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Mar del Plata 2018 (04) – El árbol negro / Cassandro, the Exotico!

Por Lautaro Garcia Candela

Viendo El árbol negro, de Máximo Ciambella y Damián Coluccio, película programada en la Competencia Argentina, encontré enfoques diferentes a los mismos problemas que también había en Chuva é Cantoria, la película brasilera de la que hablé ayer. Una extrae la cotidianeidad, lo que tenemos en común con los aborígenes, para filmarlo y mostrar cómo se organiza toda una comunidad; la otra busca lo que tenemos de diferente en las texturas y los colores: busca lo exótico. El árbol negro narra el trabajo de Martín, el protagonista, de una manera minuciosa en encuadres que la otra película desconoce: planos medios o cerrados sobre sus manos, de manera que podamos entender y acompañar sus movimientos. Paralelamente, los Qom se reúnen para pensar cómo hacer para mejorar sus condiciones de vida, hablando con los dirigentes territoriales y, finalmente, cortando una ruta (esa escena es particularmente buena por lo despojada, al contrario de lo que suelen mostrar los canales de televisión sobre este tipo de intervenciones).

La decisión más fuerte de la película es la de poner en escena de un modo fantástico el mito del Árbol Negro: para que todo mejore, hay que pintar con sangre de animal el árbol que une el cielo con la tierra. Al principio nos cuentan el mito mientras vemos un pantano casi de ciencia ficción (tanto que recuerda a Zama) y al final, luego de ver toda los problemas del día a día del protagonista y su familia y amigos, vemos cómo se pone en práctica. Un ritual, una puesta en escena de una imaginería externa (externa a nosotros, los que vivimos en las ciudades), pero, a diferencia de lo que sucede en Chuva, con un contexto concreto: su misión es para mejorar la calidad de vida de todo un pueblo.

Muy pocas cosas tienden al equilibrio. Lo que se gana por un lado se pierde por otro. La película es tan cuidadosa retratando la comunidad Qom (con sus particularidades y su lado político) que no los contradice en ningún momento. No les hace contrapeso desde detrás de cámara. La puesta en escena es impasible: no puedo terminar de ver a los directores, escondidos entre los Qom. Ningún encuadre da valor o revela cinematográficamente algo que no se revele por sí mismo allí dentro. De todas maneras, tarde llego para recomendarla: ya tuvo sus tres funciones. Pero estén atentos.

Para leer sobre Cassandro el exótico! recomiendo que pongan esto de fondo. O al menos eso le gustaría a él. ¿Él? No recuerdo cómo es que se nombra a sí mismo Cassandro, sí que en un momento dice algo así como: qué horror, me estoy pareciendo a un hombre, ellos me encantan pero no quiero parecerme a uno. Lo que es seguro es que su cuerpo es pasible de cualquier tipo de transformación. Muestra sus cicatrices producto de las luchas más como un trofeo que como algo definitorio. El cuerpo es su herramienta pero también es su enemigo, es el que le recuerda todo lo terrenal, todo lo aburrido. 

En lo referido a Cassandro como personaje/luchador, cuando sube al ring no quiere un sentimiento. Quiere algo mejor: la afección encarnada, puesta en escena, compitiendo contra otras. Así como deja atrás una concepción remanida de identidad, también hace algo parecido con la sensibilidad. Incorpora las máscaras (en un sentido amplio, no me refiero a las que son características de la disciplina) como un instrumento para liberarse. Ello no supone un desdoblamiento en su personalidad, más bien todo lo contrario: poniéndose en personaje logra afirmar su identidad. Marie Losier deja espacio para la intimidad familiar para que podamos entenderlo en toda su dimensión pero esa es su intervención más grande. La mayoría del tiempo se retrae para para que Cassandro haga su show.

Lo que va narrándose paralelamente es la historia de la lucha libre en México y en el mundo. En algún momento Cassandro dejó el gueto de los exóticos (más complejos sexualmente, emparentados a los drag queens) para pasarse a las ligas mayores y ahí cobró mayor popularidad. Con él, todo se fue aflojando. Ahora parece ser -o al menos la película muestra eso- que el mundo de la lucha libre es una especie de circo alegre en el que pueden convivir los clásicos luchadores enmascarados y bien machotes con enanos, mujeres, transexuales, o cualquiera que tenga las agallas. Con Cassandro liderando todo eso, suena a una especie de utopía. Me fui a dormir con la convicción secreta de que el mundo siempre está mejorando. O al menos, los días en que se pueden ver películas como esta.

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