SSIFF (II) – Por qué nos gustan los diarios

Por Nicolás Auger

¿Por qué leemos los diarios de un escritor, o vemos los de un cineasta? ¿Para qué entrometerse en la domesticidad de alguien? Uno puede acercarse a las pequeñas alegrías y disgustos que vive el autor diariamente y a su forma de abrazarlas. O desear saber las intimidades más triviales de la persona, como aquel actor turbulento de Grass (Hong Sang-soo, 2018) que le pide a una chica si puede observarla de cerca durante tres días, saber qué champú utiliza, qué comida come y cómo está decorada su habitación, con tal de tener material para un guion. O, por último, están los que de niño se negaron a aprender nada en casa y han legado la responsabilidad de toda su formación a los libros y a las películas; así esperan, accediendo a los diarios de alguien, poder comparar sus vidas cotidianas a la del autor que han escogido como modelo. 

Viendo los Diarios de Andrés Di Tella no se tiene la sensación de penetrar ni en su cotidianidad ni de coger al autor desprevenido, sino de introducirse en una épica compuesta desde un estado emocional muy concreto, una suerte de desaliento místico. Entre otros recuerdos, muestra una improvisada grabación de un descenso en una montaña rusa junto a su hija y la silueta angelical de una paloma que se ha estrellado contra su ventana, pero generalmente en las imágenes no hay ni comida, ni decoración ni champú. Más bien una recolección de eventos, históricos y personales, que resuenan con ese estado emocional. Su voz alicaída e invariable nos acompaña durante la película -el mismo director performa leyendo en directo-, afectada por un paso del tiempo intransigente y por las heridas del reciente confinamiento.

Dentro de la colección de imágenes encontramos algunas muy bellas. Al comienzo vemos unos hombres contemplando una columna de humo gigante, ascendiendo y expandiéndose en el cielo. Más tarde un astronauta salta de su nave espacial y se pone a flotar indolente en el espacio, recortado por la esfera cerúlea de nuestro planeta. Luego un coche atravesando un paisaje bañado por una luz muy suave. Otra travesía, esta vez en la Colonia arruinada de 1945 por los bombardeos de la Royal Air Force. Todo parece montado para indicar que Di Tella está abrumado por algo inconmensurable, que se escapa al dominio de uno mismo. Y la breve esquela fílmica que dedica al fallecido Luis Ospina nos sugiere que el fantasma que merodea por la película y le abruma es la muerte, o la impotencia ante ella.

Aun así, Diarios lucha por lamerse las heridas y remontar el vuelo. En vez de apoyarse en hechos cotidianos, Di Tella busca redención en las cosas más inmateriales, como los sueños, la música o en la historia, ganando su voz tonos de un vago misticismo. En un momento introduce un salmo al que se aferrará hasta el final del relato “La revolución es un sueño eterno. Un título de un libro que nunca leí”. Aquí entra en escena la Revolución de los Claveles: escuchamos “Grândola, Vila Morena” primero cantada por un hombre solo en su casa (como si fuera durante el confinamiento) y, a modo de coda, por un solemne grupo de hombres de variada edad. Antes también vimos a Nina Simone al piano con “Ain’t Got No, I Got Life”, otro himno esperanzador. 

¿Qué intenta decirnos el director con estas señales, estas baladas alentadoras? En este punto hace rato que se ha distanciado de su mundo cotidiano y nos es difícil conectar con el film. Ya no se trata de él abriéndonos la ventana a un período de su vida, sino de él compadeciéndose de sus propias desgracias. Pese a guardar la apariencia de un diario desordenado que va hacia adelante y vuelve atrás con libertad porque “lo que ocurrió ayer es tan pasado como lo que ocurrió hace veinte años”, en realidad es un relato impersonal con una narrativa minuciosa y poco original, la de la superación del héroe. Cosa intrascendente porque en unos diarios no se desea ver al héroe ni un triunfo épico, sino más bien el cuerpo desnudo que oculta la coraza. 

Di Tella empieza como un personaje nostálgico que regresa al Londres de su infancia. Recientemente ha perdido un amigo y el confinamiento no levanta su estado de ánimo. Diserta sobre el pasado, el olvido; y pierde la capacidad de soñar por las noches. Su contacto con el presente empieza a nublarse. Poco después un amigo le da un consejo para acordarse de sus sueños: este lo sigue y vuelve a soñar. El personaje empieza a tener fe. Las ruinas de Colonia evocan su derrumbamiento; la enérgica Nina, la humilde aceptación de su estado; la Revolución de los Claveles, su esperanza. Vemos progresar su personaje como si se tratara de un drama cuidadosamente planeado, donde el espectador comienza sintiendo compasión por el soldado caído y culmina alegrándose por su renacimiento. Es un método válido y que emocionaría al espectador si la película aceptara su condición de ficción efectista (es, en fin, el camino del héroe). Por el contrario, Diarios aparenta espontaneidad, como si el ascenso del personaje fuera una simple casualidad que nos debe coger desprevenidos. Pero no consigue emocionarnos sino distanciarnos, porque notamos que no están jugando limpio con nosotros. Porque de pronto nos damos cuenta de que el héroe es el autor y que está editando concienzudamente pedazos de su vida para invitarnos a sentir lástima y cariño por él.

Pese a todo, Diarios a veces se suspende y el director, a la tenue luz de una lámpara, lee fragmentos de su propio cuaderno. Quizás este haya sido el momento más cercano de la película, aquel en que no rodaba. Oír su propia voz leyendo en vivo ha revelado -tal vez con más fuerza al estar sumido en la oscuridad de una sala de cine- la voluntad del autor de comunicarse con el público. Su presencia ha dado calidez a la función y ha acortado distancia entre el film y los espectadores. 

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