Filma La vida es un tango y piensa terminar La modelo y la estrella con Paulina Singerman. Considera a Fuera de la ley su mejor trabajo. Defiende a nuestra música y ataca a los productores improvisados.
Son las cuatro de la tarde. un sol abrasador duerme su larga siesta sobre el camino que conduce a los estudios Lumiton. Y nos acompaña hasta que penetramos en el “set” más amplio de la mencionada productora. Vamos en procura de Manuel Romero, quien dirige actualmente La vida es un tango. Lo hallamos en un momento de descanso, de esos descansos imperceptibles de Romero, el hombre más activo del cine argentino, que él aprovecha para repasar el guión o revisar el decorado en construcción. Y nos acercamos a él, dispuestos a “robarle” ese intervalo de filmación, para que nos entere de algunas cosas que queremos saber.
—¿Qué fue lo que le impulsó a ingresar al cine?
—Mi gran afición por el séptimo arte. Una afición que data desde mucho antes de que nuestro cine cobrara el impulso que hoy tiene. No olvide que cuando aún no se hacía cine en nuestros estudios a mí se me ocurrió llevar toda una compañía (más de 40 personas con Carlos Gardel a la cabeza) para filmar en Joinville una película en castellano. En ese entonces yo ya tenía idea de que el cine argentino podía ser una fuerza y llegar a competir con el extranjero, cosa difícil en la época muda.
—¿De manera que sus primeras experiencias cinematográficas las tuvo en Joinville?
—Efectivamente. Fui autor y asesor de Luces de Buenos Aires. Luego me contrató la Paramount para que hiciera dos películas en español. Se titularon La pura verdad y ¿Cuándo te suicidas?, con argumentos de Arniches y de Muñoz Seca. Terminada esta última abandoné por razones de incomodidad.
—¿Y en nuestro país?
—Aquí me inicié con Noches de Buenos Aires, en estos mismos estudios. Integran la lista de mis producciones: El caballo del pueblo, El cañonero de Giles, La muchachada de a bordo, La muchacha del circo, Don Quijote del Altillo, Fuera de la ley, La vuelta de Rocha, Tres anclados en París, La rubia del camino y Mujeres que trabajan.
—¿Cuál es a su juicio su mejor trabajo, y por qué?
«Fuera de la ley«, responde sin titubear. Y agrega: «¿Por qué? No sé. Es una simple razón de gusto personal».

—¿Qué piensa hacer con La modelo y la estrella?
—Continuarla. Y posiblemente con la misma Paulina Singerman. Confío en que el entredicho quedará pronto solucionado y la estrella volverá a su puesto.
La seguridad que Romero pone en sus palabras nos permite creer que esta promesa que nos ha brindado se verá pronto confirmada. Insistimos:
—¿Qué puede anticipar a los lectores de CRÍTICA de La vida es un tango?
—Es una película que tengo planeada desde 1936, a pedido de Francisco Canaro. Se iba a llamar La historia del tango y era el relato de la vida de un compositor desde muchacho, combinado con un desfile de los tangos más famosos de cada época. La idea subsiste en el film que estoy realizando. Es la carrera de un cantor en su doble línea ascendente y descendente, matizada con las piezas más representativas del cancionero porteño. La protagoniza Hugo del Carril, quien creo, sinceramente, será mi sorpresa para el año próximo, acompañado por Florencio Parravicini, padre de él en la ficción, y Sabina Olmos, figura interesante y expresiva en quien también tengo mucha fe.
—Se dice que usted vuelve con este film a abordar elementos muy manoseados en la primera época de nuestro cine parlante: el tango, el arrabal, el cafetín…
—Nada de eso —responde un poco molesto. Se trata de un romance sentimental con variadas notas de ambiente. La acción se inicia en Buenos Aires, pasa a Nueva York, París, etc., y vuelve a nuestra ciudad. Hay numerosos escenarios de gran lujo, y el arrabal sólo aparece como nota episódica. En cuanto al tango me parece un error pretender excluirlo de nuestro cine. La música es el principal medio de difusión de los sentimientos y modalidades de nuestro pueblo. Yo, siempre que pueda, injertaré música local en las películas. Es la mejor embajadora del alma nacional. Y la base de la atracción de nuestras películas en otros países. Acabo de comprobarlo en mi reciente gira por Estados Unidos y naciones sudamericanas. Eso sí, las canciones deben ser intercaladas oportunamente, buscando no quebrar la acción. Ésta ha sido mi especial preocupación en La vida es un tango.
Y para robustecer su afirmación nos lleva hasta la sala de proyecciones donde nos hace ver y oír dos pasajes de la mencionada película, en los que Hugo del Carril canta los tangos «La copa del olvido» y «Yira, Yira».
—¿Cómo ve usted al cine argentino de hoy?
—Como cosa seria. Pero muy seria. Por la importancia que ha adquirido y por el peligro que entraña la presencia, en un ambiente, de productores improvisados, que traen directores improvisados, técnicos improvisados, artistas improvisados. Y usted sabe bien que el cine no puede ser el resultado de una simple improvisación o de un gesto de audacia. Creo que es hora de cerrar el colador… y no dejar pasar más que a los buenos.
—¿Qué opina de la filmación de películas argentinas en el extranjero?
—Que me parece una barbaridad. No es posible infundir sabor local a un film realizado en tierra extraña, por mejor buena voluntad que se tenga. He visto recientemente en Estados Unidos filmar una película española con un galán, apellidado Gutiérrez, que era americano y se esforzaba para pronunciar malamente unos pocos términos castellanos. Y a todo esto el el director ni intervenía. Y no digamos nada de los detalles de ambiente…
Y cuando ya nos disponíamos a retirarnos y dejar que Romero filmase unas escenas de interior con Parra y del Carril, el activo director nos dice:
—¿Ahora puedo yo hacer una pregunta?
Y ante nuestro gesto afirmativo, agrega:
—¿Creen ustedes que es muy fácil hacer cosas que gusten al público?
Para terminar, antes de que alcanzáramos a interpretar el sentido de la pregunta:
—Estoy firmemente convencido de que no es así, y de que tampoco el camino más difícil es el llamado artístico. Si fuera tan fácil todo el mundo haría películas de éxito… Lo fácil es hacer una película a gusto de uno mismo. Pero conformar a un público heterogéneo ya es otra cosa.
Minutos después el camino nos devolvía a Buenos Aires. Y el sol empezaba a huir perseguido por la noche ya cercana.
(Publicado en el diario Crítica, 30 de noviembre de 1938)

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