Iván Morales archivos | La vida útil https://lavidautil.net/autor/ivan-morales/ Revista de cine Fri, 04 Sep 2026 13:13:24 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.8 https://lavidautil.net/wp-content/uploads/2017/11/Icono-web-150x150.jpg Iván Morales archivos | La vida útil https://lavidautil.net/autor/ivan-morales/ 32 32 La rubia Mireya (1948) https://lavidautil.net/la-rubia-mireya-1948/ https://lavidautil.net/la-rubia-mireya-1948/#respond Fri, 04 Sep 2026 13:09:19 +0000 https://lavidautil.net/?p=15279 Manuel Romero creó el personaje de la Mireya para el sainete El rey del cabaret (1923), la historia de una mujer honrada que trabaja en un cabaret porque debe mantener al padre enfermo. Su antítesis es la milonguera, víctima del alcohol y de los hombres. El tercero en discordia es un joven bacán y mujeriego […]

La entrada La rubia Mireya (1948) se publicó primero en La vida útil.

]]>
Manuel Romero creó el personaje de la Mireya para el sainete El rey del cabaret (1923), la historia de una mujer honrada que trabaja en un cabaret porque debe mantener al padre enfermo. Su antítesis es la milonguera, víctima del alcohol y de los hombres. El tercero en discordia es un joven bacán y mujeriego que hacia el final (feliz) alcanza la redención moral casándose con la humilde Mireya. Sin embargo, pocos años después, en otro sainete —Los muchachos de antes no usaban gomina (1926), Romero reinventó a la Mireya y reescribió su destino (trágico). Una milonguera que, como dice el tango “Tiempos viejos”, era tan linda que “se formaba rueda pa’ verla bailar”; pero que “hoy es una pobre mendiga harapienta”.

Esta es la Mireya que el director decidió transponer a la pantalla en 1937. Una historia perfecta para el melodrama tanguero cinematográfico, género donde el peso del pasado arrolla a los personajes. Y un tipo femenino ideal para Mecha Ortiz que, en su debut cinematográfico, encarnó a la proto femme fatale criolla, luego moldeada de manera definitiva por Christensen en Safo, historia de una pasión (1943). La mujer cuya presencia y belleza obsesiona a los hombres, al mismo tiempo que ningún hombre logra poseerla cabalmente. Los muchachos de antes no usaban gomina (1937) se estructura a partir de la canción “Tiempos viejos” y asume también su punto de vista: “¿Te acordás, hermano? ¡Qué tiempos aquellos!”. Es decir, dos amigos narrándose con nostalgia, retrospectivamente, un pasado que ya no volverá pero que todavía los perturba. Uno, Rosales (Santiago Arrieta), es el niño bien enamorado de la Mireya, a quien luego abandona para casarse con una mujer de su clase social; el otro, Ponce (Florencio Parravicini), es su compañero de aventuras y el letrista ficcional de “Tiempos viejos”, o sea, el que escribe la historia. Aun así, en la última escena de la película, Mireya, vieja y harapienta, les arrebata por un instante (como toda mujer fatal) el control del relato. La nostalgia romántica por los tiempos viejos y el coraje masculino con el que Rosales recuerda la conquista de la Mireya (“se la disputé cuchillo en mano a los dos taitas más mentados de la época”, cuenta orgulloso); en la versión femenina, más simple, más descarnada, más realista, esos acontecimientos se resignifican como actos de cobardía: “Tres veces en la vida nos encontramos. La primera, te jugaste por mi para hundirme más hondo. La segunda, te faltó valor para jugarte. Y ahora, ¿para qué lo has hecho? Si no vale la pena”.

Una década después, Romero lo vuelve a intentar. La rubia Mireya (1948) presenta una nueva —y, hay que decirlo, un tanto fallida— versión del personaje. Ahora la historia está narrada desde el punto de vista de Mireya, su voz en off hilvana retrospectivamente 20 años de vida, comenzando en 1918, finalizada la Gran Guerra. Ya no es la milonguera de Los muchachos de antes…, sino una joven de clase alta que amaga con rebelarse ante el mandato familiar y el matrimonio por compromiso. «La mujer ha dejado de ser una muñeca inútil, millones de mujeres han luchado estos cuatro años en las oficinas, en las fábricas, en los hospitales, en los campos de batalla, ¡somos libres!”, dice al novio y a los padres en la primera escena. Pero lo que parece ser el inicio de una de las comedias románticas romerianas de la década anterior, protagonizadas por mujeres modernas; pronto derivará en un melodrama de madre. Esta Mireya no solo reconoce bailar muy mal el tango sino que, como Rosales en la película anterior, es ella quien se resigna al matrimonio por compromiso. Todavía peor: se resigna a ser madre con el hombre que detesta. La rubia Mireya es la única película de Mecha Ortiz en la que interpreta un rol maternal. No hay lugar para la femme fatale. No hay lugar para contestar el tango terrible —otra vez suena “Tiempos viejos”— que narra su historia. Mecha Ortiz es, en verdad, una Stella Dallas que sacrifica su felicidad a cambio de la prosperidad social de su hija. Por eso, como aquella madre sacrificial, mira el casamiento de su hija desde afuera y, ahora sí, asume el destino de la Mireya del tango-canción que antes la había espantado: “Ana María ha muerto, ahora seré Mireya para siempre”.

La entrada La rubia Mireya (1948) se publicó primero en La vida útil.

]]>
https://lavidautil.net/la-rubia-mireya-1948/feed/ 0