El montaje y el amor – Sobre Partes del todo

Un cielo nuboso, denso, puebla la casi totalidad del plano, dejando entrever apenas un pequeño claro de cielo azul y un trocito de montaña a lo lejos. Parece un cuadro pintado por un paisajista chino. La niebla se mueve sutilmente y está a punto de eclipsar la silueta montañosa de manera total. Detrás de cámara, una chica y el director-camarógrafo comentan la inminencia del acontecimiento meteorológico, del cual probablemente sólo ellos son testigos. Un breve y ocasional instante de belleza, diría Jonas Mekas. No tiene mayor importancia en la trama, pero condensa algo de la forma poética del film en su conjunto: percibimos una pequeña parte y esa parte nos remite a un todo que es como una gran nube, un gran fuera de campo difuso que no alcanzamos a ver nítidamente, pero que vamos completando con nuestra imaginación. En la pintura china las nubes cumplen el rol del vacío, nunca algo vago y negativo, sino un principio dinámico, activo, transformador. Las nubes son un puente entre lo líquido y lo sólido, entre el mar y la montaña, así como una eterna superficie para proyectar nuestras ensoñaciones. Son, a su vez, esto lo sabe todo el mundo, el hábitat natural de los enamorados (“anda en las nubes”).  

El film se presenta como el diario de un camarógrafo freelance, siempre expuesto a nuevos y sorpresivos encargos. Una semana le toca grabar un video institucional en una fábrica de sartenes del conurbano; a la siguiente, un registro en el club hípico, la campaña de un político en la capital -o hasta una publicidad en Dubai-. De esas situaciones laborales Juan Renau extrae siempre alguna belleza o rareza que, de seguro, ningún cliente le pidió. A veces son momentos bizarros, como una cabra con un cactus en la cabeza o un policía a caballo cargando la estatua de una virgen; y otras, son simples destellos de belleza cotidiana: el reflejo de un farol sobre una calle antigua, un gato descansando.

Pero también hay otro aspecto que, de pronto, se infiltra en el diario. En medio de lo que parece un típico registro documental de un carnaval altiplánico, la cámara abandona a la comparsa y se aventura paneando por la multitud hasta que encuentra a una chica de pelo castaño, facciones delicadas y mirada introspectiva. Se detiene ahí, pero ella se mueve, se pierde entre la gente y la cámara va a pasar-panear por muchos lugares hasta reencontrarla. Algo nuevo comienza ahí. No sabemos cómo se conocieron, qué sintieron, quién los presentó, si antes fueron amigos o si fue un flechazo instantáneo, si hubo terceros involucrados. Cómo comenzamos yo no lo sé, dice Eros Ramazzotti en la canción principal del soundtrack. La cotidianidad laboral y amorosa es el punto de partida y llegada de todos los planos, pero Juan Renau tiene la delicadeza, la discreción, la elegancia –que siempre es económica- para regalarnos sólo algunos detalles reveladores, un gesto, un rostro, una forma de hablar o de cantar en los que podemos vislumbrar la intensidad del todo sin necesidad de ahondar en explicaciones de las partes. En este sentido, es un film libre y que también deja en libertad al espectador. Por lo mismo, algunos podrían sentirse incómodos o desorientados. Más de alguno podría reclamar un hilo más claro, un relato más lineal, una voz en off, en definitiva, una explicación.

A la salida del cine, escuché a la pasada a un señor del público diciéndole a un amigo que la película tenía cierta lógica disparatada y caótica parecida a Tik Tok o Instagram, pero no alcancé a escuchar bien la argumentación. No sé si lo decía en sentido peyorativo o como un aspecto interesante. En un punto es verdad, tomados de forma independiente, un alto porcentaje de los siempre muy heterogéneos planos de Partes del todo podrían ser exitosos en redes sociales, cosechar likes o corazones. Pero hay una gran diferencia: en las redes sociales cada plano ingresaría en la cadena involuntaria y abierta del scrolling y, así, se volvería probablemente una información olvidable, en vez de involucrar un sentido (o múltiples sentidos) dentro de un todo cinematográfico. 

Es un problema de montaje: ¿cómo ensamblar las partes del todo? Raúl Ruiz decía que cada plano de una película era en sí mismo una película que contenía virtualmente otros mundos, otras cadenas de acontecimientos. Cada parte reclama su independencia del film en el que está, su propio spin-off. Hay películas que domestican sus partes y las subyugan a la homogeneidad del todo; otras, como ésta, logran mantener la tensión. Trabajan para sí mismos y para el todo. Cuando filma con ternura a esos hombres solos, perdidos y melancólicos en rincones ignotos del mundo, aunque nunca lo enuncie o explique, también se está mirando a sí mismo a través de ellos. No es fácil hacer que los planos tengan esta doble vida. En un momento, en un escenario de pueblo, una niña y su padre cantan con mucho histrionismo y desplante esa canción de Pimpinela que dice “vete, olvida mi nombre”. Esos cuerpos y rostros tienen su peso propio, cuentan su propia historia, activan por sí mismos la curiosidad o el recuerdo en los espectadores, pero ese plano también está contando de manera indirecta algo de lo que está pasando en la vida amorosa del director. Es una parte que remite al menos a dos todos, una doble visión que puede ser triste y graciosa al mismo tiempo y, en eso, radica su gracia.   

Me atrevo a decir, por último, que Juan Renau pertenece a una tradición muy rara de directores  que combinan el documental en primera persona y el amor con cierta tendencia a la comedia: Sherman’s March de Ross McElwee y Mapa de León Siminiani son los primeros y únicos que se me vienen a la cabeza. En la primera el director tiene que hacer un documental histórico sobre la ruta del mariscal Sherman durante la guerra civil norteamericana, pero comienza contando que su novia lo dejó y no puede pensar en otra cosa y así la película se convierte en la búsqueda incesante de citas, reencuentros con ex, etc. En Mapa también todo se activa cuando Siminiani termina con su novia y decide partir a la India para hacer un corte radical en su vida (spoiler: en su siguiente película vuelve con ella). De haberse separado, quizás también Nanni Moretti podría haber ingresado en este selecto grupo, pero no lo hizo, en cambio filmó el nacimiento de su hijo en Aprile

Juan Renau, por su parte, no arranca en el momento del quiebre, sino que filma elíptica, sincera y discretamente el proceso del nacimiento y el ocaso del amor romántico. Así como las nubes llegan, así también se van. O cambian de forma. Es algo muchas veces difuso y misterioso, que no sabemos muy bien cómo explicar. Spoiler abstracto: a diferencia de McElwee y Siminiani, en el final de Partes del todo, es el cine, la amistad y una especie de amor general, spinoziano hacia el mundo lo que prevalece y contagia al espectador de una extraña felicidad. 

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