Radio Bar, dirigida por Manuel Romero en 1936, es la tercera de las tres que hizo ese año. Al año siguiente, cinco. Después, tres en 1938, cinco en 1939, cinco en 1940. Y así. Romero filmaba rápido, en jornadas largas y a veces tensas. Tenía que estar a tono con los tiempos.
Buenos Aires era un hervidero por sus tensiones, pero también por sus promesas: entre el golpe militar que abre la década, los conflictos políticos y la violencia inevitable, las nuevas corrientes ideológicas que llegan de Europa, la modernización edilicia, el asomo de una posible industria nacional y lo que eso traía consigo: la migración interna, de las provincias a la ciudad, con sus ideas, costumbres y modos de hablar.
La industria cultural no se quedaba atrás y se desarrollaba con una velocidad que hoy nos puede resultar modesta, pero que en ese momento les ponía los pelos de punta a optimistas y conservadores. Existía un entramado entre la radio, las revistas, el teatro y el cine, sostenido por la tracción a sangre de los actores y las estrellas de la Década Infame. Las mismas estrellas que cantaban en la radio contestaban cartas de admiradores en las revistas, daban alguna entrevista a regañadientes, luego pasaban por la calle Corrientes para terminar en los estudios Lumiton. La popularidad de personajes y relatos iba macerando, intensificándose, gracias a su presencia en un medio u otro, indistintamente. De esto se trata, en parte, Radio Bar, por lo que se puede entender de la penosa copia de la película que circula en internet.
Hay un grupo de trabajadores en un cabaret de la Capital que quiere pegar el salto en el mundo del espectáculo: las mozas y los bartenders cantan y bailan y son particularmente talentosos. Convencen a unos magnates de la industria del tabaco para que financien su incursión en la radio, el broadcasting, a partir de una seducción condimentada de interés y cálculo. Es a cuatro, seis, ocho bandas; es difícil de saber. Los personajes se amontonan y la trama avanza rápidamente. Hay dos magnates, dos esposas, el dueño de la radio, su esposa, su secretaria, y para cada uno de ellos hay una moza o un bartender para seducir. El orgullo y los celos parecen ser un problema, pero después todo se resuelve. Como siempre, hay reconciliación posible.
Sobre esta película, sobre cualquier película en realidad, es posible trazar dos listas paralelas. La primera tiene que ver con los temas, las constantes al interior de la carrera de un director. Lo que la película tiene de común a otras y forma, de alguna manera, la constelación de una obra. Así es como se forma la estructura de una industria cultural más o menos planeada en cualquier parte del mundo. En el caso de Radio Bar, las cosas están claras. La música, no sólo el tango, y una concepción musical de los diálogos, el sentido del humor efectivo, probado y chabacano, la solidaridad entre los trabajadores, y cómo se definen por oposición en un trazo grueso apabullante, el espectáculo como trabajo y el trabajo como lugar de dominación pero también de sublevación, el guion a las apuradas sacado adelante con una picardía que contrasta con la pereza de la puesta en escena. Quien quiera ver una típica película de Romero se encontrará con lo que vino a buscar.
Que exista esa lista significa que hay otra, subterránea, destinada a ser absolutamente personal y caprichosa, intermitente, digamos poco responsable. Esta otra lista es más vaporosa. Algún movimiento arrebatado, las frases que quedan resonando como estribillos, un comentario sociológico que te deja en offside. De estas listas no se puede hacer ninguna industria cultural pero sin ninguno de estos momentos de brillo qué sentido tiene hablar de todo esto.
La relación entre el espectáculo y lo que sucede tras bambalinas: la euforia de los compañeros cuando el cantante se baja del escenario, cómo se abrazan y se dan aliento. La manera en que pronuncian broadcasting, cómo le ponen el artículo y se comen varias letras, variando la acentuación de una manera que parece convertirla en una más de esas palabras italianas que configuran la sonoridad del lunfardo: “la brocástin”. Las líneas de diálogo afiladas como puñales, cargadas de malicia e ironía: “¿Cómo te vas a comparar con esa jamona?”, “Si agarro a esa vampiresa la dejo pelada”, “Al petiso me lo meto en el bolsillo”, “Quiero ser tu Shirley Temple”. El momento en que aparece Elvino Vardaro con su violín, tratando de robar cámara detrás de los cantantes, sin imaginar que su legado sería mayor que el de los otros buscavidas. La increíble sustitución, quizás una falta de respeto, que hacen los “finos” de la película cuando se rebajan a cantar tango pero, como consideran que hay que adecentarlo, cambian las líneas de “Mano a mano” (¡Mano a mano!): “Acordate de este amigo que ha de jugarse la epidermis”.
Nos vemos en la sala.

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