Me invitaron a escribir sobre una peli de Romero viéndola antes de que se pase un fílmico en el Cineclub, osea que el único acceso a esta película olvidada —incluso en la filmografía de su director— es recogerla del fondo de un montón de píxeles lo-res y sonidos destartalados. Tenemos nuestro gran acervo de copias de calidad basura y hay que tener una actitud medio arqueóloga para ver una de ellas y rescatar algo de la película que supo ser. ¿Niní Marshall sería acaso mucho más divertida de lo que ya nos parece si pudiéramos ver su rostro bien definido gesticulando y no estar unos minutos descifrando qué quiso decir con sus marcados acentos y modismos? ¿O capaz descubrimos que al final llenamos mucho de lo que faltaba con algo mejor que lo que se encontraba allí escondido? Mi inclinación siempre será creer en la primera opción y con suerte me enteraré viendo la peli en fílmico en unos días.
Esta película se llama Porteña de corazón y con ese nombre imaginé que iba a poder escribir desde un punto de vista cordobés sobre la más porteña película del porteñísimo Romero. Pero resulta que el nombre es una sinrazón, la película va de médicos y si no fuera porque efectivamente sucede en Capital Federal, no hay relación alguna con ese título. Lo que sí hay es un personaje comic relief cordobés que dice macanudo con acento marcado (palabra vieja que nunca había escuchado con la tonadita). Igual sobre esta caricatura —que contrasta con el doc galán porteño, noble y carilindo— no tengo realmente nada que decir, desde mi lugar de cordobés no estoy ni ofendido, ni interpelado, ni me di cuenta que el actor era un porteño imitando la tonada.
¿Entonces qué decir de esta película de Romero? Es de su período “tardío”, le faltaban seis años para morir y once películas para dirigir (incluyendo algunas muy queridas, como El hincha o Valentina). La película comienza en el hospital donde el conflicto de clases típico de Romero se presenta de inmediato: un doctor proveniente de la clase alta decide trabajar en ese hospital público contra los deseos de sus padres, que lo quieren casar con una mujer de sociedad y que comience a trabajar en la muy lucrativa clínica privada del padre. Hay en este punto una diferencia grande con las otras películas romerianas que vi de temática parecida: en el corazón de este protagonista de clase alta ya está todo resuelto, no tiene nada que aprender, ningún sincretismo interclases que alcanzar, una moral ya intachable y la afirmación sin reparos de “hubiera preferido nacer de padres obreros”. El conflicto entero de películas como Mujeres que trabajan o La rubia del camino es así totalmente salteado, ya pasó, está fuera de campo, ya masticado. O capaz Romero piensa que su público ya lo conoce bien, que vió sus otras películas y ahora el relato puede comenzar desde este otro punto, que ya ha habido muchos años de peronismo (los ejemplos que nombraba antes son previos a su gobierno) y no ve proyectarse la sombra inminente de la Revolución Libertadora que lo pudiera hacer pensar que hay que seguir insistiendo con el eterno nudo a desenredar (o cortar a destajo) de los conflictos de clase. Como decía, el galán ya sabe cómo es la cosa, ya tuvo su despertar de conciencia de clase y tampoco parece generarle mucho conflicto el quiebre con su entorno anterior.
¿Entonces qué queda por suceder en la película? Una especie de coda. El melodrama se ve como gastado (apenas un esbozo de conflicto: la chica de clase popular no quiere que el doc pierda sus privilegios de clase) y es el ritmo de Niní Marshall el que toma la película y la sostiene. En este modelo de historias su personaje solía ser el secundario (al menos en Mujeres que trabajan) o servía para facilitar otra historia más seria que sucedía en paralelo (como en Hay que educar a Niní de Luis César Amadori), pero acá lo que pasa es que aquel mismo escenario inicial —el mismo de una de sus pelis de los años 30— ahora contiene a una Niní que ya hizo Yo quiero ser bataclana, es decir, que ya es una estrella. Que galán ni que galán, que mocita buena y humilde o dama de alta alcurnia de dudosa moral, la estrella es Niní. Terremoto de chistes exagerados que no pueden dejar de comentar los hechos y las caricaturas, dones de humorista radial que le dan al drama y romance argentino la distancia necesaria para que funcione esa teatralidad con la que están construidos. Quizá su único equivalente en el cine clásico norteamericano es la Katharine Hepburn de La adorable revoltosa, desarma cualquier línea recta y seria que una película quiera tener. Con la presencia central de Niní al conflicto de clases no hay que resolverlo, sino meterle púa con unos chistazos.

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