¿A qué costo? – Sobre Don’t Look Up

Por Lautaro Garcia Candela

Este último diciembre, de chicle, con sus altas y sus bajas, fue fundamentalmente dos cosas: caluroso e ingobernable. En algunos países dan por terminado el año a mediados de mes, lo que, a la luz de la subida estrepitosa de casos de COVID y contactos estrechos que desordenó casi todo nuestro tejido social armado alrededor de los festejos de año nuevo, no parecía una mala idea. Aunque, la verdad, es difícil discernir las buenas de las malas ideas con este calor. A propósito de eso, y contribuyendo al ruido de fondo del texto que estoy por escribir, en once provincias argentinas hay incendios que se llevan puesta la flora y la fauna nativa, generando ya varias muertes de quienes intentan apagarlos frente a la protesta aislada de la militancia ambientalista y el desprecio de los medios de comunicación. La respuesta del gobierno es casi nula, o va en la dirección opuesta, como anunciar un proyecto de megaminería en Chubut o la explotación de petróleo en la plataforma marítima del país. Sobre las cuestiones relacionadas al medio ambiente -ya llego a la película que nos convoca- me crucé con un meme que es como mínimo inquietante: 

Esa especie de pesimismo matizado con humor, aguafiestas, pensando en un futuro que se perfila irreversible más que en las formas, también puede verse en Don’t Look Up, película estrenada (pero no producida) por Netflix y dirigida por Adam McKay. Para enfrentarse a su tema, el cambio climático, su procedimiento es didáctico: en vez de poner en escena gases invernadero, el deshielo de los glaciares o algo que requiera más de un minuto de explicación a un periodista tipo Alejandro Fantino, directamente inventa un meteorito que funciona como metáfora dura, triste y concreta del calentamiento global. Esta manera de “eventualizar” un proceso que ya lleva tiempo y que se presenta de manera paulatina puede tener sus oscuridades, pero es lo que la hace intervenir en la conversación pública de modo tajante (porque ahora todos los sectores, partidos políticos y posturas ideológicas quieren dar su opinión). La película, hay que decirlo, se relame con todo el runrún; lo necesita como condición de existencia y no deja tema sin tocar, agita la agenda hasta agotarla. Es confusa y caótica en todo menos en el fondo, granítico y, como dijimos, educativo. El mensaje es claro: vamos hacia la extinción y nadie parece advertirlo. Abstrayendo la situación: las urgencias que tenemos como humanidad están relegadas o confundidas por todo el ruido que generan los medios de comunicación y los intereses políticos. Lo dice el poster, lo dicen los personajes, lo dice el director en Twitter. 

Los que descubren el asteroide que va a colisionar en la tierra son primero Kate Dibiasky (Jennifer Lawrence) y luego Randall Mindy (Leo DiCaprio), ratas de laboratorio que tienen problemas para lidiar con la realidad y hablar de corrido. Después de un primer encuentro fallido con la presidenta Orlean y su hijo jefe de gabinete (Meryl Streep y Jonah Hill), los astrónomos irán a la prensa y recibirán el escarnio en las redes sociales porque no cualquiera está preparado para tal exposición. Todo cambia cuando la presidenta ve venir una derrota en las elecciones legislativas y piensa que salvar el planeta puede hacerla subir en las encuestas. Avanza sobre ruedas un plan para solucionar la cuestión, hasta que se mete Isherwell (Mark Rylance), una mezcla de Elon Musk, Steve Jobs y Mark Zuckerberg que ve en ese asteroide la posibilidad de obtener metales necesarios para la fabricación de la tecnología que su empresa vende. Aborta la misión -es Donante de Campaña Nivel Platino- y planifica usar su propia tecnología para romper el asteroide en trozos más pequeños que caigan en la Tierra sin impacto. Esto va quebrando paulatinamente la relación entre el devenido “asesor científico” Mindy y la Casa Blanca, que no está muy preocupada en controlar si el experimento de Isherwell va a funcionar, aunque su falla implique la extinción de la raza humana. La película se preocupa por pintar un retrato piadoso de los científicos, humanizarlos incluso en sus errores. Se los ve frustrados frente a los malos que retozan con autosuficiencia.

La película se vuelve más amarga cuando los protagonistas pasan de la incredulidad a la irritación. Presentar Don’t Look Up como una comedia no es la manera más fructífera de pensarla. Hay un chiste al principio: mientras esperan a la presidenta, un general del Pentágono les trae agua y snacks para pasar el rato. Se los cobra a un precio descomunal, dice que la máquina expendedora de la Casa Blanca es carísima. Como la presidenta tarda mucho, Kate Dibiasky va a buscar más comida y se entera que todo era gratis. “¡¿Por qué nos lo cobró!?”, se pregunta. El impacto, ridículo, tiene su gracia. Un comic relief en un momento crítico. Las próximas veces se referirán a la situación de una manera opaca y triste, como una constatación amarga: lo hizo porque puede. 

Ese esbozo de humor rápidamente se convierte en resentimiento, que es bastante más estimulante por lo inmediato, contradictorio y poco correcto. Ese resentimiento es contra la política, los medios de comunicación, incluso la sociedad civil. Supongo que en países más organizados parecerá algo inverosímil pero vista desde Argentina (o desde Estados Unidos) no parece más que un documental irritado. ¿Qué puede hacer el cine cuando la realidad es burda, cuando los signos se organizan de un modo obvio, confirmando los prejuicios de casi todos los espectros políticos? 

Un camino posible es el de matizar y complejizar: crear en las películas un espacio de reflexión más sesuda que explosiva, ofrecer un refugio del ruido sin por eso darle la espalda a las cosas que suceden alrededor. La mayoría de las películas que veo hacen eso. Moderan, filtran. Buscan la palabra justa hasta el punto de hablar bajito, al límite de lo audible. Miran y filman de una manera cotidiana, al ras del suelo. Su lienzo es chiquito como el de una foto carnet: no entra más de una persona. El perro que no calla y First Cow son dos ejemplos: hablan de la relación entre la tierra y el que la trabaja, entre el humano y la naturaleza. Tratan de educar con el ejemplo, mostrar relaciones virtuosas entre las cosas y las personas. Podría pensarse que ambas películas tienen una tendencia a cerrarse en las folk politics, término despectivo que usan los aceleracionistas de Caja Negra para referirse a una política centrada en cambios a escala humana, personal, como reciclar o consumir productos cruelty free, que no estaría dando muchos frutos. Como dice la frase: “A Goldman Sachs no le importa si te decidís a criar gallinas en tu patio”.

Don’t Look Up toma otro camino: el de la sátira. Camino que se presenta complicado, porque implica exagerar rasgos de la realidad que son difíciles de exagerar; aun así lo logra, tomando todas las formas de discurso contemporáneas y volcándolas indiscriminadamente como si de eso dependiera la fuerza del mensaje. Si hay algo que quiere la película es apretar en poco tiempo una gran explicación, trazar un estado de situación, casi al voleo, sobre los malos, los buenos (y también sobre los tibios), y dejar listo un mapa cognitivo convincente que haga inteligible nuestra posición en todo este berenjenal para así finalmente dar el paso a la acción. En ese esquema las folk politics aparecen como consuelo vano: en la última cena, con la certeza del final, los protagonistas cocinan salmón orgánico, hablan de moler su propio café y se permiten decir: “Teníamos todo y lo arruinamos…”. Ese esfuerzo y ese diagnóstico, a nivel del suelo, se muestra como insuficiente. 

Es que no podría haber salido mejor una película que está hecha con la certeza de que nos vamos a morir, y no de viejos, en un lindo geriátrico con nuestros amigos, como dice el epígrafe de la película. Va a ser una muerte fea, lenta, trágica, provocada por los procesos ambientales impulsados por el hombre en pos de vivir mejor pero que a fin de cuentas se revelan como nocivos para la naturaleza (en la que, parece que no pero sí, está el propio ser humano). 

Ese rictus turbio es el de la película, esa negatividad pura y trascendental convive con el de su propia banalidad: al festival de sobreactuaciones hay que sumarle el marasmo audiovisual que utiliza para sus propósitos. El montaje mezcla planos filmados por (lo que uno supone que es) la cámara principal y distintas fuentes como celulares, material de stock, placas con texto, fragmentos de la televisión o de las redes sociales. Hace de cada elipsis un buceo en el banco de imágenes infinito de internet: para el paso de un día a otro nos muestra una ruta en cámara rápida, un indígena andando en bote por un río, células reproduciéndose, un cruce de calles en Tokyo, una hormiga, Jennifer Lawrence diciendo que todos nos vamos a morir mientras vemos los planetas desde lejos, impávidos. No hay solución de continuidad entre escalas. Vamos de lo cósmico a lo mínimo, de un punto de la Tierra a otro. Estos montajes redondean un continuo bombardeo y espectacularización de cualquier cosa, incluso de una elipsis inofensiva, a la caza de la atención del espectador, al mismo tiempo que dan una idea grandilocuente del tiempo y el espacio que quiere mensurar esta película. Es indistinguible el grado de parodia y el grado de seriedad con la que usa esas imágenes: de tanto hablar el lenguaje de la actualidad a veces también termina encarnando sus ideas. 

Desde su aparición mediática el asteroide tiene un competidor principal por la atención del público: las idas y vueltas amorosas de los personajes mediáticos que encarnan los mediáticos Ariana Grande y Kid Cudi, entre acusaciones de infidelidad y propuestas de matrimonio. Las dos subtramas parecen incompatibles, pero al final llega la síntesis: cuando los gobiernos les han dado la espalda y la lucha es más oenegeísta, los científicos organizan un recital multitudinario, al estilo Live Aid, como último cartucho. Ariana Grande baja del techo colgada de un arnés con un traje de plumas, cantando una canción con todos los clichés del pop contemporáneo, el fraseo meloso y autotuneado, el beat que insiste en función del clímax, ese estado de ánimo resiliente, las miradas de “amor” entre los cantantes… Todo configura un espectáculo tan plástico y prefabricado que solo puede ser visto con ironía; se mezclan versos amorosos del estilo “No hay lugar para esconderse / El verdadero amor no muere, te agarra fuerte y nunca te deja ir” con “Escuchá a los fucking científicos que están calificados / porque la cagamos, la cagamos de verdad esta vez”. Es un espectáculo grotesco, de una banalidad impresionante al mismo tiempo que se pretende militante, con buenas intenciones. De buenas intenciones está plagado el camino al infierno, decía mi abuela. La película se cuida de mostrar las caras impávidas del pelele insalvable de DiCaprio y de la intransigente Lawrence, como si su sorpresa y resquemor los salvaran. A esta altura ellos ya son parte del circo. Se pone de manifiesto la necesidad de la película de viralizar el mensaje. Sí, ¿pero a qué costo? Vista con los ojos entrecerrados puede ser todo muy trivial. Las fuerzas que le quedan a la película no le alcanzan para la ironía y termina por mostrar solo el desencanto que produce haberse entregado a la cultura. Presenta la contradicción sin resolverla, porque la película misma está inscripta en ella. La escena deja la herida abierta, queda sostenida, ambigua, porque su propia forma duda más de lo que gritan sus personajes. Mientras, ustedes pueden sumarse a los Jóvenes por el clima.

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