Sobre la tierra de los libres y el hogar de los valientes – First Cow

Por Lucas Granero

Cada vez que llevo mi cámara al río descubro algo diferente, cosas que no había notado antes: un sentido diferente del espacio, una textura diferente en el agua, una velocidad del viento distinta.

Peter Hutton entrevistado por Scott MacDonald, 1998

Empieza como un sueño. Un barco navega por el río quieto. Casi no hace ruido. El día está calmo, vacío. Es una tarde (¿o mañana?) de invierno, de cielos grises y apenas viento. Una joven descubre, en pleno paseo con su perro, un tesoro bajo sus pies. No se trata de oro, ni de joyas, ni mucho menos dinero. Son dos cadáveres, uno pegado al otro. Huesos entrelazados, esqueletos llenos de tierra, que enseguida forman una historia. Parece lo mismo que le sucede a Ingrid Bergman y George Sanders en Viaggio a Italia, cuando van a las excavaciones y el polvo desentierra frente a ellos la figura de dos amantes que habían sido enterrados juntos. Es esa misma sensación de tener la historia enfrente tuyo, el vértigo de verse reflejado en dos fantasmas, el peso de la tierra en las manos, lo que sacude la calma de la muchacha y su perro. Algunos pájaros sobrevuelan el cielo y se apoyan en ramas secas. Se desencadena. 

Sigue, entonces, el pasado. Un pie pisa la  tierra húmeda de un bosque oscuro. Casi no se ve nada, excepto por unos hongos amarillos, resplandecientes, que la mano de Otis “Cookie” Figowitz arranca con sumo cuidado. Sus movimientos son delicados, silenciosos. Se desliza con respeto, como si no quisiera perturbar ni el sueño de las criaturas que duermen ni la labor de los animales que trabajan de noche. No se parece en nada a sus compañeros de equipo, unos “fur trappers” a los que sirve de cocinero en una exploración por el frondoso territorio de Oregon en 1800, en busca de pieles, oro y tierra. Esos hombres de montaña, salvajes, pisan todo con brutalidad. Se mueven con la seguridad de los que piensan que la tierra les pertenece y que todo lo que los rodea es suyo. Cookie los mira con cierto temor. Debe cumplir con la mínima e indispensable tarea de mantener bien llenos sus estómagos. A veces lo logra y otras, como esa noche, no tiene nada de suerte. Buscó por todos lados y lo único que encontró fue a un hombre llamado King-Lu, desnudo entre las ramas, pidiendo comida y un poco de asilo. Dice que se escapó de unos rusos, que andan buscando su cabeza, que su fuga ya lleva unos cuantos días. Cookie lo mira absorto, como si se hubiese topado con una nueva especie o con una suerte de ángel caído del cielo, aunque en realidad viene de China. El bosque, con sus tonos verdes azulados por la luz de la luna, lo invitan a la alucinación. Pero no se trata de eso. Su vida no es parte de un cuento sino de la historia del mundo en pleno desarrollo. Un par de días después, otra señal le indicará que todo está cambiando. Una vaca subida a un bote, navegando tranquila por el río, rumbo a un mundo desconocido. Cookie y el resto de los aldeanos que son testigos de tal escena no salen de su asombro. ¿Qué hace una vaca allí? ¿Quién la trajo y cómo llegó a esos terrenos en los que nadie nunca vio algo parecido? El progreso se ha puesto en marcha.

Es esa sensación de estar en el punto cero de la historia lo que le interesa a Kelly Reichardt en First Cow. Cuando Cookie se vuelve a encontrar con King-Lu, éste lo invita a su casa y, recorriendo el camino, le dice lo siguiente: “Veo algo en estas tierras que nunca antes vi, casi todo ya ha sido tocado, pero esto aún es nuevo (…) La historia todavía no ha llegado. Está viniendo, pero esta vez llegamos antes. Quizás, ahora podremos estar preparados. Podremos usarla en nuestros propios términos.” Cookie no muestra demasiado interés en lo que su compañero le dice. Para él todo se ve igual, todo parece viejo. No comparten sus ambiciones. De hecho, Cookie no parece tener ninguna. No piensa en el futuro como su incipiente amigo, que mientras le cuenta sus ansias de progreso va juntando las ardillas que atrapó con trampas caseras. Es un hombre precavido, su talento es el cálculo y todo lo que tiene a su alrededor puede transformarse en una potencial empresa. Cookie, en cambio, se parece más a un franciscano. Mira todo con una inocencia impávida y siente un profundo respeto por cada regalo de la naturaleza. Su talento es transformar esa pureza en comida, volverla materia. Es una forma de ganancia y King-Lu enseguida comprende el capital que tiene delante. No delante, sino en su boca, porque cuando mastica las tortitas de Cookie no dice “que rico”, dice “¿cuánto pensás que pagaría alguien por esto?”. 

First Cow es la historia de una amistad. Es una suerte de buddy-movie unplugged, similar en espíritu a Old Joy, la otra exploración al compañerismo masculino de Reichardt y John Raymond, su habitual colaborador y autor de The Half Life, la novela de la que tomaron los elementos principales. Al comienzo de la película, una frase de William Blake dice que a la araña le corresponde su telaraña, al pájaro su nido y al hombre la amistad. Es un vínculo necesario, casi natural. Los motivos de la relación entre King-Lu y Cookie no contemplan, al menos al principio, ninguna otra cosa excepto la solidaridad. Se ayudan mutuamente compartiendo sus refugios, sus abrigos, la poca comida que tienen. No pueden ofrecerse mucho más, aunque pronto se darán cuenta que el tándem que forman tiene todo lo necesario para elevar la relación hacia niveles más redituables. King-Lu enseguida confecciona el plan de acción. Serán unas cuantas ventas y levantarán campamento para comenzar una suerte de albergue en el que ofrecerán cama y comida. Ese es su pequeño plan de vida, una posibilidad de futuro en una tierra cambiante. Pero para lograrlo —y este es el punto clave de King-Lu— deben contar con la ayuda de la vaca que Chief Factor (Toby Jones) se trajo desde tierras lejanas solo para tener un poco de leche en su te. Así, todas las noches, King-Lu vigila desde un árbol mientras Cookie ordeña la vaca. Este, fiel a su estilo, hace su trabajo con el mayor de los cuidados. Le habla al animal, lo acaricia, le da las gracias. Parecen detalles innecesarios en la tarea del ladrón, pero para él son claves. Incluso esa atención puesta en la conversación con el animal, en buscar alguna clase de conexión mínima, es lo que hace que sus tortitas se vuelvan un éxito. Es el ingrediente secreto, la magia de su talento. 

En cierta medida, First Cow también es la historia de cómo empieza una degradación. A pequeña escala, exhibe los primeros sedimentos de un país que rápidamente le encontrará el gusto a la explotación. El recorrido de esta perversión puede verse en el propio Cookie, quien termina siendo una víctima del naciente entramado socio-económico de su país. Su relación con las formas del mundo es de un asombro constante solo interrumpido por los planes de su amigo, de los que se vuelve cómplice sin quejarse. De la contemplación y el respeto por la belleza material a su impureza devenida materialismo. Para que esa transformación tenga un peso específico, Reichardt muestra cada elemento de esa tierra con un espesor particular. Los mil follajes de las hojas, las piedras que hay en el camino, el agua que recorre todo el territorio, encierran la posibilidad de transformarse en herramientas, como si tuvieran una función secreta que debe ser descubierta por el ingenio de la necesidad. Las hojas bien pueden actuar de improvisado colchón, se puede armar un fuego, inventar un arma, una trampa para cazar animales. Esas pequeñas acciones cotidianas, gestos de una supervivencia diaria, son parte de la experiencia de vivir en ese entorno. Todos esos quehaceres encuentran una unión en las tortitas de Cookie, que son el producto no solo de su talento en el arte de la panadería, sino de una extraña alquimia. Las tortitas de Cookie son un pedazo de ese mundo. “Siento a Londres en esto”, dice Chief Factor cuando finalmente las prueba y queda maravillado por el inédito sabor, que lo lleva a rememorar sus días en su país natal. Tan suspendido lo dejan las tortitas que ni se da cuenta que están hechas de la leche que los dos pequeños empresarios roban de su vaca. Sin embargo, su juicio no es erróneo: en sus pequeñas delicias, Cookie ha alcanzado una suerte de sofisticación que, aún hechas con elementos básicos y primitivos, hacen aparecer el sabor de las tardes de té en los palacios burgueses. Lo suyo es puro ingenio sumado a una sensibilidad, una materia que escasea por esas zonas y cuyo precio siempre se paga caro.

Pero hablar en esos términos tan grandilocuentes no le hace justicia a una película que se desarrolla como en puntitas de pie. Lejos de los grandes statements y de los señalamientos, el cine de Reichardt siempre prefirió el susurro. Fue afinando su atención, aprendiendo a cuidar los detalles, destilando su cine hacia lo indispensable. Es como si, al mirar una pintura de un paisaje gigante, decidiera concentrarse solo en una pequeña esquina y adentrarse más y más, rastreando lo imperceptible, para luego decirnos que en esas cosas ocultas se define la totalidad del cuadro. Esa tarea de observación extrema queda clara en los encuadres de First Cow. Basta con ver aquel momento en el que la primera tortita de Cookie humea caliente sobre el marco de una improvisada ventana mientras King-Lu aparece lentamente en el plano, como atraído por la fragancia. Hay allí una disposición de elementos muy básica, minúscula, casi como si se tratara de una naturaleza muerta. En ese balance de vaciamientos, Reichardt encuentra su forma ideal para retratar un mundo apenas naciendo. Se interesa incluso por aquello que casi no se deja ver, como la fuga de los personajes por la noche en el bosque, donde la luna tantea una pequeña luz y los cuerpos, entre agitados y asustados, terminan camuflados en medio de la vegetación, imperceptibles. También se apoya en la vastedad del paisaje —en lo que tal vez sea la única concesión que se permite al trabajar con motivos tan cercanos al western— y lo retrata en grandes planos en los que el hombre queda empequeñecido ante la majestuosidad de las montañas, los bosques y los lagos. Incluso filmando en planos generales, siempre tan pertinentes para la captura de grandiosidades, encuentra la forma de registrar situaciones mundanas, para nada excepcionales. 

En ese movimiento que va de lo amplio a lo pequeño, de lo general a lo particular, se intuye la influencia de dos modelos que conviven dentro de First Cow. En varias entrevistas, resaltó lo importante que fue entrar en contacto con la obra pictórica de la escuela de Hudson River, aquel grupo de artistas que mostró un fuerte interés por retratar los paisajes que acompañaban a la civilización latente del siglo XIX (sobre todo las de Albert Bierstadt, tan admiradas por John Ford). En sus pinturas, los espacios abiertos simbolizan un espíritu de aventura, de descubrimiento y libertad que daban esperanza al pueblo americano que todavía estaba curando sus cicatrices de la guerra civil. La naturaleza es representada con toda su luminosidad y la tierra, inmensa y absorbente, es vista como la posibilidad de una vida nueva. Peter Hutton, cineasta americano a quien la película está dedicada, fue muy influído por el trabajo de estos pintores. Como ellos, también se interesó en el registro de paisajes, con especial atención en los ríos y mares. Claro que al extrapolar estas ideas en un mundo post-industrial, en el que la mano del hombre ha transformado por completo el entorno que lo rodea, aquellos paisajes se cargan de otro simbolismo, otra búsqueda. Lo que Hutton ha intentado en toda su obra (y casi siempre ha conseguido) es alcanzar una suerte de trascendencia en el registro de la naturaleza, encontrarse con una belleza olvidada que exige ser contemplada a un ritmo totalmente diferente al que rige en el cine contemporáneo. Al explicar su método de trabajo, decía lo siguiente: “(…) lo que me apasiona cuando hago cine es esa idea de ofrecer un sentido del tiempo al rendirme a la naturaleza. Mis películas son una forma de alterar sutilmente ese interés formal por la belleza permitiendo que surja otro lenguaje: movimiento y transformación. Por otro lado, siempre está el intento de «parar el tiempo» en mis películas, permitiendo que este sea un elemento predominante que proporciona algunas pequeñas revelaciones sobre la imagen. Mi estrategia es extremadamente reductiva.” Alcanzar una revelación mediante la reducción: de eso se trata y, de alguna forma, es lo que logra Cookie con sus recetas y también la propia Reichardt, entregada a conseguir una depuración total de sus imágenes.

Esa confianza en una artesanía casi extinta implica una idea de mundo que parece resistir ante el aplanador viento que quiere llevarse todo puesto. El final de First Cow no solo muestra que los dos amigos mueren sino que también expone que ese futuro que se veía tan brillante en realidad no lo era. En ese mundo que se intuye solo habitable por los fuertes y los vencedores (the land of the free/and home to brave, como dice el himno), no habrá lugar para los espíritus frágiles. Ni siquiera la sensibilidad podrá servir de escudo frente al implacable progreso. Pero incluso ahí, en ese pesimismo absoluto, Kelly Reichardt encuentra una forma de resistencia: los amigos morirán juntos y eso es lo más puro que esas tierras cubrirán.

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