Igual no tengo a dónde ir – Los Nadadores y Te amo, Antoño

Si bien habría que ser ciego y sordo para decir que son películas parecidas, Los nadadores y Te amo, Antoño tienen varias cosas en común. Ambas son óperas primas de directoras argentinas sub 30 (Sol Iglesias SK y Tamara Leschner, respectivamente). Ambas fueron parte de la Competencia Oficial Argentina del BAFICI. Ambas están protagonizadas por sus directoras. En ambas, ellas mismas deambulan por Buenos Aires.

En Los nadadores cuatro jóvenes caminan sin rumbo por la zona norte de la ciudad vacía. Buenos Aires ha sido evacuada a raíz de una ola de calor extrema. Es el día 368 del verano, van 72 horas de día ininterrumpido. La noche no llega y con 47° de temperatura encima, Victoria (Valentina D’Emilio), Maqueta (Tobías Reizes), el Rubio (Joaquín Fretes) y Ella (Sol Iglesias SK) reciben vía celular la ubicación de una casa en la que hay una pileta. No dudan en acercarse y hacer uso del páramo acuático. Por algún motivo inexplicable, la pileta se vacía. Entonces se pasan a otra. Y luego, a otra. Y así, hasta llegar a una fiesta de chetos que celebran el apocalipsis porque ya pagaron su viaje y pueden aguantar el calor extremo tomando unas pastillitas que los mantienen frescos y puestos. Los protagonistas no pertenecen a esa fiesta, ellos no planean comprar ningún pasaje. Y eso les va a traer problemas. 

Colores vibrantes y sonidos envolventes lideran el relato de un futuro que casi no tiene rastros de futuridad, un futuro que podría ser hoy. Los nadadores se erige sobre esa certeza: la distopía ya no se acurruca en la lontananza para dar espacio a nuestras alucinaciones más exageradas. Es un fragmento saturado y sudoroso del presente en el que deambulamos todos los días. Es un calor insoportable que mata la noche e instala un verano sin fin. Es que una voz omnipresente te quiera vender un vuelo a tu imaginación por los altoparlantes desvencijados de la ciudad. Es la tortura de quedarse sin luna y sin oscuridad. Pienso que suprimir la oscuridad de la noche sería un atentado contra el misterio. Y ahí es donde el gesto de la película está dotado de nobleza: le entrega por completo a las herramientas formales del cine el poder de recomponer algo de esa falta de misterio que reina en el presente-futuro-distopía (dentro, y fuera de la película). Ofrece personajes lánguidos, diálogos fragmentarios y vínculos difusos, escapándole a toda posibilidad de profundización interior o elaboración emocional que pueda explicarnos quiénes son ellos, qué les pasa o qué los une. Elude la premisa del avance de la acción y somete el relato a la búsqueda de ser deliberadamente sensorial. Es una película meticulosa en su plasticidad. 

Sobre la mitad, la intensidad de la banda sonora, la ambigüedad de las acciones y la inescrutabilidad de los personajes se agudizan en conjunto. Ante la posibilidad de la repetición -o peor- el aburrimiento, se siente la desesperación de hacer este apocalipsis algo misterioso. El Rubio es abandonado cruelmente en la pileta en medio de una partida de Marco Polo en la que él está con los ojos cerrados. Lo vemos buscar a sus tres compañeros en un plano cerrado que extiende su ceguera a nosotros. Solo él y el celeste ondular de la pileta, mientras palpa el agua y los bordes, y gira su cabeza en busca de una pista audible. Un sonido grave y turbulento (¿una intensificación del motor de la pileta, o de los aviones que pasan constantemente llevándose a los últimos civiles hacia el exilio?) acompaña la escena. Después de abrir los ojos y descubrir que no hay nadie jugando con él, el Rubio entra a la casa, sube las escaleras lentamente. Encuentra  a sus amigos durmiendo en una cama al final de un pasillo oscuro que lo vemos atravesar de espaldas, hecho contorno. Recorre con la mirada los cuerpos de sus amigos medio trenzados, inertes, bronceados, semidesnudos. La puesta en escena genera tensión, suspenso y un erotismo sosegado. Los movimientos y reacciones del personaje, no. La urgencia, la angustia y el miedo son el producto de las operaciones de puesta en escena. 

Los nadadores pareciera estar casi siempre más ocupada en hacernos sentir que hay algo ominoso e innombrable detrás de las imágenes, que en profundizar lo que las imágenes tienen para ofrecernos en sí mismas. Y es en ese punto que corre el riesgo de parecerse demasiado a un moodboard. Me pregunto si una concepción menos esquiva de los personajes podría haber transformado el gesto en una forma más generosa y contundente de iluminar algunos rasgos de la actualidad. La anomia generacional de la que Los nadadores se hace eco queda atrapada: es un estado de las cosas, una suspensión del tiempo, un clima

La fragmentación de los cuerpos y los espacios se trenza con elipsis temporales para conspirar contra la posibilidad de organizar una continuidad clara. Así es que la ciudad se desarticula: el sindicato Luz y Fuerza y el Monumental se asoman detrás de los personajes en planos consecutivos que no dan cuenta del paso del tiempo ni el cansancio que implicaría caminar de Monserrat a Núñez. Tal vez recorrieron toda la capital federal a pie bajo el sol cegador, o tal vez el mapa que conocemos ya no nos sirve para orientarnos en este presente-futuro. Algunos elementos citadinos más que reconocibles (la estatua de la libertad de Munro, Aeroparque, Ciudad Universitaria) se presentan como escenografías pintorescas de una ciudad cuyas calles ya no tienen nombre, sino que están numeradas (como las de La Plata). Despojada de su cartografía, Buenos Aires aparece como un collage de elementos demasiado conocidos para ser ignorados, pegoteados por una lógica que no logra transformar el conjunto en una nueva totalidad. No podría decir que se trata de otra ciudad, de una ciudad cualquiera. Pero tampoco podría decir que se trata de la Buenos Aires que conocemos. 

Por su parte, la Buenos Aires de Te amo, Antoño es definitivamente la que conocemos. Carla (Tamara Leschner) está deprimida porque su novio, Antoño (Nicolás Schujman), le cortó. Su amiga Laura (Julieta Tramanzoli) la viene a rescatar proponiéndole ir de paseo a Vicente López. Esa escapada se transforma en una peripecia con salpicones absurdos a medida que se van encontrando con personajes que las desvían de su destino. Las dos amigas encaran con poco pragmatismo esos pequeños desvíos y quedan atrapadas en una seguidilla de escenarios super-porteños. Un adolescente las obliga a supervisar al plomero chanta que le está arreglando el baño mientras él va al Rapipago; un ex compañero de la secundaria que se está por mudar a otro continente las invita a un almuerzo familiar que no arranca más; una madre rescatista les encaja ir a la veterinaria con su nuevo amigo canino, a cambio de prestarles el auto. Carla y Laura van de acá para allá, rebotando como si la ciudad fuese una kermés a la que uno se entrega cuando decide poner un pie en la calle. El anclaje es cotidiano, rozando lo costumbrista: el humor se extrae del timing con el que un perro vomita dentro de un auto o un mecánico decide que no va a cooperar porque su clienta opina demasiado. 

Mientras que en Los nadadores es un factor externo y de impacto comunitario el que amenaza con llevarse puesta la vida, la protagonista de Te amo Antoño vive un acabose emocional, interno, individual. Carla necesita salir para escaparle a la angustia melodramática, para sobrevivir a la obsesión que le suscita su situationship. Si bien ese estado efervescente y caótico se traduce en una interpretación que necesita de momentos de clara afectación (sin ir más lejos, la película comienza y termina con un primer plano de Carla llorando), la actitud egoísta y ensimismada que tiene no dista tanto la indolencia que reina en el registro de actuación y la construcción de personajes de la película de Sol Iglesias SK. Pero a diferencia de esos sujetos lánguidos y un tanto indescifrables, la indolencia de Carla se evidencia en la total transparencia de lo que le pasa. Vemos a cada paso su histeria burbujeante (y si por algún motivo no la cazamos, tenemos casi siempre las reacciones de Laura para señalarla). En ese sentido, este filme carece por completo del misterio que se esmera en construir Los nadadores. Ni los encuadres, ni el montaje, ni los movimientos de cámara se atreven a poner en tensión o complementar lo que se construye desde el guión y las actuaciones. Sabemos todo lo que le pasa a Carla, pero no lo percibimos a través de la puesta en escena, que está dominada por planos fijos y precavidos. Carla es un sembradero de problemas que deja irresueltos y esa afección que la hace vulnerable y papelonera tiene el problema de ser un soliloquio neurótico sin rendija para que ingrese alguna brizna de otredad. Ahí es donde el dolor extremo se parece sospechosamente a la indolencia.

Un relevante señor francés dijo una vez que el deambular incesante que se instaló en los personajes de las películas europeas de la posguerra era, entre otras tantas, una forma de vehiculizar el desvanecimiento de las certezas del hombre occidental tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Han pasado 40 años desde entonces. El cine argentino ha construido su propia genealogía del deambular, con personajes disminuidos o extrañados pateando las calles y gastando las mesas de los cafés o pizzerías en busca de alguna especie de páramo. Podemos pensar en Prisioneros de una noche (David José Kohon, 1962), Tiro de gracia (Ricard Bechner, 1969), Pizza, birra, faso (Bruno Stagnaro y Adrián Caetano, 1997), o Nadar Solo (Ezequiel Acuña, 2003), solo por poner algunos ejemplos. No todos los personajes sufren de la misma forma, se mueven con igual desasosiego, ni deben sus vagabundeos a las mismas desintegraciones. Cada generación tiene sus propios derrumbes. La de Sol Iglesias SK y Tamara Leschner no necesita haber vivido la Segunda Guerra Mundial para encontrarse desorientada y paralizada ante lo que el mundo propone. No hace falta que yo venga a reponer un diagnóstico de época. Todos sabemos que reina la anomia, que estamos padeciendo un grado inaudito de permeabilidad a la subjetividad financiera, que es casi una hazaña  imaginar el futuro, observar nuestro entorno o construirse a partir de experiencias que estén al margen de patrones de consumo. La matriz de existencia es la del bombardeo. Acá estamos, amenazados por la hiper-conexión y atrapados en el sinfín de imágenes brillantes. 

Los nadadores y Te amo, Antoño son síntomas muy distintos de la misma sensación: la de que vivimos bajo amenaza, ya sea de riesgos reales o construidos por nuestra neurosis. La sensación, también, de que las reglas las pone el mundo (o la ciudad) y no tenemos mucha cintura para hacer otra cosa que no sean malabares, intentado construir sentido mientras todo lo que nos rodea nos trata de convencer de que no lo hay.  Ante eso, el deambular como construcción de refugios volátiles o como impericia por distracción crónica. La película de Sol Iglesias SK acierta al retratar la vacuidad que implica establecer relaciones insípidas (con humanos, con piletas, con fiestas, con el fin del mundo), pero corre el riesgo de perderse en ese mismo laberinto al volver muy opacos a sus personajes y dejar muy poco puntos de anclaje para conectar con ellos. El esfuerzo por inyectarle misterio a un mundo desafectado se diluye en rasgos formales y no deja que construyamos una nueva topografía susceptible de incorporar ese misterio. La ópera prima de Tamara Leschner no logra trascender el costumbrismo para tirar del hilo de lo absurdo y por eso se pierde una oportunidad: operar sobre los clichés que retoma, hacerlos propios para que de ellos decante una mirada generacional al respecto del ensimismamiento neurótico. En ambos casos devolverle a la imagen del mundo una acción que lo modifique y abra un camino para avanzar resulta imposible. No se escapa al fin del mundo, no se escapa a que alguien te deje de querer. Moriremos porque nos entregamos al sol cegador que construimos, o porque así lo quiere nuestro corazón idiota y egoísta.

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