¿Dios nos ama cuando bailamos? – El cine de Les Blank

por Martín Emilio Campos

No podés ver lo que hay después de la muerte,
pero siempre podés ver lo que está enfrente tuyo.
Always for Pleasure (1968)

Les Blank era, en definitiva, la respuesta a todas mis plegarias. Sus películas no solo son algunos de los mejores documentales sobre música (¡y comida!) que alguna vez se hayan visto, sino que estamos frente a un tipo que los encuentra buscando en los márgenes. Un montaje gentil pero siempre sorprendente. ¡Planos de rostros, anécdotas increíbles! Y un estilo único imposible de imitar.

Blank siempre fue conocido principalmente por Burden of Dreams (1982), que documenta el perturbador rodaje de Fitzcarraldo (1982) de su amigo Werner Herzog y al que oportunamente han llamado “el mejor documental de la historia sobre la filmación de una película”. Incluso en ese, su documental más convencional, había cierta voluntad extraña de dejarse llevar por la selva, por los nativos que se acercaban curiosos al lugar. “No estoy acá para filmar eventos”, le respondió a Herzog cuando le sugirió filmar la primera vez que levantaban el barco. Lo suyo era absorber el ambiente.

En los documentales de Blank se pueden hallar personas de 108 años, hombres temerarios que se arrancan dientes con pinzas, bailes frenéticos en los que indefensos armadillos mueren golpeados contra el piso… Y un panorama que contiene absolutamente todo. Herzog: “Creo que Les entendió la importancia de los paisajes. Cómo está inserta en el paisaje la gente que vive allí. Cómo el paisaje forma un estado anímico, un carácter; cómo forma una manera de tocar música”.

Da la impresión de que las películas de Blank son una sola: la de las comunidades ocultas, las secundarias de una Norteamérica olvidada. Es una biblioteca inagotable: en casi cincuenta años de carrera Blank se ha acercado a las culturas cajun, creole, tex-mex, negra, hippie, afrocubana, serbia, polaca, incluso a la más tradicionales de los montes Apalaches. Estados Unidos, esa fascinante y demoníaca fuerza motriz de los últimos dos siglos, es aún más inabarcable de lo que parecía antes de Les Blank.

En aquel entonces yo programaba en el Cineclub Municipal Hugo del Carril un ciclo de cortometrajes, uno o dos miércoles al mes. Se llamaba “Breves atisbos de belleza” en honor a la entrañable película de Jonas Mekas, que dura cerca de cinco horas.

A la salida de una de estas funciones se me acercó Gabriel von Sprecher para anunciarme que en internet ya rondaban los cortos documentales de Les Blank en ripeos de los Blu-Ray editados por ese milagro llamado The Criterion Collection. Para ser sinceros el nombre del director no me decía nada. Las descripciones que hacía Gabi resultaban bastante apelativas, pero lo que me terminó de convencer fue un título que dijo casi como al azar: God Respects Us when We Work, but Loves Us when We Dance (1968), lo que se traduce como Dios nos respeta cuando trabajamos, pero nos ama cuando bailamos. Recuerden ese título, léanlo una vez más; esa frase es, de hecho, una premisa clave del cine de Blank.

Blank es un soberbio titulador, usualmente con frases dichas por las personas que filma. Si hubiera que establecer un podio lo completaríamos sin dudarlo con Garlic Is as Good as Ten Mothers (1980) (El ajo es tan bueno como diez madres, frase que se completa con: “… para mantener lejos a las chicas”) e In Heaven There Is No Beer? (1984) (¿En el cielo no hay cerveza?, por una divertida canción de polka que reza: En el cielo no hay cerveza / Por eso la tomamos acá / Y cuando de acá ya nos hayamos ido / Todos tus amigos estarán tomando cerveza). Bueno, ¿algunos más? Lo llevemos a cinco y agreguemos Werner Herzog Eats His Shoe (1980) (Werner Herzog se come su zapato, lo cual, alerta de spoiler, ocurre literalmente) y A Poem Is a Naked Person (1974) (Un poema es una persona desnuda; una frase tomada prestada a Bob Dylan que en realidad es mucho menos ridícula de lo que parece en una primera lectura).

No creo en el amor a primera vista (en realidad quizás sí pero queda mejor negarlo), pero con Blank fue un proceso bastante similar a ello. Yo venía desde hace tiempo ponderando en los grandes documentalistas (y los no tanto; me refiero a ni tan grandes ni tan documentalistas) el talento para filmar los rostros de las personas, la expresividad en los pequeños gestos, lo que se puede aprender verdaderamente mirando y escuchando a alguien. Algo de eso había en las pelis de Les: el candoroso, inocente placer de sencillamente escuchar hablar a alguien.

Terminé aquella primera pesquisa programando Chulas fronteras y Del mero corazón, dos películas complementarias de 1976 y 1979 respectivamente sobre la cultura chicana del tex-mex fronterizo y norteño. Dos obras –sobre todo la primera; la segunda, es justo decir, agrega una voz en off indigna de Blank que en busca de poesía logra que hasta versos de Tamara Bunke (la reconocida guerrillera argentina Tania) parezcan cursis– que, a pesar de no durar ni una hora, parecen enormes. Hubo once espectadores (en dos funciones distintas) que pueden atestiguarlo.

En el intenso recorrido por ambos lados de la frontera de Texas y México no sólo escuchamos tristes corridos sobre épicas huelgas, el violento abuso de los rinches (los temibles rangers) y las migraciones forzosas en busca de trabajo mal pago, sino que también conocemos, en uno de los fragmentos más emotivos para los melómanos, a un tipo como Salomé Gutiérrez.

Salomé, que parece estar pisando los 50 años, lleva 30 de ellos escribiendo canciones; es autor de más de 600. Y es por hobby que entra al negocio de los discos. Funda en San Antonio la disquera Del Bravo y amén de dormir sólo dos o tres horas todos los días, centra su empresa en la grabación de artistas tex-mex en discos de pasta en un precario estudio casero donde es verdaderamente feliz. Con 150 dólares se puede editar un disco. Cuando se alcanza un monto suficiente de dinero con lo que se gana de las ventas se graba otro. Los héroes del Lo-Fi, vemos, trascienden épocas y nacionalidades. Les Blank se toma la duración de toda la canción sobre el penoso hombre que abandona a su mujer y viaja 400 kilómetros para buscar la mano de Zenaida que, descubre al llegar, ya se casó y está de luna de miel, para mostrarnos ese sacrificado proceso discográfico en su totalidad. El resultado aparentemente es un disco de Flaco Jiménez, “el Rey de Texas”, un acordeonista verdaderamente excepcional (como su padre y su pequeño hijo). El carisma que transmite arriba del escenario es acorde a la fama que posee.

En 1960 un visionado de El séptimo sello (1957), la obra cumbre de Ingmar Bergman, le revela que lo suyo es el cine, y al sueco homenajea aquel mismo año con su primer cortometraje: Running Around Like a Chicken with Its Head Cut Off (1960). Sin embargo existe una influencia incluso anterior que da forma a la visión de Blank: un enorme cuadro de John Singer Sargent, El jaleo, que reposa en un museo de Boston. En una paleta sin colores sobresalientes una bailarina gitana baila en el centro del salón mientras, contra la pared del fondo, unos músicos, concentrados y en éxtasis, la acompañan con cierta destreza. Unas damas a su lado lanzan sus brazos en el aire, una contorsionándose con ojos cerrados y la otra sonriendo gratamente mirando fijo a la banda.

Es definitivamente una imagen premonitoria, una evocación que Blank rastrea en todos los lugares en los que indaga. Para decirlo de otra manera: si Blank hubiera podido filmar aquel viaje inspirador de Sargent por la España de fines del siglo xix, con seguridad éste sería un fotograma. Probablemente la imagen siguiente hubiera sido la de una ilustre cocinera anónima agregando carne de conejo a una paella.

¿Qué puede resultar de la unión de estas dos fascinaciones, la de la muerte acechando y la del placer que da el ocio? Quizás se halle una celebración eterna de lo cotidiano. Gran parte de las personas que hablan en cámara, acaso por ser filmadas en momentos de festejo, evidencian un mensaje epicúreo de aprovechar el día sin confiar en el mañana. Incluso se evidencia en varios fragmentos alusiones a la idea tradicionalista de que todo tiempo pasado fue mejor. Y es en esos pequeños momentos finitos de placer donde Blank encuentra situaciones que por más triviales que parezcan realmente se sienten trascendentales.

Recordemos además que 1960 es un año ilustre para esta campaña por la decisión de Christian Alexander Maria Graf Strachwitz von Groß-Zauche und Camminetz (más conocido por el menos interesante nombre de Chris Strachwitz) de fundar un pequeño sello de música root, Arhoolie Records, que comienza a editar artistas de diversos géneros de la música estadounidense tradicional que van del blues (como Lightnin’ Hopkins y Mance Lipscomb) al zydeco (en particular, Clifton Chenier, “el rey del acordeón”), el cajun y el tex-mex (Los Alegres del Terán, Lydia Mendoza, además del ya mencionado Flaco Jiménez). Todos estos artistas han pasado por el lente de Les luego de que aunara fuerzas con Strachwitz y cofundaran la productora Brazos Films.

Los de Blank son documentales extraños, que casi en ningún caso parten de coordenadas históricas o temporales claras. Hay cierto desdén por definir con claridad el contexto. Hay algunas pocas excepciones en las que placas nos explican la historia de determinada comunidad, como es el caso de los cajun.

Pero en su dinámica habitual uno aparece en cierta población, ve a las personas vivir, los escucha hablar y poco a poco se comprende de dónde se viene; pero nunca, es cierto, adónde se va. Al filmar el puro placer de la vida nada necesita ser explicado.

Es prácticamente innegable, pero casi siempre se omiten las comprobaciones: toda idiosincrasia está respaldada por historias reales. Las imágenes que demuestran la importancia del individuo en las tradiciones comunales son parte de uno de los grandes aportes de Blank. La de Blank es una poesía de los gestos. Son comunidades que en el borde mismo de la economía norteamericana, subsisten con lo justo y necesario. En In Heaven…?, por caso, nos encontramos con un asistente al festival de la Polkabration que trabajó veinte años en una mina, dieciocho como empleado de mantenimiento y en ese momento atendía una pequeña tienda siete días a la semana, los 365 días del año… excepto los once que dura el festival de polka. “Cuando vengo me siento libre como un pájaro”, aclara. Otra premisa: no filmar lo que le falta a las personas, sino lo que hacen con lo que sí tienen. El esfuerzo, la alegría, las sonrisas: eso es filmar con dignidad.

De todos modos tampoco es que Blank esquive los efectos que los grandes tópicos de la historia norteamericana evidencian sobre estos grupos; su cámara es demasiado honesta como para evadir esos asuntos que, asumidos, están presentes. El racismo omnipresente ha dado lugar en casi todos los casos a una resignación que parece heredarse casi ancestralmente. En las películas se distinguen los orígenes esclavistas del Mardi Gras, la explotación de los blancos sobre los negros en los campos de algodón, sobre los mexicanos en los campos de papa, los exilios…

Quizás sea en estas culturas donde Les intuye los elementos del esfuerzo colectivo, del valor de la comunidad, por sobre los ideales (¿capitalistas?) de la individualidad heroica. Incluso en aquellos documentales que parten de la documentación de figuras importantes, la cámara resuelve poner énfasis en los alrededores, en los rostros que habitan el paisaje e incluso en el paisaje mismo. Entre medio de las anécdotas y máximas con las que se despacha Lightnin’ Hopkins (cantar los blues, al fin y al cabo, como dice guitarra en mano, no es algo distinto a ser un pastor de iglesia), lo que Les Blank verdaderamente filma es a la gente con la que interactúa Hopkins, las calles y lugareños de ese pequeño pueblo postergado de 900 habitantes que es Centerville, a los negros de Texas bailando con ojos cerrados al son de su música.

Al momento de ocurrir su epifanía bergmaniana, Blank estudiaba lengua inglesa en la Universidad de Tulane, en Nueva Orleans, ciudad que afectuosamente homenajea en Always for Pleasure (1978), donde la describen como “el último lugar en América donde uno puede sentirse libre de vivir”.

Allí aprendemos, entre fragmentos de las eternas celebraciones que ofrece la ciudad (el colorido Mardi Gras, el Día de San Patricio, e incluso algún jazz funeral), también la forma correcta de comer un cangrejito de río (luego de cocinarlo con sal, ajo, pimienta de Cayena y una misteriosa salsa picante de Louisiana): en vez de pelarlo con la mano se debe ubicarlo entre la lengua y los dientes, exprimirlo ahí y retirar la piel; y por último, aparte, chupar los jugos de la cabeza. Nuestro maestro afirma que consumiéndolo así podemos obtener cinco veces más alimento.

En el Bayou del sudeste de Louisiana, en los pantanos y riachos interminables entre Texas y Nueva Orleans, viven los cajunes, descendientes directos de los acadianos franceses, expulsados en el siglo xviii de Nueva Escocia en Canadá por las tropas británicas al no abandonar su fe católica y levantarse en armas en contra de los enemigos de Inglaterra. En esas ricas tierras con suficientes peces en los ríos como para autoabastecerse, permanecieron casi doscientos años aislados del resto de Estados Unidos. “Los cajunes disfrutan la vida porque no cuesta mucho”, cuenta luego de una placa explicativa un pescador desdentado. “Crían lo que necesitan. Y están felices todo el tiempo”. Y cuando están felices tocan música. Viola y acordeón. Y un triángulo, que suena magnífico al compás. Spend it All (1972) es en muchos aspectos el documental más logrado de Les Blank. Es el favorito del mismo Herzog, por “la inmediatez directa de la exuberancia de la vida”.

La cruza de los acadianos con los negros y nativos de la zona ha dado lugar a una cultura creole, criolla, que tiene en el zydeco su expresión musical más representativa. Quizás sirva imaginarse un blues tocado en un acordeón. Su autodenominado rey es el gran Clifton Chenier, quien es usualmente acompañado por su hermano Cleveland, encargado de percutir una tabla de lavar (una herencia, digamos, culturalmente ambigua de la americana).

En el fondo todo se une: “Los cajunes son como los mexicanos”. Lo asegura un viejo con gorro de pescador y lentes de sol, de pie junto a un riachuelo: “Comen cualquier cosa que esté aderezada”. A las ranas, por ejemplo, se les agrega pimienta roja, negra, sal y vinagre.

Blank ha quedado en efecto tan obnubilado con la cocina del Bayou que en 1990 edita un documental titulado Yum, yum, yum! A Taste of Cajun and Creole Cooking. Además de tener anécdotas como la del hombre indignado luego de pedir un “pescado al estilo cajun” en el Disneyland de California o la del muchacho que, aun habiendo comiendo en los mejores restoranes de fama internacional de París, jamás probó algo con tanto aroma y sabor como aquel bagre cocinado en media hora en una vieja olla ennegrecida de tanto uso en el bosque de Lousiana, es un acercamiento jamás visto a las recetas ancestrales de una cultura simple pero dedicada a la hora de cocinar.

“Su estética era sentarse atrás calmadamente y ver a la gente hacer lo que hacen”, contaba Strachwitz. Blank parte de la música y la comida, sí, pero a través de ello logra imágenes que transmiten un cariño entusiasta y romántico por las actividades humanas, incluso las más ínfimas.

Leslie Harrod Blank, Jr. nació en Tampa, Florida, en noviembre de 1935. Falleció en 2013 en Oakland, California, a 3850 kilómetros de distancia. Unir estas dos ciudades en auto toma un día y diecisiete horas de travesía continuada. La ruta más directa atraviesa también Arizona, Nueva México, Texas, Louisiana, Mississippi, Alabama y Georgia.

Filmó alrededor de cuarenta documentales, la mayoría de los cuáles no supera la hora de duración. Algún día los subtitularemos a todos. Ya no tenemos entre nosotros a Tommy Jarrell para que aparezca desde detrás del escenario tocando la viola una vez finalizada la proyección de Sprout Wings and Fly (1983), pero por qué no recrear el “odorama” que Blank aplicaba en algunas proyecciones de Garlic Is as Good…: la experiencia se completaba con el aroma del ajo siendo cocinado en la misma sala.

Por ahora, como cierre, imaginen: Lightnin’ Hopkins, su jopo, lentes de sol, las piernas cruzadas, una guitarra en las manos. “El blues es algo de lo que la gente no se puede deshacer”. Su voz suena resignada, afligida, cansada. Se toma una pausa. Levanta la mano zquierda. “Y si alguna vez tenés el blues… recordá lo que te digo”. Apoya la mano en las cuerdas. “Siempre escucharás esto en tu corazón”. Los acordes suenan como si llevaran sonando dos siglos. Es un lamento. Mary, canta, no va a volver hasta que el blues de Lightnin’ no desaparezca. Su nombre era Mary, cuenta, y esto fue lo que dijo. Un punteo. Eso dijo Mary. Y después partió.

En el campo las flores se ven hermosas. Los amarillos y rojos intensos, llamativos, contrastan con el verde lavado del césped. El foco cambia; adelante nuestro, justo frente a nuestros ojos, entre la cámara y las flores hay un alambre de púas. Un paneo lateral: el alambre es interminable. De a poco aparecen hojas, y luego flores. Alrededor del alambre. Lo rodean. Lo cubren. Eso dijo Mary. Si alguna vez tenés el blues siempre escucharás esto en tu corazón. De nuevo cambia el foco y el alambre desaparece: las campanillas silvestres color lavanda se mueven al ritmo del viento. Sólo florecen en primavera y en verano.

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