Barbara Loden archivos | La vida útil https://lavidautil.net/tag/barbara-loden/ Revista de cine Mon, 21 Jun 2021 17:28:44 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.8 https://lavidautil.net/wp-content/uploads/2017/11/Icono-web-150x150.jpg Barbara Loden archivos | La vida útil https://lavidautil.net/tag/barbara-loden/ 32 32 Dossier Wanda (03) – Dos locaciones y ningún lugar https://lavidautil.net/dossier-wanda-03-dos-locaciones-y-ningun-lugar/ https://lavidautil.net/dossier-wanda-03-dos-locaciones-y-ningun-lugar/#respond Mon, 21 Jun 2021 17:28:43 +0000 http://lavidautil.net/?p=10570 Por Lucía Salas Un infierno, Pennsylvania Dice una de las leyendas (Wanda es toda leyendas) que la película se iba a filmar en el Sur, quizás en la Carolina del Norte natal de Barbara Loden, pero como quedaba demasiado lejos de los laboratorios de Nueva York, filmaron en Pennsylvania. El lugar donde empezó el país […]

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Por Lucía Salas

Un infierno, Pennsylvania

Dice una de las leyendas (Wanda es toda leyendas) que la película se iba a filmar en el Sur, quizás en la Carolina del Norte natal de Barbara Loden, pero como quedaba demasiado lejos de los laboratorios de Nueva York, filmaron en Pennsylvania. El lugar donde empezó el país pero también de alguna manera donde termina. En 1962, ocho años antes de que Wanda viera la luz, hubo un incendio en una mina de carbón en Centralia que nunca se apagó. Las medidas tardaron años en llegar. Durante los primeros 20 años del incendio la gente de Centralia aspiro enormes cantidades de monóxido de carbono que ascendían desde el subsuelo, pero la actividad minera siguió en el área. No fue hasta casi 20 años después, cuando el suelo se abrió bajo los pies de un chico que se decretó la zona en emergencia y el estado asumió su responsabilidad un poco ridículamente, evacuando gente a los pueblos vecinos pero sin apagar el incendio. En 1992 el Estado expropió las últimas casas y obligó a los que quedaban a irse a otro lado. El incendio bajo tierra sigue hasta hoy.

Un poco más de una hora de auto hacia el norte, Wanda despierta en una casita de una mina de carbón. Sale de la casa que no es suya con ruleros cubiertos por un pañuelo, una cartera y un pantalón blanco, como para no perderse en la negrura que la rodea. Pilas y pilas de carbón en el suelo, camiones repletos de carbón, mineros cubiertos de carbón de la cabeza a los pies. Wanda resiste, casi íntegramente de blanco. Camina y camina buscando algo mientras la cámara hace un zoom infinito para finalmente tenerla cerca en medio de todo eso. En ese tiempo, miles de preguntas. ¿A dónde va? ¿Qué hace? ¿huye de ese bebé maldito que no para de llorar en la casa, que según ella llora porque la odia?.

Wanda en realidad busca a alguien, tiene un amigo, su único amigo. El hombre resulta familiar. Ese viejo que, también solo entre todas las máquinas y las humaredas, camina despacito juntando latitas de carbón, es muy parecido a Bepo, el linyera de ¡Qué vivan los crotos! En el medio de toda esa humareda, una chica que no quiere ser nada y un sereno anarquista. Wanda va a ver a su amigo y le pide ayuda. Necesita un poco de plata. El le dice que no tiene mucha pero que si tuviera más le daría, que haría cualquier cosa por ella. La plata entre ellos no es nada, y quizás tampoco signifique nada para cada uno por separado. ¿Qué sentido tiene algo que jamás tuviste ni quisiste? Hacia el final de la conversación él le dice que no cree que ese día vaya a hacer mucho más, que va a levantar una latita más y después se va a quedar tranquilo, va a ir a pescar. Que eso va a ocupar su tiempo y que la va a pasar bien un rato. ¡Ah!, si pudieran adoptarlos los amigos de A nosotros la libertad, pescando todo el día mientras las máquinas trabajan. 

Las palabras parecen producir en Wanda un cortocircuito, en eso voy a ocupar mi tiempo y la voy a pasar bien un rato. El cortocircuito sucede en el contraplano, cuando Wanda escucha lo que su amigo tiene para decir y para hacer. El plano sigue y ella continúa congelada. Es como si la sola posibilidad de poder hacer que el tiempo pase de cierta manera, más aún la idea de disfrutar del tiempo, no estuviese en su vocabulario. ¿Qué quiere decir, pasarla bien un rato? Estar lejos de ese bebé, de ese marido insatisfecho, de esos camiones llenos de piedras negras, tomar un helado, qué es, cómo es. Los ojos de Wanda parecen vacíos, como siempre pero más. Ella no puede juntar una latita de carbón para juntar un poco para ir a pescar, puede ir a coser pero ahí no la quieren, es muy lenta. Los hombres con los que coge por un poco de comida y techo no le pagan. La casa es un infierno. Entonces qué es pasar el tiempo, ¿ver en las vidrieras lo que no puede comprar, lo que ni siquiera puede hacer trabajando?¿Comer un helado que sirvió de anzuelo para que un desagradable la abandone al lado de la ruta? ¿Cómo es? Su amigo plantea una pregunta, pero sus respuestas a ella no le sirven.

Tierra Santa, Connecticut

Horas más tarde, buscando un baño para arreglarse un poco, Wanda se encuentra con el Sr. Dennis, que no es como ella y su amigo. Dennis quiere plata y por eso es capaz de dejar la vida. Es un hombre de ciudad, Wanda y su amigo son de ningún lado. Cuando ella entra al bar a pedir un baño y comer lo que sea que esté en la barra, él está robando la caja. Ella no se da cuenta y se va con él. Ahí comienza un viaje, de Pensilvania a Connecticut en un auto robado. En el camino el paisaje cambia. Del abandono y las minas de carbón a un poquito de verde alrededor de la ruta. Entre un día de trabajo y el otro paran en un lugar que parece un sitio religioso. El Sr. Dennis le habla a un hombre que resulta ser su padre. Mientras ellos charlan Wanda se va a dar una vuelta. Está en Holy Land, Tierra Santa, una réplica de Belén y Jerusalén construida en Waterbury, Connecticut, que funcionó hasta 1984. Wanda sigue a la gente que está ahí de vacaciones. Pasea, realmente pasea por la ciudad miniatura y sus catacumbas. Adentro se pueden ver hombres de madera crucificados, cubiertos de sangre. 

Una escena antes Wanda y el Sr. Dennis están en medio de un campo tomando whisky con cerveza y pasando el tiempo. Está atardeciendo y a unos metros de ellos una familia pilotea avioncitos a control remoto. El Sr. Dennis los trata como si fueran una especie de mosquitos gigantes, tratando de saltar y agarrarlos con la mano. También cubre a Wanda con la chaqueta de su saco, como si fueran una pareja, como si fueran una familia. De lejos parecen estar pasando el tiempo, pasandola bien un rato. Pero la conversación es otra. El le dice que se compre un sombrero y ella le dice que no tiene con qué. Nunca tuve nada y nunca voy a tener nada. El le contesta que es una estúpida, que si no quiere nada jamás va a tener nada, y que si no tiene nada no es nada, ni siquiera una ciudadana estadounidense. Ella le dice que quizás esté muerta. ¿Y si lo está? ¿Y si todo eso fue el infierno, ese infierno de Pensilvania en el que cayó por error y del que fue sacada, pero tuvo que conformarse con caer en una tierra prometida de mentira, con jesuses de madera? Quizás así sea, porque horas después ni siquiera el lujo de morir va a darse. 

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Dossier Wanda (02) – El cabello de Wanda https://lavidautil.net/dossier-wanda-02-el-cabello-de-wanda/ https://lavidautil.net/dossier-wanda-02-el-cabello-de-wanda/#respond Mon, 21 Jun 2021 17:17:19 +0000 http://lavidautil.net/?p=10565 Por Dana Najlis Hasta si por una casualidad espantosa yo encontrara un cabello encima de mi rebanada de pan con miel, por lo menos sería un cabello mío. (Katherine Mansfield, Diario 1910-1922) Wanda tiene una voz apagada y suave, camina lentamente, su mirada es serena y despreocupada, a veces triste; no tiene hogar, abandonó a su familia, no […]

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Por Dana Najlis

Hasta si por una casualidad espantosa 
yo encontrara un cabello encima de mi 
rebanada de pan con miel, por lo menos 
sería un cabello mío.

(Katherine Mansfield, Diario 1910-1922)

Wanda tiene una voz apagada y suave, camina lentamente, su mirada es serena y despreocupada, a veces triste; no tiene hogar, abandonó a su familia, no trabaja, no tiene nada y no ansía nada en la vida. Wanda es un cuerpo errante, despojado de deseo, ambiciones y preocupaciones; pero Wanda sí se preocupa por una cosa: su pelo.

Ella es una maraña de pelo rubio. La presencia tan insistente y llamativa de este elemento se me hizo tan evidente al ver la película por segunda vez que ya no pude más que ver su pelo por todos lados. Un pelo en constante transformación; unas veces rebelde y desarreglado, otras peinado o adornado. Esta rubia de pelo lacio y flequillo es la contrapartida de la femme fatale del cine de Hollywood. El pelo, ícono indiscutible de la femineidad y sensualidad, cumple en Wanda un rol completamente diferente. El pelo de Loden/Wanda no solo acompaña a su dueña en su vagabundeo. Ese pelo también cuenta una historia, o más bien funciona como un instrumento narrativo complementario e indispensable.

Lo primero que vemos de Wanda es, en efecto, su pelo. Es temprano por la mañana y Wanda ha pasado la noche en casa de su hermana. Todo su cuerpo está cubierto por una sábana por la que asoma su cabellera despeinada. No es necesario que veamos el gesto de su rostro para darnos cuenta de que a Wanda le cuesta enfrentar el despertar en un mundo que le resulta hostil. Su mano sostiene su frente y ella se esconde en su cabello. Este gesto se hará recurrente a lo largo del film como una actitud de hastío frente a esa realidad. La identificación entre las dos mujeres presentes en la primera escena de la película es evidente. La cámara muestra a su hermana de espaldas, recién despierta y sentada aún en la cama, y su pelo rubio desarreglado luce igual que el de Wanda. 

En la escena siguiente, Wanda tiene ruleros en su cabeza, y así va a presentarse ante el tribunal que tratará su divorcio y la tenencia de sus hijos. No le preocupa llegar tarde, entrar en la sala fumando, ni el divorcio ni sus hijos, a quienes ni siquiera mira. Ella es una cabeza con ruleros que mira hacia abajo y contesta de forma evasiva las preguntas del juez. Este peinado a mitad de camino, que cualquier otra mujer no pensaría mostrar en público, revela su postura frente a las costumbres y valores de esa sociedad. Wanda desarregla esa moral y la hace estallar en mil pedazos. 

El rostro de Wanda aparece y desaparece constantemente en ese enredo de pelos que se resiste a ser controlado. Como señalan Adrian Martin y Cristina Álvarez López en su artículo titulado Nada igual: Wanda (1970), de Barbara Loden, el pelo es un elemento más que la protagonista no puede controlar. Es verdad hasta cierto punto, ya que también es lo único que ella parece sentir como propio y a lo que presta atención en casi todo momento. Wanda nunca lleva el cabello suelto y esto no es un detalle menor. El pelo no es para ella un elemento de seducción que la haga sentirse más o menos atractiva, y no demuestra en su cuidado más que una satisfacción personal ya que no se arregla para nadie sino para ella misma. Sujetarse el pelo, peinarse frente al espejo o usar ruleros es, finalmente, un intento de controlarlo. Su pelo es de ella, y lo hace y deshace a gusto.

La cámara, de movimientos fluidos, parece estar buscando y persiguiendo constantemente a los personajes, y sobre todo a Wanda que se mueve libremente dentro y fuera de cuadro. Esta cámara se posiciona repetidas veces detrás de ella, y ahí es donde su pelo cobra importancia y adquiere protagonismo. En el momento en que Wanda mira a través de una vidriera los maniquíes que exhiben la ropa femenina de moda, la cámara la rodea por detrás provocando un contraste entre su pelo a medio sujetar y las pelucas cuidadas y prolijas que llevan los peinados del momento. Inmediatamente esa cámara sigue detrás de ella mientras Wanda se fija en dos mujeres que caminan delante y que llevan sus cabellos arreglados como los de los maniquíes. 

Esa misma noche, Wanda entra en el baño de un bar para recomponer su imagen frente a un espejo roto que solo sirve para reflejar su cabellera. Una vez acomodada en la barra del bar ella le pide un peine a un hombre (Mr. Dennis), que se mueve nervioso y frenéticamente de un lado al otro mientras intenta asaltar el bar. Wanda está tan ensimismada en la tarea de peinarse el flequillo mientras se mira en el espejo detrás de la barra que ni siquiera se entera de que está siendo testigo de un robo; finalmente, y sin quererlo, Wanda se convierte en su cómplice. Una tarde en que se emborrachan en las afueras de la ciudad, Mr. Dennis, preocupado por el aspecto exterior de su compañera, repara en su pelo despeinado y descuidado, y le sugiere que se compre un sombrero. Esta objeción ante el cuidado de su cabello es clave porque es entonces cuando el pelo de Wanda, su característica más distintiva, aquello que ella siente como lo más propio, es puesto en cuestión. Con dinero robado Wanda se compra un pañuelo con flores y Mr. Dennis tira por la ventana del auto sus ruleros, que ella mira alejarse melancólicamente mientras avanzan por la ruta.

Cuando Mr. Dennis decide llevar a cabo el asalto al banco, toma como aliada a Wanda y la hace partícipe de su aventura. Ella tiene que seguir atentamente un plan premeditado y esto le genera mucho malestar; quizás porque sospecha que no está bien lo que se propone su compañero, pero también porque a ella le cuesta seguir un protocolo y se niega a llevarlo a cabo. Mr. Dennis la convence frente al espejo, mientras la cámara, por detrás, es incapaz de revelar su rostro y en consecuencia él le habla directamente a su pelo. Wanda vuelve a esconderse en ese pelo ante la imposibilidad de ceder. Finalmente, Mr. Dennis la obliga a vestirse decentemente, a disfrazarse de embarazada y a llevar un peinado prolijo y arreglado. Wanda hace de su pelo un rodete que es casi como una aureola de santidad y que parece una burla y una ironía frente a la situación.

La escena en el café, posterior al robo malogrado, es la culminación de la historia del pelo de Wanda. Su mano sostiene su cabeza, sus dedos sujetan un cigarrillo, y todo ese gesto de hastío, frustración y resignación recae sobre su pelo. Tras la muerte de Mr. Dennis, quien acorralado por la policía y sabiendo su plan fracasado se suicida, Wanda vuelve a estar sola y a la deriva, pero no tiene dinero ni un lugar donde pasar la noche. Frente a la necesidad, se une a un grupo de jóvenes amigos que la invitan a compartir comida y bebida. La cámara trata de encontrar a Wanda entre brazos que se cruzan y cuerpos que invaden el cuadro, pero lo que nunca dejamos de ver es su pelo. La luz cenital y un poco de costado acentúa la presencia de ese cabello. La historia del pelo de Wanda, y finalmente la de ella misma, está coronada por el último plano congelado en el que su pelo brilla. Wanda es su pelo, y ese pelo es su marca y su identidad.

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Dossier Wanda (01) – Una introducción https://lavidautil.net/dossier-wanda-01-una-introduccion/ https://lavidautil.net/dossier-wanda-01-una-introduccion/#comments Mon, 21 Jun 2021 17:00:25 +0000 http://lavidautil.net/?p=10557 Por Lucas Granero “Tal vez esté muerta” le responde Wanda a su ocasional co-equiper en el sutil arte del hit and run cuando éste le argumenta que no tiene ningún sentido vivir así como ella, es decir, sin ningún interés, sin ningún objetivo, sin ningún plan. “Soy una buena para nada” fulmina mientras se seca […]

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Por Lucas Granero

“Tal vez esté muerta” le responde Wanda a su ocasional co-equiper en el sutil arte del hit and run cuando éste le argumenta que no tiene ningún sentido vivir así como ella, es decir, sin ningún interés, sin ningún objetivo, sin ningún plan. “Soy una buena para nada” fulmina mientras se seca el esmalte de las uñas. No es la primera vez que se define de esa manera. Algunos días atrás, frente a un juzgado a punto de quitarle sus hijos, le dice al juez “está bien así, es mejor que se queden con el padre. Yo soy una buena para nada”. Barbara Loden concibió la idea de Wanda al encontrarse en el diario con el caso de una mujer en una situación similar: frente al veredicto que la condenaba a varios años de cárcel, la mujer solo fue capaz de decirle al juez “muchas gracias”. Tal respuesta impactó tan fuerte a Loden (que hasta ese momento solo había trabajado como actriz) que la llevó a filmar su primer y única película, la historia de una mujer de clase baja que un día se despierta en el sillón de la casa de su hermana y termina siendo cómplice en el asalto frustrado de un banco. 

Antes de ese final hay una suerte de procesión inesperada, un viaje hacia la nada en el que Wanda se embarca sin saberlo. Si fuese una fantasía, podríamos decir que su itinerario es el de una Alicia desencantada, que sale de un pozo para entrar a otros, todavía más y más profundos. Pero si hay algo que aquí se escatima es esa vitamina de ilusión de la que toda vida se alimenta. Es más cercana a una película de terror en medio de una zona industrial, en la que la aparición de una mujer recorre rutas y bares pero no logra asustar a nadie porque nadie la ve. En el comienzo, un gran plano general muestra a Wanda caminando por un espacio muerto en el que no parece existir nadie más que ella. El plano es tan grande, tan extenso en su retrato del territorio, que su figura es casi imperceptible dentro de esa gran franja de tonos grises: una llanura de monotonía. 

Su aparición fue silenciosa y su relevancia mínima, casi inexistente. Al igual que el personaje que retrata, Wanda terminó siendo una película que nadie vió, de la que nadie tomó nota, de la que nadie se acordaba. Una película “buena para nada” pudo haber pensado Loden, que murió de un cáncer fulminante, pocos años después de haberla estrenado. 

Marguerite Duras sí noto la aparición de Wanda y, como Loden frente a la noticia del “muchas gracias”, quedó totalmente sorprendida por tal potencia cinematográfica. “Mi meta es hacer que esta película sea vista”, llegó a decir en una entrevista con Elia Kazan, esposo de Loden en aquella época. Su entusiasmo dió algún resultado porque Wanda llegó, de a poco, a transformarse en una película de la que todos habían escuchado algo, aunque sus ocasionales proyecciones la volvían más bien un misterio del que todos querían formar parte. Su paso por el festival de Venecia le concedió un premio del jurado, pero el bullicio europeo no fue lo suficientemente fuerte como para que alcanzara el cielo de las pantallas americanas. Una vez más, el mundo no escuchó.

Tal vez el estado del cine americano en 1970 no estaba del todo preparado para recibir una película como Wanda. Lejos de la glamourización de la pareja de ladrones propulsada por el éxito de Bonnie and Clyde, los eventos delictivos que se muestran en Wanda están exentos de cualquier tipo de sensacionalismo. De hecho, ninguno de los robos que vemos resultan exitosos. El primero de ellos se frustra en el momento en el que Wanda entra al bar en el que Mr. Dennis, el ladrón en cuestión, estaba a punto de terminar con su acto. En vez de dejarla ahí, decide llevársela, aunque difícilmente pueda llamarse a esto un secuestro debido a que ella, sin ningún tipo de resistencia, acepta la invitación de su nuevo partenaire. 

Cuando llegamos al segundo, las cosas se han vuelto demasiado desesperadas como para pensar que el robo al banco pueda llegar a salir bien. No hay ningún acto criminal en Wanda que sea mostrado como una forma de heroísmo nihilista, o como pequeños gestos de liberación, sino más bien todo lo contrario: estos pequeños crímenes son sólo la manifestación de un destino irreductible al que son arrastrados los personajes, imposibilitados de hacer otra cosa. Y así, Mr Dennis termina muerto y Wanda de vuelta en el mismo punto en donde empezó. También en 1970, los motoqueros de Easy Rider se topaban con la muerte en el asfalto y quedaban tirados para siempre en esa ruta a la que veían como libertad. La antiheroína de Loden, en cambio,  termina presa de su peor destino: obligada a vivir de vuelta, encerrada para siempre en el espiral abúlico de su cotidianidad.

Ni siquiera la cercanía con películas posteriores como A Woman Under the Influence y otros influjos similares producidos durante esa fiebre llamada New Hollywood sirvieron para que Wanda quedara expuesta en la misma época en que fue creada. Su mezcla de neorrealismo tardío con las convenciones genéricas de una película de ladrones la vuelven comparable a otro objeto extraño, también estrenado en 1970, llamado The Honeymoon Killers, dirigida por Leonard Kastle quien, al igual que Loden, pertenece al prestigioso club de directores que filmaron solamente una película (Charles Laughton, Herk Harvey, Barbara Rubin, Lorenzo Llobet Gracia, Forugh Farrokhzad…). Kastle, consciente de las aptitudes pulp de su historia de asesinos enamorados, recrea la crudeza de un mundo en el que una mujer excedida de peso no puede encontrar la felicidad a la que todos los demás acceden. Ante esa exclusión, la mujer y su amante crean su propia forma de felicidad criminal. Para Wanda, ni siquiera esa opción es posible. En contra de cualquier fantasía, Loden impregna sus imágenes de un hiperrealismo helado donde lo excepcional se vuelve ausente. La vida como es y nada más.

Wanda es un documento de época de un poder inextinguible. En algún momento de su derrotero, la película se transforma en una suerte de road-movie. Por supuesto que esos viajes algo interrumpidos están lejos de demostrar una intención de fuga hacia la libertad. A los costados de la carretera de esa Pennsylvania profunda que se gesta desde la ventanilla del asiento del acompañante (que Wanda ocupa inexorablemente) se exhiben las manifestaciones de un país oculto, hecho de puros emplazados de nada, espacios estériles donde solo la maleza sobrevive. Podemos ver esas tierras y pensar en la imposibilidad de que un sueño (americano en principio) se haga realidad. En los caminos por los que Wanda circula, que son casi los mismos que Herzog invoca en su propia excursión americana llamada Stroszcek –dos formas de retratar un espíritu americano desencantado- no hay siquiera divergencias: es todo horizontal, recto, lleno de grandes extensiones baldías en el que la figura de Wanda se desvance . El ojo de Loden para las locaciones exhibe un total conocimiento de esos territorios. Ella misma los debe haber caminado, empezando a la mañana y terminando de noche, recolectando en el medio una serie de pequeños detalles que se imprimen en su película de manera nada estruendosa, como esos puestos de comida que se encuentran a los costados de la ruta, las estaciones de servicio, los restaurantes abiertos las 24hs. A su manera, Loden crea en Wanda lo mismo que Stephen Shore consiguió en su serie de fotografías llamada American Surfaces: un catálogo de rincones secos, de habitaciones de hoteles frías y de dinners apenas concurridos que, en conjunto, generan el mapa visual de una Norteamérica de baja intensidad.

Pero lo más importante aquí es ver cómo Wanda los habita. El propio verbo “habitar” resulta inexacto porque si hay algo que ella no consigue es estar realmente en un lugar. Loden comprende que esa sensación de pertenencia, de sentirse cómoda en un espacio, es una suerte de logro que Wanda es incapaz de alcanzar. Como bien lo analizan Cristina Álvarez López y Adrian Martin en su artículo “Nada igual”, la figura de Wanda en el plano tiende siempre “a estar descentrada”, siempre a “punto de fugarse por los márgenes de la pantalla”. Ocupando la mínima cantidad de espacio posible, por momentos Wanda parece desaparecer, camuflada entre elementos. Lo vemos al comienzo, cuando sale de la casa de su hermana y también lo vemos en el último tramo de película, escapando en un frondoso bosque cuyos árboles y hojas hacen que su figura sea prácticamente imperceptible, volviéndose casi una abstracción en marcha. Barbara Loden, sin embargo, no cesa de filmarla aún en esos estados de ausencia intermitente, segura de que aún en esa inexistencia hay un cuerpo que late.

Hace algunos pocos meses, Criterion editó una versión restaurada de Wanda. Como suele pasar con todo lo que el sello edita, la película recuperó (y al mismo tiempo aumentó) su status de culto. Un pequeño acto de justicia que llegó justo a tiempo para que nuevos ojos descubran una película que sufrió el más injusto de los olvidos. La historia del cine está repleta de estas travesuras. No le echemos la culpa a nadie: celebremos que la película se está viendo mejor que nunca y llegando a los lugares que antes le fueron negados. De alguna forma, este pequeño dossier que aquí les presentamos se suma a las festividades. La idea fue tan simple como arbitraria: las autoras tuvieron vía libre para escribir sobre cualquier aspecto que les llamara la atención de la película, lo que terminó formando este conjunto de textos que dan cuenta de la inagotable personalidad de Wanda y Barbara Loden, persona y película, personaje y autora o, como muchos de los textos lo implican, una sola única cosa.

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