Mar del Plata 2018 (02) – The Grand Bizarre

Por Lucas Granero

Hay dos películas de animación experimental dando vueltas por el festival. Una de ellas es la chilena La casa lobo, que se encuentra dentro de la competencia latinoamericana (y de la que hablaremos en otro momento), y la otra es The Grand Bizarre, primer largometraje de Jodie Mack, que corrió con menos suerte y terminó siendo parte de la sección Nuevos Autores (una película que hubiese sido ideal para la incipiente competencia de Estados Alterados, si se me permite decirlo).

Fiel a esas obsesiones por patrones, colores, formas y figuras exóticas con las que ya pobló buena parte de su trabajo anterior, aquí Jodie Mack demuestra que el mundo no está hecho de otra cosa más que de telas, elemento al que transforma en el verdadero protagonista de su película. Como en ninguna otra película del festival, las imágenes de The Grand Bizarre parecen circular libremente, apropiándose por completo del mundo en el que se inscriben.

Construída por completo en stop-motion, este mapamundi de ornamentos que es The Grand Bizarre contiene varias secuencias alucinantes, como aquella que sucede arriba de motos y autos en los cuales los espejos retrovisores no devuelven otra cosa excepto la imagen de una tela. O todas aquellas en las que las alfombras y frazadas entran en intensa sincronía, mezclándose, separándose y mutilplicándose, como si estuvieran obedeciendo las extremas marcaciones coreográficas de Gene Kelly en un anárquico músical de los años 50’s. El ritmo aquí lo es todo. Mack lo sabe y por eso impone a su película un tono deliberadamente festivo que va en aumento hasta que es imposible otra cosa excepto frenar porque ya se ha ido demasiado rápido y demasiado pronto (la película dura una hora y resume más de cinco años de trabajo). La sensación es la de haber estado en la punta de un globo terráqueo que giraba sin parar, postal que obviamente la película retrata en su búsqueda incesante de movimientos.

No estaría mal pensarla como una road-movie en la que se nos muestra varias partes del mundo no a través de sus paisajes sino por sus telas y ropajes varios. Es una bonita manera de ver lo que nos rodea, haciendo de lo particular un fresco de lo general, con toda la diversidad y heterogeneidad que todavía existe en el mundo. El cine de Jodie Mack aspira a esa modesta proeza y lo consigue en esta alucinante demostración de arte termita, hecho a puro click-click de la cámara.

Todas esas telas que por allí vemos circular, honrosos productos que escapan a la lógica industrializada del comercio, son aquí el reflejo de un tipo de cine que también asume su particularidad frente al depósito de imágenes recicladas que componen el panorama del cine contemporáneo (y que corre libremente, con credencial de full access, por los pasillos y grillas de todo festival) y que nos dicen, con el dedo levantado, “el mundo es esto”. He aquí entonces un ejemplo de cine feliz, ese que hace que uno no lamente el haberse perdido todo un día adentro de salas, de aquí para allá, mirando películas como si de un refugio se tratase, porque siente que de alguna manera todo esto sirve para entender que el mundo no es solo “esto” sino aquello y, por sobre todas las cosas, también lo otro.

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