Indies archivos | La vida útil https://lavidautil.net/tag/indies/ Revista de cine Sat, 31 Aug 2019 21:24:38 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.8 https://lavidautil.net/wp-content/uploads/2017/11/Icono-web-150x150.jpg Indies archivos | La vida útil https://lavidautil.net/tag/indies/ 32 32 Madness & Women – El ego y todo lo demás en Listen Up Philip https://lavidautil.net/madness-women-el-ego-y-todo-lo-demas-en-listen-up-philip/ https://lavidautil.net/madness-women-el-ego-y-todo-lo-demas-en-listen-up-philip/#respond Wed, 17 Aug 2016 14:10:20 +0000 http://las-pistas.com/?p=4473 Por Lucas Granero Philip Lewis Friedman. Repitamos su nombre: Philip Lewis Friedman. Una vez más: Philip Lewis Friedman. Vamos a darle el gusto de decirlo una última vez, total ya sabemos que es lo único que le gusta escuchar: Philip Lewis Friedman. Ahora, que ya lo tenemos endulzado, aprovechemos la oportunidad para decirle que es […]

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Por Lucas Granero

Philip Lewis Friedman. Repitamos su nombre: Philip Lewis Friedman. Una vez más: Philip Lewis Friedman. Vamos a darle el gusto de decirlo una última vez, total ya sabemos que es lo único que le gusta escuchar: Philip Lewis Friedman. Ahora, que ya lo tenemos endulzado, aprovechemos la oportunidad para decirle que es una de las personas más desagradables que tuvimos el (dis)gusto de conocer y que podrá ser muy talentoso en la escritura pero que como ser humano deja mucho que desear. Asi, entre ese movimiento que va desde la admiración inicial a la decepción absoluta que se pueda tener hacia una persona se mueve la tercer película de Alex Ross Perry, Listen Up Philip (2014), un retrato desolador en torno a la pequeña angustia que aqueja a los que se creen mejores que otros o bien una disección casi antropológica sobre los hábitos y costumbres de esa especie que nunca muestra signos de extinción: el intelectual neoyorquino.

Si hay una virtud que podemos concederle a Philip sin temor a equivocarnos es la de su sinceridad. Una sinceridad que bien puede llevarlo por caminos amargos y que no pocas veces lo inunda de arrepentimientos pero a la que nunca puede escapar. Su naturaleza es verborrágica por antonomasia: no para hablar y cada vez que habla escupe sus venenosas iluminaciones sobre todo aquel que se le ponga en frente. Asi lo conocemos en esa primera escena en que la destruye a su ex novia por haber llegado quince minutos tarde a su almuerzo, acto que tiene como consecuencia negarle el lujo de ser una de las pocas personas que tengan su nuevo libro antes que cualquier otro (y con una dedicación en la primer página, por supuesto) y luego encontrarse con un viejo amigo de la universidad con el que tampoco logra simpatizar y al que termina definiendo (en su cara, por supuesto) como “una combinación de tristes colores”. Todo este raíd de destrucciones sociales termina en el hogar que comparte con su actual pareja, Ashley, fotógrafa profesional a punto de despegar en su carrera, abriendo una botella de champagne para celebrar las batallas ganadas. No tenemos aquí aquella simpatía con la que Woody Allen supo hacer tolerables las neurosis de sus personajes ni mucho menos el cariño con el que Whit Stillman retrata a sus jóvenes burgueses sino una deliberada eliminación de cualquier capa posible de brindar tolerancia hacia el personaje principal, una ausencia de simpatía que Perry logra destacar hábilmente hasta transformarlo, poderosamente, en el fundamental rasgo atractivo de Philip. Se trata de una personaje cuyo odio se vuelve magnético y del cual no podemos dejar de ver con cierto encanto cómo derriba a todos y cada uno de los que tengan la mala suerte de cruzarse en su camino.

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Me gusta pensar que Listen Up Philip se trata más bien de un experimento cuyo fin es probar cuán interesante puede ser una película cuyo personaje principal sea insoportable. ¿Qué tipo de empatía se puede conseguir con el espectador al mostrarle a un tipo con el que es imposible coincidir? No es ésta una tarea fácil pero Perry ya había conseguido algunos logros con su película inmediatamente anterior, The Color Wheel, cuya historia retrataba las peripecias de dos hermanos que no se soportaban ni ellos mismos pero que al final lograban encontrar un espacio para la tolerancia en un desenlace carnal impensado pero acaso la única manera posible para que esos dos se callaran de una buena vez. Aquí no existe ni siquiera la posibilidad de ese silencio incómodo porque las voces se duplican (o se triplican si se tiene en cuenta la voz del narrador omnisciente, a quien parecen pertenecerle todos los personajes) gracias a la aparición de Ike Zimmerman, héroe literario de Philip, quien lo invita a pasar unos días en su refugio lejos de la ciudad con la excusa de encontrar un espacio acorde para la escritura. Este encuentro terminará enfrentando a Philip a su reflejo futuro, aquel fin al que él ansía llegar porque contiene éxitos literarios varios, respeto académico y una vida sin necesidad de verse manchada por el contacto diario con la ajetreada “vida de los comunes” pero que escatima en vida familiar armoniosa y, sobre todo, dejándolo como un vampiro sediento de nueva sangre de la que pueda chupar algo del talento que parece haberse agotado irremediablemente. En esa multiplicación generacional de su personaje, Perry eleva la insatisfacción por encontrar algo de bondad en el mundo literario que pueblan estos escritores al mismo que avanza en su exploración por lo irritante.

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Esa exploración, sin embargo, encuentra un puerto de calma, un oasis impensado pero que agradecemos, en la figura de las dos mujeres que acompañan el derrotero egocéntrico de los escritores que les tocaron en suerte, sobrevivientes del magma narcisista al que se vieron expuestas. Ashley, novia de Philip, encontrará una sorpresiva calma cuando éste decida dejarla inesperadamente para instalarse en la casa de Zimmerman. Ella aprovechará ese abandono regalado para enfocarse en su incipiente carrera y se tomará muy en serio las vacaciones de Philip haciendo un viaje renovador en la que decide separarse por completo de su novio y completar la ausencia adoptando un gato. Son estos los momentos más luminosos de todo Listen Up Philip, donde no hay nada excepto el rostro de Ashley y las decisiones que va tomando, descubriendo de a poco una soledad novedosa que le estaba nublada por esa nube tóxica llamada Philip. No corre con la misma suerte Melanie, hija de Ike, quien por los lazos sanguíneos que la unen a su padre no puede cortar del todo con él, aunque no pocas veces lo intenta. Su presencia dentro de ese campo minado de egos en los que se transformó su casa trae un poco de aire cuando enfrenta a Philip y a su padre con razonamientos que responden a los de una persona y no a los de alguien que, como ellos, buscan solamente un buen tópico para el próximo libro.

En esa circulación constante de personajes que bien ponen su vida en pausa o bien encuentran el envión necesario para ir hacia nuevos rumbos, Listen Up Philip deja bien en claro el rango de sus afinidades estéticas. Hijo pródigo de esa gran familia de cineastas independientes norteamericanos (Cassavetes, Jarmusch, Anderson), Alex Ross Perry encuentra su espacio en esa cadena de influencias mutuas lejos de la fetichización vacía. El uso de 16mm para la filmación de la película no funciona aquí como un mero capricho estético sino como el material ideal para instalar un cierto clima, un mood particular que oscila entre la melancolía y la furia, entre la nitidez y el rugoso granulado. Perry tampoco parece tener emblemas y si existen algunos cuantos Ike Zimmerman dentro de su vida cinéfila solo aparecen en su cine para verse trastocados sino acaso por completo destruidos. En su primer película, Impolex (2009), se atreve a adaptar a Thomas Pynchon y juega con las convenciones genéricas de la ciencia ficción haciendo habitar en un mismo espacio a un soldado de la Segunda Guerra y un pulpo que habla (!¡). En The Color Wheel (2012) toma la base central de toda comedia dramática de familia disfuncional made in Sundance (Little Miss Sunshine, si) y la lleva a su reverso más denso, por no decir directamente siniestro, mediante un desenlace que eleva la idea de disfuncional a una nueva dimensión. Listen Up Philip puede ser pensada en esa misma lógica de influencia violentada si se la entiende como un acercamiento al territorio de cineastas como Wes Anderson (tomando incluso a uno de sus alter egos más afines, Jason Schwartzman, como protagonista) solo para llevarlo al límite de lo soportable, como si a los personajes tan introspectivos y sensibles de Anderson los pusieran bajo un controlado régimen de electroshocks. Y en su última película hasta el momento, Queen of Earth (2015), se pone el traje del Polanski de Repulsion y el de Bergman en Persona (y al menos los guantes del Robert Altman de 3 Women) y filma una película de cámara repleta de climas ominosos y mujeres al borde de un ataque de nervios.

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Ponerse en el lugar del otro parece ser una tarea difícil para todo aquel que en esta película tenga el privilegio de dedicarse a las letras. Philip y Zimmerman estruyen todo atisbo de relación en pos de conseguir tan solo uno breves minutos de inspiración. Sus motivos son diversos: a Philip lo moviliza su sed de prestigio, el saberse joven y lo suficientemente talentoso como para sentirse uno en un millón, una persona especial y con toda la potencialidad necesaria como para ser alguien en un futuro no tan lejano. A Zimmerman, en cambio, le preocupa el tiempo y se trata aquí de una preocupación en dosis duplicada porque no solo pesa el tiempo que pasa sino también el que ya pasó y con él la sensación de que ninguno de sus logros tengan valor alguno excepto el de haberlo arrastrado a una vida ermitaña, amarga y fundamentalmente vacía. Este recorte en la vida de Philip del que somos testigos será llamado por el narrador de la película como el momento más bajo de su vida, aquel al que nunca va querer regresar. Se nos informa, también, que tendrá una vida de éxitos, riqueza y reconocimiento. Los primeros planos con los que Perry se obstina en retratarlo no nos dejan ver más allá de su notoria intransigencia pero no quedan dudas de que aún en ese encierro que todo lo acapara estamos viendo a un Philip ambivalente, equívoco y esencialmente humano. Quizás lo más humano que sea en toda su vida.

Y finalmente es ahí, en esos primeros planos que forman un acabado collage de diversos grados de narcisismo y consiguiente frustración donde Listen Up Philip encuentra su verdadero poder al escaparse de esos puntos de vista egocéntricos y hacer posible un entramado que se enfoca tanto en las heridas que sanan como en aquellas nuevas que se abren. El punto de vista de una mujer se titula una de las últimas novelas editadas por Zimmerman, y eso es justamente lo que más interesante vuelve a la película: esas zonas que se fugan del ombliguismo asfixiante de los dos hombres transformándose así en espacios de confort donde ya no hace falta tener que repetir caprichosa y obstinadamente el nombre Philip Lewis Friedman.

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Aire fresco – A puro tacazo con Tangerine https://lavidautil.net/aire-fresco-a-puro-tacazo-con-tangerine/ https://lavidautil.net/aire-fresco-a-puro-tacazo-con-tangerine/#respond Tue, 15 Mar 2016 13:59:43 +0000 http://las-pistas.com/?p=3163 Por Lucas Granero Al aire fresco hay que saberlo reconocer cuando nos llega. La tarea requiere esfuerzo: el panorama cinematográfico actual despide un fuerte olor rancio que se impregna a toda costa, haciendo dificil el acceso de las nuevas fragancias. Por eso, cuando los nuevos vientos arriban los beneficios son extremadamente saludables. Hay que abrir […]

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Por Lucas Granero

Al aire fresco hay que saberlo reconocer cuando nos llega. La tarea requiere esfuerzo: el panorama cinematográfico actual despide un fuerte olor rancio que se impregna a toda costa, haciendo dificil el acceso de las nuevas fragancias. Por eso, cuando los nuevos vientos arriban los beneficios son extremadamente saludables. Hay que abrir bien los pulmones. En este caso, Tangerine no solo llena todo de fresco olor a mandarina, también lo llena de vigor cinematográfico puro, demostrando con una fuerza imparable lo que el cine independiente americano siempre promete pero nunca alcanza, por lo que el combo es doblemente saludable.

Buena parte de su vigor está dado por sus dos protagonistas, Kitana Kiki Rodriguez y Mya Taylor, quienes parecen secuestrar la película bajo su ritmo urbano, callejeras como son, llevándola (y llevándonos, claro) de paseo por las calles de una Los Angeles insolada, a puro tacazo duro en el asfalto. No es para menos: cuando Sin-Dee se entera de que su novio y proxeneta Chester la estuvo engañando con otra mientras ella cumplía una mínima condena en la cárcel se desata una tormenta de electricidad galopante, que la expulsa directamente hacia las calles en búsqueda de esa chica cuyo nombre empieza con D de drama (¿Desiree, Destiny, Dana?). Igual que esas tormentas bravísimas que suelen atacar California, el huracán Sin-Dee se hace sentir bien fuerte y arrastra hacia al arrebato de su furia a su amiga Alexandra, a su cliente habitual y taxista Razmik y a todo el que se le cruce en su camino. Volvió y volvió con toda le responde una chica a Razmik cuando éste pregunta sobre el paradero de su favorita. Asi están las cosas en este día previo a la Navidad.

Sean Baker conoció a Mya en un centro LGTB de Los Angeles. Por ella es que Kiki llegó a ser parte de la película. Cuenta Baker que cuando se encontró con ella supo enseguida que tenía que ser el personaje principal de Tangerine. El guión se trabajó a partir de las propias experiencias que Kiki y Mya tuvieron como chicas trans y trabajadoras sexuales en las calles que la película filma. Esto resulta un dato que bien puede obviarse pero si lo expongo es porque creo que buena parte de la fuerza de Tangerine viene de esa mezcla entre lo vívido y lo ficcionalizado. Hay una clara faceta documental que Baker no maquilla y que bien se puede observar en ese recorrido urbano por el que nos lleva el relato, una zona habitada por grupos de diverso sexo, raza y etnia a las que la película presenta como una heterogénea unidad de outsiders que conviven a través de variadas transacciones (sexo, viajes en taxi, venta de donas y otras formas no del todo claras). Allí las calles respiran una intensidad que hace rato se venía ausentando de buena parte de cierto cine indie que bien merece dormir en los laureles después del cachetazo que significa esta película. Urgente, veloz y sin respiro, el viaje de Tangerine es energético y cada taco es música que aturde como trompada. De hecho, su musicalidad responde a ese mismo criterio de poner todo patas para arriba: el soundtrack de la película acompaña cada uno de los temblores que origina Sin-Dee en su camino. Ensordecedora y estimulante, Tangerine es también el retrato de una ciudad en perpetua ebullición.

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No es para menos: al estar filmada completamente con un Iphone es coherente que esas vibraciones callejeras se hagan felizmente perceptibles. Y este tampoco es un dato menor. Si bien evita por completo cualquier exceso que evidencie su medio de registro, Baker tampoco intenta esconderlo. Tangerine parece hacer uso del Iphone para retratar una ciudad de Los Angeles siempre mediatizada por esa imagen de ciudad de ensueños, donde los deseos urgen por volverse manifiestos, que el propio cine se ha empeñado en idealizar. Por eso, la ciudad que vemos en Tangerine, y al igual que ya sucedía en Starlet, la anterior película de Baker, es una que esconde bajo una belleza digna de cualquier filtro de Instagram el verdadero paisaje de una ciudad siempre apabullante. En sus imágenes insoladas, repletas de luz natural, tanta claridad no hace más que definir los contornos de un mundo artificioso, que nunca se deja ver tal cual es, pero de la que sus personajes y el recorrido que estos emprenden son vivos testigos. Lo maravilloso de Tangerine es que construye su mundo jugando con esa misma idea de representación que el Iphone implica, la de una distancia insoportable, maquillada de belleza y disfrazada (atención a una de las pasajeras del taxi, que no para de sacarse selfies) para terminar logrando una cercanía que se siente familiar, amistosa e indudablemente humana como bien lo indica su escena final en el lavadero, donde las dos amigas quedan expuestas en su verdadera esencia, lejos de toda peluca y maquillaje, aplastadas una vez más por el extenuante paso de otro día, pero bien preparadas para enfrentar al que viene.

Y si esto se logra es porque Baker, aún creando una película que exuda más libertad que la media del cine que se estrena anualmente, jamás se aleja de esa mínima línea narrativa que le permite hacer que sus personajes choquen en una antológica secuencia final que es más redonda que las donas que sirven como motivo visual permanente del trayecto circular hecho por Sin-Dee. Hay algo extraño en esta unión de orden y desorden por la que Tangerine se balancea sin nunca caer del todo hacia una orilla o la otra. El control de Baker es lo suficientemente alto como para nunca perder el eje pero nunca lo suficientemente sofocante como para impedir que su película tome el vuelo que necesita.

Ubicándose en la legendaria herencia del relato americano contextualizado en la esperanzadora víspera de nochebuena (en una línea genética que va del Frank Capra de It’s A Wonderful Life, pasando por su versión anárquica hecha por Joe Dante en Gremlins hasta llegar a ésta, su remix queer), Tangerine asume orgullosamente su condición desviada y desordena la tradición demostrando que sentidos de comunidad y familia mucho más amplios siempre fueron posibles. Y como en todas ellas hay gritos, peleas, música y bailes. Era hora.

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