The Incredible Shrinking Man archivos | La vida útil https://lavidautil.net/tag/the-incredible-shrinking-man/ Revista de cine Sun, 17 May 2020 23:45:09 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.6 https://lavidautil.net/wp-content/uploads/2017/11/Icono-web-150x150.jpg The Incredible Shrinking Man archivos | La vida útil https://lavidautil.net/tag/the-incredible-shrinking-man/ 32 32 El gato más trabajador del show biz https://lavidautil.net/el-gato-mas-trabajador-del-show-biz/ https://lavidautil.net/el-gato-mas-trabajador-del-show-biz/#respond Fri, 15 May 2020 18:39:54 +0000 http://lavidautil.net/?p=9917 Por Dan Sallitt Traducido por Lucía Salas Mi gato favorito en el cine es el que sea que esté viendo en el momento, pero mi gato oficial favorito es el tabby naranja que vive en la oficina del sheriff en Stranger on Horseback, un western de Jacques Tourneur de 1955. Una buena parte del atractivo […]

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Por Dan Sallitt

Traducido por Lucía Salas

Mi gato favorito en el cine es el que sea que esté viendo en el momento, pero mi gato oficial favorito es el tabby naranja que vive en la oficina del sheriff en Stranger on Horseback, un western de Jacques Tourneur de 1955. Una buena parte del atractivo del gato está en que el papel de sheriff es interpretado por Emile Meyer, quien siempre hacía de tipo duro, y a quien el cineasta opta por dar un contrapunto haciéndolo acariciar al gatito mimoso en casi todas las escenas. Pero el punctum es un plano desde dentro de la oficina de noche, en el que los secuaces del villano fuerzan la puerta de entrada. El gato naranja, dormido en el escritorio frente a cámara, se despierta por el ruido y huye detrás de cámara. Por años creí que el cineasta había aprovechado al gato durmiendo en el set como un accidente con suerte, creando así un pequeño documental de animales dentro de la película. Pero mirando de nuevo me percaté de un movimiento circular de cámara organizado alrededor del gato durmiendo. Esto estaba actuado. 

Cuando twitteé mi admiración por este animal David Cairns, el fenomenal bloguero de Shadowplay, respondió: ¿Puede ser que sea un Orangey sin acreditar? Los números cierran. Y así fue como oí por primera vez la leyenda del gato más celebrado de Hollywood, el único gato en ganar el premio PATSY (Picture Animal Top Star of the Year: Mejor Estrella Animal del Año) para intérpretes animales dos veces. Orangey era el protegido de Frank Inn, destacado entrenador de animales cuya clientela luego incluiría al perro Benji y a Arnold Ziffel, el cerdo de Green Acres. Orangey comenzó en la cima como personaje que dio el título a Rhubarb, una comedia de 1951 sobre un gato que hereda un equipo de baseball. Inmediatamente después de ganar el PATSY por Rhubarb hizo de Minerva en Our Miss Brooks (1952-1956), uno de los primeros hits de la televisión, basada en un popular programa de radio. Como los créditos de animales siempre fueron un asunto un poco casual, Orangey aparecía frecuentemente como Rhubarb, Miranda y una serie de nombres cualquiera, y todas sus filmografías disponibles son muy incompletas. (Nunca pude confirmar que el gato de Stranger on Horseback es Orangey). Pero el gato se mantuvo ocupado por muchos años. Interpretó roles en The Incredible Shrinking Man (1957) y The Diary of Anne Frank (1959), y se agenció un segundo PATSY por su actuación como el compañero de departamento sin nombre de Holly Golightly en Breakfast at Tiffany’s (1961). Orangey continuó trabajando durante casi todos los años 60, y sus últimas apariciones en cámara fueron en 1966 y 1967 como la mascota de Eartha Kitt en dos episodios de Batman. Los registros muestran una carrera de 16 años, el equivalente gatuno a la longevidad de Lilian Gish o Danielle Darrieux. La fecha de su muerte no ha sido anotada, pero Frank Inn dejó dicho que quería que tanto las cenizas de Orangey como la de sus otros animales favoritos fueran enterradas con él en un ataúd con espacios para las cenizas. Pero Inn vivió muchos años y para cuando murió, en 2002, se crearon leyes que se interponían a su deseo. 

La filmografía arriba mencionada sugiere que Orangey es el Brando de los gatos, contiene multitudes. Nadie podría adivinar fácilmente que el animal tranquilo, casi zen de Stranger on Horseback daría una performance de villano al pie de la letra dos años más tarde en The Incredible Shrinking Man. Y nada nos prepara para el naturalismo de Orangey como el cualquier-gato-de-vecino en Breakfast at Tiffany’s, tan concentrado en las minucias de la supervivencia como el protagonista de Ladri di biciclette. (Orangey saca provecho de la dirección de Blake Edwards, quien lo posiciona característicamente en composiciones de planos largos que realzan los aspectos kinéticos y cómicos de su actuación). Para los lectores que no saben de la precisa compilación de las escenas de Orangey que hizo Alex DeCosta en YouTube deberían permitirse el placer ahora mismo. 

Las vidas de los gatos quedan relegadas a historias de interés humano. Los pedazos de la biografía de Orangey que tenemos, probablemente salidos de gacetillas de prensa, son reproducidos con una fidelidad tan mecánica que le quitan toda aura de leyenda. Se dice que solía rasguñar y gruñir a los actores humanos, y algunos ejecutivos del cine parecen haberlo llamado “el gato más malo del mundo”: es difícil creer estas calumnias dirigidas a la tierna criatura en los brazos de Emile Meyer. Aparentemente la disciplina excepcional que tenía Orangey en el set no le impedía escapar una vez que la escena terminaba, y se dice que Frank Inn usaba perros de seguridad en la entrada de los estudios para mantener a Orangey cerca. 

Cualquier estudiante del Orangismo, después de haber procesado su asombro inicial ante la larguísima y camaleónica carrera del histrión podría sin embargo comenzar a sospechar que Orangey se acerca demasiado a los límites de lo natural en las multitudes que parece contener. Este pasaje del libro Fifth Avenue, 5 A.M.  de Sam Wesson, sobre el casting de Breakfast at Tiffany’s prende las alarmas:

“La producción hizo un llamado abierto en el hotel Commodore para el papel del gato, al cual acudieron 25 felinos de pelo naranja recién acicalados y peinados. Después de arduas rondas de audiciones y varios llamados, un Orangey de 6 kilos perteneciente al Sr. y Sra Albert Murphy provenientes de Hollis, Queens, fue nombrado ganador. ‘Es un verdadero gato de tipo neoyorkino’, declaró Inn, ‘justo lo que queremos. Haré de él un gato del método, o un gato tipo Lee Strasberg’”. 

Inn y Orangey habían colaborado en Rhubarb nueve años antes de este casting. Pero el Sr. y la Sra. Murphy son un detalle convincente. 

Por un lado, la comunidad de amantes de los gatos de Internet quiere creer en la leyenda de Orangey; por otro lado, saben cómo son los gatos. Melissa, de la página Everything Audrey, aunque repite sin distancia crítica la historia, declara: 

“Sabemos que el gato de Breakfast at Tiffany’s es interpretado por al menos dos gatos: un tabby clásico amarillo y un tabby atigrado amarillo”. 

Una visita rápida al video de YouTube de Alex DeCosta muestra al tabby atigrado despertando a Holly en la primera escena, pero el tabby clásico, con su patrón arremolinado, es quien salta por aire en la fiesta de Holly. 

Valley Girl, escribiendo en su blog Teh Kitteh Antidote/Anecdote, le dedicó una buena parte del 2009 a su fascinación con Orangey, pero a fines de mayo observó:“He pasado mucho tiempo observando a Rhubarb en The Comedy of Terrors, y me he convencido de que este NO es el mismo gato que “Gato” de Breakfast at Tiffany’s”. 

La búsqueda javertiana de Valley Girl la llevó al libro Amazing Animal Actors (Asombrosos actores animales) de Pauline Bartel, que resuelve el caso Orangey con este inquietante pasaje sobre el rodaje de Rhubarb:

“Porque los gatos son difíciles de entrenar, Inn no estaba seguro de que pudiera enseñarle todos los trucos necesarios para el guion a uno solo. En cambio, adquirió 60 gatos parecidos y usó 36 para la película. Inn entrenó a cada uno de los 36 gatos para que realizara uno o dos trucos y usó a los gatos alternadamente en la película. Por ejemplo, cuando el director necesitaba que un gato salte, Inn traía a uno de los gatos que sabía saltar. El gato hacía el truco, Inn lo ponía de nuevo en su jaulita y buscaba otro que pudiera hacer el truco siguiente que necesitaba el director”. 

Inn tenía muchos nombres para los 36 gatos con los que trabajó: Pie Plant (otro término para el rhubarbo), Big Boy (Chico grande), Long Tail (Colilargo), The ‘Fraidy Cat (el Asustadizo), Little Britches (Calcitas). Sin embargo los comunicados de prensa del estudio promocionaban la historia de que un solo gato, Orangey, interpretaba el rol de Rhubarb. 

“Así que siempre que iba a la perrera buscaba dos o tres gatos parecidos, me esforzaba un poco y trataba de cumplir la tarea”, recuerda Inn.

Después de que el shock de la no-existencia de Orangey pasó un poco, traté de recuperar algún sentido en el naufragio de la leyenda. Algunos materiales —“el gato más malo del mundo”— pueden ser rastreados en la antigua impostura de un publicista. ¿Pero por qué la carrera de Orangey parece terminar hacia 1967, coincidiendo más o menos con la esperanza de vida de un gato? Si Orangey era una especie de marca, el nombre dado a cualquier gato naranja entrenado por Inn o sus asociados (se dice que muchos, o casi todos los entrenadores de Hollywood aprendieron con él), la marca podría haber continuado indefinidamente. ¿Inn no volvió a necesitar los servicios de un gato naranja después de 1967? ¿O decidió que había jugado la carta de Orangey hasta agotarla? ¿Y qué cenizas había que enterrar junto a él? ¿Un gato naranja particular? ¿Algunos favoritos? ¿Una mezcla de las cenizas de todos los gatos que alguna vez conoció? Nombramos y amamos a nuestras mascotas como una protesta contra la extinción anónima de tantos animales olvidados. ¿Acaso la leyenda de Orangey nos guía de vuelta hacia la nada que intentaba mantener a raya?

Frank Inn, cuya profesión lo hacía mirar de frente al abismo constantemente, parece haber lidiado con todo esto como cualquiera de nosotros, si podemos creerle a su página de Wikipedia:

“Un verdadero amante de los animales, Inn no podía soportar ver cómo se sacrificaba a animales sanos, así que los adoptaba. Los que tenían habilidades para la actuación eran entrenados por él y sus asistentes; los otros eran regalados a amigos y admiradores como mascotas. Inn dijo que hubo un momento en que él y sus ayudantes tenían mil animales bajo su cuidado, y una cuenta por alimentos que ascendían a 400 dólares al día”. 

Manteniendo el espíritu de la causa de Inn, observamos que siempre que haya un gato naranja siendo entrenado por un heredero del método de Inn Orangey vive, tan verdaderamente como alguna vez vivió.


Sofia Bohdanowicz hizo un corto adaptando el texto de Sallitt sobre las aventuras de Orangey. Como es un acompañamiento fundamental para conocer los dotes actorales del famoso gato, aquí se los compartimos con flamantes subtítulos en español.

The Hardest Working Cat in Showbiz from Sofia Bohdanowicz on Vimeo.

Este texto apareció originalmente en Filmmamker Magazine. Puede leerse en su versión en inglés aca. Gracias a Dan Sallitt y Sofia Bohdanowicz por permitir su publicación.

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Downsizing – Un asunto de escalas https://lavidautil.net/downsizing-un-asunto-de-escalas/ https://lavidautil.net/downsizing-un-asunto-de-escalas/#respond Thu, 25 Jan 2018 13:52:17 +0000 http://lavidautil.net/?p=639 Por Lucas Granero En 1957, Jack Arnold estrenó una de las películas de ciencia ficción más particulares que pueda recordar. The Incredible Shrinking Man es, en su más básica superficie, una película de clase B, en la que un hombre sufre las consecuencias de haberse expuesto accidentalmente a una extraña nube de radiación cuyo efecto […]

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Por Lucas Granero

En 1957, Jack Arnold estrenó una de las películas de ciencia ficción más particulares que pueda recordar. The Incredible Shrinking Man es, en su más básica superficie, una película de clase B, en la que un hombre sufre las consecuencias de haberse expuesto accidentalmente a una extraña nube de radiación cuyo efecto es volverlo más y más pequeño, hasta quedar reducido a una partícula de polvo. Dentro del abanico de aventuras que el hombre se encuentra en su camino hacia lo minúsculo —que incluyen una extraordinaria batalla con un gato y una araña—, Arnold y su guionista Richard Matheson (también autor del libro original en el que la película se basa) fueron lo suficientemente audaces para dejar una subtrama filosófica que volvía a todo el asunto una cuestión puramente existencial. Hacia el final, el increíble hombre menguante, sabiendo que su fin sería seguir achicándose hasta la desaparición total, dice las siguientes palabras delante de una serie de imágenes del cosmos:

“…yo continuaba menguando, convirtiéndome… ¿En qué? ¿Lo infinitesimal? ¿Qué era yo? ¿Aún un ser humano? ¿O era yo el hombre del futuro? Si hubiera otros despliegues de radiación, otras nubes yendo a la deriva por mares y continentes, ¿podrían otros seres seguirme hacia este vasto Nuevo Mundo? Tan cerca lo infinitesimal y lo infinito. Mas repentinamente, yo sabía que había en realidad dos fines para el mismo concepto. Lo increíblemente pequeño y lo increíblemente vasto eventualmente se encuentran: como el cierre de un gigantesco círculo”.

La premisa de la nueva película de Alexander Payne se parece en algo a la de Arnold/Matheson. Sin embargo aquí los humanos no se achican por accidente, sino que lo eligen. Esto presenta una variación interesante dentro de su obra: la pequeñez, aquello de lo que todos sus personajes trataban de huir inevitablemente, siempre temerosos de ser menos que el resto, es ahora lo que los puede hacer felices e incluso servir como una potencial solución para todos los problemas de la humanidad, incluido el peligro de la extinción. ¿Se ha transformado Payne en un cineasta optimista? Su habitual misantropía sin duda se ha vuelto menos aguda, aunque es difícil que un director tan afín a la sátira social se muerda los labios en vez de actuar, sobre todo en el sombrío panorama que aqueja a su país (y al mundo en general por consecuencia); tal vez por eso es que Downsizing se siente inevitablemente como una película que convierte su pesimismo en la mejor arma para demostrar que, aún frente al abismo de las peores fatalidades, el mundo puede guardarse alguna que otra esperanza.

Tampoco hay lugar para la aparición de devaneos metafísicos como los que definen el destino del hombre menguante. Aquí lo que importa son más bien las implicancias de vivir en un mundo puramente materialista. Por eso, cuando el matrimonio Safranek (con acento en la segunda A) decide finalmente pasar por el proceso científico llamado Downsizing, no lo hace tanto por la gran cantidad de beneficios que trae a la sociedad, sino porque al achicarse, sus modestos ahorros los convierten en potenciales millonarios. Lo que persiguen es el auto, la casa, el dinero: no hay otros factores que se impongan en la construcción de la felicidad tan deseada.

Es tal la obstinación por conseguir un estilo de vida que cumpla con el deseado “american way of life” que ni siquiera son capaces de sorprenderse por las maravillas que la vida en escala les depara. Una rosa gigantesca yace sobre la mesa de Paul y causa tan solo un breve comentario antes de pasar a otra cosa (la fiesta lisérgica del vecino-traficante Dusan Mirkovic). Esta apatía por lo que antes era chico y ahora es inmenso será una tendencia en Downsizing y la película misma adoptará esa indiferencia hacia el nuevo mundo. Payne desaprovecha las oportunidades que tal premisa le permite en invenciones de la puesta en escena (pensar todo lo que pierde, teniendo en cuenta una película reciente como Antman). De hecho, la faceta sci-fi, que en un principio parece ser la base de Downsizing, es rápidamente neutralizada, dejando de lado la sorpresa inicial de convertir a sus personajes en liliputienses. Al menos nos permite disfrutar del proceso transformativo, acaso la secuencia más creativa y con mayor intensidad cómica de toda la película (¡el horno! ¡la espátula!).

Payne siempre supo que el sueño americano es más que nada una cuestión de escalas: el auto, la casa, el dinero; todo debe ser más grande, mejor que lo del resto. Sus personajes siempre han sido las víctimas de esa lógica competitiva que los obliga a tratar de encontrarle un sentido (económico/productivo) a su existencia. Y al invertirlas, la lógica se vuelve levemente distinta pero llega siempre a la inevitable y absolutamente necesaria desigualdad: los que tenían poco ahora tendrán mucho, los que tenían mucho tendrán muchísimo más y los que no tenían nada, bueno, nada tendrán. En ese sentido, las sorpresas a las que se enfrenta Paul no tienen mucho que ver con el extrañamiento de vivir en un mundo en miniatura sino en comprobar que, aún cuando la variable del mundo haya cambiado a 0.003% de su tamaño, nada parece ser tan diferente. Como dicen los Talking Heads en Once in a Lifetime, otro relato de un hombre que se pregunta cómo llegó hasta ahí: “Same as it ever was”.

Es curioso, pero la película parece ir a contramano de sus personajes, sometida a un extraño proceso de agrandamiento. A medida que éstos se achican, Downsizing va haciéndose cada vez más grande, más obstinada por meterse en nuevos terrenos que llevan a los personajes a enfrentarse a situaciones que también los obligan a tomar decisiones XXL, como puede ser la de irse a vivir bajo la tierra con el fin de salvar a la humanidad de su inevitable extinción. Desde su llegada a Leisureland, que finalmente lo encontrará en soledad, hasta su viaje a la primera colonia de “convertidos” en una isla de Noruega, Paul va cambiando su manera de ver el mundo y las cosas que lo rodean. Se trata de un despertar de conciencia que la película aprovecha para ir cambiando de tono y hasta de tópicos genéricos (del sci-fi del comienzo al renacer new age del final). Así, la película va mutando al tiempo que lo hace el estado anímico de Paul. Aquí es donde comienza a importar la aparición de dos personajes secundarios que harán temblar la limitada visión del mundo de nuestro protagonista. El primero de ellos es el antes mencionado vecino Dusan, especie de pirata del mini-mundo, flaneur por decisión propia, que vive la buena vida dando a todo aquel que lo desee los irremplazables placeres del gigantezco viejo mundo. También está la vietnamita Ngoc Lan Tran, achicada en contra de su voluntad por haberse rebelado ante la tiranía de su país del que se terminó escapando metida en la caja de un televisor. De la vida en escala normal a la vida en escala pequeña, perdió una pierna, vive en un edificio de inmigrantes que no se diferencia demasiado de la caja en la que vino y se mantiene limpiando las casas de los ricos, pero sobre todas las cosas es una persona que vive casi exclusivamente para ayudar. Así, entre el hedonismo de uno y el altruismo de la otra, Paul obtendrá una nueva mirada ante lo que lo rodea que llevará a la película a un estadio humanista impensado. Pero Payne, pesimista irremediable, ni siquiera en los logros del futuro más próximo confía en que las cosas cambien. El humano siempre será humano. Su naturaleza es la de los eternos perdedores.

“Miré hacia las alturas”, continúa el hombre menguante en su viaje hacia la nada, “como si de algún modo pudiera aprehender los cielos. El universo, mundos más allá de su enumeración, el tapiz plateado de Dios se esparce por la noche. Y en ese instante, supe la respuesta al enigma del infinito. Yo había pensado en términos de la limitada dimensión del propio hombre. Yo había sido arrogante hacia la Naturaleza. Que la existencia comienza y finaliza es una concepción humana, no de la Naturaleza. Y sentí mi cuerpo menguando, fundiéndose, convirtiéndose en nada. Mis miedos me desbordaron. Y en su lugar llegó la aceptación. Toda esta vasta majestuosidad de creación debía significar algo.” Lejos de alcanzar un tipo de iluminación metafísica similar, y más cerca de una limitada dimensión del propio hombre, Paul Safranek terminará su odisea de vuelta en la (in)comodidad de Leisureland, sin haber adquirido los valores que otorga una conciencia expandida, ni haber revelado demasiado acerca de los grandes misterios del ser humano. Sus premios son más bien modestos, y con ellos está conforme. Acaso su aventura tan solo le da la satisfacción de encontrar el tamaño que mejor le queda: el de la escala humana con todas sus dudas, sus miedos y sus aciertos.

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