Dossier Wanda (02) – El cabello de Wanda

Por Dana Najlis

Hasta si por una casualidad espantosa 
yo encontrara un cabello encima de mi 
rebanada de pan con miel, por lo menos 
sería un cabello mío.

(Katherine Mansfield, Diario 1910-1922)

Wanda tiene una voz apagada y suave, camina lentamente, su mirada es serena y despreocupada, a veces triste; no tiene hogar, abandonó a su familia, no trabaja, no tiene nada y no ansía nada en la vida. Wanda es un cuerpo errante, despojado de deseo, ambiciones y preocupaciones; pero Wanda sí se preocupa por una cosa: su pelo.

Ella es una maraña de pelo rubio. La presencia tan insistente y llamativa de este elemento se me hizo tan evidente al ver la película por segunda vez que ya no pude más que ver su pelo por todos lados. Un pelo en constante transformación; unas veces rebelde y desarreglado, otras peinado o adornado. Esta rubia de pelo lacio y flequillo es la contrapartida de la femme fatale del cine de Hollywood. El pelo, ícono indiscutible de la femineidad y sensualidad, cumple en Wanda un rol completamente diferente. El pelo de Loden/Wanda no solo acompaña a su dueña en su vagabundeo. Ese pelo también cuenta una historia, o más bien funciona como un instrumento narrativo complementario e indispensable.

Lo primero que vemos de Wanda es, en efecto, su pelo. Es temprano por la mañana y Wanda ha pasado la noche en casa de su hermana. Todo su cuerpo está cubierto por una sábana por la que asoma su cabellera despeinada. No es necesario que veamos el gesto de su rostro para darnos cuenta de que a Wanda le cuesta enfrentar el despertar en un mundo que le resulta hostil. Su mano sostiene su frente y ella se esconde en su cabello. Este gesto se hará recurrente a lo largo del film como una actitud de hastío frente a esa realidad. La identificación entre las dos mujeres presentes en la primera escena de la película es evidente. La cámara muestra a su hermana de espaldas, recién despierta y sentada aún en la cama, y su pelo rubio desarreglado luce igual que el de Wanda. 

En la escena siguiente, Wanda tiene ruleros en su cabeza, y así va a presentarse ante el tribunal que tratará su divorcio y la tenencia de sus hijos. No le preocupa llegar tarde, entrar en la sala fumando, ni el divorcio ni sus hijos, a quienes ni siquiera mira. Ella es una cabeza con ruleros que mira hacia abajo y contesta de forma evasiva las preguntas del juez. Este peinado a mitad de camino, que cualquier otra mujer no pensaría mostrar en público, revela su postura frente a las costumbres y valores de esa sociedad. Wanda desarregla esa moral y la hace estallar en mil pedazos. 

El rostro de Wanda aparece y desaparece constantemente en ese enredo de pelos que se resiste a ser controlado. Como señalan Adrian Martin y Cristina Álvarez López en su artículo titulado Nada igual: Wanda (1970), de Barbara Loden, el pelo es un elemento más que la protagonista no puede controlar. Es verdad hasta cierto punto, ya que también es lo único que ella parece sentir como propio y a lo que presta atención en casi todo momento. Wanda nunca lleva el cabello suelto y esto no es un detalle menor. El pelo no es para ella un elemento de seducción que la haga sentirse más o menos atractiva, y no demuestra en su cuidado más que una satisfacción personal ya que no se arregla para nadie sino para ella misma. Sujetarse el pelo, peinarse frente al espejo o usar ruleros es, finalmente, un intento de controlarlo. Su pelo es de ella, y lo hace y deshace a gusto.

La cámara, de movimientos fluidos, parece estar buscando y persiguiendo constantemente a los personajes, y sobre todo a Wanda que se mueve libremente dentro y fuera de cuadro. Esta cámara se posiciona repetidas veces detrás de ella, y ahí es donde su pelo cobra importancia y adquiere protagonismo. En el momento en que Wanda mira a través de una vidriera los maniquíes que exhiben la ropa femenina de moda, la cámara la rodea por detrás provocando un contraste entre su pelo a medio sujetar y las pelucas cuidadas y prolijas que llevan los peinados del momento. Inmediatamente esa cámara sigue detrás de ella mientras Wanda se fija en dos mujeres que caminan delante y que llevan sus cabellos arreglados como los de los maniquíes. 

Esa misma noche, Wanda entra en el baño de un bar para recomponer su imagen frente a un espejo roto que solo sirve para reflejar su cabellera. Una vez acomodada en la barra del bar ella le pide un peine a un hombre (Mr. Dennis), que se mueve nervioso y frenéticamente de un lado al otro mientras intenta asaltar el bar. Wanda está tan ensimismada en la tarea de peinarse el flequillo mientras se mira en el espejo detrás de la barra que ni siquiera se entera de que está siendo testigo de un robo; finalmente, y sin quererlo, Wanda se convierte en su cómplice. Una tarde en que se emborrachan en las afueras de la ciudad, Mr. Dennis, preocupado por el aspecto exterior de su compañera, repara en su pelo despeinado y descuidado, y le sugiere que se compre un sombrero. Esta objeción ante el cuidado de su cabello es clave porque es entonces cuando el pelo de Wanda, su característica más distintiva, aquello que ella siente como lo más propio, es puesto en cuestión. Con dinero robado Wanda se compra un pañuelo con flores y Mr. Dennis tira por la ventana del auto sus ruleros, que ella mira alejarse melancólicamente mientras avanzan por la ruta.

Cuando Mr. Dennis decide llevar a cabo el asalto al banco, toma como aliada a Wanda y la hace partícipe de su aventura. Ella tiene que seguir atentamente un plan premeditado y esto le genera mucho malestar; quizás porque sospecha que no está bien lo que se propone su compañero, pero también porque a ella le cuesta seguir un protocolo y se niega a llevarlo a cabo. Mr. Dennis la convence frente al espejo, mientras la cámara, por detrás, es incapaz de revelar su rostro y en consecuencia él le habla directamente a su pelo. Wanda vuelve a esconderse en ese pelo ante la imposibilidad de ceder. Finalmente, Mr. Dennis la obliga a vestirse decentemente, a disfrazarse de embarazada y a llevar un peinado prolijo y arreglado. Wanda hace de su pelo un rodete que es casi como una aureola de santidad y que parece una burla y una ironía frente a la situación.

La escena en el café, posterior al robo malogrado, es la culminación de la historia del pelo de Wanda. Su mano sostiene su cabeza, sus dedos sujetan un cigarrillo, y todo ese gesto de hastío, frustración y resignación recae sobre su pelo. Tras la muerte de Mr. Dennis, quien acorralado por la policía y sabiendo su plan fracasado se suicida, Wanda vuelve a estar sola y a la deriva, pero no tiene dinero ni un lugar donde pasar la noche. Frente a la necesidad, se une a un grupo de jóvenes amigos que la invitan a compartir comida y bebida. La cámara trata de encontrar a Wanda entre brazos que se cruzan y cuerpos que invaden el cuadro, pero lo que nunca dejamos de ver es su pelo. La luz cenital y un poco de costado acentúa la presencia de ese cabello. La historia del pelo de Wanda, y finalmente la de ella misma, está coronada por el último plano congelado en el que su pelo brilla. Wanda es su pelo, y ese pelo es su marca y su identidad.

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