El diablo andaba en los choclos (1946)

En una oreja un angelito, en la otra un diablito, una baratija enchapada que ofrece un vendedor ambulante por los pueblos. Filoteo Tortosa se los regala a Juanita, la hija del almacenero para quien trabaja, pero no puede ni hablarle.

Así empieza el cuarto encuentro de Romero con Luis Sandrini, con quien exploró todos los matices de su personaje sonso-pícaro desde La muchachada de a bordo (1936), Don Quijote del altillo (1936) y El cañonero de Giles (1937), hasta esta El diablo andaba en los choclos (1946) en la que, a la luz de los cambios sociales de mediados de los años 40, troca bastante de esa picardía por sentimientos. En esta versión cinematográfica de una obra teatral con la que Sandrini llenó teatros durante años, Romero reexplora varios de sus motivos habituales como el romance interclase, la chica moderna, las mujeres trabajadoras, engaños y enredos, pero con distintos acentos.

Un tema recurrente: el amor rica-pobre. La primera vez que Romero se mete con este tema es en La rubia del camino (1938), para luego, en todas las películas que hicieron juntos, sacar mucho jugo interpretativo de Paulina Singerman como niña rica inmiscuida en la clase obrera. Este personaje de la rica que cae en la pobreza tiene en Romero también su versión trágica (Mecha Ortiz en Mujeres que trabajan).

Pero en los choclos la chica no es el eje, ni lo paralelo los cómicos descomprimiendo la solemnidad de una pareja principal (que tantas veces jugó maravillosamente Niní Marshall) sino que el protagonista romántico y el tonto son la misma persona, y tal vez en ese sentido reste por los dos lados. Por su lado, salvo la madre, las mujeres toman tintes más intrigantes.

Filo es el inocente pajuerano que busca el amor pero ante todo el progreso. Cursa el secundario nocturno, y pone límites: “Ya terminó el tiempo del capitalismo, a ver si tengo que ir a quejarme con el sindicato”. Así y todo es echado y se va de su pueblo a trabajar a Mar del Plata, donde logra ser ascendido de lavacopas a coctelero.

Ahí entra en juego un gran motivo del screwball, la suplantación de la identidad. A diferencia de otras películas de Romero en las que la protagonista (casi siempre femenina) es la dueña del engaño, aquí Filo es un inocente al que los otros le mienten. Los villanos autores de esa trama también son hombres, pero de clase alta: Pirro (Eduardo Sandrini) y Lucho (Adrián Cuneo). En una típica diversión de muchachotes bien, corren el rumor de que Filo es un criminal pasional que estranguló a su amada y estuvo preso. Esto le da lugar al aspecto más alocado del film. En la playa, las señoras y señoritas se apasionan: “¿Es cierto? ¡Qué emocionante!”, “Siempre he dicho yo que tenía cara de pasional”, “Con ese aspecto de mosca muerta ¡quién lo hubiera dicho!”. Las clientas del hotel le festejan todo, quieren específicamente tocarle las manos y que les suba el trago personalmente a la habitación. Ahí irrumpe la indisciplinada “chica moderna” del film, Puri (Silvana Roth), la novia de Pirro e hija del empresario perfumista Mórtola (Rufino Córdoba). Puri no tiene el poder subversivo de los personajes de Paulina Singerman: ya no tiene que escapar, ni mentir, ni armar un sindicato, mucho menos trabajar, sólo cumple la parte de dejarse mover el piso por un hombre vulgar.

Su propio prometido se divierte haciéndole creer la historia del estrangulamiento y ella replica: “No me impresiona, instintos primitivos de gente vulgar… Claro que se necesita querer mucho para matar”. Le señalan que eso es locura y ella: «¿Y qué saben ustedes de amor? Hay hombres que toman el amor en serio… y matan”. Este fresco que arma Romero, casualmente Mar del Plata en los albores de su transformación peronista de balneario de elite a popular, con una clase alta reconvirtiendo el trauma en fantasía erótica-tanática, es de lo más vivo de la película. Puri, en el baile, acorrala a Filo para que le cuente el estrangulamiento y descubre no sólo que es mentira, sino que es bastante virgen. Él le narra la tarde en la que Juanita lo condujo sensualmente al maizal, en una secuencia en flashback que parece anticipar la estética Bo-Sarli “parecía que el mismo diablo andaba entre los choclos”. Pero él, paralizado, no supo aprovechar el momento para besar a Juanita, y ella terminó riéndose de él. Las dos mujeres se sobreimprimen en una carcajada burlona. Pero Puri, al advertir la terrible inocencia de Filo, lo besa.

Probablemente el primer beso de su vida, le cuesta el puesto de coctelero y lo lleva a Buenos Aires en busca de otro trabajo. Termina en un garaje al que un día caen de casualidad Lucho y Pirro con ganas de gastarle otra broma: le harán llegar una carta falsa perfumada y firmada por Puri. El engaño se renueva.

Filo recibe la carta y va directo a hablar con el señor Mórtola. Tras unos saineteros pasos de comedia, van a la mansión a hablar con Puri, donde se descubre el engaño y Filo queda humillado frente a ella, que lo desprecia: “¿Acaso no se vio al espejo?”. No hay progresión de juego a verdad en Puri: hay un ida y vuelta constante entre el desdén y la atracción, una versión un poco histérica de la paradoja de Groucho Marx: “Parece una pareja enamorada y actúa como una pareja enamorada, pero esto no debe engañarlos: son una pareja enamorada”. Aparece Lucho, y Filo quiere pegarle por haber jugado con su corazón con esa carta, lo que termina conmoviendo a Puri, y es así que el señor Mórtola lo lleva a trabajar a su fábrica de perfumes.

Allí reaparece un gran motivo de Romero: las “mujeres que trabajan”, chicas uniformadas, líneas de trabajo en serie, trabajadoras acosadas, seducidas y engrupidas por sus patrones. Alita Román es la secretaria del señor Mórtola y sostiene un amorío oculto con él; una empleada del sector envases está enredada con Pirro, que a diario la hace llamar a su oficina. Pero el rol justiciero, que en las otras películas lo ocupaba una heroína con el poder colectivo, acá lo ejerce un solo hombre y no es del todo desinteresado: Filo expone a Pirro como plato que se come frío ante Puri y se lo saca de encima como rival.

El último chiste de Lucho y el despechado Pirro incluye burlarse de la humilde madrecita de Filo (María Esther Buschiazzo), que llega de sorpresa a un exitoso concurso que este organiza para la empresa perfumista. La broma les sale mal, ya que Filo logra reconvertirla en un elogio a la pureza de la madre que conmueve a todo el público y a la vez corona su movilidad social: ricos y pobres ya no son mundos distintos que aprenden a tolerarse; es el reconocimiento de un rústico en un puesto gerencial.

Aunque en una lectura a contraluz de La rubia del camino aparecen dos trayectorias opuestas —un descamisado que asciende socialmente versus una chica rica que desciende por amor—, la vuelta del final las hace coincidir. El progreso social de Filo es sostenido, fruto de su propio talento y celebrado por la trama, pero cuando llega el momento de resolver el amor, Romero no deja que esa resolución ocurra en el espacio conquistado, sino que la hace volver al origen, al maizal, y que sea Puri quien se disfrace de campesina e intente completar la escena de cuando el diablo andaba en los choclos. Porque el que ama siempre se hace humilde.

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