A los muchos que no viven. Algunas aventuras cinematográficas para acercarse a Alfredo Mathé

Del inagotable universo de películas argentinas que puebla nuestra exquisita cinematografía, hay una que llamó mi atención para siempre desde la primera ocasión en que oí hablar de ella 1. Se llama Todo sol es amargo, y es un largometraje de procedencia cordobesa estrenado en 1966 2: para empezar, el primer largometraje cordobés del que se tenga certera constancia3. Tiene la peculiaridad, por supuesto, de haber sido filmada en Buenos Aires. Con técnicos de Buenos Aires, de la talla de Ricardo Aronovich y Antonio Ripoll. Con actores de Buenos Aires, y más que de Buenos Aires, de toda la nación en su esplendor, como lo eran Lautaro Murúa, José María Gutiérrez, Federico Luppi, Haydée Padilla, Adriana Aizenberg, Beatriz Matar… La lista es así de larga y sorprendente. Y eso que falta mencionar que fue el debut en largometraje nada más y nada menos que de Héctor Alterio4. Y con música de Atilio Stampone. Difícil sería negar el interés que presupone. Un interés que, a pesar de sobradamente merecer, todavía no ha conseguido.

Pero, antes que nada, una duda acuciante: ¿cómo puede esto ser cordobés? Afortunadamente, como no siempre sucede, hay un nombre que lo explica todo.

En este caso, Alfredo Mathé. Con él, una larga historia.

Se dice que las sucesivas dictaduras aniquilaron una bohemia cordobesa que hacia mediados de los 60 tenía un impulso y unas ideas que permitían presagiar un futuro de bonanza en la ciudad para las artes y la cultura. Córdoba estaba repleta de lugares de discusión y vanguardia y de personas que, como figuras renacentistas, se abocaban con fruición a diversos ámbitos de la expresión y el conocimiento5. Alfredo Mathé era una de ellas: escribía prolíficamente, pintaba, hacía teatro y hasta títeres, una actividad muy redituable que ejercía junto al reconocido Héctor di Mauro. También era crítico de cine, principalmente en el diario Córdoba6.

Tenía, además, un suegro importante: Jacobo Feldman, una figura central en el desarrollo artístico de la ciudad. Como autoridad del Fondo Nacional de las Artes, Feldman transformó el brío cultural de la época en toda la provincia con su enorme gestión para financiar proyectos culturales de todo tipo. Era, además, dueño de una de las galerías de arte más tradicionales de Córdoba, un privilegiado lugar de encuentro para artistas y pensadores.

Hacia finales de los 50, junto a otros entusiastas, entre los que destacaba, según se dice, el profesor de literatura francesa Quique Revol, tenían un cineclub llamado Círculo de Cine, que funcionaba los domingos a la mañana. La circulación de las películas era extremadamente dificultosa, entre monopolios locales de exhibición y distribuidores desconfiados de las instalaciones y aptitudes de los cineclubistas. Las copias más codiciadas eran, signo de época, las de Buñuel y, sobre todo, las de Bergman. Mientras tanto, en el cuarto piso del imponente Teatro Rivera Indarte (hoy, del Libertador General San Martín), Mathé era también uno de los organizadores, ya por 1957, de la Escuela de Cine Experimental, continuadora de la experiencia de seis meses que había sido el Seminario-Taller de Cine Experimental7. Mathé dictaba Lenguaje Cinematográfico; llegaron a tener cuarenta estudiantes. Sin embargo, la iniciativa acabó por extinguirse al no encontrar un lugar que los acogiera luego de la partida de Luro Bro, director del Teatro. Por la falta de medios económicos y de equipamiento no se alcanzaron a producir cortometrajes, pero sin duda dejó inquietudes que fueron la base para la carrera de algunos estudiantes como Néstor Moragues y Jorge Schneider.

Córdoba catedral (1967)

Quienes también continuaron la senda de la realización cinematográfica después de esta experiencia reveladora fueron Alfredo Mathé y su cuñado José Félix Feldman, apodado “el Coco”, compañía constante en toda esta etapa8.

En 1961, luego del cortometraje La calesita (que, según se sabe, planteaba cierto cruce entre fantasía y realidad protagonizado por un niño de barrio, pero que quedó estancado en la fase de montaje), Mathé produjo en 35mm con fondos del Instituto Provincial de la Vivienda el mediometraje Aquí vivimos. En él se ven retratadas zonas de la ciudad de Córdoba como la incipiente Villa La Maternidad, pero, se dice, tenía una forma tan peculiar que defraudó la expectativa gubernamental y nunca fue proyectado. Mientras tanto, ya estaba escribiendo con Quique Revol, ambos admiradores del surrealismo (por la renovación y transgresión que allí distinguían), el mediometraje El perseguido, que filmó con fondos del Instituto Nacional de Cine y el aporte privado de reconocidos artistas plásticos como Carlos Alonso, Antonio Berni y Juan Carlos Castagnino.

El perseguido fue parte de la muestra paralela del Festival de Cine de Mar del Plata de 1962, pero en Córdoba tuvo un recibimiento álgido. El profesor Moreschi recuerda: “El estreno fue para un grupo de gente calificada de cine, a la que yo entré por mis contactos del cineclub9. Se promovió un debate posterior que provocó una discusión terrible entre los asistentes porque la estructura de la película era muy arbitraria. Se basaba en la historia real e imaginaria de un sujeto que se desplazaba acosado por algo indescifrable, aprovechando la cámara su deambular por los espacios típicos de Córdoba: la Cañada, los sectores aledaños al río y todas las partes típicas de la ciudad. Huía permanentemente y tenía alucinaciones con elementos simbólicos como una araña, observaba a una mujer mostrando sus pechos y dándole de mamar a un bebé, un viejo baboso también la miraba lascivamente en la estación del ferrocarril. Todas las escenas eran muy complejas y parecían absolutamente inconexas. Todo esto tenía su explicación, ‘la obra tomaba forma gracias al sustento psicoanalítico que la fundamentaba’, argumento que en el debate explicó el profesor Revol, con bastante dosis de superioridad y pedantería muy propia de su personalidad. Esto enardeció a varios concurrentes y provocó exaltadas críticas de algunos que se sintieron menospreciados y agraviados. Muchos exclamaban: ‘¿Y esto qué significa?, ‘No tiene pies ni cabeza’, ‘¿Para eso gastan la plata?’, ‘¿Para ver cine hay que leer un manual?’”.

Son preguntas que se podrían recordar al volver a verla. Las copias conocidas que se conservan de estas dos películas están afortunadamente bajo el resguardo del Centro de Conservación y Documentación Audiovisual (CDA) de la Universidad Nacional de Córdoba, el archivo más importante del que dispone la ciudad10. Sin embargo, como en algunos rollos es discernible un proceso de deterioro, será necesario un tratamiento largo y delicado antes de que vuelvan a encontrarse con el público. Habrá que ser pacientes, aunque existe absoluta certeza de que están en manos inmejorables.

Otros cortometrajes de Mathé se conservan en la colección del Fondo Nacional de las Artes que resguarda el Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken. Gracias al trabajo de su extraordinario staff se pueden ver Cartas de Fader, de 1965, y Córdoba Catedral, de 1967. 

Córdoba Catedral es un pequeño cortometraje, algo naif, en el que, acoplando la Missa Quarti Toni de Tomás Luis de Victoria con “Lucy in the Sky with Diamonds” de los Beatles, Mathé combina siglos mientras filma a una mujer entre los campanarios y pasillos de la magna iglesia cordobesa. Cartas de Fader, por su parte, suele mencionarse como la película que mayor satisfacción le producía a Mathé y fue, sin dudas, la que más lejos viajó: fue, por ejemplo, parte de la competencia de cortometrajes del Festival Internacional de Cine de San Sebastián de 1966, al lado de cineastas como Sanjinés, Lelouch, Étaix y tantos más11. Con fotografía a color de Ricardo Aronovich (a la que hoy no queda más que imaginar, debido a la decoloración de las copias en 16mm que se conservan) y texto en off escrito por el pintor Juan Batlle Planas, este cortometraje recrea una carta del delicado pintor Fernando Fader, oriundo de Francia pero radicado en el norte de Córdoba, a su esposa, hablándole de sus fracasos. Mientras vemos sus obras pictóricas, fotos de su vida y planos de sus proyectos nos adentramos, según manifiesta en su voz recreada, en el más recóndito sentir de este artista tan interesado en capturar la luz del paisaje argentino como en proezas de ingeniería hidráulica que lo llevaron a la quiebra.

Para “aprender cine con los que ya sabían hacerlo”, como dijo en alguna ocasión Coco Feldman, y aprovechando los estrechos lazos familiares que lo unían a la capital, a mediados de los 60 Mathé se radicó con su familia en Buenos Aires con la esperanza de encontrar un ambiente más propicio para desarrollar sus proyectos cinematográficos, sin perder, como siempre dijo, la impronta de la cultura provinciana que lo había formado. El primer desafío que se propuso era verdaderamente ambicioso: adaptar una pequeña novela de 1957 titulada Para ellos la eternidad, escrita por Alberto Vanasco. Una elección que, al decir de Mathé, implicaba “la crisis de aquel realismo directo, inmediato, circunstanciado en los datos de la realidad cotidiana más visible”12. Un singular relato de vidas disímiles apenas unidas por un tren que, inspirado por un verso de Rimbaud, para la gran pantalla fue rebautizado como Todo sol es amargo13.

El primer largometraje cordobés. El centro de la cuestión.

“Es una película desconcertante”, escribió con justicia sobre ella Fernando Martín Peña. De la novela, adaptada por Mathé y el escritor y crítico literario Noé Jitrik14, hereda una estructura coral a través de la cual conocemos fugaces momentos capitales de la vida de una serie de personas a quienes los une ser pasajeros de un tren que ha partido de la estación media hora antes de lo previsto, conducido por unos sindicalistas ferroviarios que huyen luego de atentar contra un ministro. Antes (“en el vestíbulo de Constitución o en sitios aún menos adecuados para la nostalgia”, según acusa una ácida crítica de la época15) y durante el desconcierto, el descollante elenco representa a un hombre postrado a quien su mujer desprecia saliendo sin tapujos con otro hombre al frente suyo, un espontáneo romance entre una joven que vive a la sombra de sus tres tías ancianas y un chico mitómano, a un fotógrafo cándido como nadie más ha existido, un triángulo amoroso con epicentro en Mar del Plata. Los episodios más llamativos son sin dudas el primero y el último, dedicados a un chofer de colectivos que ejecuta una saboreada venganza y a un padre a quien la enfermedad de su hija lo hace ingresar en un sórdido y terrible laberinto.

“Se trata de un film acerca de querer y no poder, lo que de entrada lo vuelve muy argentino”, señala Peña, con sus historias que exhiben alguna variante de la impotencia. Diría, además, que son historias sobre deseos no correspondidos. Anhelos que no se concretan. Afuera de la adaptación cinematográfica quedó una historia sobre un tórrido y cruento romance entre bailes y los crepúsculos del delta que cuadraría bien con estas interpretaciones; es probable que su alto contenido sexual haya motivado su exclusión, a pesar de que en Todo sol es amargo se percibe una libertad un tanto peculiar.

Todo sol es amargo (1965)

Fue una película poco comprendida en su momento, quizás debido a que, al decir de Peña, “no se parece a nada que haya dado el cine argentino previo o posterior”. Como Mathé mismo admitió alguna vez explicando su propuesta, el tempo ciertamente discurre de manera cuanto menos curiosa, las secuencias tienen formas variadas, propone más enigmas de los que resuelve y salta inesperadamente de tema en tema sin transición, evitando las convenciones habituales para su época. En la prensa se le reprochó una excesiva vocación retórica, una estructura tan laxa, la inverosímil actitud de algunos personajes. Los más avezados llegaron a acusarla de pretenciosa y pedante, dos adjetivos que poco se condicen con su extraño tono juvenil, casi socarrón. El tiempo transcurrido, quizás, nos la ilumina de otra manera. Mathé, esbozando una moderna defensa, renegaba de pensarla en sí como una película concluida: más bien pretendía que esto se lograra con la intervención activa del espectador.

En Córdoba la premiere se realizó en el Cine Gran Rex una mañana de un día de semana. “Se estrenó con invitaciones a todo el mundo del cine: críticos, cineclubistas, empresarios…”, recuerda Moreschi. “Unos la saludaron como la gran obra de un amigo, otros la vieron como una aventura del interior, otros se quedaron callados porque no la veían prosperar en el mercado comercial. Creo que el silencio que se hizo al final significaba que la mayoría entendió que la película no iba a tener una próspera distribución y eso destruía cualquier sueño. Pero todos saludaron a Mathé porque había logrado lo que muchos se habían propuesto y nadie había podido conseguir: entrar al ‘gran negocio del cine’, con una obra en 35 milímetros, el paso más caro de la época, y tener la posibilidad de discutir su entrada a los circuitos comerciales”…

El siguiente proyecto de largometraje sería De lo que no hay, filmada en 1968, una película que sin dudas se podría calificar de maldita. Basada en la excepcional novela La violencia, publicada en 1956 por Arturo Cerretani, en su adaptación cinematográfica debió cambiar el título debido al álgido clima que se vivía en el país. Relatos familiares y aledaños solían situarla en la categoría de películas sin finalizar, pero algunas cartas de Mathé pertenecientes al archivo Daniel López en custodia de la Filmoteca Buenos Aires permiten conocer más detalles en torno a su derrotero16. A pesar de haber sido aprobado el guion por el Instituto Nacional de Cinematografía, el proyecto quedó sin financiamiento una vez ocurrido el golpe de Estado de Onganía e instalado el coronel Adolfo Ridruejo en el sillón del INC. Luego de incontables visitas al edificio de calle Lima, Mathé decidió filmarlo de manera independiente (o “ilegal”, según define en las cartas, de manera clandestina por no contar con autorización de SICA) con fondos propios y ayuda financiera de amigos.

A esta situación se sumaron muy pronto varios contratiempos. Mathé no pudo contar para el papel principal con Beatriz Matar, a quien consideraba la actriz ideal; ni a Virginia Lago, que se había teñido el pelo de color champán, ni a Selva Alemán. La elegida fue la debutante Julia Elena Dávalos, reconocida folklorista salteña. El actor principal escogido había sido Guerrero Marthineitz, el “peruano parlanchín”, que abandonó el proyecto el segundo día, dejando inservible toda la primera jornada de filmación.

Lo conflictivo del proceso quizás pueda poner en contexto lo que resultó ser una adaptación algo nugatoria de la cruenta novela de Cerretani, que narra las peripecias durante un día de una muchacha inocente e infantil del interior que trabaja de empleada doméstica en la zona de Plaza San Martín y Retiro. Sin percibir la extrema hostilidad de la ciudad a su alrededor y la indefensión absoluta en la que se encuentra, Mara se termina viendo inmersa en una serie prolongada de sucesos desafortunados, intensos, crueles, que la cita final de Perrault escogida por Mathé para advertir a las jóvenes acerca de los riesgos del sexo termina casi trivializando, sin haber encontrado nunca un tono que pudiera manifestar la potencia de todas las lecturas que Mathé encontraba en la novela (“trasculturación u oposición campo-ciudad. Realidad y fantasía. Noche y día. Riqueza y pobreza. Integrados y marginados. La batalla del sexo. Inocencia y madurez. Erotismo y represión sexual”, como describía en su correspondencia). También es una pena que, si bien se anuncian en los créditos, los collages del pintor Carlos Alonso que iban a aparecer cómo prólogo, interviniendo fotogramas de la misma película, no hayan podido ser parte del metraje, que terminó encontrando, por lo que hemos podido ver, una forma de 55 minutos. 

Cumplida la ceremonia ritual de mostrar la película a amigos y parientes, De lo que no hay cayó en el olvido hasta ser rescatada para la categoría “Rarezas argentinas” del 7mo Festival de Cine Argentino de Santa Fe de 1989. Como ocurría con Todo sol es amargo, los espectadores de este siglo apenas las pudimos descubrir en los ripeos de alguna transmisión en Canal Volver17 (cuyas copias había adquirido a su familia) que se encontraban subidas a YouTube, hoy ya bloqueadas, y que solo subsisten en los discos duros de quienes tuvieron el enorme tino de descargarlas en resguardo18.

De lo que no hay (1966)

Luego de esta experiencia fallida, Mathé resolvió, como cuenta en las cartas, poner punto final a una vieja vocación y a una actividad que no le había proporcionado más que incomodidades varias, a él y a su familia. Después de algunos años en Bariloche volvió a la ciudad mediterránea luego del Cordobazo de 1969, donde eventualmente formó parte de la mítica revista de humor Hortensia, en la que, bajo el nombre de Alfredo, publicaba un divertido “Diccionario para delirantes”. Puedo imaginarlo pasándose los días dedicado a la ocurrencia de palabras nuevas y nuevos sentidos a las ya existentes. Por su actividad periodística estuvo mencionado en varias listas negras que confeccionó la más reciente dictadura cívico-militar.

Varios proyectos quedaron truncos: quiso filmar Zama, por ejemplo, y durante un tiempo tuvo los derechos de Antonio di Benedetto, que luego, al no haber podido conseguir Mathé los fondos necesarios para filmarla, debió ceder a Nicolás Sarquís. También quiso filmar la historia real de un bandido que robaba a los ricos para darle a los pobres, un Robin Hood vernáculo de quien no se conocía paradero, pero que por varias investigaciones Mathé sospechaba que podía estar en Brasil. Un llamado telefónico amenazante exigiendo dejar de hacer preguntas hizo que el proyecto se diera por concluido. Sobre todo se lo vio durante años vagando por los archivos procurando información para un guion que escribía con muchísimo entusiasmo sobre el General José María Paz, “el Manco”. “Recuerdo algunas escenas”, escribió el periodista Juan F. Marguch, con quien coincidieron en La Voz del Interior, “tenían una fuerza épica que echaría al olvido tanto celuloide escolar malgastado por Torre Nilsson en su inconvincente José de San Alcón”. “Lo que apena en la trayectoria vital de Alfredo, tan pronta e injustamente interrumpida, es precisamente la quiebra de muchos de sus sueños mejores, que parece ser el sino de quienes sueñan en el interior y quieren vivir sus sueños en el interior”, continuaba Marguch, con amargura: “Pudo haber dado mucho más de lo que se le permitió dar, pero creo que eligió mal la ciudad”. Una aseveración dura, pero que hasta hace poco más de una década era una realidad indiscutible.

“Poesía, o cine, es lo inesperado, el humor, la gracia, el color, la acción, el amor, la aventura, la violencia. Es la reflexión y los subterráneos de la conciencia. Es el sonido modificando las estructuras. Es el silencio. Es una llamada telefónica a las cuatro de la mañana. El cine debe ser, pues, desalienante de un modo vital. Necesitamos algo así como un Rabelais de la pantalla. Un enorme grito que nos incomode en las butacas. Un descontento en las plateas. Una inquietud en las pupilas. Es la única rebelión que vislumbro. Es mi contravención”, escribió alguna vez Mathé, explicando su proceso en Todo sol es amargo. Soñador, pionero, precursor incansable, presa de frustraciones extremas, la de Alfredo Mathé es sin dudas una historia digna de ser conocida del cine del interior argentino.


  1. Algo que debo a Martín Sappia y Eva Cáceres, mientras organizábamos un necesario festival de cine que fue cancelado a punto de nacer por las autoridades municipales. ↩︎
  2. Si bien en varios de los pocos libros que se pueden usar de fuente sobre la historia del cine cordobés sale mencionada como estrenada en 1965, resulta más factible considerar que se estrenó el 28 de septiembre de 1966, en el Cine Gran Rex de la ciudad de Córdoba.
    ↩︎
  3. Los libros hablan por supuesto de Deuda sagrada, dirigida por Julio Brünner Núñez y estrenada el 20 de septiembre de 1915 –de paso, en esa fecha se conmemorará, a partir de este año, el Día del Cine Cordobés–. Se sabe que era una película cuyo impulso de producción estuvo inspirada por Amalia (1914), en este caso solventada por la Sociedad Entre Nous; se conoce su argumento, sus intérpretes, varios de sus técnicos y algunas locaciones, pero su duración permanece un misterio.
    ↩︎
  4. Siendo su primera experiencia cinematográfica el cortometraje El hombre que vio al Mesías, de 1961 y dirigido por Jorge Macario, que puede encontrarse en el canal de YouTube de Copetes Filmoteca.
    ↩︎
  5. Agradezco especialmente por la información que puede hallarse en la tesis Producciones cordobesas 1956-1976 (1988) de Ana Mohaded y a las Conversaciones con Oscar Moreschi sobre el cine en Córdoba en las décadas del 60 y el 70 (2013) de Moreschi y Fernando Ramírez Llorens.
    ↩︎
  6. “Vino Alfredo y pateó el tablero. Era su estilo”, escribió de él su colega y amigo Juan F. Marguch. “Hacía una crítica muy personal. Por lo pronto, veía una, dos y hasta tres veces una película, y luego escribía sin haber leído antes ninguna nota aparecida en los medios metropolitanos”.
    ↩︎
  7. El manifiesto con el que iniciaron su llamado testimoniaba la necesidad de definir al cine como un arte, y lo declaraban “el más importante socialmente, por ser además un espectáculo masivo y popular”.
    ↩︎
  8. Además de haber sucedido a su padre en muchas iniciativas institucionales y de haber actuado como asistente de dirección en todas las películas de Mathé, Coco Feldman tiene una pequeña carrera cinematográfica muy atendible, con los cortometrajes El intruso (1966, escrita con Mathé), Poeta de hospicio (1971, sobre la vida y obra de Jacobo Fijman) y Batlle Planas (1971).
    ↩︎
  9. El memorioso Oscar Moreschi se refiere al mítico Cineclub 1918, titulado en honor a la Reforma Universitaria de dicho año, cuya vida en “la Docta” desde fines de la década del 50 merece artículo propio.
    ↩︎
  10. Desde hace muy poco el CDA se llama Centro de Conservación, Documentación y Cinemateca Raymundo Gleyzer.
    ↩︎
  11. En Córdoba suele ser más recordado su tercer premio en el I Festival Internacional del Film de Arte de Necochea de 1966, donde además se llevó una mención a la mejor fotografía color.
    ↩︎
  12. Declaración, como varias referidas a continuación, que puede encontrarse en el n° 2 de la Revista de Cine que el INC editó en marzo de 1966.
    ↩︎
  13. “Lloré mucho. Las albas son siempre lacerantes. / Toda luna es atroz y todo sol, amargo”, en “El barco ebrio”.
    ↩︎
  14.  Dijo Vanasco: “Escribí Para ellos la eternidad pensando (…) que era la única novela que no podía ser llevada al cine (…); cuando leí la adaptación hecha por Jitrik y Mathé, me di cuenta de que estaba equivocado”.
    ↩︎
  15. En una revista Primera Plana de 1966 cuya tapa exhibía un dibujo de una larga cola en un banco, entre cuyas personas se encontraba personificada nuestra República, con el titular “A la espera de dólares”…
    ↩︎
  16. De una de estas cartas, escrita en 1989, Fernando Martín Peña rescataba recientemente el siguiente fragmento: “¿No es una rareza argentina la misma existencia de nuestro cine? Sin haberlo buscado, seguramente estas líneas llegarán a sus manos el próximo lunes, Día del Cine Nacional. Que espero que en el curso de las próximas horas no se convierta en el Día del Ex Cine Nacional, según los planes del Palacio de Hacienda, la reforma del Estado, la desregulación y la fiebre privatista que parece habernos atacado súbitamente a los argentinos. (…) ¿No es también una situación rara que estemos asistiendo al funeral de un cine que murió con cada película no estrenada o distribuida y exhibida de mala gana, como el que, en efecto, tiene que cargar con un muerto? ¿Acaso este cine nació muerto? ¿Nonato?”.
    ↩︎
  17. Además de llevar abajo la marca constante de la hora y la temperatura (en la ciudad de Buenos Aires, cabe asumir, tal como sucedía con la versión de Todo sol es amargo, que fue proyectada de 1:20 a 2:55 de la madrugada en una noche fría de 7° y con una humedad del 75 al 79%), se puede conocer la programación del canal en la época de la transmisión por inserts de 15 segundos de duración que invaden el encuadre cada tres minutos.
    ↩︎
  18. Y yo personalmente agradezco a Álvaro Bretal y Agustín Durruty, quienes me proveyeron de sus copias de estas películas una vez dados de baja los canales de YouTube en que se encontraban. También es necesario aclarar que de De lo que no hay se exhibió, posteriormente a la escritura original de este artículo, una copia en 16mm de la que no tenía conocimiento en la semana del cine recuperado MADO de enero de 2025. ↩︎

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