben uno y otro hasta que finalmente se encuentran en el ascensor y se besan. Y se quedan, para siempre, enredados en ese espacio entre la casa y la ciudad, un poco turbulento, un poco divertido, sobre todo íntimo, a (breve) cielo abierto. 

Alejandro se integra a la vida de María Luisa poco a poco, y ella a la suya (a lo que puede, a lo que se deja ver). Alejandro se hace, sobre todo, amigo de sus hijos. Los busca en el colegio, los saca a pasear, charla con ellos de sus cosas de chicos. Es el más chiquito, también llamado Alejandro, el que le pregunta, en un paseo los dos solos junto al río: “¿Qué es el otoño?”, después de comprar pochoclos y garrapiñadas a un hombre que espera, también solo, que se le aparezca algún cliente[2]. A la falta de respuesta, Alejandro chiquito insiste, a lo que Alejandro grande le responde: “Vamos, si lo sabés…” (la pregunta queda en el aire). Es el chiquito el que, también, le hace a su hermano mayor una pregunta que rondará la película. Solos en su habitación, ya listos para dormir, Alejandrito le dice a su hermano: “Pedro, ¿te gusta vivir?” A lo que Pedro le contesta, sorprendido: “Y… ya que estamos. Las dos preguntas que hace el chiquito, y que nadie se toma en serio, funcionan como líneas imaginarias que acompañan a la película: la pregunta sobre gustar o no gustar de vivir en ese otoño pantanoso que es la Argentina en 1976 (“1974”).

Una tarde en la que María Luisa está tan libre como Alejandro, porque en la revista en la que trabaja (qué está por cerrar) hay una huelga (de la que ella se ausenta), le dice a Alejandro: “Dentro mío hay alguien que te quiere. Una María Luisa chiquitita. Yo le sirvo de transporte. Y cuando muera, le serviré también de ataúd”.El romance de Alejandro y María Luisa es una excepción momentánea en ese mundo, una cosa de seres chiquititos encerrados en seres grandes. Los seres chiquititos son los originales, los esenciales, los que ven y se ven. Los grandes, la estructura que sostiene esa vida, son los que tienen que poner un poco de piloto automático para no caer, y seguir. En esa tensión entre el chiquito que carga al grande, y el grande que carga al chiquito, entre el deseo y el día a día, la película se pone a pensar la tristeza. Ahí es donde las cosas toman forma: Alejandro no está simplemente triste, tiene la enfermedad del siglo, esa que está por volverse endémica. A esta altura, décadas adentro, la enfermedad está muy avanzada: no es esa tristeza abstracta que tenían los personajes de las películas de Kuhn, su compañero de generación, ni la tristeza de ese cine moderno que buscaban referenciar, sino una cosa ya establecida, enquistada. En él se nota más, quizás porque fue más rápido que todos, o quizás porque está ciego y no ve que no es un deforme al que hay que hacerle todo a medida, sino que hay algo malo con las medidas. Alejandro está profundamente deprimido, y su depresión no es solo una tristeza profunda, ni solo un desbalance químico, sino el peso de esa cáscara grande sobre esa esencia chica, que lleva como puede.

Alejandro está frustrado, y puede haber mucha vida en la frustración. Lo que le pasa es que está en un borde: de un lado, el hermano políticamente potente de la frustración, que es el resentimiento; del otro lado, la más blanda, que es la impotencia. La película habla de una época que pendula en ese borde: un resentimiento que se mueve hacia la acción o una impotencia que cae en el vacío. Sus amigos no se dan cuenta, su novia no se da cuenta, pero están todos a punto de ser absorbidos por este abismo. Cada uno lo piensa a su manera: María Luisa, cuando se queda sin trabajo por una crisis que está golpeando todas las puertas, empieza a entender algo de lo que pasa con Alejandro pero golpea otras (la de la legendaria Blackie, que aparece en una escena como ella misma) y sigue sin mirar atrás. El Turco, profesor amigo de Alejandro que se encarga de discutir cuestiones políticas con sus alumnos en la universidad, lo ve venir y lo enmarca como una maldición de su generación, sin saber su alcance: “Nos formaron para un mundo que no vino, y ahora vivimos en este, esperando otro que no va a venir”. Y habla, después, directamente de Kohon y sus compañeros:“Idealizamos el sentido de masa y esperamos que esa masa se pareciera a nosotros”. En cuanto a la generación que viene, en la cual solo el Turco piensa, porque es el personaje que más ve de todos, dice: “Pensarán que no hay nada para ellos, pero fue así también para nosotros”. Y ahí el Turco nos habla también a nosotros:“Lo que le pasó a ellos, lo que le pasó a los siguientes, nos pasará también a nosotros”. Si no hacemos de la frustración resentimiento, y después acción, nos ganará la tristeza.

El Turco es acción de organización. No tiene un plano general de la Historia (nadie lo tiene, ni siquiera la película), pero puede imaginarlo (igual que Kohon, que ve un genocidio con los fragmentos que observa). El terrorismo de Estado ronda la película y es el coletazo de realidad que sacude toda la tristeza antes de hacerla más grande. Es lo único que está ahí para alertar a Alejandro de que eso que le pudre el alma está esparcido por el mundo: una tarde, volviendo a casa en auto con los chicos, ven emboscar a un joven que es asesinado en plena calle por un grupo de tareas[3]. Alejandro queda desconectado y cuenta, cuando María Luisa intenta sacarlo del tema, la parte de Alicia en el país de las maravillas en la que se cruza el espejo[4], algo que se le queda pegado hasta el final. Al Turco, se enteran todos por teléfono y las noticias, lo secuestran una noche en la puerta de la universidad y abandonan su cadáver unas horas después.

El sentido de lo trágico en la película viene de que Alejandro no entienda que eso que le pasa le está pasando a todos: es la Historia. Las muertes que ve, su propia ruina, la de María Luisa y la de la ciudad que lo rodea, todo está conectado. Buenos Aires también está deprimida: es el principio de la era Osvaldo Cacciatore, el intendente de la ciudad durante la dictadura, autor material de la destrucción de esa ciudad que Kohon hizo vivir en sus primeras películas (aunque los tranvías, centrales en sus primeras, desaparecieron en 1962). Es temprano, y aun así ya se ve el plan sistemático de destrucción de una ciudad: Alejandro camina y todo lo que ve son obras que se alzan por todo el sur. Rascacielos en proceso en el viejo centro y los alrededores de Plaza San Martín, donde los personajes de Kohon de la década de 1960 se enamoraban. Las construcciones son baratas, tristes, corruptas, pusilánimes (“¿Qué querés? ¿Que te ponga a sacar 50 departamentos en un metro cuadrado?”, le dice un colega a Alejandro cuando le pide trabajo). A diferencia de las películas de la década de 1960, los personajes se mueven en auto: Alejandro arma un mapa urbano que es suyo, no del transporte público, que traza un resumen de las calles para todos. Su mapa es un poco demodé: la ciudad ya no se articula así hacia el sur, lugar lleno de huellas de una ciudad a punto de ser destrozada, pero él circula por ahí. Puede ser que el sur de la ciudad ya no sea el lugar en el mundo que solía ser quince años atrás, pero ese expolio no quedará sin registros.

Aunque ronde esta situación día y noche, Alejandro le dice a los jóvenes, que van a buscarlo para que les enseñe cosas que la universidad no les da, que él no sabe de política, que solo sabe “crear espacios”. Como si crearlos no fuera una cuestión política, como si los espacios existieran en el vacío. Esa es la última pared entre Alejandro y el mundo. Ahí se vuelve clara en la película una decisión que parecía casual: de la genialidad del genio, de su obra, de sus ideas, de la creación de sus espacios no sabemos nada. No vemos jamás algo que Alejandro hace, no forma parte de la realidad de la película, no forma parte del mundo. Incluso una vez, al principio, el primer fin de semana que Alejandro y María Luisa pasan juntos, van a una casa que Alejandro está reformando. En un momento ella entra y dice: “Es hermosa”, y queda como suspendida. Nosotros no vemos la casa, solo vemos su sorpresa, su sobrecogimiento (las escenas de las parejas nuevas que van a ver casas que no les pertenecen son siempre de una belleza desamparada). Al talento de Alejandro lo conocemos por la admiración que genera y generó, por su eco, por el cariño de los suyos, por esa cosa que a él le molesta tanto, que lo admiren y lo cristalicen, que ya no lo dejen ser o hacer, existir en un presente que no es la promesa de ese pasado. Los espacios de Alejandro no forman parte del presente, están suspendidos en la nada, entre todos esos escombros que pueblan Buenos Aires.

La película, que estaba en esa tensión entre caer o pelear, hacia el final se aleja completamente de la luz: no hay vuelta atrás. Alejandro empieza a formar parte de un grupo de personas que no quieren ser un grupo: pasa el rato en una plaza, sentado en un banco, rodeado de otros hombres que no tienen nada que hacer. Sentados así como si fuera 1929 y esperaran trabajo, duermen al sol, uno al lado del otro por Paseo Colón cerca de Plaza de Mayo, pero no están juntos. No son una multitud, no son un pueblo. Son desesperanzados. No hay nadie que les diga, a él y a todos esos hombres, que también para los arquitectos frustrados, para los hombres que ya no patean la calle buscando trabajo, para las generaciones perdidas, para las almas en pena, lo personal es político. Que estar tirados en esa plaza, uno a uno, sin plata, sin nada que hacer, no es una casualidad o un embudo hecho de malas suertes. Quizá la única casualidad que los haya llevado hasta ahí es que tienen los mismos enemigos y no lo saben, porque el desánimo paralizante es su herramienta más poderosa. La enfermedad del siglo es provocada y sistemática. Ya ni el tango los acompaña, ya no suenan en sus oídos quejas, lamentos, gritos que despiertan a fuerza de repetición. Es otra época, y la derecha es ahora más fuerte que todos, porque no solo controla los símbolos: hace que nadie quiera ponerse a hacerlos[5].

El final es duro: Alejandro ya no soporta ni su propio reflejo. Empieza a trabajar en un lugar humillante y literalmente se vuelve diminuto en un plano en el que, cuando comienza a trabajar vendiendo inodoros a constructoras con un nombre falso, un zoom out que comienza con un plano medio del comprador se sale de control y, una vez que cubre toda la oficina, sigue alejándose de la imagen, que se va volviendo un cuadro rodeado de cada vez más negro, en el centro de la pantalla[6]. Lo último de la película es una fantasía, no de Alejandro pero hecha para él: al final, la película comienza de nuevo, pero esta vez desde su punto de vista. Lo llaman por teléfono, lo invitan a una fiesta. Se viste y se prepara. Se ve que es joven y hermoso. Encuentra a esa mujer también joven y hermosa, y van, hermosos los dos, a ver esa casa hermosa en la que trabaja. Allí están los hijos hermosos, y el vendedor ambulante de pochoclos y maní que está solo. Y ahí el Alejandro chiquito, el hijo de María Luisa, vuelve a preguntarles: “¿Qué es el otoño?”. No lo sabe, y todos le dicen:“¿No sabés? ¿No sabés?”. Y se ríen. La película le da a Alejandro, antes de terminar, un momento minúsculo pero inmenso en el que ya no existe una tensión entre esa persona chiquita que lleva adentro y su versión grande. Coexisten en paz en un mismo mundo que es bueno para ambos.

El verdadero final de la película es su dedicatoria, triste y enigmática: “Dedico esta película a mis colegas cineastas de la generación del 60”. Enigmática porque sugiere la pregunta: ¿qué hacer con esto? La película está llena de autocríticas apuntadas a una generación: que quisieron separarse de lo popular, que quisieron una masa a su imagen y semejanza, que no supieron hacer el mundo que les tocaba vivir. Los personajes de la película no son un eco de sus viejos personajes, de sus viejas formas de hacer cine, sino de ellos mismos. La dedicatoria es profundamente amorosa y pesimista: sabe que es una película sobre no ver, sobre lo que no vieron, porque afirma que, en realidad, es imposible verlo todo. La tristeza tiene mucho que ver con esto, pero hay cosas más fuertes que la tristeza que están ahí para nublar la vista. Que el mundo se ha vuelto tal pantano (en 1976, 1977, “1974”) que quizás ninguna generación pueda verlo todo. No se si la película está diciendo que a ellos ya se les acabó el tiempo, aunque es cierto que esa generación no vivió en el cine muchos años más. Pero también es cierto que ver la película hoy, en estos días, tiene un efecto contrario: es viendo ese otoño, que no se termina de definir porque tiene mil nombres, que pensamos. Pensamos que el otoño tiene un nombre, pero también tiene una forma. Que la tristeza que nos envuelve no es tristeza, es otra cosa. Y que no es solo nuestra.


[1] Por una operación de censura, Kohon se vio obligado a agregar un cartel al principio de la película que la fechaba no en su presente, sino en 1974.

[2] Una bolsa de pochoclos y un conito de garrapiñadas cuestan en la película 12.000 pesos.

[3] Esta es la escena que hizo que, por una operación de censura, la película tenga al principio un cartel que dice: “Buenos Aires, año 1974”.

[4] Alejandra Pizarnik en “El despertar”:

 ¿Cómo no me suicido frente a un espejo

y desaparezco para reaparecer en el mar

donde un gran barco me esperaría

con las luces encendidas?

¿Cómo no me extraigo las venas

y hago con ellas una escala

para huir al otro lado de la noche?

[5] “Debemos entender la resignada obediencia de la po­blación del Reino Unido al mandato de austeridad como la consecuencia de una depresión deliberadamente cultivada. Esta depresión se manifiesta en la aceptación de que las cosas empeorarán (para todos excepto para una pequeña elite), de que tenemos suerte por el mero he­cho de tener un trabajo (así que no tenemos que esperar salarios que le sigan el paso a la inflación), de que no podemos permitirnos la contención colectiva del Estado de Bienestar. La depresión colectiva es el resultado del proyecto de resubordinación de la clase dirigente. Desde hace un tiempo, cada vez aceptamos más la idea de que no somos el tipo de personas que pueden actuar. No se trata de una falla de la voluntad, así como tampoco una persona deprimida puede simplemente «sentirse bien» y cambiar de actitud. La reconstrucción de la conciencia de clase es en efecto una tarea formidable, que no puede ser lograda a través de soluciones existentes; pero, a pesar de lo que nos dice nuestra depresión colectiva, puede ser puesta en marcha. Inventar nuevas formas de involucramiento polí­tico, revivir las instituciones que se han vuelto decaden­tes, convertir la desafección privatizada en ira politizada: todo esto puede hacerse, y una vez que ocurra, ¿quién sabe qué es posible?”. Mark Fisher, “Bueno para nada”.

[6] Así me imagino siempre la expansión del universo, aunque en este caso sea la disminución del universo de Alejandro.

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Hace unas semanas se generó cierta polémica en redes sociales a partir de una crítica sobre el escritor progresista de moda y, más allá de la pertinencia de los argumentos y el resentimiento, la situación dio pie para hablar de las condiciones en las que se puede ejercer la crítica hoy en Argentina, de cómo falta teoría, de cómo la crítica no le importa a nadie. Incluso entre los que sí les importa la crítica literaria/política, nadie mencionó la reciente explosión de la crítica de cine argentina. Me sorprendió porque en los últimos dos años, poco más, poco menos, surgieron varias revistas de cine de gente muy joven: podría ser la señal de que algo se está moviendo, de que en el cine argentino hay mucho para decir o para discutir, y, sin embargo, nadie por fuera de nuestra comunidad parece estar enterado.

En otro orden, Los años 20, No divaguen, Tita!, Superproducción. Todas en papel. En La vida útil miramos el panorama y decimos: antes, todo esto era monte.

Se siente en el surgimiento de estas revistas la necesidad de pensar de a muchos, tratando de encontrar en el presente alguna pista que le escape a la apatía generalizada más allá de los espacios de aprendizaje establecidos: en estas experiencias uno aprende de manera horizontal, escuchando a sus pares sin una figura de autoridad que diga ni que sí ni que no. Uno aprende en vivo, escribiendo y pifiando, en vivo, frente a quien quiera leer. Y así se crean afinidades, grupos de pertenencia, se moldea un tipo de socialización.  El café fue y es el lugar más barato para instalar la redacción de una revista, decía Abelardo Castillo. Si en el momento de Castillo primero estaba la juntada en el bar y después la idea de hacer algo, me parece que para estas revistas, las nuestras, el movimiento es inverso: queremos hacerlas para tener una excusa para juntarnos. Esa es una de las excepcionalidades argentinas. El acto reflejo frente a cualquier estímulo es el de buscar alrededor una mirada compañera.  

No es mi intención hacer un mapeo de todas estas revistas, sí tratar de intensificar algunas de sus discusiones. En el editorial de su segundo número, Los años 20 dicen que lamentan no haber recibido objeciones demasiado graves al menos en voz alta y ruegan que nos opongamos públicamente. Es difícil hacerlo con ellos porque es tal el profesionalismo del dream team joven que escribe número a número en la revista que sus decisiones editoriales son las que podría hacer el director técnico del Real Madrid: decisiones discretas, tendientes a potenciar las individualidades que podrían mapear sus ambientes artísticos en una baldosa. En cien páginas tienen una cantidad de ideas espectacular pero que de hilarlas no crearían un mapa de la amistad, un nosotros con potencia y entusiasmo. Uno debería discutirle a cada texto individualmente. En otra de estas revistas, No Divaguen, sí se palpa esta comunidad: tienen un estilo común y un grupo de pertenencia. La escritura en primera persona que escandalizó en los noventa con El Amante vuelve en ellos como de cosplay se tratase y pierde su carácter provocador. Hay alegría y desenfado en el disfraz, pero pareciera que para ellos la propia subjetividad no es el inicio del texto, desde donde pararse a pensar/sentir, sino más bien la línea de llegada. ¿Cómo uno puede discutir con las sensaciones que tuvo otra persona? 

También, imagino, debe ser difícil discutir con La vida útil, que en su revista en papel trata de enriquecer o ampliar el canon existente, y así termina dificultando la base común necesaria para dialogar. Dicho de otra manera: terminamos hablando solos. En verdad, siempre es difícil discutir. Es encontrar el punto justo entre coincidencias y distancias. Cruzarse con Santiago Oría no es discutir porque nada bueno puede salir de ahí: es, en realidad, un concurso de ingenio para conseguir la mayor cantidad de likes en Twitter. 

Quienes tienen una línea editorial fuerte y transversal en su revista, lo que a mí me sorprende y me da ganas de discutir, son los jóvenes insolentes del Cineclub Amorina: Tita! es ambiciosa y por momentos desafiante. Los movimientos de la política nacional de algún modo resuenan en sus páginas. Tratan de enmarcarse en la historia del pensamiento autóctono -a veces parecen el brazo escrito de JAEN- evitando la relación con el amplio espectro del Cine Argentino Unido y con la comunidad trasnacional de la cinefilia, lo que les da una libertad total. Se siente en ellos la incomodidad con el nicho. Tienen una idea un poco farettiana del cine (el ajuste de cuentas con Faretta que hacen en Los Años 20 es genial en ese sentido), que en los primeros números se trasluce en ese tono molesto de la primera persona del plural y la maquinaria simbólica puesta a trabajar a full. Pero en este último número, el cuatro, que salió hace poco y se puede leer acá, entran en una búsqueda trascendental: “Nueva mitología argentina”, dice su título.

La mayoría de los textos buscan, de una manera sistemática, respuestas a los problemas del cine argentino. El diagnóstico es claro: estamos desconectados del público, enredados en intentos formalistas/individuales, sin tener claro el rol social que puede tener el cine para modelar las conciencias. No parece haber una industria cultural con la suficiente fuerza. Parte del ímpetu que tiene Tita! y que falta en sus compañeras generacionales, es la simpleza de sus postulados y lo poco sofisticado de sus argumentos. Eso es lo que los convierte en una fuerza tan atractiva, casi magnética, pero también frustrante. No tienen diseñador gráfico (se nota) ni correctores (se sufre): es una revista tosca, como si tuviera un altivo desdén por las formas amables y establecidas de la crítica.

El primer texto es sobre el western norteamericano y su posible trasposición. Se pregunta por qué en nuestra historia el gaucho, como figura mítica, no tuvo un lugar preponderante en la creación de una identidad nacional, algo que sí sucedió con los grandes héroes del cine norteamericano. En pocas palabras, compara a John Wayne con Juan Moreira. Sería más útil, dice, si nuestros gauchos hubieran podido suscitar sentimientos de unión, ser “ejemplos a seguir” (sic), en vez de ser forajidos clínicos. Así planteado, resulta tentador “reconciliarnos con el hombre que nació de nuestra propia tierra”… Sólo habría que hacer caso omiso a que el estado argentino sistemáticamente lo excluyó o lo utilizó como carne de cañón. Convertir al gaucho en héroe sería mirarse en el espejo de Estados Unidos, querer seguir su ejemplo y sus modelos -exitosos, no hay duda- sin tratar de reponer ninguna distancia. Hay un gesto que se repite: querer construir sobre las ruinas. Buscar el heroísmo y el poder en la historia argentina es lo que la revista va a hacer en todos sus textos. Un cierto tipo de héroe, varón y peronista, como los propios redactores. Ahí están las figuras de Sandro y de Hugo del Carril. 

El texto central, a mi entender, es sobre Invasión, película a la que todas las revistas vuelven una y otra vez. Ellos se habían metido con la película de Hugo Santiago en el antológico clip que los llevó a la fama, y podríamos decir que sus apreciaciones no han cambiado demasiado: “[…] no está hecho para interpelar la más mínima emoción del espectador”, se lee en su texto.

Lo que hacen es una interpretación política: el heroísmo de los personajes es puesto en duda, y la juventud sacrificada o martirizada por fuerzas que los exceden (lo cantó Virus en su momento) termina siendo funcional al sistema. “¿Es posible que la sociedad argentina, tan entrenada en perder, empiece a buscar narrativas de supervivencia lúcida en lugar de martirio épico? […] Podemos salir del laberinto si dejamos de glorificar a quienes solo supieron perder. Porque esta vez, la historia -por fin- nos necesita vivos”. El final de la película, con Olga Zubarry repartiendo armas a jovencitos, anticipa la etapa más violenta de la historia argentina, la lucha armada, la Triple A, el genocidio de la Dictadura. En el texto no hay un problema con el método: a contramano de las sucesivas historias oficiales, para Amorina los guerrilleros de Invasión no son ni héroes ni terroristas. Son algo peor: perdedores. Eso los anula como ejemplo de cualquier cosa. No es que quiera defender la guerrilla, pero la insistencia en ganar resuena a esa chicana libertaria que me causa mucha gracia: hubieras ganado kuka, abrazo. Pueden ser peronistas pero sobre todo son hijos de su época. 

El diagnóstico es que la historia nos ha llevado a una encerrona trágica y que necesitamos revisitar a nuestros ídolos. El extremo de la tesis, en el texto, lleva a ensalzar a Messi por sobre Maradona. Mientras que el segundo nos inunda de nostalgia, el primero es lo contrario al mártir, porque se rodea de jóvenes no para fundirlos sino para ganar. Al contrario de Don Porfirio, supera la culpa del exiliado y nos regala un relato épico. Es un cambio cultural: se reivindica al que se saca una foto con Donald Trump para obtener una ventaja deportiva en el Mundial (¡preparen ese VAR!) sobre el que se peleó con la FIFA y terminó de la mano de una enfermera camino al antidoping. Hace sentido con el texto sobre el western: el sometimiento a la lógica del mundo (del poder) para poder rosquear algo de grandeza. Donde ellos ven una posibilidad yo veo sumisión. En cualquier caso, es más apasionante discutir esto más que si las películas del nuevo, nuevo, nuevo cine argentino son “políticas” o no.

Esa posibilidad de grandeza los diversos textos la encuentran en lugares heterogéneos. En los citados Hugo del Carril, en Sandro, también en la televisión argentina de los 2000, en el grupo de Cine Liberación, Silvia Prieto, Gatillero, la obra de Anahí Berneri. No es un canon, es una manera de tirar manotazos contra el presente. Es simplificar el pasado para tramitar la orfandad política que sienten (sentimos).

La paradoja que anida en este número de Tita! es que su potencia política tiende a diluir sus análisis.Su líbido no está puesta tanto en entender cómo funciona una película sino de qué manera ellas pueden arreglar el país y hacerlo grande otra vez. La duda, o cualquier intención de hilar fino, para estos tipos pareciera ser una jactancia de intelectuales. Una parte de la grandeza del cine argentino, si me permiten opinar, pasa por esas películas que ellos ignoran por ser “propuestas innovadoras pero encapsuladas en búsquedas vanguardistas, que derivaron en un cine poco fecundo” (sic). Hilar fino permite encontrar la gracia de esas películas. La excepcionalidad argentina no es solo la de tener tantas revistas sino la de tener un cine variadísimo en temáticas y en escalas de producción, con una resiliencia que es objeto de estudio. La excepcionalidad argentina es que su clase media sigue filmando -pregunten en otros países latinoamericanos si eso pasó alguna vez- y así asegura su vitalidad.

La misma paradoja sucede con las políticas públicas que añoran texto a texto. En vez de pensar de abajo hacia arriba, es decir, cómo crear un público para el cine argentino paso a paso, película a película, a la altura de sus posibilidades, ya se lanzan a pensar como funcionarios en una industria que languidece. Para comparar, En Otro Orden es lo contrario: ellos son de la Enerc, tienen los problemas reales de la producción y la enseñanza muy pegados a su vida. La cercanía con esas vicisitudes es el principal mérito de su revista y asumo que número a número va a ganar protagonismo. Si Tita se pregunta cómo el cine puede generar una hiperstición peronista, En Otro Orden sigue la línea más Prividera y se encarga de encontrar las huellas del presente en el cine y, si no las encuentra, pedirlas. 

Lo que atraviesa todas las líneas editoriales y la mayoría de los textos es el malestar en la cultura que genera el mileísmo. ¿Qué hacer con lo que está haciendo este gobierno con la política? Y sobre todo: ¿qué hacer frente a lo que Milei no hace -defendender la soberanía nacional-? Es necesario pensar qué es o qué debería ser una cultura específicamente nacional en tiempos de plataformas y embrollo geopolítico. Para nuestros propósitos, da lo mismo Scott Bessent, Elon Musk, que Netflix o Amazon. Todos se están metiendo y nosotros nos estamos preguntando qué implica ser argentinos. No por nada hay una vuelta a cierto espíritu telúrico (en la música popular ya aparece en los últimos discos de Milo J, Cazzuu, Feli Colina, Broke Carrey) que Tita! y En otro orden encarnan. 

Juan Álvarez Tolosa, editor de Los años 20, en su texto del segundo número, también se pregunta por el pasado y los modos que tiene de influir en nuestro presente (pasa por El Eternauta, por Historia de lo oculto, por Lucía Seles, por Mariano Llinás, es decir, trata de reconciliar o no hacer una diferencia tan tajante entre lo indie y lo popular). Es más respetuoso y no pretende domesticarlo para sus propósitos, sino que empieza de las obras para luego ir hacia la teoría. Es, quizás, demasiado respetuoso con ellas, pero se hace una pregunta esencial que los Amorina no se permiten hacer del todo: ¿Qué estructura de sentimientos tienen? ¿Cómo nos hacen sentir estas obras? Cualquier análisis político que se pretenda útil para este momento no debería dejar de hacerse esas preguntas porque de la pregunta por el sentimiento se desprende la pregunta por la forma y de la pregunta por la forma viene la pregunta por la cognición: nuestro aparato cognitivo es uno de los campos de batalla del futuro. 

¿Qué tiene que ver todo esto con el Bafici que empieza esta semana? No mucho, pero ahí vamos. 

Este Bafici es el anteúltimo de la gestión del PRO, con la que peleamos todo lo que había que pelear. Y sin embargo nos sorprendemos añorando algo que todavía no terminó sólo por el miedo a una posible gobernación en CABA de La Libertad Avanza. Cuando el futuro se vuelve amenazante, el pasado reciente se llena de una nostalgia artificial, de una calidez que no tenía cuando lo vivíamos. 

En cualquier caso, sigue necesitando del movimiento humano, de la discusión y el reclamo. Las revistas van a estar ahí, con toda su energía y sus ganas, ocupando territorio. Nos enfrentaremos colectivamente a un conjunto de películas, organizadas con dispar esmero: hay que ver qué sacar de ahí, ver de qué manera estas películas tienen algo que decir sobre el contexto (más allá de las veces que se lo nombre a Milei) o sobre nuestras propias experiencias. Es un desafío pasar de toda esa ansiedad a la conversación sobre política, o al revés, que sería más el caso de La vida útil, tratar de darle una politicidad inédita a nuestras herramientas analíticas, por ponerle un nombre nomás. No falta inteligencia pero la inteligencia sola no alcanza: hay que tener, también, una cierta disposición para sorprenderse y alguna generosidad para conversar. 

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Un 24 de marzo de 2026 https://lavidautil.net/un-24-de-marzo-de-2026/ https://lavidautil.net/un-24-de-marzo-de-2026/#respond Sun, 29 Mar 2026 13:09:43 +0000 https://lavidautil.net/?p=15073 Creo que encontramos algo, una película del Grupo Cine Liberación. Dirigida por una mujer. Sería algún momento del 2023 cuando escuché estas palabras de boca de Carolina Cappa, investigadora de archivo. Cappa dirigía un grupo de investigación junto con estudiantes de una escuela de cine del País Vasco con los que encontró finalmente, en un […]

La entrada Un 24 de marzo de 2026 se publicó primero en La vida útil.

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Creo que encontramos algo, una película del Grupo Cine Liberación. Dirigida por una mujer. Sería algún momento del 2023 cuando escuché estas palabras de boca de Carolina Cappa, investigadora de archivo. Cappa dirigía un grupo de investigación junto con estudiantes de una escuela de cine del País Vasco con los que encontró finalmente, en un archivo en Alemania, una copia de La Paz del Grupo Cine Liberación, dirigida por María Elena Massolo en noviembre de 1968. Sería su única película. Meses después un encuentro entre el grupo y Fernando Martín Peña confirmó: un pedazo de historia del cine había aparecido.

En un texto sobre La Paz y su historia, Cappa encuentra formas de nombrar lo que hace la película: es una pieza militante, de contrainformación, un collage de imágenes preexistente; podría pensarse como metraje robado (roba a los ricos para dar a los pobres), montado sobre un discurso del entonces dictador Onganía y algunos fragmentos de la Marcha de San Lorenzo. La paz a la que la película alude es una que inventa Onganía en su discurso, según el cual decidieron no ser todo lo violentos que podrían haber sido. Las imágenes se encargan de desmentirlo: vemos violencia policial, militar, económica. Violencia estatal en varias formas. Lo hila también por fuera de Argentina, a otras situaciones similares en otros países en procesos de resistencia: Vietnam, Estados Unidos, tantos otros. La Paz desmiente también con su ritmo: la voz sostenida, lenta y autoritaria de Onganía se opone a la velocidad de las imágenes, que aparecen unas sobre otras como pruebas que se acumulan sobre la mesa. En la banda de sonido el discurso oficial, en la banda de imagen su contra. 

La mañana del 24 de marzo de este año me encuentra trabajando en un programa sobre los 50 años de la dictadura para un festival alemán, el mismo país del archivo que guardó La Paz, un país que, como el nuestro y como casi todos, tiene fechas fijas en el calendario pero difusas en el día a día de la historia (1933-1945-1948 y más allá). La cronología de las fechas de la memoria acá también es difusa. El 24 de marzo es el día nacional de la Memoria, Verdad y Justicia, el día en que comenzó la última dictadura militar. No, por ejemplo, el día en que terminó. El recuerdo es algo sobre lo que comenzar, pero jamás terminar, podría pensarse. Cuando se piensa en la historia del cine militante en Argentina, sobre todo ligado a la última dictadura, las fechas se amplían: como una corriente subterránea con distintas oleadas, el terrorismo de estado y sus alianzas con los grandes capitales nacionales e internacionales aparece mucho antes, y sigue mucho después. 

De hecho, a la hora de pensar en fechas, decidimos trazar otro arco: de La Paz, 1968, a Compañero cineasta piquetero, una película hecha el 16 de marzo del 2002 por un cineasta nuevo, anónimo, miembro del Movimiento de Trabajadores Desocupados en una toma de tierras colectiva. Dos películas que resisten una serie de medidas políticas y económicas de reducción de la vida a su peor versión. Para pensar en 1976, necesitamos una línea anterior y también una siguiente, que en este sistema de olas está teniendo otra vez una crecida. 

La historia del cine militante en Argentina muestra cómo la historia tiene los bordes más blandos de lo que parece. La Plaza de Mayo misma muestra lo mismo: ir a la plaza no es nunca sólo la plaza, sino sus muchos bordes: las veredas, las calles a sus costados y una extensión que llega lejos por las diagonales hasta la 9 de Julio y más allá. Hay peregrinaciones que vienen de varios lados: del Congreso, de la Ex Esma, de San José 1111, muchos más. En la Plaza misma, cinco horas antes del tradicional acto y lectura de documentos, todavía se puede circular y sentarse en el pasto. Llegando por Avenida de Mayo, repleta de puestos de memoria, libros, comida, estampas, agrupaciones, se ve en el pasto a un grupo de gente armando un globo que es como una especie de barrilete: hay que correr arrastrándolo de a muchos para que se llene de aire y suba. La plaza se extiende también hacia arriba: un grupo de chicos y adultos corren en círculos tratando de hacer ascender esa masa de tela negra que pregunta ¿dónde están? 

Los 50 años (o 60, o 70) son como una brea, una cosa densa en la que se encuentran escondidas montones de cosas. En esa brea hay también momentos brillantes. En su texto, Cappa recupera un libro reciente, El Petrus y nosotras de Pilar Calveiro, María Campiglia y Mercedes Campiglia sobre su compañero y padre respectivamente, Horacio Campiglia, dirigente de Montoneros secuestrado en 1980 por la dictadura militar. Mercedes Campiglia escribe: cuando algo se rompe, el punto de partida es aceptar que jamás podrá volver a ser lo que fue. Hoy busco cómo unir los fragmentos de un jarrón que se hizo añicos. Porcelana quebrada que quedó guardada en los cajones de la memoria y hoy, esparcida sobre la mesa, intenta formar una figura. Los japoneses unen las fracturas de sus piezas sueltas con polvo de oro para contar la historia del objeto desde la cicatriz. Desde la fisura. Estar en la Plaza de Mayo un 24 de marzo, o en cualquier otra plaza del país donde se ejercite la memoria en esa fecha, es como esa fisura brillante. Entre esos pedazos rotos, siempre es un momento de luz en el que millones de personas encuentran, incluso en momentos de confusión o desagrupamiento radical como ahora, un piso común que es ese tiempo y ese espacio para activar la memoria. 

La fecha es difusa, pero es un lugar desde donde empezar a pensar. Dice Calveiro en su libro: Recuerdo perfectamente el 24 de marzo de 1976 o,  mejor dicho, recuerdo esa tarde. Era un día gris tormentoso. Estábamos en casa escuchando las noticias del golpe, tan anunciado que no constituía sorpresa alguna. Teníamos una sensación de incertidumbre, de no saber qué esperar. Los bandos militares se sucedían, amenazantes, aunque nos parecía que nada podía cambiar radicalmente, que nada podía ser demasiado peor de lo que ya era. Estábamos en plena persecución, es cierto, pero no nos dábamos cuenta de que nos encontrábamos en la mitad de un plano inclinado por el que nos deslizaríamos hasta el fondo. 

Esta idea del plano inclinado que desliza hasta el fondo es profundamente útil para pensar la historia. Si la violencia detrás de las desapariciones forzadas, secuestros, torturas, violaciones, asesinatos es una especie de corriente subterránea que está ahí aunque a veces no la veamos, ese plano inclinado nos deja caer o no caer hacia ellas. Como si el suelo se moviera constantemente, como un espacio sísmico de la historia, oscilamos hacia y desde este punto, como en la historia del cine militante: hacia 1976, donde se apaga lentamente; desde 1983, donde sube lentamente su marea. 

En otro borde difuminado de la plaza, en una oficina transformada en un cine donde nos solemos juntar en esta ciudad, un grupo decide no desconcentrar la marcha sino alargar el día hacia la noche. Nos reunimos a ver Juan, como si nada hubiera sucedido, y nos acompaña Esteban Buch, su protagonista. El cine armado entre esas cuatro paredes también difumina sus límites: las butacas, los espacios usuales para sentarse, se desbordan hacia el frente, en almohadones y abrigos. Hay gente sentada hasta casi la pantalla y a todos los costados; hay gente parada detrás de las últimas filas y hasta en el borde de la puerta (hay gente que pasa dos horas y cuarenta minutos así). Juan… de Carlos Echeverría, es también un borde difuminado de la historia. Estrenada en 1987, trata de saber qué pasó con Juan Herman, el único desaparecido de la ciudad de Bariloche, un joven estudiante de 22 años secuestrado frente a la casa de sus padres el 16 de julio de 1977. El personaje es Buch pero es, a la vez, un personaje. Escrito por Bayer y Echeverría, puesto en vida por Buch, es un periodista, un investigador que tiene la edad que tenía Juan cuando se lo llevaron. Lleva consigo una cámara de video con la que hace entrevistas a testigos y responsables mientras que el equipo de la película (Echeverría y Juan Vera) filman los encuentros con otra cámara de 16 mm. Más tarde Buch nos cuenta que los entrevistados se concentraban sobre todo en su cámara y que, cuando la conversación se ponía álgida, le pedían que la apagara, pero que nunca notaban la otra, más grande y aparatosa. Por eso muchas veces vemos más de lo que los entrevistados hubieran querido.

La justicia no dio con ningún oficial, yo di con todos ellos termina diciendo Buch en la película. Con la amargura de un final injusto en pleno año de la ley de punto final, la película tuvo muchos problemas para verse por fuera de situaciones como estas, en salas chicas o departamentos a los que iban con Echeverría con un proyector bajo el brazo. Sin embargo la película persiste y, dice Buch, el tiempo los desmintió: no fue como si nada hubiera sucedido. La brecha entre la justicia que desea la película y la que aporta la realidad se fue acortando con las décadas, y en 2019 tanto Buch como Echeverría testificaron en el juicio por el secuestro de Herman. Hubo finalmente dos condenados. Tanto la película como su investigación se transformaron en pruebas. El mecanismo de inventar y a la vez hacer un investigador que rastrea algo hasta el fondo transforma la realidad posterior. Un dispositivo documental hace historia, otro borde brillante de la rotura del jarrón de la historia del país. 

Al buscar a Juan descubro mi ciudad dice Buch en la película, aunque quizás también Echeverría. Juan, de chico, acompañaba a su padre médico a las consultas, y ahí conoce otra Bariloche, no la Suiza de Argentina sino la del cabecita negra, el chileno, el mapuche, dice. Ahí es probablemente cuando Juan comienza a tener una conciencia política, en esas visitas con su padre. Su padre mismo, entrevistado, dice de Juan que pensaba como cualquier joven bien nacido y pensante de su época. Lo dice como probablemente lo pensaba Juan: que era la única vía posible de vivir entre las cosas como eran entonces, en esa ciudad aparentemente fastuosa. 

Juan y El petrus tienen en común algo muy material: cassettes. En Juan, entre los materiales de distinto origen que vemos en la imagen, escuchamos la voz de Juan grabada en una cinta envíada a sus padres para contarles cosas (materias aprobadas y desaprobadas, inminente llegada, pedido de compra de pasajes). En El petrus la compañera e hijas de Campiglia también tienen un registro de la voz del desaparecido en un cassette que les envía desde la clandestinidad a sus padres e hijas. El cassette, además de enviar noticias suyas, tratar de apaciguar los conflictos familiares y contarles sus ideas sobre el debilitamiento inminente de la dictadura, les deja algunos regalos, registros de cosas que escuchó y que quiere compartir. Son la montonera, de Serrat y unos fragmentos de Radio Liberación, la radio de Montoneros. En unos pedazos de tecnología que algunos ven como obsoleta está guardado todavía el registro de esas voces que permanecen robadas. 

En El Petrus y nosotras tres mujeres recuerdan a un hombre que era suyo y se lo llevaron. Juan, como si nada hubiera sucedido es casi completamente un asunto de hombres: unos que buscan e investigan contra otros que mienten, impunes. Pero la última palabra de la película la tiene la madre de Juan, una persona que aparece poco antes en la película, deambulando por la casa como un fantasma. Ese ser fantasma, dice ella, viene de sentirse igual de abatida que el primer día. Dice que no tiene ganas de hacer nada, de ir a ningún lado. Fuma, teje, llora. Espera, dice, que su hijo vuelva a casa vivo. Va a las marchas, pero fuera de eso no tiene a quien pedirle algo. Lo último que dice de su hijo es: él defendía… a sus amigos. Porque yo sé que hay chicos desaparecidos amigos de Juan. Juan decía “yo quiero ayudarlos, ayudarlos a ellos, saber dónde están” Porque eran compañeros de estudio… yo se que Juan los iba a ayudar en todo. Él me decía “mamá, este chico está desaparecido y era mi amigo”. Esas son las últimas palabras de la película. ¿Qué es ese final?¿Qué dice esa madre?¿Trata de armar un retrato distinto al que vimos hasta ahora, uno suyo?¿Trata de encontrarle una narrativa a lo que era Juan, a lo que hacía?¿No sólo un militante sino alguien como cualquier persona, alguien con amigos? Para la madre, a diferencia del padre, no es una cuestión de justicia social sino de lealtad con las vidas de los suyos. Quizás la versión intermedia sea que para Juan los suyos eran todos. 

Sabemos que los objetos de la memoria son frágiles. Muchos están perdidos. En el cine, muchas películas (Los Velazquez y tantas otras), algunas que ni se sabe que existen. A veces no sabemos ni qué buscar. El texto de Cappa abre con una cita de Juan Gelman:

Historia

Estudiando la historia,

fechas, batallas, cartas escritas en la piedra,

frases célebres, próceres oliendo a santidad,

sólo percibo oscuras manos

esclavas, metalúrgicas, mineras, tejedoras,

creando el resplandor, la aventura del mundo,

se murieron y aún les crecieron las uñas.

La madre de Juan teje siempre que aparece en la película. Se murió y aún le crecieron las uñas. Cappa continúa: Venimos hurgando los archivos como si fueran heridas sin sanar. Buscamos en sus hendijas polvorientas esperando que algo aparezca. Como si aquello que fue abandonado, en su regreso, nos ayudase a seguir viviendo. Tal como ocurre muchas veces, el encuentro con La Paz surgió entre lo fortuito y lo esperado. El encuentro con La Paz es como ese arreglo de oro. Lo es también el 24 de marzo, todos los años, una proyección en un cineclub o algunos de los cientos de miles de gestos de memoria de los millones de personas que salen a la calle a pensar en conjunto. Son esos parches dorados que iluminan la existencia común en la ciudad, el país, incluso hacia el mundo entero. Ese fue siempre nuestro patrimonio, desde hace décadas. Eso es lo que se hace un 24 de marzo, se produce un poco de brillo colectivo y se recuerda que en esos pedazos rotos permanecen también las corrientes subterráneas que causaron con su violencia con esas roturas, corrientes que nunca hay que perder de vista. 

Post data del 12/04/2026: después de la proyección de Juan, como si nada hubiera sucedido y la publicación de este texto, estuvimos conversando con Carlos Echeverría, que desde el sur nos envió algunos recuerdos y aclaraciones sobre el rodaje de la película que queremos compartir. Pensando en la presencia de mujeres en Juan, nos contó que la persona que iba a hacer sonido en las escenas de la película rodadas en Buenos Aires se dio de baja un día antes de empezar por miedo, al saber que las entrevistas incluían a militares de alto rango. Así que una compañera de estudios de Echeverría, Dorothee Schön, que estaba circunstancialmente en Argentina en esos momentos, decidió hacerse cargo del sonido, y fue fundamental para ese momento de la película. Schön es hoy una guionista muy importante en Alemania, y algunos años más tarde escribió el guión de Blauäugig, una película que cuenta la historia de los niños apropiados por los nazis en Checoslovaquia y los niños apropiados por la dictadura argentina. La película se rodó en el 89 y tuvo mucha circulación en los 90.

En ese momento, cuenta Echeverría, había mucho miedo todavía a los militares. En el plan original de la película estaba prevista la participación de una ex compañera de Esteban Buch, sobre todo en las escenas en las que revisan archivos. La idea era que debatieran los materiales en la película. Pero un día ella pidió reunirse con Echeverría y le dijo que tenía mucho miedo, que prefería no participar. Esto ocurría con mucha gente, incluso con personas que prestaban material, ya sea una foto. Volver a pensar en estas cosas, nos dice Echeverría, lo volvió a trasladar a ese momento, en cómo se movían las cosas en ese entonces. 

Por último, nos contó que la participación de Osvaldo Bayer en la película tuvo que ver no con la escritura de un guión, sino con una ayuda de los textos finales de la película, cuando esta ya estaba terminada.

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El cazador de la historia https://lavidautil.net/el-cazador-de-la-historia/ https://lavidautil.net/el-cazador-de-la-historia/#comments Sun, 29 Mar 2026 12:44:39 +0000 https://lavidautil.net/?p=15055 (Texto publicado originalmente en el número 7 de La vida útil) Un alma vieja toca la puerta Carlos Echeverría empezó a coleccionar archivos después de abandonar la escuela pupilo. Si fuera un superhéroe, su origen mítico se encontraría en ese preciso momento: un pibe de doce años, de regreso en su casa, extrayendo imágenes emblemáticas […]

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(Texto publicado originalmente en el número 7 de La vida útil)

Un alma vieja toca la puerta

Carlos Echeverría empezó a coleccionar archivos después de abandonar la escuela pupilo. Si fuera un superhéroe, su origen mítico se encontraría en ese preciso momento: un pibe de doce años, de regreso en su casa, extrayendo imágenes emblemáticas de los diarios. Cuando recortó una foto de Salvador Allende se dio cuenta de que con la imagen no alcanzaba. Hacía falta un dato, alguna nota al pie para orientar a los curiosos que en el futuro se toparan con su archivo. Ya a los catorce años descubrió que coleccionar la Historia tampoco dependía de las buenas intenciones. A veces, la información se escapaba. O la escapaban. La hacían escabullir y había que tomar recaudos para evitar la fuga. Cuando ocurrió la masacre de Trelew, el diariero de la vuelta le guardó el único ejemplar de Primera Plana que pudo esconder de los milicos. Una tapa en blanco, sin rostro, esfumada: la denuncia irrepresentable de los jóvenes asesinados a quemarropa un 22 de agosto de 1972.

Echeverría dedicó su vida a cazar las imágenes oblicuas de la historia argentina, pero se convirtió él mismo en una figura escurridiza, difícil de atrapar. Paradójicamente, posee esa doble faz. Desde los años 80 engendró algunas de las películas más vibrantes del cine argentino y cayó presa de una parálisis en la exhibición: hubo estrenos accidentados, exhibidores atemorizados por la bravura de sus films políticos y algunas funciones furtivas. Aún hoy sus mismas películas alojan fuerzas contradictorias. Trazan una alineación tensa entre lo viejo y lo nuevo, entre la consciencia del cine argentino contemporáneo y sus deseos reprimidos. Vuelvo a revisar films cruciales de este siglo, como Los rubios (2003), M (2007), La chica del sur (2012) o El silencio es un cuerpo que cae (2017) y encuentro en ellos al mismo tiempo el gen y la evolución (incluso la perversión) de Echeverría. En su cine podemos ver los tempranos intentos del documental nativo por establecer una comunicación con la ficción y los enfoques subjetivos. Incluso si él mismo ha declarado su devoción por los maestros (Pino Solanas y toda su generación de creyentes en los poderes revolucionarios de la cámara), Echeverría transforma la inclinación testimonial de esa tradición. Si les quitáramos la carne, en sus propios films encontraríamos los huesos gastados de algún género cinematográfico: Cuarentena. Exilio y regreso (1984) es el melodrama de un hombre volviendo a su país después de muchos años; Juan, como si nada hubiera sucedido (1987) es un thriller político de periodistas y cúpulas militares; Pacto de silencio (2006) es un noir de pueblo chico; y Querida Mara, cartas de un viaje por la Patagonia (2008) y Chubut, libertad y tierra (2018) son road movies patagónicas.

Pero aún con sus artilugios, las películas de Echeverría suelen perseguir otra creencia. No responden a la ansiedad del director-turista que quiere gemir, chistar e imponer sus costumbres para que todos lo vean, sino a la paciencia del director-curioso que busca fundirse con la multitud, para amoldarse y hablar su lengua. No hay formas novedosas por la novedad misma. Hay formas sinceras. Quiero decir: hay un punto sensible en el cual la ingeniería del cine logra extender un puente hacia las personas y sus historias (y la Historia) que desea retratar. De hecho, las mejores películas de Echeverría son las que logran esa comunión perfecta. En Cuarentena, por ejemplo, la puesta en escena observacional organiza tanto la información documental como la sensación de drama. Una cámara distante, invisibilizada, capta a Osvaldo Bayer en Berlín. Lo vemos cocinando junto a su hija. Lo vemos comprando pastelería germana y conversando con su vecina. Todo allí presenta las dinámicas naturales de un hogar, aunque la película nos recuerda que este hogar fue armado a la fuerza por el exilio. Que incluso la iconografía que cuelga de las paredes en su departamento (los folletos sobre el exterminio de los 80 o el dibujo de un viejo revolucionario con su puño alzado) son las que lo convirtieron en un blanco político, lo suficientemente peligroso como para abrir la boca en su propio país. Cada pieza de ese registro de apariencia casual erige un rompecabezas testimonial tanto como un paisaje emocional incómodo. Hay algo ahí que trasciende el gesto contrainformacional de hacer pasar una verdad prohibida por abajo de la mesa: lo que hace Cuarentena es retratar una vivencia. El esfuerzo de un hombre por instaurar una rutina ordinaria en un lugar extraño, mientras sueña con volver a casa.

Si aquella película reanima las enseñanzas del cine directo estadounidense (de Robert Drew a Frederick Wiseman y los hermanos Maysles), Juan, como si nada hubiera sucedido es una película que debe más al legado de Rodolfo Walsh que a cualquier inspiración cinematográfica. Funciona como una traducción indirecta de Operación Masacre, aplicada a un acontecimiento diferente pero igualmente preocupada por tensar en dosis justas el compromiso político y la estética policial. Acá, de nuevo, los moldes ficcionales que prueba Echeverría no responden a la desesperación por forzar un documental creativo, como ocurriría después en el policial descafeinado de Esto no es un golpe (2018) de Sergio Wolf o en el ocultismo traslúcido de Una casa sin cortinas (2021) de Julián Troksberg. Se trata de una exigencia impuesta por las condiciones de la realidad. Es la figura elusiva de Juan Herman la que llama al espíritu detectivesco: la historia de un joven que desapareció de su casa en medio de una noche de invierno, arrastrado por los milicos sin dejar huellas consistentes, solo pistas fangosas. Juan… no es, en ese sentido,un film preocupado por capturar la erupción de un hecho candente como lo fue Cuarentena, que buscó hacer un fresco de la restauración democrática. Es en cambio un dispositivo diseñado para intervenir la realidad: el intento por desenterrar un secreto de Estado, buscando insistentemente el testimonio de todos los implicados (los familiares y amigos que no pueden dejar de mirar atrás, los periodistas que miraron para otro lado y los militares que escondieron las manos sucias). Así, hasta forzar la aparición de una verdad.

Del mismo modo en que los noirs de los años 40 utilizaban la figura del detective privado para moverse entre las calles sin salida y las alcantarillas, Juan… afirma su paso por las colinas de Bariloche con el protagonismo del periodista Esteban Buch. Es la crónica de su investigación la que logra aunar el drama y los testimonios, la narración y la exposición, los hechos objetivos y los fenómenos emocionales. Cuando Buch se adentra en la casa de los padres de Juan, por ejemplo, ellos muestran fotos de su hijo desaparecido. Las imágenes retienen la presencia de ese joven que les fue arrebatado de un momento a otro, pero también reconstruyen una historia afectiva. Hubo un primer día de escuela y un baile en un cumpleaños de quince. Hubo almuerzos familiares y días de esquí en el cerro. Mientras la hermana de Juan cuenta la historia detrás de cada foto, la cámara se posa sobre el rostro agrietado de la madre, que simplemente ve el recuerdo de su hijo sin poder articular palabras. Su mirada atascada en el tiempo aplasta la imagen con una tristeza muda. Tanto como importan los hechos y las ideas, en las primeras películas de Echeverría importa una experiencia de tinte subjetivo, crudamente emocional. No solo lo que pasó, sino cómo se lo vivió; de qué manera la tragedia golpeó el talón de las personas que sintieron pasar la muerte y aún siguen vivas, intentando levantarse en el vacío.

Quizás lo más resonante de aquellas películas, tantos años después, sea el talento desentendido de Echeverría. Esa capacidad fortuita para esculpir las escenas con una mano firme sin estrangularlas según su capricho, mostrando a las personas y situaciones como si fueran diamantes en bruto que apenas fueron extraídos de la arena. Uno de los momentos más impresionantes de Juan… es la discusión entre Buch y el general Castelli, quien explota de los nervios cada vez que el periodista lo pone contra las cuerdas. La escena está filmada como si fuera un registro clandestino, tomado a las apuradas y al calor del peligro, y al mismo tiempo se asemeja a un policial expresionista. Se ve la sombra gigante de Castelli impresa en la pared, moviéndose descontroladamente, casi como un símbolo que nace por accidente: el criminal partido en dos, entre la apariencia y las sombras, entre aquello que quiere mostrar y aquello que oculta pero se asoma más allá de su propia voluntad. En Cuarentena, la misma sincronía entre control formal y espontaneidad documental puede apreciarse en la escena que muestra a Bayer caminando por la calle Florida. Se trata de un pasaje particularmente sensible porque, hasta ese momento, hemos visto al protagonista exiliado contra su deseo, recibiendo noticias del país apenas bajo la forma de relatos abstractos que cruzan el océano. Es la primera vez que Bayer va a pisar el país y nosotros, como espectadores, vamos a hacerlo junto a él, con toda la energía apabullante que acarrea finalmente concretar un anhelo. Lo que antes era una expresión de futuro imaginario adquiere la fuerza de un presente carnal. Y todas las decisiones formales están a la altura de ese episodio: el modo vertiginoso en que los planos se van llenando de ciudadanos (peronistas extasiados, radicales de clonazepam, chicos de corbatas prolijas que se reúnen a discutir de política en la calle); la fuerza magnética con la que Bayer es arrastrado del lugar de observador marginal a participante activo de la escena; el ritmo in crescendo del montaje que se desbarranca a medida que las discusiones se intensifican. La cadencia que compone Echeverría es la de una democracia naciente: la efervescencia de sentir el derecho a alzar la mano y participar de la vida pública.

El poder de aquellas imágenes se constata (y se contrasta) nada más y nada menos que con las últimas películas de Echeverría. En Querida Mara teje una voz en off vaporosa. El relato que suena es anónimo y accidentalmente misterioso: pertenece a alguien sin nombre ni imagen que escribe cartas a una vieja amiga con la excusa de contarle sobre su viaje por la Patagonia, pero que divaga relatando las historias de un grupo de trabajadores golondrina que cruzan su misma ruta para hacer la temporada de esquila. El narrador no se corresponde con ninguno de esos hombres que aparecen frente a cámara, ni tampoco se entiende qué conexión guarda con ellos, lo cual crea un desfasaje involuntario. Sus cartas sin firma son un recurso literario desprendido de las entrevistas a cámara. Tienen un decoro que queda al desnudo, como si hubiera dos películas operando de manera simultánea, conviviendo en un mismo espacio sin hablar la misma lengua. Chubut, libertad y tierra es víctima de un traspié similar. La frescura que tenían los protagonistas de Juan… y Cuarentena se convierte acá en su reverso: una creación impostada, como una palmera plantada en el corazón del desierto patagónico. Echeverría utiliza la figura de una joven que indaga sobre la vida de su abuelo, un médico cuyas actividades estuvieron ligadas al proyecto enterrado y olvidado de la Reforma Agraria, pero su punto de vista solo decora superficialmente a la historia. No importa tanto el peso emocional que tiene para ella esta búsqueda, porque es otra figura borroneada, desprovista de identidad, apenas convertida en un móvil a mano alzada para llegar expeditivamente a la Historia. No es extraño entonces que ese carácter forzado se traslade a la misma performance de la protagonista. Hayun robotismo que mecaniza su voz, siempre autoconsciente de las inflexiones, las pausas y los reinicios. Las palabras parecen venirle de memoria; sin un sentimiento vivido, como si fuéramos sometidos a la incómoda tarea de observar a una bailarina que cuenta los pasos en su cabeza justo antes de mover las piernas.

Aún con todas sus fallas, tanto Chubut… como Querida Mara son películas de una modestia anacrónica, parecidas a un alma vieja que reencarnó fuera de su época. Todavía hacen eco del documental del presente, con sus inclinaciones por el tacto subjetivo y los juegos de ficción (después de todo, Echeverría abrió esa puerta y señaló el camino), pero siempre con un respeto reverencial por la realidad. Pacto de silencio quizás sea el caso más emblemático de esa actitud. Después de elegir a exiliados melancólicos, periodistas comprometidos y viejos locos como sus personajes, Echeverría finalmente da un paso al frente. Se pone a sí mismo como protagonista, convirtiéndose momentáneamente al credo del documental familiar argentino. Las filmaciones de los actos en el Colegio Alemán al cual asistió o las fotos del casamiento de su madre aparecen ahí porque ayudan a reconstruir el linaje alemán que puebla Bariloche. Si bien el disparador de la película es Erich Priebke, un comandante nazi que huyó de Alemania e inició una nueva vida en la Patagonia, lo que desvive a Pacto de silencio es la historia de una familia mucho más grande. De cómo las señoras, sus esposos y sus niñitos iban a misa con un criminal de guerra. Y qué llevó a que esa comunidad alemana, a la cual Echeverría perteneció, adoptara a Priebke como un miembro más de su clan. La película incluso incorpora escenas netamente ficcionales, con actores que recrean un pasado autobiográfico, buscando encontrar respuestas en la educación alemana que recibió Echeverría. Lo llamativo de esos pasajes no es tanto el recurso de la ficción por la ficción misma, sino su carácter contenido, casi tímido, siempre alambrado a la voz en off como un niño que no se anima a jugar demasiado lejos de sus padres. A diferencia de un film reciente como El silencio es un cuerpo que cae, Pacto de silencio no recurre a las imágenes ficticias en un sentido poético ni misterioso. Si Agustina Comedi insertaba en medio de su montaje secuencias extrañas, de jóvenes bailando cuarteto o perdiendo el tiempo a orillas del río Suquía, sin determinar exactamente de dónde procedían ni hacia dónde nos llevaban, Echeverría lo hace con un gesto transparente, más directo y dirigido. No incorpora una capa seductora que huye a los confines terrenales de la realidad y sus archivos: solo ilustra un conjunto de ideas.

Si menciono a El silencio… no es azaroso. Esa película expresa a un conjunto de obras que recuperan algunos de los motivos del Echeverría fundacional (la subjetividad latente, el preciso hormigón formal, las fugas ensayísticas), pero pegan un salto, llevándolos más allá del mismo Echeverría (incluso, contra Echeverría). No hay caso más paradigmático de ese giro que el punk performático de Los rubios, donde Albertina Carri llega a citar directamente a Juan... Las dos películas consisten en una investigación que es filmada y mostrada en términos de proceso. No solo vemos el registro directo de las entrevistas, como un hecho salvaje que se desenvuelve ante nuestros ojos, sino como una imagen-documento que estudian Esteban Buch en Juan… y Analía Coucceyro en Los rubios, de la misma manera que los fiscales revisan pruebas para ajustar sus casos. Es una imagen que los protagonistas miran en las pantallas ruidosas de sus televisores; que pausan, que rebobinan y vuelven a mirar. En las dos películas existe un tejido que une a las personas y las imágenes. El material se ve, se escucha, se piensa, y eso también es parte de la obra. Pero en Los rubios siempre hay algo inacabado, una fuerza incontrolable que acogen las imágenes. Es justamente eso lo que parece movilizar a Carri para salir a filmar y revisar los registros hasta que le ardan los ojos. Allí se ubica el nervio autoconsciente de su película; el que marca un trabajo no solo con los hechos de la realidad, sino con su elaboración (¿con la memoria?). Con la naturaleza de lona que adopta la forma de imagen, de materia, de castillo inflable.

Mientras Carri y sus amigos saltan y vuelan, Echeverría elige mantener los pies sobre la tierra.

Patagonia, mi amor

La crítica suele pensar a Carlos Echeverría como una figura clave y oscura del documental argentino, o del cine de la restauración democrática o del linaje del cine militante que intentó cortar de raíz la dictadura. Pocas veces se dice que podría pensarse como un cineasta del interior. No porque haya vivido muchos años en la Patagonia, ni siquiera porque gran parte de sus películas se hayan filmado ahí (muchas veces, eso no significa más que una casualidad anecdótica), sino porque hay pocos directores que hayan demostrado una dedicación tan obstinada y persistente a registrar un territorio por fuera de la mitología porteña. El paisaje sureño es un motivo recurrente en las películas de Echeverría, aunque nunca existe por sí mismo. En cierto punto, la filosofía que aviva estas imágenes es diametralmente opuesta a la lógica de instalación inmersiva que mejor encarna La libertad (2001), donde Lisandro Alonso se despoja del poder de la palabra y del lugar de la cultura. Ahí, la atención está puesta en filmar las acciones (ordinarias, minúsculas, discretas) que lleva a cabo un trabajador en la naturaleza como si fuera un espectáculo sensorial: una serie de impresiones físicas que la cámara puede captar al presenciar ese choque épico entre un cuerpo y su entorno. Echeverría en cambio necesita del relato. Sus voces en off irrumpen en la imagen porque vienen a restaurar una historicidad que se nublaría si la mirada se llena de lágrimas ante la belleza del bosque. Y esta no es una naturaleza cualquiera, sino una que se ha convertido en el equivalente visual a la idea vernácula de paisaje, perfectamente dispuesto para las postales y los anuncios. La investigadora y artista Maia Gattás Vargas dice que la institucionalización de las guías de turismo Peuser a mediados del siglo pasado contribuyeron a esta causa. La Patagonia andina se volvió la imagen de una tierra vacacional llena de promesas para las clases pudientes. Una zona inmaculada, como si pisáramos el planeta justo antes de que naciera nuestra especie y solo nos quedara presenciar el show de la naturaleza.

La óptica turística es enemiga de la óptica echeverriana. En El gringo loco (1984), el mediometraje que Echeverría codirigió junto a Henning Stegmüller, el problema no es tanto la naturaleza virgen como la naturaleza mercantilizada. Los centros de esquí que se atestan de familias, y su consecuencia inmediata: los paseos comerciales, con las luces de neón que anuncian las gemas de chocolate y las camperas hinchadas como sus mayores atracciones. Que el protagonista de la película sea un viejo alemán que vive solo en las montañas funciona como contrapunto. Las primeras imágenes, de hecho, lo muestran sacando la cabeza por la ventana de su casa, mirando con un largavistas desde adentro hacia afuera, a esa civilización a la cual ya no pertenece. Aunque Echeverría y Stegmüller asocian la figura de ese viejo a la imagen de una naturaleza indómita que perdura más allá del consumo despótico, la película luego revela otra cosa. El hombre es un inmigrante que llegó a Bariloche en los años 20 y fue responsable de haber convertido un pueblo olvidado en un centro turístico. Hay cierta ambigüedad que encuentra allí la película, quizás el único rasgo que la redime de ser una pieza didáctica sin carácter propio. Es su capacidad de mostrar las tensiones de ese gringo, a la vez centro y margen, hacedor de Bariloche y fugitivo de lo que creó, como si hubiera parido un monstruo del cual quiso huir y después observó desde lejos, asombrado de cómo tomó vida propia.

Esa mirada que funciona a dos ojos descarriados, uno hipnotizado por la belleza de Bariloche y el otro cerrado por la desconfianza, es lo que otorga más potencia al registro espacial de estas películas. En Querida Mara,el viaje de los trabajadores golondrina se vuelve una oportunidad para captar los paisajes pictóricos de la ruta. Pero en vez de crear imágenes tranquilizadoras, fuerzan un contraste sin resolución posible: los encantos del entorno, con sus montañas esculturales y sus lagos de aguas diamantinas, conviven con el rostro cansado de los hombres que deben subastar su vida a postores angurrientos. En Chubut, libertad y tierra, la investigación de la protagonista la lleva a descubrir un río de sangre bajo la belleza patagónica. La película escarba y escarba en el desierto hasta desenterrar a los dueños de la tierra: una Historia de desalojos, de estancias y latifundios cuyas fronteras se corrieron cada vez más, hasta expulsar a los pobladores nativos. Y junto a esa Historia, el recuerdo de una batalla perdida, olvidada e interrumpida. Eso es lo fantasmal de la película: tiene un abuelo muerto, una Historia del poder y otra Historia de las rebeliones truncas; todas memorias extraviadas en el presente cautivador de la naturaleza.

Como dice la voz del propio Echeverría en Pacto de silencio, lo que inquieta a esta y casi todas sus películas es encontrar “otra historia de Bariloche”. La cultura alemana es recurrente en ese proceso porque expresa la Patagonia deseada. Esa imagen de una región que se mira en el espejo de Europa y se enorgullece cuando encuentra las similitudes y se avergüenza cuando debe disimular las diferencias. Llamémosle la Patagonia Oficial. Y Pacto de silencio junta una fuerza especialmente descomunal para atentar contra esa postal monolítica. Por un lado incluye viejos spots institucionales sobre la fiesta de la nieve, donde la voz entusiasta del locutor relata las hazañas de los campeones y la imagen muestra planos gloriosos de las montañas nevadas y de los deportistas ejecutando sus destrezas sobrehumanas. También muestra el Hotel Catedral, la meca del turismo barilochense. Pero, al mismo tiempo, esos elementos vivaces adquieren un tinte sombrío cuando son reordenados en un montaje de las redes nazis de Argentina. Nazis infiltrados en los parques nacionales; nazis arreglando las flores del jardín en el hotel; nazis doblando las frazadas de la cama y poniendo mentitas debajo de la almohada; nazis cuidando el predio durante la noche, mientras los huéspedes duermen apaciblemente. No solo hay testimonios de los ciudadanos que finalmente despiertan de la larga siesta y recuerdan los hechos reprimidos de su ciudad, sino también documentos. Vemos fotos de la Historia subterránea, que estremecen por su contundencia: los escuadrones de la juventud hitleriana acampando a orillas del lago Moreno o rindiendo culto a una estatua de Roca. ¿Cómo permanecieron escondidas tanto tiempo estas fotos? Y si no eran un secreto, ¿cómo no hicieron más ruido? El mayor misterio que desanda Pacto de silencio no está cerrado, y sigue haciendo eco: ¿qué sucedió para que una parte de la población argentina llegara a abrazar el fascismo sin que nadie pusiera un freno?

“Al buscar a Juan descubro mi ciudad. La redescubro”, dice Esteban Buch en los 80. La tarea de Echeverría es dejarse llevar por esa curiosidad que le permite encontrar una Bariloche distinta. Uno de los momentos más bonitos de esa exploración ocurre con las fugas ensayísticas que toma Juan... La intriga policial queda suspendida momentáneamente y el montaje es invadido por imágenes periféricas de la ciudad. Hay una secuencia extrañísima que tiene lugar justo después de una reunión de turismo entre empresarios y militares retirados, donde uno de ellos da una lección de coaching para la autoestima barilochense: “Tenemos que mostrar que tenemos variedad: tenemos voley, tenemos tenis, tenemos piletas, tenemos pesca, caza, aventura, trekking, bajadas, tenemos comercios, tenemos casinos, tenemos hielo, ¡tenemos todo!”. Y de repente, la imagen de los hombres se evapora. El montaje empieza a fundir dos espacios distintos. Las penumbras de un boliche, donde los jóvenes blancos son poseídos por un pop endemoniado. Y un salón plenamente iluminado, donde una banda toca cumbia y las parejas del bajo fondo se enlazan en un baile festivo. Echeverría parece decir (mostrar): tenemos variedad. Tenemos ricos y tenemos pobres. Tenemos blancos y tenemos indios. Tenemos pop y tenemos cumbia. Tenemos Europa y América Latina. Tenemos rostros, y afectos, anhelos e historias que no se reducen a la mercancía. En esa escena existe una composición que la película reitera. No solo para ensuciar la imagen resplandeciente, lustrosa de Bariloche, sino para revivir un espíritu de otra época. La imagen del pobrerío pende de un hilo invisible que nos lleva hasta Juan y los desaparecidos: es por reconocer esa realidad y por querer transformar sus injusticias que fueron arrastrados a su final escalofriante.

Si los militantes (y el cine militante) habían muerto en los calabozos de la dictadura, Echeverría no iba a dejarlo pasar. En sus películas, surcando las montañas, corriendo la nieve, zambulléndose en el agua, encuentra las piedras perdidas de la Historia. Todavía hay una batalla inconclusa en el horizonte.

Coda: inviernos de la democracia

Pienso muy seguido en Cuarentena. Siempre hubo algo que me conmovió especialmente de esa película. A diferencia de los otros films de Echeverría, que tienden a tomar hechos del pasado e iniciar una tarea reconstructiva de adelante hacia atrás, este fue filmado en el momento justo. Nada de buscar pruebas, nada de escarbar ni llenarse las uñas de tierra. Simplemente encender la cámara y dejarla filmando antes de que pase la tormenta.

Echeverría intuía que las elecciones del 83 iban a ser un hito, y pujó para volver junto a Bayer a Argentina. Hay una energía en el material que sigue siendo palpable aún hoy, porque expresa la fugacidad del tiempo; el delirio de un ojo que ni parpadea para capturar cada detalle, sabiendo que solo tiene una chance de hacerlo. Los rostros pensativos de la gente mientras escucha una conferencia. Los cuerpos desbordados y desbocados que se manifiestan en la calle. Las discusiones burbujeantes en la oficina de las Madres. Es una película trágica y hermosa al mismo tiempo. Quizás, como las mejores películas: esas que logran fijar un milagro en la imagen. Algo que sucedió y cesó en el mismo instante. Y, en ese punto, condensa la pulsión primal del cine. Luchar contra la muerte. Invocar fantasmas. Creer, esperanzadoramente, que se puede conjurar una vida eterna.

No hay dudas de que Echeverría es el padre del cine de los 80. Estuvo ahí para filmar el nacimiento de la democracia, y, en ese mismo acto, reencarnó al documental argentino. Cuando lo entrevisté hace unos años, él mismo me dijo algo sobre las posibilidades de filmar el aquí y ahora. Cada tanto lo recuerdo:

Cuarentena es eso: el registro de la Historia en el presente. No siempre lo pude conseguir, porque viste que acá es muy difícil conseguir presupuesto para filmar a futuro. En general se terminan haciendo cosas reconstructivas: se reconstruye algún hecho del pasado, alguna figura del pasado. Yo mientras pude traté de hacer registro del presente. Y también lo he planteado en debates alrededor del INCAA y las asociaciones, pero siempre les ha parecido algo que no valía la pena ni siquiera repetir en una charla. Siempre planteé que el INCAA debería tener un fondo para algo que va a ocurrir y que cualquier documentalista pueda decir: ‘Miren, el 15 de septiembre próximo tal persona tiene previsto hacer tal y tal cosa’. Supongamos que Evo Morales todavía estaba en Buenos Aires exiliado y quiere volver a Bolivia para desalojar al gobierno dictatorial. Es algo a futuro, que no se puede hacer público pero que tiene que contar con algún fondo para registrarlo. Es algo importante. Y esa posibilidad no está”.

Este año es el aniversario número cuarenta de Cuarentena, así como hace pocos meses lo fue del retorno a la democracia. ¿Hubo alguna vez un cumpleaños más fúnebre que este? En una serie de extrañas coincidencias, mientras el fascismo disfrazado de liberal juntaba fuerzas para ocupar la Casa Rosada, otro cineasta engendró una hija lejana de Cuarentena. Al borde (2023) de César González retrata el camino vertiginoso que se abrió entre las elecciones primarias y las generales del año pasado. Tiene todo el ritmo febril, pesadillesco y al mismo tiempo eufórico de un país que corre sobre el abismo para llegar a un destino incierto. Es una película menos cuidada que Cuarentena, con un montaje repleto de giros en círculos y rellenos, pero eso también se explica por las mismas condiciones en las cuales fue hecha. Producida por la radio Futurock (con aportes de sus oyentes), Al borde se gestó en apenas dos meses con la intención declarada de reavivar la discusión pública. César González encontró un mecanismo para filmar el presente, y su estreno replicó las viejas estrategias del cine militante de los años 60. Hubo funciones hasta en los pueblos más recónditos; no necesariamente en cines, sino también en centros barriales, en bibliotecas populares, en sindicatos y unidades básicas. Todos espacios donde apenas se encendía la luz la proyección se volvía una asamblea.

Así como Echeverría estuvo ahí para filmar la primavera, César González filmó los primeros vestigios del invierno. El momento justo en que la noche se hace más larga.

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La obra maestra final de John Ford https://lavidautil.net/la-obra-maestra-final-de-john-ford/ https://lavidautil.net/la-obra-maestra-final-de-john-ford/#respond Sun, 29 Mar 2026 12:43:05 +0000 https://lavidautil.net/?p=15068 La verdadera última película dirigida por John Ford se llama Chesty: A Tribute to a Legend (de 1968, aunque su versión final salió de forma póstuma por televisión en 1976). Ese documental, que tenía como protagonista al General Lewis ‘Chesty’ Puller (el marine más condecorado de la historia de Estados Unidos), no suele ser mencionado […]

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La verdadera última película dirigida por John Ford se llama Chesty: A Tribute to a Legend (de 1968, aunque su versión final salió de forma póstuma por televisión en 1976). Ese documental, que tenía como protagonista al General Lewis ‘Chesty’ Puller (el marine más condecorado de la historia de Estados Unidos), no suele ser mencionado entre los cinéfilos y críticos como la obra final de Ford, aún considerando que cuenta con una presentación de John Wayne vestido de cowboy y al mismo Ford haciéndole preguntas a quien había sido su referente militar durante las campañas de rodaje en la guerra de Corea: para lo que es la porción final de su obra no parece tan relevante una película con ese tema y formato. Y tal vez no lo sea, aunque para otro momento nos debamos dedicarle una atención más apropiada, sobre todo por su estrecho vínculo con el Ford de los años 50.

La última década de su vida estuvo plagada de proyectos que no llegaron a realizarse, de películas que iniciaron su desarrollo pero que no encontraron forma de producirse y algunas de ellas hasta nos dan bronca y tristeza cuando leemos de qué se hubiesen tratado. Cuando nos enteramos, por ejemplo, del interés de Ford por rodar una película sobre la vida de Ulysess S. Grant o cuando leemos acerca del proyecto de remake de su antiguo western The Last Outlaw (1919), que esta vez incluiría a un ya viejo Wayne interpretando a un forajido que sale de prisión para reencontrarse con un nuevo mundo en el siglo XX. Sobre cualquiera de ellas podemos imaginar la enorme sensación de clausura que nos hubieran dado si existieran, algo que tal vez ya hayamos sentido en algunas escenas de The Man Who Shot Liberty Valance (1962), que terminó siendo un perfecto ocaso temprano, aunque en el momento justo de la historia. No podemos saber exactamente cómo hubieran sido pero tampoco necesitamos imaginar tanto. Si pensamos en lo que sí se produjo nos encontraremos con la que no es su última película pero sí su película final (despojándonos un poco de la cronología para pensar a la idea de final como un fin, un sentido, al que se llega): hablamos de 7 women (1966), una pequeña película de moderados 87 minutos y rodada completamente en estudio para MGM. Esta última obra de ficción es en apariencia distinta a todo el Ford previo, sobre todo si pensamos en el universo femenino al que alude el título y su ubicación espacio temporal (en el límite entre China y Mongolia en la década de 1930).

Para principios de los sesenta la obra de Ford estaba dando un giro. Harto de ser malentendido por el nacimiento de una nueva forma de izquierdismo que luego sería dominante en la crítica y la cultura en general, Ford subrayó (seguramente sintió que necesitaba hacerlo) en películas como Sergeant Ruthledge (1960) o Cheyenne Autumn (1964) algunas de las “temáticas sociales” que para él siempre había sido natural tratar sin adornos ni aclaraciones. El macartismo había terminado y tampoco había ya una necesidad de exagerar el patriotismo, la ruta parecía pavimentada para transitar una etapa de casi puro revisionismo (con una cumbre definitiva en Liberty Valance): desde un sargento negro que es injustamente acusado de violación, pasando por el largo éxodo de indios Cheyennes intentando recuperar su tierra, y llegando, como en Donovan’s Reef (en un tono un tanto más luminoso), a un nuevo posible paraíso en medio del Pacífico (donde viven en armonía los chinos, los polinesios, los franceses y los americanos festejando todos juntos la Navidad). Todas ellas son nuevas visiones que a su vez proponen consecuencias finales (para bien o para mal) para todo lo planteado en una carrera de más de medio siglo.

En ese panorama resalta que 7 women todavía tenga la capacidad de imaginar un mundo donde se puede simplemente tomar a Woodie Strode y a Mark Mazurki y estirarles los ojos para que interpreten a dos bestias barbáricas de Mongolia, siendo ambos parte de un ejército de salvajes inhumanos que convertirán a esa pequeña misión cristiana de frontera en un infierno. Podemos llamarlo reaccionarismo o, en términos seguramente más justos, un liso y llano retorno sin culpa a la elementalidad estética. El punto es que si bien nada en esta película, al menos en su premisa, parece exclamar “John Ford” a los gritos, veremos que en su interior todo exclama “John Ford” con el mismo nivel de repetición e insistencia con el que Welles lo celebraba al hablar de sus tres maestros favoritos.

Empecemos recordando la larga tradición de médicos fordianos. La doctora Cartwright de Anne Bancroft sería la última de una larga lista de apariciones de la medicina a lo largo y ancho de la obra: tenemos por un lado al doctor Arrowsmith (1931) y al Doctor Bull (1933), presentes en los títulos de sus respectivas películas, siempre poniendo en relieve la idea de un solo hombre a cargo de la salud de una comunidad, de la que pueden sentirse lejos o estar directamente incorporados (del Doctor Bull de Will Rogers saldrá casi como una variante el Juez Priest (1934) porque para sanar una comunidad no hace falta ser médico). Tenemos también al doctor Kendall, interpretado por William Holden en The Horse Soldiers (1958) y que comparte mucho con el doctor Craven en The Colter Craven Story (de la serie Waggon Train en 1960): un amargo malestar y culpa por no haber sido capaces de salvarle la vida a alguien en el pasado. Y luego está posiblemente el más memorable de todos, el doctor Samuel Mudd, también conocido como El prisionero de Shark Island (1936), forzado a padecer un calvario por no preguntar a quién estaba curando, en una película en la que las heridas de la guerra civil pueden sanar si un médico es capaz de arriesgar su vida para curar a los presos y guardias de la misma cárcel en la que está injustamente encerrado. El doctor Mudd tal vez sea el modelo de médico más ejemplar en tanto héroe porque terminaría reuniendo, por las vicisitudes de su trama, algunos de los pilares morales de la mirada de Ford que tan frecuentemente ha tomado de la figura de su admirado Abraham Lincoln.

La doctora D.R. Cartwright, por el contrario, carece de todo tipo de romanticismo por cualquier tipo de valor fundacional (ya de entrada hasta causan gracia esas secas siglas descriptivas como nombre de pila) y así terminará siendo la más definida en tanto médica profesional, quizás justamente por ser la más rabiosamente moderna y atea de todos ellos. Ahí es donde aparece una de las contradicciones más maravillosas de 7 women: el catolicismo sórdido de su sacrificio final (elemento conclusivo por excelencia de esta película) parece solamente posible de existir cuando esta médica ejerce hasta las últimas consecuencias los deberes de su profesión, en cuanto a saneamiento, cuidado y juramento hipocrático, sin imaginar con ello nada trascendental más que la operatividad de su propio deber profesional.

La entrega de la doctora Cartwright es todavía mayor a la del doctor Mudd. No sólo muere, sino que la película entera termina adoptando alrededor de ella el oscuro clima de la soledad de la muerte en la cruz. Por supuesto que tal entrega no puede ser solamente operativa ni carente de trascendencia, hay algo detrás, y en ese detrás aparece una densidad religiosa de Ford que sólo puede expresarse sensible y dramáticamente. Es mucho más fuerte que la redención del desgraciado irlandés Gippo abriendo sus brazos ante la figura de Cristo al final de The Informer (1935) o la larga sombra del nuevo cura que llega a la iglesia mexicana en The Fugitive (1947). Al final de su vida y obra, el catolicismo de Ford parece querer deshacerse de cualquier elemento figurativo e iconográfico para reducirse sin subrayados a su núcleo sacrificial, a ese instante en la cruz que tanto le preocupaba a Simone Weil cuando trataba de teorizar sobre el dolor.

Si partimos con una mirada distraída probablemente consideremos que una película que tiene en la mayoría de sus escenas un concreto señalamiento a las peores taras, obsesiones y maldades de la labor religiosa, seguramente termine adoptando ferozmente la perspectiva más atea posible. Y sin embargo el planteo pareciera seguir siendo teológico. Casi todo termina siendo entonces una discusión internamente religiosa, con una protagonista que se debate entre ser la reencarnación femenina de Cristo o una “puta de Babilonia” (así se refiere a ella Miss Andrews, la líder de la misión cristiana, perfecta heredera del colonialismo inglés, a medida que va perdiendo tanto la razón como el poder persuasivo de su puritanismo). Veremos ahí también que la Dra. Cartwright no sería solo la mejor médica fordiana sino también la mejor puta fordiana. Una que quizás no tenga el mismo corazón de oro que tiene Claire Trevor (Dallas) en La Diligencia (1939) (ni mucho menos su destino luminoso junto a Ringo Kid), pero tanto a diferencia de ella como de Linda Darnell (Chihuahua) en My Darling Clementine (1946) a la Dra. Cartwright la podemos ver narrativa y concretamente en pleno ejercicio de prostitución, con toda la dignidad y carga heroica que la situación le termina otorgando al “negocio” en cuestión.

Van a aparecer algunos motivos visuales que formalmente se ven como inevitablemente deliberados en su repetición, como la doctora caminando por los pasillos del fuerte y ese duro contraste de luces y sombras que evoca a las escenas de La Diligencia donde Ringo observa a Dallas completamente cautivado en los pasillos del refugio. Nos hacen regresar también a The Searchers (1956) o a The Sun Shines Bright (1953), usando como encuadre interno al marco de una puerta, oponiendo interior y exterior a la hora de mostrar hombres trágicamente separados del mundo, que se alejan de él o lo abandonan. En este caso es una mujer, desterrada de toda posibilidad de vivir, entregada sin retorno a su destino fatal. Lo curioso en estos casos es que de todas formas la referencia iconográfica se vuelve casi irrelevante. ¿A alguien le caben dudas de que Ford dirigió a Anne Bancroft como si estuviera dirigiendo a Wayne? En el título hay siete mujeres pero en realidad son ocho, a menos que no contemos a Bancroft, que por momentos parece mucho más masculina que el único hombre de la película. Simplemente tendríamos que revisar la escena de la primera comida todos juntos con la discusión sobre el consumo de tabaco en mujeres, esta incluye uno de los comentarios más castradores que se hayan visto en una película y terminará dejando al único hombre del grupo entre pequeñas risas tímidas y excitadas. “¿Qué se siente ser el único gallo en este gallinero?”. La escena es de una potencia sexual demoledora porque Cartwright le está recordando a Pether que tiene pene y este reacciona desprevenido, como si se hubiera olvidado de su masculinidad. La doctora procede luego a volver a encender su cigarrillo, a pesar de que haya quedado clara la prohibición, como diciéndole a todas (y a todos) que acaba de llegar un hombre de verdad.

En el cine de Ford son frecuentes los oficios dobles, en juegos explícitos o simplemente simbólicos. Tendremos barberos que son dentistas, jueces que son curas, barmans que son jueces, sheriffs que son jugadores de póker, todo tipo de combinaciones, pero también llegaremos a ver médicos que ofician de curas. Cartwright será médica, sheriff, cura y mártir, y un centro de referencia para todos los personajes de su alrededor. Entre todos ellos hay varias miradas que van a ser transformadas.

Detengámonos por ejemplo en Emma, la chica joven, personaje fundamental de la película al ser una no iniciada, propensa a seguir tanto a Cartwright como a la mano dura de Miss Andrews. Emma es una perfecta espectadora: mira y piensa en todo lo que acontece cerca suyo. Por un lado entiende los esfuerzos de Miss Andrews para llevar adelante la misión y tiene genuino entusiasmo por la labor que hace con los más pequeños, alcanzando a ver un lado luminoso en todas esas intenciones. Pero a su vez es obnubilada por la avalancha de modernidad que trae Cartwright, su pelo corto, su manera de hablar, de caminar, de vestir pantalones y fumar. Todo eso la obliga a prestarle atención, y no termina siendo tan importante cada uno de esos aspectos novedosos como sí lo es el hecho de que Cartwright pueda ser de esa manera y al mismo tiempo ser sincera y caritativa. Eso es lo que comienza a separarla de Andrews, justamente el poder comenzar a detectar su ceguera e incomprensión para con la doctora.

Por supuesto que con Miss Andrews hay toda otra historia, una sobre la pureza pero con una forma siniestra de erotismo que surge por lo bajo. La mujer entrada en años observa a la adolescente con un nivel de morbo (mezclado con temor) explícito. En esa mirada sale a la luz un tenso fetiche por la belleza joven, la inocencia y la virginidad, todo como punto límite (y consecuencia oscura) de una mirada que necesita concebir al mundo ordenado y catalogado, sin desbordes ni ambigüedades. Pero es cierto que, de alguna manera, hay algo intacto en Emma que la película terminará ponderando sobre todo. En los espectadores como ella necesita existir una inocencia que comprenda los hechos de esta película por su grado más mínimo de entrega. Cerca del final, es justamente Emma quien le transmite a la doctora la idea de conseguir liberar al bebé de Mrs. Pether. Desde su ingenuidad, Emma parece no tener idea de lo que Cartwright está haciendo con los hombres de Tunga Khan para conseguir cosas. Ella simplemente sabe que Cartwright hace lo que hace de buena fe. Como espectadora tiene el don de comprender sin juzgar, y esto Cartwright lo percibe perfectamente: “Eres una buena chica, Emma”, le contesta, tal vez apreciando esa inocencia que roza la estupidez -una estupidez seguramente producto de su estadía en la misión de Andrews-, que termina haciendo de todo esto otra hermosa contradicción.

La doctora Cartwright se convierte entonces en la dama de compañía de los bárbaros. Primero no es visible, simplemente va y viene, parece la misma persona, y en el camino aprovecha y agarra algunos de sus cigarrillos. Llegado el clímax la cosa cambia, y aparece con ese traje chino, exótico, colorido. Ya ni alcanza tener el pelo corto para ser una mujer mal habida y su atuendo lo dice todo. Toma forma ante nosotros esa puta babilónica tan singular, que ante los reclamos de Miss Argent al verla agarrar el frasco de veneno, contesta: “entonces reza por mí”. Al final del día, en medio de esa terrible secuencia final, y en paralelo al suicidio (¡un pecado contra Dios!), las mujeres salvadas tienen su pequeño momento de reflexión, donde veremos el impacto del acto en sí. Ford repite expresiones y palabras (“As long as I live”) para unir dos frases y dos puntos de vista. Primero Emma, pensando en Cartwright casi encantada, dice: “Nunca la voy a olvidar mientras viva”. Luego, como puente, Andrews larga otro de sus insultos bíblicos, y Miss Argent, quien había sido su obsecuente seguidora termina callándola: “No quiero volver a escucharte mientras viva”. El debate parece cerrado bruscamente, el sacrificio por sobre las palabras, la tragedia de la moral humana y del pecado por sobre el puritanismo, y todo es como si Ford nos gritara: “¿Quieren hablar de santidad? ¡Den la vida por alguien y después hablamos!”.

La carrera de Ford parece cerrar acá, lejos del oeste y lejos de América, creando un pequeño mundo fronterizo lo más lejos posible. ¿Será que ese límite entre China y Mongolia es una alteridad específicamente creada para dar cuenta del poder universal de toda su obra? Podríamos pensar entonces que no importa si es China, Mongolia o Monument Valley, y podríamos empezar a ver cómo en esas primeras imágenes que la película muestra (las únicas no filmadas en estudio) se cuela también la épica del western. Bandos distintos de hombres a caballo, moviéndose en el paisaje. Todo viene de ahí y llega desde un estudio en Hollywood hasta China. Para lo que ya logró ser universal y ya es mito, la especificidad queda chica. Tal vez eso sea un triunfo de los poderes del cine, aunque todo contraste con la contundente tragedia final. Hay, en cierta medida, un pequeño castigo de Ford hacia los espectadores al no considerar que esta historia pueda dar sus frutos sin necesariamente matar a la doctora, pero la doctora tiene que morir. Tal vez en aquellos años finales del cine de estudios alguien tenía que volver a casa (tal vez para detenerse en el porche sin entrar, quién sabe) a recordarnos que en la grandeza hay costos, y que en sus mayores momentos de gloria, el cine y sus espectadores se alimentaban de sus figuras y referentes tanto vivas como muertas. Así se dan las cosas, cuando se apaga todo lo demás (como las luces alrededor de la doctora) y queda el mito.

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La nueva película de Alejo Moguillansky toma Fin de Partie, de Samuel Beckett, y le da vueltas, lo mira, lo mide, lo subraya. Todo menos adaptarlo. El libro aparece manoseado por casi todos los personajes en una misma edición, la de Tusquets, que se puede conseguir por menos de veinte mil pesos en librerías de usados. Ni muy nuevo ni muy gastado. Todos los ejemplares parecen haber sido leídos a conciencia, ya tienen las páginas amarillentas y las costuras empiezan a gastarse (al agarrarlos con una sola mano, como lo hacen los personajes, se rompen más fácil). Así se inscribe y se desmarca de toda una tradición del cine argentino con los libros: La Guerra Gaucha empieza desempolvando el libro homónimo de Lugones (Tabbia se preguntaba: la película es del 42, el libro del 05, ¿en treinta años acumuló tanto polvo?); Kohan, en su nota sobre Los Rubios, notaba que Carri, aunque tuviera el libro original de su padre (Isidro Velázquez: formas prerrevolucionarias de la violencia), prefería que en pantalla apareciera una nueva edición (Colihue, 2001), y solo leer su epígrafe. En Pin de Fartie, en cambio, el libro no es una reliquia ni un statement, más bien un objeto que circula.

Fin de Partie realiza una especie de relectura beckettiana de algunas tragedias de Shakespeare. Hamm, eco del rey Lear, está viejo, ciego y encerrado con su sirviente Clov, que no deja de amenazar con irse. En el medio, debaten absurdamente. A veces se sienten amenazados y otras simplemente aburridos.

Están Santiago Gobernori y Cleo Moguillansky, Hamm y Clov en la ficción, varados en una Suiza ominosa cuya neutralidad y blancura no deja de ser un comentario sociopolítico cuyas implicancias se intuyen terribles. Laura Paredes y Marcos Ferrante se encuentran una vez por semana, cerca del Gaumont, para ensayar la obra, y poco a poco se van enamorando. Luciana Acuña y Maxi Prietto, en una sala de grabación, comentan y acompañan el relato. Este tipo de escenas, con un componente metatextual (personajes que hablan, comentan y nombran lo que estamos viendo) se repite cada vez más en las últimas películas de El Pampero: Trenque Lauquen, Tradición popular de esta tierra, ahora Pin de Fartie. Como en los matrimonios largos, los pamperos empiezan a parecerse entre sí.

Alejo Moguillansky interpreta al hijo de Margarita Fernández, y es obligado por ella, que se está quedando ciega, a leerle el libro (y allí anida una esperanza de hermenéutica que se plancha muy rápido). Fernández fue pianista del Grupo de Acción Instrumental y figura de la vanguardia musical argentina, inmortalizada por Alberto Fischerman en La pieza de Franz, lo que daría para empezar otra tradición/recapitulación, pero eso ya sería para otro texto.

Finalmente aparece un episodio más literal, tomado casi directamente de Beckett: una pareja de linyeras atrapada en un tacho de basura en las inmediaciones del Congreso. Él cuenta siempre la misma historia, ella escucha, los dos demasiado fisurados como para comunicarse. Es el único episodio donde la película parece dudar de sí misma. El más cercano a la obra y el más lejano a la película. Como si Moguillansky disminuyera la distancia que hacía interesante todo lo demás.

En todos los casos se repite una estructura de sentimientos. Los hombres están, si no ciegos literalmente, ensimismados, refunfuñando, demasiado pendientes de sus compañeras, que siempre están uno o dos pasos adelante. Las desean o dependen de ellas. Cuando buscan su aprobación, lo único que encuentran es su burla. Incluso en el teatro del absurdo de la posguerra los patrones se proyectan hacia la actualidad de las relaciones sentimentales, al menos de las porteñas, que suelo conocer. Y ellas son el centro emocional: tienen el relato controlado y van dejando las pistas sobre las que caminamos, a veces con dulzura, a veces con fastidio. Incluso sus dudas e imposibilidades llenan el encuadre, aunque no aparezcan en él (como al final de la historia de Paredes y Ferrante).

Así, la película configura un catálogo de modos de actuar. Traté de acordarme si había otra película de Moguillansky con tal despliegue en ese sentido. En general su cine estaba asociado a la proeza física, o a la irrupción de la ficción a los codazos en un contexto documental. Entre el ruido y el apuro, nunca tuvimos tiempo para detenernos en los pequeños detalles que hacen a la tarea de un actor. O quizás fue mi mirada la que cambió, indisoluble a la evolución de su cine (cómo olvidar Castro, o ese Bafici hace casi diez años en el que se estrenó La vendedora de fósforos).

Cleo está enojada, es reactiva, caprichosa. Ni ella sabe qué está haciendo ahí. Su presencia pone de relieve lo absurdo de la situación: su carácter de niña desautomatiza nuestra propia mirada. Para ella las indicaciones de los directores son, en el fondo, mandatos parentales. No hay nada más fastidioso para una persona de once años que obedecer a sus papás, aunque sean una pareja famosa de cineastas. Su actuación se espeja con la de su madre, que también es severa con otro hombre que viene a hacer las veces de niño. Acuña, en la sala de grabación, va narrando lo que vemos y le deja a Maxi Prietto, con reservas, la tarea de musicalizar las situaciones. Él, de rasgos aniñados, lo hace como quien hace una travesura.

Y Laura Paredes: dulce y apacible sin que eso signifique docilidad. Su juego actoral con Marcos Ferrante, sofisticado y sutil, nos hace detenernos en quién abre una puerta, quién pasa primero por ella. En cada acción existe la electricidad del enamoramiento en ciernes. La voz engolada de Ferrante trata de llamar su atención y ella está distante y cercana a la vez. Lo hace sentir especial y lo vuelve frágil en un mismo movimiento: eso puede causar una sonrisa como la suya.

Y también llora. Se emociona al principio de la película, sin más, sin saber cómo o por qué: en medio de uno de sus ensayos su mirada se cruza con la luna llena y eso motoriza algo. ¿Un proceso interno? ¿Una backstory? El carácter artificial y abstracto de esos encuentros nos impide imaginarnos grandes dramas detrás de esas lágrimas. Sería vano pensar en un marido, en la muerte, en todo tipo de problemas que puedan ocurrir en la ficción. Y sin embargo llora de verdad, en una situación en la que hasta la luna podría ser artificial (venimos viendo cómo Ana Roy e Inés Duacastella hacen un proceso artesanal de humo, luz, agua, en un estudio, para llegar a esa imagen). En esa dialéctica está toda la película: todo el andamiaje pretendidamente moderno, que no puede ser otra cosa que posmoderno, le deja el camino allanado a la emoción más elemental, casi de cine mudo: una sorpresa frente a lo inmanente, descubrimientos arrebatados de lo que creíamos conocido.

La película configura su propia cartografía y todo (Beckett, Suiza, el Gaumont, la sala de grabación, la pianista ciega) gravita en un mismo espacio imposible. Todo es un poco abstracto y sin embargo hay un espacio que tiene su propia tensión, un aura de nerviosismo: la Plaza de los Dos Congresos (por cómo viene la frase parece una obviedad nombrar Invasión; por lo pronto puedo decir que no se lo veía tan lindo desde En retirada). Hay una insistencia en esos planos, en esa mirada sostenida, en algo que no se puede decir, que no se sabe cómo decir, que nos excede por todos lados: la realidad política. Esos planos ríspidos, con una iluminación quizás demasiado brillante, conviven y se agravan frente a la aparente tranquilidad de Suiza. El Congreso parece prepararse para ciertas batallas: aun no sabemos que hará el cine. Por ahora, algo está intuyendo.

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Nuestra Tierra https://lavidautil.net/nuestra-tierra/ https://lavidautil.net/nuestra-tierra/#respond Sun, 15 Mar 2026 12:48:01 +0000 https://lavidautil.net/?p=15036 Estaba en medio del caos de una mudanza cuando me llega una invitación de La vida útil: ¿querés ir mañana al pre-estreno de Nuestra Tierra en el Cine Cacodelphia? No era el mejor momento, pero acepté sin pensarlo. Me entusiasmaba descubrir esta película que tanto tiempo estuvo cocinándose, que es además un largo documental, un […]

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Estaba en medio del caos de una mudanza cuando me llega una invitación de La vida útil: ¿querés ir mañana al pre-estreno de Nuestra Tierra en el Cine Cacodelphia? No era el mejor momento, pero acepté sin pensarlo. Me entusiasmaba descubrir esta película que tanto tiempo estuvo cocinándose, que es además un largo documental, un formato nuevo en la filmografía de Lucrecia Martel. Después de un día dedicado limpiando suelos y paredes, y llenando cajas de libros, caminé por Corrientes con la espalda dolorida y un estrés importante a cuestas.

Sabía que Nuestra tierra había surgido en medio de ese extraño y hermoso ovni que es Zama que, para mí, fue la puerta la entrada a una dimensión desconocida, un sorpresivo viaje al pasado que en realidad miraba el presente y el futuro. Por Zama me empecé a meter en los sinuosos caminos de la ficción histórica en América Latina. Hace algunos años estoy investigando la plasticidad y potencialidad de estos relatos: ¿de qué manera el cine contemporáneo puede imaginar el pasado previo a la invención del cine, llevándonos hacia escenas que no conocemos y que tienen todo para reinventar? Zama no está sola en esa tentativa: Jauja, Notas para una película, Ex-isto, la acompañan. Como si fueran compañeritas de curso, cada una con su particular manera de ser, estas películas están unidas en su afán por explorar eventos históricos de modos novedosos, reformulando nuestro vínculo con la memoria, la imaginación y la política.

Lo que  me interesa del cine de Martel su invitación a la incertidumbre:  el «casi llegué a creer… que ella era un fantasma” de La niña santa, “… en el jardín hay algo que clama justicia…” de La mujer sin cabeza,  “la tierra alrededor sabe algo que los dueños no saben» de La ciénaga.

Este texto es una crónica, una prueba verde al salir del cine. Sí creo que esta es la película más frontal de Martel, la más directa en sus intenciones. Nuestra Tierra busca generar conversación; nos hace salir del cine estimuladxs, sugestionadxs. Y es que llegamos a esta película con una Martel distinta: persona pública, oradora estrella y referente. En medio de una crisis política, donde el gobierno de Milei está asfixiando al país, al cine y a la cultura, esta película es un respiro. Aunque fui sola, esta vez el encuentro no se sintió menos solitario; quizá porque era una función especial para agrupaciones o porque la conversación en la sala se encendió muy rápido. No sé si eso es bueno o malo -estoy un poco lenta para mirar, escribir y digerir en este estado de mudanza-.

Si su filmografía suele asociarse a la densidad —capas superpuestas, atmósferas opresivas y terrenos fangosos—, aquí las capas no se amontonan, sino que se despliegan. Desde los primeros segundos, el cruce entre la Misa Criolla en la voz de Mercedes Sosa y nuestro planeta visto desde el espacio propone un cambio de escala radical. Sentí que estaba viendo 2001, odisea del espacio: una película gigante, «épica», como dice mi hijo de cinco años. Me dejé arrasar por la belleza de lo excesivo. Frente a la inmensidad de la tierra, la mirada se expande y nos sitúa en un marco que excede lo veloz y lo «nuevo» para indagar en lo compartido. Es la escala de lo vasto lo que moviliza la inquietud de una obra que busca llegar a sus espectadores a través de gestos y voces que insisten sobre ese «destino común».

Si bien me interesaba descubrir cómo usaba Martel los recursos propios del documental, me fue imposible no hacer conexiones con sus películas anteriores (de ficción): las presentaciones aéreas del monte tucumano funcionan como aquellos pillow shots de La Ciénaga, esos paisajes vacíos que escanden el relato sin propósito evidente, que van generando un sistema de puntuación y de respiración. Martel vuelve a subvertir las jerarquías visuales, dándole tiempo a la mirada de la naturaleza. También pensé en el trío responsable del asesinato de Chocobar como un eco de los tres hombres tras el vidrio oscuro en el final de La mujer sin cabeza. Ese trío que, cuanto más lo observamos, más gusto amargo trae a la garganta. Las mujeres trabajadoras del hotel de La niña santa acá toman la palabra. No importa que se trate de un documental, las marcas de autoría, aunque más disueltas, aunque no las busque, persisten de manera inevitable.

Nuestra Tierra es una investigación de casi quince años que comenzó tras el asesinato del cacique Javier Chocobar en 2009. La difusión de un video en YouTube —filmado por el propio asesino— impulsó el caso. En las imágenes se ve la agresión que terminó en muerte; los asesinos filman, apuntan y amenazan. En el momento del disparo, la imagen se transforma en una serie de estremecimientos, rayones y ondas que parecen emanaciones de la tierra misma: lajas, piedras y vegetación parecen vibrar. La imagen tambalea y nos sacude mientras sentimos los golpes. Martel repite este archivo como una brújula para indagar en la persistencia de la América colonial. La película no busca explicar pedagógicamente, sino implicarnos. A diferencia de los retratos escolares estereotipados, propone una estética que por momentos roza la ciencia ficción: ese verde flúo, radiactivo, combinado con la bruma del aliento de la tierra y letras de clase B, rompe con la costumbre de mirar lo originario como algo del pasado, volviéndolo un lugar de creación de un futuro posible.

En esa línea hay una presencia especial que me atrapó, la cultura visual: cámaras, videos y fotos son parte de la comunidad. El tejido de este territorio no es de tierra añeja y aislada, sino de archivos, proyecciones, pinturas religiosas y relatos vinculados al acto de mirar. Los drones, que solemos ver como mecanismos de vigilancia, aquí son la mirada robótica que vuelve palpable el conflicto, permiten dimensionar la extensión, percibir el clima y las distancias, mostrándonos incluso la tierra desde una perspectiva invertida. En el otro extremo, uno de los mayores tesoros son las fotografías familiares que la comunidad confía al film: recuerdos que revelan rostros, looks y conmovedores detalles cotidianos. Para un pueblo acorralado, estos registros son la captura del tiempo como resistencia. Mientras tanto, las autoridades del juicio —incapaces de comprender esta dimensión— tildan la filmación de “circo”, ignorando que es precisamente allí, entre las imágenes, donde habita la verdad que el tribunal no alcanza a ver.

En el juicio preguntan: ¿cómo se entra a la comunidad? La respuesta surge de la observación de los gestos. Aparece la comunidad con ese “nuestra” del título: un cruce de personas, animales, plantas y memorias que crean un colectivo desde la reciprocidad. Hortensia Mamani, viuda de Chocobar, destaca con ternura la lapicera en el bolsillo de su compañero; un detalle que, frente a la mirada gélida del poder, construye humanidad. Ese detalle no es buscado, sino que salta del papel para movilizar nuestra sensibilidad. Mientras la pose es una máscara, el detalle punzante es la grieta por donde se desgarra la puesta en escena y nos revela a una persona en su absoluta vulnerabilidad: alguien que existió y dejó un rastro de su verdad en un rincón del encuadre. Al final, la imagen deja de ser un documento histórico para convertirse en un espejo de fragilidad compartida. En una de las escenas más bellas, un hombre recuerda haber visto Ben-Hur: «Me hizo pensar en nosotros mismos», dice. Ahí se sintetiza la potencia del cine: un clásico épico de Hollywood sirve para reconocer la propia lucha. Ahí, el documental hace sentir, algo que en las ficciones no estaba, lo que inesperadamente puede el cine. Recordé el afiche de Ben-Hur, esas letras inmensas, verticales, talladas en piedra, y las comparé a la tipografía alienígena y chanfleadas de Nuestra Tierra. El heroísmo blanco de Charlton Heston también puede ser puente inspirador de reflexiones. ¿Por qué no?

La mudanza ya ocurrió. Desembalo cajas de libros. Agarré hace un rato un libro de Levrero: “¿A usted nunca le pasó, mirando un insecto o una flor, que por un momento se le cambiara la estructura de valores?”. La pregunta de Levrero me asaltó caminando de nuevo por Corrientes, frente al local de Rodríguez Peña que todavía vende DVDs. Estas semanas regalé todas mis películas y discos, se fueron a seguir girando con otrxs. Tengo el cuerpo todavía dolorido, impregnado por las cajas pero también por la película de Martel. En ese entrar y salir de la mudanza aparecen imágenes, surgen conversaciones. Los algoritmos ofrecen hoy más material sobre Nuestra Tierra que sobre toda su filmografía previa. ¿Qué hay en este documental? No puedo cerrar ideas todavía, pero algo irrumpe y nos obliga a mirar de nuevo lo que creíamos conocer, sean las películas anteriores, el video en YouTube, otras películas, imágenes del pasado. Es la plasticidad que surge cuando se cambia de lugar, de casa, de registro. En este caso, el cine se atreve a acoger lo venidero en diálogo con nuestro pasado indígena, todavía muy poco explorado. Es ahí cuando el futuro se vuelve una posibilidad abierta; una puntada que atraviesa la pantalla, como un barrio viejo-nuevo que nos devuelve a explorar la calle, charlar y mirar desde nuevas ventanas. Un marco que nos permite, finalmente, reconocernos renovadxs.

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Jesus was a cross maker (pare de sufrir) – BERLINALE 2026 https://lavidautil.net/jesus-was-a-cross-maker-pare-de-sufrir-berlinale-2026/ https://lavidautil.net/jesus-was-a-cross-maker-pare-de-sufrir-berlinale-2026/#respond Sun, 15 Mar 2026 12:47:12 +0000 https://lavidautil.net/?p=15018 Hace unas semanas pasé unos días en un convento y una amiga me dijo que este disco de Judee Sill había sido compuesto en uno. En el disco hay una canción de desamor, Jesus was a cross maker (Jesús hacía cruces) que me rondó mucho durante la última Berlinale. Si bien la canción es sobre […]

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Hace unas semanas pasé unos días en un convento y una amiga me dijo que este disco de Judee Sill había sido compuesto en uno. En el disco hay una canción de desamor, Jesus was a cross maker (Jesús hacía cruces) que me rondó mucho durante la última Berlinale. Si bien la canción es sobre un romance naufragado, hay algo de esa idea de alguien que se dedicaba a hacer cruces y termina crucificado que me recordaba a la forma en la que funciona un festival de cine tan grande como este. Enorme en cantidad de películas, en dinero, en funciones, en espacio. El trabajo también siempre se presenta como titánico: ver miles de películas, escribir decenas de textos, hacer toneladas de entrevistas, ir a conferencias de prensa, cruzar la ciudad en una ventisca para capturar una idea de lo que está pasando. Lo que está pasando supuestamente vive en sus secciones centrales (las películas de competencia) y sus discursos (las controversias de las conferencias de prensa). 

Apenas comenzado el festival, un periodista bastante conocido en Alemania por hacer intervenciones punzantes sobre todo sobre el genocidio en Gaza, Tilo Jung, le preguntó al jurado principalalgo  que se viene haciendo hace tres años: el festival ha expresado solidaridad con la gente de Irán y Ucrania muchas veces, pero no con la de Gaza, ¿están de acuerdo con esa solidaridad selectiva? La pregunta es bastante simple dentro de lo que cabe (no es una pregunta sobre sus ideas sobre el genocidio, o sobre la relación económica entre el estado que financia el festival y el genocidio, sino sobre el interés de unas vidas por sobre otras), y despertó una serie de generalidades poco inteligentes y defensivas, muchas con la usual idea de que “estamos acá para hablar de películas”. En ese intercambio de prestigio (de capital cultural) enorme que es el jurado central de la Berlinale, sorprende que nadie tenga nada interesante para decir entre la relación del cine con el presente. ¿Sueñan los jurados con películas interesantes y cenas? Como si la realidad fuera un mosquito que se aplasta contra el vidrio de un auto lujoso que va a toda velocidad por un paisaje idílico, cada año es el mismo loop: política sí (desde el público), política no (desde el estrado), y el cine, con su relación con lo político, nunca aparece más que en ideas vagas, mientras el festival fuera de cámara, con la excusa de evitar conflictos, pide a los cineastas que si van a decir algo “político” en las presentaciones les avisen de antemano, y pide expresamente que la frase desde el río hasta el mar Palestina vencerá no se diga en los micrófonos del festival. 

Lo cierto es que en un festival grande como este las ideas nunca están en el centro; el centro es para lo convencional (una convención escrita desde adentro) y algún que otro milagro. Esto sucede incluso en el espacio: el lugar central del festival, Potsdamer Platz, es un cúmulo desabrido de edificios vidriados, comida de cadenas y shoppings, pero pasar ahí todo el día es una especie de prerrogativa: es así, es lo que toca. Esta zona fue alguna vez el centro de la vida de la ciudad, a diez cuadras del Reichstag y de la Puerta de Brandeburgo, pero quedó destruída después de la guerra mundial y, en los años del muro, fue un baldío entre paredes. Reconstruido en su peor versión a fines de los 90s, el sector que ocupa el festival tiene un multicine con diez salas, una sala aparte llamada Stage Bluemax Cinema y un auditorio de 1600 butacas, el Berlinale Palast, donde se hacen las galas y los estrenos de las películas en competencia. Cuando se estrena algo en el Palast, el equipo de la película ingresa por una alfombra roja gigante acompañado por un equipo de cámaras que filman y retransmiten la entrada. Esas imágenes se proyectan en la pantalla de la sala para el público que está a punto de ver la película, un público que al hacer entrada los responsables de la película aplauden de pie. Después de la proyección el equipo dice unas palabras de agradecimiento en el escenario (las preguntas vendrán luego, en alguna conferencia, un espacio para prensa y profesionales). Este halo de importancia absoluta es corriente en este espacio: capital simbólico para las películas unos minutos y para el festival alfombra roja hasta el fin de los tiempos. 

Realmente desconozco si la competencia de la Berlinale tenía mucho para decir sobre lo que es el cine en el año 2026, no me dedico a hacer cruces. Sí vi una película en el Palast, The Loneliest Man in Town, de Tizza Covi y Rainer Frimmel, de quienes había visto La pivellina y me había gustado esa forma de la ficción que encuentra una forma de poner en escena la vida singular de alguien que existe en el mundo real. En este caso es un hombre, Al Cook, cuyo cuerpo vive en Viena pero cuyo alma existe casi íntegramente a las costas del Mississippi, en Memphis. Tampoco vive el hombre en su tiempo, sino hace unas décadas, cuando el blues florecía todas las noches y se podía vivir en la casa en la que una nació si una quería. Este hombre es todo objetos y su uso: tiene un estudio secreto subterráneo con un piano y algunas guitarras, muchos discos y la foto de una mujer que amó y que parece haber muerto hace tiempo. Arriba, en su departamento, más discos y libros de blues, fotos suyas y VHS de cuando era joven. El problema de este hombre es que un holding empresarial compró todo el edificio en el que nació y vive, y todos los vecinos ya se fueron porque están por demoler el departamento. Él es el último inquilino, y no se quiere ir. Comienza a recibir amenazas de unos mafiosos, que le cortan los servicios y quizás eventualmente lo corten a él. Para cuando un día llega a su casa y tiene un matón borracho dormido en su sillón, rodeado de cervezas, decide irse pero a Memphis (de verdad), a probar suerte en el blues. 

La película retrata el anacronismo como algo entrañable. La persistencia de un pasado en un rincón oculto de la ciudad, asediado por todo tipo de peligros físicos y económicos. Lo hace con ligereza. ¿O quizás liviandad? Como la mayoría de las películas sobre gente “mayor”, hay algo de infantilismo y condescendencia: un hombre que ha vivido su vida muchos años y que se quedó clavado en sus 30. En una escena una mujer con la que el hombre está empezando una relación le saca fotos para su próximo disco, y están en su casa eligiendo cual es mejor. El hombre termina eligiendo la que ella sabía que iba a elegir: una que está editada en sepia. El pasado, como ese hombre lo vive en el presente, es para la película algo sepia, una pátina de tiempo sobre las cosas que aún viven, separadas de las cosas en color. The Loneliest Man in Town es una película bella, cariñosa sobre temas importantes de hoy (el desamparo en la vejez, los crímenes inmobiliarios, la homogeneización de las ciudades y la vida) pero lo es de una manera totalmente conservadora: como si el pasado no fuera una lanza con la cual protegerse, sino pura materialidad pero solo como fetiche. La película, en su pátina ocre, nace derrotada. 

La relación del pasado con el presente reluce a una cuadra de ahí, en el Cinemaxx, un multicine con máquinas de Coca Cola inmensas y salas con asientos reclinables para las funciones de prensa. En una de esas funciones lujosas por sus asientos, rodeada solo de poquitos colegas, vi la última película de Ulrike Ottinger, The Blood Countess.. Suponía, por sus últimas películas, que era un documental, y no esperaba mucho. Muy equivocada estaba. La película comienza en unas cuevas subterráneas en Viena, la ciudad del rockabilly de la película anterior. Las cuevas son en realidad una mina abandonada hace tiempo, inundada, que se puede visitar en unos tours en barquito. Flotando en esas aguas cavernosas aparece Isabelle Hupert encastrada en una piedra roja flotante vestida también de rojo. La película no solamente es una ficción, es una película de vampiras. A partir de ahí la película avanza con una trama que no tiene mucho sentido, algo sobre recuperar una reliquia familiar y destruir un libro que cura a quien lo lea de su vampirismo. Como en Madame X o Freak Orlando, todo en la película parece una excusa para que un montón de mujeres, varios gays y algunos señoros se disfracen de distintas cosas, recorriendo espacios antiguos y modernos de la ciudad. Lo de Ottinger no es ese fetichismo melancólico de los objetos viejos y macizos, es una especie de demencia del tiempo en el que lo más espectacular de cada época ocupa la pantalla, como un collage. Huppert aparece en una estación de subte o tren de Viena, vestida de baronesa del siglo XIX, y cruza miradas con una mujer en unas escaleras mecánicas larguísimas. Esa mujer es su primera amante y su primera víctima. También se mueve en carroza con caballos en la Viena de hoy, se queda en hoteles centenarios y trata de cogerse a unas monjas en un convento donde su familia, antigua familia noble de transilvania, los Báthory,tenía algún vínculo centenario.

La película está siempre al borde del ridículo, riéndose de las cosas y a la vez creyendo en ellas fervientemente. Entre Ottinger y Hupert arman algo que camina por el borde de un precipicio porque se pasan haciendo piruetas (como la aparición constante de la gran Conchita Wurst, participante de Eurovisión por Austria, que tiene varios números musicales). También es una versión de Ottinger del humor vienes, ese humor oscuro, un poco dark y un poco sonso, que alegra y aterra en partes iguales. El pasado imperial de la ciudad, el aura austrohúngara, es como una especie de arenero con el que jugar a las vampiras lesbianas, a los disfraces, a la provocación. Una película de horror clase B para intelectuales, con sentido del humor, con una convención sobre vampiros que se llama algo así como “sobre la cultura visual del vampirismo en la época de su reproductibilidad digital”. Al contrario que The Loneliest Man in Town, el pasado aparece como una materialidad diferente para pensar junto al led y el neón, una conversación de texturas y tipos de telas, movimientos y formas de vivir la sexualidad y la muerte de las vampiras (quizás así debería haber sido la nueva Cumbres Borrascosas, o así quiso ser). 

La última película que vi en el lugar más feo de la ciudad antes de huir para siempre fue Wax & Gold, de Ruth Beckermann, otra mujer vienesa que recorre una obsesión de su pasado: el emperador de Etiopía, Haile Selassie. Fascinada por su presencia pública desde su niñez y con una lectura popular en su juventud, El emperador de Ryszard Kapuściński,  Beckermann se instala en el Hilton de Addis Abeba, un hotel monumental que Selassie mandó a construir para recibir a otros líderes panafricanos en los 60s, una especie de monumento lujoso y modernista para una nueva idea de África. La película de Berckermann también recorre un risco, aunque mucho menos atractivo: el de ser una señora austríaca fascinada por algo exotico y lejano, que se da cuenta de que el colonialismo todavía existe y existirá por siempre. Es una película que camina tambaleante entre acercarse a algo otro (y producir con su curiosidad un intercambio, una idea, un conocimiento) o ir a un lugar para confirmar sus ideas. La película es austera: sucede casi toda en el hotel, concentrada en la unidad espacial como mundo de actividades diversas. Ahí hay casamientos, conferencias, salas de conciertos donde invita a músicos a pensar, bares y cafés, habitaciones de lujo. A sus intercambios con intelectuales, músicos, familiares de Selassie y trabajadores varios del hotel Beckermann interpone una voz en off sobre su fascinación y su lugar de “otra”, cargada de opiniones extrañas poco elaboradas, o comentarios sobre momentos y objetos que conforman lo etíope que recuerda, como Emahoy Tsegué-Maryam Guèbrou, monja etíope, feminista y pianista responsable de este disco maravilla. En un momento dice de un hombre, un politólogo, que quizás sea una de las pocas personas que leyeron el libro de Kapuściński en Etiopía, porque nunca se tradujo al idioma local. Es una frase rara, difícil de creer (es difícil creer que Ruth Beckermann crea que no hay pdfs en Etiopía), sobre todo en una película que sucede en un espacio en el que el trabajo de todo el mundo es hablar en inglés. Si la frase no es una tontería, quizás forma parte de algún tipo de artificio: el de la mujer europea, documentalista experimentada, acostumbrada a registrar las formas de los otros y que va más lejos que nunca hacia una fascinación, la de la imagen de un hombre. Decide explorarla en uno de sus refugios de estatus y clase, un espacio muy paradigmático, construido para los líderes panafricanos, hoy un Hilton. Podría pensarse como una película sobre esa distancia. Al final de la película Beckermann habla de esos primeros momentos que se viven en una ciudad nueva, el primer recorrido que queda impregnado en todo lo otro, mientras recorre los monumentos del centro, luminosos, en auto. Como si dijera que toda la película es eso: un eterno mirar por primera vez, un encuentro con la superficie. 

Hubo una película que era el exacto contrario de esta, a varios kilómetros de ahí, en el Delphi Filmpalast, una antigua sala de baile de fines de los años 20 que se transformó en cine en 1949 y que alberga funciones del festival intermitentemente desde 1952. El barrio donde está el Delphi, Charlottenburg, era el centro de Berlín Oeste y, por lo tanto, la sede central del festival durante las décadas anteriores a 1990. La sala tiene lugar para 600 personas en unas butacas tapizadas de rojo, con suelo y paredes rojas y una cortina pesada como la del Colón. Ahí, un lunes, apareció una figura de la historia del cine, el director etíope Haile Gerima, que formó parte de la LA Rebellion, el movimiento de cineastas negros y del caribe que ocupó UCLA a fines de los 60s. Gerima estuvo 30 años haciendo Black Lions – Roman Wolves, alrededor del colonialismo italiano en Etiopía dividida en cinco partes que duran entre todas unas nueve horas. Los capítulos son The Scar of Adwa, Invasion, Occupation and Terrorism, Guerrilla Warfare y Victory. 

Black Lions – Roman Wolves es una película sobre la resistencia a la ocupación de Etiopía por los fascistas y, a la vez, una arqueología de los medios constante. Hecha entre los 90s y el 2026, la película pertenece al momento de la historia del cine en el que la tecnología mutó más radicalmente, comparable a los primeros años del siglo XX. También mutaron las ideas alrededor del trabajo con documentos, archivos y con la historia. Los materiales de la película son entrevistas a sobrevivientes, protagonistas y testigos, pero también fragmentos de obras de teatro, películas, textos, poemas y sobre todo canciones, tanto italianas como etíopes. Una de las primeras secuencias de la segunda parte, Invasion, pone a dialogar una canción italiana terrible, Faccetta nera, con una canción épica etiope que repite constantemente mi tierra (y que no logro encontrar), como si la película fuera una larga búsqueda por pensar en imágenes esta canción, reconstruyendo su tragedia en bloques. 

Uno de esos bloques es el material de archivo, y el primer discurso de ideas de la película está dedicado a este. Comienza diciendo algo así como que las primeras imágenes en movimiento del continente, de África, fueron hechos por colonos que, dueños del dinero y de los medios para registrarlo todo, fueron los únicos que crearon las imágenes que quedaron de Etiopía en esos momentos. Después de la derrota, y de la emancipación, los colonos se llevaron esas imágenes, que quedaron guardadas en sus archivos (lugares como el instituto Luce). Hoy esos archivos y sus países siguen teniendo potestad sobre esos materiales, los cuales hacen accesibles por sumas estratosféricas, sobre todo para producciones de esos países en cuyo territorio se registraron esas imágenes. Así, la colonia sigue pagando por el material que les fue robado, y el colonizador sigue recaudando por el robo, pero de una manera amable, por correo electrónico. Esto es lo primero que dice Gerima en la película, que se niega a pagar por las imágenes de su país, y que sacará todo de distintas fuentes, de internet, de cosas contrabandeadas, aunque eso implique exponer el pixel al máximo, como una especie de desnudo involuntario hecho con el orgullo de no perder la dignidad por una convención del medio que obliga a recaudar dinero para dárselo al estado mismo que produjo el mal del cual trata una película. Esto no pasa sólo en Etiopía. 

Black Lions – Roman Wolves tiene la apariencia de un documental “convencional” de entrevistas, voces en off, etc. En realidad es una película que permite escuchar de primera mano una serie de testimonios, y sobre todo ver una serie de secuencias de montaje en el que las canciones de unos y otros se mezclan con las avanzadas y retrocesos de una lucha emancipatoria, contada con imágenes pirateadas y otras creadas por Gerima para sus películas anteriores. Es una película que piensa con las manos, y por eso en casi todos los capítulos se ve, en algún momento, el trabajo que lleva: personas grabando, personas repasando textos, montando, buscando archivos, entrevistas. Personas pensando, ensamblando esta historia cuidadosamente en cinco grandes pilares.

A pocas cuadras de ahí queda el Zoo Palast, una sala que fue el cine central del festival hasta el año 2000 cuando el festival se mudó a Potsdamer Platz, una sala más moderna, semicircular e inmensa, con mucho espacio entre butaca y butaca como para todos los inmensos abrigos que quieras en una ciudad en la que la regla es el invierno y la excepción el verano. Ahí se estrenó la película argentina Un bosque arriba en la montaña, que sigue el juicio por el asesinato de Rafael Nahuel en la zona del Lago Mascardi, en Río Negro. La película tiene una forma dispersa o, en realidad, usa la dispersión como forma de conocimiento caleidoscópico, como varios lados de un cuerpo que van aportando otra tonalidad a la luz de las cosas. El material central es el registro del juicio por el asesinato de Rafael Nahuel a manos de la Prefectura Naval Argentina, un registro oficial que incluye a la defensa presente y a los acusados presentes por videollamada. También hay otros materiales, como el registro del peritaje en el que algunos de los protagonistas del asesinato, procesados por supuesta agresion a los prefectos que asesinaron a Rafael Nahuel, recorren el bosque intentando reconstruir los hechos frente a las peritas. 

Durante el juicio la película se concentra en la forma que tienen los acusados de usar ese tono de dueño de la pelota caprichoso que ya es costumbre en nuestro país, el de interrumpir cualquier proceso legal o democrático con un lenguaje rimbombante y con una concentración absurda en tecnicismos que desvían la atención. En otro momento del juicio los asesinos son presas de una supuesta falla técnica selectiva que detiene la transmisión de las voces vía internet justo cuando se les pregunta si el protocolo de las fuerzas a las que pertenecen incluyen disparar ante una huida de espaldas. Una y otra vez les pregunta, y una y otra vez se les corta el sonido. El montaje del juicio consta de momentos así, absurdos y corrientes, un montaje que encapsula la experiencia ciudadana de atestiguar procesos judiciales, legislativos y ejecutivos en nuestro país: tiempos estirados, interlocutores que tratan de encubrir su ignorancia con obstáculos absurdos y su culpabilidad con discursos fascistas. 

Una buena parte de los caminos que la película recorre fuera del juicio tienen que ver con la militancia mapuche, sobre todo con los espacios de toma de conciencia y formación de amistades a partir de este reconocimiento mutuo. Una mujer que la película acompaña, de una generación un poco más grande que Rafael Nahuel, cuenta cómo se fue dando cuenta de cómo su vida no era como la de los demás en su ciudad, cómo la plata siempre le faltaba sobre todo a la gente que era como ella. Habla sobre todo de la escena punk rock en la zona alrededor de la crisis del 2001, y la película la acompaña de fotografías, videos, canciones. La acompaña reponiendo la forma de ese movimiento contracultural que forma parte de la historia de la música y la política en ese lugar que llamamos Argentina, pero que nunca integra en su relato. 

La película gira alrededor de las cosas que tocan una vida y una muerte, personales, emocionales, históricas. Tienen que ver con los territorios que una persona habita, con la gente con que lo habita, con las cosas que le gustan, las dificultades materiales que atraviesa. En ese sentido, Rafael Nahuel como persona, como alguien con una personalidad, con una temporalidad, con unos afectos, aparece recién al final de la película, en un retrato de su prima, testigo del asesinato. Como si primero se construyera un mundo para Rafael Nahuel en la película, un mundo que ya existe y que la película ilumina, para que podamos finalmente entender el pequeño relato de una prima sobre su primo con la densidad que merece. Cuando le preguntan cómo era, la defensa también protesta: una víctima es una víctima, su forma de ser no cambia nada. Pero la defensa insiste, y ella prosigue: que tenía su casita de madera, que hacía talleres para tener más oficios, para poder conseguir más trabajo, que trabajaba el hierro, que intentaba sobrevivir. Que ella lo visitaba, tomaban mates, escuchaban música, a veces en invierno rodeados de nieve y sin leña. A veces se le hacían difíciles las cosas dice, quería poder vivir mejor, tener una vida más sana, alejarse de las cosas que rodean un barrio. Ahí la película revela su forma de fractal invertida, como algo que se aleja con sigilo desde los bordes hacia el centro que es Rafael Nahuel, primero su muerte y después, apenas sugerida, su vida, que dejó vacío el hueco que la gendarmería trazó en él y en el bosque. 

Cerca, en un auditorio grande que se llama Das Haus der Berliner Festspiele, un cubo de hormigón y vidrio con guardarropas y una sala de butacas rojas, en medio de una plaza, se paso la nueva película de Hong Sang Soo, The day she returns, título opuesto a su The Day He Arrives, de hace 15 años. The Day She Returns está dividida en varias partes, y en dos grandes escenarios: un restaurante alemán y una sala de clases de teatro. La protagonista es una mujer, una actriz famosa que dejó de trabajar unos 10 o 15 años, divorciada, que vuelve a la actuación para protagonizar una película independiente. La entrevistan tres mujeres jóvenes, alguna más experimentadas que otra, que comienzan cada una su entrevista pero en realidad lo que tienen es una conversación dispersa con ella, que está más interesada en saber de ellas y en tomar algo juntas. En una de las entrevistas ella habla de que antes a todo en su vida lo veía como signos, como cosas a interpretar. Pero ahora estaba cansada, y solo quería ver las cosas como lo que son, con su forma, sin sentidos ocultos, sin neurosis. Ver y vivir los eventos simplemente por lo que son en la superficie, aceptar las cosas por su forma, por su presencia. La interpretación es para la protagonista una cárcel, parece querer vivir entre una erótica de las cosas, como escribía Sontag pero en la vida per sé.

La segunda parte de la película es en una clase de teatro para la que ella escribe una versión de lo que acaba de suceder: una entrevista que condensa las tres. Así, vemos cuatro veces lo mismo que es en realidad cuatro cosas distintas, parecidas pero no idénticas. En sus variaciones hay mucha lucidez, olvido y también bastante tristeza. En esta película, como en muchas de las últimas de Hong, parece ser que el infierno no son los otros sino la idea imaginaria de lo que los otros piensan de una, proyectada sobre todos los pensamientos y acciones propias. Un espejismo detrás de otro, estas ideas proyectan peso sobre el comportamiento, los movimientos e incluso la posibilidad de tomarse o no una cerveza, fumar un cigarrillo o caminar. Todo esto sucede a través de conversaciones de las que no se entiende del todo si la otra escucha o entiende, si se percibe como información, chisme o aprendizaje. La conversación, en realidad, tiene un destinatario que no está en la escena sino afuera, en la sala, y parece existir para algo mucho más directo: largar ideas al mar como botellas. Una idea del cine como algo lo más desnudo posible, con lugares hechos de líneas rectas, pocos muebles, pocas personas y algunos problemas que son comunes a todos sobre los que pensar seriamente. Esa forma directa es dura, tosca, pero produce en esa tosquedad momentos de gracia plena, como cuando la protagonista se alegra de poder tomar una cerveza como si hubiera ganado una rifa. 

En el centro casi de la ciudad, en Alexanderplatz, a unos metros de la torre de televisión, la estación de trenes que conectan todos los puntos de la ciudad por arriba o por abajo, los mil negocios, hay otro multicine, un poco más humano o interesante que el de postdamer, el Cubix. Ahí se vio un día la película nueva de Ted Fendt, Auslandsreise o Foreign Travel, otra película sobre la palabra en la ciudad. Esta vez la ciudad es esa en la que estábamos, Berlín, y la película la divide en meses. Los protagonistas son un grupo de amigos que tienen un grupo de lectura, más otros amigos aledaños (las personas aledañas son siempre una especie de centro estructural narrativo en las películas de Fendt) que se unen o no al club. En las escenas pasan tiempo juntos hablando en lugares de la ciudad: departamentos, patios de edificios, parques, cafeterías. Hay un personaje, un chico, que cada vez que aparece se está mudando, siempre con problemas para conseguir casa a largo plazo, siempre a merced de la vida de los otros y sus caprichos, con una valija encima subalquilando habitaciones, cayendo a hoteles y hasta en sillones amigos. Ese personaje, que siempre parece recién llegado aunque no lo sea (si lo es, decide finalmente rendirse e irse a donde su familia si le paga una casa y estudiar algo no le gusta) tiene su opuesto en otro chico, interpretado por el cineasta argentino Alejo Franzetti, que forma parte del grupo de lectura. Su personaje emigró a Berlín hace más tiempo, tiene ya su casa y por lo tanto su vida, y en una escena habla con su amiga sobre vivir en Berlín. Dice algo que me quedó resonando días después: que se fue ahí porque en Argentina tenía la sensación de que se necesitaba mucho dinero para poder vivir, y que no creía ni quería en realidad tenerlo, así que siempre supo que no podría vivir ahí. Esto, que no pasaba hace unos años y que hoy divide a fuego la experiencia de vivir por lo menos en Buenos Aires (una vida que se define por la capacidad de gasto, de consumo) ahora es cierto en casi todos lados. 

No tan lejana en preocupaciones a The Loneliest Man in Town, aunque lejanisima en forma e ideas, la película plantea esta red narrativa de personajes como una forma también de poder vivir: intercambiar ideas sobre Anna María Oreste. Esa forma de vivir traza un mapa de la ciudad, un mapa de afectos que lo embellece todo. Es la lucha por una vida alrededor de cosas que a los personajes les parecen importantes, incluso aunque sea cada vez más difícil. Los vínculos que establecen, como son a partir de las palabras, son sólidos. Incluso con la ciudad, que en invierno es cruda y hostil, se establece una relación suave, que empieza en el verano para poder ver en sus esquinas, sus patios, sus departamentos con ventanas grandes y cielos claros, la belleza que existe en los cambios que el tiempo propone.

En la sociedad científica Uranía, basada en una idea de Alexander von Humboldt, hay un auditorio también inmenso donde se proyectaron los cortos de Radu Jude y Renzo Cozza, Plan contraplan y La hora de irse. El segundo es una cuestión de perspectivas: un vampiro, interpretado por Martín Shanly, arregla citas de Grindr para alimentarse a él y a sus hermanas, dos vampiras fabulosas que viven dentro de la casa. Lo obligan a salir escudadas bajo la idea de que ellas son mujeres, y por lo tanto es un peligro meterse a tinder para ir a la casa de hombres desconocidos. Las chicas lo tienen de esclavo, y el hermano está triste, no quiere matar más hombres, quiere buscar una solución. La violencia de la cuestión depende de cada personaje y se solapan unas con otras en forma de comedia. Finalmente el vampiro conoce a un chico que le gusta de verdad, y encuentra una especie de tercera solución, una en la que el deseo está más cerca de la ternura que del consumo realmente indiscriminado de cuerpos. En el coloquio posterior Cozza dijo que cuando salió aquel meme de la cárcel como el paraíso kuka, en el que entre varios de sus items estaba “mucho sexo gay”, le dieron ganas de filmar muchas escenas de sexo gay. La ora de irse es una de las mejores formas de protesta: una comedia. Sensible, concisa, con una idea por encuentro. 

Plan-contraplan de Radu Jude y el historiador con el que viene trabajando hace un tiempo, Adrian Cioflâncă, está hecho con fotografías de dos fuentes. La primera, el plano, con fotos de Edward Serotta, fotógrafo estadounidense que fue a Rumania en los 80s con la excusa de fotografiar monumentos de la Segunda Guerra Mundial. Contactado por la oficina de turismo, que es en realidad la securitate, empieza a viajar por Rumania perseguido por un servicio de inteligencia sin inteligencia y se da cuenta de que hay en el país poco monumento que le interese, pero mucho de otras cosas, sobre todo la forma de vida de las comunidades judías rumanas en las que ve las mismas costumbres y hábitos de su comunidad diaspórica en Atlanta. Encuentra en esas personas un origen y comienza a capturarlo. Acompaña a las fotos que sacó en el viaje un relato actuado por su voz, un diario de viaje retrospectivo, una especie de comedia de enredos con la securitate. 

La segunda parte, el contraplano, consta de fotos en las que Serotta es el protagonista, tomadas por el miembro de la securitate que lo sigue por todo el país. Lo que se escucha en la voz en off son fragmentos del informe de vigilancia sobre Setorra, que es muy gracioso porque, entre otras cosas, no hay realmente nada que observar entonces lo que se describe es su aspecto de yanqui joven de los 80, su forma de caminar o sus relaciones con la gente que pasa. A plena luz en esa comedia está la sombra débil de la brutalidad de ese mal extendido, la estupidez de un fascismo que busca sacar agua de las piedras. 

En un festival como la Berlinale la relación plano y contraplano es extraña: el plano es el Palast, la alfombra roja, los protocolos de censura soft y no tan soft, el éxito, el prestigio, la circulación de capital monetario, simbólico, social, cultural, etc. El cine parece ser lo que llega después. La cosa tiene una forma fija, sin importar qué es lo que termina albergando. El cine está ahí, entre el beneficio y el secuestro, atrapado en esa cruz autoconstruida que sin A no existiría B. Quizás esas excusas dan libertad, quizás son una humillación leve, eso va película a película. Algunas se acompañan al contexto y lo alimentan, otras fueron pensadas directamente para él y quieren vivir simulando que son entes autárquicos, simulan ser contraplano pero son simplemente plano duplicado. Hay otras, ahí desperdigadas, que son su propia cosas. No existen fuera del contexto, pero imaginan también ahí, en ese lugar millonario y gris, una forma más rica, con la potestad de pensar la relación entre ese plano y contraplano, de crear relaciones que tengan su propia estructura.

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Radiografía de la distribución https://lavidautil.net/radiografia-de-la-distribucion/ https://lavidautil.net/radiografia-de-la-distribucion/#respond Sun, 15 Mar 2026 12:44:04 +0000 https://lavidautil.net/?p=15016 Una especie de panorama o informe sobre la espinosa tarea de encontrar un público para una película. 

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La semana pasada se estrenaron varias películas argentinas que se van a contar entre lo mejor del año. Nuestra tierra, de Lucrecia Martel; Pin de Fartie, de Alejo Moguillansky; The bewilderment of Chile, de Lucía Seles (fue hace dos semanas, en realidad); y La noche está marchándose ya, de Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini. También estuvo brevemente en las salas Parque Lezama, de Juan José Campanella, pero fue más un estreno técnico que permitió el paso a las plataformas. Casi al mismo tiempo una cantidad de películas están en pugna por grupos cercanos de espectadores, pero todas con estrategias y contextos distintos. Algo intuímos y por ese motivo quisimos trazar una especie de panorama o informe sobre la espinosa tarea de encontrar un público para una película. 

La pregunta por la distribución es un problema estético y político. La asistencia a salas continúa siendo irregular y, al mismo tiempo, la oferta disponible en plataformas es prácticamente inabarcable. Entre esas dos fuerzas (la concentración de pantallas en pocas manos y la dispersión de la atención del público) las películas argentinas deben inventar formas de hacerse visibles. Observar de cerca estos estrenos simultáneos, sus estrategias y sus resultados, permite leer algo más que casos aislados: ofrece una radiografía provisional del momento que atraviesa el cine argentino.

Santiago Gallelli (Nuestra tierra, REI Cine)

  • ¿Cómo pensaron el estreno de la película (en qué salas, a qué público, en qué ciudades)?

A la hora de pensar el estreno de esta película, desde el comienzo con Lucrecia nos planteamos el desafío de hacer algo distinto, tratando de que la película llegue a la mayor cantidad de personas posible, independientemente del circuito. Partíamos de una lectura del contexto: hoy está muy difícil para la mayor parte del cine nacional tener un buen recorrido en salas. En el caso de los documentales es todavía más marcado; hay muchísimas trabas para acceder a pantallas.

En este caso, tratándose de una directora con la trayectoria de Lucrecia y de una película que había tenido un circuito de festivales tan potente y premiado, sentíamos que había un producto para ofrecer y una conexión posible con el público, tanto por los antecedentes de sus películas como por la temática del documental, que nos parecía muy oportuna. Intentamos corrernos de las prácticas tradicionales de vía pública y de prensa y elegir muy bien a dónde iba Lucrecia. A diferencia de una ficción, donde uno cuenta con otros elementos —actores y demás—, acá solo la teníamos a ella, y es un recurso que puede estar en un solo lugar. Entonces seleccionamos cuidadosamente los espacios y escalonamos la campaña para que, en pocos días, la película pase de ser un rumor a una realidad, coincidiendo con su programación en salas y con la instalación de Lucrecia como figura pública.

También nos comprometimos a hacer un régimen de visitas a salas, con presencias y debates centrados en su intercambio con distintos públicos. La idea era darle un marco más descontracturado a la experiencia, correrla de la solemnidad y acercarla a un mano a mano con la gente: que su figura esté disponible para quien quiera conocerla o conversar sobre la película.

La salida estuvo a cargo de Moving Pics, nuestros distribuidores. Para nosotros la prioridad era defender buenos horarios y no atomizarnos en muchos complejos con funciones que no iban a funcionar, para darle tiempo al boca en boca. Salimos primero en Tucumán, con una avant premiere especial para la comunidad chuschagasta —protagonista de la película— y para el equipo, y una segunda en Capital. A partir de la segunda semana empezamos a abrir plazas del interior, tratando de que Lucrecia visite las principales y tenga encuentros sobre todo con estudiantes y gente joven, que es lo que más le interesa.

Las dificultades son las que mencionaba, pero las fuimos sorteando con un acompañamiento muy bueno de los complejos, que reconocieron lo original de este approach. Se prendieron, abrieron las puertas, le dieron difusión y vieron que había un vínculo con la gente.

  • ⁠¿Qué expectativas tienen? ¿Hay alguna previsión de tiempo o cantidad de personas?  

En cuanto a expectativas, nunca pensamos que la película fuera a hacer números impresionantes, porque la cantidad de pantallas y el tiempo que pueda sostenerse antes de que llegue otro estreno es relativo. Incluso en espacios icónicos como el Gaumont o el Cacodelphia, donde estamos agotando funciones, el crecimiento es gradual.

  • ¿Qué se imaginan que puede pasar entre la película y el público?

Nos interesa que la película no se agote en la circulación cinematográfica y que encuentre otras maneras de llegar a la gente a través de encuentros directos. Estamos preparando un ciclo para llevarla a comunidades, espacios educativos y grupos de trabajo territorial, para que se vea donde el cine no llega. Después seguramente encontrará su lugar en alguna plataforma digital.

Lo que muestra esta primera semana es que efectivamente hay un público para este tipo de películas y para el cine de Lucrecia, que se reconoce en la pantalla y participa activamente en su recomendación. El boca en boca está siendo potente y la amplificación muy orgánica. Ahora la película empieza a vivir su propio recorrido. Ojalá ese fenómeno se profundice, que llegue a cines de todo el país y que cada persona que la vea se quede con las preguntas que Lucrecia sembró en la película y las lleve a otros entornos.

Más allá del número oficial, lo que nos interesa es que pasen los años y la película siga circulando, se siga viendo y siga siendo útil para pensar en el tema, que es lo principal de lo que quiere conversar Lucrecia.

Alejo Moguillansky (Pin de Fartie, El Pampero Cine)

  • ¿Cómo pensaron el estreno de la película (en qué salas, a qué público, en qué ciudades)?

En El Pampero Cine procuramos, desde siempre, proyectar nuestras películas en esquemas de exhibición alternativos. Esto es: un esquema más parecido a la de una obra escénica, o una banda de rock, que tiene una serie de ‘fechas’, acaso más acumuladas e intensivas en su primer estreno, pero con una continuidad temporal quizás más larga que la de la exhibición standard de una película. En ocasión de nuestra Pin de Fartie, que tuvo su estreno en el Festival de Venecia, luego en New York Film Festival, y sigue en ese ámbito de festivales de cine, aquí en Buenos Aires se proyecta una vez por semana en el Malba, al igual que la gran mayoría de nuestras películas.  A eso se sumarán estrenos en salas de otras ciudades en fechas a definir. Hay que decir que El Pampero, con su ya larga trayectoria, tiene un circuito amigo de cines en Mendoza, Córdoba, Rosario, Santa Fe y, efectivamente, pensamos las proyecciones de forma quizás más parecida a la que una banda de rock piensa una gira.

  • ¿Qué dificultades se encontraron en la concreción de su estrategia (menos salas, menos prensa, etc)?

Si bien la situación actual es muy grave (digámoslo: más grave que nuca), ese no es un problema nuevo para El Pampero Cine, que siempre se manejó en las reglas de la autogestión e independencia. Hay un problema que viene siendo que se busca en las películas menos el interrogante que la confirmación de algo. Y eso deja a la crítica en un lugar cada vez más difícil, o no deja espacio para un diálogo real entre la crítica y las películas. Como si el lenguaje dejara de ser un tema de conversación, para ser la ilustración, confirmación o negación de una política ajena al cine. Y esa película en muchas ocasiones podría ser un hecho no necesariamente cinematográfico. Es cada vez más difícil hablar de una política cinematográfica. Por supuesto que hay excepciones, tanto en la escala industrial como en la escala independiente. No se trata de un problema de tamaño, sino de la falta de centralidad que el cine tiene en el presente. Creo que hay que estar agradecidos a las películas llamadas “grandes” que generan remolinos en los cuales muchas películas chicas pueden navegar. Pero como dije antes, nuestra política cinematográfica siempre fue la de una resistencia. Aquí estamos, una vez más, dispuestos a reinventar todo todas las veces que sea necesario. En el presente, como bien decís, esa necesidad es drástica.

  •  ⁠¿Qué expectativas tienen? ¿Hay alguna previsión de tiempo o cantidad de personas? 

Cada película tiene su particularidad tanto de producción como de exhibición. En este caso, creo que se trata de una película de una inmensa particularidad y sería ingenuo pensar en cualquier tipo de masividad. En todo caso, es una película que tiene que trazar un camino en su exhibición en el que cierta sensibilidad a flor de piel que maneja el film logre construir una regularidad que nutra un boca a boca y que se sostenga en el tiempo. Me parece más útil, en este caso, pensar en una sostenida permanencia que en una cantidad de espectadores. No hay absolutamente ningún indicio para pensar este film con las reglas de la masividad. Y está bien que así sea. Su tamaño de producción es ínfimo e impune. Y lo mejor que le puede pasar es que su exhibición sea, ecológicamente con su modo de hacerse, duradera y sostenida. Esa es su forma de impunidad en un momento en el que se cae una y otra vez en la trampa oficialista de pedirle a las películas que sean necesariamente masivas. Que el cine sea popular no significa que sea masivo. Pensar que lo tiene que ser es hablar con el mismo lenguaje que hablan los detractores del cine con su ya soporífera batalla cultural. Nosotros no hablamos ese idioma. Y me parece un error pensar que hay que responder en esa lengua negligente.

  • ¿Qué se imaginan que puede pasar entre la película y el público?

Que se apropien de ella. Que vean un film que desde la pura ficción sea capaz de retratar el presente y que los interpele colectivamente a cada uno en su singularidad. Si hablamos tanto de diversidad, creo que hay aquí, en Pin de Fartie, un ejemplo elocuente de ello que busca tanto la fragilidad como la contundencia.

  • ¿Cómo fue la primera semana en salas con respecto a las previsiones que habían hecho? ¿Qué estrategia piensan para mantener el entusiasmo del estreno?

Apenas tuvimos el estreno el viernes pasado. No puedo responder esta pregunta. Vamos por nuestra segunda función recién este viernes 13. La fecha debería darnos suerte.

Lucía Tebaldi (The bewilderment of chile, Santa Cine) 

  • ¿Cómo pensaron el estreno de la película (en qué salas, a qué público, en qué ciudades)?

La idea fue concentrar la salida en una sola sala en CABA y sumar la mayor cantidad de provincias posibles.  Rosario, Santa Fe, Córdoba, estamos tratando de concretar Córdoba, La Plata, lugar donde se filmó la película. Pero siempre estoy trabajando con salidas concentradas, un poco por la experiencia de otros estrenos de películas de tamaños y características similares. Desde hace alrededor de 5 años cuando reabrieron las salas de cine después de la pandemia, vengo comprobando que resulta más efectivo a la hora de estrenar, concentrar el estreno en menos plazas. Por un lado casi obligadamente a hacer esto y por otro también porque la idea es acompañar fuertemente la película en cada plaza, si es posible lograr que el equipo vaya a presentar, sume una charla, una conversación abierta con el publico o si se trata de espacios universitarios, una masterclass. Esto por un lado, facilita la comunicación (desde hace años que no contamos en Argentina con una cartelera de cine muy visible- sé que existen algunas pero la realidad es que el público masivo no las utiliza tanto porque no las conoce) y por otro lado, produce un efecto beneficioso en la relación entre la película y la sala donde se estrena. Si uno piensa en un esquema de salida que no cumpla la semana cinematográfica completa (es decir de jueves a miércoles) sino en una forma de estreno más similar a lo teatral, con una o dos funciones semanales, se va generando un boca en boca y se va instalando una película un día en particular en un horario preciso. Esto es una forma que encontramos en estos años para seguir trabajando, antes podíamos pensar en salir en varias salas en la misma ciudad, o plaza. Ahora eso no es una posibilidad y si logramos programar la película en las principales capitales es bastante milagoros, porque se ha producido en el circuito de salas una contracción enorme. En Caba pensamos en Cacodelphia porque la realidad es que es una sala que apreció The Bewilderment of Chile,  y el trabajo de la directora, desde el minuto en que le ofrecí el film. Esto es algo que no sucede con todas las salas y para mí como distribuidora, es fundamental trabajar con salas en donde la película es bien recibida, es esperada y deseada por la sala. Esto comienza con la energía del programador o programadora de la sala. Siempre voy a priorizar salas que conocen el contenido, que saben de qué película estoy hablando, que conocen la trayectoria de una directora como Lucía y que apuestan fuerte a acompañarnos. Eso para mí es oro puro. No es lo mismo que estar haciendo fuerza durante meses para convencer a una sala de estrenar una película. 

  • ¿Qué dificultades se encontraron en la concreción de su estrategia (menos salas, menos prensa, etc)?

Esto es algo que viene sucediendo desde hace años, el circuito de exhibición no se ha expandido, por el contrario, ha sufrido desde el 2015 que empecé a trabajar en distribución hasta la fecha un proceso de contracción muy fuerte. Varias salas han cerrado, tal el caso del Cine Arte Multiplex, Atlas Cabildo, salas que podrían alojar un contenido conocido como “cine arte”. Y con esto me refiero desde películas extranjeras hasta cine argentino que quizás no se caracteriza por tener actores hiper conocidos en sus elencos. A esto, se suma, la desregulación total por parte de las nuevas autoridades del INCAA, con lo cual si la cuota de pantalla no se cumplía históricamente ahora resulta una herramienta perimida. A esto de todas formas, hay que contraponer la existencia de incentivos a las salas que sí estrenan contenido nacional. Pero de todas formas, ha comenzado a suceder que películas que antes no entraban en el circuito de salas más “independientes”, es decir que iban de cajón directamente al circuito de salas más comerciales – multipantalla -comenzaron a invadir espacios de corte más cineclubista o independiente. De la misma forma que Disney comenzó a estrenar cine argentino, las salas que antes usualmente no programaban películas más taquilleras comenzaron a precisar de ese contenido más “popular” para subir sus números de taquilla. Incluso el Gaumont que históricamente se caractizó por programar solo cine nacional se ha visto obligado por directivas de arriba a programar contenido extranjero. Todo esto, obviamente juega en contra de la programación en las salas donde usualmente estrenábamos nuestras películas argentinas, porque ocupa espacio en la programación y deja asi poco lugar a otro tipo de contenido, a otras miradas, otras escenas. El problema del circuito de exhibición en Argentina es complejo y requiere un abordaje multidireccional que contemple sin dudas la formación de programadores que estén a la altura de sus puestos (incluso si se trata de empresas privadas como las multipantallas, deberíamos poder dialogar con gente que no solo esté pensando en los números y las ganancias); la formación de audiencias y por supuesto, y más fundamentalmente, tenemos pendiente  como industria repensar  las regulaciones que quizás priorizaron durante años presupuestos para producir sin contemplar realmente presupuestos acordes para la distribución, comunicación, marketing, pauta, publicidad, vía pública, etc. Esto es una deuda que tenemos con nuestras películas argentinas. 

  •  ⁠¿Qué expectativas tienen? ¿Hay alguna previsión de tiempo o cantidad de personas? 

Para mí un caso de éxito de un estreno nacional de una película en la escala de The Bewilderment of Chile, es la permanencia en cartel a lo largo de las semanas.  Muchas de las películas que estrenamos desde Santa Cine, han permanecido hasta 12 meses en cartel, en la misma sala, el mismo día y horario. Independientemente de la cantidad de público que pueda haber hecho una película, el hecho de estar todos los viernes, sábados o domingos en una sala, y permanecer es para mí una gran satisfacción, y creo que a los directores y productores les suele pasar lo mismo. Hacer una película en Argentina es realmente una odisea, que a veces puede llevar años, la mayoría de las veces productores y directores no cobran por la cantidad de trabajo que han puesto en el hacer de sus películas. Completar el proceso de hacer una película desde cero, con la posibilidad de encontrarse con el público durante meses en una sala, es una especie de recompensa y satisfacción simbólica (no siempre económica) Cuando esto sucede, a veces los productores pueden recuperar los costos de estreno, pueden disfrutar de ver la película funcionando en cada proyección a lo largo de las semanas y eso es invaluable. Incluso si películas de este tamaño no superan los 8000 espectadores. 

  • ¿Qué se imaginan que puede pasar entre la película y el público?

El encuentro con el público de una película como la de Lucía, es realmente un hecho cinematográfico, pero también teatral (sobre todo si Lucía presenta las funciones) del orden del acontencimiento. No puedo generalizar acerca de lo que le pasa todo el público, hay gente que se conmuve, alguna que otra se habrá ido ..Yo puedo hablar de lo que me sucedió a mí como espectadora de la película la primera vez que la vi en una sala de cine, y fue que tuve la sensación de estar viendo algo vivo. Como cuando uno ve un concierto de Nina Simone por ejemplo. Y de pronto encontrarme riéndome mucho o totalmente emocionada por una escena en donde la directora logra captar algo de la verdad de lo humano, de nuestras formas tan teatrales también de repetirnos, de meternos en laberintos, de tararnos.  Mucha gente que conozco de la industria, me dice: ah son todas iguales las películas de ella. Y yo creo que ahí hay una potencia, en su videos, como los llama. Me parece que es un universo, con sus personajes, sus túneles, sus constelaciones. En muchas de las películas  que tuve la suerte de estrenar, reconozco apuestas muy personales, muy jugadas también por parte de los realizadores, que dejan trazos muy fuertes en esos materiales y eso es algo valioso. Que además habla de nosotros.  Por eso también  estoy trabajando en la idea de generar un registro de los directores y directoras de nuestro último cine, el de estos años, porque percibo que no hemos pensado lo suficiente a estos nuevos y nuevas cineastas, nos falta hablar más de nuestras películas, nos falta darles espacio en nuestras conversaciones, en nuestros pensamientos. Por eso la nueva crítica, los espacios de análisis de nuestro cine, las revistas, los nuevos medios son fundamentales. En este momento esos espacios tienen que estar llenos de pensamientos, mas que nunca. 

Ramiro Sonzini y Pablo Piedras (La noche está marchándose ya)

  • ¿Cómo pensaron el estreno de la película (en qué salas, a qué público, en qué ciudades)?

Esencialmente y dado que es una película fundamentalmente cordobesa, pero con una coproducción de Ciudad de Buenos Aires, pensamos el estreno en el Cineclub Hugo del Carril de Córdoba primero (marzo) y en un par de salas importantes de Buenos Aires después de que termine el BAFICI. Debido a la temática y espacio escénico de la película, el cineclub era, además de un deseo, el lugar natural para el estreno. El público reconoce a los actores porque son trabajadores e integrantes de la comunidad del cineclub. El formato del estreno en Córdoba responde a la modalidad que el cineclub tiene para programar: una semana de corrido, de jueves a miércoles, con once funciones en total. Si en esa semana la película lleva un cantidad de espectadores determinada tendrá derecho a una nueva semana al mes siguiente. En Buenos Aires aspiramos a lograr el efecto del boca en boca teniendo menos funciones semanales pero con mayor constancia en el tiempo. Para películas pequeñas como la nuestra, en las que no contamos con recursos económicos para romper la burbuja del público cautivo, los conocidos y conocedores, el lento efecto del boca en boca es la única manera de romper la burbuja y llegar a un público más amplio, sobre todo con esta película que tiene una vocación popular en su conexión con el presente y su intención cómica.

Más allá de Córdoba y Buenos Aires, estamos planificando llevar la película (y viajar nosotros con ella) a otras salas del país. Intentamos tomarnos el estreno como una gira musical, acompañar la película, conocer el público y charlar con él como una forma de darle cuerpo a la experiencia del cine. También nos interesa por la posibilidad de conocer cuáles y cómo son las salas de cine en donde se puede ver una película como la nuestra (que un poco trata sobre las salas de cine).

  • ¿Qué dificultades se encontraron en la concreción de su estrategia (menos salas, menos prensa, etc)?

Las dificultades son las que todos conocemos y, por lo tanto, nunca pensamos de manera grandilocuente sino de modo focalizado. Eso por ahora viene funcionando, así que no podemos hablar de dificultades inesperadas. La prensa la manejamos entre nosotros en Córdoba, y más adelante en Buenos Aires seguramente tendremos colaboración de alguien que se dedica a eso. Igualmente, la estrategia es siempre no derrochar recursos, reflexionar bien en qué espacios mediáticos podemos convocar a un público afín a la película, y recién ahí accionar. En otras palabras, no nos mandamos una campaña genérica de película independiente (tampoco nos daba el piné).

  • ¿Qué expectativas tienen? ¿Hay alguna previsión de tiempo o cantidad de personas? 

La previsión de tiempo, después de que ha pasado la semana intensa, es todo lo que podamos permanecer con una función semanal, tanto en Buenos Aires como en Córdoba, a partir del boca a boca y de una campaña suave de redes. Sinceramente, no tenemos un número definido como objetivo pero creo que deberíamos pensar en tratar de alcanzar una cantidad de público que represente una nivel de alcance un poco superior al que representa el nicho. Si el cine independiente normalmente llevar 4000 personas, deberíamos intentar 5000, como una forma de evidenciar el esfuerzo por salir del círculo cerrado a que llevan los modos de Interacción públicos del presente.

  • ¿Qué se imaginan que puede pasar entre la película y el público?

Comprensión, empatía, diálogo fluido, pertenencia y, en algunos casos, tal vez, rechazo selectivo por motivos ideológicos más que estéticos. Veremos.

  • ¿Cómo fue la primera semana en salas con respecto a las previsiones que habían hecho? ¿Qué estrategia piensan para mantener el entusiasmo del estreno?

La primera semana en Córdoba fue excelente con la sala generalmente a pleno o casi. Era una película esperada, el equipo de realización la acompañó con entusiasmo y el público respondió yendo a la sala. Creo que dejamos algún tipo de expectativa positiva para que siga reproduciéndose el público cuando retornemos con las funciones semanales el mes próximo.

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Ikiz: Arte, Política y las demás gemelas de la 76ma edición de la Berlinale https://lavidautil.net/ikiz-arte-politica-y-las-demas-gemelas-de-la-76ma-edicion-de-la-berlinale/ https://lavidautil.net/ikiz-arte-politica-y-las-demas-gemelas-de-la-76ma-edicion-de-la-berlinale/#respond Sun, 22 Feb 2026 14:40:54 +0000 https://lavidautil.net/?p=14999 El festival comenzó con una pequeña polémica con Wim Wenders. A partir de ese suceso, Matilda Hague encuentra películas gemelas que ayudan a pensar en la relación entre arte y política.

La entrada Ikiz: Arte, Política y las demás gemelas de la 76ma edición de la Berlinale se publicó primero en La vida útil.

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En el vuelo de regreso a México, dos niños iban sentados delante de mí. Al momento de desembarcar, cuando apenas habían encendido las luces, me di cuenta de que eran gemelos: vestidos igual y toda la cosa. Hoy, mientras cruzaba la calle en la Roma, volví a ver a unas gemelas, ahora adultas (lo cual es mucho menos común). No iban vestidas igual, pero estaban maquilladas de la misma manera y, sobre todo, ambas llevaban una melena impresionante: rubia, ondulada, y tan larga que les llegaba hasta el trasero.

El par de gemelos me hizo pensar en una película que vi en el festival, que no me gustó mucho, pero que sí tenía un detalle pertinente. Kurtuluş, del turco Emin Alper, narra desde el punto de vista de los Hazerans, la lucha por su tierra frente al clan de los Beziki (dos familias en conflicto viviendo en dos pueblos cercanos). En algún momento, el protagonista, Mesut (Hazeran), le cuenta a su hermano Yilmaz que, según su abuelo, los gemelos no solo eran un mal augurio, sino también una señal de que el diablo se había infiltrado en el pueblo. Peor aún: la esposa de Mesut, Gulsum, no solo es Beziki, sino que además está embarazada de gemelos. Aunque en la película se habla mucho en kurdo, Mesut pronuncia su angustia en turco: ikiz (gemelos).

Creo que hay muchas maneras de hablar sobre lo que se dijo en la conferencia de prensa de esta 76ma edición de la Berlinale. En esta ocasión, quisiera invitarlos a pensarlo desde la dualidad, como la de los gemelos, porque me parece una figura (que en realidad son dos) que puede ayudarnos. En la práctica, el arte y la política son como dos lados de una misma moneda, o bien, como unas gemelas. Se parecen muchísimo, pero al final son distintas. Pueden estar en dos lugares al mismo tiempo: una en un festival de cine y la otra en una cámara de diputados. Ojo: no son lo mismo, aunque compartan muchas apariencias. En ambas hay una supuesta democracia y representantes de cada Estado-nación.

Pensando en estas gemelas, he reunido varias películas de esta selección tan abrumadora como expansiva, para hablar de lo que quizá sea más necesario ponderar: qué nos dice una gemela (el arte) sobre la otra (la política). 

I

Primero quisiera abordar dos películas que, en apariencia, no tienen mucho en común. Tal vez serían más bien mellizas: Dao, de Alain Gomis, y Light Pillar (Han ye deng zhu), de Xu Zao. Lo que tienen en común es que en su construcción narrativa, ocupan espacios distintos y generan sentidos propios para los protagonistas que habitan constantemente un ir y venir entre dos mundos.

En Dao, nos movemos entre Guinea-Bissau, donde se organiza el entierro del patriarca, y Francia, donde se celebra una boda. En el primero, asistimos al regreso de Gloria a su tierra natal para, junto con sus hermanos, organizar el funeral de su padre, que implica una gran fiesta para todo el pueblo. Oscilamos así entre el duelo y otra celebración: el matrimonio entre la hija de Gloria, Nour, y James. La película también comienza (y luego vuelve sobre ello) con la búsqueda de actrices, a quienes se les pregunta qué tipo de papeles les gustaría interpretar. Como mujeres negras, con antecedentes migratorios, se cansaron de verse como clichés en la pantalla. ¿Más allá de estos estereotipos, de qué imágenes carece el cine para que ellas puedan sentirse realmente representadas? El proceso creativo se plantea como colectivo, del mismo modo que lo son estos rituales de vida y de muerte.

En Light Pillars, Zha, un empleado de un estudio de cine abandonado en el norte de China, vive solo con su gato, atrapado en la monotonía de su trabajo. El mundo animado es a la vez gracioso y absurdo: entre las reconstrucciones de la esfinge y el grupo variopinto con el que trabaja, se desarrolla una mirada irónica sobre un entorno deprimente. Cuando despiden a Zha y este va a reclamar su último pago en la casa del director del estudio, el hombre recorre su mansión para quitarle a su hijo un videojuego de realidad virtual. Zha se lleva los lentes, llega a casa y se los pone. De inmediato somos trasladados a un universo de live-action pero como si fuera filmado con mini- DV, donde inicia un romance, baila y, por primera vez, parece disfrutar de la vida.

Si tomamos a Gloria y a Zha como los epicentros de los mundos que habitan, ambas películas permiten ver cómo una realidad se nutre de la otra y cómo ninguna existe sin su contraparte. Para Gloria, sus raíces están claramente en Guinea-Bissau, y aunque su vida esté consolidada en Francia, Dao da cuenta de la complejidad de la migración y del diálogo constante entre culturas. Light Pillars, por su parte, muestra que el escape siempre tiene consecuencias en la vida real y, al mismo tiempo, nos ayuda a entender que las fronteras entre ambas esferas pueden desdibujarse.

II

Hablando de esquizofrenia: en una escena de Beaucoup Parler, de Pascale Bodet, Pascale acompaña al abogado de Amr para señalarle una paradoja fundamental. Para solicitar la residencia francesa, es necesario tener un trabajo fijo y demostrar que se ha trabajado. Pero, al mismo tiempo, se necesitan papeles para poder trabajar. El requisito, en realidad, se anula a sí mismo. El abogado responde que esta contradicción revela la esquizofrenia de la política migratoria y del sistema francés.

A lo largo de la película, Pascale intenta ayudar a Amr, un hombre egipcio que lleva diecisiete años en Francia sin obtener una resolución para su caso migratorio. Lo que ha vivido frente a las autoridades francesas ha dificultado, en gran parte, su aprendizaje del idioma. Quienes me conocen saben de mi obsesión con los subtítulos, por lo que la película me resultó especialmente fascinante en este aspecto. Los subtítulos son extremadamente complejos: deben dar cuenta de un francés fragmentado, entrelazado con el árabe. Es uno de los trabajos de subtitulado más elaborados que he visto, y resulta una lástima que la Berlinale no incluya el crédito de Jérémie Victor en su página web.

Más allá de eso, hubo algo que me resultó inquietante: escuchar a una sala entera de europeos reírse de las dificultades lingüísticas de Amr. Creo que la película intenta ser empática, pero hay momentos en los cuales no pude evitar pensar que ejerce una mirada. Al mismo tiempo, y aunque existe una intención de criticar políticas opresivas, también parece haber cierto orgullo en un sistema que, después de esfuerzos titánicos, “sí funciona” y “sí apoya” la migración y la inserción.

También WAX & GOLD de Ruth Beckermann se esfuerza por profundizar en un tema ajeno, pero finalmente queda en la superficie. Beckermann se hospeda en el Hilton Addis Ababa, inaugurado en 1969 durante el régimen de Haile Selassie. El libro El emperador, de Ryszard Kapuściński, la acompaña durante su estancia y funciona como una especie de brújula, mientras intenta reconciliar las palabras del autor con los testimonios del personal del hotel y de otros huéspedes e invitados especiales que convoca para conversar en el lobby o en el bar.

Una vez más, me molestaron las preguntas que plantea la película, que me parecen bastante planas. En el fondo, se trata de complejizar una narrativa nacionalista a partir de una mirada periodística y algo sensacionalista. La pregunta termina siendo, más o menos: ¿Selassie era bueno o malo? ¿Cuánto hizo realmente por el desarrollo de Etiopía?

La película de Bodet es menos didáctica, lo que le permite enfrentarse a preguntas más complejas. Por ejemplo: ¿hasta qué punto el trauma causado por la migración y la represión estatal puede imposibilitar el lenguaje? Sin embargo, tengo la impresión de que la sala la vivió como una película simpática y graciosa, donde podemos reírnos de lo absurda que es la burocracia, y sí, lo es, pero también de un árabe que no logra comunicarse en el idioma de la antigua potencia colonial.

En algún momento, una mujer lo dice todo, y a Bodet le cuesta aceptarlo: “Los franceses estuvieron en Argelia 130 años y no aprendieron árabe”. Primero responde: “algunos sí”, y luego capitula: “bueno, es verdad”.

III

El tema de la traducción me lleva a dos de mis películas favoritas de esta edición: Foreign Travel, de Ted Fendt, y su gemelo, Todo lo demás es ruido, de Nicolás Pereda.

En Foreign Travel, Ted Fendt eligió a quienes lo acompañaron casi como quien elige vecinos: personas que vivieran cerca de él en Berlín, que compartieran el mismo territorio cotidiano, los mismos trayectos, los mismos silencios. Todo lo demás es ruido, de Nicolás Pereda, se teje en la cercanía familiar. Producida por su hermana y concebida como un homenaje a su madre, compositora y violonchelista, la película parece escuchar, entre líneas, una herencia afectiva.

Mientras Florian, en Foreign Travel, batalla para encontrar un departamento donde pueda quedarse más de dos semanas, Tere, en Todo lo demás es ruido, se acostumbra a que se vaya la luz en su edificio o a los ladridos del perro del departamento de enfrente. Ambas películas incluyen una entrevista central para la narrativa y regresan a lo que, creo, quieren hacernos comprender: lo importante es escuchar (o leer).

A lo largo del año que recorre la película de Fendt, Leonie participa en un grupo de lectura donde principalmente han leído textos de Anna Maria Ortese. En cierto momento, entrevista a la traductora Sigrid Vagt para preguntarle sobre su versión de L’iguana. Más que una serie de preguntas y respuestas, se trata de una verdadera conversación entre ambas. Sigrid le pregunta qué opina del final y también confiesa que fue una de sus primeras traducciones, cuando aún tenía poca experiencia.

En contraste, Pereda se burla de las entrevistas (probablemente inspiradas en las que le hacen a él mismo) y de las preguntas vagas o redundantes a las que recurren muchos periodistas: “Hay para mí muchos gestos en su obra…”, donde ni siquiera hay una pregunta clara, o “¿Cómo empezó a tocar música clásica?”. Para contrabalancear esto, Tere le aconseja a Rosa embellecer la realidad, contar una historia más interesante. Pereda nos muestra así que lo más relevante de la obra de alguien tal vez nunca pueda capturarse en una entrevista. Más bien, existe en la manera en que ese arte se entrelaza con la vida íntima de quienes crean. Hay en ello una invitación a no forzar las preguntas que queremos hacer, sino a detenernos y escuchar lo que lo íntimo puede decirnos directamente, sin mediación.

IV

El jardín que soñamos y Nina Roza son dos películas que se acercan a la migración desde territorios distintos. En la primera seguimos a una familia haitiana que se instala en el bosque para vigilar la tala ilegal de árboles en un pueblo que intenta defender su territorio. En la segunda un curador de arte que vive en Montreal debe emprender un viaje a su Bulgaria natal para conocer a una niña prodigio.

Estas gemelas, sin embargo, parecen compartir una inclinación por la fabulación excesiva. La migración es, en sí misma, un tema complejo, lleno de hilos que se cruzan y se tensan. Pero aquí, ambas narraciones se enredan en detalles de guión que terminan diluyendo aquello que buscan decir. En lugar de afinar su mirada, construyen universos borrosos, inestables, difíciles de habitar.

En el caso de la película de Joaquín del Paso, ciertos elementos del mundo natural como las mariposas, los árboles o el perro, ocupan un espacio desproporcionado. Más que sostener el mundo narrativo, lo dispersan y al no combinar tanto con las historias reales de la gente impactada por esas migraciones, terminan compitiendo. En Nina Roza, las referencias al folclor búlgaro se pierden entre líneas narrativas secundarias: la galerista italiana y su amante búlgaro, el divorcio inminente de la hija del protagonista, subtramas que se superponen sin llegar a articularse.

Aquí encontramos un ejemplo claro del arte intentando hablar directamente de un tema profundamente político. Al ver ambas películas podríamos decir  que sí, el cine es político, pero quizá lo sea en el sentido más superficial del término. En apariencia, se abordan asuntos urgentes (la migración, la defensa del territorio, el medio ambiente), sin lograr adentrarse realmente en sus cruces y contradicciones. Las problemáticas se convierten entonces en simples fondos de pantalla: paisajes ideológicos sobre los que se proyectan historias confusas, saturadas, sin un rumbo claro. Lo político está ahí, presente, pero no termina de encarnarse. Se queda flotando, como una promesa que nunca encuentra forma.

V

Agradezco a quienes hayan llegado hasta esta última parte. Quisiera advertirles que contiene dos spoilers: uno sobre Se Eu Fosse Vivo…Vivía y otro sobre Hukkunud Alpinisti hotell.

Dentro de la sección Panorama, el director brasileño André Novais Oliveira vuelve a explorar lo familiar y el amor desde la ciencia ficción. La película comienza en los años 70 con Gilberto intentando cantarle una serenata a Jacira para pedirle perdón y convencerla de ir juntos a un baile. Regresan caminando de la disco y, de pronto, un portal nos transporta al presente, donde ambos enfrentan sus malestares cotidianos y sus citas médicas. Siguen compartiendo la misma complicidad, y sus caracteres permanecen intactos: Jacira conserva su testarudez, y Gilberto continúa siendo un romántico empedernido. Poco a poco, él empieza a perder la memoria. Ya no sabe cómo volver a casa, pero algo lo sigue guiando: su deseo de vivir un encuentro del tercer tipo. Finalmente, logra cumplir su sueño de subir a una nave espacial y ver el mundo desde otro ángulo. Desde ahí recupera, al menos por un momento, cierta sensación de control sobre su vida.

En una versión restaurada de Hukkunud Alpinisti hotell, película soviética de 1979, el director estonio Grigori Kromanov nos lleva a las montañas de Kazajistán para narrar la historia del inspector Peter Glebsky. Tras recibir una llamada anónima, llega a un chalet aislado. Durante las primeras horas de su estancia, se arrepiente de haber ido: todo parece normal. Sin embargo, muy pronto el lugar se transforma en una especie de juego de Clue. La mitad de los huéspedes resultan ser extraterrestres o robots, desesperados por regresar a su nave. La ciencia ficción es el vínculo que une a este último par de gemelas, aunque cada una la habite de manera muy distinta. En la película de Novais Oliveira, el género permite aligerar el peso de la demencia y la vejez, imaginando un mundo más libre, no completamente regido por la realidad. Funciona como un punto de fuga para el espectador, un espacio donde la fragilidad puede transformarse en aventura.

La otra, en cambio, se comprende mejor dentro de su contexto histórico y político. Esta película soviética no busca reforzar una identidad de bloque, sino que imagina un mundo más allá de esa lógica. Aquí no se trata del Este contra el Oeste, sino de una pluralidad de existencias: humanos, extraterrestres, robots. La ciencia ficción abre así un espacio donde la dualidad se multiplica y se vuelve más compleja.

En ambos casos, el género no es un simple adorno narrativo. Es una herramienta para pensar otras formas de estar en el mundo, otras maneras de escapar (o de resistir) a las fronteras impuestas por la realidad.

Vuelvo a esos gemelos que vi hace unos días, y pienso en un libro de fotografías de Mary Ellen Mark, TWINS, donde fotografió muchas gemelas y gemelos entre 2001 y 2002 en Ohio. Estas fotos dan cuenta de esa impresión inicial de similitud perfecta que, al mirarse con atención, revela diferencias, tensiones, trayectorias propias. Como ellas, el arte y la política se rozan, se reflejan y a veces se confunden, pero nunca terminan de fundirse.

En esta edición y a través de estas películas en particular, no veo respuestas definitivas ni en el cine ni en los temas políticos que abordan. Sin embargo, juntas trazan un mapa inestable de nuestro presente. Tal vez no se trate de elegir entre una u otra (cine o política), ni de exigirles que se expliquen mutuamente, sino de aprender a mirarlas en relación, aceptando su cercanía y sus distancias.

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