Vote a McCay

Este texto fue publicado originalmente en el N°827 de Cahiers du Cinema. Agradecemos su gentileza al permitirnos traducir el texto y publicarlo. Recomendamos suscribirse a la revista: no sólo tendrán los números recientes sino tambien el acceso a toda la historia de la revista.

Estamos ante una película sobre la que las líneas que siguen quizá no resulten demasiado útiles. No porque no haya cosas para decir sobre Ella McCay o sobre James L. Brooks, que vuelve al cine quince años después de How Do You Know? (para medir la magnitud de esa ausencia alcanza con recordar que Jack Nicholson tenía allí uno de los papeles principales). Pero queda la sensación de que las palabras podrían entorpecer la ligereza armoniosa del film, una cualidad cada vez más rara desde el final de la edad de oro de Hollywood (y que quizá explique por qué la gran crítica de cine nació en Francia y no en Estados Unidos: allá, simplemente, no la necesitaban).

Se le podrá reprochar a Ella McCay —y también a quienes la defienden— cierto aire pasado de época, la nostalgia de una forma tan ideal que parece poco atenta a los problemas del mundo. El propio film, de hecho, lo asume con discreción. Julie Kavner, que narra el film desde el personaje de Estelle —asistente de la vicegobernadora Ella McCay—, adopta un tono deliberadamente anticuado pero extrañamente familiar y sitúa la acción en 2008. Con este regreso a los años de la recesión, James L. Brooks busca menos un realismo histórico que una forma de acercarse al cine estadounidense de los años treinta, donde —de Frank Capra a Gregory La Cava— el crack económico inyectaba en la comedia tanto urgencia como melancolía. Detrás de su precisión industrial, el cine buscaba entonces traducir una rabia y una decepción reales: una forma de no desentenderse del mundo, pero también —sin duda— de alimentarse de su grito.

En uno de los tantos flashbacks que nos llevan al final de la adolescencia de Ella, la cámara se detiene en la nota de un examen escolar: un A+, acompañado de la observación “Puede hacer mucho bien a su alrededor”. Ni la indicación explícita del examen ni los comentarios de Estelle (“Como yo, ustedes también van a adorar enseguida lo que ella representa”) resultaban realmente necesarios: basta ver cómo Emma Mackey —casi homónima del personaje— compone una suerte de James Stewart femenino y contemporáneo, capaz de reunir en un mismo cuerpo la justicia política y la justeza humana. Cultivada, vivaz e inteligente, y con la cuota justa de catástrofe burlesca que exige el tono principalmente cómico del film, Ella McCay encarna también la perspectiva moral y política de la película que lleva su nombre. Cuando el gobernador Bill (Albert Brooks) le cede su lugar tras ser promovido a Washington, las propuestas políticas de Ella exceden el marco estricto de un programa —lo que irrita a una clase política envejecida— porque trasladan al plano político la forma directa y personal con la que se relaciona con los demás. La transparencia que promueve, sus iniciativas para ayudar a madres solteras o para impulsar programas de asistencia dental (convencida de su eficacia por el simple placer que le provoca la aliteración del eslogan “Tooth tutors”) responden más a su manera de ver el mundo que a una verdadera habilidad política, aunque teóricamente parezca dominar el medio.

En la práctica, Ella debe enfrentarse a la perfidia, el patetismo y la debilidad encarnados sucesivamente por tres hombres: su marido (Jack Lowden), probablemente el personaje más negativo del film —lo cual sorprende, dada la humanidad con que Brooks observa a todos sus personajes—, que busca aprovechar el nuevo estatus social de su esposa; su padre, un mujeriego incorregible e hipócrita (Woody Harrelson); y su hermano (Spike Fearn), un misántropo frágil cuya salud mental la inquieta constantemente. Pero Brooks supera tanto el esquematismo de esa descripción que en varios momentos convierte al hermano en la principal preocupación del film, incluso cuando Ella atraviesa un escándalo político. Seguimos a Casey en sus vínculos afectivos neuróticos y en su incompatibilidad con cualquier forma de normalidad (un gag sublime lo muestra celebrando que se ha vuelto “normal” mientras se golpea la cabeza contra un cartel) con tal empatía que el film le reserva incluso su escena más hermosa: el reencuentro con su ex —y única— novia Susan (Ayo Edebiri), una pequeña obra maestra en sí misma, donde este personaje ausente del resto del film compone junto a su partenaire un juego de desplazamientos dentro de una sola habitación, pasando de la sorpresa a la indignación, luego a la comprensión, la paciencia y el amor; una montaña rusa emocional tan intensa que empuja al personaje y a la actriz a tirarse literalmente al piso, como si se hubieran puesto a prueba los límites de esa inteligencia emocional que habita en las grandes comedias románticas.

Esa forma de llevar cada escena hasta su límite, de encontrar siempre un nuevo tono, una nueva idea de gesto, de réplica o de emoción —que Brooks había llevado al paroxismo en Spanglish y que aquí retoma desde un enfoque en apariencia más abiertamente cómico— alcanza su punto más alto en el personaje que guía a Ella de principio a fin: su tía Helen. Hay que ver a Jamie Lee Curtis dominando el espacio que la separa de cada actor, invadiéndolo de inmediato (como cuando le palmea el hombro al gobernador con confianza improcedente) o cortándolo en seco (sus reacciones indignadas ante los pedidos de perdón de su hermano), pero también cómo parece concentrar en su rostro mil expresiones a punto de emerger, esforzándose por contenerlas. Estamos lejos del tic actoral: hay en ese personaje una forma de alegría y de bondad tan puras que no logran entrar del todo ni en su corazón ni en su rostro. Los flashbacks, que agregan un grado de artificio al film (los retoques digitales para rejuvenecer a los personajes desentonan con la transparencia brooksiana), contribuyen sin embargo a alimentar esa sensación: en las elipsis del relato se adivina en Helen una figura protectora y amorosa para Ella, haciendo de cada aparición un verdadero reencuentro afectivo. Su luz irradia hacia Ella/Emma, convirtiendo la más anecdótica escena compartida en un momento de transmisión: la propagación de un ideal que vive en los pequeños gestos cotidianos y que la sobrina traduce —como el propio James L. Brooks— en una visión política del mundo.

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