patrizia cavalli archivos | La vida útil https://lavidautil.net/tag/patrizia-cavalli/ Revista de cine Sun, 17 Aug 2025 13:46:29 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.6 https://lavidautil.net/wp-content/uploads/2017/11/Icono-web-150x150.jpg patrizia cavalli archivos | La vida útil https://lavidautil.net/tag/patrizia-cavalli/ 32 32 Viaje al país de los jóvenes https://lavidautil.net/viaje-al-pais-de-los-jovenes/ https://lavidautil.net/viaje-al-pais-de-los-jovenes/#respond Sun, 20 Jul 2025 14:53:10 +0000 https://lavidautil.net/?p=14537 En el microcentro porteño se transita el invierno mileista reviviendo costumbres pasadas, pero no lejanas.

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En el microcentro porteño se transita el invierno mileista reviviendo costumbres pasadas, pero no lejanas. Los jóvenes vuelven a ocupar las galerías, bares y antros: el fin de semana pasada la revista Los años 20 organizó un evento llamado “Mamotretos Argentinos”, una noche de invenciones escénicas y musicales pensada a partir de un texto de Milagros Porta publicado en su primer número, “Una defensa del Mamotreto”. Porta escribe sobre la ambición estructural y cómo produce mamotretos. El evento fue en la mítica Galería del Este, de lo poco que queda de lo que alguna vez se llamó Manzana Loca, un conjunto de calles en las cuales en los 60s y 70s se vivió historia del arte del país (hay gran un texto sobre esto by García Candela en el último número de la revista), épocas de intensas bares, galerías, el Instituto Di Tella (que vuelve al microcentro pero a Catalinas Norte, algo que quizás pudo prever ¿Qué es el otoño? de Rodolfo Kuhn: la extensión del microcentro después como farsa).  

En esa noche de mamotretos me quedé casi atornillada a una silla en la presentación quizás más mamotrética (¿mamotreta?), La novela de la lujuria, de Julián Cnochaert y Victoria Fini. Al fondo, contra una reja que corta esa especie de estuario promiscuo en el que la Galería del Este se convierte en la galería Embassy (la geografía del microcentro es así: calles paralelas unidas por galerías como pasadizos más o menos secretos que a la noche se esfuman) había una mesa, unas copas y una persona leyendo. De a tramos de media hora se leyó una novela erótica anónima que contaba las andanzas sexuales de un tal Charlie, iniciado a los 14 años por una recién casada separada de su marido al poco tiempo de la luna de miel. En las partes que escuché habla Charlie, y también otras personas: dos amigas que a través de sus cartas cuentan sus andanzas, frustraciones y recuerdos de adolescencia juntas, manoseándose en la escuela. Cada lectore traía un subtono al tono de la novela, eufóricamente descriptivo y gracioso. El público, parado o sentado en una especie de ronda de sillas y almohadones, escuchaba embelesado, de una manera tan sensible que una persona que llegaba o que se iba transformaba también el tono de todo lo que sucedía: las formas de reírse de unos u otros (cómplices, sorprendidas, a veces felizmente incómodas con lo que escuchaban) afectan profundamente al texto. 

Bar Moderno y Manzana Loca, Roberto Jacoby, 1967

Por todos lados en la galería había gente reaccionando a estas exploraciones escénicas hechas en rincones o detrás de los vidrios de locales vacíos, o sentadas alrededor de una mesa tomando y conversando a los gritos de todo tipo de cosas: universidades públicas y privadas, erotismo, mamotretos cinematográficos, orígenes de las ideas. El promedio de edad de la gente era el que la revista anuncia, el amplio espectro de los 20. O sea: gente nacida cerca de los 2000, un poco antes, un poco después. Gente que vivió la pandemia muy joven, cuyos primeros recuerdos políticos son muy distintos a los nuestros, gente de los años 30, con nuestros 2001 y décadas ganadas. Quizás por haber sido joven en esas épocas (o porque nunca quise ser joven, ni siquiera de joven), la juventud como valor siempre me pareció algo terrible, mercantil, sobre todo en las artes. Pero para los jóvenes de la década perdida, y sobre todo en Los años 20, la juventud no es tanto el tema, sino el punto de vista. Autoproclamarse generación en vivo, y examinar los objetos culturales que produce es una forma de agruparse alrededor del tiempo en el momento en el que el tiempo se mueve quizás de las maneras más extrañas hasta ahora. Es lo contrario de la abulia: pensar lo que está pasando, para que pase. 

No muy lejos de ahí, a cuatro o cinco cuadras, funciona el Cineclub Florida, en el que hay función casi todos los días. El domingo puede que haya habido una función de Picnic (1955) de Joshua Logan, organizada por nuestra revista de treintañeros, pero a cargo de una integrante de la revista que sí es de la generación neo-microcentro, Lucía Requejo. En la presentación, Requejo habló del tecnicolor como exaltación de la fantasía total, en las antípodas del realismo, algo que se puede pensar cerca de la ambición estructural. El tecnicolor podría ser el mamotreto del color. Requejo habló también de Patrizia Cavalli, una poeta italiana que comenzó a escribir poesía de adolescente, después de ver Picnic. Cuenta Cavalli en una entrevista que vio la película en quinto grado y se enamoró perdidamente de Kim Novak después de ver una escena en la que Novak baja las escaleras, rubia y hermosa, golpeando las manos al tiempo de la música que está sonando, y William Holden la mira fascinado, dejando a la mujer con la que estaba bailando para bailar con ella. Cuando Cavalli salió del cine comenzó una huelga de hambre porque no iba a poder conocer nunca a Kim Novak, y después de eso escribió dos poemas. Uno de ellos se llama “Si Kim Novak muriera” y escribe: “¿dónde están mis ropas negras?¿dónde está el duelo que se ve en el afuera?¿No está ahí? Bueno, no importa. Tendré duelo precoz en este corazón hondo”. 

Galería del Este

Patrizia Cavalli cuenta en esa misma entrevista cómo se hizo amiga de Elsa Morante casi 20 años más tarde, cuando Morante estaba trabajando en La historia (mamotreto maravilloso). Cavalli cuenta de los almuerzos que Morante tenía con varios amigos jóvenes, a los que invitaba a comer y tomar helado, y que después la acompañaban caminando hacia su casa, donde escribía hasta largas horas de la noche. La historia acompaña la vida de una mujer viuda que tiene un hijo adolescente que queda embarazada después de que un jovencísimo soldado alemán la violara en su casa en la Segunda Guerra Mundial. La novela se concentra entre los años 1941 y 1947, pero piensa en realidad la historia del siglo hasta antes del 68. Los capítulos van por año, y antes de empezar la parte ficcional hay segmentos que enumeran eventos históricos con la velocidad de una ametralladora. Hay un momento de esa enumeración hacia el final, ya muy entrada la posguerra, en el que pienso todos los días: 

Los productos artificiales (plásticos) ajenos al ciclo biológico transforman la tierra y el mar en un depósito de desechos indestructibles. Se amplía cada vez más, en los territorios del mundo, el «cáncer industrial» que envenena el aire, el agua y los organismos y asedia y devasta los centros habitados, al igual que desnaturaliza y destruye a los hombres condenados a las cadenas en el interior de sus fábricas. 

Está casi al final del libro: después de contar una tragedia histórico-personal, y una serie de eventos como la bomba de hidrógeno y las guerras de Corea y Argelia aparece, con una velocidad apabullante, el plástico. Un elemento ajeno al ciclo biológico que transforma el paisaje planetario de manera permanente. Qué siglo el XX, qué siglo, el XXI, siglos de catástrofes permanentes en la composición del planeta. Sustancia que a la vez vehiculiza tantas cosas: el tecnicolor, por ejemplo, de alguna u otra manera. Es una intersección: entre lo horrible y lo que posibilita (quizás como la intersección entre dos galerías). Picnic vive también en esa intersección y quizás ahí se encuentra la potencia de su desborde. Digo desborde como se puede desbordar una represa: un torrente incontrolable. Un melodrama que sucede todo en el día del trabajador de los yanquis, el primer lunes de Septiembre, el día antes de que empiecen las clases. Es el fin simbólico del verano, el momento en que suena el silbato para volver a la fábrica, ese día es el que se vive con la mayor de las intensidades. 

En ese tiempo suspendido, la última noche de libertad antes de que la vida vuelva a empezar como un torrente de eventos como los de La Historia, dos personas hacen un tajo en el papel que les tocaba a todos hacer y vivir. Los seres humanos son seres de deseo, atrapados en la lucha de clases, escribe Serge Daney sobre Jean Gremillon. Hay algo de Jean Gabin, rostro y manos frecuentes de Gremillon, en William Holden en Picnic. Un hombre que llega al pueblo subido a un tren de carga, que no tiene más que las botas que le dejó su padre borracho y una camisa sucia con la que le da vergüenza presentarse en la casa de su amigo rico, último recurso de supervivencia. Un hombre que se cruza con una mujer joven, 19 años, a la que le dicen todo el tiempo que tiene que apurarse para que no le quede el pescado sin vender y una vida de miserias. También con una mujer madura a la que le quedan pocas balas pero muchas ganas, y otra muy mayor que sólo quiere que pasen cosas, porque sabe que la vida es eso, y en el mucho tiempo que vivió pasaron pocas. Estas personas se cruzan porque estas mujeres viven al borde del pueblo, y al borde del pueblo queda también el tren. Todo un desborde en Technicolor posibilitado por algo terrible: que los días libres sean escasos. 

Mientras el centro de la ciudad se llena (esperemos) cada vez más seguido de día, manifestación a manifestación, a la noche pasan estas cosas. Pasan muchas más. Hace unos días Esteban Belloto, cineasta y guía de la ciudad, me habló de Sealand, una nación autoproclamada, fundada en una plataforma marina abandonada en el mar del norte. Un país alternativo construido sobre un pedazo de basura industrial gigante. Belloto organiza las caminatas Memorias del humedal, que recorren la historia del agua de esto que llamamos la ciudad, oculta, tapada, rellenada por décadas y décadas de “desarrollo” inmobiliario. Una de sus caminatas, que va desde un borde inicial del microcentro, el ahora ridículamente llamado Palacio Libertad (otrora CCK y, más allá, el Correo Central), se visita la Reserva Ecológica, espacio fantástico hecho sobre escombros de viejos pedazos de la ciudad. Son caminatas que recorren las capas de piel de la ciudad, que viven en esas intersecciones entre lo fantástico y lo terrible de vivir el trazado urbano, sobre láminas de intervenciones e historia. Como La historia, como Picnic, como el microcentro o la juventud. Como lo que pasa en la ciudad en el invierno mileista: la imagen obvia, magnífica y persistente de unas plantas creciendo en las hendijas del cemento de un distrito financiero. Habrá que ocuparla cada vez más, con todos sus tironeos. 

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