Mar del Plata 2019 (04) – Planta Permanente

Por Lautaro Garcia Candela

Ayer en los costados de la pantalla del Auditorium se desplegaban carteles verdes que decían “Vidal cumplí con tus palabras” y “Vidal cumplí los pases a planta”. Investigando un poco descubrí que la protesta es de Asociación de Trabajadores del Estado (ATE), por un acuerdo incumplido entre el Poder Ejecutivo de la Provincia y los gremios en el que supuestamente iban a terminar de efectivizar y pasar a planta permanente a algunos trabajadores precarizados. Parece que con la excusa de la transición se niegan a pagar el costo. Todo esto viene al caso porque ayer también se estreno la primera película en solitario de Ezequiel Radusky y se llama, sugestivamente, Planta permanente.

Al principio pensé que era una especie de chiste interno de la película, lo que hubiese inaugurado una especie inédita de publicidad: una que apunta al público que ya pagó la entrada y sólo está en función de hacer más real la experiencia. Después, como era de esperar, me di cuenta de que esos carteles eran de verdad. En todo caso, lo que hace esta marca de la realidad sobre la película termina de confirmar su actualidad y su pertinencia. Marcela (Rosario Bléfari) y Lila (Liliana Juárez) regentean una especie de comedor en un subsuelo abandonado de la Secretaria de Obras Públicas de Buenos Aires. Ellas en realidad están encargadas de la limpieza del lugar pero cocinan en el tiempo muerto que les deja su trabajo. Todo parece transcurrir amablemente, con la nobleza de lo que no es tan legal pero se maneja con contratos implícitos. Hasta que llega la nueva jefa, una copia gesto por gesto de María Eugenia Vidal, con el mismo tono de voz y las mismas muletillas. En su primer discurso dice que ellos, los empleados, son en realidad sus jefes y que cualquier cosa que pase le digan. La invitan a su modesto comedor, pero no parece estar tan agradecida y termina prohibiendo el lugar. En el medio, lo que pasa en cualquier cambio de gestión: problemas de contratos, echan gente y toman otra. A pesar de que Marcela y Lila se metieron a oscuras en el despacho de la jefa, en la volteada cae la hija de Marcela. Esto genera problemas entre ellas, acusaciones cruzadas. Se pelean y no se hablan más. Lila sigue con la idea del comedor, así que le propone a Vidal (digámosle directamente así) hacerlo en una oficina espaciosa anteriormente usada como depósito. Vidal la alienta a hacerlo, y en unos meses (y un préstamo) ya está listo. Pero fue una promesa tramposa: no se puede delegar así tan fácil una oficina estatal. La gobernadora llama a licitación y Lila y Marcela se unen para afrontar financieramente el proyecto.

El contexto y la propia película hacen pensar en una posible tesis que subyace los hechos. Sería la siguiente: esa mezcla tan perversa, tan torpe, entre intervencionismo y laissez faire, típica del macrismo, sólo puede hacer que nos peleemos entre nosotros y que terminemos más pobres que antes. En el camino, eso sí, fuimos emprendedores. No creo que sea una película que haya puesto en escena lo que se entiende vagamente como neoliberalismo, en abstracto, sino que tiene su base en las acciones más concretas del gobierno de Macri. En este sentido, el fantasma de lo redundante circula en la película. El realismo que propone es limpio, aclarado: no hay nada que enturbie la situación, las imágenes son casi tan burocráticas como las tareas que se realizan en el lugar. En esos pasillos se transita sin peripecia, sin particularidad.

La película encuentra su gracia en la relación entre Lili y Marcela, amigas más allá del trabajo. Encuentra matices más allá de su condición de trabajadoras y su procedencia social. Y lo más importante de todo: les permite la maldad. Ellas se pelean, se putean, se hacen trampas, lo que las corre del lugar de víctimas (tanto de su situación social como del guión).

El final es bastante abrupto. En un plano conjunto, sostenido, vemos las reacciones de Marcela y Lili mientras el escribano lee el veredicto de la licitación, que gana un típico funcionario macrista de camisa celeste y barbita, apellido Garmendia. Después, los saludos de protocolo con Vidal y la subsiguiente foto. Vemos a ellas terminando de levantar algunas cosas que tenían en el comedor, que queda vacío. Corte a negro y final. Todo esto me encendió la duda: ¿había algo más para contar? ¿sus personajes tenían vida más allá de la ilustración de su tesis? La realidad que rodea esta película es banal, dura, predecible. La política en estos últimos años de macrismo no sólo fue decepcionante por el desastre económico sino por haber confirmado cada una de nuestras expectativas. A veces pienso que el cine, más que reflejar esta realidad, hacer indistinguible la pantalla y fundirla en la actualidad, tiene la oportunidad de aportar su matiz y textura particular, basada en la imaginación y en una mirada particular sobre las cosas. Podría crear un mundo que incluso puede poner a prueba el punto de vista personal: ¿qué hubiera pasado si en la película el personaje de Vidal hubiese tenido sus razones y algún rasgo de empatía? Sería un salto al vacío, un gesto muy poco simpático, pero la afirmación de la ficción como un sistema más complejo (y potencialmente más emocionante) que la comprobación de las propias ideas.

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