Rodrigo Moreno archivos | La vida útil https://lavidautil.net/tag/rodrigo-moreno/ Revista de cine Thu, 11 Dec 2025 19:37:31 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.6 https://lavidautil.net/wp-content/uploads/2017/11/Icono-web-150x150.jpg Rodrigo Moreno archivos | La vida útil https://lavidautil.net/tag/rodrigo-moreno/ 32 32 Programación – 5ta Semana Mundial de la Cinefilia https://lavidautil.net/5tasmc/ https://lavidautil.net/5tasmc/#comments Mon, 05 Feb 2024 22:17:09 +0000 https://lavidautil.net/?p=13256 Estamos muy contentos de comunicarles la programación de la 5ta Semana Mundial de la Cinefilia. Esperamos que puedan acercarse a esta fiesta que se arma en las salas.

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Estamos muy contentxs de comunicarles la programación de la 5ta Semana Mundial de la Cinefilia. Verán que es más ecléctica y desafiante que nunca: así lo piden tiempos como estos. Esperamos que puedan acercarse a esta fiesta que se arma en las salas y en los pasillos del Cineclub Municipal Hugo del Carril.

Las entradas saldrán $2200 para no socios, $200 para socios y el abono por toda la semana $7000 (¡dura todo el mes!).

SELECCIÓN OFICIAL – EL FIN Y EL PRINCIPIO

Como cada año, la selección oficial está conformada por programas dobles elegidos por nuestros queridxs invitadxs. Cada año una consigna nueva orienta la elección de las películas. En esta ocasión será “el fin y el principio”. Como en la maravillosa película de Eduardo Coutinho, el punto de partida es la relación entre dos formas de percibir un punto en una línea de tiempo.

LEANDRO LISTORTI

– Programa 1: El principio (67min)
Boleto cinematográfico I.N.C (7min, Argentina) + Crimen perfecto (Jorge Tabachnik, 1961, 20min, Argentina) + Backstage No toquen a la nena (Juan José Jusid, 1976, 40min, Argentina)
– Programa 2: El fin (80min)
Don Segundo Sombra (Enrico Gras, 1954, 10min, Argentina) + Mi prima Lidia (Nicolás Rubió, 1961, 70min, Argentina)

VERÓNICA BALDUZZI

– Programa 1: El fin
Bulky Refuse (Helke Misselwitz, 1990, 79min, Alemania, AM18). Con el apoyo del Goethe-Institut y DEFA Film Library at the University of Massachusetts Amherst.
– Programa 2: El principio
Poema del mar (Yuliya Solntseva, 1958, 95min, URSS, AM18)

LEONARDO BOMFIM Y JULIANA COSTA

– Programa 1: El fin y el principio del cine
Compasso de Espera (A compás de espera) (Antunes Filho, 1969/73, 93min, Brasil, AM18)
– Programa 2: El fin y/o el principio de un mundo
Filme Demência (Carlos Reichenbach, 1986, 92 min, Brasil, AM18)

NOCHES ITALIANAS

Nuestro maestro de ceremonias José Miccio abre y cierra esta edición de la SMC con dos películas italianas, gracias al inestimable apoyo del Istituto Italiano di Cultura di Cordoba. La primera de ellas, La resa dei conti, un spaghetti western pícaro-clasista de Sergio Sollima, es una historia de coyotes y correcaminos. Al final del festival vendrá L’aldila, la segunda de las películas que componen la trilogía de las puertas del infierno de Lucio Fulci. ¿Gore experimental? ¿Horror sinfónico? ¿Un cover sucio del cine de Argento? Una apuesta al todo por el todo, como el subtítulo indica: “Vivirás en el terror”.

La resa dei conti (Sergio Sollima, 1966, 105min, Italia, AM18)
L’aldila (Lucio Fulci, 1981, 86min, Italia, AM18)

FOCO CARLOS SCHLIEPER

No es ninguna novedad que Carlos Schlieper es uno de los grandes cineastas clásicos de nuestra historia. Sus comedias, el corpus más destacado de su obra, merecen ser vistas y revisitadas todas las veces que sean necesarias. En colaboración con el Museo del Cine, vamos a proyectar las más célebres en 16mm: será una fiesta. 

Cuatro corazones (1939, 80min, Argentina)
Esposa último modelo (1950, 86min, Argentina)
Los ojos llenos de amor (1954, 85 min, Argentina)
Arroz con leche (1950, 72min, Argentina)

PEÑA SIN CADENAS

Hace años que Fernando Martín Peña es en diferentes lugares e instituciones uno de los animadores de la cinefilia en Buenos Aires, con proyecciones en fílmico de películas de su acervo. En Hasta Trilce propone una experiencia particular: dos proyecciones sorpresa pero secretas, y quien vaya no podrá revelar qué ha visto a riesgo de que una maldición caiga sobre él. En esta Semana hará lo mismo, pero en nuestro querido Cineclub. Una cita imperdible. 

NUEVO CINE ARGENTINO LADO B

El Nuevo Cine Argentino de los años 90 tiene sus grandes exponentes y películas ya vistas y celebradas. Pero como a todo canon es posible proponerle un contra-canon, seleccionamos una serie de películas menos conocidas que pueden darnos una visión novedosa de la época, que parece volver insistentemente. Habrá cortos y largos, la mayoría proyectados en fílmico. 

El descanso (Rodrigo Moreno, Andrés Tamborino & Ulises Rosell, 2002, 95min, Argentina)
¿Sabes nadar? (Diego Kaplan, 2002, 89min, Argentina)
Tesoro mío (Sergio Bellotti, 1999, 93min, Argentina)
La expresión del deseo (Israel Adrián Caetano, 1998, 25min, Argentina)
Bajo la superficie (Pablo Spatola, 1995-2021, 11min, Argentina)

FOCO SARAH JACOBSON

Hechas como fanzines, urgentes, desprolijas y tan poderosas como el mejor de los gritos, las películas de Sarah Jacobson combinan el desparpajo de la clase-B con la estética riot grrrl de principios de los 90. Detonando los clichés de los retratos femeninos hechos por el cine mainstream, la pequeña obra punk de Jacobson nos revela una cineasta única, maldita en el mejor de los sentidos, del underground americano.

I Was a Teenage Serial Killer (1993, 27min, EE.UU., AM18)
Mary Jane’s Not a Virgin Anymore (1996, 95min, EE.UU., AM18)

CONTRIBUCIÓN A LA LUZ: CINEASTAS DE VANGUARDIA

Un pequeño recorrido por el entramado de poéticas, temáticas y sensibilidades varias que pusieron en escena algunas de las mejores cineastas de vanguardia. Del psicodrama animado al autorretrato, de la subjetividad intimista a la militancia política, en cada una de estas películas se exploran diversas formas de estar en el mundo, afirmando placeres, deseos y sexualidades que contribuyen a una nuevas formas de percepción.

A Portrait of Ga (Margaret Tait, 1952, 4min, Reino Unido, AM18)
Fuses (Carolee Schneemann, 1967, 29min, EE.UU., AM18)
Moon’s Pool (Gunvor Nelson, 1973, 15min, EE.UU., AM18)
Women I Love (Barbara Hammer, 1976, 23min, EE.UU., AM18)
Asparagus (Suzan Pitt, 1979, 20min, EE.UU., AM18)

FOCO MITCHELL LEISEN

Seguimos dedicando las siestas de la SMC a explorar la obra de cineastas clásicos algo relegados de los grandes cánones. Luego de Henry King, le toca el turno a Mitchell Leisen, gran todoterreno de la Paramount, que durante los 30 y 40 supo crear algunas de las más grandes películas del periodo. Desde la screwball comedy Midnight hasta el melodrama Hold Back the Dawn, sus películas demuestran un gran manejo visual (sus méritos como director de arte y vestuario para algunas películas de Cecil B. DeMille así lo evidencian) que muchas veces sirvió de excusa a sus detractores para acusarlo injustamente de “superficial”. Sin embargo, su cine destila una gracia y empatía que no abunda en sus contemporáneos, dos elementos claves del “toque Leisen” que en esta selección de cinco películas les invitamos a descubrir.

Hands Across the Table (1935, 80min, EE.UU., AM18)
Easy Living (1937, 88min, EE.UU., AM18)
Midnight (1939, 94min, EE.UU., AM16)
Remember the Night (1940, 94min, EE.UU., AM18)
Hold Back the Dawn (1941, 116min, EE.UU., ATP)

NOCHES ESPECIALES

Algunas de las películas contemporáneas que más nos entusiasmaron y que no han tenido la visibilidad que merecen. Con el apoyo de un festival amigo de la casa, el FestiFreak, les presentamos películas furiosamente independientes y apasionadamente populares, hechas desde la fascinación por los personajes y el deseo de contar historias. 

An Evening Song (For Three Voices) (Graham Swon, 2023, 86’, EE.UU., AM18)
Por la pista vacía (Pablo García Canga, 2022, 28’, España, AM18)
A Date in Minsk (Nikita Lavretski, 2022, 87min, Bielorrusia, AM18)

PRESENTACIÓN DEL LIBRO MUMBLECORE. EXPLORACIONES SOBRE EL CINE INDEPENDIENTE NORTEAMERICANO‘

Nuestrxs amigxs de Taipei publicaron hace poco un libro esencial sobre el movimiento del mumblecore estadounidense, y no queríamos dejar de invitarlos para que nos cuenten sobre él, pensar qué podemos aprender y que nos sorprendan con una película bastante poco conocida de su historia. 

Tiger Tail in Blue (Frank V. Ross, 2012, 80min, EE.UU., AM18)

NOCHES ETERNAS

¿Están preparados para pasar toda una noche en el Cineclub? Veremos una película maratónica, de más de tres horas, desde la medianoche hasta la madrugada, sin pausas ni interrupciones. ¿El título? Por ahora, será una sorpresa…

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Cine argentino para el 2024 – ¿Qué pueden las películas? https://lavidautil.net/cine-argentino-para-el-2024/ https://lavidautil.net/cine-argentino-para-el-2024/#comments Sat, 13 Jan 2024 12:48:30 +0000 https://lavidautil.net/?p=13260 “No la ven”, es la frase que comenzó a circular entre La Libertad Avanza. ¿Qué es lo que no vemos? Lo que sí vimos es una serie de películas argentinas para ver qué nos pueden decir sobre lo que viene.

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No somos nosotros quienes afirmamos o negamos algo de una cosa; es la cosa misma la que afirma o niega algo de si misma en nosotros

Spinoza, Tratado Breve

“No la ven”, la frase que comenzó a circular entre los voceros no oficiales de LLA y fue coronada poco después con un tuit de Javier Milei, es la respuesta libertaria a todo. ¿Qué es lo que no vemos? Esta supuesta revolución tiene pretensiones hasta en el ámbito de lo sensible: hay algo que se nos escapa. Pareciera que nos faltan herramientas conceptuales para la propia percepción. Estos primeros días de shock planificado, sistemático y, sobre todo, veloz, hacen difícil mantener el dominio de los sentidos, sobre todo si se vive del fruto del propio trabajo y no se tiene el día entero para procesar, leer y entender los vestigios de realidad que van apareciendo. Así, en nombre de la libertad, tenemos cada vez menos derechos.

El INCAA esquivó la bala del DNU pero recibió la descarga de ametralladora de la Ley Ómnibus. Está puesto en duda todo el régimen de fomento y la desregulación del sector le deja el campo libre al negocio y a las plataformas. La ENERC pende de un hilo y otros ámbitos de la cultura están igual de expuestos: la derogación de la Ley del Libro (que impide los comportamientos monopólicos y de dumping), la amenaza de cierre del Fondo Nacional de las Artes, la propuesta de privatización de los medios públicos y la inminente desfinanciación de las universidades públicas terminan de completar el panorama. Todo va hacia un empobrecimiento de la esfera de la discusión pública: las redes sociales vendrán a ocupar ese lugar, plebeyo, impermeable al debate serio. Para eso es necesario escaparse de esas lógicas que proponen el bait y la indignación constante, a la vez que hay que enfrentarse a ellas porque suponen un cambio de época total en el discurso público. Nos encontramos frente a algo desconocido y que llegó para quedarse. En este contexto, ¿para qué sirve ver? Ya que se supone que a eso nos dedicamos, a ver y escuchar, lo que se puede hacer es debatir sobre el régimen de lo visible. Intentar entender lo que está detrás de lo visible; dar visibilidad a lo que no se ve.

¿Qué hacer?, o mejor dicho, ¿qué hacer con lo que sabemos hacer?, y en última instancia, ¿qué es lo que las películas pueden hacer? Hemos visto que en su carácter de registro de la memoria histórica pueden adelantarse a los movimientos tectónicos del país. Pueden tener mayor clarividencia, voluntaria o involuntaria. Podría decirse: “yo vi el avance de la derecha”, pero tiene sabor a poco. Lo que podemos hacer todos -porque el cine argentino pertenece a quienes lo hacen pero, sobre todo, a quienes quieran verlo- es pensar qué herramientas, qué pensamientos, qué modos de mirar y hacer y sentir podrían darnos las películas para los próximos años. Es decir, no proyectar las películas hacia el pasado y buscar la confirmación del presente, sino lanzarlas al futuro y ver qué tienen para dar. Tender un puente para el pensamiento porque, en palabras de Walter Benjamin, «cada época no solo sueña la siguiente, sino que se encamina soñando hacia el despertar».

Es por eso que seleccionamos una serie de películas argentinas estrenadas comercialmente o en festivales del año pasado, no como si fuera un ranking sino para ver qué nos pueden decir sobre lo que viene.

Las películas de juicios tienen su base en la retórica filmada. Tanto si los juicios son reales como si no, se produce en ellas una arqueología del relato. Es la ley del género: se van desplegando pruebas, testimonios, alegatos y conjeturas. Con eso, las defensas construyen un discurso. En el resultado del juicio, en la sentencia, está la elección de dos mundos posibles: el de los unos o el de los otros. Las películas de juicio presentan así al presente como un tiempo suspendido entre el pasado —cognoscible solo a través de fragmentos, memorias, y objetos— y el futuro, el mundo después de una sentencia. Así se ve El juicio, de Ulises de la Orden, una película hecha a partir de las 530 horas de material registrado en el juicio a las juntas, que sucedió en nuestro país entre abril y diciembre de 1985. Un evento histórico único: genocidas juzgados por sus crímenes en su propio país, y el inicio de un nuevo contrato social que, lenta pero sostenidamente, se orientó hacia los principios de memoria, verdad y justicia.

Aunque ese contrato social no estuvo libre de ataques en los últimos casi 40 años, existía una sensación de acuerdo general, cierta placidez en la sensación de que, más allá de las diferencias, el grueso de la población creía en el presente construido por esa sentencia garantizada por el Estado. El juicio no viene de su pasado, sino de su futuro: la vio, el contrato no era tan sólido. La forma en que nos alerta acerca de su presente y futuro es también a través de esa arqueología de la retórica. Hecha de planos de cuerpos, rostros, fragmentos de una habitación, la película tiene sobre todo palabras. Los 18 capítulos en los que está dividida están nombrados con fragmentos de los discursos de los intervinientes. Las frases, algunas terribles, algunas tristísimas, permanecen como una premonición en la pantalla por algunos segundos. Vienen primero en forma de texto, luego en forma de palabra hablada. Son frases, en su mayoría, que pasaron a formar parte de la historia oral y escrita del país. Es una película sobre las palabras de este proceso, palabras que son importantes tener cerca, porque puede volver en muchas formas.

El discurso final de Strassera, reproducido dos veces en los últimos años del cine argentino, primero en forma de ficción (Argentina, 1985) y luego en forma de documento (El juicio), hace eco de palabras que empezaron como lucha y se convirtieron en hechos: “nos cabe la responsabilidad de fundar una paz basada no en el olvido sino en la memoria; no en la violencia sino en la justicia”. Memoria, verdad y justicia son palabras que forman parte de nuestra cultura, son palabras que llevan con ella todo el peso de la historia, son palabras-objeto que intercambiamos, que compartimos entre nosotros, que sabemos que nos pertenecen.

La película tiene algo de predestinación, de clarividencia; es una alarma sobre lo posible: las palabras del otro lado también forman parte de la esfera pública de manera nada marginal. En el debate presidencial, Javier Milei citó casi palabra por palabra a Jorge Rafael Videla. La identificación y la construcción de mundo pasa por la palabra, una alarma que el El juicio prende hacia el futuro. Ese mundo que se terminó con el juicio a las juntas sigue vivo y, aunque condenado, patalea.



Estertor (2023, Sofía Jallinsky y Basovih Marinaro)
Por Lautaro García Candela

Estertor es una película claustrofóbica que describe un ambiente viciado, incómodo. Cuatro personas cuidan, bañan, visten y le dan de comer a un represor de la última dictadura militar. El hombre está postrado y con un alzheimer avanzado que lo tiene desconectado de la realidad. Todo empieza con la llegada de una nueva cocinera (Cecilia Marani) que descubre horrorizada las dinámicas que rigen ese departamento: hay dos enfermeros que se la pasan cogiendo casi a la vista de los demás (Verónica Gerez y Sebastián Romero Monachesi). Hay un tercer personaje aún más misterioso, una especie de Ana Karina oscura (Raquel Ameri) que tiene organizado un sistema en el que le cobra a los hijos de las víctimas del represor para que pasen diez minutos con él y  puedan insultarlo y lastimarlo (en los brazos, donde los moretones son menos visibles). Todo en un tres ambientes.

¿Por qué representar estas historias de venganza en un país donde los juicios a las juntas son un ejemplo en el mundo, Videla murió en la cárcel y las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo gozan de un respeto casi reverencial? Lo que podría tomarse como un gesto provocador en realidad es animarse a constatar que esos consensos sobre nuestra historia reciente están banalizados, dados vuelta, negados desde el reciente gobierno, más cerca de Estertor que de la ilusión democrática y el consigneo propuesto por Argentina, 1985. El cine argentino e incluso los festivales europeos prefirieron la historia tranquilizadora sobre la moral y los buenos sentimientos, levemente heroica, de la película de Santiago Mitre, mientras que nadie sabe qué hacer con Estertor, cuyo pesimismo está en la línea del pesimismo de En retirada de Juan Carlos Desanzo o las intervenciones de Fogwill en la primavera democrática.

Ese departamento funciona como laboratorio para que los directores Sofía Jalinsky y Juan Pablo Basovih Marinaro den rienda suelta a los más oscuros deseos de la sociedad argentina, prescindiendo de una perspectiva moralizante y de grandes gestos en la puesta en escena. Su gran mérito es el de escribir, proponer y registrar lo que uno supone que son grandes improvisaciones, al límite del ejercicio actoral, con situaciones que se estiran en el borde de la violencia, la incomodidad, en el punto justo en el que nos preguntemos sobre la humanidad de sus personajes. Y ahí el deseo sexual circula de maneras extrañas, desquiciado, corrido de eje, en el sopor del tiempo muerto (pero laboral), motivado por el aburrimiento más que otra cosa. Muchas veces el cuerpo elefantiásico del represor funciona como proxy de sus propios deseos cuando lo masajean; los bombos que se escuchan en las marchas que se hacen en la puerta de la casa sirven para que los enfermeros perreen y sigan el toqueteo, a la vez que esa pareja no parece tener futuro porque ella tiene un novio allá afuera, en la vida real; la cocinera está embarazada por inseminación artificial para que una amiga pueda tener un hijo (y se lamenta de no haber tenido sexo con ese chico tan lindo que es el novio de su amiga). Todo es un poco en joda y un poco en serio. No es tan diferente a esa ironía border de las redes sociales. Lo que no hay es amor, en ningún lado de la película, salvo en la mirada inocente de la nueva cocinera que trata de acomodarse a todas esas lógicas.

La cámara avanza entre las miserias de los personajes de un modo fantasmal, pesadillezco, configurando un escenario sombrío. El pequeño teatro de Estertor nos deja sin identificación posible ni conclusión tranquilizadora. Asistir a todas estas situaciones desquiciadas nos deja sin certezas. Enfrente, el abismo, que te mira más que lo que vos lo ves a él. No hay dios, no hay patria, no hay familia, no hay nada de lo que algunos militantes vieron (vimos) representado en Massa (incluso sobreactuándolo un poco) frente a la ensalada mental y conceptual de Milei. Esas certezas no existen más y añorarlas no es el camino. Si fuera por lo que vemos en esta película hay que perder toda esperanza, lo que se parece bastante a un punto de partida.

Puan (2023, María Alche y Benjamín Naishtat)

Por Lautaro García Candela

Hay muchas ilustres películas argentinas que suceden o tienen escenas memorables (por buenos y malos motivos) en las aulas, lugar que tiende al didactismo casi por defecto. Es un peligro lógico, doble oportunidad para la palabra y la exposición ordenada del pensamiento. Pero Puan, la película, pone al mismo nivel las palabras —dichas desde la autoridad que implica un aula— con las cosas y sus efectos. Importa el contenido pero también importa el tono, la vestimenta, incluso cómo se mueve quien habla, los silencios dramáticos que utiliza, si tiene la capacidad de mirar a los ojos, si espera como respuesta un contrapunto sentido o solo un aplauso. Lo que dice Marcelo Pena, un profesor de Filosofía Política, protagonista de la película, implica también su cuerpo: es torpe, levemente ensimismado, camina apresurado y en sus movimientos se adivina el cansancio y la frustración.

Su personaje está en un entredicho por las diferencias entre Puan y la vida real, entre la teoría y su aplicación. Hay una escena, al principio, que marca bien esa contradicción. Asistimos a una clase sobre el progreso y sus trampas, sobre cómo en realidad cualquier avance tecnológico/artístico tiene como condición de existencia la dominación y la miseria según la visión de Rosseau. En eso, tocan la puerta unos militantes del centro de estudiantes que protestan contra una situación insostenible, llaman a la lucha, a una movilización esa semana, agradecen al profe y la clase continúa. Como si el conocimiento y la acción fueran dos mundos que conviven ordenadamente pero sin influirse.

Aparte el conocimiento no flota plácidamente para quien quiera captarlo. Está sujeto a la rosca y al tironeo. La película muestra las rispideces dentro del ámbito académico que son las de cualquier lugar con jerarquías y secretas broncas: todo el argumento avanza como una batalla por la titularidad de la cátedra entre Marcelo y Rafael Sujarchuk (Leonardo Sbaraglia), un filósofo que hizo su carrera en el exterior y volvió a su país porque está enganchado con Vera Mota, el alter ego (con poco de alter) de Lali Espósito. Marcelo encarna la tradición, la continuidad con su maestro y extitular de cátedra, mientras que Sujarchuk es canchero y viene a “modernizar” con lo que estudió en el exterior. La película no llega a burlarse de él pero lo mira con desconfianza y con sorna casi todo el tiempo por sus modos: no es diferente de los cineastas que van por festivales internacionales buscando financiamiento para un proyecto eterno con sus totebags y sus moleskines.

La película tiene, a grosso modo, dos finales, en orden: el político y el personal. No al revés. Sin nombres propios ni insinuaciones de partidos políticos, el gobierno desfinancia la universidad pública y se prohíbe el acceso a la Facultad. No tienen gas, no tienen luz, ni nada. Se juntan Sujarchuk, Marcelo, toda la cátedra, lxs militantes de la primera escena, el personal no docente y deciden hacer una clase en la calle. Es un acto reflejo de Argentina: los problemas se solucionan afuera, en el espacio público. Es emocionante ver esa escena, la organización espontánea, como si cada uno cumpliera un papel y supiera qué hacer sin hablar. De tanto hablar del Estado, el pueblo, el contrato social, ahora se pone de manifiesto un verdadero dilema filosófico: “Lo público” no solo se manifiesta en el libre derecho a la circulación, sino también en la calidad y el financiamiento de sus instituciones. ¿Qué derecho vale más? Para la policía, y en esto Puan sí “la vio”, la respuesta está clara. Marcelo, frente a las dudas de Sujarchuk, modera la situación: surge en él un temple inesperado, que proviene de la pertenencia a un lugar, a una cultura y a un saber. Incluso aunque no lo haya hecho nunca, sabe cómo portarse en esa situación, que, obviamente, termina mal: lo llevan preso. Pero eso destraba algo dentro suyo. Se reconcilia con Sujarchuk, con su vocación y su ambiente, encuentra el punto justo entre la acción y la teoría. En vez de ir de adentro hacia afuera, arreglarse uno para arreglar el mundo, quizás lo que haya que hacer es pelearse con la policía para exorcizar ciertas taras personales y poder cantarle nuestras canciones al mundo.

Los delincuentes (2023, Rodrigo Moreno) Por Ramiro Sonzini Poco a poco, el encantador protagonista salteño de Los delincuentes se va acostumbrando a la vida en la cárcel. Cumple una condena de tres años por robar seiscientos mil dólares del banco en el que trabajaba. Cuando salga, la mitad del botín lo espera y no tendrá que trabajar nunca más en su vida. Mientras, los días pasan lentamente y decide participar en un taller de literatura. Lo primero que lee su profesor es un poema con el cual Morán se obsesionará y servirá como columna vertebral de una secuencia de montaje que condensará el tiempo de reclusión. Lo veremos leyendo el poema en la celda, en el patio, en el aula; a la mañana, a la tarde, a la noche; solo, junto a otros presos que lo escuchan atentamente, e incluso espiado por un curioso guardiacárcel —la película está regada con estos deliciosos detalles, otro maravillosamente gratuito es el del niño-alumno de música que le pide al otro protagonista tres vasos de agua seguidos—. Cuando termine el poema saldrá de prisión para reunirse con su destino. El poema se llama «La gran salina» y hace emerger de la experiencia del espacio un sentimiento de profunda soledad. Una soledad despojada de angustia, una soledad que hace eco en la vida de Morán en la cárcel, y que lo terminará de convertir en esa especie de gaucho hippie que decide cambiar 329 mil dólares por perderse en el medio de las sierras galopando a caballo. Un tipo de soledad que tiene como faro la desaparición de uno mismo. Por eso el personaje de Morán siempre nos resulta esquivo y lejano. El libro al que pertenece dicho poema se llama La obsesión por el espacio y fue escrito por Ricardo Zelarayán a principios de 1972. También podría ser el título de una crítica sobre la película. No solo por la noción de encierro y libertad que surge del paralelismo entre el encarcelamiento de Morán y la vida en libertad de su socio Román, sino también porque el relato se estructura en función de una de las grandes dialécticas de la narrativa argentina: la ciudad y el campo, la capital y el interior; un empleado bancario que intenta escapar de la vida a la que lo condena el sistema capitalista, y para lo cual huye hacia la naturaleza representada por las sierras de Córdoba. El poema, además, es importante en tanto objeto artístico que proviene del mundo exterior y se incorpora a la diégesis de la película; funciona como cimiento estético y como punto de anclaje histórico. También es una manera de afirmar ciertas preocupaciones del cineasta sin caer en la grosería de dar un discurso a través de un personaje. Hay otras referencias de funciones similares, una de ellas circula como objeto rejtmaniano entre los distintos personajes: el disco Pappo’s Blues Vol. 1, editado en 1971, apenas un año antes de que saliera el libro de Zelarayán. Román le regala el disco a una chica de la que se enamora en las sierras justo antes de entregarse a la policía y le dice que cada vez que escuche el tema ocho se acordará de él. El tema ocho se llama “A dónde está la libertad” y pareciera ser la pregunta ritual que atraviesa la película -y que retumba en cada rincón de nuestra bizarra y sórdida actualidad-. Una pregunta que la película inteligentemente no clausura pero que sí intenta responder a través del último acto de cada protagonista. El porteño (Román) luego de un tímido intento de romper con su pareja y la vida pacata y conservadora que lleva (y tener un breve affaire con la misma cordobesa de la que se enamoró un poco antes su socio), recula y va a encontrarse con Morán al lugar donde escondió el dinero para repartirlo. El salteño (Morán) sale de la cárcel y va a buscar a la joven cordobesa de la que se enamoró, y al no encontrarla, toma uno de sus caballos y termina el relato internándose en el medio de las sierras al galope. Uno va en busca de la plata y el otro se aleja de ella. Dos movimientos que parecen antagónicos pero que en el fondo son versiones de un mismo destino: el desencuentro y la soledad. En la película la conquista de la libertad (una conquista que la dramaturgia se encarga de romantizar), es a través de un camino que conduce a la soledad. Los personajes empiezan siendo parte de comunidades -disfuncionales, fallidas, risibles, pero sólidas- y a medida que avanza la historia esos lazos se van rompiendo; los protagonistas son conscientes y responsables de esas rupturas (incluso de que sus compañeros pierdan el trabajo) y nada los hace detenerse. Por eso el final deja un extraño regusto amargo. No es un error ni un disvalor de la película; es la expresión de una visión ideológica (materializada en decisiones de vida de los personajes) que, al calor de los tiempos que corren, convierte lo que podría verse como un agradable romanticismo anárquico en el asomo de un cinismo desesperanzador.
Cambio cambio (2023, Lautaro García Candela) Por Mariano Morita “Cambio cambio” es lo que dicen los hombres, mujeres, jóvenes, adultos o viejos que se paran disimuladamente en las avenidas peatonales del Microcentro porteño para atraer clientes. El sonido de los arbolitos. El volumen nunca es alto porque la venta del dólar paralelo es cauta y necesita pasar desapercibida. Quizás esa simple frase seductora, que también oficia de título para la película, sea el canto que mejor sintetice la fiebre por el dólar que azota como tormenta recurrente a la sociedad argentina, una comunidad que, si habitara un western norteamericano, estaría solo compuesta por gold diggers. En nuestros días se parece más a una droga, pero a una que trae entre sus efectos la fantasía de la estabilidad cambiaria y que tiene un impacto adictivo creciente en los argentinos a medida que acechan los fantasmas de las crisis. Un estudio de esa relación con el dinero puede ser racional, sociológico o económico, pero el cine necesita volverlo una experiencia de sentido. Pablo, que pasa de deambular de trabajo en trabajo a convertirse en arbolito, vive también una historia de amor para permitirnos ver desde ahí sus caminos de ascenso y caída. Habrá entonces una pareja, pero atravesada por las diferencias de clase social y las propias pretensiones de cada uno de ellos. Para cada paso de la relación se volverá importante juntar dinero, y el grupo de personajes que se arma comienza a operar. Hacen “puré”, una forma de “ventajita” permitida si uno se adentra activamente en los vericuetos del sistema financiero de los vivos. Atrás, con la información que se va colando por radios y noticieros, está la crisis como una explosión inminente. Los anuncios son fatales, el caos siempre está cerca y a punto de irrumpir. Lo curioso en Cambio cambio es que esta inminencia, que avanza como correlato al ascenso de Pablo, nunca se llega a manifestar plenamente. La explosión es otra, un incendio deliberado que termina con su negocio y sus ventajas, lo cual nos deja sin un imaginable o esperable cierre con una crisis histórica al estilo Nueve reinas. Es incierto si algo de esa magnitud corresponde verdaderamente a nuestros años. ¿Será que al vaticinar crisis todos los días por televisión hayamos licuado también su propio peso o valor? 1975, 1989 o 2001 ya son hitos, pero con las tendencias estéticas actuales en pocos años no faltará crisis que no tenga su propia aventura ficcional televisiva. ¿O será que el poder de daño de las crisis ahora viene en cuotas, más discreto visualmente y sin las reminiscencias palpables conocidas por todos? Tal vez, para el momento de su rodaje, el horizonte explosivo haya sido, tanto para nosotros como para su autor, improbable o difícil de predecir. Pero también es verdad que, incluso hoy, palabras como hiperinflación pueden usarse para cualquier cosa, ya sin valor o peso alguno, y una crisis institucional con muertos en las calles podría ocurrir tanto dentro de dos años como esta misma noche. Es posible que hayamos perdido el derecho a hacer semejantes sentencias porque les licuamos su valor, en otra hiperinflación pero de carácter estético y mediático. Así entonces, Cambio cambio finaliza su tormenta (no sin dejar algunos pronósticos de adicciones para el futuro), y parece optar también por disolver la pareja sin dolor alguno, con consensos razonables y dialogados. Lo que queda parece ser el anecdotario de una forma de vivir y moverse, y que incluye un elogio a la poética de las calles de Microcentro como territorio de infinitas aventuras y desastres porteños. Es posible que nuestro bimonetarismo nos haya convertido también en esquizofrénicos en el plano de lo narrativo, porque si bien algunos estarán ávidos de fantasías dolarizadoras para nuestra moneda, habrá otros que verán allí puertas abiertas a millones de universos de estéticas dolarizadas aprovechables para, en el mejor de los casos, entendernos un poco, aunque sea desde nuestras fantasías más podridas. ¿No parecen los arbolitos una encarnación urbana y argentina de esos típicos espías ficcionales de la CIA que se sientan en los bancos de las plazas para intercambiar información y dialogar sin mirarse a la cara? Es excitante y atractivo, como todo lo que nos puede hacer caer.
Arturo a los 30 (2023, Martín Shanly) Por Lucas Granero Durante la pandemia se solía escuchar mucho esa frase que decía que “el mundo se había puesto en pausa” o aquella otra que aseguraba que “el presente ya no existe”. Esas sentencias se vuelven palpables en la vida del protagonista total de esta película desde antes de la pandemia: se encuentra en pleno limbo existencial que el aislamiento (no-obligatorio) y la falta de contacto social no hacen más que expandir hacia capas y capas, cada vez más profundas, de melancolía, sordidez y algo de violencia emocional contenida. Lo último que vemos de Arturo es en realidad lo primero: va al casamiento de una de sus mejores amigas y tiene un accidente automovilístico que lo deja dado vuelta, literalmente. Desde ahí, es todo para atrás. Arturo hurga en el pasado más cercano de su vida para intentar entender algo de lo que está viviendo en el presente, aunque difícilmente puede llamárselo así. Un intento de vida, digamos. Hay dos movimientos en la película que redefinen todo su viaje interior. Dos zoom out que exponen la fragilidad de Arturo, dejándolo al margen de todo entorno. El primero es en el casamiento, con todos sus amigos entrando felices a la iglesia, mientras que él se queda parado en el medio de la calle fumando un porro. El segundo, al final, encerrado en su casa, terminando de dar un curso de ingles, quedando cada vez más pequeño y cada vez más lejos a medida que la cámara se aleja, mostrándonos que, ahora, a diferencia del primer movimiento, se encuentra, tal vez, un poquito mejor porque está compartiendo su soledad con otros miles de millones en vez de vivirla solo, aunque se trate de una extraña casualidad. Arturo a los 30 es la gran comedia argentina de la vida pre y post pandemia porque retrata exactamente eso que todos hicimos durante aquellos meses: pensar, pensar y pensar. Martin Shanly modula una épica del desconsuelo con la bondad de una caricia: se rasca una llaga y enseguida se besa la herida. Pueden verlo en sus ojos, que coordinan una suerte de ilusión resquebrajada con el brillo perfecto de un cuarto de clonazepam. Su mezcla de melancolía y humor le permite reírse de los hábitos y conductas de su clase social al mismo tiempo que se concentra en dolores y duelos, desconexiones familiares y la imperiosa necesidad de proteger con el cuerpo la poca inmadurez que se conserva mientras todos alrededor se han vuelto demasiado adultos, demasiado aburridos. Esa guarida de soledades que la película construye se resignifica como un espacio personal muy preciado, que Arturo es capaz de resguardar por un tiempo más con la llegada de la pandemia. El estado anímico de su protagonista (que es casi un autorretrato de sí mismo), termina siendo sintomático de todo un momento de nuestras vidas, una especie de debilidad compartida que muy pronto tuvimos que dejar atrás para salir afuera. En ese tiempo en pausa, nadie le va pedir nada, nadie le va a decir que crezca de una vez, y va aprender a aceptar algunas cosas de a poco, a su ritmo, mientras a su alrededor algunos están haciendo yoga, panes de masa madre o reviendo por tercera vez Los Soprano. Lo que retrata Arturo a los 30 es una extraña forma de vivir, virtual, solitaria: ese desconsuelo del protagonista es un síntoma de que entramos en una época de inestabilidades emocionales, químicas. Por primera vez, Arturo llegó antes.

La vida a oscuras (2023, Enrique Bellande) Por Lucas Granero

Cualquier votante de La Libertad Avanza que vea La vida a oscuras podría pensar que Peña es el ejemplo perfecto del self-made man que tanto estiman. Una persona con un objetivo claro, una potencia de trabajo inigualable, que se arma espacios y organiza formas de exhibición de películas en los lugares más insólitos y que, además, las protege y las salva del olvido, todo esto sin contar con ningún tipo de ayuda de parte del Estado. Un hombre que vive en su propio castillo, entre latas de fílmico que hacen las veces de gigantes muros que contienen toda la memoria fílmica que otros prefirieron sacar de sus vidas, un laberinto de imágenes durmientes que solo algunos valientes como él son capaces de atravesar. Podrían ver, también, si ponen un poco más de esfuerzo, que a Peña lo acompaña la necesidad de compartir todo aquello que tiene, entregarle al mundo de afuera al menos una parte de todo esos tesoros, lo que lo vuelve, a los ojos de aquellos impávidos espectadores, alguien que por más solitario que parezca necesita del diálogo con el mundo exterior para que las películas se vuelvan más grandes, más luminosas, más vivas.

Enrique Bellande captura a Peña tanto en su guarida como en las calles de la ciudad, siempre con alguna película bajo el brazo. Lo retrata en cada una de sus tareas, una suma de arte termita diario, que se basa exclusivamente en una suerte de resurrección cotidiana de las imágenes. Su actividad tiene algo de demiurgo, ordenando como puede el caos que circunda a las políticas inexistentes de preservación y conservación del patrimonio fílmico que existen en el país (¿sabían que no tenemos cinemateca nacional?). Bellande elude cualquier tipo de discurso al respecto y se conforma con mostrar en qué se basa este tipo de misión. Acompaña a Peña por depósitos, canales de televisión, escuelas y diversos cines. Lo muestra dando entrevistas, recibiendo a varios curiosos en su casa, ordenando latas y tipeando largos textos con un solo dedo. Sobre todo lo muestra proyectando, cortando entradas, presentando películas, con el traqueteo del proyector de fondo y el parpadeo de la lámpara iluminándole la cara. No hay romanticismo ni nostalgia. En los ojos de Bellande, Peña no tiene calma para ponerse a pensar demasiado y debe actuar contra el paso del tiempo, el gran destructor con el que combate día a día. Ese enemigo tiene varios disfraces, mutando siempre, y aquí se manifiesta en la forma de un disco rígido que viene a suplantar la materialidad del fílmico para volverla una cosa abstracta, gélida, sin forma. La vida a oscuras es una película que quiere dejar registro de una tarea desatendida, subterránea, hecha por pocas personas que aún confían en cuidar aquello que ya nadie valora. En tiempo de aceleracionismo extremo, de culturas de la novedad, de olas de mutilaciones diarias, es bueno saber que Peña y otros como él existen, dispuestos a empezar de vuelta cada vez que las cosas se arruinan. ¿Por dónde toca empezar hoy? A de Aldrich, B de Boetticher, C de Carpenter, D de Dreyer, E de…

Trenque Lauquen (2022, Laura Citarella) Por Lucía Salas

voy a la cocina y me siguen voy al baño y golpean la puerta me despiertan en la noche para preguntarme si duermo llaman por teléfono en todas mis ciudades para avisarme cuidado con el vino y la vida literaria no he perdido padre ni tíos ni ahijado ni amigos de juventud por no perder no he perdido ni editor ni ese hombre que ya sombra aún cuida mi paso en las esquinas

no me han dejado caer de su mano de su vicio de su peso de mi corazón

Juana Bignozzi, Educada en el vicio de los hombres

Hay una película hermana de Trenque Lauquen, y no es L’avventura; dos años antes aparece Rosaura a las 10 de Mario Soffici. Comienza de manera totalmente opuesta: una mujer no desaparece como Laura en Trenque Lauquen, sino que aparece. De ahí en adelante habrá varias Rosauras, una por cada habitante de la pensión que cuenta su versión de la historia. Es una película sobre el punto de vista, esa posición desde la cual se organizan las cosas del mundo. Pero hay una cosa en la que las películas no se parecen: Rosaura es una especie de víctima sacrificial del relato, que se arma y desarma según este, y cuya versión de las cosas nunca conocemos porque, apenas comienza a leerse en la forma de una carta encontrada, la película termina. En Trenque Lauquen Laura y relato están al mismo nivel, complotando hacia el mismo lugar.

El medio en el que se crea el relato en Rosaura… es una pensión, La Madrileña, en la que viven todas las personas que tienen una versión del relato. En Trenque Lauquen es, curiosamente, el Estado en sus múltiples formas: Laura es una bióloga que llega a la ciudad para hacer un relevamiento de flora; Ezequiel, su enamorado trenquelauquenche, trabaja para la misma municipalidad transportando cosas y personas; Rafael, el novio hiperporteño, trabaja con ella en una cátedra, quizás en una universidad pública; Carmen Zuna, la mujer misteriosa de las cartas encontradas que pone en marcha el misterio del relato, era maestra suplente en una escuela pública; sus cartas ocultas en libros viven en una biblioteca municipal; Elisa Esperanza, la doctora misteriosa, investiga para el gobierno la aparición de una criatura al borde de la laguna de la ciudad. Los lugares de subsistencia, encuentro y circulación pertenecen a la administración pública, que aparece en la película como un poco sosa, aletargada y plácida, como si ese bienestar un poco lerdo le diera el tiempo y el espacio necesario a la imaginación para buscar otros lugares, más ocultos, más interesantes.

La película comienza con dos hombres buscan a la misma mujer desaparecida. No son rivales ni aliados, pero saben que cada uno ama una versión distinta de la misma mujer. El truco de la ficción es inventar versiones, y como el amor es también una versión de las cosas, se vuelve una forma de la ficción. Laura le ha dejado a cada uno un relato, y sus conjeturas sobre qué-pasó-con-Laura existen en las reglas de ese relato. Aparecen de a poco otros vínculos de Laura: amigas, colegas, mujeres que la fascinaron —en cuerpo presente y en forma de cartas—. Así se van multiplicando las Lauras y, con ellas, el relato se multiplica en una película romántica, una de misterio, una de ciencia ficción, una de caminantes. En cada una de estas versiones hay formas de lo que Laura hacía, de lo que le interesaba, lo que veía y, sobre todo, lo que relataba a los suyos. Ninguna versión se contradice, solamente se iluminan los puntos ciegos de las unas y las otras.

Cada episodio, y cada personaje que lo cuenta junto a Laura, se encadena con el siguiente, ocupando el lugar del presente por turnos. Cada vez que ese presente es reemplazado por otro (esa historia da lugar a la siguiente), se transforma en pasado, que se acumula con los otros. Mientras la película avanza en el tiempo (una, dos, tres, cuatro horas), la escala va cambiando, porque lo que empieza siendo un suceso (una mujer perdida), de repente son 10 (sus hallazgos), y después 100 (las vidas y hallazgos de las mujeres que la rodean), y así en en potencias de 10. En la acumulación seriada se va difuminando la jerarquía, hasta que al final el relato mismo se desintegra con Laura. Laura puede vivir muchas vidas, todas las que quiera, ya sea en acción, en tiempo de investigación, en tiempo de participación de las vidas ajenas, y todas forman parte de la suya.

Las cosas indefinidas (2023, María Aparicio) Por Francisca Rainieri

El personaje de Eva está dando una clase de cine en la universidad. La cámara se fija sobre su rostro mientras su mirada se entrecruza con la del estudiantado, que en contraplano (la mayoría de ellos) escucha con atención. El nacimiento del cine trae consigo un acceso ilimitado a aquello que estuvo ahí y ya no volverá: lo que se encuentra con la muerte deviene eternamente reproducible. El cine nos permite volver al pasado para mirarnos en el presente, como una prótesis para la memoria. Con el cine, toda imagen deviene archivo, y a su vez la manipulación de ese material implica una gran responsabilidad con la historia. Estas ideas desarrolladas por Eva durante la clase construyen una declaración inaugural de la película. Por la longitud y el cuidado de su exposición, desde ese momento, Las cosas indefinidas presenta su generosidad. Una película sobre los procesos detrás de las películas y sobre cómo estas construyen modos de mirar el mundo.

Las cosas indefinidas acompaña a Eva y Rami en su oficio como montajistas y docentes, mientras atraviesan el duelo por Juan, amigo y colega (una figura inspirada en Pablo Baur, cineasta cordobés fallecido en 2019 a los 53 años). La película no se reserva ningún secreto de la profesión: su tiempo, sus herramientas, sus frustraciones. Rami y Eva están trabajando en una película que reúne testimonios de personas no videntes, quienes recuerdan momentos y sensaciones de sus vidas antes de perder la vista. Aunque la imagen no tiene una mínima unidad de sentido, este material se complementa con filmaciones en Super 8 que de algún modo pretenden traducir algo de lo que cuentan los retratados. Eva se detiene particularmente en el testimonio de Milagros y Facundo, quienes hablan de su infancia, de recuerdos de la vida con su familia. Ellos ahora viven juntos. En vez de solamente utilizar las voces de la entrevista en off, Eva descubre la potencia de estos rostros apareciendo en escena mientras hablan.

En paralelo aparecen algunas dificultades para acercarse y entender cómo abordar el material en los discos duros de Juan. ¿Cómo terminar esas películas, cuáles otras podrían haber sido posibles? ¿Qué queda de nosotros cuando ya no estamos? La película es un intento por comenzar a comprender ese momento de transición hacia la convivencia ineludible con el duelo. Eva le habla a Juan a través de Rami. Convivir con las palabras que quedaron sin decir parece una idea insoportable. Eva busca de algún modo solventar ese vacío, esa mirada cómplice y consejo que ya no están. Solo queda cuidar de sus películas, conservarlas, compartirlas. Las cosas indefinidas retrata esa labor minuciosa en la isla de edición que convierte al cine en un acto de insistencia. La manipulación paciente y silenciosa del material permite comprender una dimensión fundamental del archivo, ya que no hay conservación posible sin esa ternura.

Como al comprar ramos de flores, hay algo lindo e inocente en insistir con la vida que termina a pesar de cualquier intento por evitarlo. Las flores aparecen en muchas escenas de la película. Desde la primera, en el velorio de Juan, vemos que Eva siempre tiene ramos de flores cerca. En un momento, hay una flor blanca en un jarrón que sobrevive entre un ramo ya podrido. Hacia el final, Rami le avisa a Eva que esa flor finalmente murió, pero solo como excusa para un nuevo intento de devolverle confianza a su amiga, de restaurar algo que para ella ha perdido sentido ahora que Juan no la acompaña. Aunque no es posible que todo sea como antes, la vida continúa su rumbo a pesar de las tragedias. Mientras tanto, la presencia constante de una frase de Rami ordena la película: “el cine te conecta con la vida”. Eva va a comprar nuevas flores y en la calle se encuentra con Facundo y Milagros, la pareja de personas con ceguera de la película que estaba editando. Hay un alivio; y como un gesto mágico, el cine irrumpe en la vida y otorga un sentido muy concreto a la frase de Rami. Las cosas indefinidas no titubea al afirmar que es a través del cine que el mundo se puede volver un lugar más habitable. El azar que a veces ordena los acontecimientos solo es posible si prestamos atención a las imágenes que nos rodean. Un último ramo de flores adorna el florero del estudio, y es a partir de aquel encuentro fugaz que Eva puede recuperar de a poco su confianza en el mundo.

Las ausencias (2023, Juan José Gorasurreta) Por Verónica Balduzzi Hay algo tremendamente especial en el acto de producir imágenes y es que tan pronto existen –o sea, tan pronto alguien las mira–, dejan de pertenecernos. Hacer películas implica siempre un movimiento encadenado: mirar durante y mirar después, apropiarse, en el mirar, de los materiales que confeccionarán nuestra percepción del mundo. En la entrevista que inaugura Las ausencias, Daniel Schmidt describe este juego de reflejos que nos acompañará aún después del final de la película: “El cine me sirve para conocerme a través de los otros; los otros son como espejos, y yo también tengo esta función…”. Entonces, lxs otrxs siempre hacen falta. El mapa de imágenes que despliega Las ausencias es claro solo en apariencia. Una serie de referencias a eventos, años y lugares funcionan como una suerte de guía cronológica que es tan solo uno de los recorridos posibles para navegar los materiales que, en sus palabras, diseñaron las zonas sensibles de Juan José Gorasurreta. Esta película, que está hecha de muchas otras, propone un tejido que entrelaza apuntes e imágenes que formaron parte de la historia personal de este cineclubista, fragmentos que son también los de la historia del cine, la historia de los trenes y la historia del país. Sus fotografías familiares pueden convivir con una película de Alexander Kluge del mismo modo en que las anotaciones de una postal pueden convivir con las radiografías de un órgano doliente. Todos estos archivos son distintos y parecidos a la vez. Lo que tienen en común es que no fueron olvidados por quien los compila, y es en esta convivencia y en las relaciones que surgen de ella que el mundo se hace más grande. Las ausencias entreabre –en tanto desorganiza sus materiales del mismo modo en que la poesía desorganiza el lenguaje– la posibilidad de imaginar nuevas relaciones capaces de, en última instancia, transformar las cosas como las conocemos. Para Juan José, la cinefilia es una oportunidad para reunirse con otrxs y una manera de aprehender el mundo. Si cada material es una huella de ese presente desde el que se observó, y si una película puede servirnos de espejo para conocernos a través de lxs otrxs al mismo tiempo que para conocer a lxs demás, entonces su reflejo se proyecta hacia el futuro, como un instrumento que nos ayuda a recordar la imaginación que tuvimos. En Las ausencias, materiales como La fe del volcán de Ana Poliak o Tire dié de Fernando Birri resuenan tan cercanos que consiguen narrar el presente a la vez que vuelven presente la memoria, lo que es bien distinto de observar el pasado desde un lugar (o una distancia) del que resulta imposible realizar alguna intervención. Hacer memoria, al igual que hacer una película o mantener una conversación acerca de una película, es un verbo de acción, como un mirar que recuerda y que ayuda a pensar en el presente y en el porvenir. En un momento de la película, Juan José relata el momento en el que fundó, junto a otras personas más, el Cine Club La Quimera. Guardo sus palabras como un amuleto y como un recordatorio: “Aprendimos a querer a las personas como son. Y el cine llegó con un nuevo aire, tan insolente como la terquedad de la esperanza”.

Buscar trabajo (2022, María Aparicio) y Reloj, soledad (2021, César Gonzalez) Por Candelaria Carreño

Sin pan y sin trabajo (1894), de Ernesto de la Cárcova, es una imagen icónica que recircula en contextos de crisis. En la pintura, el trabajador cierra la mano en un puño, nudillos tensos e impotentes golpean la mesa, junto a las herramientas de trabajo. El hombre mira por la ventana, a lo lejos sobre el punto de fuga del horizonte, una fábrica en paro por huelga. Su mujer, débil, amamanta al hijo, sus manos parecen arañas que sostienen al niño envuelto en telas. ¿Qué significa ver cuando se reivindican recetas decimonónicas, supuestamente necesarias para una Argentina próspera?

Durante el mismo período histórico, se realizó el Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República (1904), a pedido del por entonces ministro del interior Joaquín V. Gonzalez, bajo la segunda presidencia de Julio Argentino Roca. El autor de la publicación, Juan Bialet Massé, centellea en el cortometraje Buscar trabajo (2022) de María Aparicio. En uno de sus planos, vemos a dos recolectoras que, sentadas cerca de una plantación de frutales, separan la fruta buena de la fruta mala, y la depositan en una canasta. Sus manos repiten un gesto mecánico, autómata, sin necesidad de detenerse en la acción. Las imágenes que observamos forman parte de la Colección de Nitratos Argentinos del Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken, que alberga los primeros registros audiovisuales de nuestro país. A su vez, se escucha una voz que relata en off, y en tiempo pasado, lo que vio en aquellos años, referenciando a las líricas descripciones realizadas por el autor del informe citado, contemporáneo a los registros fílmicos que vemos.

La publicación de Bialet Massé da cuenta de las paupérrimas condiciones laborales de los y las trabajadores del interior del país: basta con leer la nota de remisión en la cual se hace hincapié más que en la poca preparación de los peones, en la ignorancia de los patrones. Esa Argentina agroexportadora, con el “PBI per cápita más alto del mundo” –frase utilizada como muletilla ejemplificante por quienes actualmente gobiernan el país– trajo también la necesidad irrevocable de leyes laborales dignas, aprobadas en años posteriores, al calor de las huelgas y manifestaciones reprimidas durante fines del Siglo XIX y principios del Siglo XX. En Buscar trabajo, a través del  montaje de los archivos de nitrato, un diseño sonoro que recrea lo que vemos en imágenes, y la narración en off, se recupera una porción de la historia del movimiento obrero argentino. Al inicio del cortometraje, el relato precisa: “les hablo a ustedes, que están viendo esto, en este momento”. Volvemos a pensar en las manos de esas mujeres, separando fruta, como si fueran garras mecánicas, repitiendo un gesto rutinario. Si bien narra lo acontecido hace más de un siglo, el destinatario del relato es quien vuelve a visionar esas imágenes en la actualidad. El archivo se hace eco de una sintomatología que se activa en medio de la crisis social y económica, para pensar planos del presente.

Si bien las condiciones de trabajo infrahumanas de la Argentina del informe de Bialet Massé poco tienen que ver con la actualidad, el trabajo precarizado se aggiorna a los tiempos que corren. En Reloj, soledad (2021), de César González, se filma el ritmo rutinario de una imprenta durante el aislamiento social preventivo y obligatorio. Los trabajadores son parte de la línea de montaje, posfordismo en tiempos posmodernos: hay planos donde sus manos –también automatizadas, también mecánicas– acomodan resmas y papeles en las cintas corredizas de las máquinas. La película, a través de la historia de la protagonista anónima, logra recomponer un ritmo solitario y alienante. El despertador que suena entre turnos, y las escenas en donde se filma el trabajo maquínico de la planta dan cuenta del sofocamiento bajo la frialdad de luces fluorescentes, con trabajadoras encapotadas en trajes blancos y barbijos.

Los planos del barrio conurbano donde sucede el relato junto a los registros del trabajo en la imprenta coquetean entre documental y ficción constantemente. Atraviesa la atmósfera de la película la victoria prácticamente inasequible de conseguir y mantener –a costa de lo que sea–  un trabajo “en blanco” y con “obra social”. Seguramente espeja lo vivido por más de un espectador, acostumbrados a condiciones laborales poco dignas, a los que ningún proyecto gubernamental supo contener ni dar respuestas concretas. La precarización y el emprendedurismo, con sus lineamientos de mejoras a través del esfuerzo individual, serían algo así como el background contextual que no entra completamente en cuadro en Reloj, soledad, aunque resuena en la desesperación y agotamiento que viven sus personajes, sobre todo femeninos. El terreno para que ciertos discursos cobraran fuerza y ganaran estaba abonado. El diagnóstico para lo que viene es preocupante: si nos atenemos a las modificaciones legislativas y a las políticas económicas de ajuste que se pretenden implementar, no se augura nada positivo para el sector laboral. Si bien no atrasa al siglo XIX, retrocede varias décadas en nuestro país. Una de sus aristas es el desfinanciamiento cultural; alejado del impulso de conformación del campo artístico nacional de los primeros decenios del siglo XX, actualmente se sustenta por la demonización y agresión al Estado. El desfinanciamiento del sector implica la profundización de la pérdida del patrimonio audiovisual (que posibilita, por ejemplo, la perdurabilidad de los archivos de Buscar trabajo) como también el acceso cada vez menos igualitario a la producción cinematográfica, y artística en general. Ante las nuevas formas de precarización que atraviesan el relato de Reloj, soledad, y sabiendo que el acercamiento a bienes simbólicos y culturales está sesgado por condicionamientos sociales, etarios, de clase, vale hacerse la pregunta: ¿quiénes vemos qué cosas? “Les hablo a ustedes, que están viendo esto, en este momento”. Las manos de las recolectoras de fruta, automatización del trabajo en épocas donde el cuerpo estaba a merced de jornadas sin descanso; las manos de los trabajadores de la imprenta a tono con la acelerada tecnologización del empleo; las manos de la mujer que amamanta al hijo, nerviosas entre pliegues de tela. Volver a las imágenes, ver una vez más lo ya visto. A diferencia del ritmo de mecanización que vemos en las manos de las películas analizadas, en la figura masculina de Sin pan y sin trabajo hay una instancia de suspensión. La postura del hombre, a punto de levantarse de la silla, encuentra en sus manos un gesto de violencia detenida. La impotencia generada por la imposibilidad de trabajo debido a la huelga, la bronca de vivir en condiciones indignas y con salarios de hambre.

La entrada Cine argentino para el 2024 – ¿Qué pueden las películas? se publicó primero en La vida útil.

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La vida útil N°2 – La vida útil de la crítica dócil https://lavidautil.net/la-vida-util-n2-la-vida-util-de-la-critica-docil/ https://lavidautil.net/la-vida-util-n2-la-vida-util-de-la-critica-docil/#respond Tue, 03 Sep 2019 15:50:06 +0000 http://lavidautil.net/?p=9374 A raíz del texto que García Candela escribió en el número uno de la revista (y que pueden leer aquí), Nicolás Prividera nos mandó esta respuesta que forma parte de nuestro segundo número. Sobre estos dos textos y las películas que circulan por ellos hablaremos este sábado en la presentación de la revista en el […]

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A raíz del texto que García Candela escribió en el número uno de la revista (y que pueden leer aquí), Nicolás Prividera nos mandó esta respuesta que forma parte de nuestro segundo número. Sobre estos dos textos y las películas que circulan por ellos hablaremos este sábado en la presentación de la revista en el Festifreak de La Plata.

Por Nicolás Prividera

Están pasando demasiadas cosas raras
para que todo pueda seguir tan normal
(…)
y los chicos y las chicas no hacen nada por cambiar

Charly García
Fango

El primer número de La vida útil (abril de 2019) cierra con una nota sobre cine argentino reciente que constituye una suerte de manifiesto, en una revista que dedica sus textos iniciales a The Mule, Le livre d’image y Lazzaro felice. En conjunción con esa convencional y previsible diversidad, las referencias directas a Ted Fendt o Matías Piñeiro dan cuenta del gusto generacional por un cine joven, amable y afrancesado. Es decir, una sensibilidad cinéfila inscripta en las coordenadas del arte contemporáneo, que no ponen en cuestión su condición posmoderna –para decirlo con una palabra que irrita por igual a varias generaciones–. En ese sentido, la nota final es la entonación local de esa distante mirada global: una sumatoria de impresiones (casi estados de ánimo) de la que podemos colegir sin embargo un par de postulados (débiles, claro), en sintonía con esa ansiedad por disolver los conflictos en una grácil e indolora anomia.

Esa inútil pulsión de vida queda expuesta en medio del texto, cuando García Candela dedica un parágrafo a comentar “una hermenéutica extendida en el cine argentino, con centro en los textos de Nicolás Prividera, que organiza la actualidad y la historia del cine argentino como una gran novela familiar”. La descripción es capciosa, ya que la única “hermenéutica extendida” es la que Candela glosa en su texto (la canonizada por Gonzalo Aguilar, citada expresamente en esta nota sobre “12 años de cine argentino”, ya veremos a cuento de qué), pero al menos deja ver un conato de discusión. Repongámosla y tratemos de clarificarla (porque hasta estos párrafos axiológicos son algo confusos en su mezcla milagrosa):

Las implicancias de la analogía nos hacen recordar subtextos psicoanalíticos, trágicos y también, hay que decirlo, un poco aristocráticos. Es útil para desplegarse en el tiempo pero pone una barrera (la de la pertenencia) entre quienes la leen y quienes forman parte de la novela: el linaje solo se extiende dentro de ese ámbito reducido. ¿Quién es el que reparte esos títulos de nobleza?

Candela no responde su propia pregunta, ni explica su acusación “aristocrática”, ni dice cuál sería la barrera de “pertenencia”, simplemente porque nada de todo esto tiene sentido: el linaje no viene dado y la herencia se gana (hasta en el caso de los hijos de la burguesía dedicados al cine, cuyas películas pueden contar con las ventajas de la “meritocracia” de clase sin que les asegure un lugar en el canon). Un análisis genealógico no se basa en ningún derecho de sangre, sino en los modos de intervención dentro de una tradición, siempre plebeya (como nos enseñaron los estudios culturales desde su misma constitución).

Entonces: no solo nadie puede repartir títulos de nobleza, sino que estos ni siquiera pueden tener lugar, por definición. Pero Candela une ambos desatinos al decir que el autor de estas líneas “concibe al arte como una serie de operaciones nobiliarias y le deja de tarea a la crítica encontrar herederos”. Pero si la única operación posible en el campo cultural es asaltar el palacio de la tradición para reclamar la herencia que se disputa, la crítica solo puede leer esos movimientos en diacronía (historizando) o en sincronía (dando cuenta del estado de ese campo en el presente). Si es que hay disputas y movimientos, claro. Porque puede no haber ninguna voluntad de inquietar la tradición, incluso cuando se juega con ella. Un ejemplo perfecto es la mismísima ópera prima de Candela, Te quiero tanto que no sé, que trae a cuento La civilización está haciendo masa y no deja oír (Ludueña, 1974) pero no demanda, ni impugna, ni nada. Se trata de una mera cita. Posmoderna.

Demos en cambio el ejemplo clásico de un reclamo (incluso reverente, porque no toda disputa es sangrienta, así como no toda revolución logra enterrar a sus ancestros): de todas las relaciones filiales del cine argentino (reales o simbólicas), tal vez la más notable es la que une a Leonardo Favio con Leopoldo Torre Nilsson. Recordemos que Favio entró al cine de la mano de Nilsson, y aunque siempre lo reconoció expresamente como figura paterna nunca lo imitó (como suelen hacer los epígonos con los maestros, y como era esperable en un joven marginal frente a un hombre consagrado, y como de hecho malamente hicieron los propios hijos de Nilsson). El cine de Favio (popular y moderno, tierno y violento) es excepcional porque transmutó esa y otras influencias (Bresson, Pasolini) en una forma que le debe a todos pero no se parece a ninguna. Lo que no significa que no podamos leer su singularidad en tensión con los padres, hermanos e hijos que rechazaron o invocaron su sombra. Porque toda lectura de la tradición implica trazar líneas y puentes entre cineastas.

No se trata de “cuadros sinópticos perfectos”, sino de encontrar un modo de leer esas literales “coincidencias” históricamente. Precisamente lo que no quiere hacer Candela, como cualquier crítico temeroso de la acusación de “teleológico”, que antes bien usan como acusación con afán digno de mejores causas. Porque no deja de ser una tesis creer puramente en “el azar y lo contingente”, como si nunca hubiera que “elegir entre opciones”… Pero las del crítico no son las del cineasta: se puede querer ser “popular” y no lograrlo, y se puede ser “posmoderno” aunque se hable de política con o sin culpa. Del mismo modo, “la gracia del cine es su nivel de imprevisibilidad” pero un crítico no examina un proceso sino un resultado, y este siempre está más allá de la voluntad del cineasta, incluso en el caso de los que filman pensando más en la crítica o los festivales que en la tradición que buscan o no violentar.

Los films son textos incorregibles (incluso para quienes volvieron a montarlos obsesivamente a través del tiempo, como el mismo Favio), pero son los posmodernos quienes filman “como si importaran más las operaciones intertextuales que pensar los planos, los personajes”, los que creen más en el cine (en la cita cinéfila) que en la realidad. Y a la vez los que creen que “en el momento en el que la realidad se encuentra con el lenguaje, en el momento decisivo del rodaje, el cineasta encuentra ahí su moral, y no antes”, como si un travelling no fuera una cuestión moral, o la moral una cuestión de travellings (la diferencia sutil entre Godard y Moullet), es decir, una cuestión de puesta en escena. Pues hay críticos y cineastas capaces de ver completa Out 1 (Rivette, 1971) pero no de leer la brevedad “De la abyección”.

Esa cinefilia platónica es usada como escudo por la crítica prescindente: “Las películas generosas lo que tienen para ofrecer es su propia resistencia a los intentos de categorizarlas”, repiten, como si los films fueran tan intangibles como la luz de la que están hechos. Al igual que el protagonista de Memento, el crítico cinéfilo prefiere borrar toda certeza (todo aprendizaje) sobre el pasado para volcarse cada nuevo día sobre “una serie de conexiones a la espera de ser descubiertas, algunas cinematografías siempre dispuestas a dialogar” –siempre predispuestas, digamos–, jugando a “cartografiarlas, sin tener angustia de lo que se nos escapa”, porque “tenemos poco tiempo para enhebrar las ideas y un corto aliento”. Pero ¿por qué –y quienes– “tenemos poco tiempo para enhebrar las ideas y un corto aliento”? Suponiendo que la frase refiere a la crítica joven representada en La vida útil, la pregunta inevitable –que no se hace ni se responde Candela– es ¿por qué un joven tendría poco tiempo y corto aliento? Salvo que la muerte lo esté rondando (y aun así un Serge Daney tuvo tiempo y aliento suficientes), lo único que se puede aducir es falta de voluntad.

Viola

Y es que los hijos de hoy serán los abuelos de mañana… con suerte. Porque el recambio generacional no es automático, y puede solo haber “jóvenes de ayer” (los jóvenes de hoy serán los viejos de mañana, advertía Kuhn en Los jóvenes viejos). Acaso para rehuir a ese tradicional problema, Candela insiste en que “más que una familia, hagamos un mapa”, como si una genealogía no lo fuera. Aclarando que se trata de mapas “más o menos caprichosos, más o menos quebrados, imperfectos”, en los que “a tientas podemos delinear provincias arbitrarias, como las de este texto”, como si delinear implicara un trazo meramente subjetivo, y como si toda delimitación fuera arbitraria. “O –agrega– pensando en David Viñas, manchas temáticas con fronteras móviles”, como si para el autor de Literatura argentina y realidad política la “mancha” no implicara justamente un modo de leer los mapas a contrapelo de sus versiones oficiales. Porque Viñas sabía que los mapas, como las genealogías, tienen sus líneas patricias y bastardas, y que toda relectura implica un conflicto entre ambas. Eso que brilla por su ausencia en el autocomplaciente mapa móvil de La vida útil.

Candela inicia su nota diciendo: “Me tocó escribir sobre el cine argentino de los últimos diez años. Tardé dos, así que será sobre los últimos doce”. Digamos que se tomó su tiempo para tener poco, pero el aliento no deja de ser corto. Y aun así no sabemos por qué diez (o doce) años. Su extenso texto nunca explica la periodización, como si bastara la “arbitrariedad” del número redondo. Solo atina a señalar que “si en estos años no hubo grandes cambios en el cine, lo que varió más rápida y radicalmente fue la política”, pero esos cambios no empezaron en 2007… Habría que trazar una línea en algún momento previo, incluso luego de la crisis de 2001. O bien –y yo prefiero este corte, para pensar una nueva generación– en algún momento posterior, alrededor de 2008 (entre la “crisis del campo” e Historias extraordinarias, por nombrar dos líneas paralelas que acaso se tocan, al menos en nuestro campo).

Pero Candela no da mayores precisiones, tampoco en cuanto a qué cineastas “filmaron tratando de encontrar el presente dentro de la actualidad” (“con la taquicardia que proviene de sentir que la historia se escribe enfrente nuestro”). Suponemos que alguno de los que nombra en su nota, aunque son los que llevan la peor parte, como veremos. En abstracto, esta necesidad (“encontrar el presente dentro de la actualidad”, sea lo que sea que eso signifique) no le parece a Candela reprochable, pero asume que “este proceso lleva tiempo”… Sin embargo, viendo un cine que aún no pudo dar cuenta de los años 90 (años de formación del Nuevo Cine Argentino, pero poco revisitados), es evidente que se necesita algo más que tiempo. Voluntad, repetimos.

“Nuestras películas tienen un ruido de fondo inimitable y a veces literal”, asume Candela, y menciona El incendio de Juan Schnitman (en la que “de fondo en la banda sonora se escuchan unos bombos provenientes de alguna manifestación” y “todo se tiñe de incertidumbre y peligro”), aunque aquí el nosotros inclusivo deja ver que está pensando en su propia película, donde el mundo exterior llega a través de una radio. Siempre en fuera de campo. Curioso entonces afirmar que “la política es un adjetivo: todo es político (¿que todo sea político también implica que nada lo sea?)”. Esa imprecación aguilariana anticipa que “las luchas se vuelven hacia lo micro, a lo personal. Las luchas más encendidas e interesantes son de las minorías”. Y esa reducción, siempre a tono con la época, ayuda a retraerse en las excusas de la tribu: “Googleen ‘millennials’ y van a encontrar una serie de problemas que existen en todo el mundo en torno a los jóvenes: inestabilidad laboral, poca independencia económica, miedo al compromiso (…). No hay peor mandato que la falta de mandatos: ¿dónde están los enemigos?”. A los enemigos no se los encuentra en Google, ciertamente. Tampoco los mandatos. Y sin embargo ahí están, más invisibles cuanto más diseminados (“en todo el mundo”), pero insistentes como para merecer siempre una culposa pregunta por la falta.

¿Cuál es, entonces, el mandato del joven cinéfilo? “Desde Excursiones a Los vagos, es como si toda una serie de directores hubiesen visto las películas de Martín Rejtman y se las hubieran confundido con la realidad. Las vieron literalmente” dice Candela, pero –una vez más– no se trata de una crítica: “Lo radical de Rejtman, su ruptura con el más avejentado de los discursos costumbristas, es que no hay más afuera”. Ya no habría ni siquiera fuera de campo… “Pero algunos jóvenes empezaron a vivir como las películas de Rejtman les enseñaron. Esas características particulares de sus películas no se transmitieron a la forma de las suyas y se extremaron, sino que contagiaron su propio devenir: no hay interrelación entre el ambiente y los individuos que sueñan, luchan, viven. Hay secreta angustia, dolor o alegría que no se traslada al ámbito público”. Esto sí parece una crítica, hasta que recordamos Te quiero tanto que no sé y sus jóvenes rejtmanianos. Candela agrega en su defensa (generacionalmente hablando) que “las películas post-Rejtman empezaron a parecérseles pero en el fondo eran totalmente diferentes: estas sí trataban de imitar la realidad. Eso, paradójicamente,  diluyó la relación con el contexto histórico, que termina siendo menos intensa”. No se entiende cómo es que la búsqueda de realidad diluyó el contexto histórico, salvo que uno piense en películas como La libertad (Alonso, 2001) y su larga progenie, pero es evidente que no es el caso aunque Candela no da ejemplos ni aclara cuándo empezaría esa era post-Rejtman, ni cómo podría ser menos intensa que su modelo.

Lo que le interesa remarcar al joven crítico es que parecería echarse de menos esa “intensidad”, que suele identificarse con el cine militante de los 70, como ya lamentaba Aguilar quince años atrás en Otros mundos. El problema sería que, absorción por el sistema mediante, “ahora el cine nos hace guiños capciosos, nos invita a la rebelión (qué tipo de rebelión, habría que preguntarse), borra todas las huellas de poder en sus interacciones. Sin embargo están ahí para quien quiera buscar”. ¿Entonces? “Me arriesgaría a decir que la intensidad se forma en la relación entre la película y quien la mira”: una interpelación solitaria, subjetiva, difusa. “El cine que nos interpela” –otra vez un nosotros inclusivo también vago y difuso– sería “el que habla en una lengua oculta, contemporánea, pero no del todo transparente; el que inventa frente a nuestros ojos nuevos balbuceos”. Todo esto suena bien (contemporáneo) aunque no se intente explicar cuál sería esa lengua oculta y sus nuevos balbuceos, ni cómo podemos distinguir esos balbuceos (beckettianos o pavlovskyanos) de la lengua muerta del rejtmanismo tardío.

Candela asume que “esta época es igual de intensa que las otras. El problema, siempre, es el carácter de esa rebelión, que en una época (los años setenta) necesitaba ser violenta, disruptiva, maniquea, y que en la actualidad requiere un grado de discreción y cálculo diferente”. Pero no esclarece cuáles serían los modos de esa rebelión atada a la discreción y el cálculo. Ni cómo hacerlo cuando se asume que “por alguna extraña razón las historias se replegaron al espacio privado, dentro de nuestros márgenes seguros”, sin que la extraña razón sea evidente. He ahí el signo de esa rebelión imposible. Por ejemplo, cuando se presenta como ejemplar –en todo sentido– el cine de Matías Piñeiro. “De algo que dijo Sarmiento en 1837 se pasa a cómo dejar a tu novio en un pase de magia”: una vez más, no es una crítica. “Se pasa de una a otra con la misma fluidez (…). Todos estos procedimientos que le entran a la Historia de una manera desvergonzada no son la constatación de su devenir como farsa sino todo lo contrario: la confirmación de que todos nuestros mitos nos pertenecen y nos sobrevuelan”. He ahí la tranquilizadora cartografía de Candela, en la que no hay teleología pero si nortes que nos pertenecen y nos confirman que no temamos el “devenir como farsa” (metáfora marxista que ciertamente le “entra a la Historia de una manera desvergonzada”).

Esta curiosa sobreinterpretación le sirve para afirmar que “la política está presente en cada uno de los planos, no como una muestra del escape del espacio público, común a todos, sino en la ostentación genuina de una puesta en escena”. Como si toda ostentación fuera genuina, y todo travelling una cuestión moral, lo que implicaría llevar ese dictum al absurdo del que este tipo de crítica suele abominar. A esto lleva la culpa (a)política: a verla en todas partes: “La política está en el aire, ya sea en los pasillos de la Casa Rosada o en una quinta del Tigre. Es imposible no ser contemporáneo”. Cierto: nadie escapa a su época. Pero es posible construir un espacio en el que la realidad quede siempre fuera de campo, aunque el crítico quiera leerla a toda costa: si Quintín leía el arte de la fuga de los personajes de Piñeiro como un repliegue ante el avasallante estado totalitario, para Candela “que hayan podido replegarse al espacio privado, podido estudiar teatro y permitirse gastar su tiempo libre en estas menudencias sentimentales y artísticas es la señal de cierta movilidad social”. Candela lee, como Quintín, desde el “repliegue”, pero para revelarnos en cambio un Piñeiro kirchnerista, aunque igualmente sotto voce.

La sospecha recae, en cambio, en “algunos cineastas [que] quieren sumarse a la discusión pública”, con “el peligro [de] seguir perteneciendo involuntariamente a la regla y no a la excepción” (porque “siempre hay algún mecanismo –inconsciente o coercitivo– que nos pone sin querer del lado del poderoso”, dice Candela, lo que podría decirse también de la propia crítica). Para evitar “ese gusto por la elipsis y el clima pesado y tenso” que “tiene la sofisticación que ama el tipo social al que pretende criticar” (porque “la burguesía ama la autocrítica”), y ya que “la cultura habla con el lenguaje de lo repetido, del lugar común”, es mejor evadir toda responsabilidad. Por eso Candela presume que “el cine argentino de las últimas dos décadas empezó como un arte pequeño”, “bajo el signo de la irresponsabilidad y de la improvisación”. Habría así “una especie de inocencia idílica” que hemos perdido, a la par de la industrialización: “La manera de hacer películas se profesionalizó y esto implica necesariamente un cambio de enfoque (…). Los cineastas ahora tienen que plantear una hoja de ruta predeterminada”. Industria y mensaje: los dos demonios del cine nacional, diría Llinás.

“Entonces a los cineastas les bajó la responsabilidad de contarnos cómo somos los argentinos (véase Rojo,  las películas de Cohn y Duprat, Los dueños, la carrera posterior de Diego Lerman)”. Todos esos ejemplos son distintos, aunque ciertamente pueden caer bajo la misma chanza. Pero es falso que “la figura del cineasta, para poder filmar, pasa a ser de aplomo y responsabilidad social”: la mayor parte de los films que se siguen produciendo –sean industriales o independientes– son ajenos a toda preocupación social (salvo la que cae dentro de la corrección política). No hay mayormente “culpa de clase o de supervivencia económica”: se trata de ese cine al margen –a ese gran fuera de campo– que encomia Candela, solo que además de los efluvios de Piñeiro tenemos también los de Suar. Lo que desmiente, a todo nivel, que “cada vez se hacen menos comedias”: si algo ha crecido durante estos años es la comedia. Una comedia abstracta que se puede leer políticamente a contrapelo, pese a su aparente “irresponsabilidad”.

La irresponsabilidad como mandato liberador. Así lee Candela No desearás al hombre de tu hermana (Kaplan, 2017), pero también Imagen mala (Lingiardi, 2017). Dos películas fallidas aunque supuestamente hagan “oídos sordos a las obligaciones implícitas de sus grupos de pertenencia” (mainstream y cine independiente). Porque tampoco alcanza con hacerse el rebelde. Hace falta, además de algún talento, cierta coherencia entre medios y fines. La película de Kaplan no es un “kitsch historizado” sino un intento de hacer mainstream con el viejo kitsch de Armando Bo. Y si la de Lingiardi fuera “lo más cerca que estuvo el cine argentino del cine militante de los 70” sería por encarnar la excepción dentro de un cine despolitizado, pero su “clave menor, reflexiva” no implica un registro poético que asume una forma “inacabada” (hasta La hora de los hornos tuvo un final), sino una falta de tensión cuya “imagen mala” habla más de la película que de la realidad. La rebeldía, entonces, no solo “implica el reconocimiento de un poder externo, de una exigencia, tácita, pero exigencia al fin”, sino una conciencia de la lucha, de sus medios y sus fines. Y su adecuación. A veces hay más medios que fines (Kaplan), y a veces más fines que medios (Lingiardi).

Los cineastas irresponsables ideales de Candela son, por supuesto, los de la tradición modernista (sin la voluntad política de Fischerman, porque prefirieron la herencia vaciada de Santiago): Piñeiro, Moguillansky (“todos los personajes tienen rasgos infantiles, son como niños en cuerpos de adultos, caprichosos y cambiantes”), Moreno. “Vuelvo recurrentemente a Un mundo misterioso como si fuera el I-Ching”, dice Candela; “cada una de esas escenas tiene un tono y una estrategia. En ese sentido, al verlas aisladas puede encontrarse una pista sobre cómo vivir (o cómo no vivir)”. Pero claro, se trata de “un manual de instrucciones ilegible, arruinado, inútil”, porque “en Un mundo misterioso nada tiene una interpretación a priori”. Detengámonos en esto: ¿Qué significa que nada tiene una interpretación a priori? En verdad parece la lectura que el realizador busca contagiar a su discípulo (así como Moreno hizo su propia película rejtmaniana), porque el a priori no existe en el cine (y acaso tampoco en la realidad, sin ponernos kantianos). Lo que encontramos aquí es la vieja reconvención “contra la interpretación”, como si a esta altura todavía necesitáramos una erótica y no una hermenéutica (y como si Foucault no nos hubiera mostrado las correspondencias entre ambas).

De hecho Candela explicita contradictoriamente que Un mundo misterioso (¿una película post-rejtmaniana?) “puede relacionarse, en una mirada superficial, con un vagabundeo característico del primer Nuevo Cine Argentino. Gonzalo Aguilar, en su canónico Otros mundos, dice que los personajes de esas películas están en un ‘estado contemporáneo de permanentes movimientos, traslaciones, situaciones de no pertenencia y disolución de cualquier instancia de permanencia’. Luego agrega que ‘no pueden interpretar nunca sus propias situaciones’”. Pero “lo que en Pizza, birra, faso tenía un componente de denuncia –lúmpenes sin trabajo que no pueden pensar por qué terminaron en esa situación ni cómo hacer para recuperarse–, en Un mundo misterioso es cualitativamente diferente. Los signos de la ciudad neoliberal no están ahí, a la espera de interpretación, sino que la propia forma cinematográfica los desvía y son filmados por fuera de cualquier sistema ideológico interpretativo a priori”. El problema es que lo ideológico es, precisamente, lo que nunca está por fuera de cualquier sistema interpretativo, sino que lo presupone. Por eso Candela debe aclarar que “podría pensarse que esto implica una falta de anclaje social o histórico, lo cual es un poco cierto, pero Moreno tiene muy en cuenta esos detalles al filmar: los cambia de lugar, los vuelve un gag”. Cambiar de lugar (hacer de un drama una comedia, digamos) es el modo en que suele hablar la ideología. Pero es imposible escapar, salvo para los que se creen al margen del sistema: La ideología no es “una manera de encabalgar sentidos”, es el a priori mismo de cualquier sentido puesto a cabalgar.

Creer que una “mirada todavía no está contaminada” es mirar con superioridad (moral) para asumir que “termina siendo más interesante esa mirada incrédula que la experiencia sobre-semantizada de los cineastas que pretenden encontrar lo simbólico como alienados”. Lo simbólico siempre está ahí, más allá del tipo de alienación que tengan los cineastas (y no hay duda de que los más alienados son los que creen estar por fuera de la ideología, o el “a priori” que sea). Más que reivindicar “la alegría de estar entre la tradición y la irresponsabilidad” (una lectura irresponsable de Borges, para el que no había “entre”), lo que necesita el cine argentino –y sus críticos, sobre todo los que se sienten jóvenes– es asumir la responsabilidad de una relectura alegre de la tradición. Entendiendo esa “alegría” como libre, creativa, e irreverente, justamente para inquietar el pasado, y también al presente que replica el pasado. Esa es la labor de toda nueva crítica o nuevo cine que quiera reclamar su propio lugar. Lo contrario es prolongar la vida útil de “un mundo que insiste en reclamar nuestra complicidad”, como decía el poeta.

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La vida útil Nº1 – 12 años de cine argentino https://lavidautil.net/la-vida-util-no1-12-anos-de-cine-argentino/ https://lavidautil.net/la-vida-util-no1-12-anos-de-cine-argentino/#respond Wed, 17 Apr 2019 14:00:26 +0000 http://lavidautil.net/?p=1373 Por Lautaro García Candela Están pasando demasiadas cosas raras para que todo pueda seguir tan normal. Charly García En el cine Gaumont, el principal de Capital Federal, donde se pasan casi todas las películas argentinas, el aire está trabado. O demasiado tranquilo. Sus pasillos tienen la parsimonia de una dependencia de la AFIP, la gente […]

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Por Lautaro García Candela

Están pasando demasiadas cosas raras para que todo pueda seguir tan normal.

Charly García

En el cine Gaumont, el principal de Capital Federal, donde se pasan casi todas las películas argentinas, el aire está trabado. O demasiado tranquilo. Sus pasillos tienen la parsimonia de una dependencia de la AFIP, la gente camina lento porque es vieja o está dormida. Hay domingos de algarabía, cuando la Sala 1 está llena para ver algún súper estreno que recién aterriza allí a la tercera semana, cuando ya recaudó todo lo que podía en los complejos multicine que cobran la entrada más cara. Es el único lugar donde se puede ver cine a un precio popular. Pero, mientras, las películas se apilan y uno las ve pasar como vagones de un tren al que no se va a subir. Me tocó escribir una nota sobre el cine argentino de los últimos diez años. Tardé dos, así que será sobre los últimos doce.

Si en estos años no hubo grandes cambios en el cine -más bien movimientos tectónicos cuyas consecuencias veremos después- lo que varió más rápida y radicalmente fue la política. En estos diez, once, doce años pasó de todo: murió la principal figura política de lo que va del siglo, su esposa tuvo dos gobiernos, hubo un boom de crecimiento y consumo, una politización dudosa y despareja de la discusión pública y luego de crecer a tasas chinas la economía se enfrió y los argentinos votamos a Mauricio Macri. Por doloroso, prefiero no referir a lo que vino después. Con la taquicardia que proviene de sentir que la historia se escribe enfrente nuestro, algunos cineastas filmaron tratando de encontrar el presente dentro de la actualidad. Se despojaron de todas las exigencias y las minucias para encontrarse con el centro, el punto exacto en el que se cruzan las ideas con los hechos y se vuelven del mismo material.

Este proceso lleva tiempo: en Estados Unidos, por ejemplo, pasaron algunos años hasta que alguien pudiera encontrar dentro del ritmo frenético de la información los efectos económicos, culturales y sociales de la gestión Obama en el presente y poner un manto de duda sobre ellos. Get Out, de Jordan Peele, me imagino, habrá necesitado un período largo de decantación: es una película política difícil de hacer. Toda esa aparente bonhomia black panther termina siendo comidilla para que los blancos de clase alta se diviertan un poco y se perpetúen más en el poder.

Nuestras películas tienen un ruido de fondo inimitable y a veces literal. En El incendio, de Juan Schnitman, una pareja de clase media va a comprar una casa. Tiene que sacar plata de un banco y llevarla a su casa, o algo así. Caminan con los dólares dos o tres cuadras en el microcentro porteño, ya peatonalizado. De fondo en la banda sonora se escuchan unos bombos provenientes de alguna manifestación, no importa cuál. Una masa de gente está cerca: todo se tiñe de incertidumbre y peligro. Pudo haber sido una ocurrencia del sonidista, pero también es una manifestación inconsciente del miedo que uno tiene ante la posibilidad de que sus ahorros desaparezcan (¿les suena?). Cuando tengo la plata, no hay nada más peligroso que la manifestación pública, que la vida comunitaria. En general, por origen de clase, el cine argentino tiende al individuo frente a la muchedumbre.

La política, de unos años para acá, dejó de ser un espacio, una actividad, un sustantivo. Ahora es un adjetivo: todo es político (¿que todo sea político también implica que nada lo sea?). Las luchas se vuelven hacia lo micro, a lo personal. Las luchas más encendidas e interesantes son de las minorías.

El año pasado, en una entrevista que les hizo a Los jóvenes viejos (Juan Francisco Gacitúa y Juan Pablo Martínez) Sebastián de Caro decía algo así como que el cine argentino estaba más pensado que filmado. Es dudoso y habría que corroborar qué es exactamente lo que él piensa sobre la producción nacional, pero a priori es una idea inquietante. ¿Estamos dando vueltas sobre un objeto que no merece tanta atención? ¿Tratamos de encontrar en las películas ideas que ellas no contienen? A la vez: todo pensamiento es pensamiento de algo.

Nueva intensidad

que tu palabra / sea irrupción / de lo espontáneo
que lo que digas / diga tu existencia / antes / que «tu poesía»

Leónidas Lamborghini, El Solicitante Descolocado

Recuerdo que hicieron muchos juegos de palabras en el 18° BAFICI, cuando se dijo que cumplió “la mayoría de edad”. Eso es algo intrascendente. Lo que sí es verdad es que hay una constante adolescente (tardía) en las películas. Es algo mundial, si no preguntémosle a Judd Apatow. Googleen millennials y van a encontrar una serie de problemas que existen en todo el mundo en torno a los jóvenes: inestabilidad laboral, poca independencia económica, miedo al compromiso, libertad sexual y sin embargo somos la generación que menos sexo tiene desde el amor libre de los hippies. No hay peor mandato que la falta de mandatos: ¿dónde están los enemigos? Desde Excursiones a Los vagos, es como si toda una serie de directores hubiesen visto las películas de Martín Rejtman y se las hubieran confundido con la realidad. Las vieron literalmente. Como si no hubiera una forma cinematográfica en el medio que imponga distancia, ritmo, tono, encuadre, que los volviera criaturas exclusivamente cinematográficas. Lo radical de Rejtman, su ruptura con el más avejentado de los discursos costumbristas, es que no hay más afuera. No hay mímesis. Solo una visión irónica y distorsionada de las modas de los noventas con los sacos Armani, los champús y, más adelante, las clases de flauta. Cierto discurso aspiracional de clase media en toda su ridiculez.

Los críticos, al ver Rapado o las películas que le siguieron, se irritaron: ¿dónde está la motivación, la psicología? Eso era una negación rabiosa y extrema. Pero algunos jóvenes empezaron a vivir como las películas de Rejtman les enseñaron. Esas características particulares de sus películas no se transmitieron a la forma de las suyas y se extremaron, sino que contagiaron su propio devenir: no hay interrelación entre el ambiente y los individuos que sueñan, luchan, viven. Hay secreta angustia, dolor o alegría que no se traslada al ámbito público. Las películas post-Rejtman empezaron a parecérseles pero en el fondo eran totalmente diferentes: éstas sí trataban de imitar la realidad. Eso, paradójicamente,  diluyó la relación con el contexto histórico, que termina siendo menos intensa.

Pero… ¿Intenso? ¿Quién lo dice? Démosle vueltas a esa palabrita. Siempre alguien frunce la nariz cuando la usamos. No creo que sea algo que se pueda medir, como si hubiera una película más intensa que otra. ¿Cuáles serían esos rasgos característicos?

Por poner un ejemplo de lo que se piensa como una variable de intensidad: el cine militante de los 70. Frente al entretenimiento más rancio de las películas costumbristas que se hacían como si fueran un ejemplo de conducta (algo que sucede desde que el cine es un arte estatal, hay que decirlo) había cineastas que invitaban a la acción directa mediante algunos métodos que implicaban un retraimiento del cine como espacio de ficción. El fuego inextinguible de Harun Farocki y el corto en el que Eliseo Subiela enseña a armar una molotov como si fuera una receta de cocina son del mismo año. Pino Solanas y Octavio Getino en La hora de los hornos (para bajarla en buena calidad hay que googlear The Hour of the Furnaces) dejan un tiempo en negro la pantalla para invitar al debate sobre qué hacer frente a las situaciones que el documental exponía. Todo espectador es un traidor, decían.

Intensidad, entonces, es lo que implica el cine excediendo la pantalla, interpelando al espectador para que actúe y no sea indiferente. Pero las corporaciones, como siempre, toman nota de esas actitudes de ruptura para apropiárselas y separarlas de su potencial político. Ahora ellas mismas ofrecen al público esa especie de interactividad. El espectador de cine (si es que sigue existiendo) se ha enfriado y es parte activa, aunque esa participación termine siendo limitada y engañosa: para interiorizarse sobre el tema, ver Black Mirror: Bandersnatch. Ahora el cine nos hace guiños capciosos, nos invita a la rebelión (qué tipo de rebelión, habría que preguntarse), borra todas las huellas de poder en sus interacciones. Sin embargo están ahí para quien quiera buscar y la comunicación masiva sigue siendo igual de violenta que siempre.

Me arriesgaría a decir que la intensidad se forma en la relación entre la película y quien la mira: en la adecuación (o no) de esa forma cinematográfica a los discursos hegemónicos, de su amor (o no) por sus personajes, de su manera de interpelarnos. Una película no es intrínsecamente intensa sino que se puede inferir esa cualidad al verla en relación con su contexto. ¿Entonces cuál es el cine que nos interpela? El que habla en una lengua oculta, contemporánea, pero no del todo transparente; el que inventa frente a nuestros ojos nuevos balbuceos. La espera y la paciencia son sustanciales. Las películas que tratan de imponerse por distintos métodos (la interlocución directa, la sorpresa argumental, el virtuosismo formal) siguen el camino de la publicidad y el marketing. No es una defensa del cine ascético o del secretismo, pero preguntarse políticamente por el encuadre y el ritmo no es gratis. No debería serlo. Hacerlo implica quedarse afuera de Netflix: con los medios se contraen fines

Desmitifiquemos entonces: esta época es igual de intensa que las otras. El problema, siempre, es el carácter de esa rebelión, que en una época (los años setenta) necesitaba ser violenta, disruptiva, maniquea y que en la actualidad requiere un grado de discreción y cálculo diferente. Darle una especie de valoración sería caer en la falacia de que el tiempo es lineal, de que una época puede retroceder o avanzar respecto de otra. Sí existen eventos que puedan ser vistos de una manera valorativa, pero son puntos de una trama más grande y más inasible.

Viola (Matías Piñeiro, 2012)

Espacio público

¿El 10/12 me convierto en oficialista? No, voy a ver películas, series, terminar de escribir dos libros, empezar otro. La política a su lugar.

Twit de Gustavo Noriega del 12/10/15

Por alguna extraña razón las historias se replegaron al espacio privado. Dentro de nuestros márgenes seguros. El director que, dicen algunos críticos, encarna la idea del encierro en el espacio privado es Matías Piñeiro. Se dice de su cine que es apolítico, que representa a las clases acomodadas haciendo sus gracias en un contexto que necesita miradas más comprometidas. ¿Será que hay un mecanismo del sentido común que hace pensar que, cuando una película habla de la parte del mundo que el cineasta conoce, eso no es político, como si lo político fuera todo aquello a lo que no pertenecemos o nos excede? Sus películas (El hombre robado, Todos mienten, Viola, La princesa de Francia y Hermia & Helena) tratan de amores leves, traslados geográficos y puestas en escena en un grupo social y etario específico. Siempre hay un texto o un material que se reconoce como referencia y del que los propios personajes hablan y hacen un tema. En las primeras son los textos de Domingo F. Sarmiento y en las últimas son comedias de Shakespeare. El trabajo del crítico no sería aquí ver las diferencias entre la letra y la imagen -como mensurando la fidelidad de la adaptación-, sino pensar cómo se relacionan y se potencian.    

La fotografía de Fernando Lockett, colaborador de todas sus películas, es simple y luminosa. No tiene estridencias, pero sí un repertorio de movimientos de cámara prodigioso, siempre en función de los personajes. La cámara, generalmente clavada en el trípode, va siguiendo los devaneos, las idas y vueltas de la historia. El espacio así se teatraliza y es ocupado en su plenitud. Nada de poses lacónicas ni titubeos. A veces los personajes están escondidos o lejanos, a veces hay dos términos en el cuadro, pero nunca hay un plano y después el otro. Todo se sucede tan fluidamente que parece simultáneo. No por nada Piñeiro juega con las repeticiones y las variaciones: el loop es parte constitutiva de su puesta en escena.

Las actuaciones y los movimientos de cámara que las registran son inseparables, dependientes entre sí: nunca sabremos qué vino primero. Esta simbiosis es única en una cinematografía (la argentina) que se la pasa preguntándose por la distancia justa con sus personajes. Piñeiro pareciera no hacerse esa pregunta, tenerla naturalizada porque claro, podría ser uno de sus personajes. A veces, en el devenir de la historia, esconde información; otras veces cambia el punto de vista, que es tan errático y disperso como si fuera de un personaje despistado y corto de vista.

Gran parte de los diálogos en las películas están leídos, citados en primer o segundo grado. Aun con cierto nivel de artificialidad, sorprende en una segunda visión que nada suena tan forzado como se lo recuerda. Son, de hecho, bastante coloquiales. De algo que dijo Sarmiento en 1837 se pasa a cómo dejar a tu novio en un pase de magia. Esto no vuelve esquizofrénicos o distantes a los personajes: tienen una ocupación y también tienen sentimientos, tiempo para el ocio. Se pasa de una a otra con la misma fluidez. Aquí el amor circula libremente entre conversaciones intrascendentes, se vuelve leve: no hay películas argentinas con tantos besos furtivos y disfrutables, sorprendentes pero intensos. Los personajes se besan por el impulso y la euforia que les produce ser jóvenes en el aquí y ahora. Como en las películas de Jean Renoir.

Los mitos, las teorías y las historias de las que Piñeiro se apropia funcionan como tema y como armazón narrativo. A veces se impone una función sobre otra. En El hombre robado la organización temporal proviene de Campaña del Ejército Grande aunque por lo inexacto de su adaptación importa más el pasaje de ese mismo libro entre personajes. En algunos momentos de Viola el texto de Shakespeare acapara la totalidad de los diálogos aunque va resignificándose por los movimientos de María Villar y Agustina Muñoz, que se van acercando, alejando, contestando el teléfono, mirándose con intensidad hasta que ¡zas! se besan. Los personajes pueden habitar el texto de una manera lúdica (y el juego, no es necesario decirlo, es algo bien serio).

Todos estos procedimientos que le entran a la Historia de una manera desvergonzada no son la constatación de su devenir como farsa sino todo lo contrario: la confirmación de que todos nuestros mitos nos pertenecen y nos sobrevuelan. Tiende un puente hacia los grandes relatos y los acerca; por momentos muestra su vacuidad pero para luego utilizarlos como máscaras -que a veces muestran nuestro verdadero rostro-. No adapta precisamente a Shakespeare o a Sarmiento, les pregunta qué es lo realmente vivo que nos puede llegar de ellos.

La política está presente en cada uno de los planos, no como una muestra del escape del espacio público, común a todos, sino en la ostentación genuina de una puesta en escena: ¿qué otro cineasta afirma tanto sus propias intenciones y su ética con cada movimiento de cámara, con cada corte? Ser consciente de eso y contarlo sin complejos es la cosa más política del mundo, al contrario de lo que Gustavo Noriega piensa. No existe un “lugar” para la política. Como dijimos antes, es más adjetivo que sustantivo. Es más una pintura que impregna las cosas que un lienzo donde se pinta. La política está en el aire, ya sea en los pasillos de la Casa Rosada o en una quinta del Tigre. Es imposible no ser contemporáneo. Piñeiro no le esquiva a los modismos ni a las marcas de época en la ropa. Sus películas también son un documento de los modos y formas de la juventud en estos años: que hayan podido replegarse al espacio privado, podido estudiar teatro y permitirse gastar su tiempo libre en estas menudencias sentimentales y artísticas es la señal de cierta movilidad social. Si en sus últimas dos películas Matías Piñeiro coquetea con la idea del exilio quizás sea porque hay algo acá que se rompió.

En Los paranoicos, de Gabriel Medina, y en La paz, de Santiago Loza, el encierro cobra otro matiz. Es el encierro mental y no el social que se pone en escena. No es la vía por la cual los personajes se desarrollan plenamente, sino que es el producto de las fobias de los protagonistas, que son jóvenes también, pero menos adaptados. En estas películas sí se puede leer el imperativo sobre salir a la calle y el espacio público, en el fondo son parte del mismo lugar común: la vida está allá afuera.

¿Qué pasa afuera, entonces? En las películas industriales de Patagonik, la productora más grande del país (propiedad del Grupo Clarín) no podría encontrarse mucha vida en las calles. Todas las historias se desarrollan en ambientes más o menos cerrados y cuando se sale, lo que vemos son más bien postales. La Usina del Arte, el Obelisco, la plaza del teatro Colón… entornos que el poder y el dinero pueden tener controlados para lograr que las imágenes parezcan salidas de una publicidad del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Las superficies son lustrosas, brillantes, impermeables a cualquier suciedad del registro. Esta visión de la ciudad es muy parecida a una versión oficial: un escenario turístico para que las personas que no pertenecen realmente allí puedan divertirse un rato.

Del lado documental, Cuerpo de letra, de Julián D’Angiolillo, se pregunta por la ciudad como depositaria de propaganda política, algo totalmente fuera de campo para el mainstream. Más artista plástico que sociólogo, sigue el camino de un grupo de pibes que trabajan de pintar a lo largo de los paredones los nombres de algún político en cuestión. Ellos no hacen mucha diferencia si es de un partido o de otro. Negando el estilo observacional, su película es más oscura y se ubica en las fronteras (de registro y geográficas). A la visión apolínea de Patagonik le opone la vida con sustancias y trabajo sucio de los pibes que pintan paredes. Todo lo que vemos es difuminado, con nexos poco claros.

No filma a militantes haciendo pintadas por lo que creen -eso habría derivado en la cuestión ética o sentimental de esta tarea- sino que elige a gente que trabaja de esto, lo que implica dos cosas: por un lado ellos están más preocupados en que las letras salgan bien, con un paso de distancia entre cada una, y por otro casi no se habla sobre qué nombre están pintando. No importa si el candidato es del FPV o del PRO. La noche antes de que empiece a regir la veda electoral, dos grupos enfrentados se pelean por la misma pared. De un lado de la autopista unos, del otro lado los otros. El espacio ahora es un campo de batalla, desorganizado, tierra de nadie bajo la mirada de todos. Está signado por la urgencia y la precariedad.

Cuerpo de letra termina con esos mismos pibes votando. Es un plano genial, con una GoPro escondida en el cuarto oscuro, en un marco de total ilegalidad. Como si de un embudo se tratase, toda la vida pública (de la cual también forman parte las películas de Matías Piñeiro) tiene una expresión (vital pero no determinante) a la hora de votar.

Historia del miedo (Benjamín Naishtat, 2014)

Violencia

En tiempos donde la violencia -estatal, ya sea por acción u omisión- se hace ineludible y se multiplica por las pantallas de las redes sociales, algunos cineastas quieren sumarse a la discusión pública. Perciben que hay motivos actuales que pueden condensar sentidos, que se acercan al tema de la época. No hay nada malo en hablar de lo que se está hablando: el peligro es seguir perteneciendo involuntariamente a la regla y no a la excepción. Siempre hay algún mecanismo -inconsciente o coercitivo- que nos pone sin querer del lado del poderoso

En esos videos de represiones policiales o peleas de barrabravas que se viralizan en Facebook hay formalismos que son casi un certificado de veracidad: los desperfectos técnicos, el temblor de la cámara o el corte abrupto de la imagen. Junto con las imágenes pornográficas amateur, son los dos ejemplos de situaciones que no se pueden falsificar. Allí se puede ver una puesta en escena espontánea de la urgencia. En el caso de la violencia nunca es gratuita su difusión, siempre hay una finalidad: es la prueba de un accionar despreciable en la mayoría de los casos. La violencia, pero también su filmación, está dirigida políticamente. Difundir esas imágenes es algo que se hubiese preferido evitar, una experiencia traumática sobre la que se vuelve para un efecto conciso e inmediato, que encienda la esperanza del resarcimiento.

Algunas películas dieron vueltas alrededor de la violencia, más como tema que como forma. Es una idea, un concepto, algo que tienta a la abstracción. En 2014, el año en que se quiso instalar que la sociedad estaba crispada, se estrenaron Relatos salvajes e Historia del miedo, dos películas episódicas, de viñetas, que se preguntaban por los orígenes de la violencia. Estas imágenes poderosas y atractivas, ¿sirvieron para denunciar una injusticia política específica? ¿O su rabia solo sirvió para ensalzar a los realizadores que encontraron en esas situaciones un yeite para lucirse, en tono grave e importante? Insistir sobre hechos violentos no implica aproximarse a un trauma, lo que pide un cuidado y una responsabilidad, una pregunta sobre los límites de las representación, sino que se vuelve a ellos con una esperanza científica, fría, de analizar la sociedad.

Relatar los diferentes cortos de la película de Damián Szifrón es innecesario: es la película argentina con más espectadores de la historia. Son historias autosuficientes que no parecen tener relación una con otra. Naishtat, en cambio, trata de pensar en recorridos entre las historias, filmar the big picture. El centro neurálgico de su película es un country, lugar muy conveniente para mensurar las diferencias sociales. Allí una serie de eventos extraños causan inquietud: hay basura tirada, gente desnuda, hace calor y las cosas se pudren. Otro centro menor es el departamento céntrico de una familia de clase media. Ambos comparten empleados domésticos con una relación de parentesco (el hijo es jardinero en el country, la madre hace tareas domésticas en el departamento). Seguimos por un lado las aventuras de los hijos, eventualmente inocentes pero con el germen de la burguesía dentro (parece algo heredable), y por otro las de los grandes. Para las fiestas todos se juntan en el country y fantasean con otras vidas posibles. Se corta la luz y tienen que recorrer ese pasto artificialmente cuidado en la oscuridad. Eso implica una serie de ambientes tensos, falsamente calmos, en los que la película se pone en suspensión. Todo tiene un elemento que enturbia el lenguaje clásico y lo vuelve intrigante, pero si se hace el ejercicio de reducir la maleza que rodea el argumento y la construcción de los personajes no encontraremos más que estereotipos.

La hipótesis de estas películas es que la sociedad se define a partir de su componente violento. Son lo suficientemente corales como para poder inferir de ellas esa intención. Lo que define a estos personajes (que a su vez ellos mismos son representativos de su extracto social) es que en un momento pierden el control. Historia del miedo deja esto en tensión, pero es posible imaginárselo. Su signo arthouse con ascendente en Haneke no le permite ser más asertivo. Siempre sugiere. En cambio Szifrón necesita que las cosas exploten (literalmente), para poder llevar millones de personas al cine. La diferencia es un cuestión de tiempos, de ver cuánto estiran la cuerda, pero en el fondo tienen las mismas ideas.

Historia del miedo utiliza procedimientos que están en la larga tradición de “espantar al burgués”. En varios momentos el sonido ambiente sube de a poquito y el ruido de la ciudad se vuelve insoportable. En otros, se apela al clásico sobresalto que viene de las películas de terror. O una aspiradora cobra una importancia sonora desmedida. Claro, la está manejando una empleada doméstica de una casa de clase media porteña: no es solo el ruido de un electrodoméstico sino la señal de una diferencia social insalvable. Estos procedimientos no tienen nada en particular que moleste específicamente a los burgueses, sino que también son molestos para los que no lo son. Incluso todo lo contrario: ese gusto por la elipsis y el clima pesado y tenso tiene la sofisticación que ama el tipo social al que pretende criticar. Ése es el segundo problema, que la burguesía ama la autocrítica. Como en una sesión de psicoanálisis, de lo único que puede hablar es sobre sí misma.

En ambas películas se repite un mismo plano: hay personajes que desde un auto se ven sorprendidos por una irrupción violenta de una persona amenazante, que ven por el vidrio del parabrisas. En Historia del miedo son los dos porteños que, yendo al country en el que sucede casi toda la película, se encuentran con un señor desnudo, con el rostro desencajado. Avanzan rápidamente después de un momento de pánico, dejándolo atrás pero con el susto ya metido adentro. En Relatos salvajes el personaje de Leonardo Sbaraglia desde su Peugeot último modelo tiene un entredicho con otro auto, marcadamente más pobre, que no lo deja pasar. Le dice “negro resentido” al obrero que va con sus elementos de trabajo en el techo del auto. Pero se le pincha la rueda y ve cómo, lenta y maliciosamente, se acerca el recién calumniado. Sbaraglia se encierra en su auto y empieza la venganza que consiste, entre otras cosas, en el obrero parándose sobre el capó del auto y cagando el parabrisas. Hay un ensañamiento contra ese vidrio que separa el mundo y pone una distancia con todas las demás personas. Dentro del auto hay un pequeño orden doméstico, una unidad móvil que da seguridad. Desde allí, mirar por el parabrisas es una visión utilitaria: por ahí ves cuándo tenés que doblar, si un auto frenó muy rápido, etcétera. En estas películas se perturba ese ordenamiento porque la visión no sirve para decidir el camino. Ante el miedo, el auto se paraliza.

Esa especie de virilidad sociológica que consiste en querer tomar la realidad por asalto y explicarla en dos o tres golpes de guion lo único que revela es su propio error metodológico. Esa simplificación también es violenta sobre los propios personajes, o incluso sobre los “tipos sociales” representados. Es el mismo trazo grueso de la televisión. Es como si filmaran dentro de una cámara Gesell. Hay personas aisladas siendo filmadas, expuestas a nuestra mirada, que está a salvo a través de un vidrio opaco. Podemos mirar, pero no ser vistos. Es como un experimento: ponemos a alguien de clase media a comprobar todos sus prejuicios sobre las clases bajas y vemos cómo reaccionan. Pero es la parodia de un experimento, porque sabemos cómo termina todo. Los que narran estas películas no son otra cosa que la burguesía argentina enfrentada al miedo y a la tensión. Y allí no hay lugar para un discurso nuevo: la cultura habla con el lenguaje de lo repetido, del lugar común.

El cineasta que entiende las implicaciones de los momentos violentos que filma es José Celestino Campusano. No se regodea en la violencia ni la busca intencionalmente. Todo lo contrario: incluso en lo ríspido encuentra actitudes desinteresadas y gestos honrados. Casi podría decirse que le gustaría narrar historias menos violentas, pero las encuentra a cada paso que da, en cada lugar donde dirige la mirada.

Campusano es una persona incómoda para ubicar en el mundo del cine y los festivales. Estudió en los 80 en Avellaneda, mucho antes del boom de las escuelas de cine. En un ambiente en el que el autor organiza a su alrededor el modus operandi, Campusano niega esa manera de pensar la producción: escucha las historias de las personas de su barrio, las pone en un guion y utiliza a esas mismas personas para esos roles en la ficción. Su narración o, mejor dicho, su forma de pensar la puesta de cámara, tiende a la discreción. Difícil recordar un plano específico, pero sí recordaremos momentos que nos asaltan por su potencia, con la fuerza de lo irreversible.

Sus primera películas, hechas sin fondos internacionales ni previa aprobación de festivales, están situadas en cordones lejanos del conurbano, con personajes que, haciendo lo que pueden, surcan los caminos de tierra abogando por la justicia popular. Vikingo, Vil romance, Fango, y Fantasmas de la ruta tratan historias de traiciones y lealtades, en una narración coral que incluye varias funciones de una comunidad. Nunca el foco está en dos o en tres personajes: cada cosa que sucede descubre una nueva arista de una situación más grande. Cada trastocamiento del equilibrio de una mini-comunidad rompe el equilibrio de otra con la que está levemente conectada. Así se retrata, a los tumbos, la dinámica social (derruida y a veces milagrosa) de algunos lugares del conurbano. En Vil romance un amor homosexual entre hombres se vuelve cada vez más destructivo y la familia empieza a incomodarse; en Fango un grupo de mujeres secuestra a otra mujer para impedir una infidelidad y las banditas del barrio salen a buscarla; en Fantasmas de la ruta un grupo de motoqueros busca a una chica que está atrapada en una red de trata de personas.

Se va del sexo a la violencia como dos caras de la misma moneda. Es el mismo sentimiento canalizado por vías diferentes. Estas películas hacen palpable el sexo como dominación: quien haya escuchado alguna canción de cancha sabe de esta confusión. La sexualidad es otro territorio a la intemperie del Estado, sin justicia ni paz. No llega a ser un refugio sino un lugar donde todos los conflictos se condensan y se vuelven literales.

Pero que no se entienda que Campusano es realista. En sus películas hay una tensión entre cómo son las cosas y cómo le gustaría que sean. La parte verídica se desprende de los lugares donde filma, las marcas de época, los modos de relacionarse con los personajes. Por su manera de producción, hay un inevitable valor documental. En las actuaciones se cuela el elemento extraño: no son ni miméticas ni realistas. Los personajes se permiten decir palabras que son extemporáneas, que remiten a dos generaciones anteriores a la de los personajes. Uno puede imaginarse a Campusano modelando esos discursos con gesto adusto, puliendo modismos para que se intercalen con diálogos que versen sobre el honor y la libertad.

Esa basculación es un estilo inconfundible que genera un desautomatización en quien mira. “¿Qué es esto?”, nos habremos preguntado todos en los primeros quince minutos de la primera película de Campusano que vimos. Pero ese extrañamiento nos convoca. Pide atención y paciencia por la intriga del argumento o simplemente por curiosidad. Si en toda película la creencia de quien mira depende de la habilidad del director en la puesta en escena y la modulación del verosímil, Campusano tiene una llave secreta que abre puertas que no sabíamos que existían dentro de la narración más clásica. Pide un salto de fe, pero nos veremos recompensados.

Sus películas posteriores (de El perro Molina en adelante) incorporan cierta textura profesional. Ahora es un cineasta consagrado con el aval de fondos y festivales. Se nota en la prolijidad técnica (cuyo reverso -la desprolijidad- supo ser marca de autenticidad), pero más que nada en la ampliación del rango social de sus historias. Ahora en sus retratos comunales puede incorporar estamentos más altos (como policías y políticos) e incluso puede conseguir una cárcel para filmar a sus anchas. Al hacerse más amplio, también se hace más convencional: empieza a narrar situaciones y lugares que ya no son totalmente novedosas. En cierto sentido, Campusano entró en una meseta. En su afán de buscar nuevas historias, filmó en Bariloche, Brasil, Bolivia, Brooklyn. Hay algo allí, correspondiente al lenguaje y a la dinámica social, que no termina de encajar. Esa crudeza sigue intacta pero en un material que no es totalmente vital.

Y sobre su figura: de ninguna manera podría decirse que su estilo es derivación de su procedencia. Lo de “bruto” está de más. Gatica diría que “Monito” las pelotas. Cada intervención pública suya es todo lo grave y concisa que puede ser la de cualquier intelectual. Tiene muy en claro las implicancias de sus dichos. Es categórico cuando dice que sus películas no son violentas porque no acumulan muertes sin consecuencias, y ésa es su bandera. Pero incluso aunque esas acciones tengan consecuencias no dejan de ser violentas. Vaya donde vaya, Campusano ve lo que tiene de violento el sexo, lo que tiene de violento el código barrial, lo que tiene de violento el trabajo. Y esos hallazgos se extienden a todas las clases sociales, incluso en su película más incomprendida, Placer y martirio, una autodestructiva fábula de vampiros de clase alta, con implicaciones de todo tipo. En este sentido, el trato ambiguo con sus personajes debería compararse con el de César González, que casi como una venganza los hace estúpidos y desalmados.

En todas estas películas la carencia económica es evidente pero no es interpretada. Los personajes tienen trabajo (o no), plata para cerveza (o no), casas con paredes sin revocar (o no), pero nunca estas variables están llamadas a determinar sus actitudes. Tampoco los hechos están organizados como para dejar en claro que esto no debería ser así. Simplemente es el contexto de las historias, una circunstancia. Todos los elementos de la puesta en escena (el encuadre y el montaje) se esfuerzan en contar la situación, no en comentarla. No hay metáforas y sus personajes no son representativos de nadie más que ellos mismos. Son personas con rasgos extremadamente particulares que se presentan bigger than life incluso corporalmente.

J. C. Campusano tiene una concepción borgeana del momento en que se define el carácter de una persona. No es algo a priori, social, cultural, como en los relatos deterministas de Naishtat y Szifrón, sino que se define en un instante: el del duelo. El enfrentamiento de uno contra otro, ya sea con cuchillos o con armas de fuego. Las acciones se van encadenando fatalmente, haciéndose cada vez más violentas, hasta que llega el momento en el que hay que definir qué sucede. Ese momento no se posterga ni se elide, se pone en el centro de las películas. Como en los westerns y casi todo el cine clásico, los personajes son lo que hacen.

Fango (José Campusano, 2012)

Momentos estatales

¿Cuáles fueron los momentos no-cinematográficos de la cultura popular en estos años? Hubo muchas series que tuvieron su momento de gracia: Un gallo para esculapio, El marginal, El puntero. Tienen el mérito de traer argumentos que se podían imaginar en la calle. Como sucedió a principios de los 2000, surgen ficciones “crudas”. Pero si uno escucha bien, su lenguaje sigue siendo el mismo del de las telenovelas de teléfonos blancos y tienen argumentos más bien edulcorados. Ahora dicen más insultos en una jerga barrial impostada. Esas palabras no habitan a los actores ni por asomo: son palabras, clichés, que pasan un día por el guion, y al día siguiente alguien las memoriza y las actúa. Tienen la inconsciencia de una improvisación pero sin ese nivel de autenticidad. Porque así son los tiempos de la televisión. No hay nada personal allí. ¿Dónde buscar entonces los momentos significativos de la cultura en estos doce años? En el lugar donde menos amor y personalidad encontraremos: el Estado. El lugar desde donde todo parece surgir naturalmente, el fabricante original de sentidos comunes.

Si hubo tal cosa como una estética estatal, planificada y constante, ya sea en tiempos de los Kirchner o de Macri, dos acontecimientos pueden ser la punta del iceberg para poder entrar en cada uno de esos universos de identificaciones, valores e imágenes.

En 2010 se cumplieron 200 años de la Revolución de Mayo. El Estado organizó festejos en todo el país, con epicentro en Capital Federal, que duraron cinco días. Se dice que fue la mayor reunión de gente en la calle de la historia argentina. Dos millones y medio de personas fueron al Obelisco o a sus alrededores, donde se habían armado ferias y exhibiciones paralelas al espectáculo principal: hubo un día de rock nacional, otro día de folklore, otro de música latinoamericana…

En las presentaciones musicales existió un mejunje por lo menos gracioso. Todos los que allí subían eran de una extracción, perdón por la vaguedad del término, progresista. O se encontraban cercanos ideológicamente al proyecto kirchnerista. Tocó toda la trova rosarina, por poner un ejemplo, y el panteón del rock nacional que pertenece a una generación anterior a la mía. Por parte de un gobierno que se iba a encontrar con una muchedumbre inasible, inabarcable, elegir como soundtrack a los artistas con los que se sienten identificados y no a los más inherentemente masivos puede pensarse como un gesto de irreverencia. Lito Nebbia cantó en ese recital que “si la historia la escriben los que ganan eso quiere decir que hay otra historia”… en un contexto de hegemonía cultural, con la posibilidad de juntar a dos millones de personas escuchando. Una de las grandes paradojas del kirchnerismo era ésa.

El homenaje al cine nacional consistió en una orquesta tocando canciones características de algunas películas argentinas. Decepcionante. Podrían haber organizado proyecciones o salvar algunas de las películas destinadas a morir en las estanterías de la descuidada CINAIN. Setlist: Mosaico Criollo, El secreto de sus ojos, Vientos de agua, Juan Moreira, Camila, Diarios de motocicleta y alguna más que se me escapa. Cuando subió al escenario Juan José Campanella dijo que nunca estuvo delante de tanta gente. “Siempre suelo estar atrás”, le faltó decir.

Se podía ver en los carteles que había en la calle una cita de Arturo Jauretche: “Un pueblo deprimido y triste no puede cambiar nada”. Hasta ahí estamos de acuerdo. El problema es cuando desde el propio Estado se intenta orientar la felicidad. El desfile de 19 carrozas temáticas desde el Bajo hasta el Obelisco fue uno de las atracciones principales de esos días y estuvo a cargo del colectivo Fuerza Bruta (algunos de ellos antes habían sido La organización negra, otro grupo performático que en los 80 había “matado” al Papa en la peatonal Florida). Había algunas carrozas que relataban sucesos históricos recientes y espinosos: las dictaduras militares, la guerra de Malvinas. Ésas eran las menos interesantes, las más didácticas. Solo tenían alguna gracia formal con un sentido explícito y remanido (los pañuelos de las Abuelas de Plaza de Mayo que tenían lamparitas adentro, o los soldados en cuyas espaldas se levantaba una cruz blanca cuando caían en Malvinas). Ante mayor gravedad del asunto, menor la libertad para interpretarlo. Las carrozas más atractivas fueron las de concepto más libre: la industria argentina, el rock nacional, las crisis económicas, el “futuro” (?). Fue un desfile que dejaba ver algo: las cosas más relevantes estaban sobre-significadas. Desde la organización había miedo que el sentido se escape. Horror vacui: había que rellenar todos los resquicios de la historia desde la propia perspectiva. Por suerte el arte no es comunicación y siempre en los medios se confunden las cosas.

En la inauguración de esta semana de festejos, Cristina Fernández de Kirchner soltaba lágrimas en medio de una frase que empezaba así: “Dios quiso que yo fuera la presidenta del Bicentenario, pero”. Es algo tramposo porque lo presenta como una casualidad, pero sabe que fue un evento organizado bien a propósito. Los festejos del otro Bicentenario, el de 2016, lo demuestran. Allí Mauricio Macri sí se chocó con el aniversario y con las responsabilidad de recordarlo. Al contrario de la desmesura kirchnerista, fue bastante escueto. Dejó una cosa para el recuerdo: hacer foco en la “angustia” que sintieron los argentinos al momento de declarar la independencia frente a la Corona Española. En vez de pensar la situación en términos políticos concretos, la llevó al plano del drama íntimo, casi familiar. En este caso, es una manera de simplificar.

Pero no nos referiremos a ello, sino a otro evento en el que Macri sí lloró: el espectáculo de apertura del G-20 en el Colón. La diferencia fue, claro, ante quién. Todo es una puesta en escena en la comunicación política: no importa tanto establecer lo genuino de la actitud sino todo lo contrario, lo premeditado. Macri llora ante el reconocimiento de los líderes mundiales por haber organizado la reunión y ofrecerles el espectáculo que acababan de ver. Muestra su sensibilidad, su verdadero rostro, frente a los suyos, a otros presidentes y en el Colón. Estábamos volviendo al mundo, parecía. Pero… ¿cómo?

El espectáculo de Argentum en el Colón comienza así: unos niños llegan a recorrer virtualmente las cosas interesantes de Argentina. Está dividido en cuatro actos, por las cuatro zonas geográficas de Argentina (Patagonia, el Centro (?), el Litoral y el Norte). Es, esencialmente, un espectáculo de baile del que no se puede decir más que puros lugares comunes en una estética a lo West Side Story. Detrás se ven imágenes del país con una extraña constante: son planos aéreos, que cubren la mayor distancia posible, con una perspectiva cenital. Casi como un mapa. Es una mirada turística o, peor, agrimensora. Se dedica a recorrer la mayor cantidad de espacio en la menor cantidad de tiempo. Son imágenes que dan cuenta de nuestros recursos naturales dispuestos a ser explotados. No hay casi personas, o al menos ninguna se distingue de las demás: aparecemos caminando rápido en la vista de un drone en cámara rápida. Hacia al final vemos pasando muy rápido fotos carnet 4×4 de personas, de nosotros, los que habitamos este suelo. ¿Qué clase de sensibilidad hay ahí? ¿Cuál es la imposibilidad de mostrar a personas haciendo cosas? La música va variando según la región, pero da la sensación que todos los estilos (folklóricos, del chamamé al tango) pasaron por una lavada de cara, una “sinfonización” que hace que todo parezca el score de una película de Hollywood que transcurre en Argentina. Si los festejos kirchneristas se sobre-semantizaban, los macristas eran impermeables a esas operaciones. No hay un sentido o un sintagma en una serie histórica; todas las apariciones públicas y las puestas en escena tienden a lo superficial: “Es acá, es ahora”, decía el presidente Macri en su asunción. Ese presente al que alude solo deja ver su propia imposibilidad de poner en contexto

Si nos ponemos tilingos y pensamos en qué imagen le hemos dado al mundo, sirve esta cita de Rodrigo Cañete en una crítica sobre el mismo espectáculo: “… en cada cuadro buscaba generar un alto impacto emocional inmediato más propio de un clip publicitario, el espectáculo construyó un espectador cuya inteligencia y capacidad visual fue, desde un principio, subestimada. Es difícil imaginar lo que debe haber pasado por la cabeza de espectadores sofisticados como Angela Merkel, Teresa May o Vladimir Putin al ver eso”.

Puede ser un poco injusto comparar ambos eventos: uno es para el pueblo y otro para “el mundo”. No es mi culpa sino de los que decidieron poner toda la líbido gubernamental en uno u otro evento. Es un poco paranoico también, pero la paranoia es la búsqueda de la verdad.

Responsabilidad

A principios de los 90 empezó a funcionar una nueva galería de arte en la planta baja del Centro Cultural Ricardo Rojas, curada principalmente por Jorge Gumier Maier. Bien lejos del Bellas Artes, en un lugar que no tenía tradición, tabula rasa. Allí exhibieron una serie de artistas jóvenes que por fuera del conceptualismo volvían al pop y utilizaban materiales poco nobles, imitaban publicidades, eran zonzos y domésticos. Eran kitsch y eran gay. Se los llamaba socarronamente, en esa época en la que las dietas surgían y se hacía apología de la vida sana, artistas light porque no tenían filiación política o consignas claras. Se revelaban contra el formato 2x2m que era con el que competían en los concursos: sus obras eran pequeñas bitácoras sobre lo cotidiano. Estaban Liliana Maresca, Fernanda Laguna, Omar Schiliro, Magdalena Jitrik.

Gumer Maier, en una de las últimas exposiciones que se hicieron allí, escribió El Tao del Arte. Ahí logra conceptualizar lo que sí y lo que no en este nuevo recambio generacional: Las demandas del saber sobre el arte han provocado que una estrategia publicitaria se instale en la génesis de un sinnúmero de producciones estéticas. Sin el menor asombro escuchamos cómo muchos artistas logran dar cuenta de lo que hacen con precisión y economía envidiables. Lejos estamos de la angustia y la desesperación (o la dicha y el remanso de otrora). Hoy, la visita al mundo del arte comienza a menudo con un preámbulo: ‘la idea es…’, ya no más deambular ignorantes: ¡‘trabajo’! (Rimbaud decía que el poeta no trabaja). Las palabras no son inocentes. Recorramos un tanto más este llamativo léxico: abundan las ‘reflexiones’, toda clase de ‘hipótesis’. Los artistas hoy ‘discuten conceptos’, ‘confrontan conceptos’, ‘plantean’, ‘conjeturan’, ‘indagan’, ‘explicitan’, ‘advierten’. ¿Por qué esta insistencia en reducir lo artístico a una actividad sensata, inteligente y alerta? ¿No lo estaremos confundiendo todo con una agencia de consulta para el estudio y la comprensión del mundo contemporáneo? Todo parece claro y carente de misterio”.

Con las diferencias lógicas entre el cine y el arte visual (mucho más inmediato), el cine argentino de las últimas dos décadas empezó como un arte pequeño, incluso en sus variables más exitosas: La libertad, de Lisandro Alonso. Pero también Todo juntos, de Federico León, o Tan de repente, de Diego Lerman, existían bajo el signo de la irresponsabilidad y de la improvisación. De lo no-necesario. Había una especie de inocencia idílica. Desde principios de los 2000 y hasta que empieza el recorte temporal de este texto, uno podía ir con una película ya filmada al INCAA, decir que salió una determinada cantidad de dinero y eventualmente podía recuperarlo. No había una puesta en común de los temas o las formas. Luego, el sistema empezó a funcionar al revés: tenías que contarle al INCAA qué ibas a hacer, con un guion, una carta de intención, referencias visuales, estéticas, etc, etc. La manera de hacer películas se profesionalizó y esto implica necesariamente un cambio de enfoque.

Los cineastas ahora tienen que plantear una hoja de ruta predeterminada. El guion, santo y seña de la planificación en un rodaje puede ser todo lo flexible que el director necesite en términos narrativos. Pero la forma de la película está predispuesta desde antes de encontrarse con las vicisitudes de lo concreto del oficio: los encuadres, las actuaciones, los ritmos. Se tiene quizás demasiada conciencia de los procedimientos y cómo éstos son recibidos por el público. Con este sistema, filmar se convierte en un mero ejercicio de adaptación de palabras escritas previamente y no sobre las evidencias del mundo real. Parafraseando a un escritor argentino, el cine nace en el momento en el que no queda nada que afirmar.

Todo esto sumado a que los cineastas le muestran las películas a los críticos y a los programadores antes de terminarlas, lo que le suma una segunda instancia de legitimación (una institución más incorpórea y menos organizada, pero igual de importante simbólicamente).

Entonces a los cineastas les bajó la responsabilidad de contarnos cómo somos los argentinos (véase Rojo,  las películas de Cohn y Duprat, Los dueños, la carrera posterior de Diego Lerman). La figura del cineasta, para poder filmar, pasa a ser de aplomo y responsabilidad social. Hay temas más prestigiosos que otros y el engranaje de producción-crítica-festivales muestra sus preferencias. Una sombra grave se posa sobre las preocupaciones de los directores. Quizás sea una cuestión de culpa de clase o de supervivencia económica. En ambos casos, razones encomiables. Pero un efecto lateral de esa seriedad es que los que terminan filmando descaradamente son los ricos, los que vienen de una familia de artistas, como Luis Ortega, o los empresarios exitosos, como Adrián Suar. A los que no, les queda la mesura y la “distancia justa”. Así es como cada vez se hacen menos comedias.

Sipo’hi, El lugar del manduré (Sebastián Lingiardi, 2011)

Irresponsabilidad

Escribí la palabra “irresponsabilidad” y me acordé de dos directores: Diego Kaplan y Sebastián Lingiardi. No están en el panteón de los autores consagrados. Creo que ninguno de los dos se consideran de esa manera, ni consagrados ni autores. Y probablemente ninguno habrá escuchado el nombre del otro. La irresponsabilidad de ambos consiste en hacer oídos sordos a las obligaciones implícitas de sus grupos de pertenencia: el mainstream total y esa comunidad vaporosa que aglutina el BAFICI.

Lingiardi en sus dos primeras películas hace un recorrido parecido al de Pedro Costa entre Ossos y No quarto da Vanda: primero hace una ficción en un lugar al cual no pertenece y, quizás sintiéndose un impostor, o quizás sabiendo que hay una parte de la comunidad que le quedó sin retratar, vuelve y hace una película más pegada a lo real. Su forma de filmar no cambia tanto entre Las pistas y Sip’ohi (una asumida como ficción y otra como documental) y eso es todo un statement, o al menos la demostración de que construyó sobre los aprendizajes de otros. Ambas suceden en una comunidad wichí en Chaco, que trata de mantener vivos sus relatos y sus canciones. En la primera el enemigo es una especie de organización que quiere borrar el wichí pero no se entiende exactamente cómo, y en la segunda es el simple olvido al que se quiere combatir con una radio propia que difunda sus relatos.

Las comunidades se filman con personas en movimiento: Lingiardi presta especial atención a las caminatas de los personajes de un punto a otro. Es poco común ver caminatas filmadas como en un ejercicio de la facultad, de un lado al otro, con un punto de fuga en un costado del cuadro, en ¾. En Las pistas las escenas finales son en un camino cerrado por la vegetación mientras vemos cómo un grupo sigue carteles escritos en wichí, tratando de descifrarlos. La influencia de Invasión hace que se corra del lugar clásico de una película etnográfica: una película austera y un tanto hermética sobre los recovecos de la lengua, con conspiraciones y grupos secretos disputándose un pueblo. No hay ningún afán didáctico en esa ficción: no puede verse ningún tipo de cotidianeidad. Lingiardi no se pregunta qué puede hacer de ellos, se pregunta qué puede hacer con ellos.

Sip’ohi, su siguiente película, toca más o menos tangencialmente algunas inquietudes kirchneristas. El estreno fue casi simultáneo a la muestra que se hizo en el Museo de la Lengua sobre las culturas de los pueblos originarios del Chaco, concebida alrededor de los mismos mitos que la película. Y también comparten una obsesión por lo mediático y su poder como médium de mitos y leyendas, como la piedra basal para un imaginario en común. Un poco a la manera de The Fog, de John Carpenter, todos nos organizamos a partir de una voz: piensen lo traumático que sería que esa voz no hable nuestro idioma. Escuchamos las intrincadas explicaciones sobre el origen del fuego y las aventuras de Takjuaj en su idioma original, retazos del programa de radio del protagonista, Gustavo Salvatierra. Parte del estremecimiento que sobreviene ante el relato es por la falta de imágenes para poner en escena ciertas historias. O la precaria iluminación de unas manos prendiendo un fueguito o directamente el negro total: una especie de negación del lugar del propio Lingiardi como director, que ya está bastante puesto en duda cuando aparece Salvatierra preguntándose por el carácter de la película. “Hasta acá llegué”, pareciera decir Lingiardi. Todo lo que pueda agregar es menos importante que estas palabras que están sonando ahora. Se borra como autor en un contexto en el que los documentales cada vez más pasan por la primera persona.

Después de Sip’ohi, con la que ganó la competencia de largometrajes en FIDMarseille, uno de los festivales más importantes de documentales del mundo, uno podría esperar que la carrera de Lingiardi ganara en fondos, co-producciones, en la importancia de sus temas de interés. Y sucedió todo lo contrario: se volvió a su General Pico, y allí filmó otras dos películas por fuera de todo sistema y obligación.

En Imagen mala, su última película, se mete con Alejandro Rubio, un poeta que perteneció a 18 Whiskys, esa revista de poesía que renovó la escena argentina. Así, recupera la pregunta que se hacía en Sip’ohi sobre el poder que pueden tener las palabras sobre el curso de las cosas. De hecho, una empieza como termina la otra: con la pantalla en negro y una voz que nos recita algo. En este caso es un poema de Rubio que cuenta peripecias sobre el cadáver de Evita y los posteriores movimientos peronistas. Su voz, aunque en español, se nos presenta con la misma extrañeza con la que se nos presentaron los mitos wichís. Es la lengua entendida no como acto comunicativo sino simplemente como hecho artístico

Lingiardi intercala los poemas (escritos, leídos, escritos y leídos) con el registro de la vida pública en Capital en los últimos años. Fragmentos de noticieros, de zapping furioso, fábricas funcionando a media máquina, pero sobre todo las marchas masivas que se organizaron como protesta ante algunas medidas del gobierno de Mauricio Macri. Ésa es otra forma de poesía: la observación paciente de las banderas, los bombos y los rostros. Son tantas las cosas que pasan en una manifestación tan grande que el punto de vista siempre es insuficiente, siempre se escapa algo. Y la poesía es lo contrario a la omnisciencia. También tiene el descaro de poner un pedazo importante del último discurso de Cristina Fernández de Kirchner en el que da una lección de civismo. Una actitud así, que podría pensarse como retraimiento del espíritu crítico, es en realidad el establecimiento de una sensibilidad compartida de a muchos como punto de partida

Imagen mala es lo más cerca que estuvo el cine argentino del cine militante de los 70 pero en clave menor, reflexiva. Llega a la política a través de la poesía. (El otro link directo al pasado militante se lo puede encontrar en una película oculta de un amigo suyo, La destrucción del orden vigente, de Alejo Franzetti, que hace un poco de terrorismo cinematográfico con videos caseros de trenes que pronostican una catástrofe y son enviados a dirigentes políticos). Su forma está inacabada: creo que como todavía no encuentra un lugar para hacer un estreno adecuado, sigue editándola, agregando marchas que filma con su cámara Canon. Entre la primera y la segunda vez que la vi había sumado marchas correspondientes al Ni una menos e incorporando las palabras de las mujeres que se preguntaban por el futuro del movimiento. Está corriendo detrás de la realidad que siempre se le presenta inasible, y ese esfuerzo es emocionante.

Vayamos con Diego Kaplan. Después de muchos videoclips (“Flaca”, de Andrés Calamaro, entre ellos) en 1997 filmó su primera e incomprendida película, ¿Sabés nadar? De todos los que la vieron, muy pocos se la acuerdan, y la mayoría se la confunde con Nadar solo, la película de Ezequiel Acuña también filmada en Mar del Plata. La pude ver en unos rescates que hizo Fernando Martín Peña en el MALBA sobre Nuevo Cine Argentino Lado B. La sala estaba vacía. Qué diferente hubiese sido la historia si en vez de ver El bonaerense hubiésemos visto la de Kaplan.

La película empieza con un ritmo que no es otro que el de la cocaína: cámara en mano nerviosa y paranoica que camina por Avenida Libertador siguiendo a un personaje que masculla algo sobre una novia que lo dejó. Se sube a un taxi, apurado, desorientado. Aparece Graciela Borges, como para aumentar el desenfreno, madre en la ficción y en la realidad del protagonista, encarnado por Juan Cruz Bordeu. Por alguna razón que no recuerdo (y no puedo comprobar) va a Mar del Plata en invierno. Después del frenesí, viene el bajón. La película alterna esos dos estados de ánimo con una melancolía particular, no exenta de tics costumbristas. Tiene la mejor actuación de Leticia Brédice que recuerde, y en un momento gratuito bailan “No dejes que llueva”, de Daniel Melero.

Después filmó con la industria, que no permite esos desbalances y esos caprichos. Algo intenta en Dos más dos, que es bastante transgresora dentro de lo pacato que es el mainstream. Pero con Desearás al hombre de tu hermana patea el tablero, corre los límites. Ya empieza raro: en la primera escena ambas protagonistas están viendo un western en el televisor. Un hombre monta un caballo y ellas quieren imitarlo. Hay una que se entusiasma arriba de una almohada, estimulándose hasta que tiene un orgasmo. La película se funda sobre ese problema: una hermana, Ofelia, tiene un apetito sexual insaciable y lo disfruta, mientras que Lucía parece disfrutar menos, lo que genera unos celos tremendos. Ellas y sus maridos tienen que pasar unos días juntos en la casa de su madre y, a partir de allí, suceden todos los enredos imaginables.

Hay unos planos totalmente burdos que plantean la duda, encienden la alarma, al menos para los más pacatos. Pampita toma leche desde un vaso rebosante, en primer plano y en cámara lenta. Vemos que su boca desborda y la leche sale, de a poquito, hasta bajar a su mentón. Lo mismo sucede con el marido de su hermana, que para impresionarla hace una morisqueta similar pero con un pomelo. Kaplan les presta especial atención. El camino más fácil para decir que estos procedimientos valen la pena es el de la singularidad: nadie filma eso no-irónicamente. Esos momentos son una especie de parteaguas entre quien frunce la nariz ante el corrimiento del naturalismo y el que se entusiasma por ver algo que no se parece a nada.

Desearás… deja de lado el par deseo/culpa, tan caro a lo cristiano. El sexo es una superficie de placer. Tampoco se preocupa por los secretos en los pasillos o su expresión audiovisual, la sutileza. Ésta también es una película de cámara y de encierro pero implosionada, sin ningún tipo de intimidad o silencio. Todo se dice en voz alta y todo se muestra. El sexo también es una superficie en la que cabe la traición. Ineludiblemente esos desenfrenos tienen su cara política: en un momento, el personaje de Andrea Frigerio les presenta la pastilla anticonceptiva a sus hijas como “la pastilla del amor”. Prohibidas en Argentina en ese momento, encontró una manera de importarlas. Casi mirando a cámara dice que “el gobierno no quiere que gocemos”, palabras casi iguales a las que dijo Pino Solanas en la Cámara de Senadores en el debate por la legalización del aborto.

La película, como varias de la época, ostenta una cuidada recreación de los años setenta, con canciones y modismos, lo que empasta un poco a la película: pone en primer plano algo que es accesorio y todo parece desvanecerse en la constelación de lo retro. Pero después Diego Kaplan hace cantar “Rubí”, de Babasónicos, al personaje de Mónica Antonópulos en el clímax de la película, cuando se entera que su reciente marido lo engañó con Pampita. Hay una especie de revelación, algo roto que permite ver el engranaje de la representación: la canción es a todas luces desubicada en el tiempo pero su sensibilidad se emparenta con la película. Y al usarla así todo un imaginario de los Babásonicos desde Infame hasta, digamos, A propósito, se pone de manifiesto. Dárgelos hace de la sexualidad algo malicioso y tierno a la vez, jugando con la diferencia de edad.

Cuando se sabe de la traición, la película amaga con definirse a las piñas de los dos maridos engañados, una pelea de egos de hombres, pero la canción le da un toque burlón a lo que sigue: el que no se banque el juego en la casa, el que no pueda ser lo suficientemente pícaro y tramposo, que se vaya. El engaño está a la vista y cada uno está feliz con sus máscaras, cantando extemporáneamente: “a tu lado retrocede el tiempo, cualquier día es el mejor momento…”.

Desde una visión superficial, podríamos pensar en la apropiación de los cuerpos de Pampita y Antonópulos como una estrategia publicitaria. Esa observación sostenida es, sin dudas, una mirada lujuriosa: de la admiración a la cosificación hay un solo paso. Kaplan no cierra ese camino porque disfruta de verlas, y a la vez abre otro. Hay igual atención por los abdominales y los culos de los maridos de las chicas, con lo mejor de Brasil y lo mejor de Argentina respectivamente. Todos son objetos sexuales y se miran entre ellos como tales. La película se rebela ante los decorados y los argumentos estandarizados del porno más rancio tanto como Las hijas del fuego, que también está en una cruzada por nuevas imágenes alrededor del sexo. La película de Kaplan lleva al paroxismo nuestra idea del porno, lo estiliza y lo banaliza. Esta película observa detalladamente cada pliegue de la bombacha de las protagonistas, mostrando que su sensibilidad no está subordinada a la dramaturgia o al drama, sino simplemente a la textura de una tela. Sin que ésta, por supuesto, se convierta en signo de delicadeza: en Desearás… las sábanas están para mancharlas, morderlas, llenarlas de fluidos.

Lo que Kaplan y Lingiardi hacen, quizás sin querer, es plantear un espacio de resistencia dentro de su ámbito de pertenencia. Uno a través de la atención y el respeto a la palabra, otro a través de la supervivencia de lo kitsch historizado y el sexo. Van en contra de lo que podría esperarse de sus carreras y no eligen el kiosquito, el yeite que una vez domesticado les permitirá vivir relativamente cómodos. La película de Kaplan es la primera película en no sé cuántos años que está calificada para mayores de 18 años. En ese caso las implicaciones de radicalizarse son literales: toda una gran parte de la población (la que más va al cine, dicen los especialistas) no puede entrar a ver tu película. Ambos echan mano a tradiciones muy antiguas y que parecían inactualizables antes de ellos. Y por eso sus películas no son totalmente libres: se nota en ellas el peso específico de historias pasadas, de representaciones. La rebeldía implica el reconocimiento de un poder externo, de una exigencia, tácita, pero exigencia al fin. Porque en todo acto de amor hay una pérdida de margen de acción. Es imposible conseguir estos momentos de intensidad sin al menos resignar algo.

La vendedora de fósforos (Alejo Moguillansky, 2017)

Dinero

-Quería hablarle de mi sueldo.
-Y yo de Franz Schubert.

Diálogo entre Margartia Fernández y María Villar en La vendedora de fósforos

En algunos años se llegaron a estrenar más de trescientas películas argentinas. Ese número, inevitablemente, devalúa la figura mitificada de director de cine. Por suerte. Y si a eso le sumamos los cambios tecnológicos de la época en los que un rodaje puede realizarse con dos o tres personas detrás de cámara, ya podemos pensar que cualquiera tiene la posibilidad de filmar una película si tiene la suficiente irreverencia, algunos amigos y un poco de tiempo libre. Esta democratización implica que la circunstancia de rodaje ya no es más una experiencia dramática o exclusiva. Surgen los cineastas de fin de semana, los documentalistas que filman todo el tiempo, los estudiantes que tienen una producción descomunal y hacen tres o cuatro cortos por año. Todos ellos pertenecen al cine del presente.

Pero nada es gratis. Para filmar algo, es necesario que eso tenga una existencia física. Los rodajes implican dinero para poner en escena a personas en una época específica. Dependiendo la distancia de los implicados con lo narrado, las películas pueden salir más o menos plata. A veces se filma con lo que hay a mano pero siempre hay que darle como mínimo un sanguchito de comer al equipo técnico. Esta distancia entre la vida de todos los días y los rodajes se fue achicando hasta hacerse casi invisible. Hoy para terminar de entender los alcances de una película es necesario imaginarse el contraplano de la ficción: en esa relación se alumbran muchos de los problemas que se ven en la pantalla. Una relación cuyo nexo es la cámara, un dispositivo tecnológico que tiene un precio. No es lo mismo una Canon T3i que una ARRI Alexa.

Los modelos de producción en este tiempo cambiaron radicalmente. Quienes pensaron en esto hasta las últimas consecuencias fueron los cineastas de El Pampero. Escribieron manifiestos y filmaron cada uno de sus planos con igual rigurosidad. Trataron de encontrar la escala de producción específica para cada película y se negaron a hacer ficciones pobres ante la falta de dinero, que es también una manera de posicionarse como cineastas del tercer mundo. Esto es más visible en El escarabajo de oro, de Alejo Moguillansky, surgida de una iniciativa del festival CPH:DOX, de Dinamarca, que consistía en juntar a dos cineastas, un europeo y otro no-europeo. Ante esto, un grupo de cineastas -los Pamperos haciendo de ellos mismos- tienen que aguantar que unos gringos le digan qué hacer, entonces los engañan diciendo que filman una película con todos los tópicos del tercer mundo pero mientras preparan una búsqueda del tesoro que tiene más screwball que intriga. Parece el summum de toda su imaginería y quizás por eso aprovechan para decir todo lo que tenían guardado: a cada acción de los personajes sobreviene una reflexión que le quita la irreverencia, volcándose a la ironía.

Pero vayamos en orden. La primera película de Moguillansky que pude ver (antes filmó La prisionera, inconseguible) es Castro, de 2009. Más convencional en términos de producción, se filmó y se editó en tiempo récord. Difícil es hablar de una historia, que podría resumirse en que Edgardo Castro, personaje y actor, se escapa de un grupo de personas que lo persigue -imposible saber por qué-, y no quiere trabajar pero su novia le exige que lo haga, entonces sale a la calle a buscarlo.

Hay un fantasma que tiene la forma de un mandato y sobrevuela a todos los personajes repitiéndose como mantra: ganarse la vida es una manera de desperdiciarla. Se niega cualquier manera banal de pensar lo cotidiano y se piensa en cómo llegar a una manera trascendental de vivir. Eso tiene su riesgo, obviamente: el de caer en la pose. Todos los personajes tienen rasgos infantiles, son como niños en cuerpos de adultos, caprichosos y cambiantes, van corriendo a todos lados, cruzan mal la calle. La cámara prodigiosa de Gustavo Biazzi los sigue en paneos rapidísimos, imposibles e incómodos en medio del runrún de la ciudad. La negación de esa vida que implica ir del trabajo a la casa y de la casa al trabajo solo puede venir de un grupo etario post-peronista, de hijos de profesionales que saben el efecto desgastante del trabajo sobre los cuerpos y las mentes. El axioma de que el trabajo dignifica puede tener un significado social y general pero, mirando en particular, el efecto cambia y al mirar detrás solo puede verse el tiempo que podría haberse usado en actividades más gratificantes. El trabajo, en Castro, se filma como algo abstracto y ridículo que consiste en personas con trajes baratos llevando paquetes de un lado al otro por una razón que nunca sabremos.

Esa especie de negación de la vida seria y concienzuda empieza a contagiarse a la filmación de las siguientes películas de Moguillansky. Es como si hubiese necesitado ponerlo en escena primero para empezar a vivir así. La vendedora de fósforos, de 2017, y El loro y el cisne, de 2014, están hechas al ritmo de esos pensamientos, pero también teniendo en cuenta acontecimientos disímiles de la actualidad. Incorporar la lógica del dinero a las películas significa hacerlas un poco como un diario. No siempre se tiene plata para salir a filmar, entonces el ritmo de rodaje se amolda a la peripecia de la vida.

Estos diarios no se cierran sobre la primera persona sino que son collages, están manchados de noticias, de fragmentos de otras películas, de ideas arbitrarias que se pegan como obsesiones. Registran los cambios físicos de las personas que las hacen pero también los cambios en la ciudad. En El loro y el cisne el embarazo de una de las actrices, Luciana Acuña, también pareja de Moguillansky, da un vuelco a la trama. Esa misma niña crece y ahora es hija de Walter Jakob y María Villar en La vendedora de fósforos, que transcurre entre paros de transporte y largas caminatas por el centro en plena campaña electoral. Los argumentos de estas películas son menos rebuscados que el de Castro: son simplemente personas trabajando en el mundo artístico, pasando penurias económicas, amorosas, intelectuales. Su trabajo les permite tener una apreciación estética de sus vivencias, encuentran placer en lo que hacen pero también sufren la inquietud e incertidumbre del monotributista.  

La estructura de ambas películas está totalmente a la vista tanto como la desprolijidad de algunas escenas, inherente a su método de filmación. El diario del rodaje refiere inevitablemente a lo doméstico y a lo artesanal. Pero Moguillansky no pide perdón por las imperfecciones, las lleva como bandera. Incluso cuando ellas desbalancean las películas, cuando sus materiales pasan al frente y borronean la figura del autor.  Todo surge a partir de un encargo documental. El loro… de filmar ensayos del grupo Krapp, La vendedora… de filmar ensayos de la puesta en escena de Helmut Lachmann en el Colón. Después, como una especie de rebeldía laboral, se usan esas imágenes para propósitos personales. Parafraseando un dicho popular que a los veganos no les debe hacer mucha gracia, ellos saben que todo plano que filmen va a parar a la ficción. Ese registro desordenado puede pensarse como una invitación a habitar cada espacio de la ciudad con la fuerza de un musical, a no confundir la textura documental con la mansa aceptación de la realidad como algo gris e indiferenciado.

Otro cineasta que pensó el dinero y su relación con el cine fue Hernán Rosselli. La historia de su primera película es simple y sobre todo concreta: Mauro es un pasador de billetes que, con aires de emprendedor, intenta subir en la escala productiva. Mauro narra ese espinoso ascenso con sus repliegues, dudas, y pequeños triunfos. Los dos tienen sus armas, su oficio, y se podría hacer un paralelismo entre Rosselli con su protagonista. Comparten también una clase social -o eso parece, por las anécdotas que se cuentan del rodaje-

Pero la prolongada duración de la instancia de rodaje y montaje funciona exactamente al revés que en los rodajes de Moguillansky. En vez de funcionar como un imán, Mauro y Casa del teatro (su última película, del 2018) con el tiempo se desprenden de todo lo accesorio. Se depuran porque hay tiempo para pensar en todas las etapas de realización. En los rodajes en general la gente está apurada.

Sus películas se hicieron durante varios años filmando y editando al mismo tiempo: esa idea de reescribir el guion incluso significa poder escuchar lo que pide la película, entender lo que uno hizo y actuar en consecuencia. El tiempo acomoda las cosas y el rodaje a la vieja usanza es avanzar con los ojos vendados. En entrevistas y textos propios Rosselli habla de una tradición que empieza con Charles Chaplin, quien tenía tanto dinero y poder que podía filmar la misma película la cantidad de veces necesaria para que saliera bien. Los tiempos del cine digital, contrariamente a lo que podría pensarse, no dan la posibilidad de tener tiempo para pensar: se graba todo por las dudas, de distintas maneras y en distintas variables. Rosselli filma mucho y sostenido en el tiempo pero no para cubrirse ante posibles desajustes del montaje, sino buscando imágenes que sean pregnantes más que completas, siempre pegadas a la tarea diaria, de la herrería o la falsificación, planos que llaman a quien mira, que desafían a recomponer la distancia, la información.

En relación al dinero, se habló mucho de que Mauro descubría una clase social poco filmada por el cine argentino. Quizás sea verdad, pero ése de ninguna manera es su mayor mérito, porque Rosselli ya estaba ahí, filma lo que tiene a mano tanto como la pequeña burguesía de la FUC. El gesto es el mismo. En todo caso, es riguroso y específico el recorte: clase media baja del conurbano, entre trenes y plazas, golpeados por el 2001 pero unos años después, en pleno resurgimiento económico, en un momento en el que coinciden el crecimiento y la desigualdad. La falsificación existe como motivo narrativo de la película pero también es palpable en toda una serie de elementos que aparecen de manera documental como la ropa deportiva de imitación, los telos decorados con un lujo ridículo y reguetones escuchados desde parlantes de baja fidelidad.

Novela familiar

Todo acto es literario y eso apesta.
Todas las cosas rogando por sinceridad.

Martín Gambarotta, Punctum

Hay una hermenéutica extendida en el cine argentino, con centro en los textos de Nicolás Prividera, que organiza la actualidad y la historia del cine argentino como una gran novela familiar. Las implicancias de la analogía nos hacen recordar subtextos psicoanalíticos, trágicos y también, hay que decirlo, un poco aristocráticos. No solo hay padres e hijos, también hay tíos, abuelos… Es útil para desplegarse en el tiempo pero pone una barrera (la de la pertenencia) entre quienes la leen y quienes forman parte de la novela: el linaje solo se extiende dentro de ese ámbito reducido. ¿Quién es el que reparte esos títulos de nobleza…

Todo pareciera “tener sentido” cuando hay un tema o un actor que se repite. Como Graciela Borges repitiéndose en las películas de ambos Nuevos Cines Argentinos, o las películas de jóvenes y encierro. Esas coincidencias son agua en el desierto de lo real para los que se aferran a ellas, los que en la primaria hacían unos cuadros sinópticos perfectos para que la maestra los felicitara. “No es casualidad que…”, es una seña que se repite. Todo es teleológico, todo va a hacia un punto: el de probar la propia tesis.

En lo que acierta esta mirada, y es algo ineludible, es el hueco en el árbol familiar que dejó el plan sistemático de exterminio del Proceso de Reorganización Nacional. Es un hecho literal y metafórico: toda una generación del árbol familiar se vio mermada. Una de las cineastas que carga esas historias encima y piensa qué puede hacer con lo que hicieron con ella es Albertina Carri. Tiene una herencia pero se inventa otras, se pone y se saca la peluca rubia con la que identifican a su familia. Sus películas trazan un camino sinuoso que va desde la negación más radical de los testimonios pasados en Los rubios hasta el balance meditativo pero también performático de Cuatreros. No se queda con las posibles relaciones intertextuales y se entrega con su cuerpo. Esta primera persona no implica una literatura del yo y una auto-narración pormenorizada, cotidiana, sino que siempre se desdobla en procedimientos barrocos.

En su última película, Las hijas del fuego, se arroja a imaginar un mundo habitado por mujeres que disfrutan su sexualidad sin tapujos en una especie de comunidad autosustentable. En esta ficción el peso del pasado está solo como ejemplo de experiencias anteriores, de comunidades hippies y amor libre. De hecho, tampoco casi no hay relación con un referente real (o al menos extensible a una experiencia popular) salvo por los comentarios y actitudes machistas de los hombres que aparecen. Esta utopía dionisíaca que termina en una orgía sumada a un viaje de hongos y en una casa sin muchas referencias geográficas o de clase es la contrapartida, diría, de la parte apolínea de la tradición.

Pero volviendo a la crítica: esta manera tradicional (de tradición, no de esquema dado) de interpretar las películas deja al azar y lo contingente totalmente afuera. Concibe al arte como una serie de operaciones nobiliarias y le deja de tarea a la crítica encontrar herederos. Hacer cine termina siendo elegir entre opciones. Ser “popular”, ser “posmoderno”. Como si importaran más las operaciones intertextuales que pensar los planos, los personajes, etc. La gracia del cine es su nivel de imprevisibilidad: en el momento en el que la realidad se encuentra con el lenguaje, en el momento decisivo del rodaje, el cineasta encuentra ahí su moral, y no antes.

Más que una familia, hagamos un mapa. ¿Cómo podemos estar seguros de que conocemos todo? Hay un espacio, una serie de conexiones a la espera de ser descubiertas, algunos directores, algunas cinematografías siempre dispuestas a dialogar. Apostemos por cartografiarlas, sin tener angustia en lo que se nos escapa. Siempre hay algo por descubrir porque las películas generosas lo que tienen para ofrecer es su propia resistencia a los intentos de categorizarlas. Nuestra posibilidad de alumbrar siempre es precaria, como la de la vendedora de fósforos de Moguillansky. Tenemos poco tiempo para enhebrar las ideas y un corto aliento. Las películas siempre tienen un resto inasible. Pero así, de a poquito, podemos trazar mapas, más o menos caprichosos, más o menos quebrados, imperfectos. A tientas podemos delinear provincias arbitrarias, como las de este texto, o, pensando en David Viñas, manchas temáticas con fronteras móviles.

Un mundo misterioso (Rodrigo Moreno, 2011)

Imaginación

Imaginar es interpretar mal.

Harold Bloom

Vuelvo recurrentemente a Un mundo misterioso como si fuera el I-Ching. La película de Rodrigo Moreno, si bien tiene un recorrido en el tiempo siguiendo a su enigmático protagonista, Boris Chernenko, puede verse también como una sucesión de escenas impermeables a la narrativa tradicional, con una manera de ser que está entre el cuento y el poema. Entre la pieza literaria autosuficiente y el impresionismo más libre. Cada una de esas escenas tiene un tono y una estrategia. En ese sentido, al verlas aisladas puede encontrarse una pista sobre cómo vivir (o cómo no vivir). Si pensamos que la película casi nunca está cerca del costumbrismo ni tiene casi carácter mimético, es como encontrarse un manual de instrucciones ilegible, arruinado, inútil. A veces abro el VLC Player en un momento cualquiera y encuentro un detalle que me ilumina.

Desde su escena inicial está construida a base de malentendidos. Una pareja duerme en una cama matrimonial, están apenas tapados al calor de una estufa eléctrica. Boris se levanta, trae café y se acuesta de nuevo a leer el diario. Ana le pregunta qué está leyendo. Él, en vez de contestar “el diario”, o referirse al artículo en cuestión de manera sumaria, empieza a leer en voz alta lo que estaba leyendo silenciosamente. Primer malentendido. Lo siguiente es que Ana le pide un tiempo en la relación. “¿Qué es ‘un tiempo’? ¿Dos días, una semana, dos meses…?”, pregunta él. Otro problema de interpretación. Mejor dicho, de literalidad. Como si las palabras no pudiesen formar frases hechas o sobreentendidos sociales que permitan una comunicación más o menos decente. En Un mundo misterioso nada tiene una interpretación a priori. La película se ocupa de ese tiempo de vacilación en el que Boris está recién separado. Como si ese estado de excepción en el plano emocional se traspasara al lenguaje y al tiempo. Nunca sabremos cuánto tiempo es: no se dan marcaciones que nos guíen. Lo que vemos no puede ser dividido en bloques (días, semanas, meses) sino que forma parte de un continuo indiscernible.

Boris se hospeda en el Hotel Ayamitre que, como podrán imaginar, queda en el cruce de las calles Ayacucho y Mitre. Entre lo literal y lo abstracto se suceden gags absurdos que proceden de giros lingüísticos: Boris se encuentra a Levisman, un compañero de la secundaria en una librería y le pregunta si sigue viviendo con sus padres, a lo que él contesta: “Ahora ellos viven conmigo”; después Levisman los invita a él y al librero a una fiesta indicando que “la casa es grande pero el corazón es chico”; ya en la fiesta todos los que están juegan a encabalgar nombres de figuras públicas haciendo que el apellido de uno sea el nombre del que le sigue y así se forman series excéntricas como “Thierry Henry James Dean Martin Sheen(a) Easton Ellis Regina Spektor”.

Estas desviaciones no hacen a la película críptica ni cierran las puertas a la emoción. En esa misma fiesta Boris y Levisman tienen una charla (mientras se lavan los dientes con un cepillo ajeno) que se divide en dos momentos. Primero Levisman le dice que hay una chica de rulos (“Rulito”, cariñosamente) que gusta de Boris porque no lo mira. Está haciendo un esfuerzo particular por no mirarlo. La teoría no tiene mucho sentido a priori, pero el tipo insiste: todas las mujeres le van a seguir pasando por al lado si no tiene la sensibilidad suficiente. Con probar no se pierde nada… Después de este momento un poco absurdo, un poco gracioso, le siguen otros parlamentos más pausados que ya no son un gag. Se ponen en juego los deseos y aspiraciones de toda una franja etaria en cuestiones de amor. Boris describe minuciosamente su idea de pareja: quedarse en la cama hasta la una de la tarde, salir jugado de tiempo para la casa de los padres de ella, después pasarse toda la tarde en una librería de usados hasta que los dedos se te pongan negros. Se terminan de lavar los dientes y se van. El paso entre lo artificial y la vivencia se da naturalmente, quizás porque en esta película no haya diferencia entre una y otra.

La experiencia de Boris como soltero es banal y misteriosa al mismo tiempo. Se apoya en pequeños actos un poco absurdos que no responden a ninguna motivación interna, pero que a la vez pintan a un personaje por completo. Hace abdominales mientras fuma, se compra un auto ruso y maneja en él hasta quedarse sin nafta, come pan lactal con ketchup untado. Es una experiencia totalmente particular e intransferible.

Puede relacionarse, en una mirada superficial, con un vagabundeo característico del primer Nuevo Cine Argentino. Gonzalo Aguilar, en su canónico Otros mundos, dice que los personajes de esas películas están en un “estado contemporáneo de permanentes movimientos, traslaciones, situaciones de no pertenencia y disolución de cualquier instancia de permanencia”. Luego agrega que “no pueden interpretar nunca sus propias situaciones”. Lo que en Pizza, birra, faso tenía un componente de denuncia -lúmpenes sin trabajo que no pueden pensar por qué terminaron en esa situación ni cómo hacer para recuperarse-, en Un mundo misterioso descubre otro matiz. Es cualitativamente diferente. Los signos de la ciudad neoliberal no están ahí, a la espera de interpretación, sino que la propia forma cinematográfica los desvía y son filmados por fuera de cualquier sistema ideológico interpretativo a priori. Podría pensarse que esto implica una falta de anclaje social o histórico, lo cual es un poco cierto, pero Moreno tiene muy en cuenta esos detalles al filmar: los cambia de lugar, los vuelve un gag. Para poner un ejemplo: los personajes al encontrarse un Ludomatic marca Habano no piensan en jugarlo sino en imitar la foto de su portada. Lleva el lenguaje a su punto máximo de indeterminación, en el que no puede narrar más, en el que se disuelve entre malentendidos. Pero ese malentendido es el que lleva a otro y a otro. Si una ideología es una manera de encabalgar sentidos, esta película inventa una propia: el sistema de identificaciones de Un mundo misterioso no es otro que el de la imaginación entregada al cine.

De estas interpretaciones mal hechas también se nutre la última película en este recorrido: El futuro perfecto, de Nele Wohlatz. Su protagonista es una inmigrante china apenas mayor de edad cuyos padres viven en Argentina hace varios años pero ella viene recién ahora, sin conocer nada del idioma ni las costumbres. Su familia parece ser bastante conservadora, no deja que se relacione con argentinos y la obligan a aportar todo su sueldo a los gastos de la casa. Pero ella, silenciosamente, empieza a salir con un inmigrante indio unos cuantos años mayor que ella mientras ahorra unos pesos.

La película se organiza alrededor de la palabra hablada, expresada en voz alta, a tientas y a duras penas. Empieza con una entrevista que recuerda a las de Eduardo Coutinho, por el cuidado especial que tiene con Xiao Pin, en la que cuenta sus pensamientos cuando llegó a la Argentina en un español espantoso; y luego su aprendizaje es marcado con escenas parecidas a las de Frederick Wiseman por su manera de filmar instituciones como la escuela de idiomas en la que ese grupo de chinos está aprendiendo. Nele Wohlatz utiliza estas formas asociadas al documental de manera engañosa para volver indeterminado el lenguaje y narrar en un sentido descolocado, suspendido. En El futuro perfecto las escenas y los personajes se filman en un proceso de experimentación y descubrimiento. El argumento y las peripecias fueron escritos a partir de bocetos que la propia actriz principal sugería sobre sus anhelos. No se busca una verdad documental en el sentido de mostrar un acontecimiento imprevisible e irrepetible frente a cámara, sino que la atención está puesta en el armado paciente de la escena, con sus torpezas e inseguridades.

En las clases, los inmigrantes chinos leen libros de texto que describen actividades y profesiones cotidianas y uno sólo puede reírse si se las compara con la experiencia real de vivir en Buenos Aires. No hay nada vital en esa enseñanza que después cobra un matiz teatral cuando tienen que pararse y actuar. Entre los estudiantes tienen que hacerse preguntas ridículas del tipo:

-¿Hola?
– Hola Beatriz, soy Emily, ¿querés ir al museo conmigo?
– No puedo, tengo que estudiar.
– Ah, ¿y el sábado querés ir al parque conmigo?
– Sí, dale.
– Bueno, ¡nos vemos el sábado!

Y así caminan por el aula, repitiendo frases aprendidas en los libros sobre un mundo que nunca tuvo existencia. Todo el tiempo los sucesos de la vida de Xiao Pin se vuelven inasibles por su falta de recursos idiomáticos. Al principio de la película se sienta en un bar con el sueldo en el bolsillo y con mucha hambre, pero como no entiende ninguna de las opciones del menú decide irse, avergonzada. Busca “asado”, que es la única palabra que sabe, y no la encuentra. Se termina comiendo un pancho en un puesto callejero en el que supongo no tendrá muchas opciones para elegir. El lenguaje determina el alcance de sus posibilidades. Esas primeras oraciones rudimentarias que se dicen en las clases encuentran su forma cinematográfica en imágenes simples: personas caminando, personas hablando, y no mucho más. En ese sentido, Nele Wohlatz no quiere encontrar un plus de virtuosismo donde no lo hay.

Una de las cosas importantes que se ven en El futuro perfecto es la inserción de Xiao Pin y los demás inmigrantes en la cultura porteña, que no parece tener marcas temáticas o geográficas fuertes. Los lugares por los que van parecen indiferenciados. Los supermercados chinos se parecen entre ellos y apenas pueden dar una vuelta por una plaza o por la costanera a comer un choripán. Esa confusión es lógica si se piensa que nuestra protagonista no tiene el bagaje histórico o intelectual como para darse cuenta de la importancia del Obelisco o del Cabildo. Tampoco importa tanto, porque termina siendo más interesante esa mirada incrédula que la experiencia sobre-semantizada de los cineastas que pretenden encontrar lo simbólico como alienados. Esa mirada todavía no está contaminada. Esto también podría decirse de Wohlatz. Para ella y para todos los cineastas que pasaron por estas páginas filmar en Argentina no significa una fatalidad sino más bien la alegría de estar entre la tradición y la irresponsabilidad. Aunque siempre bajo la libertad contradictoria que implica la precariedad.

¿Cuándo las palabras nos ayudan a pasar a la acción? Cuando se dice algo que aún no existe. Cuando la sintaxis se desvía y se utiliza por fuera de su función descriptiva. Hay un montón de figuras retóricas que son exclusivas del lenguaje e impermeables al cine. Si solo se pueden filmar fenómenos físicos o digitales en un tiempo lineal, ¿cómo filmar el tiempo condicional? Hay que romper y volver a armar la narración, encontrar un camino poco transitado.

Xiao Pin está en una encrucijada. Por un lado quiere a Vijay, su novio indio, pero teme a las represalias de su familia. No sabe qué hacer. En el instituto de idiomas aprende un nuevo tiempo verbal: el condicional. Puede empezar a planear, a pensar en que si tal cosa sucede podría encadenarse otro acontecimiento como consecuencia directa. El futuro y el pasado son percepciones pero también son una forma gramática. ¿Qué pasaría si se va a vivir con Vijay? Empezamos a ver estas situaciones, narradas en off por Xiao Pin, una detrás de otra. Hay un elemento extraño que vuelve a la narración un poco fantástica, incluso cobra un matiz policial o melodramático: su imaginación también tiene otros bagajes en los que se incluye el cine. En esa extrañeza los planos se pueblan de elementos como gatos y vinos, y se repiten como motivos deformados en los diferentes relatos. Vemos qué pasaría si Xiao Pin fuera ama de casa, o si atendiera un supermercado, o si su padre se enterara que sale con Vijay. Casi todas los relatos terminan mal salvo el último, en el que vemos su luna de miel filmada con un celular de manera casera. La forma de la imaginación ya no es abstracta, se encarna en la home movie de la luna de miel en India de Vijay y Xiao Pin. Wohlatz filma como si fuera un documental algo que no existe ni temporal ni espacialmente sino que es un anhelo, una esperanza.

Después de todo esto, Xiao Pin se da cuenta de que más allá de los finales de sus relatos había un elemento común: un gato pululando por ahí. En el final feliz y en el final triste. La película termina con ella “cazando” uno para tenerlo como mascota. La imaginación sirve para hacer planes a corto o a largo plazo y para ganarle pequeñas batallas a lo cotidiano encontrando un escape momentáneo, pero por sobre todo sirve para darle forma a nuestras aspiraciones y poner en perspectiva: todo siempre puede ser de otra manera.

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Por Lautaro Garcia Candela

Primera película incompleta del BAFICI: Paris est une fête – Un film en 18 vagues, de Sylvain George. Había leído mucho sobre una película anterior de este director francés, Figuras de la guerra, inconseguible en los torrent amigos. Empieza con unos planos en blanco y negro, muy cerrados, de algunos detalles de París. Luego empiezan a ganar protagonismo las camas de algunos homeless en las plazas o en el zaguán de alguna casa particularmente grande. En un momento, les cede la palabra y hablan sobre sus países de origen allá en África. Era sorprendente la distancia y el respeto que establecía: ni un rasgo de miserabilismo ni de complacencia. Parecía que se estaba construyendo frente a mí una película muy rigurosa. Pero el cansancio y ese rigor me ganaron, por lo que tuve que salir del cine para no dormirme.

Antes había visto Adiós Entusiasmo, sorprendente película de Vladimir Durán. Precedida de un módico éxito en festivales, no me imaginaba que iba a ser un ¿melodrama? familiar filmado en cinemascope. Es de una precisión y una fineza llamativas. La película narra una noche de una familia poco funcional. Son tres hermanos (Martina Juncadella, Laila Maltz, Camilo Castiglione), ningún padre, y una madre (la voz de Rosario Bléfari, no necesitamos más) que no sale de su cuarto, encerrada por alguna razón suponemos que médica. En esa noche le festejan el cumpleaños, invitan amigos, practican obras de teatro y cantan hermosas canciones.

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La madre encerrada en un principio parece ser una convención formal e implícita. Ninguno de sus hijos hace visible lo ridículo de la situación. Esa situación es un limbo sobre el que se montan los mejores momentos de la película, de un humor muy particular. Hacia el final hay unas escenas de psicodrama familiar conducidos por Verónica Llinás y esa convención empieza a mostrar su condición de tal y la película se vuelve menos inquietante (y más intensa, paradójicamente). Siempre es preferible la indecisión.

Hay una tesis oculta en las actuaciones que me cautiva y no sabría explicar. No son costumbristas pero tampoco practican la extrañeza absoluta. Están en un punto medio, siempre tendiente al chiste, sin nada que deberle a la realidad. Son gráciles. Si no me equivoco, todos las actores se formaron con Nora Moseinco, maestra de algunos actores más mainstream hoy pero mentora oculta de la próxima camada del cine argentino: hay que prestarle atención.

Pero la mejor película del domingo es la de Rodrigo Moreno. Una ciudad de provincia respira el aire de la libertad, de un cineasta que parece haberse deshecho de cualquier exigencia de los festivales o de los fondos internacionales. A la salida del cine una persona que conoce más que yo el circuito de festivales remarcó su valentía diciendo que «esta película no te la programa nadie». En Colón, Moreno filma lo que le gusta: el funcionamiento de una ciudad que se entiende a partir de motivos, relaciones formales, variaciones de ritmo. Muchos la relacionaron con esas sinfonías urbanas de los años ’20, pero si tengo que encontrarle una hermana sería A propósito de Niza, de Jean Vigo. La ciudad no llega ni siquiera a ser un tema de la pelicula: no vemos sus particularidades, negadas desde el título de la película. La mirada es extranjera y logra eso, que nunca uno se acostumbre ni se sienta parte, que nunca entre en confianza, y mire todo eso como pictórico más que como el documento de algo que ha sido.

Con respecto a eso, mi amigo J. decía que a veces la película funcionaba por montaje y otras veces por “realidad”. La película es mejor cuanto más se atiene al montaje y niega la realidad. De hecho, un documentalista del estilo cine directo no se enorgullecería por esta película. Como observadora, es bastante mala. Pero es preferible mirar todas las series de cosas que encuentra (todos los perros, motos, caminatas en la municipalidad), todos los juegos a los que se presta (el truco comprensible que juegan los jovenes y el otro que juegan los viejos, ¿existirá realmente?).

Hay un escritor argentino, Damián Tabarovsky, que dice que la literatura es lo opuesto del peronismo: que para ella es mejor prometer que realizar. Me pregunto qué pensará del cine de Moreno. El suyo es un cine de promesas incumplidas, proyectos irrealizables. En Un mundo misterioso, quizás la película más radical y oculta del cine argentino reciente, se hace un culto de los desvíos, pura digresión. En cambio El custodio y Réimon aparecen más programáticas y más completas en su forma. Menos interesantes. Pero Una ciudad de provincia retoma el camino que dejó Un mundo… y mantiene esa mirada extraña hasta el final, sacándole cualquier resabio de narración. Tiene el mérito de gambetear todas las tentaciones que supone plantear algo sostenido en el tiempo y trata de funcionar sólo fugazmente, de a ratos. Intencionalmente errático, es un cine que no se asusta ante lo impenetrable de lo real, lo incorpora, lo hace material, y sin querer expone lo ridículos que se vuelven algunos directores cuando intentan extraer significados de ello. Aparte tiene las mejores escenas de créditos (los del principio y los del final) que vimos en el BAFICI.

Este texto fue escrito en el marco de las actividades del Talent Campus, y publicado originalmente en el blog del Talent Press.

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