Mar del Plata 2017 (13) – Soldado

Por Lautaro Garcia Candela

Buenas tardes. Tecleo estas líneas bajo el influjo leve pero consistente de una resaca fatal. Nota mental: estamos viejos para Quilmes. A mi favor, en el centro de reuniones no-oficial de Mar del Plata, un bowling subterráneo sobre la Avenida Luro con aires de Varela Varelita, se habían quedado sin una cerveza mejor. Parece que cada noche se llena más (ayer un viejo hizo de patovica improvisado) porque el festival cerró su punto de encuentro en solidaridad a las víctimas del incidente del submarino. No agarro un diario hace casi diez días. Me merecía estas vacaciones. Parece que a Manuel Abramovich, director de Soldado, en las preguntas después de la proyección sí le preguntaron por el submarino. No sé qué habrá contestado, me lo contaron. Y también me contaron que, como a mí, a los militares en la sala le gustó la película. Es un problema querer dejar contento a todo el mundo.

Soldado relata la iniciación de un ídem, Juan José González, en el ejército. Es una película concisa y categórica, con un montaje milimétrico que da sentido pero no determina. Me corrijo: más que un relato, es un retrato sobre los modos de vivir en una institución. Muestra una serie de reglas muy precisas, protocolos rígidos que todos cumplen pero nadie sabe muy bien por qué. La diferencia entre la ley y su espíritu es visible y es uno de los descubrimientos del documental. Las enseñanzas más prácticas, en cambio, tienen un extraño matiz físico: cómo lavar la ropa y cómo doblar las sábanas según el día de la semana son tareas más cercanas y por alguna razón resultan magnéticas a la vista.

Al decir las palabras documental e institución habremos gritado un poco porque segundos después se acerca alguien a la mesa donde estamos sentados y nos dice: “¿Vieron películas de Frederick Wiseman?”. Era un señor de unos cuarenta años más canoso de lo que debería y con la ropa un poco sucia.

-Si, señor, vimos sus películas, la última la vemos mañana. Pero me parece que en este caso no se aplica.
-¿Por qué?
-Una cosa es ir con la cámara, solo, y ver cómo funciona el cuartel, y otra muy diferente es tener un protagonista con el cual medirte.
-Pero al final con el personaje vas describiendo el lugar, es una excusa.
-Sí, pero un personaje tiene sentimientos, uno está con él: es otra la distancia. La institución te permite la invisibilización.
-Me cansan, loco, esos personajes así medio callados, el director hace lo que quiere con ellos, ¿cuándo alguien va a hacer un documental sobre alguien de clase media?
-Bueno, señor, no se enoje. No somos tan interesantes ni misteriosos. Nosotros hablamos mucho.

Y se fue mascullando cosas incomprensibles. Parecía enojado. Es que Soldado no tiene una visión naturalista: la relación entre el personaje y el contexto no es de causa-consecuencia. No hay relación, diría. Él entra al ejército por una cuestión de dinero y para darle el gusto a su madre. Se mantiene impermeable -o eso parece- a cualquier discurso autoritario. Avanza lentamente en su integración pero también es desconfiada, como la película.

Por otro lado: alguien -no yo- podría argumentar que ese no es el ejército, o más bien, que esa institución está viciada por un pasado terrible y que ideológicamente esos valores que defiende no merecen mucha simpatía. En el cine las cosas son más complejas. Gran parte de los cinéfilos nos formamos con películas de semi-propaganda: de los años 30 a los 50 en EE. UU. todas las películas que se relacionaban directa o indirectamente con la guerra tenían una posición tomada sobre las fuerzas armadas de su país. Es difícil de mensurar la distancia con la propaganda porque los momentos de mayor simpatía son también los de mayor ridículo. Hay que decir que siempre filma de manera contraria a la lógica militar: el único momento propio de nacionalismo es cuando se habla de la importancia del tambor en la vida cotidiana y cómo hay que dejar la vida en cada golpe. Abramovich entiende el lugar de las Fuerzas Armadas porque la única propaganda posible es una postal folklórica sobre la banda militar. A los fusiles y al servicio civil los trata con un disimulado desdén.

Otro camino podría haber sido el contrario, el de la burla sobre los personajes. Pero el recorte que hace la película del mundo que retrata nunca cae en el trazo grueso, en la condescendencia, en la distancia etnográfica. No cae en ningún lado, en realidad. Se mantiene ingrávida e inclasificable. Los críticos estábamos mirando para arriba con el mediomundo, esperando que cayera para atenazarla categóricamente y hacerle un juicio sumario. Pero Soldado permite la pregunta todo el tiempo, todos los planos, sobre la naturaleza del fenómeno que registra. En esa constancia, pasa por todos los humores posibles: por el gag físico, por la honda tristeza que causa la muerte de un compañero, y también por el espíritu juguetón que permiten las payadas o cierto folklore que la banda toca en sus tiempos libres. Soldado, por dejarnos en offside, probablemente sea la mejor película argentina en este festival de Mar del Plata. Pero si vienen hoy al bowling lo podemos charlar.

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