zac efron archivos | La vida útil https://lavidautil.net/tag/zac-efron/ Revista de cine Sat, 11 Jan 2020 19:20:48 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.8 https://lavidautil.net/wp-content/uploads/2017/11/Icono-web-150x150.jpg zac efron archivos | La vida útil https://lavidautil.net/tag/zac-efron/ 32 32 Un rey particular – The Beach Bum https://lavidautil.net/un-rey-particular-the-beach-bum/ https://lavidautil.net/un-rey-particular-the-beach-bum/#respond Sat, 11 Jan 2020 19:20:48 +0000 http://lavidautil.net/?p=9753 Por Lucas Granero Show me, show me, show me / How you do that trick Sumergida en tonos azules y verdes, bañada con luces de neón que transforman todo en una alucinación fluorescente, la vida de Moondog en las playas de Florida se desarrolla a la inversa de cualquier otra. No hay responsabilidades, obligaciones, ni […]

La entrada Un rey particular – The Beach Bum se publicó primero en La vida útil.

]]>
Por Lucas Granero

Show me, show me, show me / How you do that trick

Sumergida en tonos azules y verdes, bañada con luces de neón que transforman todo en una alucinación fluorescente, la vida de Moondog en las playas de Florida se desarrolla a la inversa de cualquier otra. No hay responsabilidades, obligaciones, ni siquiera necesidad de dinero: sus días se pasan en la más plácida de las existencias, entregado a pleno al arte de vivirlos por fuera de cualquier tipo de preocupación posible. Todo en él es puro placer. Como poeta –el más famoso de la costa este–, parece haber abrazado una idea de vida en la que solo el disfrute le permite crear sus versos. La suya es la vida de un artista en pleno contacto con las cosas que lo rodean, con los sentimientos siempre a flor de piel. Esto siempre es algo bueno para Harmony Korine quien, adepto a las formas de existencia más particulares, encuentra en su personaje el motor ideal para construir una película sin ataduras, que se deja guiar por las zonas de confort que su protagonista va inventando y, como él, encuentra un particular deleite en mostrarlas.

Moondog ha sabido ser la voz de una generación. Ahora sufre un bloqueo creativo que no le permite producir su mayor obra maestra, esa que lo catapultará al panteón de los grandes genios. Mientras espera la llegada de las musas, sigue “high on life” (el término es propiedad de Lou Reed, 1974), chupando y aspirando todos los buenos momentos. Es una droga inagotable: los tiene con su mujer, una millonaria que actúa como libre amante y mecenas al mismo tiempo, y los tiene también con su hija, que como todo vástago no comprende bien el estilo de vida de su padre y de alguna forma trata de ir en contra casándose con un joven demasiado normal como para encajar con la idea de mundo que Moondog. Sin embargo, él ama y perdona a todos por igual. Como el rey particular que es también se permite unas cuantas travesuras, total, como dice su amigo Zac Efron, “dios ya pagó por nuestros pecados, asi que podemos hacer lo que nos dé la gana”. Korine también ya ha pagado por todos sus pecados y su redención lo hizo ingresar al paraíso pop. De regreso del infierno, se trajo la manera ideal de ejercer el tipo de cine que mejor define sus ambiciones: el coqueteo con el mainstream sin perder la radicalidad de sus primeras obras. Es, en definitiva, como un niño liberado en una gran juguetería de artefactos que hacen boom –no por nada hasta se da el gusto de incluir aquí un pequeño homenaje a Zéro de conduite. 

Fue Jonas Mekas quien dijo, después de haber visto Trash Humpers (acaso la película de su propia obra con la que más se relaciona The Beach Bum), que se trataba de la “película más americana jamás hecha”.  En esa historia de viejos que salían a romper televisores por las calles, transformando gestos nihilistas en pesadillas, se podía intuir algo que en esta película no hace más que exacerbarse: para Korine, el sueño americano solo es posible si se lo vive bajo el influjo de una fantasía, en la que lo real se transforma en un cuento de hadas. En The Beach Bum, ese cuento de hadas se hace manifiesto en un clima constante de celebración y goce. Aquí no hay otra cosa excepto fiestas, alcohol, porros interminables que llenan todo el plano de humo (cultivados y fumados por el mismísimo Snoop Dogg), canciones que se pegan una detrás de otra; no hay un elemento que no haya sido puesto con la idea de construir una fiesta cinemática interminable. El propio Korine ha dicho en varias entrevistas que la verdadera influencia de The Beach Bum son las películas de Cheech y Chong, la versión stoner del dúo cómico Laurel y Hardy. Esta es su idea de una “feel good movie”, en la que todas las decisiones responden a la regla de “pasarla bien”.  Tal vez ese sea el motivo por el que se estructura en base a secuencias autoconclusivas que nos muestran a Moondog siempre embarcado en una nueva aventura. En cada una de ellas tenemos la posibilidad de conocer a nuevos y viejos amigos y, como en un combo expansivo, la película se adentra cada vez más en el delirio: el Capitan Wack y su negocio con delfines, Flicker y su obsesión piromaniaca,  Jimmy Buffet y su guitarra… Todos ellos comparten la obstinación por vivir en su ley, un beneficio al que no renunciarán tan fácilmente. Antes, prefieren morir (algunos lo demuestran). Es justamente eso lo que los transforma en outsiders, porque nadie quiere que le muestren en la cara que es posible una vida fuera de norma y que la fantasía puede ser un estado de placer permanente. 

Guiado por esa misma intención de no acabar nunca la fiesta, Korine explora un tipo de montaje expansivo que hace que una escena se desarrolle en múltiples locaciones, unidas tan sólo por el diálogo. Esto genera una sensación particular en la que los personajes parecen no separarse nunca aunque largos períodos de tiempo pasen entre una imagen y la otra. Del día a la noche, del mar a una casa: nada parece inmutarse y todo se contagia de ese ritmo imparable con el que se maneja Moondog. Algo similar sucede con las canciones, particularmente con las de The Cure, que parecen disparadas de la cabeza del protagonista, que va variando su jukebox mental dependiendo de la situación en la que se encuentra, como si todo estuviera manejado por la más extrema subjetividad. Por eso, cuando las primeras notas de Just like heaven empiezan a escucharse, y aunque pareciera haber una mínima discordancia, un pequeño ruido rosa, nos damos cuenta de que no puede existir mejor canción para ese momento, con Moondog caminando borracho directo hacia una pileta, fumando un porro debajo del agua, con fuegos artificiales en el cielo, y su hija, feliz, recién casada. No existe mejor resumen de su vida y, aunque vendrán malos momentos al poco tiempo, nada será lo suficientemente fuerte como para despertarlo del sueño eterno en el que está inmerso.

“Él es de otra dimensión”, dice su mujer en un momento. El esposo de su hija dirá que no lo entiende, que no sabe qué le pasa. Hacia el final, Moondog destraba su bloqueo creativo y escribe un poema sobre su pene que lo termina consagrando en las altas esferas de las letras. Por más que lo intente, no hay nada que le salga mal. Desde hace ya algunos años, a Korine tampoco. Su cine no hizo otra cosa más que crecer a medida que fue poniendo frente a su cámara las expresiones de unas vidas en extasis. Y así fue encontrando la felicidad que acaso siempre buscó: filmar la nada como la cosa más preciada a la que un humano puede aspirar.

Publicado originalmente en La vida útil Nº2, versión impresa.

La entrada Un rey particular – The Beach Bum se publicó primero en La vida útil.

]]>
https://lavidautil.net/un-rey-particular-the-beach-bum/feed/ 0
Apuntes en 128 bpm – We are your friends https://lavidautil.net/apuntes-en-128-bpm-sobre-we-are-your-friends/ https://lavidautil.net/apuntes-en-128-bpm-sobre-we-are-your-friends/#respond Sun, 24 Jul 2016 15:25:22 +0000 http://lavidautil.net/?p=73 Por Lautaro Garcia Candela “¿Así es como ellos dicen que el futuro se supone que debe sentir?” Jarvis Cocker, Sorted For E’s & Wizz 1. Una posible puerta de entrada para We are your friends que escape al cinismo podría ser la absoluta fotogenia de sus protagonistas. Démosle un premio a Zac Efron y Emily Ratajkowski por ser […]

La entrada Apuntes en 128 bpm – We are your friends se publicó primero en La vida útil.

]]>
Por Lautaro Garcia Candela

“¿Así es como ellos dicen que el futuro se supone que debe sentir?”
Jarvis Cocker, Sorted For E’s & Wizz

1.

Una posible puerta de entrada para We are your friends que escape al cinismo podría ser la absoluta fotogenia de sus protagonistas. Démosle un premio a Zac Efron y Emily Ratajkowski por ser la pareja más linda de Estados Unidos y disfrutemos el vértigo que proponen cada vez que aparecen. Están en estado de gracia, al borde de sus posibilidades, siendo y asumiendo el centro de toda imagen que los encierre. Se miran y se besan con confianza, se apoyan mutuamente, prenden fuego todas las relaciones a su alrededor. Tensando la cuerda, podría decirse que se complementan. Emily progre, mestiza y militante de Bernie Sanders; Zac que con el tiempo dejará salir su costado redneck mientras va al gimnasio y se prepara para Baywatch. En sus carreras, gracias a su belleza, pareciera no haber sombras en el camino pero, como todas las estrellas emergentes, tienen a la vez un riesgo y una oportunidad: aprovechar ahora, mientras sean jóvenes y populares. Esa urgencia, la de la fugacidad de los años, se encuentra en el corazón de la película.

Cole (Zac) es un joven DJ que toca a veces en el club que trabajan sus amigos, que son tres, de variados colores, y los cuatro parecen ser muy unidos (uno tiene el clásico póster de Scarface con el slogan cambiado; el mundo no es mío, es nuestro). Ellos viven pensando y planificando ese bendito jueves en el que salen a bailar. Son los clásicos Don Juan no sólo por su poder de seducción, que es mucho y arrollador, sino por su insistencia con sus salidas. Son estetas que van de noche en noche, de conquista en conquista, de canción en canción. Pretenden eludir la repetición y conseguir algún objetivo, poco claro en su acotado lenguaje, que se actualiza en vagas frases eufóricas: “Este es mi momento preferido de la noche, justo antes de que todo empiece”. Lo particular, la experiencia sin más se les vuelve insoportable, por eso su aversión a lo que sucede durante el día, a arreglar el techo, a trabajar en un perverso call center, a todo lo que no tenga música de fondo y drogas que modifiquen su percepción.  Cole conoce por casualidad a otro DJ, James, más reconocido, que lo aloja bajo su ala, lo equipa, le da consejos, y trágicamente le presenta a su novia Sophie (Emily) que a su vez le ofrece silenciosamente toda la pasión del mundo en la primera mirada. Entre los DJ’s hay cierta desconfianza y respeto: uno piensa que el otro se vendió, al otro no le convence eso que le hizo escuchar Cole a través del altoparlante de un celular una mañana de resaca.

We are your friends avanza derecho en dos niveles: por arriba, la línea narrativa de Cole que va escalando en la industria musical e intensificando la relaciones con la pareja que acaba de conocer y posteriormente desarmará; por debajo, el lastre de sus amigos que dificultan su carrera, metiéndose a sus fiestas y distrayéndolo con fiestas de poca monta y mensajes de difuso compromiso grupal. Esa lógica logra desarmarse hacia el final, de una manera un poco mentirosa o confusa, demasiado pegado al aprendizaje moral. Ya veremos.

1d0e94eebae43b7ad67f9ed69fd1ea55

2.

“Las películas de cine son documentos de historiador para guardar en los archivos: cómo interpretaban la comedia, en 19…, el señor X o la señorita Y”

Robert Bresson, Notas sobre el cinematógrafo

A modo de apunte, se podría hacer un conteo de actores sub-35 que hacen valer su juventud y su presencia desconociendo en su genealogía a la generación inmediatamente anterior, de la que son parte Clooney, Pitt, Angelina, Bullock, Depp, Norton, Bale, Di Caprio, Phoenix. Esta es una generación de actores consciente de su poderío físico y sólo físico, cerca de los años 30, 40, 50, que era pura superficie. Emma Stone, Emliy Ratajkowski, Jennifer Lawrence, Greta Gerwig, Channing Tatum, Adam Driver, Zac Efron, Ryan Gosling. Ellos no tienen ese historial de cambios histriónicos que demandaba el star-system del nuevo milenio, no tuvieron necesidad de engordar o adelgazar drásticamente informando de lo dramático del proceso o de acercarse a personajes lejanos en lo social o lo histórico, sino que simplemente se enfocan en el gag y en la insistencia de su rostro que excede al personaje que les toca. Y cuando lo intentan, fracasan drásticamente: American Hustle (David O’Russell, 2013). Eso no significa que se mantengan al margen de la industria o que enarbolen las banderas de cierta independencia, el norte siempre estuvo claro y sin complejos. Lo dice Ollie, el más carilindo del grupo, con aspiraciones en Hollywood, no soy un actor, soy una estrella.

Desoyendo la malicia de Bresson y forzando sus dichos, es verdad que toda actuación queda fechada, como documento de un presente que es imposible de evadir, como una forma de moverse, de mirar, de caminar. ¿No es algo meritorio condensar algo, aunque sea un destello, del torrente de imágenes e informaciones actuales en un gesto? No hay tanto actor-studio ni Stanislavski. Esta es la primera generación que desoye esas voces acartonadas que vienen desde la psicología y sus derivados. Las grandes tragedias quedan lejos de Nueva York y los nuevos actores no vienen de Chéjov sino de la danza, del modelaje, del ejército, del striptease (¡!).

Preferimos fotogenia por construcción de personaje. Cole y Sophie finalmente consuman su amor bajo una falsa torre Eiffel (que puede ser el inicio de muchas ideas sobre lo artificioso de la película) y allí el cine muestra todo su poder de fabulación al mismo tiempo que documenta algo muy específico: dos personas en el súmmum de la belleza amándose fugazmente en un entorno que no terminan de comprender.

93e8a865af98072041a25620351d3058

3.

“Los románticos, en cambio, habían descubierto en la juventud un argumento estético y político. Rimbaud inventó, a costa del silencio y del exilio, el mito moderno de la juventud, transexual, inocente y perversa. Las vanguardias argentinas de la década del veinte practicaron un estilo de intervención que luego fue juzgado juvenil; en cambio, Bertolt Brecht nunca fue joven, ni Benjamin, ni Adorno, ni Roland Barthes. Las fotos de Sartre, de Raymond Aron y de Simone de Beauvoir, cuando apenas tenían veinte años, muestran una gravedad posada con la que sus modelos quieren disipar toda idea de la inmadurez que fascinaba a Gombrowicz; éramos jóvenes, dice Nizan, pero que nadie me diga que los veinte años son la mejor edad de la vida.”

Beatriz Sarlo, Escenas de la vida posmoderna

Es ese el problema: cómo sufrir o disfrutar la juventud que estamos viviendo. Cómo ser joven cuando todos se asumen como tales: conductores de televisión, marcas de gaseosa, jugadores de fútbol, presidentes usando Snapchat. Tiene buena fama ser joven. Nos llegan voces que nos dicen que esta es la mejor época de la vida, con ciertos preceptos a cumplir, y que sólo resta esperar la vejez. Quizás haya que desconfiar de esas voces y ser como Adorno y Benjamin, dejar de reír, volverse totalmente serio para poder acceder a algo que se acerque a una experiencia sin mediaciones.

Contra todas las apuestas, We are your friends tiene una pista. Existe una pregunta, en el fondo de la película, sobre las maneras de vivir.  Los cuatro amigos no tienen perspectivas universitarias porque ya se pasaron un poco de la edad permitida para ser admitidos en una, por eso trabajan, pensando en alquilar juntos un piso como cuartel general de operaciones, es decir, de fiestas, que es su horizonte último. Están disconformes consigo mismos. La idea de juventud o de adolescencia tardía que encarnan estos personajes es la de la mayoría de los mensajes mediáticos y consiste en la falta de vocación, con poca asimilación de los mensajes del mundo, de sus exigencias y responsabilidades. Ser joven es no tener memoria, no tener referencias, no conocer la historia, ser leve y superficial porque luego el tiempo se encargará de agravar todas las situaciones, ¿para qué adelantarlo?

Pero a la vez, si logramos sacarnos los prejuicios y entramos al cine, estos jóvenes también son magnéticos, por su belleza o por su inquietud. Son frágiles, se los lleva el viento, que sopla con una sola pregunta: ¿podemos ser mejores que esto? A todos menos a Cole les falta vocación.

El inicio de la película es magistral: unos planos de la computadora del DJ que en su cuarto está sintetizando algunos pasajes de su track, con auriculares bien pegados a las orejas. No hay palabras que medien esta situación, no hay verbalización posible al menos en esta etapa del proceso compositivo. De la vocación es muy difícil dejar escrito algo. Vemos algunas perillas que se mueven y un sonido que varía con su movimiento. Sólo queda observar, seguir paso a paso un proceso creativo que tiene su cuota de ciencia y sapiencia. En realidad, sólo sentido cavernícola, matemática básica y biología de noveno grado. En Cole coexisten juventud y vocación: por eso desarma las categorías vetustas que tan cuidadosamente se armaban en los párrafos anteriores. Cuando parecía que en esa primera escena podría llegar a un buen track, lo interrumpe su amigo Mason que se pelea con un Relaciones Públicas por la ganancia que obtendrá con cada chica que lleve.

Hay que ser joven, hay que ser joven a pesar de los jóvenes, y dejar de pensar que la juventud se desperdicia en los jóvenes, como dicen dos películas cercanas a esta y que comparten muchas cosas: Begin again (John Carney, 2013) y While we are young (Noah Baumbach, 2015). A quién le importa si después la película termina con un mensaje moralista sobre cómo vivir, si el chico se queda con la chica o si los demás logran más o menos conseguir un trabajo estable y quedar con la moral limpia dándole los ahorros a una familia que los necesitaba más. O incluso si se mata a un pobre personaje para que los demás aprendan la lección. Aunque el final sea demasiado conclusivo, la narración ya estaba herida por su propia intensidad y el daño es irreparable.

d571d2f6e34774f618be23ca4c2da2e0

4.

En Buenos Aires, año 2016, una fiesta de origen alemán, se llama Time Warp. Por negligencia estatal, por mala fe de los organizadores, por irresponsabilidad infinita de los controles, lo que podría haber sido un buen rato se convirtió en tragedia: y con esa circunstancia se hace presente el elefante en el pasillo que existe desde hace más de quince años. Lo que en un principio era incomprensión, porque estamos acostumbrados a la variante folklórica del rock, se vuelve miedo, represión, prejuicio. Entonces se hacen presentes allí los cuervos mediáticos que banalizan toda discusión, lanzando discursos que de tan moralizantes se vuelven vacíos. Gracias a ellos, lo tabú (las drogas y su consumo, indiscernibles de una cultura y una experiencia) sigue siendo tabú por su sobreexposición, por saturación y ya no por ocultamiento.

Es innegable que no es sólo música, así como tampoco lo era el rock and roll (y es imposible pensar una continuidad entre ambos géneros: no hay serie, hay corte, profundo, sobre la experiencia). La música electrónica tiene orígenes difusos ya que el término sólo supone unas condiciones de producción, es decir, predominancia de la técnica, ya sea analógica o digital y constituye una percepción guiada por cierto ritmo y textura en las armonías. A vuelo de pájaro, también podemos decir que es fuertemente repetitiva, sin la división clásica entre canciones, sino que existen tracks, sin una idea fuerte de autoría (toda canción es pasible de ser remixada por otro artista). Para su correcta apreciación se puede escuchar con auriculares, pero nada supera, como en cualquier otro género, la interpretación en vivo y más aún, el lugar ideal lo proveen los grandes festivales de electrónica que se hacen alrededor del mundo, incluido Argentina. Ellos, acorde al mundo post-capitalista, no venden otra cosa que una experiencia (globalizada y en serie).

“Escuchar una música que ningún ser humano podría tocar sin ayuda de las máquinas; bailar más horas de las que el cuerpo aguantaría si no fuera por la droga; experimentar sensaciones que nunca antes sentiste”. Todas las experiencias que rescata Enzo Maqueira no pueden ser explicadas por las sensaciones provocadas por la música o por las drogas si las tomamos de manera aislada. “En la noche crees que todos son tus amigos. Muchas veces te das cuenta de que no es tan así”. En su crónica no se abstiene de hacer comentarios antropológicos y arriesga teorías que hablan sobre estas fiestas como experiencias de clase, frutos de la alienación, lo que no deja de ser una actitud arriesgada, por no decir totalmente inconducente. “En un momento de la vida no le tenés miedo a nada: ni al futuro ni a la muerte ni al día después. Cuando empezás a tener miedo quiere decir que ya es tarde para vos. Por más que a tu alrededor estén viviendo la mejor fiesta del mundo, vos ya perdiste tu lugar”.

42

5.

“La ruptura de la temporalidad libera súbitamente este presente temporal de todas las actividades e intencionalidades que lo llenan y hacen de él un espacio para la praxis; aislado de este modo, el presente envuelve de pronto al sujeto con una indescriptible vivacidad, una materialidad perceptiva rigurosamente abrumadora.”

Frederic Jameson, El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado

Por poca meditación o por habilidad autoconsciente, el director Max Joseph utiliza los mismos elementos que cualquier realizador joven, a saber: montones de música, preciosismo extremo de la imagen –a niveles publicitarios-, relatos desbalanceados narrativamente, y desfachatez para sortearse todo tipo de tabú y poder mostrar cualquier exceso. Pareciera ser que existe un Código Hays inverso que asegure cierto tipo de transgresiones para el estreno comercial de una película en Estados Unidos. Y sin embargo We are your friends no es otra tonta película americana, suponiendo que tal categoría exista.

Antecedentes del lado malo en la variante comercial, Project X (2012, Nima Nourizadeh) y en la variante más reaccionaria de cine de autor, todo Xavier Dolan; del lado bueno aparecen Spring breakers (2012, Harmony Korine) y The bling ring (2013, Sofia Coppola), que logran darle a sus relatos distancia crítica si se afina el ojo.

Esta es la película de un esteta. Todos los planos que la componen tienen una cadencia, un ritmo, que se corresponde con el de la música electrónica y que son parte una percepción moldeada por ella. Las imágenes no tienen profundidad, nada para leer dentro de ellas ni en relación a lo que viene antes o lo que viene después: todas surgen por sí solas, sin que nadie las haya llamado ni justificación dramática. Cuestiones técnicas: leve temblor de la cámara en todos los planos, dándole dinamismo a momentos que no lo necesitan pero que ¿por miedo al aburrimiento? aparece de todas formas; el foco demasiado blando, sólo podemos ver lo que está en un primer término; y por eso los planos duran tan poco, ¿tres, cuatro, cinco segundos? Son incapaces de encadenar un raccord, reconstruir el espacio en el que están los personajes, o sistematizar algo que se parezca a la puesta en escena. Quizás ese sea el único sistema: la falta del mismo.

Ese desorden es el que da cuenta de la experiencia en las raves. Del que vive la eternidad en el instante, el que tiene déficit de atención (diagnóstico contemporáneo para un problema de siglos), el que quiere eludir la repetición, pero a la vez la abraza como modo de vida. Vive al día a costa de un futuro seguro y sus garantías. Insiste sobre lo mismo, buscando una idea general en algo particular, en la propia experiencia. Busca lo infinito en el instante. Busca la fiesta cuando va a una fiesta. ¿Qué es sino la experiencia instantánea que ofrece la Creamfields o la propia Time Warp? El repetitivo beat de la música electrónica como el advenimiento tangible y arrollador del puro instante, un momento fugaz que se disuelve rápidamente para volver a aparecer casi inmediatamente, el ritmo que va marcando la aparición y la desaparición de la conciencia que ya esa altura es tan resbaladiza e intangible, tan difícil de atrapar. La percepción al borde de la esquizofrenia, que se mezcla con una memoria azarosa, caprichosa, y responde a la armonía y a la melodía de lo que está sonando, que no es otra cosa que la textura y lo cualitativo de cada DJ.

Lo que vemos en We are your friends puede resultar banal si se lo recibe como momentos aislados. Toda la historia se apoya en pasajes, momentos fugaces sin profundidad, imágenes de stock que podrían pertenecer a cualquier videoclip de poca inventiva, pero la narración se ocupa de darle peso a cada instante. Max Joseph tuvo una idea. Una textura de imagen demasiado común en publicidad y demás producciones audiovisuales contemporáneas tiene un correlato directo que nunca había surgido de manera crítica y concienzuda: la música electrónica, con toda su carga simbólica. Cierta armonía surge y no la habíamos visto antes. Había estado delante de nuestros ojos, pero siempre desplazada, nunca en un contexto en el que podamos entender estas imágenes. La última escena es ejemplar, donde cada sonido que va incorporando Cole en su track es disparado por un recuerdo, por una experiencia pasada. Quizás demasiado narrativa, demasiado lineal, sí. Pero gracias a esa secuencia hay una barrera que es posible romper: la de la incomprensión de los más viejos que encuentran en la música electrónica sonidos sintetizados, sin alma, deshistorizados. En su computadora, cada sample que dispara es deudor de una situación particular de la película. Y en su impulso, destruye la nostalgia de los cinéfilos que añoramos la duración promedio de un plano en 1950. Al final, el set del incipiente DJ es totalmente exitoso para todos.

52

6.

¿Cómo llegué hasta acá? Zac Efron en el making of dice que esta es nuestra generación y esta es nuestra música. Quizás eso sea lo que sea tan efectivo para apelar directamente a los jóvenes, que no pueden desviar la mirada (o sí se pudieron). Por un momento, casi por equivocación diría, en We are your friends se arma un esbozo de épica de una generación, que a su vez se construye con más voces, algunas más independientes, otras más serias, con otro tipo de música y otros recursos de la puesta en escena. Cuando una película vibra al tocar tangencialmente un punto, infinitamente pequeño, de la realidad, es por razones externas al cine, pero a la vez le debe todo a él.

Recordé los GIF’s que el BAFICI este año les encargó a algunos cineastas argentinos sobre sus propias películas. La mayoría fueron ejercicios malogrados, como resultado de dos formatos en disputa que no encontraban sus puntos en común. El pasaje resultaba tosco y lineal: la lógica del GIF no es fácilmente asimilable a quien no vive en Internet. Probablemente, sin que los veamos, estén surgiendo cineastas que incorporen esas lógicas a su lenguaje, que incluyan en sus películas cosas todavía inimaginables. We are your friends hace su trabajo dentro de sus posibilidades, moviendo y forzando el barómetro de lo mainstream, asfaltando el camino para cuando lleguen los realmente jóvenes.

La entrada Apuntes en 128 bpm – We are your friends se publicó primero en La vida útil.

]]>
https://lavidautil.net/apuntes-en-128-bpm-sobre-we-are-your-friends/feed/ 0