Rockumentales 3

por Alejandro Cozza

Encandilan luces, viaje psicotrópico con Los Síquicos Litoraleños

Los rockumentales podrían dividirse en dos categorías centrales -no únicas, pero sí las más usuales- en relación a sus criterios formales. Por un lado, el modelo expositivo clásico de factura cuasi televisiva que se mencionaba en la primera entrega de estos textos. Una modalidad que centra su interés en lo que una banda pueda relatar sobre su historia y sus particularidades, y en donde el realizador es omnisciente y abusa de las cabezas parlantes, el material de archivo, las voces en off informativas y alguna que otra recreación más o menos inspirada. En la otra vertiente, mucho más interesante, el realizador busca adecuar las formas documentales al espíritu musical que identifica a la banda. Aquí entramos en el lodoso terreno de lo interpretativo, en donde se busca adaptar un lenguaje a otro; el director, despojado de cualquier pretensión autoral, deja de lado su estilo para amoldarse al de la banda o intérprete. O, en todo caso, busca un punto intermedio en donde las intenciones artísticas del cineasta sean bastante compatibles con las del músico que intenta representar. ¿Ejemplos? Los rockumentales de Jim Jarmusch sobre Neil Young & Crazy Horse o sobre The Stooges. También la habilidad de Gastón Solnicki para interpretar la particularidad compositiva de Mauricio Kagel en Süden: un músico que encuentra sonidos e interpretaciones musicales en lo más banal de la vida cotidiana, y que Solnicki intenta emular siguiendo con su cámara a una de las cantantes al odontólogo. 

Encandilan luces, viaje psicotrópico con Los Síquicos Litoraleños, el rockumental que nos ocupa en esta ocasión, es un claro ejemplo de esta última. Un grupo de jóvenes inadaptados en un contexto inusual (Curuzú Cuatiá, una ciudad de la provincia de Corrientes alejada de todo centro de poder cultural que no sea la música folclórica) que, lejos de renegar de su entorno e irse a probar suerte a la capital, parecen querer fundirse con su paisaje (geográfico y social) y, desde esas raíces musicales (el chamamé), transportarlo a un terreno de experimentación psicodélica (“chipadélica”, según ellos). En Curuzú Cuatiá el avistamiento de luces extrañas -la ufología como su pseudociencia- está en el ambiente popular, los hongos alucinógenos crecen como pasto y ambos son materia prima compositiva para el grupo, que por algo carga el mote de “los Pink Floyd de los pobres”. Cuando Gallo Bermúdez conoce a la banda entiende que hay algo absolutamente novedoso y libre en este grupo de desfachatados que salen al escenario cubiertos con máscaras y atuendos extraños (una cruza entre Captain Beefheart y The Residents con Tránsito Cocomarola, como se menciona en un momento; y Zappa, agrego yo, también a los Beach Boys del Pet Sounds) para que nadie supiese mucho sobre su identidad, y decide seguirlos obsesivamente. Esa ausencia de egos deja lugar a una locura desatada  difícil de encasillar por estar alejada del usual personalismo tóxico del star system rockero. Esto los salva del “pomelismo”. 

Atendiendo el carácter esquivo de los integrantes de la banda, Bermúdez incluye una serie de entrevistados que puedan echar luz sobre su fenómeno (acotado y muy regional, pero fenómeno al fin): desde periodistas y críticos reconocidos de Buenos Aires a intelectuales locales (sic, uno de los mejores chistes del documentales es rotular así a un correntino que no tiene nada que decir más que enredarse en conceptos plagados de lugares comunes) y hasta un biógrafo curuzucuateño tan improvisado como supuestamente oportunista. Hay mucho en Encandilan luces que suena a exageración o lisa y llana ficción, como la rivalidad con Cristian Osorio, líder de otra banda correntina llamada Los Saltimbankis, quien habría hecho carrera copiando temas y estética a Los Síquicos. La banda misma en su indefinido y ondulante hermetismo alimenta este tipo de leyendas. 

Las ocurrencias se suceden sin más orden narrativo que el de unos capítulos impuestos por montaje que busca infructuosamente organizar el caos, casi como una ironía más del metraje. Un “eje narrativo” es la divertidísima historia de la pérdida de sus guitarras en un chiquero, lo que habría generado (luego de la ingesta de hongos) que la banda abra sus puertas de la percepción (sic) a crear música con otros elementos menos ortodoxos. Resaltar dichas locuras podría resultar condescendiente, pero eso aquí no ocurre: los recursos formales que Gallo Bermúdez utiliza con astucia forman un collage de variados registros de video (muchos caseros) con calidades mutantes, un low-fi visual muy a tono con la banda. Con un montaje frenético, que siempre prefiere ocultar antes que revelar, en donde el foco está más en la gente que los ve y queda desorientada y el entorno campesino que en las devoluciones de la crítica especializada. Una forma de retratar la humildad de una banda que elige confrontar su música por sobre todas las cosas con la gente de su pueblo. Nunca hay autobombo sobre su arte, más bien todo lo contrario: Gallo Bermúdez insiste en fundirlos con el paisaje curuzucuateño haciendo al mismo tiempo y de un solo saque una gran película sobre la idiosincrasia de un lugar. Una gira por el interior provincial, por ejemplo, los encuentra subidos a un tráiler tirado por un camión devenido en escenario que sirve para la irrupción sorpresiva y diurna de su música en cualquier calle de tierra de alguna población X con los (pocos) lugareños como destinatarios ocasionales de su música. 

Los fragmentos finales encuentran a la banda estirando su influencia hacia un más allá radicalmente opuesto a toda idea de normalidad, incluso para sus “anormales” reglas (y contradiciendo su fuerte localía): Dick el Demasiado, ese extraño músico experimental holandés/argento, se fascina con ellos y les arma una gira por Europa que arranca por Holanda y en donde su “chamamé futurista” es venerado en los circuitos reducidos de la música más culta y experimental. Cuenta la leyenda (parece que real esta vez) que Alejandro Gallo Bermúdez vendió su auto para pagarse los pasajes y seguir a la banda en dicha gira pero, en vez de entender tal gesto como un triunfo de la música de Los Síquicos, se entiende ese viaje como un chiste que está llegando demasiado lejos. De un paisano de Curuzú a un adolescente indie de Rotterdam. Esa gira cambia poco y nada la idiosincrasia de la banda. Como el propio Dick el Demasiado dice, podrían haber tenido mucho más éxito a partir de ahí, pero parece que Curuzú Cuatiá tiene algo mucho más poderoso que los hongos y la ufología, el mate y la siesta, y eso tira más que yunta de bueyes. Los Síquicos nunca “la pegarán”; Gallo Bermúdez, menos (imagino que nunca recuperó el dinero de su auto), y al final del metraje tampoco sabremos mucho más sobre el paradero de los integrantes de la banda; ellos nunca serán entrevistados.

Hay un acting deliberado en hacer lo contrario de lo que se esperaría de una banda de rock fusión que da a Los Síquicos su fuerte personalidad, tanto como su música. Es un juego de ida y vuelta en donde se saben venerados por un sector especializado del establishment que quiere sacar notas ubicándolos en casilleros (la nueva música del Litoral que trae aires frescos a la escena nacional), pero al mismo tiempo repelen esa idea. En definitiva, lo que retrata Alejandro Gallo Bermúdez y da absoluta coherencia al todo es el gran corte de manga que ellos le hicieron siempre a esa industria musical y al exitismo artístico. Encandilan luces puede que sea de las mejores películas argentinas de los últimos años, pero obviamente está también a kilómetros de todo lugar de autentificación dentro de la industria cinematográfica local y pasará de largo bajo todo radar de reconocimientos, por más merecido que estos sean. Banda y película aunadas en mandar a la mierda a las industrias de legitimación. 

2 Comments

  1. Muchas gracias por tu análisis, gurí! Creo que es de lo mejor que leí de la película.

  2. Pia

    Un vuelo impresionante tiene este documental.
    Y muy bien piloteado!
    Ojalá el cine se plagara de películas y documentales con esta dedicación al espíritu y cuidado de la obra.

    Gracias!
    Me divertí muchísimo leyendo la reseña! ♥️

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