Isabelle Huppert archivos | La vida útil https://lavidautil.net/tag/isabelle-huppert/ Revista de cine Tue, 03 Sep 2019 19:24:11 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.8 https://lavidautil.net/wp-content/uploads/2017/11/Icono-web-150x150.jpg Isabelle Huppert archivos | La vida útil https://lavidautil.net/tag/isabelle-huppert/ 32 32 Mar del Plata 2017 (06) – Los corroboradores / Mrs. Hyde https://lavidautil.net/mar-del-plata-2017-06-los-corroboradores-mrs-hyde/ https://lavidautil.net/mar-del-plata-2017-06-los-corroboradores-mrs-hyde/#comments Sun, 19 Nov 2017 21:00:07 +0000 http://lavidautil.net/?p=216 Por Lautaro García Candela Buenos días, o buenas noches, como gusten. Quizás es el viento frío que corre por las calles de Mar del Plata, pero se me confunden las cervezas que vienen después de las funciones con la sala de periodistas, el Wi-Fi prestado y el olor a café, medialunas y desidia. Es todo, […]

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Por Lautaro García Candela

Buenos días, o buenas noches, como gusten. Quizás es el viento frío que corre por las calles de Mar del Plata, pero se me confunden las cervezas que vienen después de las funciones con la sala de periodistas, el Wi-Fi prestado y el olor a café, medialunas y desidia. Es todo, diría, la misma experiencia, sin llegar a distinguir entre las obligaciones y cierta idea difusa del placer. Por la parte del trabajo, nuestra idea en La vida útil era adentrarnos en los confines de la Competencia Argentina. La primera que vimos en la mañana fue La nostalgia del centauro, de la cual no tengo muchas ideas claras más allá de lo alegórico de su título. Por suerte está Sonzini que salva esta revista y la vio con un nivel de detallismo envidiable. Suscribo a lo que dirá en su diario. Esa primera película se engrandece frente a Los Corroboradores, una especie de falso documental con una base argumental real. La tesis, que en realidad no tiene nada de alocada, es que hay una conspiración para que Buenos Aires sea -literalmente- una sucursal de París en Latinoamérica. Hay una periodista que supuestamente accede a esa información a través de un uruguayo paranoico que la contacta. Su testimonio, como si fuera una testigo protegida, está intercalado con sus aventuras filmadas en una cámara en primera persona, y también con entrevistas con gente que aparentemente son especialistas en sus temas y van reponiendo información faltante a la manera de un documental clásico. Esas líneas, la supuestamente objetiva y la parte aventurera, van nutriéndose en lo argumental pero van mermando todo su potencial narrativo, diluyendo cualquier punto de vista posible que uno pudiera adosarle a la película. Es como si quisiera ser muchas cosas pero sin lograr afirmarse en ninguna.

A la salida del cine había un consenso generalizado en que podría formar parte, o al menos ser un episodio, de Historias Extraordinarias de Mariano Llinás. Compartían la pasión por la voz en off y las narraciones exuberantes. Pero yo diría que ni eso. La inventiva visual de HE que explota cada borde del encuadre para sacar excusas y contar historias a partir de eso, en esta película funciona casi a la inversa, de manera ilustrativa: cada imagen acompaña demasiado armónicamente la idea que está por arriba. La noción de exceso que existe a nivel argumental se contradice con cierta teleología del relato, en el que funciona todo demasiado aceitado. Hubiésemos necesitado más inventos inútiles, más pistas falsas, más detalles que hagan tambalear al verosímil. Quizás todo esto sea así porque en el fondo su director tiene las ideas muy claras acerca de la concentración de poder en las élites culturales y su espíritu tilingo. La conspiración de Los Corroborradores tiende a volver literal algo que es más problemático pensarlo cuando es una sospecha. La ficción puede funcionar como condensador de un tiempo histórico cuando se cruza con algo realmente particular, personal: la falta de atención a ese detalle es lo que hace que perdamos el foco de la conspiración que nos quieren hacer creer.

Pasemos a lo importante. Mrs. Hyde, de Serge Bozon, con Isabelle Huppert y un elenco juvenil estelar, probablemente sea una de las películas más disfrutables del festival. La profe Géquil no dio pie con bola en sus 35 años de enseñanza: no la respetan ni sus alumnos ni los otros profesores, no puede hilar dos frases con sentido. Nadie niega que sabe, y todos la alientan de alguna u otra manera. El castigo, bullying, al que se dedican los pibes contra su persona es muy dedicado y original, igualmente cruel. Asistir al inquietante desmoronamiento de cualquier idea de respeto en el aula, que probablemente tenga que ver con el estado de la educación en Francia -aunque sea imposible de comprobar-, está correctamente balanceado con el sentido del humor a prueba de balas de Bozon, que no cede ante ningún arranque de miserabilismo. Gran parte del mérito, hay que decirlo, lo tiene Huppert, que invierte su rol habitual y, en vez de ser fría y distante, trata de empatizar con sus alumnos a toda costa.

Bozon es de la junta de Pierre Léon, Eugène Green y muchos más: ese gusto, con bases en Portugal, por el absurdo y la invención se nota en ese container en el que Géquil hace unos experimentos rarísimos y tiene su accidente, ese que le da superpoderes. El tono seco y la puesta en escena extrañada -más bien alejada- le sienta bien a la hora de mostrar conflictos sociales -como la escena del rap- y momentos que podrían estar en una película de superhéroes. Toda moraleja se mantiene al margen, aislada por las propias particularidades de los personajes y de los temas que tienen en sus conversaciones: se explican procesos matemáticos con la precisión justa como para que uno pueda entenderlos y no ser una metáfora de otra cosa.

Y este párrafo va en homenaje a Agustín Rayneli, que a la salida nos explicó una idea brillante sobre la película que creo que entendí y voy a tratar de describirla. El mérito de Mrs. Hyde es su acercamiento al absurdo desde una posición casi filosófica. En la novela del siglo XIX dominaba el realismo -o naturalismo como el de Émile Zola-, que a través de una tercera persona explicaba una visión clara del mundo, casi científica. Después el estilo se empezó a enturbiar y los narradores en primera persona daban una idea más misteriosa de lo que tenían alrededor y ponían en duda lo narrado. A éstas últimas pertenece la novela en que se basa Mrs. Hyde, El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Stevenson. Pero el doble irracional de Jekyll, científico, podría explicarse en sus términos. Por tal reacción química, pasa esto otro, y etcétera. Lo ridículo del asunto es que el personaje de Huppert, del lado del conocimiento y el iluminismo, se convierte en una bola de fuego totalmente ridícula, imposible de explicar. Y así la filma Bozon, sin ánimos de entenderla. Y sin embargo la película termina siendo casi una fábula moral acerca del aprendizaje y la autosuperación, lo que lo pone en un enredo. En esas luchas está Bozon, que creo que termina estando del lado de la erudición, aunque mirándola con desconfianza.

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Lust for life: las reglas del juego en Elle https://lavidautil.net/lust-for-life-las-reglas-del-juego-en-elle/ https://lavidautil.net/lust-for-life-las-reglas-del-juego-en-elle/#respond Thu, 23 Mar 2017 12:53:32 +0000 http://las-pistas.com/?p=7500 Por Lucas Granero Dos son las veces que la canción suena y en cada una de ellas algo sucede. Como la serpiente encantada que baila en trance por la música de su hipnotizador, el mantra en el que se transforma el Lust for life de Iggy Pop actúa como un catalizador para que todos los […]

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Por Lucas Granero

Dos son las veces que la canción suena y en cada una de ellas algo sucede. Como la serpiente encantada que baila en trance por la música de su hipnotizador, el mantra en el que se transforma el Lust for life de Iggy Pop actúa como un catalizador para que todos los que la escuchen entren, simultáneamente, en ese estado mental que Michèle, su permanente dominatrix, maneja a la perfección. Se trata del arte de andar sin disfraz, con la careta caída o directamente destrozada, una conducta un tanto peligrosa de llevar entre personas demasiado habituadas a la cautela, a mostrar solo lo mínimo indispensable y a esconder bien los secretos bajo la alfombra.

La primera vez en la que tal canción hace su aparición es en el contexto de una cena navideña que Michèle organiza en su casa, a la que todos los personajes de la película acuden. Bien vale la pena tomar asistencia a los invitados de la fiesta, simplemente para entender el grado de delirio de todo el asunto. Están su madre y su amante vividor por lo menos cuarenta años más jóven; su ex marido y su nueva novia, una joven profesora de yoga; su hijo y la novia de éste, recién convertidos en padres, por lo que también se suma a la cena su pequeño nieto, del cual Michèle sospecha que nada tiene que ver con su sangre. También asisten su mejor amiga y socia en la empresa de videojuegos que manejan y su marido, con quien Michele lleva años teniendo relaciones. Al círculo lo cierran los vecinos de Michèle, que viven justo enfrente de su casa, y por cuyo componente masculino ella ha desarrollado una pulsión voyeurista que dejará de ser puro deseo para transformarse en realidad (aunque sea una realidad buñueliana, siempre) cuando su pierna le toque el bulto por debajo de la mesa. Estos traerán a un integrante omnipresente a la reunión, la figura del Papa, cuyo discurso navideño se verá desde el televisor y oficiará de particular fondo para que la reunión, tensada ya hasta su límite, estalle en un costado cómico que se hará presente en varios momentos de la película.

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La segunda vez que la oímos es hacia el final del relato. Se trata de otro festejo: la celebración por la salida al mercado del nuevo videojuego en el que Michele y su equipo estuvieron trabajando. Cuando suena, Michèle baila. Verla bailar también es peligroso porque su seducción aquí es plena. Ya sabemos, porque fuimos testigos y casi cómplices de sus acciones, que no hay nada que pueda detenerla. Ella misma lo dirá en un momento de la película: “la vergüenza no es un sentimiento lo suficientemente poderoso como para detenerme”. Y si cuando minutos después de haber sido violada se pide sushi, no es para sorprenderse que después de confesarle a su amiga que se acuesta con su esposo se entregue enloquecidamente al baile. Para Michèle, la vida es una comedia de malentendidos en la que cada obstáculo que se le presenta le sirve como motor para alcanzar un grado más en su liberación total, tan solo meras excusas para lograr una catarsis que salpica a todos los que la rodean.

Dos son también las veces en las que ese intruso entra en su casa y si en la primera puede realizar su cometido, en la segunda Michele le presentará batalla, volviendo difusos los límites entre la víctima y el victimario. Porque pronto sabremos que ella espera, ansiosa, el retorno de su violador, fantaseando incluso con el hecho repetidas veces. Armando así un perverso juego del gato y el ratón, Michele y su atacante entrarán en una relación que rápidamente establece sus propias reglas implícitas, siendo la más importante, acaso, la de nunca dejar en claro nada, sino más bien permitir y extender hasta lo impensado los márgenes en los que el placer se confunde con la violencia, el amor con el castigo y en el que nunca se sabe quién ataca a quien.

Michèle es tan experta en el arte de jugar con el peligro que uno termina comprendiendo, a pesar de ese empleado ofuscado que todo el tiempo la enfrenta, por qué se dedica a la creación de videojuegos ultraviolentos. Quizás no le interese jugarlos en el plano de virtualidad porque prefiere el cuerpo a cuerpo real, donde las cosas de verdad duelen y sangran, sudan y escupen, donde la contienda tiene un peso específico que se siente a cada arrebato de violencia. Como la heroína de su juego, ella misma se declarará victoriosa en la batalla, de la que es capaz de tensar todo límite posible sabiendo que nunca debe caer en el error de considerarse víctima. Tal vez eso sea lo que más sorprenda a sus amigos cuando les confiesa que ha sido violada: que no llore, que no esté traumada, que no haga la denuncia. “Estoy bien”, les dice. Con eso les debería alcanzar para tranquilizarlos y seguir bebiendo mientras ella silenciosamente va armando la trama secreta del próximo nível que le tocará jugar.

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Oh… es el nombre original del libro en el que se basa la película de Verhoeven. A través de esa onomatopeya algo incierta, que no permite saber bien si se trata de una expresión de dolor o de placer, de incertidumbre o seguridad, o tal vez todo eso al mismo tiempo, queda bien marcado lo que será una de las claves del peculiar encanto que practica Verhoeven en Elle: la ambigüedad de su tono, que no pasa de la demencia a la cordura en cuestión de segundos porque ni siquiera se pregunta por un estado o el otro, ya que le queda mejor contenerlos a todos, hacer de los cuerpos el recipiente perfecto para unas mentes que buscan siempre la vía ideal hacia el camino de los placeres desconocidos. Casi como una respuesta a su última película del período norteamericano, Hollow Man (2000), donde los cuerpos se vacíaban de su materialidad y descubrían los placeres provenientes de la invisibilidad, en Elle los personajes solo accionan persiguiendo las pulsiones que la carne, explícita hasta lo visceral, les reclama y que explotan en simultáneas expresiones de violencia y deleite. No hay un solo plano en toda la película en el que Isabelle Huppert no logre expresar en sus gestos, en un trabajo tan sutil como abrumador, la gran cantidad de pensamientos que le recorren por la mente cada vez que se encuentra con aquellas personas que forman su pequeño mundo de atrocidades diarias, ya sea al lidiar con los empleados de su empresa, al visitar a su madre o encontrarse con los anónimos transeúntes que le arrojan basura castigandola por los traumas del pasado con los que ella ya bien supo lidiar y que no termina de comprender por qué el resto del mundo no se hace lo mismo. Hasta su gato, único testigo de la violación con la que irrumpe el relato, exhibe en su condición de felino un gesto de particular hastío por lo que ve, desinteresado acaso por las aventuras de su dueña, pero bien dispuesto a cazar a un despistado pájaro que choca contra la ventana, lo que demuestra que ese mito de que toda mascota se parece a su dueño bien se aplica en esta fantasía que Verhoeven filma con una curiosidad tan grande por sus personajes que jamás se vuelve recriminadora, sino que siempre buscar explorar, acompañándolos, todas las aristas de sus libertades.

Aún revelando las miserias de todos aquellos que la rodean con una naturalidad que espanta, resulta claro que la búsqueda final de Michele y el resto de su círculo familiar responde únicamente a un claro imperativo: el amor ante cualquier cosa. Extraño parece llegar a esa conclusión luego de ver el camino que todos ellos realizan pero para Verhoeven este es el final que todos ellos se merecen, sin concesiones. Lo merece la vecina de Michele, quien al enterarse de las obsesiones de su esposo le agradece a Michele por “haberlo liberado”. Lo merece su mejor amiga, quien la perdona por destruir su matrimonio y termina más cerca a ella que nunca. Y por supuesto lo merece la propia Michele, quien termina, una vez más, venciendo a cualquier trauma y saliendo con extraña cordura y dignidad de entre los muertos.

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