BAFICI 2019 (01)

Por Lautaro Garcia Candela

Empecé mi recorrido diezmado por el BAFICI con una película lateral en la programación. Retrato incompleto de la canción infinita es un documental alrededor de Daniel Melero, músico oculto pero importantísimo de por lo menos dos décadas del rock argentino. Fue líder de Los Encargados -primera banda asumida tecno en la época- y posterior productor de Soda Stereo, Babasónicos y Victoria Mil. Siempre en un lugar corrido del centro, de absoluta independencia pero siempre coqueteando con alguna manera de éxito. Orgullosamente dice que no sabe tocar con destreza ningún instrumento y que todos sus aportes son del orden de lo conceptual (todos los músicos y bandas a las que produjo remarcan su importancia en el descubrimiento de su propio estilo).

La película, dirigida por Roly Rauwolf, oscila entre el intento de darle una experiencia audiovisual a algunas de las ideas de Melero -con ambientes densos, bajas fidelidades, varias capas de sobreimpresiones- y la narración apoyada en la entrevista, más cercana a un documental de televisión. Estos últimos son los momentos más indulgentes, en los que el director se apoya demasiado en el carisma de su retratado.

Es que, de hecho, Melero es fascinante. Sabe ponerse en escena y es prodigio en tirar frases taxativas y arrogantes, máximas sobre la música y el arte, que tienen su componente provocador (como lo es toda reducción de ese estilo) pero que tienen su anclaje en una noción conceptual de la música, a contramano del culto al cancionismo que es transgeneracional en el rock argentino. Tiene algo mesiánico, de pastor hablándole al rebaño. Es de esos artistas que generan comunidad, guiños de pertenencia. Cuando habla es como si cada una de sus palabras fuera el resultado de un refinamiento intelectual pausado, pero que se las guardó mucho tiempo y salen atolondradas. “Tengo tanto que decir, las palabras me hacen torpe”, canta en “No dejes que llueva”.

Queda flotando una cosa sobre Melero que van a ser un motivo recurrente en estas crónicas sobre BAFICI. En un momento de freestyle, dice con aires frankfurtianos que “el rock siempre está en otro lugar” y que cuando la luz del mercado, o de la academia, o de cualquier legitimación del gusto convencional se posa sobre alguna corriente del rock significa que ésta ya no tiene valor. Siempre entendiendo al rock como un espacio de libertad y contracultura. Esto me hizo pensar en el propio festival: me pregunto si funciona como esa vidriera que expone y protege a las películas de la museificación entregándolas a un público más o menos dispuesto a la sorpresa, si persigue al cine como Melero al rock, en un acto un poco ingenuo sabiendo que es una entelequia, o si ya se estableció definitivamente como el dueño de la línea divisoria que separa lo in de lo out. Lo veremos con el correr de los días.



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