La idea de estreno en Argentina se desdibuja con el tiempo; esa noche idílica de jueves (¿sabían que en otros países son los viernes?) en el que una película se juega la suerte ya no existe más. El evento en el que intervenía toda una industria mediática, en el que con suerte aparecía algún crítico, para hacerle saber a la opinión pública de su disponibilidad en la cartelera, se ha vuelto un tanto triste. Nadie compra el diario para saber qué piensan de su película. Nadie compra un diario para decidir en qué gastar una noche de su fin de semana. En realidad, nadie compra un diario. El impulso inicial del primer fin de semana para una película es más bien un catch desesperado de productores en Instagram. Describo, no valorizo: ese entramado desplegado a lo largo de los meses sirve para el boca a boca y mensurar qué películas realmente valen la pena.
Primero hay una instancia de Festivales. Ahí quizás algunos críticos se desvivan por la primicia de contar como es tal o cual película. Después, las salas comerciales. La parte más sufrida, quizás la más intensa. Al final, un largo esfuerzo de centros culturales, salas de exhibición alternativas, que suele ser una situación enriquecedora, un punto de encuentro entre espectadores y directores, aunque también tienen un toque más fantasmal. Es el eco debilitado de su posible masividad. En el mejor de los casos una plataforma piadosa asoma en el horizonte para un renacer zombie en la comodidad de las casas.
Quizás, para los usuarios de Letterboxd, el estreno sucede cuando aparece como popular entre sus amigos. Esto me sucedió con 1978, película de los hermanos Onetti, después sus sucesivos estrenos en el Festival de Mar del Plata, primero, y en salas después. Asumo que está en alguna plataforma de las que se paga, está en Stremio para los amigos.
El storyline es simple y ganchero: en el medio de la final del Mundial de 1978, emplazado en Argentina, y más precisamente en la Argentina de la dictadura militar, un grupo de tareas paraestatal secuestra por error, creyéndolos parte de la guerrilla, a algunos integrantes de una secta satánica y se los llevan a un centro de detención en las afueras de la ciudad (cuya arquitectura remite a Francisco Salamone, arquitecto loco que dejó su huella en varios pueblos de la Provincia de Buenos Aires, a él si le creo que tiene un rasgo diabólico).
La película es particularmente detallista en la tortura y la humillación. No lo es tanto en la construcción de las personas que perpetran esas barbaridades: su único rasgo visible es el desagrado ante cualquier tipo de humanidad. Bah, hay uno de los represores que tiene algunas objeciones con el método que utilizan para recabar información. Estamos en 1978, vos estás en las Fuerzas Armadas, amigo, date cuenta. Por más que haya un ominoso travelling hacia la figura de un Cristo y un represor que hace de cuenta que es creyente, 1978 no coquetea con lo metafísico en sus acciones o en su puesta en escena. Al mismo tiempo, tampoco es concreta/discreta. La iluminación de los espacios bascula entre la oscuridad sugerente y el enchastre; los actores interpretan con obstinación las didascalias, con la boca pastosa y la mirada amanerada, quizás con el secreto miedo de que si no hacen suficientemente odiosos a su personajes pueden acusarlos de identificación.
Una vez dentro, esta secta logra convocar a una especie de anticristo que se venga de los represores. Es inevitable empatizar con esas fuerzas sobrenaturales. Que revienten a esos hijos de puta termina siendo una revancha corridísima de tono. Un acto de justicia incómodo que podría paladearse más: no hay placer en mostrarlo, más bien se siente el apuro de pasar a lo siguiente. Quedan tres sobrevivientes. Un recién nacido en ese nido del mal, en cautiverio, con toda la carga simbólica que implica, un último guerrillero y el represor con problemas de conciencia. En la última persecución laberíntica, con los demonios hasta el cuello, el guerrillero le deja el bebe al represor para que se escape y lo salve. Podría haber sido un momento político, de alta concentración simbólica, en el que se pusiera a girar como loco el sentido de la apropiación de bebés por parte de la dictadura en un contexto sobrenatural, con una especie de camaradería entre dos personajes de naturaleza opuesta, pero el guerrillero le aclara mientras le entrega al bebé: “lo que hiciste no tiene perdón”. El espíritu clase b de la idea original de la película (satanismo y dictadura, falta una película sobre López Rega) queda sepultado por diálogos como ese, que tienen como objetivo aniquilar cualquier rasgo de ambigüedad o desenfado.

La mejor explicación que encontré para la película es la que me daba mi mamá cada vez que, durante mi infancia, la despertaba en medio de la noche atocigado por vaya a saber qué tipo de presencias sobrenaturales o el simple miedo a lo que no podía ver ni entender. Ella, con paciencia, entre risas, medio dormida, decía que me cambiaba todos los monstruos que me mortificaban por los problemas que ella tenía con la AFIP. Tristemente adulto me encuentro en la misma situación cada vez que escucho ruidos raros en habitaciones vacías al lado de donde ahora trabajo. Será una cañería, el calefón, lo que sea. No me molesten. Tengo que entregar este pedido para mañana. De hecho, ojalá sea un fantasma: se murió tanta gente que quiero que la probabilidad de que alguno venga a darme una palmada en el hombro es alta. El horror, antes y ahora, en este país tan original y tarado (obsesivo con sus taras), está escondido en el centro visible de su poder. El terror como algo metafísico es casi redundante y agregar terror al terror es un desafío del que la película no está a la altura.
Para pasar a temas más felices y encontrar un poco de sosiego me sumergí en otra película argentina que pulula en plataformas: Mensaje en una botella, de Gabriel Nesci. No estaba entre las populares de Letterboxd, pero el director ya tiene su propia fanbase así que me había enterado por ahí de su existencia. En la película trabaja un grupo de actores envidiable: gente competente, idónea, a la que vemos pelearse con ciertos parlamentos, obligados a decirlos, sin dejar de divertirse al mismo tiempo. La soltura que se siente cuando no se toman en serio las escenas no se mantiene todo el tiempo, pero alcanza para darle impulso en sus momentos de ripio. Es que la película es un delirio. En realidad, es el encuentro entre cierta libertad (y gracia) de ciertas ideas de guion y la fuerza normalizadora (y moralizadora) que tiene el cine industrial argentino.
Luisana Lopilato es una sommelier que está por cumplir 40 años y no parece muy contenta con el curso de su vida. Trabaja en eventos tratando de explicarle lo delicioso del vino a personas que quieren emborracharse lo más rápido posible. En el micromundo al que pertenece tiene unas cuantas ex parejas que corresponden a diferentes etapas de su vida, de 2009 a 2020, digamos. La película con paciencia y sin miedo a un primer shock de confusión va desplegando su mapa de relaciones. Rafael Spregelburd es el villano perfecto, snob, millonario y trepador; Benjamín Vicuña es el que carga con casi todo el peso de la comedia, un cocinero obsesionado con la cultura precolombina y totalmente seguro de que el mundo está por acabarse; Luciano Cáceres es un turbio que hace negocios ídem con botellas adulteradas; Benjamín Amadeo es el eterno pretendiente, medio bobo pero de buen corazón.


Para ser una película sobre vino, es demasiado correcta, demasiado cerebral. Las borracheras son miradas con distancia o con sorna. Está la parte competitiva, con un Campeonato Nacional de Sommeliers bizarro, que estructura la película (y le permite a la película los planos de drone que seguramente exigió el tax refund de la provincia de Mendoza), y la parte emocional, que está personificada en el padre de la protagonista, Eduardo Blanco, inevitablemente sensiblero. Luisana Lopilato quiere desarrollarse profesionalmente pero por momentos olvida las enseñanzas esenciales de su padre, cuya sencillez telúrica poseía el secreto de su disfrute.
Por una especie de error de la Matrix, Lopilato puede dejar un “mensaje en una botella” a su yo de algunos años atrás, con consejos para decidir mejor, o al menos con más información. Y eso crea una realidad paralela. Y si en esa realidad paralela, se manda un segundo mensaje, crea otra realidad paralela. Y así sucesivamente. En cierto punto (y volviendo al país tarado) la película recupera una filiación con la Nueva Comedia Americana (que ya se pasó a la geopolítica) en la que sus personajes están todavía conflictuados con el paso a la adultez y hay una tensión irreductible entre la vocación y el deber. Acá toda esa voltereta de ciencia ficción funciona como una manera de problematizarlo/resolverlo.
Explicar cómo funcionan esas vueltas no valdría la pena: cuando la película intenta lo mismo pierde gracia. Cuando quiere que las cosas queden claras apela a dos recursos: unas placas como transición entre tiempo cuyo diseño gráfico se parece bastante a un powerpoint y el peinado de Lopilato, que en teoría cambia a medida que pasan los años pero nos produce más estupor que certezas. Ambos intentos apaciguan las preguntas más estimulantes que se puede hacer un espectador (¿cuándo es esto? ¿qué es esto? ¿quiénes son estas personas?) y dan cuenta de todo lo que tiene para ganar el cine industrial en el negocio de la sutileza.
En esas idas y vueltas temporales la protagonista despedaza su psiquis y su memoria. Muchas veces se vuelve espectadora de su propia vida, sufriendo las consecuencias de decisiones que tomó su yo de otras dimensiones. Los propios personajes son conscientes de la ridiculez o lo convencional de los hechos que se van amontonando, asisten al desarrollo de los hechos impávidos, siendo otros, desconociéndose. Ese desapego tiene su interés cinematográfico, en cómo vemos y nos relacionamos con lo que vemos.
Y el final es lo que hace valer toda la película si uno llega con el suficiente compromiso emocional. Entre toda esa maraña de situaciones y personas sacando esta película adelante, una idea remanida de guion hace un eco inesperado. Terminando la película ya vamos por la tercer o cuarta línea de tiempo y la propia Lopilato está disociando. No sabe nada del mundo en el que se encuentra. No le pertenece ni su pasado ni su futuro. Ella y nosotros nos sorprendemos cuando, en el desempate del Campeonato de sommeliers, se manda un soliloquio emocionante, sospechosamente preciso, como si fuera una cita de alguien. Se sorprende: ¿esto lo dije yo? Escuchó una música en su cabeza, unas palabras desconocidas. Unos minutos después, nos enteramos. Se encuentra un VHS de su padre diciendo las mismas palabras que ella luego repitió, , en una cena que no recuerda. El truco es que quien escuchó esas palabras era otra Lopilato, de otra línea temporal. El saber y la experiencia se transmitieron de maneras inesperadas y ella ve esas imágenes con perplejidad. Hay una idea poderosa ahí, que trato de describir a lo bestia: no importa tanto si efectivamente estuvo en esa cena, porque el tiempo cuando apenas pasa ya no se puede agarrar, no se puede hacer nada con él, y en todo recuerdo posterior nos reconoceremos más que con extrañeza. En las imágenes uno siempre es otro. No importa la imagen que veremos después; importa esa sensación que macera, fermenta, como el vino (y sí). El truco, si se quiere, es que las personas que ya no están, que se vuelven fantasmas en esas frases sueltas, que podemos repetir sin darnos cuenta, sin saber de quién eran, son reconocibles, más o menos fáciles de mostrar: son los recuerdos. Lo que es más difícil es poner en escena esa música que queda y que nos dicta palabras. Se puede hacer, y de hecho Mensaje en una botella se acerca a esos pensamientos y sensaciones con premura.


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