Valentina —una de las últimas películas entre la cincuentena que dirigió Manuel Romero— se llama como el personaje de Olga Zubarry, una joven de la alta burguesía que al entrar en relación con dos trabajadores encuentra una alternativa a la vida inauténtica de su familia y su clase, y como el carburador que ayuda a fabricar con su confianza y financiamiento. Es una comedia, por lo que al terminar los problemas encuentran solución y los deseos se realizan. Pero a diferencia de una bien asentada tradición, solo los protagonistas triunfan: en el fondo, que tan a menudo repite el primer plano, permanece un desencuentro imposible de subestimar para cualquiera que conozca el género y al director.
Una vez más, Romero pone en relación a la gente bien y la gente de trabajo. Los primeros son traicioneros, frívolos, cerrados sobre sus hábitos e intereses. Los segundos son solidarios, voluntariosos, abiertos a interactuar con los ricos y asociarse a ellos en pos del desarrollo industrial. Esta distinción señala el punto de vista desde el cual Romero propone su alianza. Abandonada a sí misma, la riqueza es engaño porque tiende a creer en su autogeneración. El trabajo, en cambio, es siempre verdadero y lleva en sí una potencia de progreso social que necesita de inversión para volverse acto. En el fifty-fifty romeriano el trabajo es la totalidad moral. Por eso lo que está en juego en Valentina no es tanto el conflicto de clases, que podría resolverse sin su desaparición, como un modo de ser íntegro que se encuentra más cómodo y más frecuentemente entre los trabajadores manuales que entre los herederos y su séquito de profesionales. La fe de Romero dice: articulada de manera adecuada, la desigualdad puede contribuir al progreso de todos y entonces redimirse.
El problema son las supersticiones de los ricos, que funcionan como obstáculos para la alianza con los trabajadores. Romero solía confiar en que, después de recelos, equívocos y tropiezos, la comedia podía darle verosimilitud y carnadura a la idea de que la verdadera gente bien es la de buen corazón, y que el buen corazón, que se encuentra tan a sus anchas entre los que trabajan, late también entre los ricos (de hecho, esto es lo que les toca aprender a sus personajes plebeyos). Valentina no reniega de esta convicción pero la reduce a una figura no representativa. Basta ponerla en relación con la otra película de Romero con nombre de mujer. Isabelita (1940) propone una reconciliación de clases general y superadora. Valentina no puede hacerlo porque no existe pedagogía capaz de enseñarles algo (la idea de bien común, por ejemplo) a unos millonarios que se niegan a escuchar. Isabelita hace coincidir el movimiento de su protagonista con el de su familia (“Recién ahora son seres humanos”, concluye el padre rico sobre sus hijos cuando la esposa lloriquea preocupada por el futuro y el escándalo social). Valentina lo hace diferir. Isabelita resuelve el mal de la riqueza castigando a un personaje y redimiendo a los demás. Valentina lo confirma actuando al revés: salva a un personaje y castiga a los demás, que prefieren continuar en la vida falsa. La distancia entre las películas no se debe solo a los diez años que las separan ni a un cambio individual de Romero sino a la realidad política argentina. Antes del peronismo, Isabelita reúne. En pleno peronismo, Valentina deserta. Se va de su familia y su clase porque una y otra son incapaces de aprender lo que la historia enseña.
Es cierto que Pedro (Juan José Miguez), el mecánico con el que la joven va a casarse, se convertirá en empresario y, por lo tanto, no es la vida que conoció al salir de su cápsula (la vida proletaria) la que la espera. Pero también es cierto que su voluntad de unión había quedado establecida antes por dos ceremonias. Primero el bautismo, cuando, solo ella en la familia, acepta darle la mano a Pedro aunque esté sucia. Después la confirmación, que tiene lugar cuando finge sentirse mal y en lugar de ir al Colón va al taller, se ensucia trabajando y se mancha la cara de negro besándose con el mecánico. En la cumbre del amor según Romero, Valentina se engrasa y oscurece. Deja establecido así que no quiere ser una burguesa del derroche ni una víctima de los vicios de su clase (el desprecio por la gente de trabajo, el cultivo fatuo de la distinción, la indigestión del apellido de la que habla Tito Lusiardo en Gente bien, la vocación de endogamia) sino parte de una alianza dedicada a la producción y el progreso. Si en lugar de oponerse al camino de Valentina los miembros de su familia reconocieran que tiene razón, si fuera capaces no de decir pero sí de entender una inquietud como la que expresa este parlamento: “Me gustaría hacer algo por alguien, buscarle una finalidad a la vida, interesarme por las cosas, por los seres humanos”, podrían redimirse y participar en esa unidad superior llamada pueblo sin necesidad de renunciar a sus millones. Les bastaría dedicarlos a financiar proyectos que los trabajadores convertirían en riqueza social, funcionar como banco patriótico. Pero en 1950 Romero ya no parecía creer que tal cosa fuera posible.

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