Estaba en medio del caos de una mudanza cuando me llega una invitación de La vida útil: ¿querés ir mañana al pre-estreno de Nuestra Tierra en el Cine Cacodelphia? No era el mejor momento, pero acepté sin pensarlo. Me entusiasmaba descubrir esta película que tanto tiempo estuvo cocinándose, que es además un largo documental, un formato nuevo en la filmografía de Lucrecia Martel. Después de un día dedicado limpiando suelos y paredes, y llenando cajas de libros, caminé por Corrientes con la espalda dolorida y un estrés importante a cuestas.
Sabía que Nuestra tierra había surgido en medio de ese extraño y hermoso ovni que es Zama que, para mí, fue la puerta la entrada a una dimensión desconocida, un sorpresivo viaje al pasado que en realidad miraba el presente y el futuro. Por Zama me empecé a meter en los sinuosos caminos de la ficción histórica en América Latina. Hace algunos años estoy investigando la plasticidad y potencialidad de estos relatos: ¿de qué manera el cine contemporáneo puede imaginar el pasado previo a la invención del cine, llevándonos hacia escenas que no conocemos y que tienen todo para reinventar? Zama no está sola en esa tentativa: Jauja, Notas para una película, Ex-isto, la acompañan. Como si fueran compañeritas de curso, cada una con su particular manera de ser, estas películas están unidas en su afán por explorar eventos históricos de modos novedosos, reformulando nuestro vínculo con la memoria, la imaginación y la política.
Lo que me interesa del cine de Martel su invitación a la incertidumbre: el «casi llegué a creer… que ella era un fantasma” de La niña santa, “… en el jardín hay algo que clama justicia…” de La mujer sin cabeza, “la tierra alrededor sabe algo que los dueños no saben» de La ciénaga.
Este texto es una crónica, una prueba verde al salir del cine. Sí creo que esta es la película más frontal de Martel, la más directa en sus intenciones. Nuestra Tierra busca generar conversación; nos hace salir del cine estimuladxs, sugestionadxs. Y es que llegamos a esta película con una Martel distinta: persona pública, oradora estrella y referente. En medio de una crisis política, donde el gobierno de Milei está asfixiando al país, al cine y a la cultura, esta película es un respiro. Aunque fui sola, esta vez el encuentro no se sintió menos solitario; quizá porque era una función especial para agrupaciones o porque la conversación en la sala se encendió muy rápido. No sé si eso es bueno o malo -estoy un poco lenta para mirar, escribir y digerir en este estado de mudanza-.
Si su filmografía suele asociarse a la densidad —capas superpuestas, atmósferas opresivas y terrenos fangosos—, aquí las capas no se amontonan, sino que se despliegan. Desde los primeros segundos, el cruce entre la Misa Criolla en la voz de Mercedes Sosa y nuestro planeta visto desde el espacio propone un cambio de escala radical. Sentí que estaba viendo 2001, odisea del espacio: una película gigante, «épica», como dice mi hijo de cinco años. Me dejé arrasar por la belleza de lo excesivo. Frente a la inmensidad de la tierra, la mirada se expande y nos sitúa en un marco que excede lo veloz y lo «nuevo» para indagar en lo compartido. Es la escala de lo vasto lo que moviliza la inquietud de una obra que busca llegar a sus espectadores a través de gestos y voces que insisten sobre ese «destino común».

Si bien me interesaba descubrir cómo usaba Martel los recursos propios del documental, me fue imposible no hacer conexiones con sus películas anteriores (de ficción): las presentaciones aéreas del monte tucumano funcionan como aquellos pillow shots de La Ciénaga, esos paisajes vacíos que escanden el relato sin propósito evidente, que van generando un sistema de puntuación y de respiración. Martel vuelve a subvertir las jerarquías visuales, dándole tiempo a la mirada de la naturaleza. También pensé en el trío responsable del asesinato de Chocobar como un eco de los tres hombres tras el vidrio oscuro en el final de La mujer sin cabeza. Ese trío que, cuanto más lo observamos, más gusto amargo trae a la garganta. Las mujeres trabajadoras del hotel de La niña santa acá toman la palabra. No importa que se trate de un documental, las marcas de autoría, aunque más disueltas, aunque no las busque, persisten de manera inevitable.
Nuestra Tierra es una investigación de casi quince años que comenzó tras el asesinato del cacique Javier Chocobar en 2009. La difusión de un video en YouTube —filmado por el propio asesino— impulsó el caso. En las imágenes se ve la agresión que terminó en muerte; los asesinos filman, apuntan y amenazan. En el momento del disparo, la imagen se transforma en una serie de estremecimientos, rayones y ondas que parecen emanaciones de la tierra misma: lajas, piedras y vegetación parecen vibrar. La imagen tambalea y nos sacude mientras sentimos los golpes. Martel repite este archivo como una brújula para indagar en la persistencia de la América colonial. La película no busca explicar pedagógicamente, sino implicarnos. A diferencia de los retratos escolares estereotipados, propone una estética que por momentos roza la ciencia ficción: ese verde flúo, radiactivo, combinado con la bruma del aliento de la tierra y letras de clase B, rompe con la costumbre de mirar lo originario como algo del pasado, volviéndolo un lugar de creación de un futuro posible.
En esa línea hay una presencia especial que me atrapó, la cultura visual: cámaras, videos y fotos son parte de la comunidad. El tejido de este territorio no es de tierra añeja y aislada, sino de archivos, proyecciones, pinturas religiosas y relatos vinculados al acto de mirar. Los drones, que solemos ver como mecanismos de vigilancia, aquí son la mirada robótica que vuelve palpable el conflicto, permiten dimensionar la extensión, percibir el clima y las distancias, mostrándonos incluso la tierra desde una perspectiva invertida. En el otro extremo, uno de los mayores tesoros son las fotografías familiares que la comunidad confía al film: recuerdos que revelan rostros, looks y conmovedores detalles cotidianos. Para un pueblo acorralado, estos registros son la captura del tiempo como resistencia. Mientras tanto, las autoridades del juicio —incapaces de comprender esta dimensión— tildan la filmación de “circo”, ignorando que es precisamente allí, entre las imágenes, donde habita la verdad que el tribunal no alcanza a ver.

En el juicio preguntan: ¿cómo se entra a la comunidad? La respuesta surge de la observación de los gestos. Aparece la comunidad con ese “nuestra” del título: un cruce de personas, animales, plantas y memorias que crean un colectivo desde la reciprocidad. Hortensia Mamani, viuda de Chocobar, destaca con ternura la lapicera en el bolsillo de su compañero; un detalle que, frente a la mirada gélida del poder, construye humanidad. Ese detalle no es buscado, sino que salta del papel para movilizar nuestra sensibilidad. Mientras la pose es una máscara, el detalle punzante es la grieta por donde se desgarra la puesta en escena y nos revela a una persona en su absoluta vulnerabilidad: alguien que existió y dejó un rastro de su verdad en un rincón del encuadre. Al final, la imagen deja de ser un documento histórico para convertirse en un espejo de fragilidad compartida. En una de las escenas más bellas, un hombre recuerda haber visto Ben-Hur: «Me hizo pensar en nosotros mismos», dice. Ahí se sintetiza la potencia del cine: un clásico épico de Hollywood sirve para reconocer la propia lucha. Ahí, el documental hace sentir, algo que en las ficciones no estaba, lo que inesperadamente puede el cine. Recordé el afiche de Ben-Hur, esas letras inmensas, verticales, talladas en piedra, y las comparé a la tipografía alienígena y chanfleadas de Nuestra Tierra. El heroísmo blanco de Charlton Heston también puede ser puente inspirador de reflexiones. ¿Por qué no?
La mudanza ya ocurrió. Desembalo cajas de libros. Agarré hace un rato un libro de Levrero: “¿A usted nunca le pasó, mirando un insecto o una flor, que por un momento se le cambiara la estructura de valores?”. La pregunta de Levrero me asaltó caminando de nuevo por Corrientes, frente al local de Rodríguez Peña que todavía vende DVDs. Estas semanas regalé todas mis películas y discos, se fueron a seguir girando con otrxs. Tengo el cuerpo todavía dolorido, impregnado por las cajas pero también por la película de Martel. En ese entrar y salir de la mudanza aparecen imágenes, surgen conversaciones. Los algoritmos ofrecen hoy más material sobre Nuestra Tierra que sobre toda su filmografía previa. ¿Qué hay en este documental? No puedo cerrar ideas todavía, pero algo irrumpe y nos obliga a mirar de nuevo lo que creíamos conocer, sean las películas anteriores, el video en YouTube, otras películas, imágenes del pasado. Es la plasticidad que surge cuando se cambia de lugar, de casa, de registro. En este caso, el cine se atreve a acoger lo venidero en diálogo con nuestro pasado indígena, todavía muy poco explorado. Es ahí cuando el futuro se vuelve una posibilidad abierta; una puntada que atraviesa la pantalla, como un barrio viejo-nuevo que nos devuelve a explorar la calle, charlar y mirar desde nuevas ventanas. Un marco que nos permite, finalmente, reconocernos renovadxs.

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