Rockumentales 2

Por Alejandro Cozza

Todo empezó en el lejano año 2004, cuando los integrantes de Metallica se sentaron frente a un psicólogo a desnudar sus miserias y decidieron que eso sea filmado y editado sin filtro como una película, que se llamó Some Kind of Monster. Una película a esta altura ineludible en la historia de los rockumentales. De ahí en más no fue extraño que diversas figuras de la música se muestren, con mayor o menor sinceridad, frente a cámara en plano confesional y frágil, en un intento desesperado por parecer “humanos”. Un buen ejemplo de esto, más cercano en el tiempo, es Gaga: Five Foot Two (2017), en donde Lady Gaga, con su fuerte predilección por develar sus facetas más excéntricas, se disfraza de chica real sin un ápice de maquillaje ni atuendos extravagantes, para terminar siendo todo una capa más de sus juegos de transformismo. Miss Americana, el reciente documental sobre Taylor Swift, parece seguir esta línea, solo que aquí la operación es más extrema al tratarse justamente de ella: la chica más perfecta que haya recorrido la línea del arcoíris del sueño americano. La niña que recibe una guitarra de regalo en Navidad y no puede disimular su entusiasmo, como sabiendo que con la música conquistará el mundo; la pre-adolescente que ya cantaba en público con asombrosa  frescura; la adolescente de dulce voz que firma con una multinacional como Sony antes de los 18 años convirtiéndose en una cantante folk/country de estrepitoso éxito; la devenida cantante pop que mete hit tras hit alcanzado a los Beatles en cualquier récord y llegando a ser, como alguien dijo, “la personificación entera de la industria musical de los EE.UU.”. Cada día más hermosa, parecía incapaz de dar un paso en falso en su carrera, de molestar a alguien o de decir algo fuera de lugar. Ni siquiera el también todopoderoso pero malvado Kanye West pudo destruirla en la operación mediática más controversial de los MTV Music Awards; hasta ese episodio vergonzoso (de parte de Kanye) le jugó a favor. Pero ocurrieron cosas… 

Y en esos tres puntos suspensivos cualquier persona que esté leyendo esto y no conozca muchos detalles de la vida de Taylor Swift puede imaginarse la típica historia de la estrellita teen derrapando en un mar de drogas, alcohol, sexo precoz y relaciones tóxicas, como las decenas de casos conocidos, de Britney Spears a Miley Cyrus, de Selena Gomez a Vanessa Hudgens y un largo etcétera. Pero no, sus problemas no vinieron por ese lado, esa no es la contracara de su descomunal éxito. El gran problema fue que Taylor Swift se politizó y no se calló la boca. Y ese cambio en su vida es tan tremendo, tan real y sentido que conmueve hasta la médula. Al punto que a Miss Americana le importa poco y nada su faceta musical. Algo que en lo personal no me molesta, ya que debo confesar que nunca me gustó su música. Sus canciones tienen toneladas de capas de producción absolutamente innecesarias e híper-calculadas, en donde hasta esa autoconsciencia pop del exceso suena falsificada (algo en lo que Lady Gaga gana por convencimiento de su paroxismo). Mis pareceres se ven confirmados en dos o tres momentos del documental en los que se ve la ve trabajando en el estudio, tirando rimas con algún que otro cantante invitado, o tarareando melodías de entrecasa: esos esbozos de canciones son buenísimas en su gesto primario; si se grabasen in situ, sin tanta alharaca, serían extraordinarias. Pero se sabe que rápidamente vendrá Jack Antonoff a arruinar esas gemas en bruto. Es una pena que no haya más de esos momentos en la película, pero no va por ahí. Su hábil directora, Lana Wilson, tiene otras cartas que jugar.

En 2017 Taylor Swift es acosada sexualmente por un conductor radial (que le toca el culo delante de las cámaras) y atraviesa un desangrante juicio en el que, aunque gana, sufre todo tipo de lapidaciones públicas sumamente injustas y vergonzosas. De ese infierno nace una nueva Taylor Swift. La que decide enfrentarse a capa y espada contra la violencia de género, proclamarse a favor de las disidencias sexuales y meterse de lleno contra una senadora conservadora (Marsha Blackburn) de su estado, Tennessee, y lograr molestar con sus declaraciones públicas hasta al propio Donald Trump en plena campaña presidencial. Algo que se supone nunca una estrellita como ella, que le canta al amor y a los corazones rotos, debería hacer. Menos con el famoso antecedente de las Dixie Chicks, otras chicas country enterradas en un mar de improperios por atacar la gestión de George Bush (h). Su transformación es filmada desde cerca, en estado confesional, quebrándose un par de veces delante de cámara, diciendo cosas que jamás dejan de ser absolutamente sinceras. Hay un gran momento, filmado casi por accidente (incluso con la cámara desenfocada por el apuro), con ella diciéndole a los road managers de su gira que no teme por su seguridad ni por perder la venta de tickets, que ella solo quiere estar del lado correcto de la Historia. Lo que siempre le echaron en cara, su sobreactuación de Barbie media boba, resulta ser todo lo contrario. La chica que solo se alimentaba de la adulación y los aplausos de los demás empieza a hablar de política con asombrosa honestidad e inteligencia y con pleno dominio de su poder como estrella pop.

Lana Wilson realiza en Miss Americana un pase de alquimia sobre la figura de Taylor Swift, logrando que la novia perfecta de los estadounidenses se metamorfosee delante de nuestros ojos. La más fastuosa mariposa, en una operación en retroceso genético, se convierte en la más real de las orugas sin perder un ápice de su hermosa esencia. De la chica amada por el pueblo a la chica que jamás podría odiar ni el más elitista cultor del indie. De ser intrascendente para quien no le rinde loas a la industria musical ni a ningun chart de greatest hits a ser una figura mediática valiente, honesta hasta el hueso, dispuesta  a luchar por los derechos sociales más elementales y jugarse su carrera contra los poderes retrógrados de su sociedad. Y en esa misión ocurre algo fundamental: por una vez en su vida Taylor Swift pierde. La senadora conservadora gana, Donald Trump también llega a la presidencia y ella muerde el polvo de la derrota. ¡Listo! No hay forma de que ahora una persona de la Generación X o un emo millenial no ame a semejante mujer. Para colmo ella, lejos de quedarse lamentándose de la derrota, en la típica épica cinematográfica norteamericana decide luchar a partir de ahí con mucha más fuerza para convencer a las futuras generaciones (su gran masa de seguidores) que en la próxima elección hay que acabar con esos farsantes del medioevo. ¿No es acaso Taylor Swift, ahora sí, la encarnación real del sueño americano más noble y primigenio? La que en su camino multicolor encuentra nubarrones, se ve rendida, pero se alza sobre el final para volver a caminar sobre ese arcoíris con su personalidad consolidada. Fin del perfecto guion de una vida. Taylor Swift se tiene bien ganado el mote de “Miss Americana” y a mí me convenció: ojalá llegue a presidenta. Si pudiera votar, la elegiría incluso sobre Bernie Sanders.

Eso sí, su música sigue sin gustarme.

2 Comments

  1. Cristian

    No te olvides Ale de uno de los mejores popdocus de otra cantante pop… A la cama con Madonna… año 90 o 91. Hace unos años hubo una especie de continuación que se mostró en el Bafici, Strike a Pose, donde los bailarines de esa gira cuentan detalles y amplian el alcance que tuvo aquel documental. Hasta se puede hacer un linkeo con uno de los grandes documentales de esa epoca, Paris is burning, donde se muestra toda la escena under y marginal del vogueing y el mundo gay de los 80 en NY.

  2. Iván

    Hola Ale! Es interesante lo que decís.
    También me parece llamativa la falta de referencias a Madonna, no sólo porque Truth or Tell (o ‘A la cama con Madonna’, en español) parece un antecedente directo al formato documental que se abre paso en la intimidad de las estrellas pop. Creo que además de eso hay algo del contexto y de la relación entre el pop y la política: incluso con el levantamiento de la derecha en Estados Unidos y el mundo, a Taylor Swift también la acompaña un discurso progre que por momentos hasta le exige a las estrellas que se “comprometan” (lo que los yankys llaman “woke culture”). El resultado muchas veces es un discurso político empaquetado para la industria, bastante superficial y moralista (sólo basta ver uno de los videos de la misma Swift donde busca celebrar al movimiento lgtbi desde el imaginario más estereotipado posible…….el resultado es tan berreta como ese mensaje caritativo que hizo Michael Jackson para el Tercer Mundo en los ’80). Ahí pienso que el docu de Madonna tiene algo “vivo” y “crudo” que en Swift (y hasta en Gaga) parece domesticado: a comienzo de los ‘90, mientras el sida se expandía por el mundo, reivindicar a los movimientos de género y de mujeres no era una exigencia. Había pocos discursos mediáticos que avalaran y compensaran esa movida. El mundo salía de los años de Reagan, y en ‘Truth or Dare’ Madonna se presentaba como la madre de una familia de parias sociales y sexuales. El mundo salía de la reconversión moral de los ‘80, y Madonna estaba leyéndole cartas blasfemas a la Iglesia en la puerta del Vaticano. También había algo ahí que rompía un poco con el lavado de imagen que suele poblar los documentales pop: por un lado se mostraba a Madonna en esa faceta casi mesiánica, y por otro lado de la mostraba despiadada y soberbia con una amiga de la infancia. Es un documental incómodo….Swift y Gaga (y sus contemporáneas que se filman para todes) forman parte de un contexto donde algo de esa cruzada política se volvió cómodo. Esperable, también.

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