Nuria Silva archivos | La vida útil https://lavidautil.net/autor/nuria-silva/ Revista de cine Sun, 06 Sep 2026 14:27:04 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.8 https://lavidautil.net/wp-content/uploads/2017/11/Icono-web-150x150.jpg Nuria Silva archivos | La vida útil https://lavidautil.net/autor/nuria-silva/ 32 32 El hincha (1951) https://lavidautil.net/el-hincha-1951/ https://lavidautil.net/el-hincha-1951/#respond Sun, 06 Sep 2026 14:27:04 +0000 https://lavidautil.net/?p=15316 Romero arma un mundo en el que la comedia física, el melodrama, la exageración, la tragedia y el chiste pueden convivir sin pedir permiso. Los cuerpos entran y salen de la escena como si pertenecieran a un escenario popular en el que todo puede ocurrir al mismo tiempo. Una multitud puede convertirse de pronto en coro. La puesta en escena tiene algo de esa acumulación. El barrio, el club, la calle, la cancha y el café no son solamente lugares donde transcurre la historia, son espacios de pertenencia, territorios que los personajes habitan.

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El hincha, payaso y fe

Mientras veía El hincha (1951) de Manuel Romero, pensé en Pajarito, el personaje de Ramón Pintos en Soñar, soñar (1976) de Leonardo Favio. Quizás porque su personaje se parece al de Discépolo en una forma casi infantil de poner su fe entera en manos de otro. El Ñato cree en Suárez (Mario Passano) como Pajarito creerá en Charlie (Carlos Monzón). Ñato deposita en el amigo que juega al fútbol la posibilidad de salvar al club del descenso; Pajarito en las manos enormes de Charlie la posibilidad de convertirse en artista y salir de la vida que conocen. Los dos tienen una clase de obstinación payasa que se entrega entera a la escena aun sabiendo que puede terminar en el piso. Si el payaso exagera es porque no conoce otra manera de sentir, y el Ñato de Discépolo es así. Todo en él parece rebalsar. Lo que dice, los gestos, la bronca, la alegría, el amor y la fidelidad. Es un hombre digno de su ridículo y de todo aquello que elige amar.

Por este espíritu pienso en el circo criollo que la película respira. Romero arma un mundo en el que la comedia física, el melodrama, la exageración, la tragedia y el chiste pueden convivir sin pedir permiso. Los cuerpos entran y salen de la escena como si pertenecieran a un escenario popular en el que todo puede ocurrir al mismo tiempo. Una multitud puede convertirse de pronto en coro. La puesta en escena tiene algo de esa acumulación. El barrio, el club, la calle, la cancha y el café no son solamente lugares donde transcurre la historia, son espacios de pertenencia, territorios que los personajes habitan. En ese sentido, la pista y la cancha se parecen más de lo que se cree. En las dos hay cuerpos que se exhiben, espectadores que esperan, héroes que pueden caer de un segundo a otro y multitudes que depositan en los jugadores y artistas la responsabilidad de hacer posible una alegría.

En El hincha, la cancha es el escenario donde el Ñato padece porque está atravesado por una pasión. Cuando mira a Suárez no ve solamente a un jugador, ve la posibilidad de un pibe que todavía puede jugar por amor, que todavía puede pertenecer al club sin venderse. Suárez es mucho más que Suárez para el Ñato. Es una promesa. Y cuando esa promesa se rompe, lo que se quiebra no es solamente una ilusión futbolística sino un pequeño pacto religioso. El cuerpo del jugador, que para otros puede ser una mercancía o una pieza dentro de un negocio, para el Ñato es el cuerpo donde todavía puede sobrevivir una idea del fútbol como algo sagrado.

El fútbol en El hincha es religión popular. Hay liturgia, comunidad y esperanza. Hay domingos, camisetas, peregrinaciones, cánticos, santos y traidores. También está el perdón, porque la fe verdadera no consiste en no ser traicionado, sino en qué hacemos después de la traición. El Ñato podría abandonar, podría dejar de creer, reconocer que todo aquello por lo que pelea esconde algo de mentira. Pero no puede y tal vez ni quiera. Está siempre inclinado hacia la cancha, hacia el amigo, hacia el club, hacia esa camiseta que para él contiene mucho más que un color.

Me gusta pensar que Lina (Diana Maggi) pertenece a la misma familia que esos hombres, pero desde otro lugar. Ella tiene mucho de payasa también, o de Colombina. Conoce perfectamente el ridículo del hombre al que ama y permanece a su lado. Las mujeres de Romero suelen tener una fuerza que no necesita anunciarse. Son trabajadoras, compañeras y decididas. Mientras ellos persiguen sus banderas, ellas conocen el precio de las cosas. Mientras ellos se pierden en una pasión, ellas los sostienen. Pero Lina no es simplemente el contrapeso sensato del Ñato, ella juega y participa de ese pequeño circo amoroso. Sabe que él es un hombre excesivo y, en lugar de pedirle que deje de serlo, aprende a quererlo y a compartir ese exceso. Hay algo en sus intercambios, en sus esperas y hasta en sus discusiones que hace que el amor aparezca menos como una declaración que como una acción. Lina no necesita convencer al Ñato de que deje de ser quien es, reconoce las reglas de ese mundo y decide entrar en él. 

El Ñato posterga el matrimonio por el fútbol, como si un domingo fuera más importante que toda una vida, y Lina se enoja pero acompaña y espera. Hay algo muy poco romántico pero muy amoroso en esa relación, y es el amor entendido como trabajo, como una tarea que se hace todos los días, como una forma de compañerismo, como una extensión del orgullo proletario de la película. Romero filma mundos hechos de hombres y mujeres que trabajan, que tienen poco pero lo defienden con uñas y dientes. El fútbol les pertenece porque es una de esas cosas que pueden sentir como enteramente propias. La alegría de ganar no es solamente la de ganar un partido, es la de ocupar un lugar tantas veces negado.

Por eso la puesta en escena de Romero me resulta inseparable de esa lógica de comunidad y de circo que atraviesa toda la película. Hay algo deliberadamente llano en El hincha, en su guión esquemático, en la manera casi episódica en que las escenas se suceden y en esos encuadres que parecen organizarse como pequeños cuadros donde cada personaje ocupa con claridad su lugar. Esa sencillez no empobrece el mundo que construye, es justamente la forma que necesita para existir. Romero trabaja con personajes arquetípicos, situaciones reconocibles y conflictos que pueden leerse casi de inmediato, como si no necesitara esconder nada detrás de ellos. La película avanza con la lógica de una representación popular, donde lo importante no es la complejidad del artificio sino la intensidad con la que cada gesto, cada cuerpo y cada emoción se ofrece al espectador. El montaje más que borrar las costuras deja que cada escena conserve algo de su condición de número, de entrada y salida, de pequeño acontecimiento dentro de una función mayor. Por eso el exceso del Ñato, los gritos de la tribuna, las discusiones, las peleas y las reconciliaciones pueden convivir sin contradicción. Todo pertenece al mismo universo. La película no necesita sofisticar ese mundo porque su encanto está precisamente en entregarse a él sin reservas. 

Es difícil separar El hincha del clima del primer peronismo. La película se estrenó en 1951 y la palabra pueblo todavía podía estar asociada a la idea de orgullo, de ascenso y conquista de un lugar. No hace falta convertir la película en una alegoría política para sentirlo. Está en su forma de retratar el barrio, de mirar al trabajador, al potrero; está en la defensa del pibe frente a los que quieren comprarlo, en la felicidad ingenua de pertenecer. La esperanza en El hincha no es abstracta, es corporal. Está hecha de piernas, de camisetas, de cuerpos que corren, de gente que vuelve del trabajo y el domingo se pone otra vez de pie. Por eso puede ser tan alegre y tan melancólica al mismo tiempo, porque sabe que la alegría popular siempre tiene algo de milagro.

Lo más conmovedor del Ñato es su imposibilidad de moderarse. El Ñato es hincha en el sentido más absoluto de la palabra: apasionado, obstinado, exagerado, un poco payaso y también un poco loco. No sabe mirar el fútbol desde afuera porque no sabe vivir desde afuera de aquello que ama. Su ridículo nace de ahí, de esa entrega sin protección. Es un hombre que no tiene ironía suficiente para salvarse de sí mismo, que no puede observar su propia desmesura sin participar de ella. Ahí reside su dignidad. El Ñato es cómico por excesivo, pero nunca es simplemente objeto de burla, hay algo muy noble en su incapacidad para sentir a medias.

El fútbol representa entonces la posibilidad de querer algo sin medida, de volver cada domingo a ocupar el mismo lugar y esperar que esta vez suceda. Discépolo se parece a Pajarito porque los dos saben algo que los personajes más razonables suelen olvidar, que para vivir hace falta creer en alguna cosa, aunque sea improbable. El payaso se cae y se levanta. El hincha pierde y vuelve el domingo siguiente. Quizás porque volver hace posible seguir creyendo.

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