Hong Sang-soo archivos | La vida útil https://lavidautil.net/tag/hong-sang-soo/ Revista de cine Thu, 01 Jun 2023 15:40:05 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.8 https://lavidautil.net/wp-content/uploads/2017/11/Icono-web-150x150.jpg Hong Sang-soo archivos | La vida útil https://lavidautil.net/tag/hong-sang-soo/ 32 32 SSIFF (IV) Epílogo Zinemaldia y una lenta retrospectiva de Hong. https://lavidautil.net/ssiff-iv-epilogo-zinemaldia-y-una-lenta-retrospectiva-de-hong/ https://lavidautil.net/ssiff-iv-epilogo-zinemaldia-y-una-lenta-retrospectiva-de-hong/#respond Sat, 01 Oct 2022 14:12:28 +0000 http://lavidautil.net/?p=10855 Se ha dicho de Walk up -en conversaciones airadas afuera del cine y en otras críticas- que Hong Sang-soo ha repetido la misma película, incluso ha hecho un paso atrás: un director de cine, rasgos autobiográficos del momento que está viviendo él, largas y ebrias conversaciones y laberintos formales. Nada de esto es equívoco; quizás […]

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Se ha dicho de Walk up -en conversaciones airadas afuera del cine y en otras críticas- que Hong Sang-soo ha repetido la misma película, incluso ha hecho un paso atrás: un director de cine, rasgos autobiográficos del momento que está viviendo él, largas y ebrias conversaciones y laberintos formales. Nada de esto es equívoco; quizás después se añade algo más sobre los aspectos formales de la película. Pero como esta crónica nunca fue puntual respecto a las demás, por ahora es oportuno dejar los aspectos consabidos de la película y observar el nuevo desencanto con que se hace esa afirmación. ¿Por qué se ha ensombrecido la visión de algunos sobre la recurrencia formal del estilo de Hong? Puede deberse a que sus últimas películas tendían a una simplificación estructural no presente en Walk up, a que muchos pensaban que habían terminado para siempre esas hipótesis de historias (En otro país o El día después) o los dobles inicios (Ahora sí antes no) que tan bien conocemos. O que simplemente, después del confinamiento y los festivales online, la gente está cansada de reencontrarse con el eterno rondó de Hong, la misma historia con leves variaciones. 

Me atrevo a aventurar que ese cansancio ha sido un síntoma reciente de este festival. Hay estos días una fiebre por cazar talentos, por descubrir nuevos encuadres que nos liberen de la monotonía. Este calor nos mantiene despiertos cuando hemos dormido pocas horas y eleva nuestros niveles de azúcar para soportar hasta cinco funciones en un mismo día sin desfallecer. Hay películas que intentan mitigar la fiebre. Entran en la inmensa categoría de las festículas, o como las llamamos coloquialmente, películas de festival  -es decir, nacidas para los grandes festivales- y tienen encuadres opulentos, movimientos de cámara inesperados, historias arriesgadas o moralidades oportunas con los debates contemporáneos (o todo lo contrario, sobriedad bressoniana en todos los aspectos). Una de las festículas de este año fue Jeong-sun, la película que abrió la sección New Directors. Acogiéndose al tema de la violencia en el ámbito digital (un vídeo que no debería ser filtrado), observamos la miseria de un personaje que se hunde trágicamente pero logra redimirse triunfalmente al final de la historia. El tema nos impacta, porque es algo que podría sucedernos a cualquiera de nosotros; la historia también, porque la actriz protagonista luce su papel con dignidad. Pero los recursos son los mismos que hemos visto en tantos otros cines: música utilizada con el único fin guiar nuestras emociones (aquí debes sentir compasión, aquí intriga y aquí euforia), cámara en mano en cuanto empieza el hundimiento de la protagonista y metáforas simples de superación personal. Al fin y al cabo, pese a la victoria de la heroína y el interés en un tema contemporáneo, no hay recursos propios para narrar la historia. Por eso observamos el drama, no lo vemos ni lo sentimos: porque la película usa estrategias prefabricadas para guiarnos durante el visionado, como si fuéramos tullidos emocionales. Aún así, estas películas son buenas en el contexto de un festival porque nos alivian haciéndonos creer que la fiebre ha disminuido, funcionando de forma similar a los opiáceos. Con el fuerte efecto que tienen sobre nosotros palian el dolor, pero en cuanto este vuelve a aparecer, nuestro cuerpo tiene necesidad de nuevas dosis. Porque al fin y al cabo, son superficiales, poco originales y no nos satisfacen. Es decir: el año que viene tendremos ganas de otras festículas. Y nadie hablará de las del año pasado porque ¿quién recuerda cómo sabe el último cigarrillo cuando se está liando uno nuevo? 

No todo lo programado son opiáceos. Hay también verdadera medicina, bálsamo para los músculos entumecidos por las butacas pétreas. Estas películas son raras de encontrar pero la motivación de hacerlo valen toda la falta de sueño de un festival. Y no hay neologismo como festículas para agruparlas, porque todas son de muy distinto origen e índole. Pero hay metáfora: tras verlas uno se siente ligero, como caminando descalzo por la orilla de una playa tranquila después de un largo y ruidoso viaje. Pueden ser de una nueva voz o de algún director que nos tiene bien acostumbrados. Y no tienen porque ser perfectas: basta con algunas escenas memorables, con una forma personal de ver las cosas, con rostros de actores que permitan la ensoñación; en fin, trabajos realizados con un poco de mimo. Cuando hallamos estas películas las defendemos como las mejores de la historia del cine y, aunque quizás con el tiempo algunas de ellas nos parezcan mediocres, en las críticas que hacemos durante los días del festival llueven elogios hasta por las ideas más pequeñas y básicas, que son vistas como grandes aportaciones al lenguaje del cine contemporáneo. Es el caso de Naname no Rouka, mediometraje en la sección de Zabaltegi-Tabakalera. Solamente dos hermanas llenan los encuadres de esta película, que sucede toda en una casa. Pero el conflicto entre ellas se ensancha, ramifica y endurece a medida que avanza la película; y la sencilla casa, a través de un lúcido montaje, se convierte en un laberinto que las separa. Quizás en la presentación de la película se abusó de los elogios que la situaban entre las películas más originales de la actualidad; pero no les faltaría razón si miraran la película en el marco de la misma sección (o del festival entero). Porque, junto con Trenque Lauquen, fueron las películas más atrevidas que se proyectaron estos días; que en vez de correr en el rebufo de otras festículas, se atrevieron a contar una historia a su manera y con su propio lenguaje. 

En cambio, la otra argentina Amigas en un camino de campo, de la misma sección y de apariencia similar a Naname no Rouka, no escapa de la prisión de las festículas. Mayormente se desarrolla a través de una conversación entre dos amigas, pero sin ser tan hábil en los recursos que utiliza para contar una historia. La película, dirigida por Santiago Loza, coloca un meteorito y un recital de poemas de Roberta Iannamico alrededor de los diálogos, como si la inserción de ciertos elementos radicales en una película pudiera compensar el vacío que dejan el resto que la componen. Confía en su propia austeridad de medios como fuerza cinematográfica, pero su mayor ingenio se convierte en arrogancia al no mediar entre el espectador y la película. Ya que ni el comportamiento frívolo de las protagonistas ni sus escuetos diálogos vaciados de significado despiertan nuestro interés; ni tampoco el hallazgo del meteorito que es el motor que mueve las protagonistas. Pues al encontrarlo, tampoco se les permite relajarse y mostrar un ápice de emoción. Sin duda es una película meticulosa y nada torpe, pero quizás por exceso de cálculo y austeridad las emociones que suscita también se vuelven austeras; como aquellos discursos de los que escribe Montaigne, que por estar demasiado meditados, “denuncian el aceite y la lámpara”, se vuelven áridos y rudos por haber priorizado antes al raciocinio que a la inspiración (Ensayos I, Montaigne). Algo interesante de una crítica de festival es la apuesta que se hace en el presente por el valor que tendrá una película en el futuro. La derrota es más o menos el olvido y pesa más según lo osadas que hayan sido nuestras afirmaciones, lo que nos hace ser precavidos en aquello que elegimos para criticar, jugar sobre seguro. Por eso es arriesgado, que de la misma película otra crítica dijera: “Santiago Loza es en el séptimo arte del siglo XXI, lo que Antón Chéjov, en el siglo XIX, fue para el teatro.” Habrá que ver entonces, si el tiempo coloca la obra en una festícula o una categoría superior.

También hay otras películas que simplemente entran en nuestras vidas como si nos hubiéramos encontrado con alguien nuevo que tiene un rostro, una forma de vestir y andar remarcablemente únicas. Al salir del cine reaccionamos silenciosamente y no hablamos demasiado de ellas; nos echamos a andar solos llevando la película adentro. Si alguien, meses más tarde, nos interroga por ella, se nos escapa una sonrisa porque notamos que quizás, si por casualidad quien pregunta sintió lo mismo al verla, estaremos a punto de establecer una complicidad única. De hecho, primero dudamos, tanteamos el terreno nerviosamente, como para ver si la conversación es un lugar seguro para abrir el corazón. Y en el caso de que nos parezca que el suelo es firme como para hablar de la película, damos rienda suelta -sin orden ni rigor- a todo aquello que sentimos entonces, interrumpiéndonos mutuamente, elevando la voz y pidiendo dos bebidas alcohólicas si es que anteriormente estábamos bebiendo té. Y si aquella persona no ha visto la película, vuelve a nosotros aquella discreción que sentimos tras verla por primera vez. Con una sonrisa tímida la recomendamos sin insistir demasiado, y si la conversación vira en torno a otro tema, alegremente nos dejamos llevar habiendo conservado el tesoro del primer visionado en el interior de nuestro pecho y damos un sorbo de nuestra taza tibia de té. Pasado un tiempo, inevitablemente ligamos aquella edición del festival al recuerdo de esa película y nos encaprichamos con aquel encuentro con el paso de los años. En el futuro, comparamos la edición de ese festival con las siguientes y, si no ha habido encuentros similares, estas nos parecen mucho menos valiosas que aquella (aunque puede que por azar hayamos ignorado el pase de una película maravillosa). ¡Ojalá les dieran un premio a todas estas películas saludables! Pero eso ya no depende de nosotros los espectadores. 

Las películas de Hong también fueron encuentros en este festival (El día después o Lo tuyo y tú). Fue oxigenante ver por primera vez aquellos diálogos que no tienen prisa ni cortes, aquellas borracheras que desinhiben los personajes para gritar verdades puras y vergonzosas al mismo tiempo. A lo largo de casi treinta años de generosidad fílmica nos calmó la fiebre festivalera como un paño frío y húmedo en la frente. En cambio, en esta edición del Zinemaldia Walk up ha sido más bien como un alto en el camino, un refugio pastoral sencillo y conocido donde ya hemos descansado otros años. Sin embargo, para algunos febriles no fue suficiente que Hong nos abriera esta puerta por segunda vez en este año (en Berlín con La novelista fue la primera) y el pase de la película fue poco excitante. Para otros dejó un dulce gusto en la boca, suave y persistente que hoy aún dura (de otra forma ¿quién se hubiera animado a escribir todas estas palabrejas?) 

¿No nos habla ese nuevo aburrimiento por sus películas de la naturaleza vaporosa de los festivales? ¿O sencillamente sugiere la incapacidad de un festival para contener los esfuerzos tan persistentes de un director por seguir explorando los temas que le interesan? La crónica se inclina hacia esta segunda opción olvidando en el aire la primera. Estos últimos años sus películas se han ido asentando en un estilo de producción y lenguaje tan modestos y austeros, que está permitiendo a Hong explorarse a sí mismo con mucha más precisión y desnudez que antes, sin los malabares o el hinchado sentido del humor que hemos conocido otros años. Quizás por eso se haya producido un desencanto este año, o un cambio en la forma de percibir su trayectoria (porque con Introducción y Delante de ti aún sentíamos esa excitación de la última década). La filmografía de Hong empieza a reverberar, no por estilo sino por tozudez y sencillez formal (u “honestidad”, palabra que él repitió en la rueda de prensa del Zinemaldia) con la de un director como Ozu. Leamos sus deliciosas palabras sobre esto: 

“A veces me dice alguien: ‘¿Por qué no pruebas a hacer una película diferente?’ Yo respondo siempre que no soy más que un pequeño productor de tofu. Si se pide a un pequeño productor de tofu que prepare un plato de curry, o unas costillas de cerdo empanadas, nunca conseguirá que le salgan bien” (Poética de lo cotidiano, Yasujiro Ozu). 

Una vez vistas unas cuantas películas de la filmografía de Hong, de forma parecida a la de Ozu, se pierde el interés en la capa superior donde flota la trama; y se accede a aquellas más delicadas y ocultas, a las sutiles variaciones que suceden en el núcleo de la película. Al igual que con Ozu ya sabemos que hay una hija que pese a todo se casará, con Hong sabemos que veremos a un artista con una vida poco convencional, inclinado a los excesos pero apuntando a encontrar su propia verdad. Por eso lo importante ya no reposa en el futuro de estos personajes, sino en su forma de vivir los acontecimientos favorables y adversos que se le presentan, y en su manera de relacionarse con los demás seres humanos.

Hay que empezar a ver las películas de Hong con la calma recogida que implica adentrarse en la forma de ver la vida de un autor, a veces imposible de encontrar en el agitado aleteo con el que zumbamos de un teatro a otro en un festival. Eso no significa que no se puedan disfrutar, ni que debamos dejar de verlas en los festivales; más bien es una invitación a verlas -si las Plataformas lo permiten- en la sala de cine cuando más convenga a nuestra rutina semanal, teniendo un poco de tiempo antes de la función para afirnarnos pausadamente al tono del director que ya conocemos; y después para saborear los matices que nos ha dejado en la boca. Porque hoy en día da la sensación -gracias a su depurado modo de producción que le permite ser tan preciso y constante- que en vez de ver sus estrenos estamos siguiendo una lenta retrospectiva donde con cada película se explora una tabla más de su estantería vital, y eso es una generosidad y un placer que ningún otro cineasta contemporáneo nos invita a vivir; algo más cómodo de experimentar en la lentitud de una filmoteca que en la impaciencia de un festival.

Sí, sus últimas películas, desde El hotel a orillas del río han tendido hacia la introspección de los personajes en vez de su expansión habitual. Y también hacia la simplificación formal (por eso nos ha chocado Walk up). Las borracheras no han desaparecido porque siguen siendo imprescindibles para ellos, un estado que necesitan para expresarse sin preámbulos y tender los brazos hacia la luz a la que aspiran, pese al desordenado estado de sus vidas. Pero si esta aspiración hacia la libertad en sus primeras películas estaba presente solamente en la forma de amar, en las conversaciones o en algunas acciones de los protagonistas; ahora es algo que los atraviesa y que son incapaces de ignorar. Y aunque a veces no dedican apenas tiempo a perseguirlas, como es el caso de Byungsoo en Walk up, hay pequeñas decisiones que toman para empezar a cambiar sus vidas: mudarse al edificio de su amiga Kim. 

Estas decisiones impulsivas o propuestas extravagantes empapan sus películas: por ejemplo, el empuje con que la protagonista le propone filmar su primer corto a alguien que acaba de conocer en La novelista. Siempre hay algo de ellas que nos parece absurdo, porque en una sociedad generalmente frívola encontramos irreal a la gente que expresa abiertamente sus deseos más íntimos. Lo mismo nos sucede cuando Kim le ofrece repentinamente a Byungsoo vivir en su edificio (y sin pagar), con quien no tiene demasiada cercanía, nos hace reír. Durante la rueda de prensa Hong llamó “religión” a los impulsos de estos personajes, porque según él debemos tener algo religioso en lo que creer y aferrarnos a ello, a pesar de que las fes tradicionales hayan declinado. Es necesario seguir creyendo en algo que se encuentre más allá de la sociedad, porque si no pondremos nuestras esperanzas en los demás seres humanos; y eso es egoísta y no suele terminar bien. Por eso Hong confía en personajes solitarios que se relacionan a partir de encuentros casuales. Es su visión de cómo deberíamos relacionarnos y expresar el amor entre nosotros, desde la soledad. Como en aquella carta que el poeta Rilke envía a su querido señor Kappus, donde le escribe que le será imposible amar si no se reconcilia primero con su soledad: “No obstante, a medida que empecemos a vivir, estas grandes cosas [el amor y la muerte] nos acogerán con mayor cercanía a nosotros, los solitarios”. (Cartas a un joven poeta, R.M. Rilke). 

Byungsoo se encuentra en un momento delicado de su vida, hace cinco años que no veía a su hija y le cuesta encontrar producción para sus películas. Tal vez a causa de la culpabilidad por esa distancia paterna, visita con su hija (Jeonsu) a una excéntrica interiorista (Kim, una vieja conocida), con el objetivo de que la aconseje en su interés por dedicarse al diseño. Kim les enseña el edificio donde trabaja y del cual es propietaria. Suben a tres de los cuatro pisos y, en la terraza, Kim le propone a Byungsoo que se mude al edificio. Él parece meditarlo y poco después recibe una llamada de su productora que le obliga a ausentarse. Jeonsu y Kim se quedan solas y bajan al sótano (que es el taller de Kim) a charlar tomando vino blanco. Allí Kim empieza a hablar del padre de Jeonsu pero ella la interrumpe y le explica que su cara pública como director es muy distinta de su cara doméstica, mucho más cambiante e insegura. Entonces se quedan sin vino y Jeongsu sale a comprar más. A partir de su afirmación sobre su padre, la película se compromete en las siguientes escenas a explorar la vida íntima y doméstica de Byungsoo a través de su mudanza al edificio.

El juego formal que aquí comienza es sencillo: separados por elipsis, hay tres capítulos en los que Byungsoo habita cada uno de los pisos del edificio que vio en la primera visita. Cuando vemos el primer corte del director volviendo al edificio después de que Jeongsu baje a comprar vino, por la luz y el atuendo distinto comprendemos que el tiempo ha pasado y que el director ha decidido mudarse. Pero por la forma en que los demás capítulos están separados -por sencillos cortes que indican saltos temporales- parece que más que un juego se trate simplemente de la realidad cambiante del director. Es decir, que cada cierto tiempo Byungsoo decide mudarse a otro piso y vivir con alguien distinto, decisiones que forman parte de su naturaleza voluble.Tampoco es algo que la película desmienta, más bien es ambigua en este aspecto: puede ser que estos extraños cambios de piso hayan sido fruto de su voluntad. Sin embargo, hacia el final de la película se produce un déjà vu que muchos, a la salida de la película, interpretaron razonablemente como una vuelta al pasado. Byungsoo -habiendo bebido- entra en su coche y se queda un rato dentro. Parece que hayamos vuelto al principio de la película cuando él debía irse a la productora tras tomarse una copa de vino con Kim y Jeongsu. Lo vemos dudar sobre si tomar el coche o ir a pie. Decide salir y fumar un cigarrillo. Entonces llega su Jeongsu, con una bolsa, como si acabara de comprar el vino que había salido a buscar al comienzo. “¿Por qué has tardado tanto?” le pregunta a su padre, como si él nunca hubiera ido a la productora y todo el metraje que hemos visto fueran sus ensoñaciones figurándose a él mismo viviendo en el edificio.

Sea este encuentro con su hija una vuelta al pasado, una escena concebida para ir al principio y después colocada al final o simplemente una casualidad, Walk up traza una estructura circular ni pretenciosa ni lúdica, sino precisa. Porque hay veces que el sentimiento que un director persigue en una película no se adapta a la linealidad temporal a la que estamos acostumbrados y decide romper con esa linealidad. Recordemos la Reconquista de Jonás Trueba. ¿No sería, sin su segundo capítulo, una película simplona sobre el reencuentro de un primer amor? Sin embargo, el director madrileño decide volver al pasado y mostrarnos ese enamoramiento tan puro de la adolescencia, pese a que el espectador sepa perfectamente que estamos presenciando un pasado que de un momento a otro se romperá irremediablemente. De la misma forma Hong desanda el camino por el que Byungsoo ha ascendido en el edificio para sugerirnos que esos tres capítulos quizás no han sido reales. Así ambos directores, en busca de una descripción precisa del tema que aspiran retratar, rompen la linealidad temporal: aventurandose a decir que a veces el recuerdo o la ensoñación es más pura que la propia realidad. ¿Romántico? Quizás, pero no desacertado. Porque cuando nos proyectamos hacia un futuro o hacia un pasado lo hacemos sin los desperfectos habituales que nos acompañan, ni las contradicciones. Nos pintamos con una luz idealizada, que aunque nunca llega a brillar de la misma forma en la realidad, nos sirve de referencia para perfeccionarnos como personas. 

De este modo Walk up no necesita un piso, sino tres para explorar la intimidad de Byungsoo, aunque sea todo una proyección del director hacia el futuro. Las diferentes hipótesis que plantea en cada piso nos sirven para visualizar el espectro completo de la vida doméstica de un artista consagrado, no tan sencilla como piensan los demás en sus obras. De habernos mostrado la película un solo piso, solo hubiéramos podido ver una de las múltiples caras de un carácter profundo y complejo. En cambio en los distintos pisos lo vemos cambiante, tan valiente como cobarde. Así, mediante sus extremos emocionales y las variaciones que se producen entre ellos, nos hacemos una imagen completa del protagonista, difícil de olvidar. Y no tenemos una impresión lúdica como en sus películas de la década pasada, donde abundan las idas y venidas en el tiempo o las repeticiones de unos hechos con distintas variaciones. Los juegos formales de Walk up son discretos y ayudan más bien a profundizar en Byungsoo, en su pérdida y recuperación de la fe; por eso no se puede tachar Walk up de volver a repetir estructuras del pasado, ya que lo que busca en la psicología de su protagonista es un aspecto religioso, una progresión coherente con las películas inmediatamente anteriores de Hong.

Muchas escenas quedan sin anotar; mejor que el visionado complete los vacíos. La crónica se despide mencionando de pasada el momento en el que Byungsoo explica cómo Dios se le apareció. Alguien le ha pedido que recuerde ese encuentro y él lo cuenta conmovido: “fue aquí, en esta misma terraza. Yo estaba apoyado ahí… de pronto lo vi y me dijo: ‘Byungsoo, debes ir a vivir a la isla de Jeju y hacer doce películas’”. Siendo esta una escena aislada, la veríamos como una declaración de fe. Pero viniendo después de observar a Byungsoo en los tres pisos, tan frágil como envalentonado, tan desesperado como seguro de sí mismo, el montaje de las escenas provoca que nos ríamos de este momento religioso. Nos lo creemos: está convencido de que vio a Dios, sabemos que es una persona con fe. Probablemente vaya a la isla y ruede sus películas. Pero también conocemos el resto de sus caras y sabemos que los episodios que hemos visto volverán a repetirse; nos hace reír porque hemos visto que su vida es compleja como para resolverse con una aparición divina. ¿No es bonito haber llegado a conocer tan bien un personaje? ¿No es bonito seguir conociendo a Hong, película a película?

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Ciclo de verano (05) – Como un puente tendido sobre el vacío: Sobre el cine de Hong Sang-soo https://lavidautil.net/ciclo-de-verano-05-como-un-puente-tendido-sobre-el-vacio-sobre-el-cine-de-hong-sang-soo/ https://lavidautil.net/ciclo-de-verano-05-como-un-puente-tendido-sobre-el-vacio-sobre-el-cine-de-hong-sang-soo/#respond Fri, 26 Feb 2021 13:49:40 +0000 http://lavidautil.net/?p=10477 LA FUNCIÓN DE THE POWER OF KANGWON PROVINCE EMPIEZA HOY 26/02 A LAS 19HS EN ESTE LINK. Por Dana Najlis Hong Sang-soo es un fenómeno singular. Su método de trabajo basado sobre todo en la intuición y el trabajo con los actores, y su talento e inteligencia para construir películas que proponen siempre una forma diferente, parecen partir […]

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LA FUNCIÓN DE THE POWER OF KANGWON PROVINCE EMPIEZA HOY 26/02 A LAS 19HS EN ESTE LINK.

Por Dana Najlis

Hong Sang-soo es un fenómeno singular. Su método de trabajo basado sobre todo en la intuición y el trabajo con los actores, y su talento e inteligencia para construir películas que proponen siempre una forma diferente, parecen partir de una misma problemática, una misma visión del mundo: ¿cómo cristalizar una línea de pensamiento que se basa en una relación de eventos que se eligen de manera azarosa? ¿Cómo crear una conexión entre aquellos eventos que carecen de razón y que, al mismo tiempo, pujan por encontrar un sentido? A causa del carácter fragmentario de sus películas y el frecuente uso de la repetición, lo conocido se tiñe de extrañamiento y lo obvio se enrarece, transformándose en algo nuevo. Hong nos hace desconfiar de un presente que se confunde, se tuerce y se multiplica, y que sólo en apariencia parece albergar un pasado, para descubrir un posible futuro que carece, a su vez, de un presente. 

El cine de Hong no es, ciertamente, un cine de género. En todo caso, sus películas siempre descubren ciertos indicios del melodrama y de la comedia romántica y, al mismo tiempo, implican la aceptación del fracaso total del género en tanto estructura estática y organizadora del relato, cuya evolución se ve continuamente interrumpida no solo por causa de las estructuras narrativas, sino por el comportamiento de los cuerpos. Los personajes de Hong pesan. La densidad corporal se hace evidente en la construcción de los planos, en la puesta en escena, en las poses de los actores. Los personajes parecen siempre suspendidos y a punto de desplomarse por el exceso de la emoción o el efecto del alcohol; se tambalean, enamorados, ebrios, desesperados, inestables e incómodos; se duermen encorvados sobre la mesa, sobre un sillón, en el piso. El cuerpo en el cine de Hong desafía permanentemente la ley de gravedad. La continua oposición entre lo sólido y lo líquido, la horizontalidad y la verticalidad, la dicotomía entre la lucidez y la ebriedad nunca conducen a algo fijo ni estático. Las pistas que recogemos por el camino no garantizan la llegada a ningún puerto, y las constantes interrupciones narrativas reflejadas en los cuerpos terminan por frustrar su desarrollo y conclusión. 

En sus últimas conferencias, que nunca llegó a dictar, Italo Calvino se interrogaba sobre la función de la literatura en el nuevo milenio, recogiendo aquellos atributos que le resultaban más relevantes para perpetuar en la escritura, y ofrece una definición que bien podría aplicarse al cine en su totalidad: “La palabra une la huella visible con la cosa invisible, con la cosa ausente, con la cosa deseada o temida, como un frágil puente improvisado tendido sobre el vacío” (1). Reemplacemos “palabra” por “imagen”. El cine de Hong avanza constantemente sobre las huellas de personajes que permanecen como testimonio del peso de sus cuerpos, alguna vez presentes. En este sentido, Virgin Stripped Bare by Her Bachelors (2000) parece un buen punto de partida porque en ella conviven gran parte de las características que marcarán sus películas siguientes, y porque es, además, hija del nuevo milenio.

El fracaso del género

Virgin Stripped Bare by Her Bachelors, como todas las películas de Hong, se traduce en un cine de reacciones corporales. El plano se agota cuando se agota el cuerpo, pero también acaba justo antes de alcanzar una resolución. El comienzo del film nos presenta la única incógnita, el único misterio en la trama. Soo-jung le dice a Jae-hoon que no asistirá a la cita en el hotel donde han decidido encontrarse, y un flashback nos llevará entonces al momento en que los amantes se conocen. Esta primera llamada telefónica plantea entonces el falso enigma: ¿qué es lo que ya no se puede posponer? El misterio se cancela a mitad del film cuando sabemos que la urgencia de la cita es acabar con la virginidad de Soo-jung. Esta tensión que se desvanece precipitadamente altera el desarrollo de lo que podría haber sido un atisbo de melodrama. El género no se juega evidentemente en la totalidad del film que es, por su carácter fragmentario, inacabado, sino que se aloja en pequeños detalles que suspenden la acción. El objetivo de desvirgar a Soo-Jung no es más que una línea difusa en la trama, y así también los rasgos identificables del género se pierden y se funden en el discurso.

En el melodrama se recuerda todo. Pero los personajes de Hong solo recuerdan sus nombres. “¿Hemos comido?”, pregunta Young-soo, y ella responde: “¿Lo hicimos?”. La comedia se introduce entonces en estos pequeños deslices de la memoria que alivianan la angustia existencial de los personajes. Las películas de Hong acogen siempre un mismo interrogante: ¿quién recuerda mejor? Y si sospechábamos luego de la primera escena que el film podía asemejarse a un melodrama, la memoria interrumpe siempre su desarrollo, porque la tensión juega, antes que nada, dentro de lo fragmentario y no a nivel global. Y el peso no solo tiene relevancia en el plano corporal, sino temporal. El cuerpo también se carga de tiempo y el tiempo pesa. Los vestigios del melodrama se alojan en el cuerpo; el de Soo-jung que vacila, que se deja llevar por sus posibles amantes pero que no termina de entregarse; el de Jae-hoon que acumula nervios y desesperación en cada fragmento del film, en el que cada corte implica una vuelta a cero, un vaciamiento de la ansiedad. El género se sitúa, entonces, en la indecisión; se interrumpe en la repetición y se imprime en los cuerpos que carecen de coordenadas temporales. Jacques Derrida afirma sobre la noción de repetición: “Si nada ha precedido la repetición, si ningún presente ha vigilado la huella, si, de una cierta manera, es el «vacío lo que se ahonda y se marca con señales», en ese caso el tiempo de la escritura no sigue la línea de los presentes modificados. El porvenir no es un presente futuro, ayer no es un presente pasado” (2).

El carácter fragmentario de Virgin Stripped Bare By Her Bachelors se corresponde con el acto sexual que se pospone incansablemente y evita que el peso del drama nos aplaste. La palabra parece ser siempre insuficiente para expresar el deseo corporal. Por eso la cámara registra pacientemente, mediante planos fijos, que la palabra se diluya como el alcohol en el organismo hasta que solo sea posible batallar con el cuerpo. El plano registra el tiempo que un cuerpo tarda en pensar antes de reaccionar, mientras se tambalea por la indecisión, la incomodidad o la embriaguez. Cuando el jefe de Soo-Jung intenta violarla, termina por rendirse a causa de la borrachera y su cuerpo, que se debate entre la necesidad de reposo y la insistencia de permanecer sobre el cuerpo de ella, ya no puede oponer resistencia al rechazo. El plano fijo registra estos dos cuerpos, uno rígido, el otro movedizo y derrotado. Los personajes se traicionan a sí mismos; sus propios cuerpos se interponen en sus caminos y les impiden concretar sus deseos. 

En medio de una de las escenas de Virgin Stripped Bare by Her Bachelors, Jae-hoon le confiesa a Soo-jung su deseo sexual mientras se besan apasionadamente en un café. Segundos más tarde, una cuchara que antes, en la primera versión contada de esta escena fuera un tenedor, cae al suelo. Este pequeño incidente, que desvía la atención de los amantes por unos segundos, funciona como una interrupción dentro del fragmento mismo, que a su vez será interrumpido. Si optamos por descartar cualquier tipo de significado, o entendemos que este incidente solo sirve para marcar una diferencia con respecto a la primera versión, luego no queda más que lo que hay. Vaciado de significado, el incidente deja al descubierto la gravedad. Un cuerpo siempre cae. El deseo carnal es recíproco y entonces las confesiones erótico-románticas y un tanto banales en boca de Jae-hoon nos sitúan rápidamente más cerca de la comedia romántica que augura un final feliz. Pero la cuchara se cae, el tenedor se cae, y más tarde en una habitación de hotel, cuando Soo-jung ha decidido finalmente entregarse, Jae-hoon pronunciará inoportunamente el nombre incorrecto de su amante, y terminará frustrando la acción. La ley de la gravedad vendrá siempre a recordarnos que cualquier tentativa amorosa terminará en fracaso.

La última escena del film termina por liquidar cualquier vestigio del género. La mancha de sangre que testimonia la pérdida de la virginidad tiene que ser borrada como si fuera el indicio de un crimen. “No podemos dejar nuestras huellas así”, opina Jae-hoon. La pareja de amantes decide borrar también las huellas del drama. La intención de borrar las huellas del acto implica al mismo tiempo barrer con los débiles rastros de lo que aún olía a melodrama. Y el final del film incluye también una promesa en boca de Jae-hoon: corregir todas las faltas pasadas. Entonces la historia podría volver a comenzar de otra manera: borrando, corrigiendo, desviando, para terminar finalmente en algo inacabado. Esta necesidad del fragmento como sistema constructivo siembra infinitas preguntas que quedan flotando en el universo de las posibilidades. Cualquier eventual resolución del relato parece abortada aun antes de haber comenzado. 

La memoria interrumpida

Lo fragmentario de la estructura en las películas de Hong da lugar a lo inesperado, causado por la irrupción que es, en esencia, inherente al fragmento. Este carácter fragmentario descubre un tejido complejo y al mismo tiempo absolutamente preciso; he aquí la ambigüedad y el misterio del método honguiano. Su cine ha sido innumerables veces comparado al de Rohmer, lo que es, a mi juicio, poco acertado. En todo caso, si existe un punto fuerte de conexión entre ellos, cabría situarlo precisamente en este punto. Serge Daney decía que la precisión que caracteriza las películas de Rohmer tiene la capacidad de hacer surgir lo singular en un mundo sin diferencias. En el caso de Hong la precisión se manifiesta de igual forma a través del proceso inverso: la repetición y la variación hacen explícitas esas diferencias, y las exhiben de forma que no queden dudas sobre su singularidad. La relación entre fragmentos, que subyace de manera ambigua a partir de la inestabilidad de la memoria y la aparición de objetos recurrentes, descubre la originalidad de Hong que es, finalmente, casi matemática, calculada. Si los fragmentos se cierran sobre sí mismos y se completan en tanto incompletos en su totalidad, aun así existe una relación entre ellos que no tiene que ver con la temporalidad sino con el recuerdo absoluto (Rohmer) o el recuerdo parcial (Hong). Recordar todo sobre el otro, decía Daney, era la particularidad del cine de Rohmer. Y esa precisión entonces permite “la tentación de lo imprevisto allí donde reina la previsibilidad, la tentación de lo otro donde reina lo mismo” (3). El carácter disruptivo de las películas de Hong nos lleva a concebir lo inesperado como el gesto más preciso, donde lo singular surge de hacer explícito lo ordinario.

Minjung, la heroína de Yourself and Yours (2016), borra su memoria pasada con cada nuevo encuentro; un amante borra los recuerdos sobre el ex amante que ha abandonado el día anterior. Los personajes de esta película viven inmersos en una confusión sin salida propiciada por la duda. La pérdida de memoria está dictada por la fragmentación en la que los personajes comienzan de a poco a jugar dentro de una asincronía perpetua, para reencontrarse al final como si fueran desconocidos. La repetición implica una suspensión: ni avance ni retroceso. Mientras las imágenes se suceden una detrás de otra, la memoria da vueltas sobre sí misma. The Woman Who Ran (2020), la última película de Hong, se inmiscuye aún más en los recovecos de la memoria. Nadie recuerda nada, o al menos se recuerda muy poco. Se come todo el tiempo, se habla del presente y se discute sobre la sinceridad en la repetición, que trastoca el significado, que lo vuelve difuso y hasta ridículo. En la tercera secuencia del film, la protagonista se sienta a ver dos veces la misma película: la primera vez en blanco y negro; la segunda vez en color. La belleza de la composición de los planos, multiplicados por las pantallas del sistema de seguridad que la protagonista mira con curiosidad, y la pantalla del portero eléctrico por donde espía a su amiga conversando con un ex amante, en imágenes mudas, propone un nuevo juego entre presencias y ausencias que conecta de forma misteriosa las tres secuencias de las que se compone la película.

Las interrupciones que suceden de forma sistemática en casi todas sus películas tienen que ver con el peso y con la densidad; con el enfrentamiento entre superficies líquidas y sólidas, frías y calientes; con el peso y los movimientos de cuerpos suspendidos en un medio. El sapo que con movimientos espasmódicos nada en una piscina y el gusano que se arrastra por el pavimento en Like You Know It All (2009); un tentáculo de pulpo vomitado sobre la nieve, y su movimiento lento y baboso en Oki’s Movie (2010) que no es más que un cuerpo tibio sobre una sustancia helada. En Claire’s Camera (2017), el plano fijo de una boya en el mar que flota apaciblemente o una pluma movida suavemente por el viento nos vuelven a recordar el peso y el movimiento fluctuante de un cuerpo sin una dirección precisa. Vacías de significado, las interrupciones que tienen lugar como consecuencia del carácter fragmentario del film convocan a la pausa que no se deja vencer por su inmovilidad y persiste. Lo fragmentario convoca a la interrupción de lo incesante. 

En Grass (2018), la ansiedad de una mujer provocada por la espera de una persona que no llega interrumpe la escena sin detenerse: la mujer sube y baja las escaleras repetidas veces, encontrando un ritmo interno corporal que le imprime un tiempo particular, suspendido pero en movimiento. La ansiedad de la mujer parece mutar en una sensación de alivio y en una cierta felicidad encontrada en la repetición. De otra manera, en Hahaha (2010), una mujer decide terminar la relación con su amante que ha pasado la noche con otra mujer, sin antes hacerle un extraño pedido. En medio de la calle, ella le pide que se suba a sus espaldas, como si necesitara sentir el peso aplastante de ese amor frágil antes de que los cuerpos se derrumben sobre el pavimento. Ese instante de suspensión del relato, que carece de toda lógica, desafía la ley de gravedad del cuerpo y del drama. Si fracasa el sentido, lo que persiste es la caída.

Borrar las huellas de la imagen

El cine de Hong se aloja en un no-lugar, en un “podría haber sido”, si la historia hubiera continuado, si el desarrollo no se viera frustrado por la repetición, si los cuerpos no cedieran a la interrupción. El condicional de la forma misma imposibilita el desarrollo del relato y este se evidencia así, en su fragilidad, como un organismo vivo que nace y muere. Los personajes vomitan su neurosis junto con el alcohol que sus organismos ya no pueden soportar; sus cuerpos sudan incomodidad y precipitan la interrupción. Los inesperados cortes directos revelan la importancia y el peso de las reacciones corporales de la misma manera en que se pasa de la risa al llanto, en un solo segundo.

El trabajo de Hong sobre la puesta en escena revela, en todas y cada una de sus películas, la intención de marcar territorios. La distancia que mantienen los personajes entre sí en todo momento; la forma de moverse con cierta cautela; la verticalidad de esos cuerpos en relación con la naturaleza que los rodea; la horizontalidad del cuerpo en los interiores; la austeridad del decorado y la prudente distancia de la cámara respecto a todos los objetos. Los personajes de Hong son cuerpos en lucha por (no) invadir un espacio. Las frecuentes escenas de dos o más personajes comiendo y bebiendo hasta el hartazgo, reunidos alrededor de una mesa repleta de botellas vacías son escenas de confesionario, en un incansable intento por establecer distancias y por delimitarse a uno mismo.

La heroína de Our Suhni (2014) exclama honestamente: “Cuando te veo me dan ganas de beber”. El alcohol, ese elemento unificador del cine de Hong, es lo que provoca la inestabilidad corporal absoluta. La necesidad constante de huir del propio cuerpo y la incapacidad de controlar sus reacciones inundan el plano de una verborrea exasperada. Esa indefinición entre quedarse o salir corriendo a causa de la incomodidad se juega en el cuerpo más que en la palabra. Es un escaparse estando presente, una huida presencial. En Woman on the Beach (2006), el peso de lo corporal se traduce en algo mental. El héroe está trastornado por una imagen mental que intenta hacer desaparecer, estableciendo un orden geométrico de cómo deberíamos concebir la vida para acercarnos lo más posible a la realidad, y cuál es la mejor forma de lidiar con los pensamientos para purgarlos de “malas” imágenes. El personaje masculino sufre a causa de los celos que le provoca el pasado sexual de su amante. Luego de haberla engañado con otra mujer, tratando de evitar la confesión acerca de su infidelidad, se excusa: “Es una imagen muy fuerte que superar”. Entonces: ¿es posible superar el peso de una imagen?

En uno de sus últimos films, On the Beach at Night Alone (2017), una mujer se queda dormida sobre la arena. La composición y duración de ese plano, en el que convive su cuerpo horizontal sobre un terreno arenoso contra un mar agitado detrás, vuelve a poner en evidencia esa contradicción entre elementos de distintas densidades. Y antes (o después), en la playa de noche, en otra escena del film, la protagonista caminará erguida hacia el mar, dejando sus huellas en la arena. Un paneo hacia la derecha y luego hacia la izquierda dejarán al descubierto las pisadas y la ausencia del cuerpo. Un nuevo paneo hacia la izquierda revelará a un hombre que se la lleva colgando de un hombro. Este juego entre presencias y ausencias también se hace visible en las huellas sobre la primera nieve al comienzo de Woman is the Future of Men (2004). Un personaje camina sobre la blancura aún virgen para dejar las huellas de sus pasos, y luego camina hacia atrás en un intento por hacerlas desaparecer. “Parece que alguien haya caminado en un solo sentido”, le dice a su amigo. Una vez más, los personajes acompañan la intención del relato por borrar los rastros corporales, por disolver las pruebas de la presencia de un cuerpo y de su peso. Si toda acción se deshace a causa de su repetición; si una huella es reemplazada por otra huella; si toda pista se suprime y solo permanecemos sobre un puente tendido en el vacío: ¿qué es lo que queda? Quizás el testimonio de un cuerpo que cree haber estado presente cuando en verdad no ha habido presencia de nada. O, como diría Derrida, “no es la ausencia en lugar de la presencia, sino una huella que reemplaza una presencia que no ha sido presente jamás, un origen por el que nada ha comenzado” (4). Así, uno de los personajes de The Day He Arrives (2011), dice que el aire de esa noche de invierno en Seúl le recuerda los viejos tiempos. Pero es un recuerdo efímero sobre un pasado cuyo presente ya no tendrá lugar. Un tiempo construido en el vacío, un tiempo inexistente, porque el fragmento y la repetición exigen un vaciamiento de la memoria y las relaciones temporales son tan frágiles como los recuerdos el día después de una borrachera.Un enredo de cuerpos atemporales, huellas, interrupciones, presencias, ausencias y fragmentos: por allí discurre el universo de Hong Sang-soo. El personaje que encarna a un director de cine en Right Now, Wrong Then (2015) es interpelado por el moderador a cargo, luego de la proyección de su película. “¿Qué es el cine para ti?”, le pregunta. Ante este pesado interrogante que parece surgir de la nada y que lo toma por sorpresa, el director se paraliza; furioso y nervioso porque no encuentra una respuesta, sale disparado de la sala de cine. Si la palabra falla, entonces se responde como se puede, con reacciones, con el cuerpo. El problema tal vez no está en la pregunta sino en su peso, en su tiempo y espacio. Hong ni siquiera se atreve a proporcionarnos una respuesta más o menos provisoria. Más bien le lanza ese pesado interrogante a otro, no sin antes dejar que su personaje se excuse ante su violenta reacción: “Quizás deberías habérmelo preguntado con una sonrisa”.

Notas:

(1) Italo Calvino, Seis propuestas para el próximo milenio, Madrid, Siruela, 1998, p. 85.

(2) Jacques Derrida, La escritura y la diferencia, Barcelona, Anthropos, 1989, pp. 408-409.

(3) Serge Daney, El ejercicio ha sido provechoso, señor, Barcelona, Shangrila, 2018, p. 181.

(4) Jacques Derrida, La escritura y la diferencia, Barcelona, Anthropos, 1989, p. 403.

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Mar del Plata 2018 (01) – Hotel by the River https://lavidautil.net/mar-del-plata-2018-01-hotel-by-the-river/ https://lavidautil.net/mar-del-plata-2018-01-hotel-by-the-river/#respond Sun, 11 Nov 2018 21:22:06 +0000 http://lavidautil.net/?p=1083 Por Lucas Granero Hola, muy buenos días a todos. Aquí estamos un año más en Mar del Plata. Es un año particular: Cecilia Barrionuevo es la nueva directora artística del festival, Jean-Pierre Léaud anda dando vueltas por La Rambla, la Boston está tomada por sus trabajadores y el pronóstico anuncia una serie de días nublados, […]

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Por Lucas Granero

Hola, muy buenos días a todos. Aquí estamos un año más en Mar del Plata. Es un año particular: Cecilia Barrionuevo es la nueva directora artística del festival, Jean-Pierre Léaud anda dando vueltas por La Rambla, la Boston está tomada por sus trabajadores y el pronóstico anuncia una serie de días nublados, lluviosos y con viento. Ah, también está el otro gran evento paralelo al festival: el superclásico, que no me podría importar menos pero que el microclima general del centro de operaciones de La vida útil (cariñosamente llamado “La garrotera”) espera con ansías. Mientras tanto, vimos algunas películas. El primer día del festival fue casi un prólogo. Pocas películas, pero todas grandes. Yorgos Lanthimos —parece que aprobado por la comitiva cordobesa del staff—, Nuri Blige Ceylan —con opiniones más encontradas— y finalmente Carlos Vermut —desaprobadísimo—.

También fue el día en el que se dio la primera proyección de la nueva película de Hong Sang-soo, una decisión que el festival viene tomando ya hace un par de años y que hace toda grilla se inaugure con un nivel superlativo. Hotel by the River nos dejó con una sensación extraña. Nadie va a negar el hecho de que se trata del Hong más oscuro en años y también el más contenido, con pocos deslizamientos hacia la experimentación narrativa y formal de la que estaba dando cuenta en sus últimas películas. Esto viene a demostrar algo que podíamos intuir viendo Grass, su película inmediatamente anterior, en la que parecía alcanzar una especie de grado cero en su siempre mutante escritura cinematográfica. Por eso, Hotel by the River nos viene a recordar que alguna vez existió un Hong que filmaba estos dramas sequísimos, repletos de momentos de intensidad muy grave y personajes siempre al borde la muerte. De hecho, es su película en la que menos soju se bebe y en la que menos se come (es más bien un relato inducido por la cafeína), lo que ya de por sí hace que sus personajes enfrenten sus problemas con una sobriedad inédita en su cine. La cosa es más o menos así: en un hotel están viviendo un viejo poeta y una mujer recientemente separada. Ella recibe la visita de una amiga y él la de sus dos hijos, a los que no ve hace mucho tiempo.

Todos estos encuentros van a estar signados por diferentes formas de reclamos, caprichos y verdades que son expuestas con un grado de sinceridad abrumador. Esa es la primer gran idea que tiene la película: hacer que los personajes hablen sin ningún tipo de tapujos, como si estuvieran tocados por una maldición que no les permite que la honestidad se les filtre. Es una sensación rara porque no muchas veces vemos a personajes decir las cosas que aquí se dicen — que son todas cosas lógicas, llenas de sentido común pero que los deja en una exposición tan extrema que uno se termina preguntando dónde quedó el pudor de estas personas. Hong llegó a un grado tal de maestría en su estudio de cómo filmar diálogos que es capaz de darle magia hasta a las líneas más ampulosas que hayan aparecido en su cine (¿es esta su película más bergmaniana?).

No nos olvidemos que uno de los personajes es un poeta (otra cosa hermosa: ver el respeto y la admiración que se tiene por artistas que en cualquier situación normal no serían reconocidos por nadie) y esto hace que la palabra tenga un lugar privilegiado en la película. De hecho, hay un momento que está dedicado completamente a la escucha de uno de los poemas del hombre, que Hong acompaña con una suerte de representación visual del mismo, sobre un chico que no puede abandonar su pueblo y trabaja como empleado en una estación de servicio. Acá aparece una de esas decisiones que uno esperaba encontrar más seguido en la película: Hong filma toda la secuencia en fuera de foco y consigue una extrañeza muy particular, decisión que luego repetirá alguna que otra vez. La otra vez en la que escuchemos la voz del poeta recitar sus propias palabras será hacia el final, cuando sus hijos lean un mensaje que éste les dejó antes de desaparecer una vez más. Lo que sigue a continuación es, por lejos, el momento más extremo que pueda recordarse dentro de la extensa filmografía de Hong, lo que demuestra, por si no había quedado claro, que su cine —que a esta altura es lo mismo que su vida— está pasando por un momento de oscuridad particular, a la que solo la sorpresiva aparición de una nevada, con su blanquecina belleza, puede brindar un poco de luminosidad. No podemos estar seguro de qué es lo que vendrá en su próxima película. Pero no podríamos estar más ansiosos de verla.

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La encuesta de La Vida Útil – 2017 https://lavidautil.net/la-encuesta-de-la-vida-util-2017/ https://lavidautil.net/la-encuesta-de-la-vida-util-2017/#respond Mon, 01 Jan 2018 14:38:11 +0000 http://lavidautil.net/?p=417 Otro año más, otro diciembre recolectando listas mientras nos acomodamos abajo del ventilador con los pies descalzos en una palangana llena de agua. Siempre es una alegría organizar nuestra Encuesta Anual, verificando que efectivamente la cinefilia argentina y latinoamericana está muy despierta, atenta a lo que sucede alrededor, con una mirada política y sensible. En […]

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Otro año más, otro diciembre recolectando listas mientras nos acomodamos abajo del ventilador con los pies descalzos en una palangana llena de agua. Siempre es una alegría organizar nuestra Encuesta Anual, verificando que efectivamente la cinefilia argentina y latinoamericana está muy despierta, atenta a lo que sucede alrededor, con una mirada política y sensible. En momentos de disolución o directamente criminalización del espacio público se hace más necesario que nunca participar de las discusiones abiertas, de intervenir en los lugares que podrían ser enriquecidos con nuestra contribución.

La dinámica, para los que no la conocen, es muy simple: les pedimos a nuestros amigos, a personas que conocemos personalmente, que nos digan en 8 categorías lo mejor que vieron en el año. Sabemos que es un recorte parcial, parcialísimo, que responde a nuestra clase, formación, pertenencia geográfica, habilidades sociales en los festivales, y un largo etcétera. Este año somos muchos más, ya que se aprobó la fusión más grande e importante después de Cablevisión-Multicanal: La vida útil, website en la que se encuentran en este momento, es el resultante de la unión de dos revistas de cine. Las Pistas y Cinéfilo eran nuestros nombres antes. Éramos dos revistas con distintos modus operandi (en papel y en la web) y distinta base geográfica (Córdoba y Buenos Aires). Ante el adormecimiento generalizado, pensamos que la unión en este caso podría ayudar a agitar las aguas. En eso estamos.

Sería gracioso, ya que nos ponemos en balance, poder proyectar nuestro propio video de «los que se fueron de gira», como si de los Oscars o los Martín Fierro se tratase. Pondríamos, por supuesto, a Fernando Birri, a Jerry Lewis, a Tobe Hooper, pero también habría que incluir a la producción audiovisual dependiente del INCAA, los derechos humanos como política de estado, el respeto por algunos críticos de la vieja generación, el aguinaldo, las jubilaciones. Los vamos a extrañar. En el 2017 el mundo empeoró un poco.

Creo que varios nos dimos cuenta al mismo tiempo de eso. Por eso hay varias películas optimistas contra toda expectativa, como si fueran una punta, lo primero que se puede ver cuando estamos desenterrando una vieja utopía. No por nada el que hizo la película más alegre sin dar concesiones es alguien que acaba de cumplir 60: Aki Kaurismäki. Baronesa y A fábrica de nada también son ejemplos de películas que no desestiman el poder de la música y el chiste aunque las condiciones sean las más sórdidas posibles. Después, sí, siempre hay películas de denuncia social que cosechan premios y levantan el dedito contra los supuestamente menos comprometidos. Pero no se dan cuenta del real problema: su éxito depende de que el mundo siga siendo una mierda.

¿Es la crítica de cine viable en este país? ¿En este o en cualquier otro? Si por viable entendemos con posibilidades de realización económica, la respuesta es no. Tampoco es un problema, aunque los críticos old school se horroricen ante esto. El estilo de escritura que existe en La vida útil no es unívoco y nadie podría hacerse cargo de cómo escribe el otro, pero podemos encontrar una renuncia a la lógica del periodismo y la gacetilla. En ese sentido, esa es la tarea: erosionar, ir contra el lugar común, tratar de encontrar en la selva de lo real huellas para afianzarse y pensar. Parecen lugares comunes pero al enunciarlos se produce cierto extrañamiento que resuena en nuestra cabeza como un mantra. Así es cómo escribimos, un poco fascinados, como en un trance, pero siempre tratando de encontrar pistas de la realidad en las películas (y viceversa).

Bueno, pasen y lean.

-Lautaro García Candela


Ramiro Sonzini (Crítico y editor de La vida útil. Fordista extremo. Peleador Nº 1)

Una película

Trás-os-Montes de Antonio Reis y Margarida Cordeiro

No sé quién cuenta en no sé dónde que en una visita de Adrian Martin a BAFICI el flamante director de ceremonias, Quintín, lo invita a una cena con la selección internacional de invitados de esa edición y Martin amablemente rechaza la invitación a causa de que a esa hora pasaban la nueva película de Garrel y quería verla. Quintín le dijo que no se preocupara, que esa noche era la primera proyección y había otras tres, a lo que Martin le respondió que su idea era verla las cuatro veces que se pasaba. Llevo esta anécdota grabada a fuego, porque es de esas cosas que marcan un modelo de conducta, una forma de hacer lo que uno quiere de manera obsesiva y con un compromiso admirable. Trás-os-Montes se pasó 2 veces y si hubiera habido 6 pasadas la hubiera querido ver las 6 veces, no sólo porque es una de esas pocas películas que “no se consiguen en internet” sino porque había algo en el fondo de ella, algo como primigenio y misterioso que prometía ir revelándose a medida que entráramos en confianza con su mundo. Me encantaría poder describirles pasajes y detalles, poder compartir algo de la emoción que la película me produjo, algo de los niños amorosos y terroríficos, de los cambios de tiempos, del campo y del castillo abandonado, pero todo me resulta borroso, como si la película se resistiera a ser rememorada. Sí recuerdo que mientras la veía pensé “claro, de acá salieron los portugueses”.

Mientras esperamos que algun iluminado con recursos edite en Blu-ray esta película fundamental de la historia del cine, podemos leer el afiladísimo texto de Roger Koza (http://www.conlosojosabiertos.com/las-peliculas-del-bafici-2017-tras-os-montes/), que sí tiene la capacidad de reponer mucho de la película:

“(…) la vida espiritual de un pueblo se enuncia en imágenes y sonidos; la experiencia subjetiva se objetiva y esa palabra tan anémica por su excesivo uso adquiere una prístina valencia y toma cuerpo sonoro y visual. Es que el pueblo se ve, se escucha; el pueblo como la indispensable suma que aporta cada individuo que pasó por un territorio en un tiempo, dejó su huella y se fundió en un coro sin límite.”

Una canción

El cierre del capítulo 11 de la tercera temporada de Twin Peaks. En la secuencia final con los hermanos Mitchum y Dougie, un pianista que se parece mucho al compositor de la serie, Angelo Badalamenti, aparece tocando espléndidamente “Heartbreaking” en las teclas (un rumor en el mundo virtual es que es Badalamenti mismo con una peluca a lo Burt Bacharach) mientras los tres personajes celebran su nueva amistad comiendo una tarta de frambuesa. En un momento, Dougie, que despues de estar 25 años encerrado en el black lodge tiene que aprender absolutamente todo lo que implica ser un ser humano, advierte al pianista tocando y dirige toda su atención hacia el y la música (una de las cosas maravillosas de este personaje/concepto es su capacidad/limitación de poder ir de a una cosa por vez) y con ese cambio de atención la escena se transforma imperceptiblemente, se estaciona y adquiere peso y sustancia. A partir de ese pequeño instante de conexión entre nuestro virginal protagonista y la música, toda la serie adquiere una emoción y una sensación de mundo complejo y completo, en el que a pesar de sus excentricidades ya nos sentimos timidamente familiarizados y el cual inevitablemente extrañaremos cuando llegue a su inevitable final. Es el climax secreto de la serie, el momento preciso en el que emerge el sentido de comunidad.

Un doble programa

Pump Up the Volume + Stand By For Tape Back-up: Dos formas de construir superhéroes solamente a partir de lo que dicen.

Un descubrimiento

La serie de Fassbinder, proyectada durante 6 días seguidos (un capítulo por día) en la Sala Lugones. Toda la precisión y el filo de Fassbinder retratando una comunidad de obreros de una fábrica y sus familias. Es un excelente triple programa con Twin Peaks T3 (por la maestría con que Fassbinder/Lynch trastornan los estereotipos a partir de la alteración del tiempo de las escenas, todo es tan estirado que resulta misterioso e incómodo) y A Fábrica de Nada (las dos relatan la lucha de poder entre los obreros y los patrones en el marco de una fábrica en crisis).

Un reencuentro

Mas que un reencuentro seria un encuentro: empezar a trabajar con Lautaro y Lucas a partir de la fusión de Las Pistas y Cinéfilo e inevitablemente empezar a compartir la cinefilia con ellos fue maravilloso. Fue una inyección de energía y sentido para seguir escribiendo sobre cine. Fue una muestra de que pensar/escribir (pero también filmar) de cine es algo que tiene sentido cuando se hace en compañía de otros. Ver Doble de cuerpo de Brian de Palma en compañía de mis viejos y nuevos amigos ilustra a la perfección este reencuentro.

Una experiencia en sala de cine

Las trasnoches de superacción en el festival de Cosquín. Por primera vez programamos dos funciones sorpresa al cierre de la noche del jueves y del viernes, en donde además había cerveza gratis, y fue todo un éxito. Cosquín cada vez está mejor. Es un festival en donde realmente ver películas, pasar películas, hablar de películas y conocer gente que está interesada en eso es lo más importante. Es una celebración desinteresada (porque no hay plata organizando simbólicamente ni materialmente nada) de las películas y los espectadores. Esperemos que dure muchos años más.

Un texto

Las clases abiertas que Piglia dio en la TV Pública sobre la obra de Jorge Luis Borges.

Y el texto introductorio de La Internacional Cinéfila  2017 de Roger Koza.

Un fotograma

Un momento mágico que atesoró la persona con la que vi por primera vez Trás-os-Montes.


Martín Álvarez (Crítico de La vida útil. De patria cordobesa, ahora vive en la tierra donde nacen las mejores películas del mundo)

Una película

War for the Planet of the Apes (Matt Reeves)

Una canción

The Singing Street
en este programa alucinante de Kino Slang en el Echo Park Film Center, recomiendo repetir en el mismo orden:
http://kinoslang.blogspot.com/2017/12/
(Andy Rector es el tipo que arma estas cosas, un grande)

Un doble programa

Solo los ángeles tienen alas (Hawks) / The Other Side of Hope (Kaurismäki)

Un descubrimiento

Jean Epstein (películas y textos).

Un reencuentro

Robert Forster y Pam Grier en Jackie Brown / Cuatro noches de un soñador (Bresson)

Una experiencia en sala de cine

En algún momento hace 7 años me agarró mucha ansiedad por ver cine clásico y le propuse a Ale Cozza que me deje darle una mano en el Pasión de los Fuertes, su ciclo de cine clásico en el Cineclub Municipal en Córdoba. En realidad le estaba pidiendo ayuda yo a él porque quería que me cuente lo que sabía y hacer eso con alguien más para no abandonar como me había pasado otras veces. Fue una de las mejores ideas que tuve en mi vida. En pocos lugares aprendí tanto ni la pasé tan bien como en el Pasión, y este año fue un poco triste tener que dejarlo cuando nos mudamos a Los Angeles. Pero fue lindo despedirse al lado de Ale y José Fuentes Navarro, dos tipos que son como Langloises mezclados con John Peel, sobre todo dos amigos. Una lista de esos 7 años:

The Shop Around the Corner (Ernst Lubitsch)
The Man from Laramie (Anthony Mann)
Forty Guns (Samuel Fuller)
The Lusty Men (Nicholas Ray)
Alyonka (Boris Barnet)
Going My Way (Leo McCarey)
Seven women (John Ford)
The Purchase Price (William A. Wellman)
Remorques (Jean Gremillon)
Rendez vous de juillet (Jacques Becker)
Gentleman Jim / The Man I Love / Me and My Gal / The Return of Mamie Stower / They Drive by Night / High Sierra / Pursued / The Strawberry Blonde / The Bowery / The World in his Arms (Walsh)

Un texto

«Siete veces Zama» (Ramiro Sonzini).

Un fotograma

La zarigüeya de The Southerner:


Lucía Salas (Línea fundadora de Las Pistas. Ahora, crítica de La vida útil y corresponsal extranjera. Calartian)

Una película

The Other Side of Hope

Una canción

«La disco resplandece» en La disco resplandece

Un doble programa

Ta peau si lisse/Donovan’s Reef

Un descubrimiento

Dorothy Arzner en las clases de Historia del Cine de Gary Mairs en Calarts.

Un reencuentro

Twin Peaks temporadas 1 y 2 antes de que empezara la nueva temporada. El triplete no fue lo mejor para ver a punto de mudarse a este nido de males.

Una experiencia en sala

El último programa del año de Kino Slang en el Echo Park Center. De hecho fue el mejor programa que vi en muchísimo tiempo. Andy Rector es un genio y ojalá viva 100 años.

Si lo van a ver, háganlo en este exacto orden:

The Singing Street (The Teachers of Norton Park School, Edinburgh, 195 1, 17 min) / Il Viandante – The Wayfarer (Jean-Marie Straub, Danièle Huillet, 2001, 5 min) / A Caça ao Coelho com Pau – The Rabbit Hunters (Pedro Costa, 2007, 23 min) / The Amazing Transparent Man (Edgar G. Ulmer, 1960, 58 min)

Un texto

El texto introductorio de Roger Koza para la Internacional Cinéfila

Un fotograma


Paul Von Sprecher (Córdoba. Cinéfilo extremo Nº1)

Una película

La telenovela errante. El desparpajo y la libertad que impregnan la filmografía de Ruiz  se encuentran en su quintaesencia en esta película separada en distintos capítulos, con situaciones propias de la telenovela y parodiando a la sociedad chilena. Si la distribución fuera más justa y se estrenara la vería tantas veces como a Zama (a la cual estuve por elegir en esta categoría).

Una canción

«My Sweet Lord» de George Harrison en Guardianes de la Galaxia 2: Pertenece a mi banda sonora preferida del año y aparece en un momento crucial de la película (cuando Star Lord ingresa al planeta de su padre, a quien recién conoce). Gracias a lo bien que suena en esta escena, se transformó en una de las escasas canciones que apenas las escucho me hacen recordar a una película y que no fueron hechas para ésta.

Un doble programa

La  bella y la bestia (Jean Cocteau, 1946) / La bella y la bestia (Bill Condon, 2017): Aunque parezca un programa doble obvio ambas películas son bastantes distintas. Desde algunos aspectos de la historia (como que en la versión de Cocteau Bella tenga hermanas) hasta el aspecto artesanal de la de los 40 y el amplio uso de pantalla verde en la de Condon (cada uno, propios del tiempo en que estuvieron hechas); pero ambas tienen cierto encanto de los buenos cuentos de hadas que hizo que sean dos de las películas que más placer me causaron este año (y harían un excelente programa triple con la versión animada de 1991)

Un descubrimiento

Retrospectiva de Francisco Regueiro en el BAFICI. Programada por Álvaro Arroba, esta retrospectiva me permitió conocer a Regueiro, quien tiene un manejo del ritmo y de la narrativa increíbles, además de saber filtrar su crítica al franquismo. Entre las que vi las que más destaco son El buen amor (1963), que parte de la típica película romántica onda Nouvelle Vague para transformarse en algo mucho más fresco y Duerme, duerme, mi amor (1975), comedia negrísima que transcurre en un vecindario y que se nota que influenció a  Almodóvar y a De la Iglesia, pero que va mucho más lejos que éstos.

Un reencuentro

Ferris Bueller’s Day Off en Hoyts. En uno de los reestrenos mensuales del Hoyts, apareció esta joya de los 80, que –en una impecable copia en DCP– me demostró que está a la altura o supera a El club de los cinco dentro de la filmografía de John Hughes, quien estaba a un nivel mucho más alto que la mayoría de sus contemporáneos. Y que Matthew Broderick interpretara a quien interpretare, siempre iba a ser Ferris Bueller.

Una experiencia en el cine

Salas sin mujeres. Desde películas Soviéticas de género (Aerograd, Batalla más allá del sol), pasando por películas de culto (La balada de Cable Hogue, Flesh+Blood) hasta estrenos de acción (Power Rangers, Liga de la Justicia) me encontré en salas (tanto del Patio Olmos como del Cineclub Municipal) con la sola presencia de público masculino. Algo ni bueno ni malo, pero sí extraño.

Un texto

“No te mueras sin decirme adónde vas (Subiela y el Nuevo Cine Argentino). Primera y segunda parte” de Nicolás Prividera (publicado en Con los ojos abiertos). Prividera sorprende publicando estas notas (a propósito de la muerte de Subiela) que van más allá de cualquier lugar común sobre Subiela.

Un fotograma

Me casé con una bruja (René Clair, 1942): No es de este año pero la vi por primera (y segunda) vez este año. El fotograma con la cara sorprendida de Veronica Lake y la olla (donde está su padre que es brujo como ella) representa la sorpresa y el misterio que representan para mí el cine y que sentí este año al ver que varias películas superaban ampliamente mis expectativas o eran muy distintas a lo que creía. Incluyendo esta obra maestra, que apenas la vi pasó a formar parte de mi canon de películas preferidas.


Iván Morales (Ex-Las Pistas. Su ídolo es Riquelme)

Una película

War for the Planet of the Apes (Matt Reeves, 2017)

Una canción

«Take Me Home, Country Roads» (John Denver) en Logan Lucky (Steven Soderbergh, 2017)

Un doble programa

Wind River (Taylor Sheridan, 2017) / Track of the Cat (William Wellman, 1954)

Un descubrimiento

Las imágenes bajo tierra de Dawson City: Frozen Time (Bill Morrison, 2016)

Un reencuentro

Las luces y sombras de Ricardo Younis en Los tallos amargos (Fernando Ayala, 1956), gracias a la copia restaurada que proyectó Peña.

Una experiencia en el cine

El tango de Rosario Bléfari en Muñequita porteña (José A. Ferreira, 1931) y la copia recuperada por el Museo del Cine «Pablo Ducrós Hicken».

Un texto

El primer trabajador: http://www.davidbordwell.net/blog/2017/01/23/how-la-la-land-is-made/

Un fotograma


Juan Villegas (Director. Tanguero)

Una película

El otro lado de la esperanza.

Una canción 

Cualquiera de las que aparecen en El otro lado de la esperanza.

Un doble programa

Out of the past (1947, Jacques Torneur) / Hell or High Water (2016, David Mackenzie)

Un descubrimiento

Damien Manivel.

Un reencuentro

Volví a ver La Dolce Vita luego de muchos años. La recordaba como muy buena; ahora me pareció extraordinaria.

Una experiencia en sala de cine

Mi amigo Iván Lapshin, de Aleksey Germán, en copia 35mm en el FICIC.

Un texto

Los empleos del tiempo, del colectivo “Los hijos”. http://ctxt.es/es/20170503/Culturas/12541/cine-precariedad-cultura-colectivo-los-hijos.htm

Un fotograma


Mariano Morita (Cameron-Carpenteriano. Pueden leerlo en Notas de cine)

Una película

War for the Planet of the Apes (Matt Reeves)

Es el cierre de la mejor trilogía de la década, sobre la que todavía no me animo a escribir. El simio César es uno de los personajes más completos, políticos y humanos (ja!) de los últimos años.

Una canción

«Take Me Home, Country Roads» de John Denver en Logan Lucky (Steven Soderbergh)

Un doble programa

Get Out (Jordan Peele, 2017) / The Serpent and the Rainbow (Wes Craven, 1988)

Dos películas donde el terror se manifiesta como impotencia y anulación del control, en primera persona. Dos películas que trabajan la «zombificación» como tema, duramente políticas, y que recuperan al zombie autómata clásico.

Un descubrimiento

Sofía Gala es el evento principal en Alanis (Anahí Berneri). Es una película sobre el trabajo, pero sobre el trabajo con el cuerpo. El suyo y la unión con su propio hijo son la materia fundamental que constituye a la película.

Un reencuentro

Okja de Bong Joon-Ho. Después del desastre de Snowpiercer (2013) Bong regresó con una criatura que es el reverso exacto de The Host (2006). La película no es extraordinaria y hasta por momentos es políticamente ingenua, pero al menos se aleja de lo alegórico de su antecesora.

Una experiencia en sala de cine

Ver measuring change de James Benning con Benning en la sala y su posterior charla. Hay que admitir que el verdadero sentido en mucho de su cine aparece así y no lo digo como algo malo.

Un texto

Campo y fuera de campo, por Luciano Monteagudo.

Un fotograma

Kim Min-he mirando la nieve por la ventanilla del taxi mientras reza el Padre Nuestro, en The Day After (Hong Sang-soo)


Gabriel Von Sprecher (Córdoba. Cinéfilo extremo Nº2)

Una película

66 Kinos de Philipp Hartmann

Este año no fui a ningún festival de cine, tampoco tuve o busqué los posibles lugares de acceso a lo que podríamos llamar el cine contemporáneo no hollywoodense; el cine que importa – tal vez diría alguien. ¿Qué es lo que me queda entonces? Los márgenes en cierta medida. Un festival pequeño, posible de tomar cariñosamente entre las manos, el FICIC;  también, los cineclubs (los míos: el Cineclub Municipal Hugo del Carril, sede del Cinéfilo, del Pasión de los Fuertes; y por otro lado, el cálido espacio de La Quimera), tan alejados en la actividad cotidiana de ver cine al frenesí de los festivales.

Las listas y los debates de fin de año pueden estar atravesados por ciertos hits cinéfilos de la cartelera (a la cual por cuestiones más bien monetarias tampoco me acerqué demasiado este año) y los descubrimientos o más bien las películas ampliamente anticipadas vistas en los festivales. Me siento fuera de esas instancias en esta ocasión. Un poco incómodo, sin quererlo con algo de injustificada inseguridad en el valor de las películas de las que pueda hablar, pero tratando de entender en qué lugar del cine me estoy parando, porque si hay algo que no dudo es que el cine me atravesó fuertemente este año como en tantos otros.

El cine es una forma de acercarse al otro. En otro año, la elección de una película podría haber recaído en algo de Sylvain George o en la enorme Irak año cero. Este año fue un tanto introspectivo. En el cine existe la posibilidad de verse a uno mismo como un otro, o en un otro, y en el Cineclub se estrenó esta pequeña película de Philipp Hartmann, donde vi reflejados los espacios que habito todos los días, la forma en que el cine me atraviesa materializándose en las salas (la forma en que yo vivo esta experiencia). Entonces, una película que es reflejo de la forma y de los espacios en que vi películas durante el año.

Una canción

La Internacional en Kattie Tippel de Paul Verhoeven.

La protagonista vive la gran escena del desamor burgués. Luego de un intenso idilio Rutger Hauer le dice que se va a casar con la hija del dueño del banco; le avisa que lo que tenían va a tener que terminar. No es tan trágico en la medida que ellos siempre supieron que las reglas del juego eran así, dice él. Katie no espera ni deja nada a un pasivo conformismo y huye de la casa donde convivían esa misma noche. En las calles de Amsterdam, sola y sin ningún lugar adonde ir, vuelven a nosotros ominosas las imágenes de pobreza extrema y desesperanza del principio de la película, de las cuales la protagonista parecía haber podido alejarse. En aquel momento apenas iluminado por una farola de la calle se empieza a escuchar en la lejanía La Internacional. La mirada de Katie se dirige hacía el sonido, en la profundidad del plano oscuro; caminando por una callejuela hay una gran fila de hombres y mujeres avanzando y cantando, es una manifestación. Kattie corre hacia ellos, se mezcla con la multitud, toma por los brazos a dos personas y se une al canto.

Un doble programa

The Night Is Short, Walk on Girl de Masaaki Yuasa + Un divan à New York de Chantal Akerman

¿El cine puede hacernos mejores personas?

Dos pequeñas películas sobre la construcción de dos parejas, donde quienes las forman tienen una experiencia de crecimiento paralelo a través del conocer al otro, a una forma de enfrentarse a una realidad distinta a la propia, pero sin estar literalmente con el otro, sino a través del enfrentarse a observar las consecuencias de las acciones de este otro, de lo que lo va rodeando, de los objetos que se van cargando de significado. En ambas películas los personajes terminan coincidiendo en sendos finales felices, amables regalos del cine.

Autocrítica de un perro burgués de Julian Radlmaier + ‘Operación Y’ y otras aventuras de Shurik de Leonid Gaidai

Dos películas de humor marxista (Groucho+Karl, como dice sobre su propia película Radlmaier). La segunda un descubrimiento cortesía de los necesarios buceos de Martín Emilio Campos por el cine soviético (el Cineclub Municipal de nuevo).

Un descubrimiento

Georges Schwizgebel + Cheh Chang.

Si hay una instancia de descubrimiento que en cierta medida es el necesario paso previo al cineclub (el paso previo a la programación, la investigación) es el buceo por internet, buscando los nombres (miles de nombres) que no están en las programaciones.

A partir de una casualidad llegué a Schwizgebel, que estira las posibilidades de la imagen y de la mirada, además de construir el más terrorífico y diferido poema de desamor en Le ravissement de Frank N. Stein.

Por mi interés en el cine hongkonés llegué al maestro Cheh Chang, co-creador del wuxia, director de miles películas de género, mutante de la irrealidad de los cuerpos saltando por la pantalla y amante de los signos sugerentes powerrangeros (los ninjas de los cinco elementos -con sus cinco colores- y los cinco venenos -con sus cinco animales representados en sus cinco máscaras-).

Un reencuentro (para bien o para mal)

Escuela de rock de Richard Linklater

Verla en una sala de cine por primera vez, luego de años de la última vez -en la cual era yo un niño o mínimo un adolescente-, y descubrir muchos pequeños movimientos de cámara totalmente desapercibidos antes, o la construcción de las mecánicas del trabajo en equipo al mejor estilo hawksiano.

Una experiencia en el cine

Una canta, la otra no de Agnès Varda en La Quimera.

Primera película de un ciclo llamado “Mujeres en el cine, mujeres en lucha”, la electricidad en el ambiente y el aplauso final. Luego, las conversaciones conmocionadas sobre lo que acabamos de compartir.

Un texto

Momo de Michael Ende

Hace unos días les decía a algunos de los miembros de este espacio que realmente no leo prácticamente crítica de cine. Con la literatura tengo un trato hasta excesivo a causa de la carrera que estudio. Para este punteo elijo un libro de Michael Ende que nada tiene que ver con los programas de la facultad (el mejor escritor de novelas maravillosas, como también infantojuveniles, que yo haya leído).

Hay un momento en el que el Maestro Hora dice: “Porque al igual que tenéis ojos para ver la luz, oídos para oír los sonidos, tenéis el corazón para percibir, con él, el tiempo”. El tiempo sólo se percibe por nuestra subjetividad (o por el deterioro o cambio de la realidad material de nuestro alrededor, o sea no existe tiempo, sólo instancias cambiantes, pero bueno, es una opción) y además, a través del cine.

El cine, siguiendo algunas ideas de Jean Epstein, es un potenciador de una forma de percibir la realidad (como el telescopio para los ojos, o el audífono para los oídos). Si el corazón es el que percibe el tiempo, el cine es también un potenciador o agudizador de nuestra sensibilidad.

Un fotograma

El año pasado en la encuesta de Las Pistas varios participantes nombraron la película de la cual viene este fotograma, Stand By for Tape Back-Up, la dieron en Bafici o en Mar del Plata; es una de esas pelis pequeñas que a veces pasan desapercibidas pero que sacuden el piso de cualquier espectador sensible. Fue el cierre de este año de la programación del cineclub Cinéfilo, llegó a nuestro Cineclub Municipal, llegó a meterse como punzón a nuestro año cinéfilo, a cerrarlo, a ser el punto final de la actividad en nuestros pequeños hábitats de todas las semanas. Me da la impresión de que todo lo escrito para esta encuesta no habla mucho de las películas; cómo en esta película en que las imágenes sólo pueden ser reflejo, para el observador-narrador, de él mismo.


Paola Buontempo (Programadora del Festifreak. Prepara una película sobre caballos que queremos ver urgentemente)

Una película

Dawson City: Frozen time (Bill Morrison)

Una canción

“Heart of gold” en Good Luck (Ben Russell)

Un doble programa

Reason Over Passion (Joyce Wieland) y El mar la mar (J.P. Sniadecki, Joshua Bonetta)

Un descubrimiento

Flores (Jorge Jácome)

Un reencuentro

Taipei Story de Edward Yang (¡para bien!)

Una experiencia en sala de cine

On the Beach at Night Alone (Hong Sang-soo), multitud en Gaumont.

Un texto

A la escucha de Jean-Luc Nancy

Un fotograma


Pablo Martín Weber (Cineasta. La muerte de Iván Ilich. Córdoba)

Una película

Perdón que elija películas viejas, pero he visto bastante poco cine este año y no me he acercado a ninguno de los festivales nacionales más importantes. Elijo Trouble in Paradise, de Ernst Lubitsch. Una de las más inteligentes críticas al capitalismo que yo haya visto de Hollywood. Filmada apenas tres años después del crack de la bolsa, enfrenta la cuestión de la desigualdad económica con varios diálogos memorables y actuaciones milimétricamente ejecutadas. Daría todo por tener ese nivel de maestría en la puesta en escena. Una intuición triste (o más bien melancólica) que tengo es que esa clase de directores ya no van a surgir, que Lubitsch se corresponde a una sensibilidad e inteligencia propia y específica del siglo pasado. Una verdadera comedia hollywoodense (con final feliz y todo), película en la que siempre pienso cuando leo sobre el macartismo: ¿cómo hubiera sido el cine yanqui si no hubiéramos tenido a ese siniestro senador dirigiendo contenidos y persiguiendo artistas? Para los que ya la vieron, la escena en la que la madame es intercedida por un trotskista que le empieza a gritar en ruso siempre me hizo cagar mucho de risa. Hay varios chistes muy buenos. Y ya que estamos… Ninotchka también es un peliculón de Lubitsch (ahí les da masa a los soviéticos).

Una canción

“Llorando” de Rebekah del Río en Mulholland Drive de David Lynch.

Un doble programa

La rabbia de Pasolini y Of Time and the City de Terence Davies. A ese plan se le podría agregar Outros Amarão as Coisas que Eu Amei de Manuel Mozos… capaz ya sería muy afrecho porque son intensas las tres, requieren concentración y disposición para el acto de ver.

Un descubrimiento

Construcciones de Fernando Restelli. Amores, conflictos, sueños y proyectos de los trabajadores cordobeses. Me conectó con mi infancia de una manera muy intensa, sobre todo las escenas en las que están en el río: volví a mis ocho años, en el Fantasio, con mi familia, mis tíos escabiando en un melón y nosotros los pendejitos echando moco en el agua. Orgullo y alegría de que se haya filmado algo así en esta ciudad.

Un reencuentro

5 pal peso de Raúl Perrone. La había visto apenas entré a la facultad. La volví a bajar hace muy poco porque recordé que podría ser interesante para un guion que estamos terminando. Es una cosa maravillosa. Cuando el personaje de Campi lo va a visitar al padre, que hace diez años que no ve. Entra, pone la pava para hacer unos mates, y Campi le dice: “Viejo, ¿no perdés más la costumbre de guardar los fósforos usados en la cajita?”. El diálogo sigue y en un momento el padre le dice señalándose el corazón: “Siempre te tuve muy acá”. Campi se ríe y se dan un abrazo. En fin, ese tipo de cosas son las que me hacen pensar que todavía vale la pena seguir haciendo películas.

Una experiencia

Irrational Man de Woody Allen, en el Nuevocentro. No por la película (una garcha) sino por la persona con la que fui.

Un texto

El siglo de Alain Badiou. Sobretodo me interesan los pasajes sobre Brecht y las vanguardias. Considero que es un aporte muy valioso para aquellos que, de alguna u otra manera, nos sentimos interpelados por la práctica artística. El texto, entre otras cosas, busca problematizar algunas concepciones estético-políticas que el marxismo promovió durante el siglo pasado y que llevaron a la crisis existencial del 89 y el final del socialismo como perspectiva real de construcción de un modo de vida alternativo. Es un valiente ejercicio por seguir pensando y creando; no dejarse derrotar y seguir soñando e intentando construir un mundo en común.

Un fotograma

Este fotograma de Mundo grúa de Pablo Trapero. El tipo está separado, vive solo, no consigue laburo en Capital y su hijo está perdido en un mundo que no le ofrece nada. Le salió un trabajo para manejar grúas en el sur y se lo está por decir a una mina con la que está saliendo (muy enganchado) y que conoció porque le vendía sanguches de milanesa en el kiosco a la vuelta de una obra en la que estaba haciendo unas changas. Se lo dice, le dice que va a estar todo bien, que la va a venir a ver cada quince días, que no se preocupe. Ella le corta. Él se va solo, a vivir en una pensión con otros treinta obreros, dejando atrás la ciudad en la que se crió y a la mujer que ama. (Este es el plano de establecimiento que inicia la escena: ellos sentados, el cartel de “Tenedor Libre”, la perspectiva de la calle porteña a la derecha del cuadro, un 4:3 soberbio, muy bien usado). En general me interesa bastante poco el Nuevo Cine Argentino pero ésta es hermosa.


Miguel Peirotti (Crítico. Antes en La Voz del Interior, ahora con columna propia en Con los ojos abiertos)

Una película

Paterson, de Jim Jarmusch

Una canción

“The Pure and the Damned”, de Oneohtrix Point Never ft. Iggy Pop (de la película Good Time, de Benny y Josh Safdie)

Un doble programa

A quemarropa, de John Boorman, junto a Brawl in Cell Block 99, de S. Craig Zahler.

Un descubrimiento

La actriz Hana Sugisaki en Blade of the Immortal, de Takashi Miike.

Un reencuentro

Me reencontré con The Stooges viendo Gimme Danger: The Story of the Stooges, de Jim Jarmusch

Una experiencia

Temporada de caza, de Natalia Garagiola.

Un texto

«Leer poesía traducida es como bañarse con un impermeable puesto». Lo dice un personaje japonés al final de Paterson.

Un fotograma

La cara de la criatura Okja, en cualquier momento de la película Okja


Mariano Luque (Cineasta. Este año estrenó Otra madre)

Una película

Sieranevada, de Cristi Puiu

Una canción

“Brokendate” de Com Truise, tema de inicio de Toublanc, de Iván Fund y la secuencia de “Axolotl” de The Veils en Twin Peaks: The Return de David Lynch

Un doble programa

El corto L’amour existe (1961) de Maurice Pialat, y de nueva no tiene nada pero sí es posterior al corto del mismo director: Loulou (1980) proyectada en 35 mm en la Sala Lugones

Un descubrimiento

El corto Elephant (1989), de Alan Clarke, al que me parece que Gus Van Sant le debe todo.

Un reencuentro (para bien o para mal)

Gran reencuentro con el cine de David Lynch: Twin Peaks: The Return

Una experiencia en sala de cine

Una proyección en 35 mm de Diamonds of the Night de Jan Nemec

Un texto

No tengo tanta memoria para tomar uno, pero sigo bastante los textos de Roger Koza y Nicolás Prividera.

Un fotograma

Aprovecho y mando una foto muy linda que sacó Cecilia Rotondi en una proyección de Otra madre, dirigida por mí.


Guillermo Franco (Fotógrafo, programador del Cineclub Municipal Hugo del Carril)

Una película

El otro lado de la esperanza (Aki Kaurismäki)

Una canción

El cover de “The Greatest Love of All” en Toni Erdmann (Maren Ade), o el soundtrack completo de As Mil e Uma Noites (Miguel Gomes).

Un doble programa

Cine y Fotografía: No Intenso Agora (João Moreira Salles) y la muestra Robert Frank (Os Americanos + Os libros e os filmes). Todo ello visto en el Instituto Moerira Salles de São Paulo (Brasil).

Un descubrimiento

Dawson city: Frozen time (Bill Morrison)

Un reencuentro

Para bien, el reencuentro con Terence Davies gracias a Una serena pasión.

Una experiencia en sala de cine

Entrar todos los días al Cineclub Municipal Hugo del Carril.

Un texto

«Water falls. Water falls from bright air. It falls like hair, falling across a young girl’s shoulders. Water falls making pools in the asphalt, dirty mirrors with clouds and buildings inside. It falls on the roof of my house. It falls on my mother and on my hair. Most people call it rain». (en Paterson, Jim Jarmusch)

Un fotograma

Cualquiera de los afiches promocionales de Zama (Lucrecia Martel)


Rodrigo Moreno (Cineasta. Este año estrenó Una ciudad de provincia)

Una película

The Other Side of Hope, de Aki Kaurismäki (Finlandia, 2017)

Una canción en una película

“I’ll Be There in the Morning” de Townes Van Zandt en Arábia, de Joao Dumans y Affonso Uchoa (Brasil, 2017)

Un doble programa

Train to Busan, de Yeon Sang-Ho (Corea del Sur, 2016) / La llegada de un tren a la Ciotat, de Louis y Auguste Lumière (Francia, 1896)

Un descubrimiento

La disco resplandece, de Chema García Ibarra (España, 2016)

Un reencuentro (para bien o para mal)

Pierrot le fou, de Jean-Luc Godard (Francia, 1965). Sala Lugones. Para bien.

Una experiencia en el cine  

Mudar de vida, de Paulo Rocha (Portugal, 1966). BAFICI 2017.

Un texto

Este párrafo de David Oubiña en La enseñanza de cine, Cuadernos de Cine Documental 11, UNL, agosto 2017.

Tal vez, entonces, lo que se puede enseñar es que nunca se debe adquirir un «oficio». Ésa es una palabra terrible en el dominio del cine. Como cuando se dice que tal director «tiene mucho oficio». Esto habla de alguien que enfrenta los problemas de una película de la misma manera que los encaró en una película anterior. Tener oficio significa dar respuestas viejas a problemas que siempre son nuevos. Lo más interesante del cine es justamente tener que enfrentar, en cada film, problemas nuevos. Cocteau decía que Picasso le había enseñado que hay que correr más rápido que la belleza, para que pareciera que uno le está dando la espalda. Uno trabaja todo la vida para construir un estilo y, cuando lo logra, queda preso de ese estilo. Los grandes cineastas son aquellos que todo el tiempo le escaparon al oficio y le escaparon a acomodarse en un estilo. Lo mejor que tiene el cine es que cada nueva película circula todo el tiempo al borde del naufragio. A veces, y solo a veces, la película logra salir a flote. Pero por eso tiene sentido hacer cine.

Un fotograma

Sobéré Sessouma en Le parc, de Damien Manivel (Francia, 2016)


Carla Maglio (@novistenada en Twitter, recomendamos que la sigan)

Una película: 24 Frames (Abbas Kiarostami, 2017)

“Recién vi 24 Frames*. Voy caminando por Corrientes. Se me sale el corazón. Creo que la ha filmado después de morir”.

“Ayer volví a ver 24 Frames y sigo igual de sorprendida, aunque esta vez estuve más serena. Lo más deslumbrante de la película viene de que, al contrario de «La paz del cielo»**, el mundo de 24 Frames sea idéntico al nuestro, sea el nuestro. Y luego hay muchas otras cosas: que la crueldad de la vida no sea igual a la crueldad de los hombres y que, por eso, podamos reírnos si acaso con peso, nunca con culpa. Y que nos haga ver en cualquier cosa pequeñita algo más que humano, pero sólo posible porque están nuestros ojos. Y que con esas historias, tan chiquitas, tan no humanas en apariencia, nos tenga en vilo y nos emocione como si el cine fuera en serio tan grande, más grande que… -ya sabés. Y que junte al cine con toda la historia de la filosofía sin decir una sola palabra, apenas en esos cuadritos. También es emocionante tratar de pensar en cómo la ha hecho, en el tiempo que tiene que haberle dedicado… En fin, no quiero ponerme cursi, menos grandilocuente. Además, mi entusiasmo no es tan compartido”.

* 24 Frames se proyectó dos veces en Buenos Aires, en el FIDBA y éstas, más o menos, fueron mi impresiones a la salida del cine, o poco después.

**Bonus: «Cuando supo que estaba muerto»

Una canción en una película

En 24 Frames (Abbas Kiarostami, 2017), “Poema” (1925), de Mario Melfi y Eduardo Bianco, en versión de la orquesta de Francisco Canaro (1935), con voz de Roberto Maida. [Espero no estar pifiándole a la versión. Se agradecen correcciones.]

Un doble programa (vieja y nueva)

ORG (Fernando Birri, 1968-1979) + No Intenso Agora (João Moreira Salles, 2017)

Pese a mi elección de 24 Frames, quizá lo más justo sería decir que ORG ha sido la película del 2017 (*). Filmada en 1968, montada a lo largo de once laboriosos años y estrenada en Venecia en 1979, se vio por primera vez en Argentina en la última edición de BAFICI, en la magnífica versión restaurada por Arsenal-Berlin y exhibida antes en el Forum de la Berlinale. Hay que valorar la decisión de traerla y, al mismo tiempo, deplorar el lugar marginal al que distintas decisiones la confinaron. Pero ese es otro tema. Para Birri, ORG era un “no-film”, era más bien la posibilidad de una experiencia para “vísceras pensantes”. Había que ideologizar todo, pero también sensorializar todo porque no habría “revolución verdadera sin revolución del lenguaje”.

Casi medio siglo más tarde de que Birri acometiera esa aventura perceptiva y política monumental, João Moreira Salles nos trae su No Intenso Agora, una película construida de fragmentos de otras y montada según aquello que enlaza esos fragmentos con la memoria y con la voz, muy presente, de Moreira Salles. Se ha repetido que es una película melancólica, aun amarga, fijada en la imposibilidad de recuperar la vitalidad de la experiencia del 68 (tal vez, también la de la niñez). Yo creo que antes que eso, mejor que eso, No Intenso Agora es una crítica -claro está que ni cínica, ni renegada- del tipo de energía y de los supuestos que alimentaron las jornadas del Mayo del 68 francés (también, la oleada de revueltas alrededor del mundo, pero sobre todo, la parisina) y de la deriva subjetivista y fragmentaria que esos días, que esa experiencia, o que ese tiempo, impusieron o propagaron a la praxis política desde entonces. Los jóvenes que protagonizaron aquella rebelión decían “Queremos palabras, no acciones”. Moreira Salles reconoce la belleza de esa voluntad, pero -replica- ésa no es una consigna política. Al 68 le faltó política y en esa falta se cifra la imposibilidad de su sostenimiento.

En el arco temporal que va del 68 a nuestros días, en lo que va de ORG a No Intenso Agora, parecen  haberse acumulado causas y razones que merman nuestra confianza en el programa liberador que estuvo en el inicio. Si Birri encontraba que revolucionar el lenguaje (y está claro que llama “lenguaje” a una amplia serie de prácticas comunicativas) era condición para revolucionar toda la vida social, Moreira Salles parece más escéptico al respecto y, tal vez, echar más en falta algunas de las virtudes y las prácticas de la política (desde la polis al siglo XIX) que nuestra época se acostumbró a desdeñar, cuando no a hacerlas anatema. Es en la recuperación de esas tradiciones donde arraiga su (no sé si tan tenue) esperanza.

Quisiera agregar a este doble programa una tercera película, la otra gran película argentina del año: Cuatreros (Albertina Carri, 2016), pero me piden dos.

(*) Esto fue escrito antes de la muerte de Fernando Birri. Hoy, dan ganas de decir más, mucho más.

Un descubrimiento

Mi descubrimiento de este año fue no una película, sino una directora: la alemana Helma Sanders-Brahms (1940 – 2014). Vi tres películas de ella este año:

Heinrich (1977), sobre la vida y los escritos de Heinrich von Kleist. Con la extraordinaria Grischa Huber como Ulrike von Kleist y Heinrich Giskes dándole su voz a los textos del propio Kleist -su trabajo literario y muchas de las cartas que enviaba a su hermana, a sus amigos, o a Marie von Kleist. Lo más bello que vi en 2017.

Unter dem Pflaster ist der Strand (1975). Otra película sobre lo que dejó el 68. Pero ésta filmada en Alemania y en 1974, cuando la brevedad de los años que habían transcurrido debía de hacer más evidente lo trágico, o por lo menos lo triste, de la separación de dos épocas. De nuevo, Grischa Huber, magnífica. Grischa es Grischa, un actriz que necesita abrir su amor al mundo, hacer de él algo útil -si, útil. Pero quiere -o quiere creer que es posible- hacerlo de a dos.

Deutschland bleiche Mutter (1979) es la historia de una madre y una hija durante la Guerra. Narrada en primera persona por la propia voz de la directora, la derrota de estas dos mujeres, y del padre y marido ausente o espasmódico, se confunde con la historia misma de Alemania, con el dolor y la parálisis de una vergüenza.  ¡Oh Alemania, pálida madre! /¿Qué han hecho tus hijos de ti/ para que, entre todos los pueblos,/ provoques la risa o el espanto? BB

Un reencuentro

Este año, quizá después de ver Unter dem Pflaster ist der Strand, tuve una mirada aun más amarga de Gertrud. No de Gertrud (Carl Theodor Dreyer, 1964), la película, sino de nuestra Gertrud Kanning.

¿Qué hay que creer de sus reclamos de amor? Gertrud le ha exigido a Gustav, su marido, un amor absoluto y ha probado que él es incapaz de dárselo. Ahora se está sentando, o se ha sentado ya, en el rígido sillón del escritorio y tiene algo de triunfo, de satisfacción agria en el rostro. Esta la clave de esa sonrisa indecisa o burlona: Gertrud cree haber demostrado la imposibilidad del amor. Es curioso, porque no se puede detener del todo esa expresión en ninguna captura que se haga. Sólo se la ve en la imagen en movimiento, mientras ella se desliza hacia atrás para sentarse.  La exclusividad que Gertrud le pide al amor, la prescindencia o la renuncia del mundo es su coartada perfecta. Para Gertrud, el mundo debe desaparecer de la escena porque ella es ya todo el mundo: “la nube”, “el rocío”, “la luna”, “el cielo”, la “boca que busca a otra boca”: todo es ella. Y es al mismo tiempo un sueño o una cadena de sueños, la vida.

Una experiencia en sala de cine

Las últimas sesiones del año de Filmoteca en Vivo en ENERC, con el gran Fernando Martín Peña acompañado por la sala desbordada de público y de alumnos de la escuela, para darle el agradecimiento que merece y mostrar el amor por el ciclo, después del anuncio del INCAA de su cancelación en 2018. Filmoteca No Se Va.

Un texto

Dos:

Pablo García Canga, de color i de perfums

Fernando Martín Peña, “Así se trata a los grandes y no cómo se lo ha hecho…”

Un fotograma: 24 Frames (Abbas Kiarostami, 2017)


John Campos Gómez (Director y programador de Transcinema)

Una película (más otra)

La película más inteligente y lúcida del año me parece No Intenso Agora, de João Moreira Salles (Brasil, 2017), pero mi preferida -también de montaje y de memoria histórica, aunque más lúdica y tierna- es Every Wall is a Door, de Elitza Gueorguieva (Francia-Bulgaria, 2017).

Una canción

«Las películas tristes me hacen llorar», por Gloria Benavides en Fuera de campo, de Marcelo Guzmán y Mauricio Durán (Bolivia, 2017)

Un doble programa (vieja y nueva)

Autobombo. La sección Herencias presentada en Transcinema 2017:

Jóvenes infelices o El hombre que grita no es un oso que baila, de Thiago Mendonça / 2016 / Brasil / 125’ + Blábláblá, de Andrea Tonacci / 1968 / Brasil / 28’ + Jardim Das Espumas, de Luiz Rozemberg Filho / 1970 / Brasil / 116’ + Bang Bang, de Andrea Tonacci / 1971 / Brasil / 93’

Un descubrimiento

Como programador estoy constantemente a la búsqueda, así que no tengo descubrimientos sino encuentros. Y este año tuve la suerte de encontrarme con la hasta recientemente inédita El hombres que siempre hizo su parte (Ecuador, 2017), de la cubana Orisel Castro y el alemán York Neudel, sobre un personaje fascinante y misterioso como el Dr. Carlos Rota, quien falleció cuando aún se estaba rodando la película. Tener el honor de «estrenar mundialmente» esta sentida película le da un poco más de razón a mi oficio.

Un reencuentro (para bien o para mal)

Buena pregunta. No tuve grandes reencuentros porque me veo con la misma gente (cineastas, productores, críticos, programadores y cinéfilos) siempre en las mismas fechas y en los mismos lugares. Algo debe cambiar aquí. O ya, ok, sería reencontrarse en la sala nueve años después con una película de Lucrecia Martel.

Una experiencia en el cine

Soportar la insufrible, maniquea, explotadora y culebresca (o culebrítica) Custody, de Xavier Legrand (Francia, 2017). Inolvidable.

Un texto

Este año leí poco comentario cinematográfico. Será por ello que no encontré ningún texto memorable por los buenos motivos.

No obstante, elevaré a las bajuras este ridículo texto donde se mira por encima del hombro los distintos perfiles de cinéfilos que ejercen la crítica en el Perú: http://blog.desistfilm.com/2017/08/28/bitacora-de-tragedias-vol-3-el-estado-de-la-critica-de-cine-en-el-peru/ La mejor calificación del absurdómetro.

Un fotograma

El viejo hijo de puta de Pedro Pablo Kuczynski, presidente del Perú, ratificando su infame decisión de indultar al genocida Alberto Fujimori, solo, escondido y asustado.


Ezequiel Salinas (Crítico. Queremos que en el 2018 escriba mucho en La vida útil)

Una película

Farpões, Baldios de Marta Mateus

Una canción en una película

«La Folie», The Stranglers en el final de Caniba

Un doble programa

La fábrica de nada de Pedro Pinho y Un chambre en ville de Jacques Demy

The Sound of the Fury de Cy Endfield y War of the Planet of the Apes de Matt Reeves

Dimanche de Edmond Bernhard y White Epilepsy de Philippe Grandrieux

Un descubrimiento

Les Eternels de Pierre Yves-Vandeweerd

Un reencuentro (para bien o para mal)

Standard de Jorge Acha

Una experiencia en sala de cine

Caniba de Verena Paravel y Lucien Castaign Taylor

Un texto

«7 veces Zama» de Ramiro Sonzini en Ojos Abiertos

Un fotograma

Alemania en otoño de VV.AA


Tatiana Mazú (Cineasta. Sensible y militante)

Una película

En vez de una, cuatro películas hermosas sobre las que me gustaría escribir si tuviera tiempo: A fábrica de nada de Pedro Pinho; Baronesa, de Juliana Antunes; Paris est une fête – un film en 18 vagues de Sylvain George; El otro lado de la esperanza, de Aki Kaurismaki. Y quiero nombrar tres cortos de esos que me hacen sentir que a veces filmar puede ser parecido a respirar: Eliminar videos, de Manuel Embalse; ¿Dónde estás en el futuro? de Julieta Seco, Où êtes-vous, Joao Pedro Rodrigues?, de Joao Pedro Rodrigues.

Una canción en una película

“Soy lo prohibido” en Casa Roshell de Camila José Donoso: siempre quiero que haya boleros en mi respuesta para esta categoría porque tengo un fetiche con las relecturas de lo melodramático. Esta vez lo logré. Igual no quiero dejar de mencionar los libres desvíos musicales de A fábrica de nada de Pedro Pinho y las ya típicas escenas con banda en El otro lado de la esperanza de Aki Kaurismaki.

Un doble programa

Este año vi sin querer Raídos de Diego Marcone y Las aguas bajan turbias de Hugo del Carril.

Un descubrimiento. No mío, si no en tanto obra póstuma y para seguir con las relecturas del melodrama, La telenovela errante de Raúl Ruiz y Valeria Sarmiento. Y bueno, tengo que admitirlo, venía negándome a ver películas de Hong Sang-Soo y animarme a ver On the Beach at Night Alone fue una de las mejores decisiones que tomé al sacar una entrada este año. Gracias, Hong, por tanto amor a la palabra y tanta sinceridad cinematográfica. –

Un reencuentro

A 100 años de la Revolución Rusa, volví a ver El acorazado Potemkin de Sergei Eisenstein. No cambió mi valoración -me gustaba y me sigue gustando- pero no la veía desde que empecé a estudiar cine hace diez años.

Un experiencia en sala de cine

La primera Asamblea de la Comunidad Audiovisual, en la Sala 1 del Cine Gaumont, antes del derrotismo. Todas las intervenciones por la aparición con vida de Santiago Maldonado antes de una proyección de las que me tocó participar, como realizadora o espectadora.

Un texto

Por hermosos y porque estando hace rato en mi biblioteca aún no los había leído, “Filmar la lluvia” en “120 historias del cine” de Alexander Kluge y “Ningún lugar a donde ir”, el diario de exilio de Jonas Mekas.

Un fotograma 

Volviendo a El acorazado Potemkin, mi relación con esa película empezó cuando a los ocho o nueve años mi papá me la hizo ver en VHS. Lo único que recordaba de ella al crecer era esto:


Maximiliano Schonfeld (Cineasta. Integra la ala crespense del cine argentino. Este año estrenó la maravillosa La siesta del tigre.)

Una película

Sieranevada

Un doble programa

Martín Solá en la Lugones

Un reencuentro

Con Claire Denis el día que encontraron el cuerpo de Maldonado. Fue un desencuentro

Un descubrimiento

El corto María, de Manuela Gamboa

Una experiencia

Coscoínos en estado de euforia por ver Otra madre de Mariano Luque

Un texto

Francisco Márquez en Radar, acerca de Agnès Varda

Un fotograma

Toublanc


Nicolás Abello (Cineasta. Filmó La mirada escrita, sensación cordobesa del año)

Una película

Hell or High Water (David Mackenzie, 2016). Film tremendamente popular, que muy poca gente ha visto.

Una canción

«Nowhere Fast» / «Tonight Is What It Means to Be Young»

Poco tiempo después de terminar el corte final de La mirada escrita, Emanuel Díaz (montajista del film) me hizo notar varios paralelismos entre la primer secuencia de nuestra película y la primer secuencia de Streets of Fire (Walter Hill, 1984). Después de ver el video que comparto más arriba, quise ver la película completa y me encontré con una rareza del cine hollywoodense de los 80. Últimamente los ochenta parecieran estar de moda: he visto varios revivals/reboots/remakes que intentan representar de una forma u otra esa década. Para mí Streets of Fire condensa todo lo bueno (y parte de lo malo) que conozco de aquellos años. Tengo entendido que el film fue un fracaso tanto en la crítica como en la taquilla. Puedo entender los motivos de ambos resultados y sin embargo a mí la película me gusta bastante. Creo que el montaje es súper atendible (ese inicio con «Nowhere Fast», y el final con «Tonight Is What It Means to Be Young» son grandes ejemplos) así como sus hermosos criterios de color y de sonido. Puede ser que sólo tenga “un rasgo redimible” o puede ser que sea algo más que eso. Mientras tanto ya la vi varias veces…

Un doble programa

Pickpocket (Robert Bresson, 1959) / Good Time (Hermanos Safdie, 2017)

Un descubrimiento

Unknown Chaplin (1983): Es una serie documental de tres partes sobre Chaplin, con material inédito que revela mucho de su forma de trabajar. Quizás es conocida, yo llegue a ella por un tweet perdido en el cosmos cibernauta. Creo que es obligatorio verlo si se tienen ganas de hacer cine, o quizás después de verlo se tengan ganas de hacer cine.

Un reencuentro (para mal)

Esperaba ver lo nuevo de Edgar Wright con muchísimas expectativas. Baby Driver me dejó gusto a poco. Todas sus previas genialidades me sonaron repetidas hasta el hartazgo en este film, y admito que me cansó un poco su montaje rítmico. Hay escenas que me encantaron (la de la lavandería es una) y creo que Lily James es un gran descubrimiento; pero Wright da para mucho más.

Una experiencia en sala de cine

Mi experiencia en sala de cine fue la sala de cine en sí misma. Este 2017 fui muchas veces al cine, pero casi la totalidad de las películas que vi fueron en el marco de festivales, o en cineclubes amigos.

La sorpresa me la depararon las pocas funciones a las que asistí en salas comerciales. A comienzos del año fui a ver La La Land al Cine Hoyts, y la experiencia fue olvidable. El aire acondicionado a mi izquierda se encendía y se apagaba con una regularidad desquiciante, el sonido desde afuera de la sala se confundía con la entonación de Emma Stone y la pantalla estaba ligeramente desenfocada. A esto se suma, por supuesto, el constante crunch-crunch de los nachos vecinos. Convencido de que esa experiencia había sido lo suficientemente tortuosa (y tras escuchar comentarios de vivencias similares de otros amigos) decidí no volver nunca más al Hoyts del Olmos.

Hace dos semanas volví al cine comercial, casi un año después de ver La La Land. Fui al cine donde crecí viendo películas, el Showcase Cinema del Shopping de Villa Cabrera; y de nuevo salí espantado, aunque por distintos motivos. Evidentemente estuve en una sala acondicionada bajo condiciones casi óptimas de visualización, pero no pude pasar por encima tres factores que me hicieron olvidar por un rato largo de los jedi. Primero, la cantidad de publicidades previas al film. Obviamente los festivales y los cineclubes me malacostumbraron a sobrellevar sólo un máximo de tres avisos comerciales previos a la función (nunca por una duración mayor a los 5 minutos) mientras que en una sala tipo Showcase debí asistir al menos a 20 minutos de publicidad previas a la función (habiéndome sentado al horario indicado por el ticket). Es una duración que genera gracia por lo inconcebible. Es el precio oculto de la entrada de 130 pesos. Aparte de pagar cuatro veces lo que se paga en otro espacio, estoy obligado a ver en pantalla gigante mil y un anuncios televisivos de los cuales ni me enteraría si descargase la película online.

Pero eso no es lo peor.

Durante estos eternos 20 minutos (para mí fueron más) los espectadores sobrevivimos auditivamente a tres nuevos trailer-tanks Hollywoodenses. Pude discernir de ellos dos cosas: 1) Que los trailers en la actualidad son los cortometrajes más caros de la historia del cine: la revelación me llegó tras comprender que poseen una construcción narrativa clásica propia, intuyo idéntica a la del film final y 2) Existe una enorme expectativa de los espectadores por consumir estos pedazos de video. Detrás de mí, un joven rogaba antes del final de cada uno los elegidos por Mr. Showcase la llegada del tráiler de Infinity War. En otras palabras: ¡estos momentos iniciales (1/6 de la función total) son realmente anhelados por parte del público!

Una vez comenzada la película, por supuesto, tuve que reinsertarme en el territorio cinematográfico intentando dejar fuera de campo el comportamiento (increíble) de un público que no tiene ningún respeto por la sala de cine.

En resumen, ese último viaje a una sala comercial me ha dejado un gusto amargo que me hace replantear algunas cosas referidas al circuito de exhibición de las películas. Evidentemente la sensación es que la única sala de cine en Córdoba que pareciera hacer honor a las condiciones en las cuales una película debe ser proyectada se ha convertido en exclusiva para un público que maltrata a las películas. El precio de la entrada, la venta (y valor) de comida para la función, la cantidad de publicidad proyectada… Las películas de esa cartelera parecieran hechas para sobrevivir a las condiciones de proyección. ¿Y qué queda para nuestro cine?

En agosto de 2017, durante los Premios Cóndor, Lita Stantic habló de la falta de público en gran cantidad de películas de autor independientes, y responsabilizó a las pésimas condiciones de exhibición por ese mal desempeño*. Yo estoy de acuerdo y quiero profundizar el concepto. Lentamente el cine nos está alejando de su matriz, por el manejo de los empresarios menos relevantes de la industria. Vivimos la época del cine on demand, donde las películas pueden ser consumidas con la misma facilidad con la que se piden empanadas por delivery. Yo mismo (que debería colaborar con nuestra industria) veo los grandes estrenos anuales en mi casa, ligeramente traumado por las condiciones mencionadas arriba. Hay gente que no ve películas que no estén en Netflix. Críticos cinematográficos han elegido como la película del año a la serie de Lynch, que no se estrenó en salas. Es virtualmente imposible que nuestras películas independientes puedan competir con esa industria, pero al mismo tiempo la entrada de cine es nuestro único ingreso como realizadores. Asumamos una realidad: cuando la película llegue a la web, muy poca gente pagará para verla.

Creo que debemos abordar esta problemática con seriedad, y es nuestra obligación lograr que las condiciones de proyección sean las mejores posibles para los espectadores. Probablemente con salas como el Showcase no podamos hacer nada, y quizás esté bien que eso sea así; pero al menos abordemos las condiciones de proyección en circuitos alternativos. Las películas deben proyectarse en la mejor de las condiciones así sea para un solo espectador, que eligió no ver la película en la verdadera comodidad de su casa.

Debajo comparto un breve resumen de la experiencia cinematográfica vivida:

Los tres trailers que proyectaron antes de El último Jedi. Sugiero al lector una experiencia cinematográfica propia: Siéntense con auriculares bien fuertes (PERO BIEN FUERTES) y escuche (sin ver) uno detrás del otro.

*Desde el minuto 28:51 al 31:00 las palabras de Lita Stantic.

Un texto

El cine según Hitchcock de Truffaut me acompaño a lo largo de todo este año en cada una de las proyecciones de La mirada escrita. Le debo una última mención, hasta la próxima película al menos. Dejo un link al extracto que hice de lo que para mí son algunas de las reglas del suspenso establecidas en el libro: https://www.vientosurcine.com/single-post/2017/06/16/Notas-sobre-el-cine-seg%C3%BAn-Hitchcock

Le sumo parte de mi nueva bibliografía: Empirismo eretico de Pier Paolo Pasolini y Ensayos sobre cine y cultura de masas de Siegfried Kracauer.

Un fotograma

Algún rostro escondido dentro de los 533 rollos de las 372 películas mudas que aparecen en el film de Bill Morrison Dawson City: Frozen Time. Dejo éste como referencia…


Matías Piñeiro (Cineasta. Este año estrenó Hermia & Helena y esperamos que pronto llegue una nueva)

Una película

The Day After (Hong Sang Soo)

Una canción en una película

“Extraños Juegos” del grupo Zombies en Aliens (Luis López Carrasco)

Un doble programa (vieja y nueva)

Il monte delle formiche (Riccardo Palladino) + The Whip and the Body (Mario Bava)

Un descubrimiento

i hate myself 🙂  (Joanna Arnow)

Un reencuentro (para bien)

Ecoute voir (Hugo Santiago)

Una experiencia en el cine

Emperor Tomato Ketchup (Shūji Terayama – 1971)

Un texto

Idols: Jessie Maple” de Ted Fendt

Un fotograma


Pierre Léon (Cineasta. No sabemos por qué no le dan la ciudadanía marplatense. Cat people.)

Una Pelicula

Tesnota, Kantemir Balagov

Una canción

Adieu es el único film del poeta Grigori Pojenian, filmado en 1966. Pojenian escribió el guion, puntuado con canciones-melodías, música escrita por Mikhaïl Tariverdiev. Sus pequeños monólogos son cantados-hablados en off por Tariverdiev, como digresiones brechtianas. Salvo ésta, «Sicambroise», coplas entonadas por los jóvenes marinos. Una canción absurda donde hay un tal Sicambriose (no me pregunten quién es, lo desconozco, como también lo ignora su autor) quien, un día, trajo a bordo una pequeña canción que habla de un país llamado Tra-la-la-la. Un país muy extraño, donde podés atrapar el pescado ya seco y la cerveza para acompañarlo, donde las chicas son bonitas y donde nada está prohibido.

Un doble programa

L’avenir de Mia Hansen-Löve / Madame Hyde, de Serge Bozon

Un descubrimiento

Moscou, de Eduardo Coutinho, 2009 (gracias a Francis Vogner dos Reis)

Un reencuentro

L’enfance nue, Maurice Pialat, 1968

Una experiencia en el cine

Ninguna, ni buena ni mala.

Un texto

L’Image et l’Occident, Jean Louis Schefer, P.O.L, 2017. Por sus últimas palabras: «…nosotros somos la mitad de la imagen».

Un fotograma

Vivere, Judith Abitbol


Manuel Pose (Proyectorista y cinéfilo. No existe rollo de fílmico que se le resista)

Una película

Twin Peaks: The Return

Debo admitir que iba a elegir El otro hermano de Adrián Caetano pero debido a mi admiración por el cine de David Lynch terminé eligiendo Twin Peaks: The Return. El propio Lynch la definió como una película en dieciocho partes y, exactamente, esa fue mi experiencia con ella: dieciocho horas de placer audiovisual que me llevó a transitar por todos los estados de ánimos posibles. En mi opinión, un hito en la historia del cine.

Una canción

Nine Inch Nails “She’s Gone Away” en Twin Peaks: The Return

Curiosamente, presentados en el Roadhouse como «The» Nine Inch Nails. Maravillosa performance que a su vez tiene un valor narrativo y que sirve de preludio para presentar el origen del mal.

Un doble programa  

Una cita con el diablo (Night of the Demon) de Jacques Tourneur – Arrástrame al infierno (Drag Me to Hell) de Sam Raimi

En mayo tuve la oportunidad de programar un ciclo sobre H. P. Lovecraft en MALBA Cine. Una de las principales razones del ciclo fue la posibilidad de proyectar estas dos genialidades juntas, que van de la mano y a su vez se complementan. El resultado fue fantástico.

Un descubrimiento

Como fanático del terror que soy, trato de investigar e indagar sobre películas del género de difícil acceso. Este año, disfruté de ver y conocer films de terror de dos países que ya no existen. En primer lugar, terror checoslovaco, principalmente el cine de Juraj Herz, con películas emblemáticas como El incinerador de cadáveres (Spalovac mrtvol, 1969), Morgiana (1972) y La bella y la bestia (Panna a netvor, 1978). En segundo lugar, terror yugoslavo, destacando los films de Goran Markovic y Djordje Kadijevic, especialmente Variola vera (1982) de Markovic.

Un reencuentro (para bien o para mal)   

Volví a revisar la filmografía de Quentin Tarantino y sigo pensando que sus mejores películas son las tres primeras. Hacía tiempo que no volvía a ver Tiempos violentos (Pulp Fiction, 1994) y Jackie Brown (1997), Perros de la calle (Reservoir Dogs, 1992) la conozco de memoria ya que usualmente suelo proyectarla en el Malba. El resultado de volver a ver Tiempos violentos y Jackie Brown no podría haber sido más satisfactorio. Son dos películas que no han envejecido absolutamente nada, de hecho, todo lo contrario, parecen haber sido filmadas hoy día e incluso en el futuro. Dos obras maestras inagotables e inigualables.

Una experiencia

Arrástrame al infierno (Drag Me to Hell) de Sam Raimi

Amo el cine de Sam Raimi y agradezco el poder proyectar sus películas en fílmico, como es el caso de Noche alucinante (Evil Dead II, 1987) y El ejército de las tinieblas (Army of Darkness, 1992). En esta ocasión, pude proyectar una de mis favoritas de terror contemporáneo: Arrástrame al infierno. Proyectada en 35 mm, en Scope y con sonido Dolby Digital. Una verdadera fiesta, que, además, contó con la presencia de ciertos espectadores a los cuales aprecio mucho.

Un texto

“Comienzo en las cavernas” por Lucas Granero

Poco para decir, las palabras de Lucas Granero hablan por sí solas. El párrafo final del texto todavía resuena en mi cabeza y está más vigente que nunca.

https://las-pistas.com/2017/04/22/bafici-2017-01-comienzo-en-las-cavernas/

Un fotograma

El otro hermano de Adrián Caetano

Un plano que narrativamente lo dice todo, hasta funciona como una simetría de la vida.

Twin Peaks: The Return

Plano que sintetiza mi estado mental hacia el descenso o la introducción de los universos lyncheanos.

 


Maui Alena (Programador de la sala de cine del Centro Cultural Recoleta durante todo el año. En noviembre presenta películas en Mar del Plata)

Una película

Did You Wonder Who Fired the Gun? de Travis Wilkerson

No sé si fue lo mejor del año (hay muchas películas que están en las listas de las top que no vi) pero sí me parece que fue la que más me llamó la atención. Casi siempre los ensayos son interesantes pero poco movilizadores. Este no es el caso, en Did You Wonder Who Fired the Gun? Travis Wilkerson hace todo: entretiene, toca un tema personal y nada menor para la actualidad, filma, usa material de archivo y juega con formatos y formas hasta que uno deja de pensar la película para poder sentirla. A veces cae en comparaciones un poco efectistas, pero nunca deja de ser una película que toma riesgos y muy trabajada.

Una canción

Los “Say his name!” en Did You Wonder Who Fired the Gun?

Si Did You Wonder… se termina convirtiendo en una película por momentos sensorial es en gran parte porque uno se va del cine casi gritando los “Say my name” de las víctimas del racismo. No es algo menor ni casual la frecuencia con las que estas canciones aparecen, ni los momentos en los que lo hace y mucho menos la longitud de esos momentos. Uno arranca medio mirando y escuchando la canción con desconfianza y termina cantando con orgullo; ahí es donde muchas veces está el poder y la gracia del cine, en transportarte a lugares y hacerte sentir cosas. Para no ser menos, la película cierra con una versión impresionante de «None of Us Are Free» interpretada por Salomon Burke.

Un doble programa

The Rise and Fall of a Small Film Company (1986 – Jean-Luc Gordard) y The Meyerowitz Stories (2017 – Noah Baumbach)

En este caso sería una vieja/nueva y una nueva. La película de Godard es un homenaje triste, hermoso, reflexivo y divertido. En los 80, cuando estaban cerrando las compañías de cine que producían a la Nouvelle Vague, había muerto Truffaut y los directores tenían que ir a la TV para trabajar, llaman a Gordard de la tele para hacer un thriller que vaya el domingo a la noche en primetime. Él acepta la propuesta para ponerle una bomba a la TV desde el interior de la TV y decide llamar a Jean-Pierre Léaud y Jean-Pierre Mocky para protagonizar la historia de un productor y director de cine tratando de producir un film para la tele. Estos personajes serán llamados Bazin y Jean Almereyda (en un doble homenaje a la Nouvelle Vague). La película funciona como un muestreo del estado actual de entonces de la producción cinematográfica, como una declaración de principios frente a lo que estaba sucediendo y como una alarma frente el avance de la TV sobre la producción de cine. Hay música de Dylan y un cameo increíble de Godard haciendo de él mismo.

​En el mismo año en que esta película se re descubre y estrena, Netflix (un concepto imposible de soñar cuando Godard filmaba The Rise…) produce y estrena dos películas en Cannes, Okja (de la que ya hablaremos en otro punto) y la increíble The Meyerowitz Stories de Noah Baumbach, una película “comercialmente riesgosa” de producir por la cantidad de estrellas con las que cuenta (Dustin Hoffman, Adam Driver, Adam Sandler, Ben Stiller, Sigourney Weaver, Emma Thompson…) y lo “indie” en su forma que resulta para el mercado americano. No sé si Netflix es “la tele”, pero ver las dos películas el mismo año me hizo pensar un poco en cómo cambian las cosas.

Paradójicamente creo hubiese sido muy difícil que Baumbach filme su película con tantas libertades y comodidades en otro contexto que no sea el de Netflix. Quizá estas nuevas plataformas sean los nuevos Les Films du Carrosse o Films de la Pleiade, quizá no, por ahí son todo lo contrario y resulte la agudización de lo que Godard advertía en The Rise…

Un descubrimiento

Como ya dije otros años, no creo que yo, o algún festival o programador descubra a nada ni a nadie. Lo que sí, me gustaría invitar a muchos prejuiciosos con las películas animadas “para niños” y con los superhéroes a que descubran The Lego Batman Movie de Chris Mckay, que es para mí la película de superhéroes del año (creo que vi todas las que se estrenaron) y entra por lo menos en mi top 3 personal de películas de Batman. De hecho, no entiendo como no llaman a sus guionistas para hacer las próximas Batman.

Un reencuentro

Gummo de Harmony Korine

Este año tuve la oportunidad de ver Gummo en un cine y proyectada en 35mm (se programó en el marco del 20° aniversario de su estreno). No me entra en la cabeza cómo alguien a los 24 años puede hacer una película así. No sólo no le pasó el tiempo, sino que mirándola retrospectivamente toma más valor aún. Si uno se pregunta cómo Trump puede ser el presidente de Estados Unidos, encontramos la respuesta al ver cómo crecieron Salomon, Tummler y sus amigos en los 90.

Una experiencia en el cine

RoboCop de Paul Verhoeven en el Festival de Mar del Plata

Este año el festival de Mar del Plata fue difícil. Muchas cosas no estaban saliendo bien y, como siempre, la programación termina perjudicada por cuestiones del festival que no tienen nada que ver con ir al cine y mucho menos con las mismas películas. Realmente se generó un clima feo, donde uno se enteraba por todo el mundo de cosas que salían mal: que retrasan proyecciones por problemas de subtítulos, que a uno tardaron mucho en buscarlo en Ezeiza, que no está la acreditación del otro, que no hay fiestas, que cómo van a hacer fiestas con lo del submarino, que como quieren cortar presupuesto lo del submarino vino a pelo para suspender las fiestas y ahorrar plata, que en la gala estaba cualquier famoso de la tele, que el lobo marino tiene un pato triste, que el meeting point queda lejos y cierra temprano o que los vouchers de comida son para lugares más feos que años anteriores. Obviamente a los tres días del festival yo ya estaba repitiendo la mitad de estas cosas y, para colmo, llovió e hizo frío como nunca. El ambiente fue tan feo que por primera vez en diez años intenté volverme antes a Buenos Aires.

En el medio de este mar de quejas, me metí a ver la copia restaurada en 4K de RoboCop. Durante la función se escuchaba en unos asientos atrás mío dos personas que no paraban de hablar. Generalmente no soy de callar a la gente en el cine, pero estas personas hablaban mucho y mi humor por el estado del festival me incentivó a hacerlo. Cuando me di vuelta para pedir silencio, vi que los que hablaban eran un nene de unos ocho años con su padre y que no estaban charlando, sino que el padre le estaba leyendo los subtítulos a su hijo que no llegaba a leer. No sólo me emocionó pensando en mi papá cuando me llevaba al cine a esa edad o me leía subtítulos, sino que también, en el medio de un mar de quejas que no tienen nada que ver con el cine, me conectó de nuevo con eso por lo que alguna vez me metí a laburar en festivales, que es algo tan simple y lindo como ver películas en una sala. Un padre llevando a su hijo a ver al cine RoboCop tiene mucho más que ver con un festival de cine que los vouchers, las fiestas, las acreditaciones, los jurados o los traslados (que obviamente también son parte del festival). Esa experiencia en sala me hizo pensar en que no sé cómo me volví un pelotudo que con el tiempo terminó más cerca de todas las cosas accesorias de un festival que del cine.

Un texto

«Vida en Cannes: Parte 3» de Marcelo Alderete

Una de las razones por las que casi no leo crítica es porque muchas veces los críticos escriben de lo que quieren (están en su derecho) y evitan hacer una crítica no favorable de directores que admiran o que conocen y tienen un aprecio personal. Así es que a veces encontramos coberturas de festivales donde quien escribe selecciona sólo las películas que le gustaron para reseñar, manejándose en un terreno cómodo. No creo en la crítica mala, canchera y dañina, sino en la crítica no favorable pero cariñosa y constructiva.

Así es que Marcelo, sin tener la obligación laboral (pero aparentemente sí moral), elige escribir sobre Okja, la nueva película de Bong Joon-ho, director que admira y por quien tiene un cariño personal (fui testigo de este cariño mutuo). El texto es preciso, personal y dulce; explica todo lo importante que es Bong en la cinefilia de Marcelo y a su vez por qué la película no es buena. Probablemente Bong nunca lea el texto, pero siento que si alguna vez lo hace sentiría la crítica cariñosa.

Un fotograma

Queridos muertos x maui alena

Para este año elegí hacer un cruce entre las dos grandes películas que hablan sobre la muerte en 2017 y dos de sus personajes: Frida (Laia Artigas, la actriz del año) de Estiú 1993 de Carla Simón y el Fantasma (¿Casey Affleck?) de A Ghost Story de David Lowery. Fueron dos gratas y grandes sorpresas en el año, que tratan el tema de la muerte desde un perfil interesante, sensible y entretenido, de manera delicada sin ser pretenciosas o tener golpes bajos.


Alejandro Small (Perú. Cineasta. Director de Microbús)

Una película

No habiendo podido ver tantas películas como otros años: Western, de Valeska Grisebach

Una canción

«Soy lo prohibido». Casa Roshell (Camila Donoso).

Un doble programa

Editando un corto de samuráis que verá la luz el 2018, me tope con Zatoichi. Duelo a muerte: Escena Samurai (2018) Jorge Ossio Seminario / The Tale of Zatoichi (1962) Kenji Misumi.

Y luego ir a marchar contra el indulto a un dictador japonés que nos gobernó.

Un descubrimiento

La retrospectiva a Zelimir Zilnik en Mar del Plata y pensar en todos esos cineastas y películas que la casualidad hará que me tope con ellos, nada más que la casualidad.

Un reencuentro

Marcel Carné y el realismo poético francés.

Una experiencia en el cine

Terminator 2 (en 3D) y Brawl in Cell Block 99. Gritos en la sala de cine.

Un texto

Uno antiguo. Teoría del montaje a distancia: Artavazd Peleshyan.

Un fotograma

Los fotogramas que definían el camino de las películas que edité este año. Dejo sólo una. Connatural de Javier Bellido.

Una conclusión

Quiero que se hagan / ver / hacer más películas “felices” como A Day in the Country de Jean Renoir.


Cristián Ulloa (Guionista. Conoce el mejor camino para llegar de Pilar a la ENERC)

Una película

El otro lado de la esperanza – Aki Kaurismäki

No sé si somos del todo conscientes de la suerte que implica ser contemporáneos de películas como ésta. Realmente no quedan muchos directores como Aki. En sus planos resuenan los ecos de nombres como Melville y Ozu, pero en vez de entregarse a la reproducción onanista de lo que aquellos hicieron en su momento, Kaurismäki toma la posta para acercarse a los conflictos sociales que más hondo golpean la tierra donde vive. Tan sencillo (y complejo) como suena. Un capo total.

Una canción

Concierto de piano de Carolyn Enger en Ex Libris – Wiseman

Pensar en una biblioteca como un lugar que se limita a guardar libros es una simplificación y una concepción ya obsoleta de lo que estas instituciones pueden y deben ser. La última película de Wiseman da pruebas de la función central que tienen las bibliotecas como centro de difusión de la cultura, el saber y el arte. La New York Public Library sirve de excusa para pensar en estas instituciones como lo que realmente son: Verdaderos templos de conocimiento y aprendizaje. Es imposible ver Ex Libris sin pensar en instituciones como el Centro Cultural Kirchner, o la misma Biblioteca Nacional, sólo dos de las numerosas instituciones públicas (y privadas) en las que es posible descubrir o asistir semanalmente a conciertos, charlas, exposiciones o cursos en Buenos Aires.

La pieza que Carolyn Enger interpreta en el Bruno Walter Auditorium produce en el espectador una certeza que es conocida por todos los que frecuentan este tipo de lugares. Uno sale de esas salas con la seguridad de haber expandido un poco más los límites de su saber. Wiseman captura algo tan noble y abstracto como es el disfrute de descubrir algo valioso que se ignoraba.

Una sociedad con una vida cultural plena es una sociedad que crece con dignidad y es capaz de elaborar herramientas para interrogarse, cuestionarse y conocerse a sí misma. Enriquecer ese bagaje cultural es una misión permanente que los privados nunca deberían olvidar, y que el Estado tiene la obligación de honrar. En cierta forma, todo esto está, sin ser dicho, en este documental y en esta escena.

Un doble programa

Solado – Manuel Abramovich y Missile – Frederick Wiseman

Dos documentales observacionales centrados en la instrucción militar. A contramano de lo que se suele ver sobre estos universos, las dos películas nos recuerdan que tan importante (o incluso más) que el entrenamiento físico, es la formación ideológica que reciben los nuevos reclutas. La escala de valores y la lógica son moldeadas por prácticamente todos los instructores, y tanto Abramovich como Wiseman ponen su atención ahí, en la formación de la mente militar.

Un descubrimiento

Zelimir Zilnik

Estos encuentros inesperados son los que hacen obligatorio peregrinar todos los años a Mar del Plata. Se podría decir mucho sobre Zilnik. Una de las cosas más notables de su obra es que, a diferencia de otros rupturistas que dieron sus primeros pasos en los 60, su filmografía es prueba de que jamás abandonó ese espíritu rebelde y marginal. Desde sus primeros trabajos en Yugoslavia, pasando por los proyectos para televisión en el exilio, o las películas hechas en video, en todo Zilnik hay una coherencia política y estética notable.
Por suerte su nombre dejó de ser un secreto para los cinéfilos de estas tierras.

Una experiencia en sala de cine

La última función de Filmoteca en Vivo

Una decisión tan necia como inexplicable del INCAA determinó que la función del 17 de diciembre fuera -por ahora- la última de Filmoteca en Vivo.

Tuve la suerte y el privilegio de ser estudiante de la ENERC durante cuatro de los cinco años que duró el ciclo allí, y sin lugar a dudas mi formación sería otra (muchísimo más incompleta y triste) sin este ciclo. Sentarse en esas butacas era asistir a una de las mejores clases de Cine que se puedan imaginar. Todos los espectadores que semana tras semana nos reencontrábamos en Filmoteca veíamos la Historia de las películas pasar, literalmente, frente nuestros ojos, sin discriminar entre grandes autores o ignotos olvidados, porque si algo enseña revisar la historia a contrapelo es que joyas hay en todos lados. Negarle a los estudiantes de la carrera y al público general el acceso a un ciclo con estas características (único a nivel nacional, y con poquísimos pares a nivel internacional) es un disparate absoluto.

La última función fue una de las experiencias en sala más movilizantes y emotivas que me haya tocado vivir. La sala llenísima aplaudió y rio con el programa que incluía a Laurel y Hardy, los Tres Chiflados, los hermanos Marx y Harold Lloyd. Fernando Martín Peña presentó las películas como todas las noches, y agradeció al público. Incluso pudimos darnos el lujo de ver en vivo a la dupla cinéfila por excelencia Peña/Koza presentar Safety Last! (1923). Si supieran dónde están parados, los festivales de todas partes se deberían pelear entre ellos por repetir algo así en sus programaciones. En resumen, a pesar de la noticia, fue una noche de verdadera alegría sin fin.

Las muestras de apoyo al ciclo y a Fernando no dejaron de sumarse desde ese día, y son un botón de muestra de lo importante que Filmoteca llegó a ser para todos los cinéfilos en estos años. Confiamos en que la decisión del Instituto se revea, mientras tanto, acá se siguen juntando firmas para pedir por la continuidad del ciclo. Casi 15.000 personas ya se sumaron.

Un texto

Palacios plebeyos – Edgardo Cozarinsky

Profundamente amable y cinéfilo. Es casi como ver una película del Hollywood clásico. Por unas horas viajamos a esos lugares fabulosos que ya no existen y en los que siempre quisimos estar. Se consigue en mesas de saldos.

Un fotograma

The Shape of Water – Guillermo del Toro


Enrique Méndez Valverde (Perú. Cineasta. Algo se debe romper)

Una película

A Fábrica de Nada – Pedro Pinho. Una de este año.

Una canción

“Neat Neat Neat” de The Damned en Baby Driver – Edgar Wright – 2017.

Definitivamente viene con la escena de persecución más divertida en el año: Máscaras de Austin Powers sobre unos ladrones al fracaso + Punk a todo volumen en el volante.


Un doble programa

Jal aljido mothamyeonseo (Like You Know It All) – Hong Sang-Soo – 2009. Dangsinjasingwa dangsinui geot (Lo tuyo y tú) – Hong Sang-Soo – 2016.

Las entradas para ver la primera proyección de Hong Sang-Soo dentro de una sala de cine en Lima se acabaron mientras hacía la cola. Me vine a casa y vi el primer DVD que encontré a la mano de una película que no había visto de él para no deprimirme. Una grata sorpresa con Like You Know It All, siempre es seguro lo que hace. Después vi Lo tuyo y tú (por fin), sin duda es de lo mejor y más cálido de la última temporada del surcoreano.

Un descubrimiento

Sexy Durga – Sanal Kumar Sasidharan – 2017

Craiglist Allstars – Samira Elagoz – 2016

Turn Left, Turn Right – Douglas Seok – 2016

Un reencuentro (para bien o para mal)

T2: Trainspotting – Danny Boyle – 2017.

Un fracaso a mi nostalgia de adolescencia.

Una experiencia en sala de cine

Adiós al lenguaje – Jean-Luc Gordard. Unos casi 4 años de espera que valieron la pena, además de ser mi primera experiencia viendo cine en 3D. Probablemente la mejor película de la década.

Un texto

“El paisaje va al oído. El cine de Lucrecia Martel” de Saúl Reyes en el Dossier N° 2 – Paisaje de Correspondencias. Cine y pensamiento.

Un fotograma

Fotograma extraído de Safari de Ulrich Seidl. Cineasta que está muy arriba en el top y también tuvo una primera proyección en pantalla grande en Lima este año. Gran experiencia, gran película. Una vez más haciendo lo que siempre hace: agitar.


Manuel Setton (Melómano, director)

Una película

Certain Women de Kelly Reichardt (es del año pasado, pero recién la vi este año) y la trilogía de Hong Sang-soo: On the Beach at Night Alone, Claire’s Camera y The Day After.

Una canción

“Rubi” por Monica Antonopulos en Desearás al hombre de tu hermana

Un doble programa

El otro hermano de Israel Adrián Caetano y Underworld USA de Samuel Fuller. Dos películas putrefactas.

Un descubrimiento

Hal Hartley y Kenedi is getting married de Zelimir Zilnik.

Un reencuentro

El desprecio. No cambio mi valoración, pero haberla visto en pantalla grande por primera vez fue muy fuerte.

Una experiencia en sala de cine

La marquesa de O en la Lugones. Mi primera película de Rohmer en cine.

-Ver Y ahora elogiemos las películas de Nicolás Zukerfeld en Mar del plata, rodeado por los mismos que aparecían proyectados.

-Haber visto las primeras dos proyecciones de amigos en el Festifreak. Mientras Bode toca el piano de Santiago Aulicino y 10 vistas de Maximiliano Passarelli, dos grandes cortos de dos grandes personas.

Un texto

La cobertura del Bafici por Las Pistas y “ABC Arrieta” de Lucas Granero.

Un fotograma


Chema García Ibarra (Cineasta. La disco resplandece. Este año nos visitó.)

Una película

Certain Women de Kelly Reichardt

Una canción

En la bellísima Mechte Navstrechu (Milkhail Karzhukov, 1963) los humanos emiten una canción al espacio que cruza la galaxia hasta un planeta lejano, donde unos extraterrestres la reciben y escuchan. La canción cuenta que en el futuro veremos crecer manzanos en Marte y dice que es más fácil viajar por el Universo si eres buena gente.

Un doble programa

Ikea 2 de Burnin’ Percebes y Nocturno 29 de Pere Portabella.

Un descubrimiento

Craig Zahler. Ahora que John Carpenter está ocupado viendo partidos de beisbol, jugando a la Xbox y dando conciertazos, confío en que le tome el relevo.

Un reencuentro

Volví a ver mi película favorita secreta de mi adolescencia, Joe Versus the Vulcano de John Patrick Shanley, y sigue siendo extraordinaria y tristísima.

Una experiencia

Estuve en Argentina y un amigo me invitó a un pase en 16mm de Los caballeros de la cama redonda en el salón de una casa. Había muchos desconocidos sentados en el suelo, botellas de vino, cervezas de nombres divertidos y un gato.

Un texto

La conversación transcrita entre Max Aub y Conchita Buñuel en Conversaciones con Buñuel (página 177). https://es.scribd.com/doc/97237859/Max-Aub-Conversaciones-con-Bunuel

Un fotograma

Dos fotogramas. El mismo barrio en De bruit et de fureur (Brisseau, 1988) y Bande de filles (Sciamma, 2014)



Alejo Franzetti (Cineasta. Panke. Esperamos que pronto podamos ver una nueva película suya)

Una película

L’Amant d’un jour, de Philippe Garrel. El llanto, los amantes, el amor, las caminatas, la comprensión.

Una canción

Una música: Henry Purcell (y el sol berlinés) en la secuencia de títulos de Jahrgang 45 (Jürgen Böttcher, 1966).

Un doble programa

Las estaciones, de Artavazd Pelešjan + El auge del humano, de Teddy Williams. Dos grandes cineastas que confían en la imagen y en la realidad. (Ambas vistas este año).

Un descubrimiento

Die Puppe, una muda de Lubitsch.

Un reencuentro (para bien o para mal)

Un reencuentro cinematográfico: hace poco vi Belle toujours, de Oliveira. Todavía no sé por qué me gustó tanto. Quise aplaudir cuando terminó, pero estaba solo en casa y nadie iba a escucharme.

Una experiencia en sala de cine

Matías Piñeiro pronunciando los nombres de muchos queridos amigos argentinos en el Arsenal, mientras dialogaba con Christoph Hochhäusler y Franz Müller (de la revista Revolver), y con el público, luego de la proyección de Rosalinda, como parte de la muestra de sus films que se hizo en Mayo (http://www.arsenal-berlin.de/en/arsenal-cinema/past-programs/single/article/6609/2804.html)

Un texto

La hipótesis del cine, de Alain Bergala. Libro (libre) base de Cinema en curs (http://www.cinemaencurs.org/es), un workshop de cine en escuelas que se realiza en España, Alemania, Argentina y Chile.

Gracias a Bergala y a Cinema en curs, una vez por semana en una escuela en un pueblo de Brandenburg, pronuncio frente a niñas y niños de 10 años los nombres Akerman, Benning, Pelešjan, Perlov, Philibert, Varda. Y ellos filman y editan.

Un fotograma


Nicolás Zukerfeld (Cineasta, docente, crítico. Pueden leerlo en Revista de cine)

Nota: Creo que Twin Peaks: The Return no es un programa de televisión, porque ya no existe la televisión como tal. Sí, es una «serie», como lo fue Fantômas de Louis Feuillade y Out 1: Noli me tangere de Rivette. Se me pide que elija una «película» y la condición de «serial» que estos materiales conllevan, me impide incluirlos en una categoría tan purista como «película». Cuando reine la impureza (y los problemas sean otros), lo que hizo Lynch estará en mi lista, en la mayoría de las categorías. Así, armé dos listas. Una pura y otra impura (o condenada).

PURA:

Una película

Logan (James Mangold)

Porque es una película popular sin ser pop. Graciosa sin hacerse la graciosa, y brechtiana, sin ser excesivamente retórica. Con uno de los finales, junto con el de War for the Planet of the Apes (Matt Reeves), más fordianos de los últimos tiempos.

Una canción

«The Good and the Damned» (Oneohtrix Point Never, Iggy Pop) en Good time (Josh y Bennie Safdie). De paso, dejo el gran video clip. Casi un spin off en clave fantástica de la película.

Un doble programa

Good time (Josh y Bennie Safdie) y After hours (Martin Scorsese)

Una experiencia

«Martes de cine»: en tiempos donde la gente puede ver mucho cine pero ya no va al cine, con un grupo de amigos intentamos combatir esta tendencia, yendo, todos los martes, al cine. No importa qué den, los martes se va al cine. Esta fue mi experiencia del 2017, que cada vez más se parece a la de los primeros espectadores en 1895.

Un reencuentro

Twin Peaks: Fire Walk with Me (David Lynch, 1992). Aunque podría decir, David Lynch en general.

Un texto

Elogio del amor, frases (de un film) (Jean- Luc Godard)

Un descubrimiento

Aliens (Luis López Carrasco) / Tonsler park (Kevin Jerome Everson)

Un fotograma

IMPURA:

Una película

Twin Peaks: The Return (David Lynch)

Una canción

«Just You» (James Marshall) en Twin Peaks: The Return, E13 (David Lynch)

Un doble programa

Twin Peaks: The Return, E8 (David Lynch) / Crossroads (1976, Bruce Conner)

Una experiencia

«Martes de cine»: en tiempos donde la gente puede ver mucho cine pero ya no va al cine, con un grupo de amigos intentamos combatir esta tendencia, yendo, todos los martes, al cine. No importa qué den, los martes se va al cine. Esta fue mi experiencia del 2017, que cada vez más se parece a la de los primeros espectadores en 1895.

Un reencuentro

Twin Peaks: Fire Walk with Me (David Lynch, 1992). Aunque podría decir, David Lynch en general.

Un texto

Elogio del amor, frases (de un film) (Jean- Luc Godard)

Un descubrimiento

Aliens (Luis López Carrasco) / Tonsler park (Kevin Jerome Everson)

Un fotograma


Malena Solarz (Cineasta, docente y también escribe en Revista de cine. Dirigió con Nicolás Zukerfeld El invierno llega después del otoño.)

Una película

La vendedora de fósforos, A. Moguillansky / Flammes, de Adolfo Arrieta (vista en el Festival de Mar del Plata)

Una canción

One, two, two

Three, three, three
Four, four, four

Fiiiiiveeee

Six, six, six

Seven, seven, seven

Eight, eight, eeeeeeight

Nine, nine, ten

All the numbers are important

We count everything with numbers

We don’t know

We don’t know

Only we count in numbers

(Cantada por el personaje de Min-hee Kim en Claire’s Camera, de Hong Sang-soo)

Un doble programa

Una ciudad de provincia, R. Moreno – Pequeño monasterio en la Toscana, O. Iosseliani

Un descubrimiento

La serie The Wire. Con muchos años de retraso, pero fue el gran descubrimiento del verano 2017.  Un curso intensivo de economía y narración clásica, pero también de un afán descriptivo y reflexivo que no necesita de la hiper-estilización que hoy en día tienen la mayoría de las series.

Un reencuentro

El reencuentro del año no fue con una película sino con Twin Peaks: The Return, D. Lynch. Pero a partir de ella, me reencontré con viejos capítulos y, por supuesto, con Fire Walk with Me. Lynch parece haber entendido todo sobre cómo narrar con el tiempo (mucho tiempo) a su favor. Lo sabía en los 90 y lo sabe todavía hoy, con algunos de sus actores muertos y otros tantos con arrugas y canas.

Una experiencia en el cine

Tres: 1.- La alegría de estrenar Y ahora elogiemos las películas de Nicolás Zukerfeld en Mar del Plata, con la incómoda sesión de preguntas y respuestas del público a los directores de los cortometrajes en competencia. 2.- Ver Van Gogh, de M. Pialat, en la Sala Leopoldo Lugones. 3.- Ver Grandeur et décadence d’un petit commerce de cinéma, de J.-L. Godard en Mar del Plata

Un texto

No fue un año particularmente lector en lo que a textos de cine respecta. Muy rápidamente ahora se me vienen a la cabeza el lúdicamente exhaustivo “ABC Arrieta” de Lucas Granero, y dos textos no nuevos que me fueron muy útiles para escribir y dar clases respectivamente: “Space and Narrative in the Films of Ozu”, de K. Thompson y D. Bordwell, un minuciosísimo análisis casi plano a plano, corte a corte, de la filmografía de Ozu; y “El silencio y sus bordes”, D. Oubiña.

Un fotograma


Ivan Moscovich (Cineasta indiscreto. Jueves de cine)

Una película

Western (2017), de Valeska Grisebach.

No sólo es, creo yo, la mejor película estrenada en el 2017, sino que entablé una relación particular con ella. De tanto defenderla (ya sea de injusticias o tibiezas) me convertí en su abanderado. Lo admito con cierto orgullo. Hasta escribí un texto, o medio texto, que
de momento no va a salir de mi computadora.

Una canción

Un niño canta en la cena ceremonial de Kennedi is getting married. Lo hace varias veces en la película, pero acá se consagra. Cuando termina, en la sala de cine, una mujer lo aplaude.

Un doble programa

Me cuesta, así que digo una obviedad: después de ver Y ahora elogiemos las películas (2017), de Nicolas Zukerfeld, vi inmediatamente The Oxbow Incident (1943), de Willam Wellman. Fue una noche preciosa.

Un descubrimiento

Humphrey Jennings fue mi descubrimiento del año. Se me ocurren pocos cineastas tan ambiciosos. Me pregunto si Godard habrá pensado en él cuando afirma, en Historia(s) del Cine, que nada hicieron los ingleses por el cine.

Recomiendo particularmente The Farm (1938) y Listen To Britain (1942). La última está en YouTube.

Un reencuentro

A principios de año volví a ver la trilogía del terremoto de Kiarostami. Mi favorita ahora es la segunda.

Una experiencia

Los paraguas de Cherburgo, en la Sala Lugones. Estaba con amigos, así que no lloré.

Un texto

«Calibrar el ojo», de Malena Solarz. También fue mi año Didi-Huberman, pero eso es aparte.

Un fotograma

Esta maravilla de Zelimir Zilnik


@ayresybenson (Héroe anónimo. Twitero de trinchera. Ya volverá)

Una película

Sandy Wexler (Steven Brill)

Mientras los franceses premian el miserabilismo, ese videoclub del Gran Buenos Aires que es Netflix cada tanto nos devuelve la oportunidad de sorprendernos. Como cuando buscando una de terror llegaste a Tenebre o La mosca. Broadway Danny Rose del vulgar auterism, o cómo hubiera sido Spanglish si James Brooks se hubiera animado a hacer una de Sandler (en vez de seguir su capricho de una remake no declarada de El hijo de la novia). Una fábula de perdedores hermosos que prescinde de la pose cool (teléfono, James Franco), con el mejor ventrílocuo de la historia del cine. Y si alguien todavía tiene dudas: una película con un número musical que incluye a casi todo Happy Madison nunca puede ser mala.

Una canción

I’ve Been Loving You (Otis Redding, en vivo en Monterrey) en el episodio 15 de Twin Peaks. Los muchachos de Cahiers dicen que es una película. Es un poco reaccionario creer que a esta altura la televisión es un medio de arte menor, pero lo cierto es que ningún otro director activo saca tanta belleza de la banda sonora. Otro ejemplo:

Un doble programa

Brawl in Cell Block 99 / The Texas Chainsaw Massacre 2. Carne sobre carne.

Un descubrimiento

Los taitas, de Hugo Santiago. Y va un agradecimiento a un particular desinteresado como @eldeibik, que se toma el trabajo de digitalizar y difundir los copetes y varias películas de Filmoteca. Mientras, en la TV Pública cierran el Archivo Prisma y eligen difundir en su canal de YouTube el programa de entrevistas de Fernández Meijide.

Un reencuentro (para bien o para mal)

Martel, Larry David, Lynch, las naranjas de la Cooperativa de San Pedro, la reedición de El otro lado de Alfred Kubin y el canoli de dulce de leche de Heladerías Italia; y la Sala Leopoldo Lugones, cerrada durante cuatro años por los que venían a devolvernos las instituciones.

Una experiencia en el cine

Pasarla cada vez peor (con lo que implica movilizarse en una ciudad poco amigable ya no con el flaneur, sino con todo lo que camina; avances que son pura publicidad televisiva; pobreza de estrenos; proyecciones en las que se pierde el color y ya ni hablar de la profundidad de campo; gente cada vez más horrible y carente de buenos modales).

Un texto

Diario. Notas, recuerdos y secuencias de cosas vistas, de Raúl Ruiz. El director francés más destacado del último cuarto del siglo XX era chileno. Y el evento cinematográfico del año es un libro. Un libro escrito en castellano. Promediando la mitad del segundo tomo, Ruiz dice que se dedica al cine porque le permite filmar en las ciudades donde vivieron sus escritores más admirados. Y mientras tanto (año 2004) presenciamos una carrera y un cine al que cada vez le queda menos lugar en este mundo.

Y si consideramos Twin Peaks como película, vale como texto las apostillas hechas por la cuenta de Twitter @argtwinpeaks durante y después de la temporada 2017. Gente que (para nuestra fortuna) lleva una afición al límite y la comparte generosamente.

Un fotograma


Nicolás Carrasco (Perú. Crítico)

Una película

Twin Peaks: The Return, de David Lynch

Una canción

Sandra Hüller cantando “Greatest Love Of All” de Whitney Houston en Toni Erdmann, de Maren Ade

Un doble programa

Aquí haré trampa y pondré dos:

After Hours (Martin Scorsese, 1985) + Good Time (Josh y Benny Safdie, 2017)

Eraserhead (David Lynch, 1977) + Twin Peaks: The Return (David Lynch, 2017)

Un descubrimiento

Este año descubrí los ciclos de “Japanese Outlaw Masters” que Chris D. programó para el American Cinematheque de Los Angeles a inicios de los años 2000. A partir de esta curaduría he visto por primera vez obras maestras como School of the Holy Beast (Noribumi Suzuki, 1974), Female Prisoner #701: Scorpion (Shunya Ito, 1972), o Battles Without Honor and Humanity (Kinji Fukasaku, 1973). Lo que más me emociona es que aún no he cubierto ni la mitad de los programas.

Un reencuentro

Este año, un amigo me prestó la antología de Brakhage de Criterion Collection en Bluray (¡perdón por tenerla varios meses!). Hasta el día que pueda verlas (finalmente) en celuloide, volver a ver en excelentes copias películas como Dog Star Man o Window Water Baby Moving (o ver por primera vez Desert o los Visions in Meditation) ha sido una experiencia que me acompañará por mucho tiempo.

Una experiencia

Ver la retrospectiva en 35mm de Peter Tscherkassky (y un corto de Eve Heller) como parte del Festival Al Este de Lima.

Un texto

Aquí haré trampa de nuevo: los mejores textos sobre cine que leí este año fueron dos de José Miccio para Hacerse la crítica: “Marco Bellocchio en cinco saltos (al vacío)” y “Sobre Elle y el cine de Paul Verhoeven”.

Un fotograma

José Miccio, otra vez: “El plano de la llama es una imposición del cine”. (Zama, de Lucrecia Martel)


Fidel González Amaratta (Director de fotografía. Trabaja en el Museo del Cine. Nos ayuda a traducir cosas)

Una película

Zama / Twin Peaks: The Return

Una canción

“All that She Wants” de Ace of Base en Sieranevada

Un doble programa

Get Out (2017) y Scream (1996)

Un descubrimiento

Los niños de Golzow en la Lugones, primeras 4 partes. / Ocho horas no hacen un día en la Lugones

Un reencuentro

Vivir su vida

Una experiencia el cine

Los guantes mágicos en Mar del Plata / Twin Peaks: The Return eps. 17 y 18 con LG, MS, FR y NZ en el Black Lodge

Un texto

La columna de Daniel Link en el diario Perfil de los sábados.

Un fotograma


Marcelo Granero (Diseñador oficial de La vida útil. Sin él seríamos gente sin swing)

Una película

Zama (Lucrecia Martel)

Una canción

Annette Benning y Billy Crudup escuchando Black Flag y Talking Heads en 20th Century Women (Mike Mills)

Un doble programa

Rushmore (1998, Wes Anderson) y Lady Bird (2017, Greta Gerwig)

Un descubrimiento

Los videos que sube Zach Lieberman a su cuenta de Instagram.

Un reencuentro

The Host y las películas de Bong Joon-ho

Una experiencia en el cine

Ver colgados en el cine los afiches y demás cosas que diseñé para El invierno llega después del otoño (Solarz/Zukerfeld, 2016) e Y ahora elogiemos las películas (Zukerfeld, 2017)

Un texto

Jenn Pelly sobre The Raincoats en Pitchfork

Un fotograma

Morrissey, State of the Union (Diciembre, 2017)


Agustín Rayneli (Director autodidacta. Troll)

Una película

The Accidental Text on Purpose

Una canción

Un doble programa

Nueva:

Era Uma Vez Brasília (2017)

Vieja:

Esto

Un descubrimiento

Los melodramas tardíos de Delmer Daves.

Un reencuentro

Para bien:

1) Nuevas copias de las películas de Jorge Acha. Habeas corpus, entre mis favoritas del cine argentino: https://www.youtube.com/watch?v=XYm1NFlyIec

2) Escuchar Sondheim en las grabaciones de los elencos originales (Follies, particularmente).

3) Lucrecia Martel

4) LCD Soundsystem.

Para mal:

1) Louis C.K. fuera del formato televisivo.

Una experiencia

Una mala, las risas exageradas en mi funcion de The Disaster Artist.

Un texto

Revivo a Las Pistas: https://las-pistas.com/2017/07/19/cualquiera-que-los-viera-sobre-el-invierno-llega-despues-del-otono/

Un fotograma


Jaime Grijalba (Cineasta y crítico. Escribe la columna El ornitólogo de Santiago en Con los ojos abiertos)

Una pelicula

Sin que lo esperara, sin siquiera quererlo o planearlo, La telenovela errante se transformó en «mi causa» anual. He escrito en español e inglés sobre la importancia del descubrimiento de una de las cintas perdidas de Raúl Ruiz, la cual fue terminada recién en este 2017 gracias a la guía de la cineasta, colaboradora y viuda de Ruiz, Valeria Sarmiento. No tengo una razón en especial o técnica para decir por qué creo que es la mejor película del año, puede que mi chilenidad me traicione (ya que es tremendamente chilena -no sé si la más chilena como dijo Lucas Granero en su post, pero puedo entender su entusiasmo-), pero hay algo peculiar y magnífico en la simple observación social que logra Raúl en tan sólo pocos meses de democracia (al ser filmada en 1990, pocos meses después de la subida al poder del primer presidente democráticamente electo en casi 20 años. Sus referencias a la situación política y sobre todo al habla, a la cultura y lo que significa ser chileno nunca había sido retratado en un filme de manera tan brava y a la vez odiosa. Una suerte de «mea culpa» de Ruiz, una admisión de chilenidad luego de años de tratar de escaparla, pero que volvía a aparecer en su obra una y otra vez. La telenovela errante termine siendo, tal vez, una de las mejores películas de su filmografía, un director que sigue teniéndola más allá de la tumba… algo que sólo Ruiz podría lograr.

Una canción

En Did You Wonder Who Fired the Gun?, luego de un viaje al lado más oscuro de la historia personal y familiar, luego de los recovecos explorados, luego de un plano de 15 minutos ininterrumpidos en los cuales se leen cartas, se reflexiona sobre una canción (no, no elijo la que le da el título a la cinta), luego de que la voz temblorosa de Travis Wilkerson nos da cuenta de cómo el terror del pasado no termina, cómo este horror racial nos persigue hasta nuestros días, luego de ese escalofrío que recorrió mi espalda las dos ocasiones en que vi la película… se realiza un corte a blanco, volvemos a algo que ya hemos visto antes, un extracto de la canción de protesta «Hell You Tambout», pero con una adición, esta vez es un karaoke, el público presente debe cantar la canción y decir el nombre de Bill Spann, el hombre que fue asesinado por el bisabuelo de Travis. Una explosión, una liberación, un momento catártico que también dobla como un momento de apreciación absoluta, un «mea culpa» racial. Whiteness can set the world on fire.

Un doble programa

Nuevamente me invitaron de MUBI para dar algo igual a esto, un programa doble de nueva y vieja vista este año. Para no repetirme, inventaré algo nuevo. Primero, On the Beach at Night Alone (2017, Hong Sang-soo) y luego Anne of the Indies (1951, Jacques Tourneur), ambas películas tan diferentes como cercanas en su tratamiento de mujeres protagonistas empoderadas, llevadas a los extremos por el amor, los celos y que finalmente, en su confrontación final, toman la decisión correcta para la salvación propia (moral), por sobre la de cualquier otro. Les dejo uno de yapa pero que no pongo por lo obvio: Visages, villages (2017, Agnès Varda, JR) y Bande à part (1964, Jean-Luc Godard)

Un descubrimiento

Jacques Tourneur como cineasta francés-americano inventivo y lleno del talento suficiente como para poder establecer su estilo por sobre cualquier género o época. Su versatilidad, casi, no tiene límite.

Un reencuentro

Creo que no hubo mejor reencuentro que el de Ruiz, sobre todo cuando uno ya no espera nada de nadie, menos de los muertos.

Una experiencia

Un empate: en Locarno, en la Piazza Grande, el cine al aire libre para 8000 personas, compartiendo las funciones de The Big Sick y de Laissez bronzer les cadavres; en Valdivia, presentando en la nueva sala de 35mm, la primera función del festival de Love Exposure con Sion Sono presente… para luego quedarme junto al público insospechado a las 4 horas de metraje del gran director japonés, el cual nos acompañó toda la semana en funciones llenas llenísimas.

Un texto

Ya no leo tanta crítica de cine, mala mía, pero de lo que he leído hace poco, el nuevo texto en este nuevo sitio, me removió algo:  http://lavidautil.net/2017/12/24/el-viento-sabe-que-vuelvo-a-casa-01-afi-fest/

Un fotograma

Homenaje a las 3 películas del año de Hong, las 3 obras mayores, las 3 me hacen pensar que tal vez no me gustan tanto por Hong, sino por Kim Min-hee. ¿La muerte de mi autorismo?


Pablo Acosta Larroca (Crítico. Grupo Kane, la casa donde empezamos varios)

Un cortometraje

Y ahora elogiemos las películas (2017) de Nicolás Zukerfeld

Cine dentro del cine de la mano de Nicolás Zukerfeld, con el amigo Lucas Granero (¡gran hallazgo!) traduciendo a Manny Farber, incluyendo aviones, rodaje con cohetes, e storyboard de convoys. A través de sus 15 minutos un sentimiento atravesando el metraje (está filmada en 16mm): Cinefilia, verdadero amor por el cine.

Motocross (2017) de Francisco Chiapparo

La película del amigo Pancho plantea con humor y frescura la frustración de Vero, una actriz treintañera que atraviesa el estancamiento de su carrera y duda si presentarse o no en un casting para conductora en un programa de motocross, ya que en el fondo la avergüenza. Una lúcida metáfora alrededor de nuestro mundillo pero también y sobre todo de esas ganas de vivir de lo que nos apasiona, cuyo arranque a veces es complejo.

Una película

Zama (2017) de Lucrecia Martel

«[…] hay un pez en ese mismo río, que las aguas no quieren y él, el pez, debe pasar la vida, toda la vida, como el mono, en vaivén dentro de ellas; pero de un modo más penoso, porque está vivo y tiene que luchar constantemente con el flujo líquido que quiere arrojarlo a tierra […] estos sufridos peces, tan apegados al elemento que los repele, quizás apegados a pesar de sí mismos, tienen que emplear casi íntegramente sus energías en la conquista de la permanencia»

Antonio Di Benedetto,
en Zama (1956).

Un beau soleil interieur  (2017) de Claire Denis

«[…] no puedo yo mismo (sujeto enamorado) construir hasta el fin mi historia de amor: no soy su poeta (el recitador) más que para el comienzo; el fin de esta historia, exactamente igual que mi propia muerte, pertenece a los otros: a ellos corresponde escribir la novela, relato exterior, mítico.»

Roland Barthes,
en Fragmentos de un discurso amoroso (1977)

Una canción en una película

«Toda Menina Bahiana» de Gilberto Gil, en Aquarius (2016) de Kleber Mendonça Filho, en esa escena memorable al inicio del filme, donde una comunidad celebra en el seno del hogar una visión de mundo basada en el amor por la diversidad, la amistad y los valores humanos por sobre el materialismo, el consumo, y el dinero.

Un doble programa (vieja y nueva)

Cuarenta años y dos soles en el horizonte. Y yo creciendo junto a ellos. El adiós a los Heroes y los Sabios. O como dice mi amigo Dieguillo Fernández: “Una generación acaba de abandonar la adolescencia definitivamente […] el «Universo Star Wars» es interminable, pero la ‘saga emocional’ para mí concluyó”.

Star Wars: Episode IV – A New Hope (1977) de George Lucas

Star Wars: Episode VIII – The Last Jedi (2017) de Rian Johnson

Un descubrimiento

Estiu 1993 (2017) de Clara Simon

«Un exceso de infancia es un germen de poema»

Gaston Bachelard,
en La poética de la ensoñación.

Una niña de seis años a través del lente sensible de la directora debutante Simon deviene en un registro cuya agudeza emocional nos permite ver a través de sus ojos.

Un reencuentro (para bien o para mal)

Kong: Island Skull (2017) de Jordan Vogt-Roberts

¡Para bien! Claro que sí. Por fin el gigantesco simio no muere al caer del Empire State por amor a la rubia, sino que finalmente es venerado y respetado por su nobleza y además logra destruir a cuanto helicóptero y soldado quiere lastimarlo. ¡Aguante Kooong!

Una experiencia en el cine

La Filmoteca en Vivo de Fernando Martín Peña

Tras años de la “alegría sin fin”, la versión en vivo de Filmoteca, programa televisivo emitido en la Televisión Pública y creado por Fernando Martín Peña y Fabio Manes (¡GRACIAS por tanto!) dejó de funcionar en la sala de proyección de la ENERC. Como sostiene Roger A. Koza: “Para la audiencia, siempre generacionalmente pluralista, se trataba de un acercamiento libre a la historia del cine y también una posibilidad única de ver ciertas películas en los formatos originales. Ver un film como tal es hoy una excepción y un privilegio, más todavía en Argentina”. ¿Por qué su cierre? ¿Por qué el corrimiento de su natural programador? Esta nota del siempre lúcido Koza hecha luz sobre el asunto: http://www.conlosojosabiertos.com/filmoteca-no-una-marca/

Estreno de “Pinamar” (2017) de Federico Godfrid

Siempre es hermoso cuando estrena un amigo y la alegría se duplica al encontrarse con una gran película: la vi tantas veces y de tantas formas que ya perdí la cuenta… Y sin embargo, siempre me emociona.

Un texto

Memorias de un cinéfilo. Escritos sobre cine (1931-1977) de Henri Langlois.

Colchones de fe – Tres aproximaciones a Zama de Lucas Granero.

Un fotograma


José Miccio (Crítico. Estrenó columna en La vida útil. Pero también escribe en muchos otros lados y en todos ellos es siempre bueno)

Una película

La telenovela errante (Raúl Ruiz y Valeria Sarmiento).

Una canción

El año pasado elegí “Lust for Love” en Elle. En pos de mantener la coherencia y convertirme en alguien respetable, este año elijo “The Pure and the Damned”, de Oneothrix Point Never e Iggy Pop en Good Time.

Un doble programa

Piazza Vittorio (Abel Ferrara) y Loulou (Maurice Pialat). O cómo filmar al pueblo que está, que es el único que importa.

Un descubrimiento

Digo dos. Primero, la fuerza burguesa de Un bello sol interior, que no se deja sacudir ni por la bestia Depardieu. Por la dudas aclaro que esto que digo es cualquier cosa menos un elogio. Segundo, la existencia de una grey marteliana llena de magisters y doctores dispuesta a aplaudir cualquier cosa que la jefa diga.

Un reencuentro

Loulou. Una de las grandes películas de amor de la historia del cine. La había visto en DVD. Volví a verla este año, primero en un buen ripeo y después en 35mm. En el cine me reí mucho. En casa creo que casi nada. La película es maravillosa en cualquier lado, pero la proyección en una sala, en el formato en que fue concebida, no cambia solo la intensidad de las emociones sino su misma naturaleza.

Experiencia

Pialat en 35mm. Memorables la resurrección de Bajo el sol de Satán y el cancán de Van Gogh, por decir dos momentos obvios. Pero en sueños veo todavía el color de los pulóveres de La infancia desnuda.

Un texto

El Diario de Raúl Ruiz. Lo compré hace poco y todavía no me puse a leerlo en orden, con conducta. Pero todos los días abro al azar uno de los volúmenes y me topo con alguna maravilla. Por ejemplo, la compra de un libro para domar mesas. Ya que estamos, digo otro diario. No, no el de Piglia. El de Gombrowicz, felizmente reeditado. Curiosamente, en una de las hojas que abrí ayer, me topé con que Ruiz dice que Gombrowicz es un reaccionario. No creo. Pero qué más da. Lo que importa es que es un genio.

Un fotograma

Cualquiera de El otro hermano en el que aparezcan juntos Pablo Cedrón y el pibe con la camiseta de Independiente. Dos glorias argentinas.


Oscar Cuervo (Crítico y headmaster de La Otra)

Una película

Sieranevada (Cristi Puiu) / Twin Peaks: The Return (David Lynch)

Una canción

“My Prayer”, The Platters, en el capítulo 8 de Twin Peaks, Tercera temporada.

Un doble programa

Los rubios y Cuatreros, la dos de Albertina Carri: creo que ya no puede verse Los rubios sola, sin la relectura que Carri promueve desde Cuatreros.

Un descubrimiento

Hell or High Water (David Mackenzie)

Un reencuentro

Después de ver la tercera temporada de Twin Peaks, volví a ver Fire Walk with Me, que en su momento me había resultado inabordable, y hoy funciona perfectamente como el eslabón perdido entre la versión noventista y Twin Peaks ’17.

Una experiencia

Presencié una caliente discusión política a la salida de Yo, Daniel Blake (Ken Loach) en el cine Lorca, como ninguna película argentina lo logró en estos últimos años.

Un texto

«Más importante que la crónica de los sucesos es la significación actual de los mismos. Este estudio de la rebeldía popular debería conectarse con el estudio de las formas políticas que la expresan. Toda política tiene una ideología, Velázquez es una forma política de rebeldía y el sentimiento popular es en cierto modo la ideología. Aquí hay que escapar del formalismo ‘civilizado’ de considerar formas políticas exclusivamente a los partidos e ideologías a sus programas. Esta concepción falla cuando se quiere analizar este problema en el presente y desde la perspectiva de la liberación nacional. El formalismo positivista se basa en los hechos; la resistencia popular, en todas sus etapas desde la más incipiente, los niega. Al resistir la opresión, niega los hechos que la producen. Con esto, siguiendo a Fanon quiero decir que la certeza es adecuación a los hechos pero la verdad para el pueblo es aquello que perjudica al enemigo. (…) Y Velázquez hoy ya es parte de la cultura de nuestro pueblo, el sentimiento que despertó su acción, su práctica concreta, son patrimonio de los oprimidos de las áreas rurales del Chaco». (Roberto Carri, “Isidro Velázquez, formas prerrevolucionarias de la violencia”, citado en Cuatreros)

Un fotograma


Juan Francisco Gacitúa (Crítico. Miembro del podcast Los jóvenes viejos. Dos pasiones: cine clásico argentino y Los Simpson)

Una película

Dawson City: Frozen Time (Bill Morrison)

Una canción

Las de Will Arnett en The LEGO Batman Movie

Un doble programa

Galería Cinematográfica Infantil (Domingo Mauricio Filippini) / Una ciudad de provincia (Rodrigo Moreno)

Un descubrimiento

Gabriel Abrantes

Un reencuentro

Los guantes mágicos (Martín Rejtman), una comedia de Lubitsch sobre atravesar la crisis de los 30 en combo con la debacle del país. La disfruté cuando la vi hace varios años, pero esta revisión obviamente caló mucho más profundo.

Una experiencia

Muñequita porteña (José Agustín Ferreyra) restaurada en el Bafici, con música y actores en la sala interpretando un guion nuevo.

Un texto

“Crónica amarga en dos momentos sobre la visita de Nanni Moretti” al Bafici, por Juan Pablo Álvarez: http://encerradosafuera.com.ar/cronica-amarga-visita-de-nanni-moretti-bafici/

Un fotograma


Juanse Alamos (Productor. Humorista)

Una película

António Um Dois Três, ópera prima de Leonardo Mouramateus

Una canción

La secuencia musical en A Fábrica de Nada: no sé si es una gran película pero unos obreros bailando y cantando en una fábrica tomada en Portugal porque una empresa Argentina les encargó no sé cuántos ascensores, merece estar en mi lista. Mi segunda opción era la segunda secuencia de Desearás al hombre de tu hermana: burgueses cantando y bailando en la fiesta de casamiento de la hermana de Pampita, a principios de los 70, en las costas de Uruguay.

Un doble programa

A Fábrica de Nada  y The Old School of Capitalism (2009): Crisis económicas, fábricas tomadas, países europeos en decadencia y el pesimismo sobre una verdadera revolución del proletariado se encontraron este año en Mar del Plata.

Un descubrimiento

Mención doble:
Zelimir Zilnik: lo mejor de este último Mar del Plata.
Ma vie et mes films, de Jean Renoir, el mejor libro de cine que he leído.

Un reencuentro

Este año vi Un partie de campagne, de Renoir, por primera vez y desde entonces la habré visto unas diez veces.  No es una gran hazaña teniendo en cuenta que dura poco más de 40 minutos pero es un reencuentro al que siempre vuelvo.

Una experiencia

Gente filmando la pantalla de los cines en medio de la película y con la linterna del celular prendida. Por cosas como esta después gana Cambiemos.

Un texto

De Lautaro García Candela, para Las Pistas: «BAFICI 2017 (4) – Los territorios o por qué el lobby no sirve para nada».

Un fotograma

¿Es acaso Desearás al hombre de tu hermana la mejor película argentina del año? La respuesta probablemente sea “No, no lo es”. Pero éste no deja de ser un gran fotograma


Matías Marra (Cineasta, docente, fan de Shakira)

Una película

El otro lado de la esperanza, Aki Kaurismäki

Una canción

No es de este año pero la vi este año: qué momento cuando aparece «Relax, Don’t Do It» en Body Double 

Un doble programa

I Walked With a Zombie de Torneur / Get Out de Jordan Peele.

I Walked With a Zombie es una película increíble. Maneja niveles de ambigüedad en el plano de las imágenes y la política que cuando la volví a ver este año quedé fascinado. Una clase de cine. Get Out la primera hora la vi con la misma intensidad. Hasta que resuelve todo mal y se vuelve una película conservadora y de repente los negros son lo que la película dice rechazar. Las elijo como el ejemplo de una muy buena y una que no tanto.

Un descubrimiento

Descubrí a Caetano este año. Vi toda su filmografía y todas me parecen buenas. El otro hermano es la película argentina del año.

Un reencuentro

Men in Black. Joya del cine blockbuster de los 90.

Una experiencia

Ir al Gaumont hoy en día es toda una experiencia en sí misma. Se volvió refugio/cama de la gente que vive en la calle y en la plaza. Me parece bizarro y piola a la vez.

Un texto

No es de cine pero sirve para ir abriendo puntas sobre macrismo y hegemonía: «El macrismo no es un golpe de suerte» de José Natanson.

Un fotograma

Éste de La idea de un lago, Milagros Mumenthaler.


Verónica Balduzzi (Cineasta. Le gusta mandar cartas)

Una película

Certain Women de Kelly Reichardt.

Una canción

“One More Time” de Redbone, en Person to Person de Dustin Guy Defa.

Un doble programa

Hermia & Helena (M. Piñeiro) / Design for Living (E. Lubitsch)

Un descubrimiento

Zelimir Zilnik.

Un reencuentro (para bien o para mal):

Para bien: en preparación para viajar a Pompeya, Viaggio in Italia, de Rossellini. Para mal: El desprecio, de J.-L. Godard.

Una experiencia

Zama. En Mar del Plata, una espectadora conmovida por el canto de un niño en la pantalla, aplaudió junto a los personajes.

Un texto

“La imagen pobre es RAG o RIP, AVI o JPEG, una lumpenproletaria en la sociedad de clases de las apariencias, clasificada y valorada según su resolución. La imagen pobre ha sido subida, descargada, compartida, reformateada y reeditada. Transforma la calidad en accesibilidad, el valor de exhibición en valor de culto, las películas en clips, la contemplación en distracción. La imagen es liberada de las criptas del cine y los archivos y empujada a la incertidumbre digital a costa de su propia sustancia. La imagen pobre tiende a la abstracción: es una idea visual en su propio devenir. La imagen pobre es una bastarda ilícita de quinta generación de una imagen original Su genealogía es dudosa. Sus nombres de archivo están deliberadamente mal deletreados. Es un frecuente desafío al patrimonio, a la cultura nacional o, de hecho al copyright. Te llega como un señuelo, una trampa, un indicio o un recuerdo de su anterior naturaleza visual. Burla las promesas de la tecnología digital”. (Fragmento: Hito Steyerl; “En defensa de la imagen pobre” en Los condenados de la pantalla)

Un fotograma

Un Vicuña Porto teñido de rojo, sumergido en el río.


Sofía Marramá (Directora de arte. Esperemos directora a secas algún día)

Una película

Zama (Lucrecia Martel)

Una canción

Cambio la consiga y elijo una película en una canción. Los Paraguas de Cherburgo (Jacques Demy)

Un doble programa

La vieja: La Chinoise (Jean Luc Godard)

La nueva: En el intenso ahora (Joao Moreira Salles)

Un descubrimiento

Peter Nestler y Aleksei German Jr.

Un reencuentro

Volví a ver La folie Almayer de Chantal Akerman y no entendí porque no la amé tanto la primera vez, esas cosas que nos hace el cine…

Una experiencia

Vi Neruda en The Duke’s cinema en Brighton, Inglaterra. Daba risa y bronca ver y escuchar a los ingleses en la sala maravillarse por una subversión mal filmada.

Un fotograma

Under Electric Clouds (Aleksei German Jr.)


Fernando Restelli (Cineasta. Director del cortometraje Merodeo. En 2018 va a estrenar su primer largometraje, Construcciones. Las expectativas son altas.)

Una película

Baronesa de Juliana Antunes

Una canción

“La Folie” de The Stranglers en Caniba de Lucien Castaing-Taylor y Verena Paravel

Un doble programa

Una forma de acercarse a la historia lusa: No, o la vana gloria de mandar de Manoel de Oliveira y 48 de Susana de Sousa Dias

Un descubrimiento

The Way Steel Was Tempered de Želimir Žilnik

Un reencuentro

Hacía varios años no veía una película de Aki Kaurismäki y nunca había tenido la oportunidad de verlas en el cine así que cuando fui a ver El otro lado de la esperanza la alegría fue inmensa.

Una experiencia en el cine

Cuando fuimos a ver RoboCop de Paul Verhoeven en el festival de Mar del Plata, esperamos más de una hora dentro de la sala el reinicio del DCP. Conversamos con amigos cinéfilos que recomendaban (o no) lo que habían visto esos días mientras compartíamos unas empanadas y cervezas entre las butacas.

Un texto

Elevar el propio pensamiento hasta el nivel del enojo (el enojo provocado por toda la violencia que hay en el mundo, esa violencia a la que nos negamos a estar condenados). Elevar el propio enojo hasta el nivel de una tarea (la tarea de denunciar esa violencia con toda la calma y la inteligencia que sean posibles).

Elevar, por tanto, el propio pensamiento acerca de la imagen hasta el enojo provocado por el tiempo resistido, por el tiempo sufrido por los seres humanos en pos de determinar su propia historia.

Elevar el propio pensamiento hasta el enojo. Elevar el propio enojo hasta el punto de quemarse a uno mismo. Para mejorar, para denunciar serenamente la violencia del mundo.

Fragmentos del artículo «Cómo abrir los ojos», prólogo del libro Desconfiar de las imágenes, de Harun Farocki (Caja Negra Editora, Buenos Aires, 2013).

Un fotograma


Alejandro Cozza (Crítico. Videoclubista. Programador del cineclub Pasión de los fuertes. Esperamos que pronto pueda terminar su película)

Una película

Zama

Una canción

Lugar común pero inevitable: “Bellbottoms” de Jon Spencer Blues Explosion en Baby Driver

Un doble programa

Me llamó poderosamente la atención descubrir este año los fuertes lazos entre la filmografía de Jacques Becker y la de Éric Rohmer

Un descubrimiento  

La pelicula de Manuel de Sebastián Menegaz y Lucas Damino. Un personaje increíble sostenido por dos directores que saben cómo cuidar lo que tienen en mano y cómo filmarlo. ¿El último “pequeño” gran film independiente cordobés?

Un reencuentro (para bien o para mal)

El taxista ful de Jo Sol. Me había gustado mucho en su momento esta película catalana, la desempolvé este año para mostrarla en clases en un secundario y me di cuenta de los grandes detalles de esta bombita anarca y de su poder expansivo. Para tirar en medio de la grieta familiar en navidad.

Una experiencia en el cine

Ninguna particularmente excepcional, pero ver Zama y Baby Driver en sala me hizo creer que aún se podía asistir en tiempo presente a presenciar clásicos inmortales en un multicine. Las experiencias que NO tuve: ver Z, la ciudad perdida de James Gray en igual condición y algunos capítulos al menos de Twin Peaks: The Return: me fascina pero me entristece al mismo tiempo ver a Lynch en la tele.

Un texto

Cuaderno de los sesenta de Jonas Mekas (Caja Negra editora)

Un fotograma

Y todo lo que ocurre en ese plano de Era uma Vez Brasília de Adirley Queirós… La Brasilia de Queirós sintetiza en ese momento el sentir general de más de una ciudad latinoamericana en estos tiempos… ¡El imperio contraataca!


María Laura Pintor (Cineasta. Algas, pico alto de la cinematografía cordobesa)

Una película

A Fábrica de Nada de Pedro Pinho

Una canción

«Walk Away Renée» de The Four Tops (película: Tres anuncios por un crimen de Martin McDonagh)

Un doble programa

A Ultima Vez que Vi Macau de Joao Pedro Rodrigues y Los Corroboradores de Luis Bernárdez

Un descubrimiento

Adventureland de Greg Mottola

Un reencuentro (para bien o para mal)

La telenovela errante de Raúl Ruiz

Una experiencia en el cine

Zama de Lucrecia Martel

Un texto

«El cosmos como cine» de Alexander Kluge

Crítica y ficción de Ricardo Piglia

Un fotograma

Una chica y dos fusiles de Claude Lelouch


Roger Koza (Crítico y programador. No sabemos si a esta encuesta la mandó él o su alter ego Koger)

Una película

Trás-os-Montes, de António Reis y Margadira Cordeiro

Había visto esta obra incalificable en YouTube. Encontrarme con este film de Reis en un cine fue una experiencia de vida y me acompañará por siempre. A su vez confirmé que todavía existen películas populares. Sucede que este aerolito lusitano es la expresión misma de lo popular sin los prejuicios negativos o positivos que suele albergar ese término, cada vez más problemático para todos los que participan de la cultura cinematográfica. Lo popular como tal, y como se ve aquí, excede las categorías académicas de alta y baja cultura; también desmiente la cualidad asociada a la simplicidad, un atributo que puede comportar un desprecio sesgado. Por otra parte, Trás-os-Montes puede ser comprendida y amada por cualquier persona, cinéfila o no; basta que se disponga a sentarse por unas horas, porque el film hará el resto.

Una canción

El tema final de Pajarito Gómez, cuya letra dice: “Estaremos juntitos, en el año 2000”. No creo que este tema musical fomente la prometida unión de los argentinos anunciada en el Congreso de la Nación dos años atrás, pero el grito final que interrumpe el tema antes de que se lea “Fin” representa muy bien todo el sufrimiento y el malestar que se siente en todos los lugares del país. Obra maestra sin igual de Kuhn, que no tiene ningún heredero en el presente. Faltan películas de esta naturaleza: insolentes, divertidas y actuales.

Un doble programa

Baronesa y En el cuarto de Vanda: los materiales son parecidos, las diferencias también, pero las películas de Antunes y Costa están hermanadas por su honestidad y rigor.

Un descubrimiento

A Dragon Arrives! En este film de aventuras y fantasmas, Mani Haghighi introduce inesperadamente un núcleo misterioso y documental que relaciona su relato fantástico con la obra maestra absoluta (y ópera prima) de Ebrahim Golestan, El ladrillo y el espejo. Aún hoy no consigo entender las relaciones que el film sugiere, tanto personales como políticas, con el propio desarrollo narrativo; menos aún puedo entender la apatía generalizada de la audiencia madrileña en la función de clausura de FilMadrid. No tengo duda: los jóvenes programadores de FilMadrid entendían muy bien lo que estaban haciendo, porque pocos festivales en el mundo tienen la energética coherencia que resplandece en su programación.

Un reencuentro (para bien o para mal)

Le cercle rouge. No la había visto nunca en una sala. Perfección absoluta; todo está bien en este film de perdedores en el que se puede constatar el misterio del ritmo en el cine.

Una experiencia en sala de cine

La proyección a sala llena y con la presencia de su protagonista, Esteban Buch, de Juan, como si nada hubiera sucedido en el Festival des 3 Continents de Nantes. Todo el festival fue una experiencia, pero la proyección del film de Carlos Echeverría tuvo una intensidad que aún hoy perdura en mis recuerdos cotidianos.

Un texto

Dos: el notable texto de Sonzini sobre Zama; el lúcido y preciso comentario de Luis Franc sobre Kékszakállú

Se pueden leer aquí.

-http://www.conlosojosabiertos.com/60-columnas-02-siete-veces-zama/

-http://www.hacerselacritica.com/una-noche-en-la-opera-kekszakallu-por-luis-franc/

Un fotograma

El que está al inicio de 24 Frames de Abbas Kiarostami, es decir, un plano fijo de Los cazadores en la nieve de Peter Brueghel. La intervención se la dejamos a él, pues nadie puede hacerlo mejor que el fantasma de Kiarostami, que desde el fuera de campo radical de todo el cine puede estrenar una película en Cannes.


Raúl Camargo (Director de FICValdivia. Fue el enemigo Nº1 de Las Pistas. Ahora es amigo de Sion Sono)

Una película

La telenovela errante, de Raúl Ruiz y Valeria Sarmiento. No sólo por ser el mayor acontecimiento cinéfilo del año, también porque tuve la suerte de estar involucrado en el proceso final del film y sus estrenos en sociedad en Locarno y Valdivia. Por lo mismo no dejo de pensar en esta frase de don Raúl luego de su especial retorno al cine: “Para mí, los fantasmas representan el cuestionamiento de la frontera entre los vivos y los muertos. Los muertos pasan entre los hombres vivos, los vivos penetran en el mundo de los muertos… Y eso es exactamente lo que pasa de alguna manera en el cine”.

Una canción

Los portugueses son espacialistas en lograr momentos musicales de antología en sus films. João Cesar Monteiro, Miguel Gomes, João Pedro Rodrigues y Pedro Costa dan fe de ello. Una fe en lo musical que este año desarrolló de manera magistral el colectivo encabezado por Pedro Pinho en A Fábrica de Nada, la flamante ganadora del Premio del Público en FICValdivia 2017 (tenemos el mejor público del mundo).

Un doble programa

Éste es el romance del Aniceto y la Francisca, de Leonardo Favio (1967) y The Day He Arrives, de Hong Sang-soo (2011), y la imagen de Federico Luppi y Joon-sang Yoo apoyados en el muro dejándome un nudo en la garganta.

Un descubrimiento

Hallelujah the Hills de Adolfas Mekas. Desde hace tiempo que tenía muchísimas ganas de verla y ver cómo filmaba el hermano de Adolfas, el mismo que lo acompañó en su huida de Lituania, el mismo que lo secundó en su labor de articulador del New American Cinema. La película es una comedia deliciosa llena de citas cinéfilas, una obra injustamente ignorada y que por lo mismo debemos resituar.

Un reencuentro

La vida de bohemia de Aki Kaurismäki, la cual vi hace muchos años sin causarme mayor impresión y que luego de volver a verla este 2017 se me hizo total y absolutamente imprescindible.

Una experiencia en sala de cine

Ver, mientras llovía como si se tratase del mismísimo diluvio, I Walked With a Zombie de Tourneur en la mítica Piazza Grande de Locarno, la sala al aire libre más linda del mundo. Con suerte éramos 20 personas en un lugar con capacidad para 8 mil espectadores, y cada cierto tiempo relampagueaba, y juro que uno de dichos relámpagos coincidió en perfecta sincronía con la irrupción del zombie. Inolvidable.

Un texto:

El mail de Sion Sono pidiendo llegar a Valdivia unos días antes del festival para poder conocer mejor la ciudad. Ahí supimos que no sólo era imposible que cancelara, también fue un adelanto del amor de persona que fue en FICValdivia. Sé que esta pregunta se refiere más bien a un texto-ensayo crítico, pero para mí dicho mail fue el texto más importante del 2017.

Un fotograma

Para mí la imagen del año es la estremecedora y entrañable sonrisa de Harry Dean Stanton en Lucky, en una escena que de sólo recordarla se me llenan los ojos de lágrimas. Imposible de olvidar e imposible de reproducir por acá. Ojalá puedan ver la película 🙂


Pablo Conde (Programador del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata IFF, miembro del sitio web Encerrados Afuera y colaborador de la revista Los Inrockuptibles)

Una película:

Brawl In Cell Block 99, de S. Craig Zahler. Policial / película carcelaria / descenso a la locura / canto a la violencia / old school setentoso. Zahler, presidente.

Una canción en una película

Harlem Shuffle de Bob & Earl, en la secuencia de títulos de Baby Driver. Primero, gran idea la de poner temas que no son tan populares como algunos de sus fragmentos, luego sampleados en otras canciones (el mejor ejemplo es este: las trompetas de apertura son también el comienzo de Jump Around, de House of Pain). Segundo, y más importante, la versión original de Harlem Shuffle (popularizada luego por los Stones) no sólo es una gran selección, sino que la escena en la que la incluye Edgar Wright es una maravilla visual: plano secuencia, cámara que sigue a su protagonista y fragmentos (sampleos) de la letra escritos en las paredes, los postes y la vereda, entre otras cosas. Y mientras Baby decide qué llevar, un yeah, yeah, yeah, no hace mal.

Aquí el link:

Un doble programa

Tres avisos para un crimen (Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, Martin McDonagh, 2017) y Un santa no tan santo (Bad Santa, Terry Zwigoff, 2003): porque tratarse mal nunca fue tan disfrutable. Humor negrísimo -de ese que te hace sentir culpable de reirte- a la orden del día.

Un descubrimiento

Les garçons sauvages / The Wild Boys (Bertrand Mandico): Imperdible.

Un reencuentro

TWIN PEAKS. Así, en mayúscula. Volver a formar parte de ese universo (ahora ampliado hasta el mismísimo infinito) fue el mayor placer de 2017. Casi 18 semanas perfectas. Y un capítulo 8 que cambiará vidas. Sí, así de puntual y específico.

Una experiencia en sala de cine

Todas las medianoches del Ambassador 1, en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Público insuperable, nueve experiencias cinematográficas estimulantes.

Un texto

Todo lo escrito por la cuenta de Twitter Twin Peaks Arg https://twitter.com/ArgTwinPeaks y el profundo análisis de la serie, episodio por episodio, del blog El pájaro burlón http://elpajaroburlon.com/tag/twin-peaks/

Un fotograma


Lucrecia Matorozzo (Programadora de del festival Cortópolis)

Una película

Largo y corto

El otro lado de la esperanza de Aki Kaurismäki

Y ahora elogiemos las películas de Nicolás Zukerfeld

Una canción

“Liti liti” de Orchestra Baobab en A Fábrica de Nada

Un doble programa

Le di varias vueltas hasta tratar de encontrar dos películas que dialoguen entre sí y que por lo menos una haya visto este año; como tuve poco éxito, va mi intento con una película y una novela: puedo decir que ver Zama fue toda una experiencia visual y sonora que me acompañó a lo largo de varios días y algo similar me sucedió al leer El entenado de Juan José Saer que leí, por casualidad, a los pocos días de ver Zama. Ambas, película y novela, comparten el cruce entre españoles y aborígenes,  la extrañeza del paisaje y el idioma y el lugar para las preguntas y reflexiones que se hacen los protagonistas y que por reflejo interpelan al espectador/lector.

Un descubrimiento

Baronesa. La película me pareció tan increíble que ya quería ver toda la obra de Juliana Antunes, cortos, largos… La gran sorpresa fue que Baronesa, tan sensible, sólida y conmovedora, fuera la ópera prima de tan joven directora. Espero ansiosa su próxima película.

Un reencuentro

Un rencuentro con el maestro Fernando Birri fue Ata tu arado a una estrella de Carmen Guarini, una de las películas que más disfruté. En un año tan difícil como este para nuestro país, esta película fue una especie de bálsamo.  Un encanto ver a Birri, en un rodaje, haciendo preguntas, escuchando atento a sus interlocutores, compartiendo risas con amigos, sembrando acción y esperanza.

Una experiencia en el cine

Ver y escuchar en el cineclub La Quimera en el marco de la Muestra Cortópolis Nitrato argentino científico. Selección de cortometrajes de divulgación científica restaurados por el Museo del Cine y sonomusicalizados en vivo por Club Sportivo Tritono, dúo integrado por Atilio Sánchez y Federico Disandro. Nunca pensé que la ciencia me iba a proporcionar tremendo goce estético. Los sonidos y la música crearon un particular contrapunto con las imágenes y el uso del silencio en un momento muy preciso fue tan impactante que cuando el programa terminó pensamos y sentimos que una experiencia irrepetible había sucedido.

Un texto

Mejor tres…

“El mono en el remolino” de Selva Almada.

“¿Dios nos ama cuando bailamos? – El cine de Les Blank” por Martín Emilio Campos Revista Cinéfilo

“Verano en Nueva York” por Ramiro Sonzini en Revista Cinéfilo Nº 23

Un fotograma

A Fábrica de Nada de Pedro Pinho


José Fuentes Navarro (Crítico en La vida útil. Cocinero en Cinéfilo. Programa en Pasión de los fuertes)

Una película

The Lost City of Z de James Gray

Es la extrañeza en visitar un mundo que apenas reconocemos, filmado con una tecnología, la analógica, a la que se suele dar por perimida. Asentada sobre una tradición, el Hollywood 70s, de donde toma su estética, pero principalmente esa especie de regusto melancólico que deja. Con un personaje que tiene la habilidad de contagiar sus obsesiones a los demás (y a nosotros), porque Z como todos los cuentos de la selva es la historia de un obsesivo, narrada empero con baja intensidad lo que nos da tiempo para que sea una extraordinaria experiencia visual y sonora pero también cuasi táctil y olfativa. Es el sensualismo elegante de Gray llevado al límite, cine clásico como experiencia radical.

Una canción en una película

“Slippery People” de Talking Heads

Suena cuando la CIA lleva a Tom Cruise a la Casa Blanca en American Made. Una visita al detrás de escena de USA en los 80, corazón ideológico que hace que el personaje y por lo tanto la película de Doug Liman existan.

Un doble programa

The Smiling Lieutenant de Ernst Lubitsch (1931) / The Day After Hong Sang-soo(2017)

Un descubrimiento

1. El cine de Jean Epstein, inventor de formas.
2. La visión de cuatro (de las seis) extraordinarias películas que dirigió Kinuyo Tanaka
3. Las tres temporadas de Rick and Morty, que junto a films como Detention de Joseph Kahn dinamitan las imágenes e ideas pop desde adentro.

Un reencuentro

Reencontrarme con amigos en festivales, con los conocidos de siempre y con los nuevos, el cine es comunidad como bien lo sabía John Ford.

Una experiencia en el cine

Sin duda Body Double de Brian De Palma en el Festival de Mar del Plata, una película cuya maestría hace que paulatinamente te despegues del respaldo.

Un texto

Roger Koza sobre Good Time de los Safdie.

GOOD TIME / GOOD TIME: VIVIR AL LÍMITE

Un fotograma

John Wick: Chapter 2 de Chad Stahelski


Cecilia Kang (Cineasta. Pueden ver Mi último fracaso. Se viene una nueva pronto)

Una película

Zama, de Lucrecia Martel

Una canción en una película

La musiquita pedorra de teclado midi que sonaba como leitmotiv en El día después de Hong Sang-soo. Esa musiquita pedorra, que te quemaba el cerebro. Quise buscar en internet al menos el nombre del tema o algo pero no lo encontré.

Un doble programa (una película vieja y una nueva que se relacionen de alguna manera)

She’s Gotta Have It (1986) de Spike Lee. Vi la película original una noche en Netflix por casualidad y luego amé que no fuera ninguna casualidad, sino que me estaban preparando para la serie que salió hace unos meses por la misma plataforma. También dirigida por Spike Lee, es más easy going, pero me gusta la mirada de este director maravilloso que hace un esfuerzo gigante para correrse de ese lugar tan cómodo, el mundo en el que vivimos, el mundo de los hombres. No trata de ponerse en el lugar de la mujer porque entiende que él no lo es, y eso me llena de gratitud. Saber que hay hombres buenos que entienden lo que es y lo que no.

Un descubrimiento

Mario Levrero y los insta-stories.

Un reencuentro

Hace un mes más o menos unas queridas amigas me guardaron en su casa. Me dieron de comer, me hablaron de tonterías, me escucharon las torturas mentales que tejía, me abrazaron mientras lloraba. Una de las noches de cura a una de ellas se le ocurrió volver a ver Space Jam. Mi otra amiga cocinó riquísimo, nos sentamos en el sillón y pusimos la película en el proyector de la casa. Esas noches tan enternecedoras y ricas que uno no recuerda los detalles porque fue sólo así, muy lindo y acogedor. Una especie de medicina que sí te gusta tomar, como las aspirinetas cuando una era chica. Mientras mirábamos la película y resaltábamos las dificultades que habría tenido Michael Jordan para simplificar todos sus movimientos (ya que la técnica del chroma imagino era una joya aún complicada de pulir en ese entonces) recordaba que esta película la había visto en el cine de Flores, uno grande que estaba en frente del McDonald’s. Creo que ahora es un Musimundo u otra iglesia evangelista. Ése fue el primer cine donde vi las primeras películas de mi vida. Películas que yo decidía ver. Una especie de actividad de grande, la cual no sé por qué yo tenía bastante libertad de hacer. Era cuestión de guardar la plata para el domingo e ir con mi mejor amiga a ver una película y luego comer una hamburguesa. Recuerdo que vimos Space Jam dos veces. Dos domingos consecutivos. Una dicha. La ebullición con la que salíamos, eso recuerdo. Como si ver esas imágenes nos permitiera saltar y volar como Jordan. Esas primeras imágenes conscientes sobre el bien y el mal. Salir y discutir entre las pibas, de qué trataba una cosa y la otra. Me río sola mientras escribo este recuerdo. En fin, creo que este fue un buen reencuentro. Con el amor a la actividad de ver una película. Compartir estas sensaciones primitivas con los amigos queridos. La amistad. El cine lo compartí siempre con amigos. Hace un mes vi Space Jam, y me aburrió mucho, pero agradecí poder haberlo hecho con dos amigas queridas, queridísimas, una noche de viento en una casa envuelta en hojas verdes de árboles altos, en un barrio que no era mío: una casa cura que me transportó a esa cálida sensación de bienestar. Al menos por un instante, o una hora de dibujitos animados.

Una experiencia en sala de cine

Siguiendo mi estado emo, ahí otra anécdota.

Hacía mucho calor y el sol tiraba una luz hasta blanca de tan fuerte que estaba. Estaba yendo a lo de mis viejos porque tenía que contarles que me había separado. Un bajón total. Iba caminando a la parada del bondi y pasé por el cine. Pasaban Paterson de Jim Jarmusch. La pasaban en cuarenta y cinco minutos. Entré y me compré una entrada. Caminé unas cuadras y saqué plata del cajero, pasé por una panadería que recordaba tenía buenos sanguchitos de miga y me compré tres sanguchitos. Pasé por un kiosko y compré un agua y carilinas (porque además estaba engripada). Volví al cine y faltaban veinte minutos todavía. Me senté en el barcito que tienen adelante y me tomé un café con leche. Esperé los veinte minutos junto a la otra única pareja de abuelitos que estaba para la misma película. Todo muy de otra época, o con un tiempo que no recordaba que se podía manejar. Una especie de no-tiempo en el que flotábamos juntos, los abuelitos y yo. Pasados tres minutos de la hora de la función, la boletera nos llamó, nos recortó los tickets y entramos. Teníamos toda la sala para nosotros, los abuelos y yo. Ahora recuerdo que había otra mujer más, que estaba sentada una fila más arriba a la que yo había decidido sentarme. Cuando puedo elegir, me gusta estar en el medio y cerca, que me inunden las imágenes de la pantalla. Pasaron un montón de publicidad, yo comía los sanguchitos muy lentamente porque quería terminarlos viendo efectivamente la película. William Carlos Williams, Jim Jarmusch, Adam Driver… todos hombres bellos. No podía fallar. Quería olvidarme de todo, comer sanguchitos, mirar cosas bellas. No pensar en nada. Por supuesto que nada de eso sucedió. Todo me recordó a vos, a nosotros. A todas las vidas posibles que ahora no van a suceder. Me reía sola muy triste porque me sentía tan identificada con ambos personajes. Pensaba en qué pensaría el otro. Deseaba que la otra persona pudiera ver esa película también. En un momento un personaje hermoso le habla al protagonista sobre empezar una “hoja en blanco”. En esos momentos de tanta empatía, sentís que alguna clase de dios existe. Alguien de más allá te quiere dar una palmadita en el hombro. Algo así. Sucesos sobrenaturales. Aquellos en los que un texto, una imagen, una música te habla sólo a vos. Narcisista y adolescente, lo sé. Pero muy efectivo en esto de vivir. Lloré. Desconsoladamente. Con mucha fuerza. Feliz y tan triste. Pensé en todo. Pensé en mi vida futura. Pensé en mi vida pasada. En la valentía o la cobardía. En las cosas que pasan, porque simplemente son inevitables. Aquellas cosas que se te van de las manos. Lo que pierdo, por más que intente no soltar. Cuando terminó la película y se prendieron las luces, no quería irme de la sala de cine. No quería. No quería abandonar esa especie de consuelo, de lección magistral de las cosas y de las personas. No quería ir a la vida real tampoco, imagino… ¡Qué linda la oscuridad de la sala de cine! Las butacas suaves, ocupadas siempre por los espíritus de tu propio corazón. Obviamente, ese día no fui a la casa de mis viejos.

Un texto

2 poemas. El primero es más inmediato, como de presente, ¿no? El segundo una lectura de cómo quisiera ser cuando sea grande.

Por qué no explico, de Edgar Bayley

Abrir la puerta –

me pregunto

y es una pregunta inmoral

si servirá de algo abrir esa puerta

que da al patio

a la tierra

al viento del mundo

a los pasos de la gente

me pregunto

si servirá de algo escribir

a estas horas de la noche

en el silencio de mi habitación

con la puerta cerrada

sería tan sencillo

me digo

abrir por fin la puerta

y asomarme y mirar

dejando que me lleven

los pasos y la sombras del camino

me pregunto si servirá de algo explicar

por qué no explico

cuando tanta palabra y confidencia

intentaron traducirme

y ponerme al descubierto

si servirá de algo abrir la puerta

me pregunto

y andar por el patio

por el mundo entre la gente

abrir de par en par la puerta

para que todo pueda cumplirse

como la hoja de un cuchillo al extremo de un puente

como la red y el roble que salvan la alegría al final del espectáculo

como el canto de las aguas y el susurro de la siesta

como la playa en sombras y el lecho infinito de los amantes reencontrados

para que todo pueda cumplirse

la luz la noche la inocencia

el nombre que pasa entre las ramas

la puerta se abrirá enteramente

se abrirá por fin la puerta

por si alguno

quiere volver a entrar o salir

o curiosear entre mis cosas

o esperarme mientras vuelvo

y si tardo y no regreso

salir al viento

y olvidarme

 

El huerto, de Mary Oliver

He soñado

con el éxito.

He alimentado

 

la ambición.

He cambiado

noches de sueño

 

por horas de trabajo.

Ah, y he descubierto

cómo el brote suave

 

se convierte en fruta verde

que se convierte en fruta dulce.

Ah, y he descubierto

 

que todos los vientos son fríos

al final

y las hojas

 

tan lindas, tantas,

se evaporan

en el gran

 

envoltorio negro del tiempo

en el gran envoltorio negro

del deseo

 

y que la madurez

de la manzana

es su caída.

Un fotograma

El amor. Total. Más amores fuertes así se necesitan en este mundo cada vez más atroz y estúpido.


Paz Bustamante (Guionista. Colaboró en varias de las películas de Sebastían Lingiardi. La más reciente de ellas, Imagen Mala, se estrenó este año)

Una película

Zama

Me perdí en la película, hubiera disfrutado mucho una proyección de Zama en continuado. Es difícil generar en el espectador esa «atención dispersa”, como si no supieras muy bien de qué va, para mí eso la hace genial, por qué sí hay sentidos complejos. Luego leí algunas críticas y sentí lo dificultoso que les resultaba decir algo puntual, certero. Por ejemplo, se notaba la necesidad de recurrir a otras películas o textos, no para establecer las habituales comparaciones, nexos o genealogías sino para rodearla y hacerla hablar.

Una canción en una película

“Corazón mágico” de Dyango cantada por Lalo, en La Siesta del Tigre de Maximiliano Schonfeld.

Hermoso momento pregnante de holgazanería. Si no es una canción de la biografía real de Lalo, pierdo puntos de intuición.

“Corazón/ Qué le has hecho a mi corazón/ Corazón/ Luna llena/ Canción de Amor”.

Un doble programa

El futuro perfecto, Nele Wohlatz, 2017

Perpetuum Mobile, Nicolás Pereda, 2009.

Las dos películas trabajan la repetición y la diferencia desde la narrativa – producen efectos distintos – pero ponen en cuestión la idea de representación y también del lenguaje como modo de comunicación/incomunicación. (Claramente se podría incluir una obra de Hong sang-soo, otras películas de Pereda, Viola de Matias Piñeiro… no sé si cumplo con la consigna).

Un descubrimiento

Audrius Stonys

https://www.stonys.lt/

Un reencuentro

Fata Morgana, Herzog.

Este año pude escuchar a Herzog de cerca, verlo conversar hasta altas horas con la misma o mayor vitalidad que la juventud que lo rodeaba, ver cómo discutía hasta “ganar”. La seguridad que tiene para pensar el cine es avasallante. Volví a ver muchas de sus películas. En ese contexto, Fata Morgana se convirtió en mi (una de mis) preferida(s) de la vida.

Una experiencia en sala de cine

Hanak Dusam, Obrazy Starého Sveta (Pictures of the Old World) en la sala Glauber Rocha, EICTV.

Todas las noches, durante la semana, en la mítica Glauber Rocha, se proyecta una película. Las conversaciones post película suelen ser muy enriquecedoras, en este caso, la sensación era la de haber vivido un momento de belleza y ocaso. De haber recibido un mensaje de una dimensión paralela y olvidada. De comprender un poco qué puede el documental.

Un texto

“La cifra impar” (Sobre mujeres directoras en el cine argentino). Publicada el 03-10-2017, Por Griselda Soriano y Luciana Calcagno.

Nota necesaria para nosotras que hacemos cine en Argentina y poco conocemos de nuestras filiaciones. Nota señuelo porque abre posibilidades para investigar. Además logró cierta popularidad que no es fácil.

Un fotograma

Los perros de Amundsen, Rafael Ramírez. Cuba, 2017.

Cortometraje híbrido: documental, ficción y found footage. Los pequeños puntos de sentido no determinan el goce de las imágenes, que a su vez logran tocarse como si formaran parte de una constelación más amplia, que los simples mortales no llegamos a comprender. Logra combinar poesía y filosofía sin empalagar. Expresión de lo mejor del Nuevo Cine Cubano. En esa especie de categoría incluyo al director Alejandro Alonso. Sus obras pudieron verse en el último Festival de Cine de Mar del Plata.

Por último, comentar que enero – agosto estuve en Cuba, eso marcó mi lista, hay muchas películas que se estrenaron en Buenos Aires que no alcancé a ver.


Ezequiel Iván Duarte (Crítico. El zapato de Herzog, La cueva de Chauvet)

Queridos amigos Pisteros, Cinéfilos, Útiles (y me recuerdan un libro de Nuccio Ordine que no leí, La utilidad de lo inútil): este año no estuve demasiado pendiente de los estrenos, no fui a festivales y en general no vi tantas películas por lo que mi aporte será muy modesto cuando no nulo en algunas categorías. Aquí vamos.

Una película

Paterson de Jim Jarmusch. La importancia de esta película no ha sido debidamente resaltada. Confieso que me debo al menos una revisión. Propone una forma de relación entre las personas alejada del cinismo y el desprecio imperantes. Es, en cierto sentido, una anti-película. Pero el prefijo negativo resulta engañoso: Paterson no funciona desde la negatividad. Por el contrario, lo hace desde una positividad que ha suscitado sospechas. “Si algo le reprocho es que es demasiado buenita, demasiado linda”, me comentó alguien. El corazón, la bondad, la comunión son vistos con sospecha en un mundo atroz. Es lógico entonces que algunos puedan ver en el largo de Jarmusch un gesto de imperdonable ingenuidad o banalidad o falta de brío, de sangre, de nervio. Pero es esa estética que propone Paterson, desde el rescate de la mirada cotidiana y rutinaria (¿ritual?) de la clase obrera, la que constituye una política desafiante y sin concesiones.

Un doble programa

O Ornitólogo (Joao Pedro Rodrigues) y Sebastiane (Paul Humfress y Derek Jarman). Mi primera idea fue combinar la película de Rodrigues con Rester vertical de Alain Guiraudie, pero la consigna indicaba el diálogo entre una película reciente y una vieja, así que reemplacé el pesadillesco film del director de El desconocido del lago por la ópera prima de Derek Jarman de 1976. El largo de Rodrigues está poblado de referencias cristianas, entre ellas a San Sebastián, una suerte de santo patrono gay. Humfress y Jarman, por su parte, abordan la historia de Sebastián desde un doble nivel homoerótico-religioso: por un lado, con la desnudez permanente de sus protagonistas masculinos y con la homologación de martirio y BDSM; por otro, en la propia tensión entre el deseo y su consecución, con el tema del consentimiento de por medio.

Un descubrimiento

Ésta es difícil. Supongo que podría nombrar el cine de pueblos pequeños y personajes abandonados de Kelly Reichardt, la sencilla contundencia de La noire de… (Ousmane Sembene), a Werner Schroeter o a Los muertos 2 de Manque La Banca, quizás la película argentina del año. Pero me inclino por mencionar una obra maestra de 1913: Ingeborg Holm de Victor Sjöström: una mujer enviuda, pierde su negocio y, debido a la situación precaria en la que cae, el Estado le quita a sus hijos. La economía de recursos esperable en una película de la década del 10 del siglo XX le juega absolutamente a favor, la dota de una pétrea aspereza digna del último Dreyer o de Bresson.

Un texto

Voy a violar la consigna y elegir dos, provenientes del libro Post-Cinema. Theorizing 21st Century Film que pueden descargar de forma gratuita y legal. Ambos pertenecen a una sección bellamente titulada Ecologies of Post-Cinema (Ecologías del post-cine). El primero es de Adrian Ivakhiv y se titula “The Art of Morphogenesis: Cinema in and beyond the Capitalocene” (El arte de la morfogénesis: el cine en y más allá del Capitaloceno). El autor comienza por diferenciar dos sentidos del cine: el que lo define como la grabación foto-realista de la realidad, en crisis por el avance de la tecnología digital respecto de la fotoquímica; y el de arte de la morfogénesis, “la generación de formas nuevas a partir de viejas, reproducidas, reensambladas, recompuestas y reimaginadas”. Es este último sentido el que interesa a Ivakhiv, quien procede a realizar un análisis onto-ecológico del cine que no descuida aspectos como la dependencia de las formas de luz. El otro texto es “Algorithmic Sensibility: Reflections on the Post-Perceptual Image” (Sensibilidad algorítmica: reflexiones acerca de la imagen post-perceptual) de Mark B. N. Hansen, de lectura obligada para todo aquel interesado en los escritos sobre cine de Gilles Deleuze. Hansen desarrolla el carácter inapropiado de la ontología de la imagen-movimiento de Henri Bergson en la que Deleuze basa sus reflexiones y, sobre todo, critica el uso instrumental, superficial, que hace de la faneroscopía peirceana (y su incompatibilidad con la concepción bergsoniana).

Un fotograma

Cuatreros, Albertina Carri.


María Aparicio (Cineasta. Este año esterenó Las calles, que no podemos dejar de recomendar. Ojalá falte poco para la próxima)

Una película

Dawson City: Frozen Time, de Bill Morrison.

Una canción

“I’ll Be Here in the Morning”, de Townes Van Zandt, en el comienzo de Arábia, de Affonso Uchoa y João Dumans.

Un doble programa (vieja y nueva)

Este año, hace apenas unos días, tuve la extraña fortuna de trabajar en la tercera película de Rodrigo Guerrero, que se filmó en Venecia. Mientras estábamos allí, Martincito Campos me manda el link del que se supone es el primer travelling de la historia del cine, filmado por los Lumière desde una góndola en el Gran Canal de Venecia.

Un descubrimiento

En Bafici de este año entré a ver Mister Universo, de Tizza Covi y Rainer Frimmel sin saber nada de ellos, y fue una de las alegrías cinematográficas más bonitas de mi año.

Un reencuentro (para bien o para mal)

El reencuentro con Kaurismäki, con The Other Side of Hope.

Una experiencia en el cine

Otra en Bafici, viendo los cortos animados de Johannes Nyholm. Creo que nunca había llorado de risa en una sala como esta vez.

Un texto

Ésta es difícil. Pero elijo este breve texto de Fer Pujato sobre The Dreamed Ones de Ruth Beckermann:

La correspondencia entre, quizá, los dos más importantes poetas de lengua alemana de posguerra, Ingeborg Bachmann y Paul Celan, plagada de confesiones tardías, trazos de amargura, y celos profesionales, trata sobre un amor imposible -como todo amor que se precie- cercado por la política y la historia; Celan era un judío nacido en Rumania y sus padres murieron en un campo de exterminio mientras que el padre de Bachmann era un austríaco nacionalsocialista. Dentro de la estación radial Funkhaus de Viena la sentida evocación de Beckermann para con esas frágiles criaturas que dejaron esta vida dolorosamente juega con dos espacios dentro del film: la filmación propiamente dicha donde dos jóvenes actores leen las cartas en un registro centrado casi exclusivamente sobre sus figuras y los momentos de pausa en los cuales comienzan a entablar una relación por fuera de lo estrictamente profesional. No sabemos qué es el amor, sólo sabemos que desde la literatura las formas del cine lo han traído desde un tiempo ya ido para depositarlo en otras voces y en otros cuerpos. Tal vez para que continúe siendo imperecedero. Tal vez.

Un fotograma

The Woman Who Left, de Lav Diaz.


Pablo Ceccarelli (Crítico. La Plata. Uno de los directores de la Revista Pulsión)

Una película

Cuatreros de Albertina Carri.

La memoria personal entremezclada con la historia política del país. El diálogo con la propia obra, el paso de los años, el pasado que siempre está refiriendo al presente, la voz que penetra constantemente vomitando de seco en la conciencia del espectador y jugando con las múltiples imágenes y sonidos. Pero, sobre todo, una apuesta hacia el futuro.

Una canción

“Gracias a Dios”, de Palito Ortega, incluida en Cuatreros

Nunca pensé que un tema de Palito Ortega me emocionara al sonar de forma casi épica en la conclusión de este film, retomando su uso en el film colectivo Argentina, mayo de 1969: Los caminos de la liberación

Un doble programa

Los taxis (1970; Ricardo A. Moretti, Diego Eijo, Carlos Vallina, Eduardo Giorello, Silvia Verga, Alfredo Oroz) (1970) / Los muertos 2 (2017; Manque La Banca)

Un medio metraje y un largometraje, ambos platenses, que a pesar de no ser redondos ni perfectos, se destacan y se vinculan en cuanto a la reflexión de la propia obra por parte de sus autores y el contexto de su realización en el marco de la institución universitaria de La Plata. (El colega Álvaro Bretal se encargó de analizar más extendidamente el diálogo entre estas dos películas en el nº 6 de nuestra revista Pulsión)

Un descubrimiento

Me despierta algo de rechazo el término “descubrir”, casi posicionándose como un Colón “descubriendo” algo que en realidad ya existía. Por lo tanto, optaré por dejarlo vacante este punto. (Sepan disculpar).

Un reencuentro

The End of Evangelion (1997; Hideaki Anno y Kazuya Tsurumaki) proyectada en el Cine Municipal Select de La Plata en el ciclo Videodromo.

Más que cambiar mi valoración, ver de nuevo este film en pantalla grande reforzó y potenció diversas sensaciones producidas a lo largo de varios visionados. Muchas versiones cinematográfica de animes terminan siendo meros capítulos extendidos, mientras que The End of Evangelion lo que hace es casi lo inverso: se presenta explícitamente como dos capítulos extendidos, pero éstos son más cinematográficos que cualquiera de sus pares, demostrando que existieron para verse en una pantalla de cine.

Una experiencia en sala de cine

El Auditorio de Mar del Plata aplaudiendo en el festival internacional durante la proyección de A Fábrica de Nada, cuando el personaje del padre le grita a su hijo “Hay que destruir a los gorilas sino los gorilas nos destruirán a nosotros”

Un texto

“Sombras terribles” de Oscar Cuervo, publicado en el blog La Otra: http://tallerlaotra.blogspot.com.ar/2017/02/sombras-terribles.html

Un fotograma

No he podido conseguirlo, pero si me tengo que quedar con un fotograma en el año, sería uno del momento en que Fernando Birri muestra cómo funciona una especie de juguete de una fantasma que cobra vida en Ata tu arado a una estrella de Carmen Guarini. La imagen de una despedida y un hasta siempre de Birri cargado de ternura y alegría ante la muerte.


Valeria Fernández (Cineasta y sonidista. ¿Cuánto falta para el primer largo?)

Una película:

Empate entre Yourself and Yours (Hong Sang-soo) y La vendedora de fósforos (Alejo Moguillansky).

Una canción

Una película que es canción: La vendedora de fósforos (Alejo Moguillansky).

Un descubrimiento

Julian Radlmaier, cortesía de FICIC 2017.

Un reencuentro (para bien)

Con Depardon, me había olvidado de que lo quería mucho.

Una experiencia en el cine:

Una película como experiencia: Ulysses in the Subway (Ken Jacobs, Flo Jacobs, Marc Downie, Paul Kaiser).

Un texto:

«Calibrar el ojo» de Malena Solarz (Revista de Cine, Número 4).

Un fotograma


Agustín Lostra (Codirector/redactor de Revista Pulsión, realizador, estudiante de teatro)

Una película

Muchos hijos, un mono y un castillo (2017) de Gustavo Salmerón, película que vuelve a demostrar que los actores/las actrices que hacen películas suelen tener más para mostrar que varios directorxs dedicadxs exclusivamente al cine.

Una canción

El hip-hop tumberochic de Twin Peaks

Un doble programa

Los inundados (1962) de Fernando Birri y Atenas (2017) de César González.

Dos películas que pueden obrar como retrato de quienes viven en los márgenes del estado ayer, hoy y -confiamos- no por siempre.

Un descubrimiento:

Los muertos 2 (2017) de Manque La Banca: tropipsicodelia sureña, resabios romanticistas, antisistema narrativo; un experimento con mucho aire fresco.

Un rencuentro

Gritos y susurros (1972) de Ingmar Bergman, que tuve el gusto de ver en pantalla grande gracias al ciclo platense Videodromo.

Una experiencia en el cine

Proyectar Cuatreros de Albertina Carri dos veces junto a los ciclos de Fesaalp y Videodromo a sala llena en el cine municipal Select con diálogo posterior con ella y Diego Schipani, el productor.

Un texto

«Aya Huma: poner el pasado por delante y el futuro por detrás» de Ronny Albuja, que abre los textos de la última Pulsión. Una mirada arriesgada/escorpiana sobre la historia eurocentrista hegemónica de los orígenes del cine que pone en relieve las experimentaciones lumínicas andinas.

Un fotograma

Los inundados, Fernando Birri, 1962. Retrato del caretaje solidario y anticonflicto que ayer, hoy y esperemos no siempre banca a este gobierno asesino.


 Juan Redondo (Córdoba. Cinéfilo extremo Nº3)

Una película

El otro lado de la esperanza – Toivon tuolla puolen de Aki Kaurismäki.

Una canción

“Slowly” en Fallen Angel (1945, Otto Preminger). La vimos en una de las últimas funciones del cinéfilo de este año. ¡Es el único tema que hay en la mejor rockola del mundo! (Ésta no es la versión de la peli pero es parecida)

Un doble programa

Vieja: Pat Garrett y Billy the kid – Sam Peckinpah

Nueva: Hell or High Water – David Mackenzie

Un descubrimiento:

Wonders of the Sea 3D (la inconmensurable belleza de la vida marítima).

El foco de Jean Epstein del cinéfilo

Un reencuentro:

Hubo un no-reencuentro, lamentable.

Una experiencia en sala:

Fausto y Amanecer de Murnau musicalizadas en vivo en el Cineclub la Quimera. Y una discusión sobre quién verdaderamente mató a Liberty Valance en The Man Who Shot Liberty Valance de John Ford en la sala del Hugo del Carril viendo y repasando la escena una y otra vez.

Un texto:

Un párrafo de El nombre de la rosa de Umberto Eco.  Tal vez parezca arbitraria la elección pero confío que alguna idea encierra.

– Pero no fue esto lo único que me contó Salvatore. Con palabras truncadas, obligándome a recordar lo poco que sabía de provenzal y de algunos dialectos italianos, me contó la historia de su fuga de la aldea natal, y su vagabundeo por el mundo. Y en su relato reconocí a muchos que ya había conocido o encontrado por el camino, y ahora reconozco a muchos otros que conocí más tarde, de modo que quizá, después de tantos años, le atribuya aventuras y delitos de otros, que conocí antes o después de él, y que ahora en mi mente fatigada se funden en una sola imagen, precisamente por la fuerza de la imaginación, que, combinando el recuerdo del oro con el de la montaña, sabe producir la idea de una montaña de oro.

Un fotograma:

Coeur fidèle (1923, Jean Epstein)


Jesús Rubio (Crítico de La Voz del Interior, programador del Cineclub de la Biblioteca en el Cineclub Municipal Hugo del Carril de Córdoba)

Una película:

Fragmentado (Split, M. Night Shyamalan).

Una canción en una película:

«Hechizo», de Héroes del Silencio, en La posesión de Verónica (Paco Plaza).

Un doble programa:

A quemarropa (John Boorman, 1967) y Atómica (David Leitch, 2017).

Un descubrimiento:

Empathy (Jeffrey Dunn Rovinelli, 2016).

Un reencuentro (para bien):

The Man Who Shot Liberty Valance (John Ford, 1962), en el Cineclub Municipal (Córdoba Capital).

Una experiencia en el cine:

Zama (Lucrecia Martel).

Un texto:

La introducción de Roger Koza a la edición 2017 de La internacional cinéfila.

Un fotograma:

El hermoso plano final de Empathy (Jeffrey Dunn Rovinelli, 2016).


Martín Emilio Campos (Crítico en La vida útil. Trabaja y programa en el Cineclub Hugo del Carril. Tocá en Fonez, banda que deberían escuchar)

Una película

La fábrica de nada, de Pedro Pinho (2017). Podría llamarse «La fábrica de todo»: Lisboa, la micro y macroeconomía, la conciencia de clase, la crisis europea, obreros combativos, intelectuales pasivos, los fusiles de revoluciones pasadas, fábricas tomadas en Argentina, el portugués de Portugal, el portuñol, coreografías musicales, postpunk hardcore de protesta, batallas ganadas, la promesa de un mundo más justo.

Una canción en una película

Este año dejaré por consagrado el ítalo disco y el synth pop con tres elecciones:

– «Ikea Seki» de Kano, en Viejo calavera (Kiro Russo, 2016), la que, si no me equivoco, mi amigo John Campos Gómez eligió en esta encuesta el año pasado.

– «Brokendate» de Com Truise, en los créditos de inicio de Toublanc (Iván Fund, 2017), y cuyo nombre conozco por habérselo robado a Mariano Luque en su elección.

– «Sleep of Scars» de Milan Loewy, en los créditos de cierre de The Impossible Picture (Sandra Wollner, 2016).

Si nos toca vivir de nostalgias, que al menos sea con este bpm.

Un doble programa (vieja y nueva)

Tout va bien, de Jean-Luc Godard (1972) con La fábrica de nada, de Pedro Pinho (2017). Sí, sé que soy obvio. Sí, sé que es fácil. ¿Y qué? Fábricas tomadas: los obreros al poder.

Un descubrimiento

Primero querría destacar el caso de The Impossible Picture, de Sanda Wollner (2016), que venía oculta (al menos para nuestro radar) hasta que llegó a FilMadrid donde nuestro enviado especial Roger Koza la rescató (para nosotros) de un injusto olvido y de paso le dio un premio que de sobra merecía. Con terror pensamos: de cuántas películas estaremos así de lejos, sin causalidades que nos las acerquen. Otra más que se les escapa a los ejecutivos (¿está mal usar esta palabra?) de los grandes festivales europeos. Y van…

Por otra parte, hacia fines del año con Eva Cáceres decidimos darle una segunda parte al ciclo de cine soviético que el año pasado habíamos presentado en el Cineclub Municipal Hugo del Carril en el marco del cineclub Cinéfilo. Los aniversarios (100 años de la gesta de 1917) lo ameritaban. Nos propusimos, quizás con más ahínco que la primera vez, revolver los estantes buscando cosas que no hayamos visto nunca (amparados en los horarios del ciclo que lo acogería esta vez, el Etiqueta Negra). Así pude llegar a grandes momentos como los tractores filmados como tanques de guerra en Tractoristas, de Ivan Pyriev (1939) (una película muy feminista, dicho sea de paso; y, en general, qué roles magníficos tienen las mujeres en las películas soviéticas), cuadrillas enormes de aviones surcando el cielo en una estética coreografía combativa y visiones retrofuturistas de la Luna y Marte. Pero lo más llamativo que encontré fueron las películas de Leonid Gaidai, aparentemente el tipo más convocante de la historia del cine soviético. Sus comedias me hicieron recordar injustamente (para Gaidai) algunas comedias argentinas muy superficiales de los 80 y 90. Pero quizás ahí era donde residía parte de mi fascinación: poder distinguir en cada plano lo trivial de la vida cotidiana en la Unión Soviética de los 60 y los 70; las novedades que había, para nuestra concepción social, en aquellos momentos presentados sin mucho trabajo justamente por ser demasiado corriente para ellos. De todos modos Gaidai demuestra un tacto a la altura de los grandes (tampoco el Olimpo, seamos buenos) para el ritmo y el gag, algo que quizás mejor se exprese en «Operación Y» y otras aventuras de Shurik (1965), un slapstick formado por tres episodios independientes. Resulta raro hablar de descubrimiento de películas que han rozado los 80 millones de espectadores (hasta hay universidades en Rusia con estatuas de Shurik); es otro dato más acerca de lo poco que conocemos de aquella vasta y siempre sorprendente tradición cinematográfica.

Un reencuentro (para bien o para mal)

Ha sido un año de pocos reencuentros, para ser sinceros. Espero que a nadie más le interese, pero podría decir que volví a encontrarme, más de un lustro después, con la serie Arrested Development. Sin animarme aún a ver la última temporada (es algo que me suele suceder, de Seinfeld a Hercules Poirot, de no querer cerrar mis historias), para agarrar valor empecé a retomar esos capítulos que devoraba sin cesar cuando los pasaban continuamente por ISat. Créanme, y lo digo con alivio, aún están intactos.

A nivel cinematográfico, un reencuentro a medias. No voy a decir que RoboCop era un referente de mi infancia ni mucho menos, pero sí le he dedicado algunas horas de visionado. La volví a ver en una función bastante accidentada en Mar del Plata. Evidentemente la versión que nos tocaba ver de chicos estaba cortada con soda, porque hay imágenes fuertes que no recuerdo en la más mínima medida, ni siquiera como potencial trauma. Pero qué placer extraño es poder actualizar (¿políticamente?) nuestras ideas inocentes de niños… Sin dejar de disfrutar como uno, claro está.

Una experiencia en sala de cine

Con los amigos cinéfilos de Córdoba decidimos pasar algunas noches de verano comiendo asado y viendo películas proyectadas en una pared del patio del prócer Alejandro Cozza. Entre carne, humo, alguna que otra verdura y bien provistos de bebidas (hoy por hoy el trago de cabecera es «la burnetera», un gin tonic armado con gin marca Burnett’s) empezamos el 2017 con obras tales como Hell or High Water, de David Mackenzie (2016) o Designing Women, de Vincente Minnelli (1957). La temporada de este verano ya se abrió con un título que nos dejó sabor a poco, pero enero es largo y prometemos afilar la puntería. Obviamente están todos invitados (tenemos requisitos mínimos de admisión). Amistad, carne, vino/burnetera y cine. Nos conformamos con poco.

Pero uno siempre apuesta a que las experiencias ocurran dentro de las salas de cine, esas cuevas oscuras, confortables, donde la películas realmente se aprecian en toda su dimensión (si sale todo bien…). Y mi mejor recuerdo del año en esta categoría (bueno, para ser sinceros la sala del Teatro El Alma Encantada es un lugar particular) es la función de Over the Edge, de Jonathan Kaplan (1979) en las «trasnoches de superacción» del festival de cine de Cosquín. Ya nos habíamos deleitado la noche anterior con Matinee, de Joe Dante (1993), y el suceso ya prometía ser memorable. Pero esta vez quedé sinceramente impactado. En ese momento sentí (aún me dura la sensación, he necesitado volver a visitarla varias veces) que era la película más necesaria de la historia. Que había que proyectarla todos los meses en todas las salas del país. Usarla de ejemplo para revolver los avisperos de todas las escuelas de cine. Era LA película que el cine de Córdoba (con esta policía…) aún necesita. Pocas veces he visto una película tan arriesgada a nivel político, y sin perder nunca el amor por esos niños de una generación olvidada por el resto del mundo, desobediente, indomable, sensible y subversiva. Es una película divertídisima y conmovedora y con la que dan ganas de salir a pelearse con todo lo que está mal en el mundo. Poder compartirla con tantos amigos, en un festival tan encantador como el de Cosquín, con una cantidad increíble de invitados queridos, fue irrepetible. Incluso antes de empezar la función ya había una sensación general de algarabía (probablemente la cerveza tirada artesanal de cortesía haya tenido algo que ver). Recuerdo un motoquero (que, sin entender muy bien de qué se trataba, andaba preguntando qué hacía tanta gente en la vereda) aplaudiendo a rabiar los primeros acordes del rock con el que empezaba de la película. Estábamos contentos por lo que íbamos a ver. A la salida ninguno era el mismo.

Un texto

Es una fija en mis votaciones de fin de año. Lo repito una vez más: crítico de excelencia en nuestro país mundano, Roger Koza desde Cannes está en estado de gracia. Su recorrido por el festival es preciso, actual, corrosivo cuando corresponde; y en cada idea se puede aprender una lección. Y es admirable, incluso, que lo logre en medio del ritmo frenético que se autoimpone para cubrir el evento.

Si el año pasado su análisis global estuvo centrado en una crítica al cine que presuponemos progresista, en el 2017 fue mordaz contra la crueldad imperante en las películas que el otrora prestigioso festival formador de agenda elige como editorial. En su nota de cierre (titulada «La Internacional de la crueldad» y que pueden visitar aquí: http://www.conlosojosabiertos.com/festival-cannes-2017-14-la-internacional-la-crueldad/), afirma: «En el cine se puede representar absolutamente todo, incluso aquello a lo que alguna vez se le adjudicó un carácter de irrepresentable por su intensidad traumática, aquello supuestamente inabordable para cualquier orden simbólico. El día en que el cine dejó evidencia de una pala mecánica que arrastraba cadáveres se traspasó todo límite representacional. La cuestión pasará siempre por pensar el código de representación elegido y sus funciones». Sigue, ejemplificando con fragmentos de cada película de la competencia.

Imprimí la cobertura. Aún la tengo, subrayada a medias, en la mesa de luz.

Un fotograma

El programa de Pinho, desde Portugal, tiene una actualidad en estas coordenadas que pasma. Rogamos que en 2018 se concrete.


Lautaro García Candela (Editor de La vida útil. Se viene el estreno de su primera película)

Una película

No es la mejor película del año ni por asomo y su importancia es bastante exigua, pero elijo Lady Bird (2017, Greta Gerwig). Podría intercambiarla sin ningún problema con El futuro perfecto (2016, Nele Wohlatz) que vi este año en la Sala Lugones (O con Baby Driver, o con Spiderman: Homecoming). Son pequeñas fábulas de iniciación en las que la edad de sus protagonistas no son la excusa para hacerse el desentendido con el contexto, sino más bien lo contrario: miden los alcances de una época en una persona que todavía no está del todo desarrollada. Sus protagonistas están en esa etapa en la que no hay nada muy definido y todavía no saben a qué distancia del otro empieza uno, como decía Daney. Y cuando empiezan a darse cuenta, cuando amplían su lenguaje y sus capacidades, lo hacen también expandiendo su forma cinematográfica. Los finales de ambas películas traen aparejados aprendizajes (de manejar un auto o de un tiempo verbal) que hace estallar la organización de los planos, la supuesta equidistancia con que se venían manejando y se entregan de manera total a la celebración del conocimiento como forma de aprehender el mundo. Y que no suene demasiado solemne: son comedias nada finas, les dan a sus personajes el privilegio de la maldad, sin miedo a la incorrección política.

Una canción

Tengo que admitir que hice trampa y pude ver que nadie en toda la Encuesta había elegido la canción que cantan Adam Sandler y Grace Van Patten (revelación total) en The Meyerowitz Stories (2017, Noah Baumbach). Me pareció que había que hacerle justicia.

Mención especial al show de los hijos de Rosario Bléfari (Laila Maltz y Camilo Castiglione) en Adiós entusiasmo (2017, Vladimir Durán).

Un doble programa

A Jean-Luc Godard le gustaba mucho el musical, incluso decía que como género era “la idealización del cine”. A The Pajama Game (1956, Stanley Donen y George Abbott) la describió como el primer musical de izquierda. Una delegada sindical (Doris Day) y el supervisor de una fábrica de pijamas tienen un amorío aunque la clara diferencia de roles sociales los separe. Ante el reclamo de un aumento salarial (siete centavos y medio), quedan en veredas opuestas. Después de varias vueltas y canciones, descubren un manejo turbio del dueño de la fábrica y gracias a eso se ponen de acuerdo para finalmente tenerlo. The Pajama Game no es una gran película pero se ofrece al mundo con sus contradicciones: hecha desde el centro del poder mundial, tampoco puede ser radical en su representación de la lucha de clases.

Me pregunto si por un momento quienes escribieron y filmaron A Fábrica de Nada (2017, Pedro Pinho) estaban pensando en Godard cuando uno de los obreros le recrimina al director argentino que quiere hacer un musical sobre su lucha para recuperar una fábrica. Le dice exactamente: estás haciendo películas para tus amigos los franceses. Supongo que habrá sido linda la época en la que las películas no eran tan autoconscientes ni tenían tan controladas sus contradicciones.

Un descubrimiento

Ado Arrieta fue una especie de ángel pícaro que aparecía en las funciones del Festival de Mar del Plata caminando en un paso lento, casi tan lento como su dicción. Cada frase sucedía a otra con una extraña concatenación, más proveniente de la imaginación que de la lógica. Sus películas, parecidas a su manera de hablar, espantaron a los jubilados de siempre y a algunos despistados. Pero Flammes (1975, Ado Arrieta), dejó a todos adentro. Hay una chica mimada por su padre, ambos viven en un castillo atemporal, y ella desarrolla desde muy temprano una lasciva fascinación con los bomberos -Arrieta advierte: no interpreten desde el psicoanálisis-. Es una película de disfraces y pulsiones. Todos los personajes tienen ambas. Intercalan y amontonan.

La fachada aristocrática y los modales en esa mansión de clase alta son los que pervierten cada movimiento. Flammes se desentiende de cualquier actitud de los personajes: los mira con cariño y recelo. Lo que pase puertas para adentro de sus habitaciones no es cosa suya. Ahí es que puede verse lo clásico de su forma y su recorte: es una película que podría pasar sin problemas el código Hays, que trabaja por alusiones y silencios. Va homenajeando y parodiando en partes iguales a ese cine clásico estadounidense, que tantos problemas tenía en mostrar las perversiones, mientras a sus personajes los va enfermando cada vez, aún cuando siguen siendo totalmente amorosos. El final es un maravilloso plano sostenido en el que los protagonistas, sin importar sus diferencias sociales o de edad, ni siquiera algún eventual problema, se van en un avión de plástico, totalmente de juguete, artificial, que funciona como la síntesis y la cifra de una obra maestra.

Un reencuentro

Bajo el sol de Satán (1987, Maurice Pialat). Ver un milagro como el que pone en escena Maurice Pialat en la pantalla de una notebook es un despropósito. Al verla en el cine, en 35 mm, todo tuvo sentido.  Y después pudimos ver Van Gogh en la Sala Lugones: otra experiencia increíble.

Una experiencia

Ver por primera vez una película de James Benning en sala de cine: measuring change (2017, James Benning). Entre la abstracción y el realismo; el arte conceptual y una manera muy antigua de hacer las cosas.

Un texto

La crítica argentina (de la que esta página forma parte) no estuvo a la altura de las circunstancias. El mundo se configura cada vez más peligroso y difícil de entender: nuestra tarea es adentrarnos en ella con las películas (con su forma cinematográfica) como herramientas. No ha sucedido. Pero para no dejar vacante la categoría y dejar algo para leer, recomiendo Punctuum, de Martín Gambarotta. Se puede leer acá. Este año me interesé por la poesía argentina de los 90 y noté que algunos de los que pertenecieron a esa generación forzaron el lenguaje propio para devolverle a la poesía su costado más vital sin volverse costumbrista ni negar la dimensión política del espacio íntimo y el espacio público. Deberíamos leerlos más atentamente.

Un fotograma

No es estrictamente cine. Pero un procedimiento que le pertenece al cine, el montaje, junta dos imágenes aparentemente irreconciliables y muestran un accionar estatal que de otra manera hubiera permanecido escondido. Fue un año difícil.


Lucas Granero (Editor de La vida útil. Actor ocasional)

Una película

Sí, podría haber elegido cualquiera de las tres películas de Hong Sang-soo que vimos este año (en orden de visionado: On the Beach Alone at Night, The Day After y Claire’s Camera) o tal vez The Other Side of Hope, que probablemente sea la última película de Aki Kaurismäki si es que se decide por el retiro (esperemos que no) e incluso lo que tal vez haya sido el verdadero acontecimiento del año, es decir, el estreno de una nueva película de Lucrecia Martel. Pero no. Este año debe terminar con una nota que vaya en sincronía con la sinfonía de amarguras y derrotas que escuchamos hasta el hartazgo durante todo este año. Good Time, de los hermanos Safdie, es para mi una película en perfecta sintonía con su tiempo. ¿Cuántos están filmando películas como ésta? Está bien, pueden reclamarle que a veces la perilla de la sordidez se les sube demasiado, pero lo importante es que jamás se ponen por encima de sus personajes y con eso les alcanza para salir indemnes de la pesada condena del correctismo político que cada vez más y más parece dar por tierra las mejores intenciones. Algunos dirán que esa misma canción la tocan mejor los hermanos de Hell and High Water, pero a la sequía (en todo sentido) de la película de Mackenzie le pongo en frente la velocidad en clave rave de los Safdie y salgo ganando. Luces fuertes, un ritmo que va a 130 bpms, un lazo de hermanos indestructible y sobre todo eso la idea fija de que hay que irse de ahí, no importa dónde, sólo hay que salir, moverse, escapar. Un día en la vida en el planeta Tierra, año 2017.

Una canción

Las que se cantan y bailan y gritan en La bouche y Cilaos, diptico explosivo de Camilo Restrepo. Y también ésta de canción de Zombies que se escucha en Aliens, de Luis López Carrasco.

Un doble programa

Operai, contadini (Straub/Huillet, 2001) y Farpoes, Baldios (Marta Mateus, 2017)

La memoria de un pueblo, representada por sus discípulos.

Un descubrimiento

Van varios. Las películas de Julian Radlamaier que vimos en el Festival de Cosquín, history lessons como las de Straub & Huillet pero filmadas por Bugs Bunny. Las animaciones de Len Lye y Lewis Klahr, liechtensteins alucinados. Las cinco horas en las que acompañamos a las protagonistas de Happy Hour de Ryusuke Hamaguchi. Todo lo filmado por Zelimir Zilnik que vimos en Mar del Plata.

Un reencuentro

Del 21 de mayo al 3 de septiembre no hice otra cosa que pensar en Twin Peaks. Todavía, de vez en cuando, tengo mis momentos en los que vuelvo a ver ciertas escenas de la serie, tratando acaso de develar lo que fue imposible durante los meses que estuvimos mirándola en vilo, esperando ansiosamente la llegada de cada domingo en el que un nuevo episodio aparecía. La sorpresa fue siempre constante y nunca nos defraudó. La disección obsesiva de cada episodio que hicimos con un grupo de amigos vía WhatsApp (detalles, teorías, datos que pasaron desapercibidos) fue clave para que la experiencia se tornara aún más intensa y sobre todo divertida, claro. Cuando sentíamos que teníamos todo entendido, llegaba algo como el octavo episodio que nos hacía desarmar cualquier tipo de lógica hallada y nos instaba a empezar de nuevo. No hubo evento cinematográfico (yo diría directamente visual) que haya estado siquiera cerca de lo que Frost y Lynch consiguieron aquí. Cada escena de Twin Peaks: The Return traía consigo el nacimiento de un nuevo secreto, un enigma que nos hacía mirar siempre más de cerca, a veces para no encontrar nada y otras para verlo todo. Eso: como ver el interior de una caja de vidrio vacía.

Una experiencia

La experiencia del año es haber visto dos películas casi desconocidas de dos viejos amigos como lo son Rainer Werner Fassbinder y Jean-Luc Godard. Eight Hours Don’t Make a Day (1976) y Grandeur et decadence d’un petit commerce de cinéma (1986), vistas en la Sala Lugones y en el Festival de Mar del Plata respectivamente. Si le sumamos la retrospectiva de Antonio Reis y Margarida Cordeiro en BAFICI, queda claro que el verdadero valor de estos espacios de exhibición queda claro cuando estos tipos de acontecimientos suceden. ¡Qué vengan más!

Un texto

“Calibrar el ojo”, escrito por Malena Solarz para Revista de Cine, Nº4. Tcherkassky, Ford y Ozu y Antonioni unidos por la línea de horizonte. La historia del cine tiene más lazos de los que podemos pensar y textos como éstos vienen a descubrirlos con asombrosa lucidez.

Un fotograma

Grandeur et decadence d’un petit commerce de cinéma (Jean-Luc Godard, 1986)


 

 

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Ya en vísperas navideñas (y bien podrían tomar esto como un regalo), les presentamos con mucha alegría la primera entrega de El viento sabe que vuelvo casa, una nueva columna escrita por Lucía Salas. Flamante habitante de Los Ángeles, aprovechara este espacio para contarnos de sus aventuras cinéfilas en la ciudad de Thom Andersen y La La Land. En esta primera parte, se va de visita un a festival local y se encuentra con los amigos de siempre: Hong, Cote, Bozon y demás.

Por Lucía Salas

Queridos,

La nueva revista coincide con nuestro cambio de ciudad: les escribo desde Los Ángeles, mezcla de desierto y playa, donde queda Calarts, mi actual lugar de trabajo y estudio por los próximos dos años. Esta columna quedó un poco desactualizada, porque es sobre algo que pasó a principios/mediados de noviembre, unos días que parecen haber sido hace mil años, en los que no tenía tantas ganas de volver y ayudarlos a prender fuego todo. En fin, prometo ir actualizando más seguido.

En este caso, muy lejos de mis predicciones, el primer festival fuera del Mercosur al que vine a caer fue el festival del American Film Institute, en calidad de público general. Esta ciudad tiene un tamaño ridículo, unos 100 kilómetros de largo y casi 13 millones de habitantes, pero el AFI está bastante concentrado en la ínfima zona de la ciudad que tiene subte, en Hollywood y Hollywood Hills. La sede central del festival es el infierno: Hollywood y Highland, quizás la esquina con más transito de autos y humanos (casi el único lugar donde uno puede ver más de cinco personas caminando en una misma calle). El cine principal es el Chinese Theater, un complejo que incluye el viejo Graumann y un multisalas chiquito de 6 salas. Pegado a eso está el Dolby Theater, donde se hacen los Oscars y todos los eventos fantasmales similares, y entre todo eso hay una especie de shopping abierto decorado con elefantes gigantes de cemento. O sea, es el corazón de todo lo que tiene que ver con el espectáculo en la ciudad. La calle sobre la que está todo esto es Hollywood Boulevard, donde durante kilómetros y kilómetros están las estrellitas con nombres de personas en orden bastante aleatorio, que al principio es un poco emocionante de ver (hay nombres en las calles paralelas como Walter Brennan o Dorothy Arzner), pero no son más que unas estampas en pedazos de piso que hacen que la gente caminen mirando al suelo y chocándose unas con otras. A dos cuadras está la sede central de la American Cinematheque (el Egyptian Theater), sede ocasional del festival. Si uno no se aviva a elegir bien sus veredas, entre ambos cines hay un templo de Cienciología en el que siempre un personaje de traje de dos piezas va a intentar entablar una conversación a la fuerza, probando distintos idiomas según la cara que te ve. Nosotros hasta ahora solo conseguimos inglés y castellano.

La primera vez que fui al festival, que fue un sábado, pasamos por la calle tres veces (saliendo del subte hacia el cine, entre películas y para volver a casa). La primera estuvimos varados en la calle por un grupo de motoqueros barbudos cristianos, una especie de pastores híper masculinizados que gritaban de una plataforma para que la gente se aleje del pecado (mujeres incluidas dentro de la categoría). La segunda vez que salimos nos encontramos con una marcha anti-Trump (la más grande que vimos hasta ahora) que se mezclaba con los coreanos católicos que venían de otra esquina (en este caso no era claro de qué lado estaban los coreanos, pero hace poco en Koreatown vimos cómo desde esquinas opuestas se armaban marchas pro y contra la guerra a Corea del Norte). La marcha era mediana, con unos camiones al frente con micrófonos y gente ya bastante descomprimida atrás. La tercera eran unos Hare Krishna gritando y tocando la pandereta en la esquina en la que se puede cruzar en cuadrado y en diagonal, lo que forma un dibujo de gente en infinitas direcciones, ocupando momentáneamente un cuadrado de calle sin autos. Mi parte favorita de Hollywood.

El AFI fest es gratis, lo único que hay que hacer es reservar entradas por internet, llegar una hora antes de la función y ver si conseguís unos numeritos que reparten en la fila que quizás te autoricen a ingresar a la sala, dependiendo de cuántos invitados de prioridad hay en una fila que se hace adentro. Si pasás, hay una fila más en la puerta de la sala que se arma atrás del tipo de seguridad que revisa uno por uno los bolsos. Atrás de ese tipo hay otro que te recibe el papelito de la fila y te escanea la entrada de internet. Como no nos queríamos perder el doble programa de Hong que había ese sábado (Claire’s Camera y The Day After), nos colamos.

Una serie de eventos que llevan a quitarle el trabajo a una chica podría ser el subtítulo de este combinado. Dos películas en las que se van descubriendo de a poco y en desorden las pistas que llevan a que a una chica (Kim Min-hee en ambas) le quiten su trabajo una o varias personas irresponsables, egoístas y desastrosas. Desprolijidad y precarización absolutas. En Claire’s Camera ella será la detective de su desgracia, mientras que en The Day After va a ser el pasaje del personaje de un espacio a otro lo que convoque una alteración en el tiempo. Las dos películas son tremendamente tristes, y serían mucho más fáciles si Hong fuese un misántropo y creyera que el mundo es algo indigno de existir. Pero es la mezcla entre miseria y resistencia lo que termina destrozando el corazón. Además Hong está más parecido al joven Hong, ese que hacía películas en las que alguien intentaba lavar en una bañera una sábana repleta de sangre. Claire’s Camera tiene su tono ligero, lo cual la hace secretamente más amarga, y su disección del tiempo es mucho más sobrenatural, cambiando el orden de los hechos constantemente para verlos mejor. Lo más terrible es la certeza de que la única forma de entender un error y redimirse es volver a verlo todo de nuevo, de a pedazos y en repetición, cosa que sólo se puede hacer en las películas. Al resto le queda simplemente hacerse cargo. El momento más iluminado de ambas es el principio de The Day After. El protagonista y su esposa están sentados en la mesa de la cocina muy temprano a la mañana (4:30 hs.). El come un ¿desayuno? lleno de platitos, ella lo mira comer lo que le cocinó e intenta conversar. Le dice que lo ve más flaco y mejor, y finalmente le pregunta si está saliendo con alguien. El plano Hong los pone a cada uno de un lado de la mesa (enfrentados entre ellos y de costado a la cámara) con la altura justa para ver toda la comida. Como siempre, la ausencia de corte hace imposible ver cómo ven los personajes, pero sí lo que ven (porque ninguno mira fuera de cuadro nunca). Ya no se cuantas veces vi este plano Hong, pero de repente una cosa obvia aparece: esto que estoy viendo es inaccesible a los personajes. La forma en que el hombre evita la mirada de su mujer hasta el momento en que le parece estratégico mirar fijo, las formas en las que ella evita mirarlo directamente para no ser rechazada, midiendo su insistencia. Esta es otra forma de mirarlo todo, pero más despacio. La imagen (ausente) de los platitos en los que el hombre clava la vista constantemente, ¿es en este caso material o imaginaria? ¿O es las dos cosas?¿O directamente no existe? De repente no es solamente una cosa del tiempo, como venía pensando hace varias películas, sino del cruce que el tiempo hace con el espacio y cómo eso conforma un evento (el orden de lo que aparece, el tiempo que lleva en suceder, el espacio que ocupa y el clima que hay). Quizás por eso The Day After termine con nieve: porque el tiempo que tarda en tocar el suelo es más errático y desplegado que el de la lluvia.

La variación del plano de la conversación es la del plano y contraplano construido con zooms y paneos. En la escena en la que la futura desempleada despliega su creencia, como un regalo para el interlocutor equivocado, por momentos sólo la vemos a ella y podemos olvidar que ese pusilánime está en frente. Sacarlo del plano es también una forma de piedad. Cuando se vuelvan a encontrar solos y él olvide quién era ella, esa piedad va a tardar lo justo en llegar: casi no va a llegar nunca. El regalo de su monólogo, cuando sólo ella está en plano, es para afuera de la pantalla. Su riesgo está en afirmar que es posible creer en algo, sabiendo que tiene porciones sórdidas. Quizás por eso en las dos películas no hay duplicaciones temporales, ni especulaciones, sino deconstrucciones de eventos. El mundo está demasiado cerca como para reversionar, y en estas dos está mucho más cerca que de costumbre: la violencia que sufre la chica en ambas películas sale de la certeza de otros personajes en creer que hay una jerarquía entre la vida propia y las ajenas.

Al otro día volvimos para ver Ta peau si lisse, una película que es una especie de calco físico de su director, Denis Côtè. Hace poco vi un video en el Facebook de Roger Koza de una entrevista a Côtè después de una proyección de la película en Hamburgo, en la que hablaba del consenso. Lo que él decía es que como ya tiene varias películas encima y es conocido en Canadá, la mayoría de la gente probablemente diría que sí a una propuesta suya de filmar algo. Eso le da una responsabilidad doble, la de ser consciente de sí mismo y de los otros. Côtè lo resuelve haciendo una película que no cree en redenciones, en el sentido de no obligar a sus personajes a justificar con peculiaridades estrafalarias su propia humanidad. Hace su trabajo, filma a un grupo de fisicoculturistas en lo fascinante de las formas que ellos cultivan (esos músculos sobredimensionados, llenos de venas y aceites que vistos desde la primera fila del cine parecían desintegrarse contra nuestras caras). A los músculos los iluminan distintas luces mientras despliegan sus técnicas de flexión y postura. Sus fisicoculturistas son artistas de espectáculo y Côtè va a buscar qué es lo que forma el arte de cada uno. Dos cosas son fundamentales: cómo está formado su entorno familiar (tanto las personas como el espacio que comparten) y cuáles son sus otras formas de ganar dinero para vivir. En la última secuencia va a aparece un tercer pilar de la carrera de todos: la camaradería con los otros, la referencia estética que cada uno imprime sobre el otro, los consejos y técnicas intercambiados. Lo que los reúne es una vida dedicada a un particular cuidado del cuerpo propio y de los otros. Lo que construye Côtè entre todos sus personajes también es una masculinidad nueva, que no tiene rasgos definitivos ni preexistentes -ni siquiera volúmenes y pesos-, pero que es extrañamente colectiva y familiar. El último plano de la película la cristaliza (como la nieve de Hong en el taxi) y abre al mundo una serie de posibilidades de bellas existencias entre y con los hombres. El ideal de que la belleza no tiene forma. Fue muy tranquilizador ver eso a pocos días del caudal de denuncias contra Weinstein y muchos otros en esta industria que, como varias, muchas veces se basa en que los otros y sus cuerpos (las mujeres por sobre todo) no valen una mierda.

Después de eso corrimos a la fila de Bozon rogando que quedaran papelitos. No sólo llegamos, sino que Bozon estaba ahí presentando la película, visiblemente entusiasmado de estar en Hollywood y tirando referencias clásicas cada cinco segundos. Cuando terminó la película y vino la directora del festival a dirigir el Q&A, Bozon dijo algo así como que lo que él buscaba era una transformación como la que se daba en la mayoría de las películas clásicas. El ejemplo que dio fue Donovan’s Reef de John Ford, que comienza como una película de machos y peleas y termina con todos a las lágrimas y abrazos. Las referencias a la película no eran solamente verbales, sino que en medio de esa velocidad sobrehumana con la que habla se puso a hacer la mímica de las escenas de pelea tirando golpes al aire que casi le llegan a la cara de la entrevistadora. Después de eso hizo referencia a Brisseau y la forma que tiene de pensar las escenas de educación y escuela, tratando de que la clase sea verdaderamente una clase y no unas generalidades con gusto a epifanía. Esa misma semana había salido la petición para restituir el ciclo de Brisseau en la Cinémathèque Français, y Bozon aprovechó para decir que sus películas son muy hermosas, y mientras la entrevistadora intentaba cambiar de tema incómoda, Bozon tiró el mejor chiste del festival: lo de Brisseau era abuso a la manera francesa, no a la americana, porque le gustaba mirar y no tocar.

Lo cierto es que Madame Hyde es una especie de hermanastra de Deux Rémi, deux, una prima hermana de La belle dormant que enseguida se transforma en De ruido y de furia de Brisseau. Por momentos hasta da la sensación de que Huppert está actuando de Pascal Cervo, ocupando espacios con incomodidad y moviéndose a pie. El elemento Brisseau va más allá de la violencia en el suburbio francés, lleno de complejos habitacionales y escuelas con extremo abandono estatal, y alcanza ese brillo de muerte que tienen sus hadas, que en dos segundos se transforman en demonios. Madame Yequil se transforma en una parca luminosa que quema todo lo que toca, como si ese fuera el precio a pagar por mantenerse cerca de la alquimia. Los ojos se le vacían, se vuelve aterradora y todo su cuerpo coquetea con el peligro. Que ese impulso de muerte sea el que hace que se gane la admiración de sus alumnos es aterrador, y es también el que acorta las distancias con los otros personajes, hasta los más pusilánimes. Parece que ése es el cambio de tono que Bozon elige: de una mágica aventura a una maldición furiosa que vuelve todo más visible.

Moverse desde Calarts hasta cualquier otro lado a una hora específica es una especie de hazaña. La facultad queda en Santa Clarita -un suburbio metido hacia el desierto- donde el transporte público hacia afuera es paupérrimo (nulo de noche) y el 90% de la gente se mueve en auto aunque viva a pocas cuadras. Pero el lunes teníamos entradas para Bodied de Joseph Kahn así que llegamos. Imagínense los yanquis, la fila llegaba hasta otro planeta y el colorado director que presentaba no paraba de gritar. Primera fila en una película que filma batallas de rap rapidísimas en constantes subjetivas puede ser un poco confuso. A una hora de volver de clases, una película que hace volar en 4000 pedazos la corrección política de los campus, derrumbando cualquier consideración de lo preexistente que no esté ligada a lo particular y a la poesía que cada personaje desarrolla con su rima. También es una especie de Baby Driver al revés, un personaje que tiene una vida asegurada, un camino ligado al conocimiento y un entorno (amigos, pareja, familia) y que una entrada triunfal a un mundo extraño cae sobre todo lo otro como un ácido que lo derrite para reinventarle reglas. Los gritones de AFI tienen razón en repetir por vez 500 que Joseph Kahn sabe muy bien que existe internet, la relación tiempo/evento que tiene Bodied es completamente tridimensional. Tiene una velocidad variable y compleja, que se nutre de conflictos que salen del encuentro de personajes de clases diferentes, lo cual hace que un lado pueda absorber al otro y viceversa, hasta que el choque entre ambos se termine adaptando en una integración orgánica tremenda en la que personajes pueden aparecer en batallas simulando ser el otro para borrar la parte “pelea” de la pelea de rap y construir una especie de nueva síntesis de ritmo conjunto. Todo calculado por la mente de un desquiciado. Bodied es perfecta.

El último día del festival fue el único momento en años en el que estuve sola en un festival de cine: no conocemos a nadie que haya ido a AFI. Así que vagué un poco por el infierno con la nueva Film Comment debajo del brazo, que lo mejor que tiene es la tapa con una bella foto de Hong en Nueva York. Lo último que vimos fue Nashville, de Robert Altman. El festival le dedicó una retrospectiva completa y ésta cerraba tanto el ciclo como el evento entero, en una sala gigante y con la promesa de invitados al final. No voy a mentir diciendo que Altman no me cae un poco gordo, pero hay algo de ver sus megapelículas en el medio de Hollywood, con la mitad de la gente entrando en pánico tras el primer año de la era Trump, que tiene un efecto demoledor. La invitada del final era Lily Tomlin, que venía no sólo por ésta sino por todas las películas que habían hecho juntos. Pero al poco rato de empezar a charlar con la directora del festival, Tomlin señala al público y dice que Ronee Blackley estaba ahí porque había ido a ver la película. Blackley hace el personaje que más se parece a un protagonista en Nashville, que es Barbara Jean, la cantante de country que vuelve al pueblo para festejar el bicentenario de la independencia. Después de alguna insistencia, Blackley subió al escenario. Se notaba que no se lo esperaba y que simplemente había ido a ver la película que había hecho con un grupo de gente hacía 40 años, acompañada por una amiga. Así que al principio de la charla se la veía intentando no interrumpir a Tomlin, a quien iban a entrevistar. Pero el problema es que Tomlin no se acordaba nada y Blakley se acordaba de absolutamente todo, incluyendo detalles del rodaje, de escenas en las que ella no aparecía (casi todos los actores tuvieron que estar en la locación mientras filmaban la película entera, a pesar de que al ser diez mil, les tocaba filmar muy poco a cada uno). Contó que Altman había sido muy insistente con que cada actor tenía que escribir sus propias canciones (quizás por eso algunas son tan malas), que se le armó un problema sindical, de los hoteles en los que se quedaban, todo. En un momento comenzó a hablar de las escenas de Tomlin, que como hacía mucho que no veía la película le pedía que se las describiera. Una fue la escena en la que Tomlin está desayunando con la familia (los dos hijos chicos en la mesa mientras el esposo intenta hacerse unos huevos en la cocina) y Keith Carradine la llama para verse por milésima vez. Carradine es una estrella de country que tiene la compulsión de declararle su amor a cuanta mujer camina cerca y es lo que está haciendo por teléfono. Mientras Tomlin intenta deshacerse del cantante sin que se note, atrás el marido no sabe ni cómo calentar un poco de agua para hacer un huevo y la atosiga a preguntas. Si bien Blackley elogiaba constantemente la actuación de Tomlin, lo que hacía era describir la composición de la escena a través del ensamblado de situaciones simultáneas, o sea la construcción de la actuación por medio de la descomposición de una escena, no al revés. Después de eso pasó a una escena en la que Tomlin va a ver a Carradine tocar en un barsucho. Como en todas las escenas, hay un millón de personas en pocos metros cuadrados sin luz. Tomlin está al fondo de un plano general, sola y mirando a Carradine actuar. De repente, a la mitad del plano, la cámara empieza a hacer un zoom hacia Tomlin hasta llegar a un plano medio corto. A lo que Tomlin responde que ella jamás supo en el momento que estaban haciendo el plano corto, por lo que ella actuaba para la distancia. La actuación que Blakley describe es la creación de la sutileza por medio de un engaño inofensivo: hacerle creer al actor que apenas está apareciendo en el fondo entre luces tenues y que sólo hace falta mantener cierta actitud corporal hacia lo que pasa fuera de cuadro, para después borrar toda referencia corporal y concentrarse en el rostro. Cuando Blakley hablaba de su personaje Barbara Jean, lo hacía como si fuese una entidad autónoma, una vida aparte en la que ella casi no tuvo nada que ver, o a lo sumo parte de un trabajo colectivo ensamblado. Pero todos los gestos que ella le da al personaje (esa locura y maldad de sureña inventada) son los que le dan más vida.

Después de esa descripción Tomlin, emocionada, le dice a Blakley que tiene un ojo tremendamente atento y que debería dirigir películas, a lo que Blakley le responde que dirigió un par. Antes de actuar en Nashville habia grabado un disco (https://www.youtube.com/watch?v=C-xeh67KQK4) al que también le hizo los arreglos y el piano. Se fue de gira con Bob Marley durante la época de Rolling Thunder Review, grabó con él y Leonard Cohen, actuó en Renaldo y Clara, la película que dirigió Dylan en la gira y en algún momento entre 1979 y 1981 estuvo casada con Wim Wenders. Siguió grabando discos y actuando. Dirigió dos películas: en 1985 un documental, I Played it for You, con material grabado en sus giras, rodajes y vida, y otra en 2013, Of One Blood, que por lo que leí parece ser la versión falso documental de Hadewijch de Dumont. Así que luego de lo de Altman nos quedó una tarea.

Después la vida universitaria se puso un poco más intensa, con los trabajos finales para leer y para corregir. Ya les contaré la próxima, cuando haya dado por cerrado el primer cuatrimestre.

P/d: un par de semanas más tarde vi el corto de Zukerfeld, Y ahora elogiemos las películas. El protagonista es nuestro Granero y me imaginé que algún día en algún futuro, cuando haya jóvenes nuevos, alguien se le va a acercar a Lucas a darle unos sticker de una revista que se llame así, como el corto y como ese texto de Manny Farber. Y que Lucas va y le cuenta a Zukerfeld, y a todos nosotros. No sé dónde vamos a estar, ni qué vamos a estar haciendo, pero ya sea lo mismo o algo muy lejano, supongo que estaremos felices porque algo en lo que creíamos sigue existiendo. Me refiero a que va a haber alguien que, ocasionalmente, todavía pueda ver breves destellos de belleza. Lo que hace Zukerfeld es la forma más completa de lectura cercana: traspasar a la escritura. Es lo que espero que estemos haciendo ahora.

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Mar del Plata 2017 (05) – Ver para creer: Mrs. Fang y The Day After https://lavidautil.net/mar-del-plata-2017-05-ver-para-creer-mrs-fang-y-the-day-after/ https://lavidautil.net/mar-del-plata-2017-05-ver-para-creer-mrs-fang-y-the-day-after/#respond Sun, 19 Nov 2017 14:06:05 +0000 http://lavidautil.net/?p=212 Por Lucas Granero Durante el primer día del festival vimos morir a una mujer y a un hombre enamorarse. Los dos estados representan siempre un desafío para cualquier cineasta. Mrs. Fang de Wang Bing retrata los últimos días de vida de la mujer que da título a la película luego de 9 años de Alzheimer. […]

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Por Lucas Granero

Durante el primer día del festival vimos morir a una mujer y a un hombre enamorarse. Los dos estados representan siempre un desafío para cualquier cineasta.

Mrs. Fang de Wang Bing retrata los últimos días de vida de la mujer que da título a la película luego de 9 años de Alzheimer. La primera decisión de Bing radica en mostrarnos los efectos impiadosos y veloces que tal enfermedad le producen al cuerpo: luego de ver algunas escenas de Fang todavía capaz de caminar, pasamos a verla postrada en su cama, que será el espacio donde pasaremos la mayor parte del tiempo. La otra decisión tampoco tarda en llegar, pero sólo construirá sentido con el correr de los días: se trata de unas escenas de pesca, actividad que realizan casi todos los miembros masculinos del clan Fang, y se irán repitiendo sistemáticamente como una forma de escape (pero no de olvido) de esa habitación en la que todos esperan que lo inevitable finalmente llegue. Su excepcional método documental, ese que le permite volverse completamente invisible, se transforma en una herramienta clave para que se desarrollen ante su cámara los particulares ritos de la familia de Fang, que crean un ecosistema en torno al pequeño espacio que ocupa su madre en la cama. Con sus ciclos de vaciamiento y ocupación, ese cuarto en el que se desarrolla el lento proceso de desaparición de Fang, se asemeja al que ocupaba Louis XIV en la última película de Albert Serra, de la que ésta parece su áspero reverso real. También es posible pensar que algunos momentos podrían ser parte de Sieranevada, en la que toda una familia se reúne para celebrar el aniversario del patriarca muerto hace un año.

Si la sombra de estas dos películas aparece, es porque Bing consigue dar cuenta de una idea a la que el cine no pocas veces renuncia: que la muerte es algo tan excepcional como natural. Así lo demuestra el clan familiar, que inevitablemente tiene que seguir viviendo aún cuando tienen a la muerte en la casa. Y así también lo hace el propio Bing, cuando la cercanía que instala entre su cámara y la señora Fang vuelve lo físico de su método una cuestión que intenta derribar cualquier tipo de sensacionalismo en torno a un cuerpo muriendo, para tan sólo exponerlo en su única y más justa naturaleza. Es como si renegara de la posibilidad de que el cine pueda develar los misterios insondables que rodean a la muerte. Son dos los momentos en los que se obstina a quedarse bien cerca del cuerpo, y sostiene el plano acaso más de lo aguantable, para evidenciar que no hay ninguna posibilidad de que pueda capturarse algo más allá de lo visible. Sus imágenes se sostienen en base a la evidencia que demuestran, a la lucha de diversas energías que en cada plano entran en conflicto. Con eso debería alcanzar. Pero, si no llegara a ser el caso, también queda el registro de un detalle que me resultó absolutamente revelador. Atada a esa cama y sin posibilidad de transmitir alguna forma de comunicación, lo único que le queda a Fang es confiar en sus ojos. A través de ellos su familia puede notar si algo cambió de un día para otro, o si todo continúa igual. No en pocos momentos hablaran de “brillo en sus ojos”, tratando de decir que mientras éstos mantengan un elemento difícil de comprobar, algunas chances de vida subsisten. Por supuesto, cada vez que Bing y su cámara se acerquen al rostro, todos intentaremos ver si es cierto lo que su familia ve. Como ella, él no puede más que confiar en lo que sus ojos indiquen y, así como fue capaz de mostrarnos todo, cuando finalmente lo inevitable suceda, serán esos mismos ojos lo que dirán basta, que aquí ya no hay nada para ver excepto la irrefutable continuación de las vidas que restan.

Pasemos ahora a los enamorados. La más reciente película de Hong (mejor dicho: una de las más recientes) muestra a un editor de libros dividido entre dos mujeres. Una de ellas es su asistente y la otra su mujer. La película comienza con una escena que deja en claro el tono que tendrá este nuevo Hong: sentados en una mesa, marido y mujer conversan acerca de que ésta ve más flaco a su marido, más preocupado en lo que come y ese tipo de cosas. Nimiedades, podríamos decir. Pero ahí mismo la conversación da un giro de 180 grados y la mujer va directo a lo que verdaderamente le interesa de la charla: “Te ves un poco diferente, ¿tenés una amante, no?” No hacen falta que él responda nada. Lejos de la luminosidad reciente de su cine, y más cerca al espíritu existencial de On the Beach Alone at Night, The Day After es una película-llaga. Hong extrae de los recientes eventos de su vida amorosa los trazos con los que construirá este nuevo episodio. Imitando acaso la lógica de César Aira -un libro por evento-, Hong filma con esa misma idea de transformar todo en cine. Por eso es que esta película significa tal vez la posibilidad de un nuevo comienzo. Sus personajes lloran, gritan, se angustian, no saben bien qué decir. Sufren, se equivocan, se golpean y aprenden, por sobre todas las cosas. Pero volvamos a las escenas de charlas. Aquella que da inicio a la película es tan sólo la primera muestra, en una serie de escenas que vendrán luego, en la que siempre uno de los integrantes de la conversación cambiará de la nada, abruptamente, el tono de lo que se habla. Song Areum (interpretada por la musa reciente de Hong, Kim Min-hee) será la nueva asistente del editor, ahora que su romance ha sido develado. Lo que vemos entonces es su primer día de trabajo y la manera en la que se relaciona con su nuevo jefe y su mundo recientemente venido abajo. En un momento, salen a almorzar y se da la siguiente conversación que aquí intentaré reproducir con poca suerte y memoria:

– ¿Para qué vivís? —pregunta la asistente.
– ¿Para qué vivo? No sabría decirte —el editor está con la guardia baja—. Nuestra existencia realmente no nos pertenece.
– ¿Realmente no sabés para qué estás viviendo?
– Bueno, por amor.
– Entonces realmente no lo sabés.
– La realidad en la que vivimos no existe.
– ¿Cómo se puede vivir sin creer? Para vivir plenamente hay que encontrar una creencia.

Ah, ahí esta, la pregunta que las contiene a todas. Vivir sin creer es problemático. El nihilismo no tiene asidero en el cine de Hong y mucho menos en sus recientes obras donde la creencia se vuelve un asunto central. Sus propias películas se construyen como sistemas en torno a la posibilidad de la verdad y la mentira, objetos que exigen la tarea de volver a mirar las cosas de otras maneras. Mirarlas de cerca, a los ojos, contemplarlas en todas sus posibilidades. Quizás el mejor espectador posible para una película de Hong sea alguien como Song, que hace de su creencia en las cosas el eje sensorial de su mundo. Para pruebas de su confianza en la posibilidad de la belleza, está la que tal vez sea la escena más feliz que Hong ha filmado en mucho tiempo. Que ocurra, paradójicamente, en una de sus películas más emocionalmente destructivas, no hace más que revelar que se trata de un nuevo comienzo. Viajando en un taxi, luego de ser despedida de su trabajo, Song abrirá la ventanilla del auto para ver la nieve caer. Si existe todavía la posibilidad de que alguien se emocione al mirar un evento de este tipo, habrá que empezar a creer.

 

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Mar del Plata 2016 (04) – Una crónica posible https://lavidautil.net/mar-del-plata-2016-04-una-cronica-posible/ https://lavidautil.net/mar-del-plata-2016-04-una-cronica-posible/#comments Tue, 13 Dec 2016 01:10:45 +0000 http://las-pistas.com/?p=5517 Por Lautaro Garcia Candela Estoy hace días dándole vueltas a un texto que no sé cómo empezar ni terminar. En el medio, sí, tengo las películas. Las crónicas suelen comenzar con algo banal como los problemas con las acreditaciones, el estado de las salas, el trago que escatimaron en el cóctel. No quería eso, y […]

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Por Lautaro Garcia Candela

Estoy hace días dándole vueltas a un texto que no sé cómo empezar ni terminar. En el medio, sí, tengo las películas. Las crónicas suelen comenzar con algo banal como los problemas con las acreditaciones, el estado de las salas, el trago que escatimaron en el cóctel. No quería eso, y el transcurrir de los hechos me dio una ayuda pero también un desafío. La aparición de esta nota se me vuelve ineludible, más aún cuando todos sentimos el clima enrarecido de la ciudad. El año pasado sucedieron casos similares a mucho menor escala y con el tiempo prescribieron. ¿Qué hacer en estos casos? Es difícil pensar en el cine cuando a metros están maltratando ilegalmente a colegas.

En el pequeño spot del festival -no el de Martínez Suárez, el otro- existe esa idea de las películas llegando como agentes externos desde todas las partes del mundo. Revestidas de algo metálico, frío, impersonal. El desafío es ese: tratar de evitar esa ovnización del festival, que aterriza por unos días y se va, como nosotros los porteños. El matrato estatal queda, nosotros sólo lo vemos de refilón. Es algo que me causa una profunda tristeza, pero sólo eso porque no tengo la menor idea para solucionarlo.

Es grande Mar del Plata. Tiene sus secretos. No es del todo amable pero eso se agradece, ya que significa que no estamos del todo aislados. Se parece -como el mundo- a lo que muestra Bertrand Bonello en Nocturama. Podemos ver incomprensión por todos lados: la de la sociedad con esos chicos y la del director con su historia. A cierta velocidad, uno puede estar fascinado, pero no deberíamos ser testigos mudos de cómo se estiliza el maltrato y la violencia con la excusa de mostrar el mundo tal cual es. Un mandato social me obliga a contar el contexto de un festival de cine, que no es sólo películas. Pero a la vez, ver películas es lo que más disfruto y lo que mejor me sale.

Empezar con Hermia & Helena es poner la vara alta y un desafío: el de resistir en la memoria luego de una semana y cuarenta películas. Seis días después, en una mesa con cinéfilos que rondaban los cuarenta años se me hizo bullying porque dije que Matías Piñeiro me parecía un genio. Cuando quise esbozar una hipótesis, sólo dije vaguedades sobre su relación con el teatro y lo superficial. No me dí cuenta en el momento, pero debí haber invertido la carga de la prueba: desafiar a que me convenzan de que no es un genio. A mí me resulta evidente en cada movimiento de cámara, en cada corte. Sus decisiones son simples, en ningún momento renuncia a la claridad del espacio y del tiempo, y aún así construye un misterio, una situación fragmentaria en todas sus películas. Matias Piñeiro construye a partir de la precariedad: hay ausencias, vacíos por llenar, de los que los personajes tienen que reconstruir y hacerse cargo. Concibe la narración como una forma de exploración, de recorrer relaciones entre personajes, incluso volviéndose esquemático, en contraposición a lo que suele decir respecto de la levedad en Piñeiro. Sus películas pueden explicarse geográficamente, como una cuestión de recorridos.

Ningún material (ya sea Sarmiento, Shakespeare, el fútbol, las canciones, las postales) vale por sí sólo ni asegura nada, sino que todo se subordina a lo que narra, y a la vez lo excede, haciendo visible la belleza en sus recursos formales. No se trata de que Piñeiro elija cuidadosamente con qué trabaja, sino que su manera de tratar los materiales es lo delicado. Y quizás sea eso lo que enloquece a los detractores, que no perdonan el borramiento de referencias barriales, coyunturales, o -agreguensé comillas y una sonrisa irónica- políticas. Es cuestión de estar atento para encontrarlas.

No pude unirme a la secta de los que profesan admiración por Masao Adachi. Era una secta tan secreta que consistía de tres personas y, casualmente, los tres dormían en mi habitación. Como otros acompañantes ocasionales en el camino del adachiano, no perdía la capacidad de asombro frente a esas películas japonesas, desquiciadas y sangrientas, rupturistas sin ser necesariamente ser parecidas a las nuevas olas en otras partes del mundo.

Vi dos películas (¿o tres? ya no recuerdo): Sex zone y Birth control revolution, que, según los expertos, se ubican en la parte superior de la tabla. Ambas exploran manera laterales de vivir la sexualidad, mezclándolas con la violencia o el desarrollo científico. Quizás sea por una manera ingenua de pensar el cine militante, pero se me presentaron bastante inasibles, o poco comprometidas para un tipo que después de hacer esas películas secuestro un avión. Adachi ilustra involuntariamente el axioma de Godard sobre la cámara y el fusil, y hace que parezca banal toda esa paquetería teórica.

La que sí seguí fue la otra retrospectiva del festival, más encantadora. A Pierre León le encanta disfrazarse y quizás en ese gusto, que se podría inferir como algo superficial, es posible encontrar una de las claves de su cine. En sus películas despliega complots imaginarios, personajes que son fantasmas y citas supercultas. Es a todas luces un crítico de cine: tiene un sistema de referencias que es bastante excluyente pero no por eso ignora la magia que puede aparecer en una canción o en un chiste, que no necesitan tantas explicaciones. Parece que para León el cine es un juego, una vocación que lleva a cuestas y que trata de hacerla lo más liviana posible.

Había visto Deux Remi deux el año pasado, y allí Pierre León en la presentación hizo referencia a Hawks y Dostoievski por igual. En su momento, esa declaración aislada me había parecido una boutade, pero a la luz de toda su filmografía, tiene mucho sentido. Sus primeras películas son películas de encierro y espera, ciencia ficción que surge sólo de algunas miradas extrañas y comportamientos extraterrestres. Tienen raíces literarias como Beckett y Alfred Jarry. Y así se forma un sistema: L’atonement es una auto-remake de Li per li pero con Eva Truffaut, lo que aumenta el encanto. Otro sistema forman las de Fiodor Dostoievski, que directamente adaptan de manera fiel algunos pasajes de sus novelas. En el medio de ambos, Octobre, bitácora de un viaje a Rusia con largas charlas sobre Dostoievski pero con una conspiración en el tren. El nivel de fidelidad que maneja León en sus adaptaciones hace que para contar un sólo capítulo de L’idiot necesite una hora. En éstas películas el texto siempre está adelante, organizando la puesta en escena de una manera que no se parece a nada. Es como si viésemos L’argent de Bresson pero menos determinista y con un poco más de humor, pero no de manera irónica sino casi involuntaria.

En las últimas tres el tono es diferente. Incluso cuando tienen pasajes notablemente densos, de parlamentos largos y con mucha teoría (por momentos inentendibles). Guillaume et les sortiléges, Par example, Electra y Deux Remi deux también tienen bibliografía pero no en un primer plano. Los textos forman parte de las películas como un elemento más. Por ejemplo: el texto de Nietzsche de Guillaume et les sortiléges -inspirado en una ópera de Maurice Ravel– tiene la misma importancia que el cha cha cha escrito por Renauld Legrand, su compañero de toda la vida, que aparece al final. Par example, Electra hace copy-paste de algunos textos paródicos sobre internet pero después Jeanne Balibar canta sus mails pidiendo financiación con música de The Raincoats. Y le queda tiempo para hacer unas interpretaciones callejeras de Sófocles. Y con Deux Remi deux vuelve a Dostoievski pero le deja un lugar a su gato, casi protagonista, y se permite un desvío musical precioso. Tienen una estructura más anárquica y a la vez amable: en la únión de esos materiales heterogéneos es por donde es posible entrar. Si se profundiza esta tendencia, me arriesgo a decir que la próxima película de Pierre León va a ser la mejor.

También dirigió un documental sobre Jean-Claude Biette, que parece ser una guía secreta para algunos críticos/cineastas que estuvieron también en Mar del Plata: Ado Arrieta, Paul Vecchiali, Boris Nelepo. En esa película arma involuntariamente el mapa de un grupo del que ni mis compañeros ni yo conocíamos mucho. Eso parece ser lógico: se los ve cómodos en esa especie de secretismo crónico. Ya con eso, con rescatar un cineasta ni siquiera conocido en Francia y abrir con él miles de conexiones pasibles de ser rescatadas por la cinefilia, el festival se justifica.1

Es difícil escribir sobre Albert Serra. No hablo por el personaje que hizo de sí mismo, algo de lo que fácilmente se puede prescindir, sino por las elecciones y los nuevos caminos que implica Le mort de Louis XIV. Se despega de lo mitológico y se ocupa de una situación muy precisa, histórica, diría que con una preocupación por el verosímil. Cada plano está cuidado al límite de lo pictórico, generando situaciones lúgubres, y Serra se regodea en ellas. El calculo, algo que no existía en sus anteriores películas, ahora domina la puesta en escena.

Sus personajes iban de lo ridículo a lo sublime. Encontrarse con Sancho Panza y el Quijote o con los Reyes Magos implicaba un pacto de lectura un poco precario, considerando que se tenían que enfrentar a la naturaleza virgen, que es algo atemporal. Es decir: no importa si son unos locos que andan vagando por ahí en un descampado en 2004 o si son los personajes que dicen ser, lo que producía sozobra era el encuentro de ambas posibilidades en una indeterminación que sólo le pertenece al cine. Eran deformes en su registro, imposibles de asimilar, diría. Sus películas transcurría en una especie de limbo. En cambio La mort de de Louis XIV reduce todo al chiste de lo precaria que era la medicina del siglo XVIII.

¿Cómo hace Johnnie To para hacer de cuenta que el tiempo no pasó? Sus películas son como templos que añoran cierto pasado del cine pero con una arquitectura ultra moderna. En Three utiliza un silbido que recuerda a M, arma comic reliefs del cine clásico, y tiene un ritmo vertiginoso a lo Michael Mann. Decir que le rinde culto a la narración es un lugar común y una vaguedad, pero vean cómo presenta sus personajes sin descripción y sin bajar la velocidad. La escena del ralenti en un paneo en 360 grados con la canción budista de fondo podría contarse entre lo mejor del año, rabiosa y sutil por igual. Y a la vez, también se cuela algo contemporáneo: Manuel Setton dice que ese hospital en donde transcurre la acción sale directamente de un video de James Ferraro.2

La última película de Hong Sang Soo es pequeña, con pocos personajes y acciones mínimas. En comparación a sus últimas películas, no tiene juegos formales: se desarrolla de principio a fin, sin sobresaltos. Lo primero que vemos es la separación de sus protagonistas. Luego sus vidas de solteros: él la extraña y se arrepiente, ellla se mantiene más distante, saliendo con otros hombres de vez en cuando. Y todos se conocen entre todos. Podría seguir describiendo lo que sucede, que implica una situación de duda, con una hermana gemela de la protagonista, que se mantiene toda la película. Pero no le haría justicia. Algunas escenas se corresponden con algo que ya se escribió mucho, con la aparente levedad de su cine, pero en otras Hong les hace decir unos parlamentos a sus personajes propios del melodrama más sórdido. Cercanos, diria, a Tale of cinema.

En La nieve3, charlando con Malena Solarz y Nicolás Zukerfeld, ellos decían que en Yourself and yours los personajes hacen lo que la forma hace en otras películas de Hong. Me costó entender pero tiene sentido: la variación no surge de la división en pequeños episodios sino de esa aparición inverosímil. Si en otras películas volvíamos a empezar, o se insistía sobre la misma situación, aquí directamente la narración continúa, sin ningún jueguito temporal. Lo gracioso es que los personajes se sorprenden de este cambio, y no terminan de entender lo que sucede. ¿Podría ser Hong riéndose de sí mismo?

Apartado cine argentino. Dos películas me resultaron muy similares: Kékszakállú (de acá en más, Keksa), de Gastón Solnicki y El auge del humano, de Teddy Williams.

La de Solnicki es inconexa y un poco programática. Siempre el mismo lente, la misma altura. Llegar tarde a la acción e irse temprano. Algunos espacios arquitectónicos que son avasallantes, y uno no sabe si eso sucede por el encuadre o por el nivel social que implican. El auge…, en cambio, no tiene ni medio plano con trípode y la arquitectura la conocemos por adentro. Lo que las une es, justamente, su aparente indiferencia por el sentido. Y sin embargo, ambas tienen un entramado teórico gigante para sostener esos despreocupados planos. Se me ocurre que una explicación posible es la de su sistema de producción: ante la exigencia de los fondos extranjeros, es necesario dar respuestas a preguntas que ningún cineasta se haría. Allí no es tan canchera la duda, sino que las películas deben tener un pitch, una motivación, un público, un procedimiento, un objetivo. Y algún resabio de eso queda. Quizás eso sea lo más difícil de hacer en el cine: filmar sin poner las ideas adelante.

Me corrijo. En Keksa las ideas sí están adelante, exponiendo a sus personajes. Mezcla de victimas y victimarios, las chicas viven su clase de una manera misteriosa, no se sienten cómodas. Hacen algunos intentos para salir a la experiencia, con resultados dispares. Pero siempre está ahí la mirada de clase, son el “para muestra, un botón” de la clase alta que veranea en Uruguay. Algunos encuadres (que me hacen añorar el 4:3) logran un aire que permite ver más allá de eso, pero son contados. En El auge… las ideas se notan en las costuras entre episodios. Ante el descuido, incluso podría encontrarse un discurso new age. Pero Williams, paradójicamente, es un cineasta que no tiene mayor cercanía con sus personajes (lúmpenes de todas partes del mundo), y a la vez los respeta más, haciendo más misteriosa su manera de filmarlos. Los piensa como algo vivo y no como ilustración. Tengo algunos amigos proto-cineastas que eran beliebers de Teddy Williams, y todavía no quisieron decirme su opinión sobre la película, espero que cuando lean este texto se animen a hacerlo.

A la salida de los cortos de Rivette y Truffaut, nos cruzamos a los que estaban en el intervalo de La flor. La mayoría de nosotros la habíamos visto en su función del Festifreak (saludos a Paola Buontempo, gran valor platense), así que fue una suerte evitar toda la euforia de las discusiones post-función. Esperaremos a ver las otras partes para escribir algo. De todas maneras: ¡cuanta paciencia piden! Me recuerda a los fans de las series que dicen que a la tercera temporada es cuando vale la pena.

Después de Paterson, en su última pasada cuando ya no quedaba nadie, encontré a un grupo de chicos que estaban con un cartel pidiendo lugar en algún auto para ir a Capital, a cambio de pagar la nafta. Me acerqué para armar el trato y charlé un rato con ellos. Me describieron su experiencia en el festival de una manera vaporosa, en un ratito: no vieron muchas películas, pero disfrutaron unos buenos días en la playa. Utilizaron un lenguaje displicente que me distanció un poco. No pude mantener la templanza del poeta-chofer Paterson y simulé una llamada telefónica que invalidaba sus posibilidades de viajar en El Moreira (así bautizaron mis amigos al Corsa familiar). Me fue difícil entrar en el mood de la última película de Jarmusch, pero eso no me impide admirar a su protagonista, que parece tener el grado justo de ingenuidad, sutileza y erudición. Qué bueno que es Adam Driver. Me gustaría vivir como él.

¿Por qué las películas que más disfuté son anteriores a 1940? Se me ocurre una respuesta nostálgica y evidente: las funciones en el teatro Colón con orquesta en vivo mostraron una manera de vivir el cine que parecía sepultada y que nosotros no habíamos llegado a conocer. Resultaba una experiencia que excedía lo cinematográfico pero a la vez lo afirmaba. Era posible que uno se distrayera y mirara al director de la orquesta, o buscara sorprendido de dónde salió ese gong: las películas permitían esas distracciones. No era necesario el silencio para verlas. Hay un detalle que me parece pertinente contar y muestra cómo la orquesta pone las cosas en su lugar. Todo lo que cuenta The iron horse, de John Ford, tiene que ver con el ser americano, con su grandeza y persistencia. Es la historia épica, fundacional, de cómo se unieron los ferrocarriles de este a oeste. En cada costa, por supuesto, hay un enamorado esperando el encuentro con el otro que coincidiría con el de las líneas gerroviarias. Ford, sin embargo, parece disfrutar más de todas las tramas satélites, las de los personajes secundarios. En el medio hay varios westerns que en esta película planta planta y que en los años siguientes se dedicará a cosechar. La música de manera omnipresente puntúa las acciones con la recurrencia de dos motivos: por un lado el himno estadodounidense y por el otro la marcha nupcial, que surge con unos amagues de casamiento que se dan. Y después los clásicos FX de los gags físicos, que son bastantes. Pero en un momento, esta lógica se quiebra cuando unos de los personajes secundarios tiene que sacarse una muela. Es una tarea difícil y dolorosa. Uno podría haber imaginado, conociendo de oído los códigos sonoros del cine mudo, que en el momento del ¡zas! y chau muela, aparecería una onomatopeya sonora, lo que se acostumbra en el slapstick. Pero en vez de eso el gag está alzado por acordes en modo mayor, bastante épicos. Y ahí, entre lágrimas, comprendí: lo que hace grande a Ford es justamente su negación a lo monumental, incluso en películas como ésta que a priori parecieran dejarle poco lugar al detalle. Está atento a las pequeñas variaciones de los personajes, de las sub-tramas, porque sabe que ellas son las que construyen un mundo reconocible. Sólo necesitaba un cambio de perspectiva para reconocerlo. John Ford, el cineasta del western histórico, del verdadero nacimiento de una nación, pero porque se atiene a lo pequeño.4

También con la película de King Vidor, Show people, fue todo puro placer, ante la mirada absorta del compañero Lucas Granero que manifestaba su preocupación ante mi fascinación por estas funciones. Los jóvenes no deberían estar añorando los años del cine clásico, decía. Y es probable que tenga razón y yo esté idealizando. Como suele decirse, uno disfruta las películas que eran las excepciones de su época, las más escasas. Las de los genios más que los que hacían bulto en el sistema. Pero si no vemos la historia del cine, ¿cómo darnos cuenta de la radicalidad de Albert Serra en la reconstrucción histórica si no es considerando la película de Rossellini que muestra el otro lado de la situación? Porque claro, si se lo compara con el laconismo de Lisandro Alonso, es mucho más fácil encasillarlo. O las obsesiones que tiene Teddy Williams por las pantallas, bastante parecidas a las de Brian de Palma. Relaciones así, programas dobles con contemporáneos y sus antepasados, son los que deberían arrojar luz sobre sus maneras de pensar, excediendo el sistema de preferencias de los festivales que se ahogan en el presente. ¿Cómo darnos cuenta de lo realmente nuevo si no es tomando distancia de ello?

Es el final. Espero que todos hayan tenido sus fanzines, y si no, me avisan por privado. Me hubiese gustado escribir en el transcurso del festival, haciendo extensivas las discusiones que se tienen entre funciones, en el ámbito de lo privado. Ese es un problema: he asistido a varias mesas de café, cerveza, o fugazzeta rellena de panceta y huevo, que me resultaba fascinantes (tanto más si yo no participaba) pero mi sensación era que allí terminaban. Quizás esta nota es para que quede un registro de ellas -o quizás es sólo un tic de nativo digital- y mostrar que entre la gente joven que escribe, que filma, o que sólo mira, hay ideas que merecen quedar escritas.


(1) Las películas de Pierre León pueden encontrarse aquí. Algunas tienen subtítulos en inglés.

(2) También algo así podía intuirse en las Don’t go breaking my heart. ¿Vaporwave involuntario?

(3) Unas palabras de amor sobre La Nieve, probablemente el mejor lugar para comer en Mar del Plata. Es barato, rico, incluso sano. El medio punto perfecto entre panadería y pizzería. Sirven rápido, algo necesario para los tiempos de festival, y a la vez la atención es buena con un sistema eficiente. Hay variedad (pizzas, tartas, empanadas, unas empanadas más grandes llamadas zeppelins, sanguches, fainás rellenas), lo que hace que uno pueda pasar diez días pidiendo cosas diferentes y aún no agote las sorpresas.

(4) Esta experiencia la viví con varios amigos, pero quería destacar la presencia de José Fuentes Navarro, riojano nacionalizado cordobés, que me recomendó hace unos meses Heaven’s Gate, película maldita de Michael Cimino, parecida en su desmesura a The iron horse. Y estaba también Ramiro Sonzini, fordiano empedernido, más emocionado que nadie.

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Correspondencia #2 – Unas cartas desordenadas – Sobre Hill of Freedom https://lavidautil.net/correspondencia-2-unas-cartas-desordenadas-sobre-hill-of-freedom/ https://lavidautil.net/correspondencia-2-unas-cartas-desordenadas-sobre-hill-of-freedom/#respond Thu, 04 Aug 2016 14:10:51 +0000 http://las-pistas.com/?p=4419 Por Lucas Granero 1. Merano-Untermais Pensión Ottoburg Estimada Frau Milena: Acaba de cesar una lluvia que se prolongó por espacio de dos días y una noche. Es probable que sólo se haya detenido por un rato, pero de todas maneras es un acontecimiento digno de ser celebrado. Y eso es lo que estoy haciendo al […]

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Por Lucas Granero

1.

Merano-Untermais Pensión Ottoburg

Estimada Frau Milena:

Acaba de cesar una lluvia que se prolongó por espacio de dos días y una noche. Es probable que sólo se haya detenido por un rato, pero de todas maneras es un acontecimiento digno de ser celebrado. Y eso es lo que estoy haciendo al escribirle. Sin embargo, hasta la lluvia era soportable, porque aquí uno está en el extranjero, extranjero sólo en cierta medida, pero con todo hace bien al corazón. Si mi impresión fue correcta (un pequeño encuentro aislado, semimudo, parecería ser inagotable en el recuerdo), usted también disfrutaba de la sensación de ser extranjera en Viena, aunque más tarde las circunstancias generales hayan ensombrecido ese placer. Pero ¿no disfrutó usted de lo desconocido como tal? (Cosa que, dicho sea de paso, puede ser un mal síntoma, un síntoma que no debería presentarse.)

Yo lo paso bastante bien aquí. Difícilmente pueda el cuerpo mortal soportar más cuidados. El balcón de mi pieza está inmerso en un jardín rodeado, desbordado de arbustos en flor (la vegetación es muy curiosa aquí: con una temperatura que en Praga casi congelaría los charcos, ante mi balcón comienzan a abrirse las flores) y expuesto por completo al sol (mejor dicho, a un cielo densamente nublado, desde hace casi una semana). Me visitan lagartijas y pájaros, parejas desparejas. ¡Me gustaría tanto que viniera a Merano! Hace poco me hablaba usted, en una carta, de atmósfera irrespirable. La imagen y el sentido están muy próximos en ese caso y ambos podrían mejorar un poco aquí. Con los más afectuosos saludos

Suyo, F. Kafka

Hill of Freedom es una película que se hace a medida que unas cartas se leen. Las envió Mori, un japonés de vacaciones en Seúl, vacaciones que en realidad sirven de excusa perfecta para llevar a cabo una misión secreta: encontrarse con esa mujer a la que aún ama, Kwon. Pero Kwon no está donde él la dejó, se encuentra más bien en una fuga inesperada, inhallable. Como en toda película de Hong Sang-soo, el tiempo, ese enemigo que siempre sale victorioso, parece entrar en una calma momentánea en la que su acción corrosiva pasa a funcionar sin el peso habitual. Quizás esa sea otra de las misiones secretas de Mori, quien lleva como si de un amuleto se tratase un libro titulado Tiempo: romperlo, volverlo obsoleto o maleable cual plastilina y asi transformar al pasado-presente-futuro de su vida en una hoja cuya única palabra escrita sea “Kwon”.

Tiempo. Esa parece ser la principal preocupación de Hong Sang-soo (¿no es la de todos?), quien desde hace ya algunas cuantas películas viene probando diversos modos de trastocar la temporalidad realizando películas que sirven como ejercicios en torno al tiempo narrativo con personajes que van y vienen una y otra vez sobre mismas situaciones, ensimismados en momentos de los que no quieren fugarse, haciendo primero todo bien y después todo mal o bien tratando de resguardarlo viviéndolo desde todos los puntos de vista posibles. Hill of Freedom es, en ese sentido, otro intento por ver de qué manera se puede recobrar el tiempo perdido, utilizando la lógica de la correspondencia como motor narrativo. ¿Qué pasa entre que uno escribe una carta y otra persona la recibe? ¿Cuántas posibles vidas se pueden vivir entre un punto y el otro?

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2.

Las cartas de amor se contestan o se devuelven.

Te mando estas cartas porque fueron escritas para vos. ¿Estás bien?. Asi empieza, con estas palabras escritas en un pequeño papel amarillo (el mismo amarillo de los titulos, el tono perfecto para esta película de sentimientos en pantone), Hill of Freedom o la película de las cartas de Mori para Kwon.

Lo que sigue es la primera de una tanda de cartas que conforman la totalidad de Hill of Freedom, la primer película puramente epistolar de Hong Sang-soo, en la que todo lo que vemos es producto de esas cartas enviadas.

La primera de ellas dice:

Querida Kwon:

Estoy en un avión hacia Seúl. Voy a verte pronto. El avión ya está descendiendo y por la ventana puedo ver la tierra claramente. Y la luz del cielo es tan hermosa…No importa si te llego a ver o no. O si me aceptas o no. Simplemente tenía que venir. Pienso que me entenderás cuando me veas de nuevo. Kwon: tu eres la mejor persona que conozco. Eso es lo que se en este momento. Espero que estes bien y seas feliz.

Mori.

Y sigue:

Encontré una hostería cerca de tu casa. Esta muy muy cerca de tu casa. Serán unos cinco minutos a pie. Fui a tu casa pero no estabas. Asi que fui al café que queda cerca de tu casa, el de nombre japonés. Te gustaba el nombre, ¿te acordas? “La colina de la libertad”

Pero en un momento a Kwan las cartas se le caen. Desordenadas, comienza a leerlas azarosamente, sin preocuparse por entender o no eso que Mori le cuenta. Le alcanza con saber que él estuvo ahí, siguiendo sus pasos, esperándola pacientemente. El ritmo ilógico que activa la narración de ese desorden de palabras escritas pasa por situaciones que, vistas aisladas de sus efectos iniciales, parecen dar cuenta de unos días que se suceden entre el constante sueño y la realidad desesperante. No hay nada en la película que nos indique que eso que Mori le cuenta a Kwan mediante sus cartas haya sucedido realmente. Incluso el final, con toda su felicidad impensada, deviene en postal fantástica, la imágen de un deseo inalcanzable, acaso solo posible en sueños.

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Quizás la clave de todo esto se esconda en esa carta que Kwon no se percató de levantar y que quedó huérfana en una de las escaleras. ¿Qué palabras habrá escrito Mori en esa hoja? Su ausencia sólo puede traducirse en fantasía desorbitada, en deseo anhelado pero difícilmente realizado.

3.

Yace una esperanza en esa carta huérfana. La esperanza de poder entenderlo todo (¿para qué?), la esperanza de que Kwon no se haya perdido nada en realidad porque esa hoja olvidada es, de hecho, una hoja en blanco, destinada a ser escrita con las palabras de un porvenir. Existe en Hill of Freedom el plano de esa felicidad: ahí se van Kwon y Mori, finalmente reencontrados, caminando juntos hacia el horizonte y sobre la que Mori nos cuenta, casi a modo de posdata, que se fueron a vivir a Japón, que se casaron, que tuvieron dos hijos, una nena y un varón y que la nena es muy fuerte.

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Sin embargo, lo terrible de todo esto es que, al igual que todas las cosas, las cartas también tienen un final. Y se trata siempre de un final que trae consigo la vuelta a la realidad. La lectura de la carta tan deseada interrumpe el flujo de lo que acontece y lo sitúa a uno en un estado de suspensión momentáneo. Las palabras que allí leemos fueron escritas pensando en nosotros. Es un pequeño refugio de intimidad, un recreo donde existe el secreto. Es curioso que Mori decida escribirle cartas y no mandarle emails a Kwon. Curioso pero coherente con su personalidad sumamente frágil. Pareces un artista le va a decir uno en un momento y él no puede hacer más que ofenderse. Pero lo cierto es que si no nos concede esa semejanza al menos debería acordar con nosotros en que lo suyo son puras acciones de un romántico irremediable. En otro momento de bares y alcohol se manifestará en contra de los malvados de este mundo y en otro confesará que dejó su carrera como docente porque sus compañeros profesores le resultaban gente muy corrupta, además de que le gusta mirar árboles y flores y perderse en ellos por horas. Le tenes miedo a la vida y ver flores te reconforta, le dirá la dueña del hostel donde se hospeda cuando Mori le pregunta si entiende esa confesión que le está haciendo, como pidiéndole un poco de cordura, una seña que le permita creer que está hablando con una persona la que ese tipo de actos no le resultan del todo extraños. Hacia el final lo veremos directamente golpeado producto de una situación que desconocemos pero que intuimos que habrá tenido que ver con su deseo por enfrentar todo aquello que no puede tolerar. En definitiva: Mori es una buena persona y no podemos comprender qué es lo que salió mal con Kwon. Las cartas que le escribió tampoco nos ayudan a develar el origen del conflicto. Solo sabemos que ella estuvo (o más bien está, porque su salud se resquebraja cada vez más) enferma y que se fue de Seúl en búsqueda de algo que la ayude a sentirse mejor. Quizás Mori no entraba en esos planes, quizás fue él lo que la enfermó, quizás ese anillo de casada en su mano explique muchas de las cosas que no entendemos…

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4.

Time and time again I knew what I was doing and/ Time and time again I just made things worse

Pero algo sucede. En medio de las cartas que Kwon nos lee se nos aparece otra carta, algo más concreta, que no está dirigida a ella sino a Mori. El mensaje viene de parte de Youngsun, la joven dueña del café al que Mori tanto le gusta ir a recordar a su Kwon.

Querido Mori

Tenemos que hablar. Pensé en vos todo el día. Voy a estar en en café despues de las 10.30 PM. Si me queres ver como algo más que una amiga, vení. Voy a estar sola.

Youngsun.

Desesperado como está, Mori acude al encuentro y lo que sucede a partir de ahí es algo que debería omitir de sus cartas a Kwon pero si lo vemos es porque está escrito en ellas y porque para esta altura ya sabemos que su corazón es demasiado honesto como para siquiera considerar omitir el más trivial de los eventos. Uno podría pensar que si acaso existía la posibilidad de un encuentro entre Mori y Kwon, que esas benditas cartas hayan logrado algún efecto, el solo hecho de leer sobre los amorosos episodios entre Mori y Youngson echaría por tierra tal oportunidad. Sin embargo, al finalizar con las misivas de su amor, Kwon sale del bar “Hill of Freedom” y se va rumbo al hostel que sirvió de breve universo para las aventuras de Mori durante la espera. Ahora, el tiempo es presente y todo lo que vemos ya no se corresponde a ningún tipo de flashback epistolar: es el ahora, el ya, el tiempo no fijado pero que busca irremediablemente convertirse en un futuro brillante y, tal vez, en un pasado que no duela recordar.

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P.D:

¿Será que todas las películas de Hong son en algún punto cartas que el azar desordena? Como fieles espectadores de su cine sabemos que cada una de sus películas se nos presentan como un pequeño cúmulo de secretos, una serie de banalidades tremendamente trascendentes, un amontonamiento de relatos que nos dejan siempre en el exacto punto donde habían comenzado, sabiendo que el verdadero placer de recibirlas se encuentra en ese lapso de tiempo preciado que va entre romper el sobre, leer la carta y volver a hacer todo de nuevo.

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BAFICI 2016 (10) – Entrevista: El invierno llega después del otoño https://lavidautil.net/bafici-10-entrevista-el-invierno-llega-despues-del-otono/ https://lavidautil.net/bafici-10-entrevista-el-invierno-llega-despues-del-otono/#respond Fri, 20 May 2016 01:35:57 +0000 http://las-pistas.com/?p=3825 Por Lautaro Garcia Candela Ningún integrante de Las Pistas podría escribir sobre la flamante película de Malena Solarz y Nicolás Zukerfeld, El invierno llega después del otoño, porque todos estuvieron comprometidos de algún modo con ella: Lucas Granero como secundario de lujo (le damos el premio oficial Jerry Lewis a la actuación), Lucía Salas como […]

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Por Lautaro Garcia Candela

Ningún integrante de Las Pistas podría escribir sobre la flamante película de Malena Solarz y Nicolás Zukerfeld, El invierno llega después del otoño, porque todos estuvieron comprometidos de algún modo con ella: Lucas Granero como secundario de lujo (le damos el premio oficial Jerry Lewis a la actuación), Lucía Salas como jefa de locaciones y asistente de septuagenario profesor y quien escribe en realidad no estuvo tan implicado en la producción pero los directores fueron sus profesores durante toda su cursada universitaria, así que todavía no puede escribir esto sin ponerse nervioso y cometer errores de tipeo. Aunque también hizo un pequeño papel armando un farol al fondo de un plano: hasta los eléctricos son críticos de cine (o viceversa). Así que el día después de su estreno en BAFICI les mandé una pequeña entrevista para que ellos puedan hablar.

Por lo pronto, El invierno… es de mis preferidas del festival que ya pasó y al contrario de los que piensan que es cine de baja intensidad, creo que implica unos lineamientos bastante claros en cuanto a puesta en escena. Con el tiempo la película crece, a la distancia confirmo que sus escenas en una segunda instancia son más complejas y vitales de lo que parecen. Sus respuestas confirman esta visión aunque sumen una duda: ¿cómo hacen para pensar siempre igual?

(Las imágenes son capturas de la cámara handycam de Lucía Salas)

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¡¿Por qué tardaron tanto?! Lucas Granero dice que son los últimos o al menos los más esperados de la generación de A propósito de Buenos Aires

No somos los últimos ni mucho menos los más esperados. Tal vez tardamos en hacer un largometraje pero, en el medio, empezamos a trabajar como docentes en la FUC yparticipar en varias películas, además de filmar cortometrajes que, de alguna manera, sirvieron de entrenamiento para el largo que ahora hicimos. La llamada “tardanza” quizás se dio por la personalidad de cada uno de nosotros, por temores, por sentir que aún no estábamos preparados para embarcarnos en un largo. El grupo de A propósito de Buenos Aires fue muy importante para poder lanzarnos a algo, pero también fue difícil salir de cierta seguridad que nos debe haber producido estar bajo el ala de ex-profesores y cineastas con mucha más experiencia que nosotros. Los que primero pudieron hacerlo fueron Matías (Piñeiro), Manuel (Ferrari), y creemos que ese pequeño salto en solitario que hicieron, fue muy bueno para todos

Si bien muchos seguimos en contacto, el grupo se fue dispersando lógicamente, pero nosotros dos siempre seguimos viendo películas juntos y pensando ideas alrededor de ellas. Simplemente un día, muy de a poquito, empezamos a imaginar una escena linda de filmar (el comienzo de la película) e, intentando profundizar en esa primera idea, fuimos escribiendo el guión.

¿A qué responde ese «tono medio? No pido referencias, sino cómo fue trabajar buscando ese tono, que al final termina siendo un poco antinaturalista -nadie no hace chistes nunca o nunca se hace drama. ¿Cómo juegan las elipsis ahí?

Sin ser demasiado conscientes, nos fue pasando que íbamos viendo películas en las que destacábamos alguna escena en particular, alguna situación, o plano, o incluso línea de diálogo, en la que podíamos reconocer una cierta mesura, una distancia justa, un tono que le permitía a la película narrar sin la necesidad de opinar sobre lo que mostraba. Eso podíamos observarlo en películas que, vistas desde otro ángulo, serían opuestas. Veíamos eso en escenas de Ford, pero también de Hong San-Soo; en situaciones de algunas películas de Monte Hellman, Bob Rafelson o Hal Ashby, pero también de Rohmer; en diálogos de Hawks o Nicholas Ray, pero también de Rejtman, y nos parecía realmente complejo llegar a ese punto.

Aunque tal vez no se vea tanto ahora, en un principio partimos pensando en ese corrimiento del tono totalmente naturalista que mencionás. La primera tanda de rodaje tuvo esa premisa mucho más presente: por ejemplo, los personajes hablaban rápido y había situaciones más fuertemente absurdas. Después nos dimos cuenta de que eso muchas veces llegaba a ridiculizar demasiado a los personajes y eso atentaba contra lo que queríamos contar. Ambos teníamos en nuestros trabajos anteriores una tendencia a cierta gestualidad, a partir de una idea formal y buscar un argumento que simplemente fuera la excusa para que ese sistema se pusiera en funcionamiento. Acá, entonces, fuimos descubriendo que, para que la película no se pusiera por encima ni por debajo de los personajes, teníamos que entender qué les sucedíaen cada momento, qué narraba cada escena. Es así que notamos que quizás era mejor evitar ciertos “a prioris” formales. Fue un ejercicio de restricción o contención, que creemos nos enseñó mucho.

Veo circulación de objetos en la película (más que nada en la parte de Guillermo). ¿Eso les sirvió para organizarse narrativamente o al revés, una vez que ya tuvieron todo organizado se pusieron a buscar qué cosas circular?

Pregunto porque los objetos parecen tener más valor «emocional» que las «manifestaciones artísticas», a las cuales los personajes reaccionan más bien apáticamente -la publicación del libro, todas las canciones que suenan-. Es como si estuviera invertido, y queda más que claro cuando el himno sólo quiere decir que ya son las doce y nada más. ¿Quisieron ser lo más simple posible? 

En un principio discutíamos bastante si la película debía tener una trama más visible (aunque no fuera convencional) o si debía simplemente avanzar hacia adelante, dejando atrás cada cosa que apareciera. Después, la reaparición de ciertos objetos fue dándose casi naturalmente, y se volvió una idea que se mantuvo latente hasta en los últimos planos que agregamos al montaje. Finalmente, quizás la parte del otoño tenga más presente esto y, la parte del invierno, al narrar menos tiempo, abandone más fácilmente cada una de las “tramas” que aparecen o se interponen en el camino del personaje. Pero fuimos siendo conscientes de esto una vez que habíamos escrito la mayor parte del guión.

Lo cierto es que nunca pensamos en definir a los personajes por su desinterés hacia las manifestaciones artísticas, quizás eso fue apareciendo solo; pero también hay que pensar que si esos personajes se dedican a eso, y están acostumbrados a escribir o presentar un libro, y la película no pretende mostrarlo como algo excepcional, los personajes no deberían emocionarse particularmente ante este tipo de situaciones. Después uno puede interpretar que Pablo está celoso, que es un desapegado emocional, que Mariana es un poco fría, etc., pero no lo pensamos como un contraste respecto de los objetos, aunque es una buena observación. En realidad, habría que pensar que esas situaciones de encuentros de los personajes entre sí, o con los objetos que los rodean, son finalmente las que revelan sus características (de manera más transparente o más opaca), y no viceversa.

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El invierno llega después del otoño bien podría incluirse en esa larga lista de películas que trabajan en torno a lo evanescente del tiempo separando al relato en dos partes como sucede incluso la reciente Right Now, Wrong Then de Hong Sang-soo. ¿Tuvieron en cuenta esta estructura desde el comienzo? ¿Hay alguna relación entre que sean dos los directores y dos los tiempos que se cuentan en la película?

La estructura estuvo bastante clara desde el principio, sí. Al inicio lo que surgió fue la primera escena, y el interés que compartíamos por ver lo que pasaba en la vida de cada uno de los personajes un tiempo después de la separación. Ambos teníamos claro que no queríamos hacer una comparación y sabíamos que, entonces, era importante evitar el montaje paralelo, para poder desarrollar mejor la cotidianeidad de cada uno sin interrumpir o intervenir tanto sobre cada línea.  La diferencia mayor con Wright Now, WrongThen es la linealidad cronológica, a la que hace mención el título de nuestra película. Queríamos respetar la cronología para poder ver más a fondo qué les iba pasando a los personajes (y a la película), a medida que se/nos iban/íbamos alejando del reencuentro del comienzo, y qué ecos o rastros iban quedando en ellos y en la película de esa escena inicial. Pero la estructura binaria (tal vez poco convencional) aparece en varias películas de Hong Sang-soo, y esa coincidencia la vimos mientras pensábamos la película. Habiendo filmado gran parte de El invierno llega después del otoño, incluso, fuimos encontrando que las dos partes funcionaban como reflejos deformados: se pueden reconocer coincidencias en situaciones, pero nunca se dan exactamente igual, sino que aparecen de manera desplazada.

En cuanto a la relación con que seamos dos directores (hombre y mujer, también), nunca lo pensamos a priori. El guión fue escrito a cuatro manos, y lo mismo la tarea de dirección en la película. Hoy en día, ni nos acordamos quién escribió algunas escenas, dado que la mayoría fue pasando diferentes reescrituras hechas por ambos. De todas maneras, puede ser que sea el número dos el que más aparece en la película: dos estaciones, dos personajes, dos partes, dos directores.

¿Vieron alguna película que les haya gustado en el BAFICI? ¿Alguna que se hermane un poco con la suya?

Sinceramente, pudimos ver poco en este BAFICI. La mayoría fueron películas de amigos nuestros, personas con las que trabajamos hace poco y hace mucho tiempo (Panke, El teorema de Santiago, Viviré con tu recuerdo, entre otras). Pero creo que cada película fue por un lado verdaderamente diferente y sería un poco forzado hacer una relación.

La película de Hong Sang-soo la vimos en Mar del Plata el año pasado, cuando recién habíamos hecho una primera versión del montaje de la película, así que no pudimos evitar verle las coincidencias con la nuestra, no sólo en la estructura, sino también en un cierto tono. De alguna manera u otra, siempre estamos pensando en el cine, así que todas las películas, incluso las que menos nos gustaron del BAFICI, nos sirven para seguir pensando y haciendo cine.

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