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SSIFF 2023 (04) – El auge del humano, de Teddy Williams

En esta cuarta entrega desde el Zinemaldia, nuestro cronista de sienta frente a El auge del humano a preguntarse por lo que ve y escucha.

Por Marc Torres Vallverdú

La cámara parece seguir unas siluetas humanas a través de la vegetación. Escuchamos susurros en un idioma desconocido, las voces están demasiado cerca para que provengan de los cuerpos en pantalla. Pasamos del bosque a las dunas, una playa, quizás. La imagen distorsionada del ojo de pez hace difícil juzgar las distancias. Los susurros siguen,  la cámara panea y sin tiempo para el parpadeo somos transportados en mitad de lo que parece una gran llanura. Unas construcciones parecidas a iglús se levantan cerca de los pocos árboles que crecen en el lugar. Anochece. El lugar y el tiempo se han desplazado sin corte alguno.

Así son los primeros minutos de El Auge del humano 3, la nueva película de Eduardo Williams, secuela de su primer largometraje El Auge del humano (2017) y que se presenta en la sección Zabaltegi-Tabakalera del Festival de San Sebastián. Igual en que en la primera parte, la película (per)sigue a grupos de jóvenes situados en lugares muy diferentes del globo (Perú, Taiwán, Sri Lanka) atendiendo a sus conversaciones y derivas por el entorno urbano y natural. Mientras que la anterior película está dividida en capítulos  que coinciden con los espacios geográficos que ocupan los personajes, conectados literalmente por conductos subterráneos, la secuela fluye indiscriminadamente entre regiones, personajes e idiomas. La cámara viaja y con ella los personajes y sus susurros. Gracias a la tecnología de captura en 360º y la edición invisible entre tomas, una conversación iniciada en Perú por el grupo de jóvenes peruanos es continuada en Taipei por estos mismos chicos, recuperada en cantonés por el grupo local para, finalmente, desembocar en Sri Lanka. La cámara, conectada físicamente al operador, actúa como un ente protésico capaz de contorsionar el espacio-tiempo de manera similar a cuando operamos la “cámara” del Street view de Google Maps. En este sentido, la película se emparenta con todas aquellas películas contemporáneas que tensionan los límites del lenguaje cinematográfico a partir de su exposición a las técnicas y estéticas de imágenes que no están destinadas a priori para la gran pantalla (si aún se puede seguir hablando en estos términos), como las imágenes médicas de De humani corporis fabrica (Casting-Taylor y Paravel, 2022) o las imágenes virtuales de Parallel I-IV (Farocki, 2014). 

Cabe preguntarse dónde queda lo humano en este auge tecnológico. En este flujo constante, en esta permutación digital de cuerpos, lugares y hablas la sensación es que cualquier cosa es intercambiable por cualquier otra. Los cuerpos se intercambian pero no podemos reconocerles nunca bien, los lugares se suceden pero no tenemos acceso a la relación de los personajes con ellos, las voces se solapan sin saber quién es el hablante. Lo humano convertido en una cacofonía globalizada, cualquier seña de identidad particular supeditada al movimiento protésico de la cámara. Pero opuesto a este movimiento homogenizador hay otro: el de la creación de una comunidad. En la iteración final de este viaje, todos sus protagonistas se reúnen en un mismo paraje (convenientemente parecido al fondo de pantalla del Windows XP). Es aquí donde, finalmente, se advierte un punto de fuga. No es casualidad que el gesto final sea el de desencajar la cámara de su soporte y dejarla rodar por la ladera del monte.

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