¿Cuánto hay de Bariloche a Buenos Aires?
En Jacques Rivette, le veilleur, Rivette responde a una pregunta de Serge Daney sobre la duración de sus películas pensando en una película de 1934, Sucedió una noche, de Frank Capra. Dice que en 1934 se podía ir de Miami a Nueva York en una hora y media, pero que en los años 90 (cuando sucede esta conversación), se necesitaría mucho más tiempo en pantalla para una película así, quizás dos horas y media o más. Además, dice Rivette, las herederas ya no se casan con periodistas como en la de Capra.
Nuestra versión de un viaje como el de Capra, La rubia del camino, de Manuel Romero, es de Bariloche a Buenos Aires en poco más de setenta minutos en los que Paulina Singerman conoce algo del mundo de los otros, eso que en las películas de Romero es el mundo real, opuesto al mundo de los ricos y ociosos. En ella, Paulina Singerman es una joven déspota: no deja salir a sus trabajadores ni a fiestas ni a los partos de sus propios hijos, obliga a toda la familia a caer en cada uno de los caprichos que se le ocurren y hasta a un camionero cantante (Fernando Borel) a que la lleve a Buenos Aires. Paulina está comprometida con uno de esos tipejos de alta sociedad que misteriosamente no tienen un centavo (Enrique Roldán) y que la engaña con una divorciada. Después de intentar comprometerse con un viejo conde (también misteriosamente desplumado) que no le gusta, termina huyendo de los suyos hacia la ruta.
Lo que pasa en esos pocos minutos es una road movie: la vida se transforma, literalmente, en un camino. Paulina, clasista y maleducada, se deja permear sin querer por la gente y las cosas que se cruza o, podría decirse, ve en las vidas de los otros el reflejo desagradable de sí misma: viendo a los otros se ve, y viéndose cambia. De eso se tratan la mayoría de las comedias de Romero con Paulina Singerman: ampliar el rango de visión tanto que devuelve a una mujer joven, caprichosa y millonaria la imagen de una ridícula burguesía cuyos valores, también ridículos, deben desaparecer a fuerza de mezcolanza.
La forma que tiene ese cambio es la escena veloz de encuentro y conflicto: Paulina contra todos. Ella es como una fuerza interruptora que todo lo corta con su ingenio hasta que, conforme el país avanza y el romance también, ella se va ablandando. Con ella se ablanda todo lo demás, romance y ternura mediante. Se ablanda tanto que, en algún momento, aparece una elipsis inmensa: cuando ya no se necesita encuentro ni trama, desaparece todo hacia adelante.
Saber lo que es verdaderamente la vida, eso que el abuelo de Betty le dice frente a sus males de amor del principio, llevaba en la Argentina de 1938, 70 minutos. Y eso que nosotros pensamos que ahora se vive rápido: no importa lo rápido que vaya, en ninguna película de hoy hay este romance, esta gracia, este zafarrancho. Quizás es la velocidad la que está mal orientada: vivir, ¿qué es ahora? Veamos cómo era entonces, a ver qué se nos ocurre.

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